domingo, 31 de enero de 2016

Meditación: Lucas 4, 21-30


Posiblemente nos sintamos un poco molestos al leer que los habitantes de Nazaret quisieron impedir que Jesús siguiera difundiendo su mensaje. ¿Acaso no se daban cuenta de quién era? Pero acaso en algunas ocasiones ¿no tratamos nosotros mismos de silenciar a Jesús? ¿Tenemos aspectos de pecado que dudamos que el Señor quiera perdonarnos? Si no le entregamos estas áreas a Jesús, también estamos negando su persona, su poder y su deseo de sanarnos y renovarnos. El Señor está esperando a que abramos el corazón y confiemos en que él nos puede transformar y librar de las debilidades que tengamos.

¿Hay hábitos de pecado en su vida que usted aún no ha reconocido o confesado? Si los hay, esos son los aspectos en los que usted está negando a Jesús, porque no le permite que sea verdaderamente su Señor y Salvador.

Incluso cuando los residentes de Nazaret se preparaban para despeñarlo, Jesús los miraba con compasión: eran sus parientes y vecinos, ¡y los quería! Los conocía mejor de lo que ellos mismos se conocían y, pese a eso, los aceptaba. Sin duda oraba por ellos para que lo aceptaran.

Jesús nos mira a nosotros del mismo modo, con compasión y comprensión. Si nos encontramos atados por algún pecado, el Señor nos pide que abramos el corazón lo mejor que podamos, para curarnos y transformarnos. Si usted lleva un gran peso a cuestas, que le parece que es demasiado grande hasta para Dios, Cristo le pide que lo deposite a sus pies, porque desea que usted y todos confiemos en su amor y su poder.

Esta semana escoja un aspecto de su vida y propóngase escuchar más atentamente lo que le diga el Señor, sin cerrar los oídos. Persista en concentrarse en ese aspecto, sin cambiarlo, hasta que vea que Cristo empieza a intervenir. ¡Jesús lo quiere santificar!
“Señor mío, Jesucristo, te entrego nuevamente mi vida y te ruego que derribes las murallas que he construido alrededor de mi corazón. Ven, Señor, y concédeme tu libertad y tu vida. Gracias, mi Dios.”
fuente: Devocionario Católico La Palabra con nosotros

Comprendiendo La Palabra

San Cirilo de Alejandría (380-444), obispo y doctor de la Iglesia 
Sobre el profeta Isaías, 5,5; PG 70, 1352
"Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba"

Cristo ha querido que el mundo le siguiera y así conducir a Dios Padre todos los habitantes de la tierra... Los venidos del paganismo, enriquecidos por la fe de Cristo, se han beneficiado del tesoro divino de la proclamación que trae la salvación. Por ella han llegado a ser partícipes del Reino de los cielos y compañeros de los santos, herederos de las realidades inexpresables (Ef 2,19.3.6)... Cristo promete la curación y el perdón de los pecados a los que tiene roto el corazón, y devuelve la vista a los ciegos. ¿Cómo no van a ser ciegos los que no reconocen a aquél que es el Dios verdadero? ¿No está su corazón privado de la luz divina y espiritual?. Es a ellos a quienes el Padre envía la luz del verdadero conocimiento de Dios. Llamados por la fe, lo han conocido; más aún, han sido conocidos por él. Habiendo sido hijos de la noche y de las tinieblas, han llegado a ser hijos de la luz (Ef 5,8) porque el día les ha iluminado, el Sol de justicia ha amanecido para ellos (Ml 3,20), y la estrella de la mañana se les ha aparecido en todo su esplendor (Ap 22,16).

      Sin embargo, nada se opone a que apliquemos todo lo que acabamos de decir a los descendientes de Israel. En efecto, también ellos tenían el corazón destrozado, eran pobres y estaban como encarcelados y llenos de tinieblas... Pero Cristo ha venido a anunciar la gracia de su venida, precisamente a los hijos de Israel antes que a los otros, y proclamar juntamente el año de gracia del Señor (Lc 4,19) y el día de la recompensa.

      El año de gracia es aquel en que Cristo ha sido crucificado por nosotros. Porque es entonces cuando hemos llegado a ser agradables a Dios Padre. Y es por él que damos fruto tal como él mismo nos lo enseñó: “Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto” (Jn 12,24). Y dice más todavía: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). Realmente, él volvió a la vida al tercer día después de haber triturado con sus pies el poder de la muerte. Después dijo a sus santos discípulos: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos” (Mt 28,18-19).

RESONAR DE LA PALABRA - 31 ENE 2016

Evangelio según San Lucas 4,21-30.
Entonces comenzó a decirles: "Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír".Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: "¿No es este el hijo de José?".Pero él les respondió: "Sin duda ustedes me citarán el refrán: 'Médico, cúrate a ti mismo'. Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaún".Después agregó: "Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra.Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país.Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón.También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio".Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecierony, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo.Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

RESONAR DE LA PALABRA
Julio César Rioja, cmf
Queridos hermanos:
Continuamos con el texto de Lucas del domingo pasado, en el cual presenta su programa y el “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Parece que en un primer momento, todos están de acuerdo en eso de la liberación de los pobres, el Año de Gracia y el anuncio de la Buena Noticia, pero en seguida llegan los desacuerdos: “¿No es éste el hijo de José?”, el hijo del carpintero. “Y Jesús les dijo: Sin duda me recitaréis aquel refrán: Medico cúrate a ti mismo: haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. Esperaban un Mesías todopoderoso y milagrero.
Jesús no piensa como ellos, les pone dos ejemplos de extranjeros, la viuda de Sarepta en el territorio de Sidón y  Naamán el sirio, y les recuerda que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Se pusieron furiosos y le llevaron hasta en barranco a las afueras del pueblo, con intención de despeñarlo. La visión de Jesús, universal, amplia, que pide la liberación de los oprimidos, restaurar el Año de Gracia, le llevará a la muerte y este es el primer intento. Ayer como hoy, el camino del amor, de la justicia, en definitiva el camino de la fe, le cuesta abrirse paso: “se abrió paso entre ellos”, en nuestro pensamiento y en nuestros actos.
Será el amor, como les dice San Pablo a los Corintios, el sustento de todo: “Si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Si no tengo amor no soy nada. Si no tengo amor de nada me sirve”. Después de una preciosa definición del amor, termina: “En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor”. Con frecuencia olvidamos que para que el hombre tenga fe en Dios, es bueno que empiece sintiéndose hombre, varón y mujer. El amor nos habla de encarnación, de punto de partida para asumir la obra salvadora de Dios, su anuncio de liberación. Sin amor es difícil entender el “Hoy se cumple”, estar con y por los pobres, esperar un mundo mejor.
La historia avanza y los grandes valores del Evangelio: la paz, la justicia, la libertad, el amor…, surgen también fuera de la Iglesia con una intensidad importante, y es que no son patrimonio de nadie. Al fin y al cabo, todo hombre es cuerpo espiritual y espíritu encarnado y aunque no sea consciente, está “religado”, busca la trascendencia por algún camino. Por eso, las menciones a los extranjeros que aparecen en el texto, a los no creyentes, a los de fuera, en ellos también se expresa el amor y aquellos principios del programa de Jesús leídos en la sinagoga de Nazaret.
Nosotros los cristianos encontraremos como Jesús resistencia en esta empresa, nos conocen, saben nuestros pecados, nuestras contradicciones y aunque no nos despeñen, muchos pensarán: ¿qué puede aportarme este que es uno como yo? Podemos escuchar con la primera lectura de Jeremías: “Te nombré profeta de los gentiles. Ponte en pie y diles lo que te mando. No les tengas miedo. Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para liberarte”. Debemos aceptar todos los riesgos e incoherencias que hay en nosotros, pero sabiendo que nos ha escogido y en ocasiones a pesar de todo, no tenemos más remedio que proclamar la Buena Noticia del Evangelio a los pobres y necesitados.
La Eucaristía es un signo claro de amor, en la humildad del pan, en la pobreza de la comunidad, en la procedencia de cada uno, en los diferentes carismas y maneras de pensar y actuar, nosotros descubrimos la presencia del Reino de Dios. Al final no nos queda más que terminar orando: Señor, tú que nos escogiste como pueblo tuyo y nos consagraste como tus ungidos antes de que saliéramos del seno de nuestra madre, asístenos con tu fortaleza, para que podamos ser fieles en el amor y en la misión que nos has encomendado. “Inmaduro es nuestro saber e inmaduro nuestro predicar”, hagamos crecer desde el amor que no pasa nunca, lo que somos, aceptarnos como somos y sobre todo a los otros, para llegar a la madurez de: “Ver cara a cara y conocer como Dios me conoce”. Que así sea.

Buen día, Espíritu Santo

¡Buen día, Espíritu Santo!
Tú que eres quien llenas de Gracia y de Ternura,
Tú quien colmas de bienes a los hambrientos,
Tú quien defiendes a los oprimidos,
¡Ven, y lléname de Ti!
Afirma mis pasos en Tu Presencia.
¡Renueva mis fuerzas!,
¡Levántame como águila!
y Allí y aquí,
en lo alto y en lo bajo,
mi día sea grato a los ojos del Padre.
¡Amén!

sábado, 30 de enero de 2016

Jesucristo y la misericordia del Padre

Párrafos selectos de la Bula de Convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia



Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra.

Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, “rico en misericordia” (Efesios 2, 4), después de haber revelado su nombre a Moisés como “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad” (Éxodo 34, 6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la “plenitud del tiempo” (Gálatas 4, 4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a él ve al Padre (Juan 14, 9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios.

Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une a Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre, no obstante el límite de nuestro pecado.

Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes.

El Año Santo. El Año Santo se abrirá el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción. Esta fiesta litúrgica indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (Efesios 1, 4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. En la fiesta de la Inmaculada Concepción tendré la alegría de abrir la Puerta Santa. En esta ocasión será una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entre podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza.

El Año jubilar concluirá en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016. En ese día, cerrando la Puerta Santa, tendremos ante todo sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos al Señorío de Cristo, esperando que derrame su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el próximo futuro.

“Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción. Los Salmos, en modo particular, destacan esta grandeza del proceder divino: “Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia” (Salmo 103, 3-4). De una manera aún más explícita, otro Salmo testimonia los signos concretos de su misericordia: “Él Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados” (146, 7-9).

“Eterna es su misericordia.” Este es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 136 mientras se narra la historia de la revelación de Dios. En razón de la misericordia, todas las vicisitudes del Antiguo Testamento están cargadas de un profundo valor salvífico. La misericordia hace de la historia de Dios con Israel una historia de salvación. Repetir continuamente “Eterna es su misericordia”, como lo hace el Salmo, parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no solo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. No es casual que el pueblo de Israel haya querido integrar este Salmo, el grande Hallel como es conocido, en las fiestas litúrgicas más importantes.

En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos (Lucas 15, 1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo lo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón.

De otra parábola, además, podemos extraer una enseñanza para nuestro estilo de vida cristiano. Provocado por la pregunta de Pedro acerca de cuántas veces fuese necesario perdonar, Jesús responde: “No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (Mateo 18, 22) y pronunció la parábola del “siervo despiadado”. Este, llamado por el patrón a restituir una grande suma, le suplica de rodillas y el patrón le condona la deuda. Pero inmediatamente encuentra a otro siervo como él que le debía unos pocos centésimos, el cual le suplica de rodillas que tenga piedad, pero él se niega y lo hace encarcelar. Entonces el patrón, advertido del hecho, se irrita mucho y volviendo a llamar aquel siervo le dice: “¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?” (Mateo 18, 33). Y Jesús concluye: “Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos” (Mateo 18, 35).

El amor en forma palpable. Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos.

La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir a ninguno. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.

En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. En este Jubileo, la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo.

El deseo del Santo Padre. Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina.

El Jubileo lleva también consigo la referencia a la indulgencia. En el Año Santo de la Misericordia ella adquiere una relevancia particular. El perdón de Dios por nuestros pecados no conoce límites. En la muerte y resurrección de Jesucristo, Dios hace evidente este amor que es capaz incluso de destruir el pecado de los hombres. Dejarse reconciliar con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la mediación de la Iglesia. Así entonces, Dios está siempre disponible al perdón y nunca se cansa de ofrecerlo de manera siempre nueva e inesperada.

Todos nosotros, sin embargo, vivimos la experiencia del pecado. Sabemos que estamos llamados a la perfección (Mt 5,48), pero sentimos fuerte el peso del pecado. Mientras percibimos la potencia de la gracia que nos transforma, experimentamos también la fuerza del pecado que nos condiciona. No obstante el perdón, llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencia de nuestros pecados. En el Sacramento de la Reconciliación, Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto. Ella se transforma en indulgencia del Padre, que a través de la Esposa de Cristo alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado.

Emitida por el Papa Francisco el 11 de abril, Vigilia del Domingo de la Divina Misericordia, de 2015.

articulo publicado por Devocionario Católico La Palabra con nosotros

La gracia y la naturaleza

¿Es en realidad posible ser como Cristo?

De todas las personas que aparecen en los Evangelios, pareciera que nadie se destaca tanto como Pedro ¡y no siempre del mejor modo!

Pedro fue el que trató de caminar sobre el agua, pero terminó todo mojado. Pedro fue el que prometió que moriría con Jesús, pero terminó negándole unas horas más tarde. Y fue Pedro el que trató de impedir que Jesús fuera a la cruz, por lo que el Señor le increpó diciéndole: “¡Apártate de mí, Satanás!” (Mateo 16, 23).

Tal vez esta es la razón por la cual Pedro es un héroe para muchas personas. Claro, porque podemos identificarnos con él precisamente por las muchas veces que “metió la pata”. Y nos consuela el saber que aquel hombre, que llegó a ser el primer Papa, cometió algunos de los mismos errores que cometemos nosotros. Y si alguien como Pedro pudo ser un gran santo, ¡claro que podemos serlo nosotros también!

Pensando en esto, daremos una mirada a los diversos modos en que Pedro creció espiritualmente y cambió radicalmente durante el tiempo que pasó con el Señor, es decir, cómo aprendió a cooperar con la gracia de Dios. Si analizamos su ejemplo, veremos que también nosotros podemos recibir y aceptar de buena gana la gracia transformadora de Dios en nuestra vida.

La gracia perfecciona la naturaleza. Según una famosa declaración de Santo Tomás de Aquino, la gracia perfecciona la naturaleza. No anula quienes somos y no nos hace personas completamente diferentes, y tampoco se limita a cubrir nuestros pecados. No, la gracia de Dios toma todos nuestros talentos y dones, nuestras esperanzas y sueños, hasta nuestros caprichos personales, y los eleva. Cuando aceptamos la gracia, Dios nos lleva a usar nuestros dones para su gloria. El Señor toma nuestra personalidad y la usa para expresar ciertos aspectos de su propia personalidad. De manera que si tendemos a ser de carácter fuerte y enérgico, la gracia de Dios nos enseña a encauzar esa energía hacia obras de evangelización o apostolados en defensa de la justicia. Si somos apacibles por naturaleza, el Señor refina aquella cualidad de modo que exprese cada vez más su propia ternura y compasión.

En el caso de San Pedro, Dios tomó la naturaleza apasionada del apóstol y la aprovechó para edificar su Iglesia. Después de la pesca milagrosa, Pedro cayó de rodillas y exclamó: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!” (Lucas 5, 8). Era una declaración rabiosa e imprudente de Pedro, en que le pedía a Jesús que lo dejara en paz en sus pecados. Pero, por supuesto, Jesús no lo haría de ninguna manera, y en lugar de eso le prometió a Pedro que dedicaría toda aquella pasión a ser “pescador de hombres.” Una y otra vez, Pedro siguió mostrándose como un hombre osado e impaciente por hacer todo lo que le parecía correcto.

Luego, llegado al Domingo de Pentecostés, Pedro se llenó del Espíritu Santo y demostró lo que podía ser su pasión una vez colocada bajo la guía de la gracia de Dios. Con palabras enérgicas y una convicción profunda, proclamó a Cristo resucitado, a raíz de lo cual unas tres mil personas se arrepintieron, se hicieron bautizar y se entregaron de corazón al Señor (Hechos 2, 40-41).

Posteriormente, una y otra vez vemos en los Hechos de los Apóstoles que Pedro se dedicó a predicar el Evangelio con todas sus energías y a propagar la Iglesia. La gracia reorientó el entusiasmo, la convicción y las emociones de Pedro, de modo que el apóstol no se convirtió en una persona pasiva en absoluto; por el contrario, lo hizo más seguro y más decidido a cumplir aquello que había prometido hacer. Luego, la gracia de Dios formó a Pedro, lo santificó, lo elevó y lo renovó, y así le hizo llegar a ser la mejor persona que él mismo podía ser.

Divinizados por la gracia. Pero no era suficiente que Pedro llegara a ser una persona mejor o más agradable. Lo que Dios hizo en su vida fue mucho más que eso. El Señor divinizó a Pedro. Esta idea de la divinización pareciera un concepto tomado de la Nueva Era, pero en realidad es tan antigua como la Iglesia primitiva. Atanasio, un obispo del siglo IV, escribió que “el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios,” como también lo había dicho San Pedro, en su segunda carta, versículo 4.

Del mismo modo, en el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino dijo: “El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres.” Y hasta hoy, el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: “El Verbo se encarnó para hacernos partícipes de la naturaleza divina” (CIC, 460).

Todos estos mensajes teológicos señalan el objetivo más alto que Dios tiene para nosotros: Que Jesús se hizo un hombre como nosotros en todo excepto en el pecado, para que nosotros llegáramos a ser como él en todo.

La divinización no es algo que está reservado sólo para algunos santos especiales y no es algo tan “espiritual” que nos lleve a ser místicos de mirada soñadora. Divinización es la palabra que usamos para expresar que la gracia de Dios nos hace cada vez más como Cristo en nuestra misma naturaleza. Mediante la divinización, nos revestimos de la personalidad de Jesús, sus pensamientos, sus sueños y sus deseos. Si cooperamos con la gracia de Dios, llegaremos a ser más cariñosos, mejor dispuestos a entregarnos a Dios y al prójimo, más misericordiosos y más atentos a los clamores de los pobres y olvidados. En resumen, llegamos a ser Cristo en el mundo.

Esto lo vemos en la vida de San Pedro, puesto que la gracia de Dios no se limitó sólo a inspirar sus buenos atributos, sino que la gracia actuó como el cincel de un escultor, suavizando los bordes ásperos de su personalidad. Así fue como, aquel hombre que una vez le cortó la oreja a un adversario, poco a poco se fue convirtiendo en un hombre que dio la bienvenida en la Iglesia, con generosidad y humildad, a sus antiguos enemigos, los gentiles (Juan 18, 10; Hechos 10, 34-49). Aquel hombre que en cierta ocasión lo único que quería era quedarse en el Monte de la Transfiguración y disfrutar de la gloria de Jesús, pasó a ser un hombre que dio su propia vida por el Evangelio, imitando a Jesús (Lucas 9, 32-35; Juan 21, 18-19).

Encuentro con Cristo, aceptación de la gracia. Es claramente comprensible que esta clase de transformación no es algo que podamos hacer por nuestra sola fuerza de voluntad; no se puede hacer sólo leyendo relatos de otras personas que han recibido de buena gana la gracia de Dios, aunque es cierto que mientras más aprendemos sobre otra gente, más nos animamos nosotros. En realidad, al igual que Pedro, lo que tenemos que hacer es aprender a conocer a Cristo. Tenemos que encontrarnos con Jesús y dejar que ese encuentro moldee nuestro corazón y mente, guíe nuestras acciones e ilumine nuestros razonamientos.

Cuando un hombre y una mujer se enamoran, es porque han pasado tiempo juntos y han llegado a conocerse bien. Su atracción inicial crece y se convierte en algo más maduro y vivificante, cuando cada uno va conociendo las virtudes y deficiencias del otro y aquello que a cada uno le gusta y le disgusta. Este amor consciente se hace más profundo y va madurando cuando ellos se deciden a cuidarse mutuamente, dejando de lado las preferencias egocéntricas con el propósito de demostrarse amor y ocuparse del bienestar recíproco, llegando normalmente al matrimonio. Así, el tiempo que han pasado juntos ha dado un fruto maravilloso.

Podría decirse que algo similar es lo que sucede en nuestra vida con Cristo. Si queremos recibir su gracia, que es capaz de cambiarnos, tenemos que dedicar tiempo a conocerlo bien. Es preciso enterarse de cómo piensa, qué es lo que le gusta y lo que le disgusta. Tenemos que llegar a conocer los deseos más profundos de su corazón. Ahora bien, ¿cómo vamos a reconocer la gracia qué él nos ofrece tan generosamente?

Rezar y perseverar. ¿Cómo se llega a conocer a Jesús? Por supuesto, la primera respuesta y la más obvia es pasar tiempo con el Señor, tanto en la oración personal como en la adoración eucarística, la Misa o el estudio de la Sagrada Escritura. De esta forma uno puede llegar a percibir los efectos de la misericordia del Señor, su bondad y su amor. Pídale que le ayude a entender mejor quién es Cristo, y aquiete su corazón para que pueda recibir sus respuestas. También, procure reconocer al Señor en las personas que usted tiene a su lado, especialmente bajo el “doloroso disfraz de los pobres,” como lo decía la Madre Teresa.

Pero San Pedro nos ayuda a entender otro camino para conocer mejor al Señor, y es el de la perseverancia. Como ya lo dijimos, probablemente Pedro recibió más palabras de reprimenda y corrección que cualquier otro discípulo, pero nunca se rindió; nunca pensó que era incapaz o indigno y nunca se desalentó. Su amor a Jesús —y el amor de Jesús a él— lo mantuvieron fiel, aun cuando no fue fácil seguir adelante.

Querido hermano, si tú y yo adoptamos la misma actitud de Pedro, veremos que el Espíritu Santo hace brillar su luz en nuestro interior, nos muestra el corazón de Jesús y nos ayuda a descubrir su gracia. La vida del discipulado no siempre es fácil, pero como el mismo Pedro lo dijo: “¿A quién iremos?” Todos sabemos que nadie más que Jesús tiene “palabras de vida eterna” (Juan 6, 68); sólo él tiene la gracia de fortalecernos y hacernos entrar en lo divino.

Dos propósitos. Entonces, tomemos dos decisiones nuevas para este Año Nuevo. Primero, digámosle al Señor: “Amado Jesús, te pido que tu gracia perfeccione mi naturaleza.” Luego, digámosle: “Señor, quiero recibir tu gracia, para que me transforme más en tu imagen. Señor, ayúdame a seguir los pasos de Pedro por el mismo camino que él siguió y moldéame según tu imagen.” Si durante el año recordamos y repetimos con frecuencia estos dos propósitos, ¡el cambio que veremos en nuestra vida será impresionante!

Meditación: Marcos 4, 35-41

“¿Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”
Marcos 4, 38

Se desató una fuerte tormenta y las olas caían sobre la barca, de modo que se llenaba de agua. ¿Qué habrías hecho tú si fueras uno de los discípulos que iban en aquella pequeña barca zarandeada por las olas y azotada por el vendaval? ¿Habrías mantenido la fe pese a semejante peligro?

A veces, las pruebas que nos toca pasar son tan grandes que nos parece imposible soportar un minuto más. En ocasiones como ésas, aunque la razón nos diga que Dios está siempre allí, las emociones nos indican que nos encontramos completamente solos. Todo lo que vemos es que nuestra “barca” de problemas se llena de agua y está a punto de hundirse.

Jesús les dice a los apóstoles que allí es donde empieza la fe. Cuando hay muchas preguntas sin respuestas y nada visible que nos sirva de apoyo, entonces es cuando podemos decidir: dejar que las circunstancias nos arrasen y nos abrumen, o confiar en el amor tierno y misericordioso de Dios, que nos ha prometido que jamás nos abandonará.

¿Qué tormentas te hacen perder la fe en Dios? ¿Cómo reaccionas tú cuando la duda o la inseguridad te zarandea como un vendaval? ¿Qué harías tú si corrieras el peligro de perder tu casa, quedarte sin trabajo o si a tu esposa o a un hijo tuyo le diagnosticaran una enfermedad grave? ¿Recurrirías primero a Jesús consciente de que él está todavía en la barca de tu vida?

Nuestro Padre celestial quiere darnos una fe inquebrantable; una confianza tal en su protección que seamos capaces de superar todo tipo de pruebas o peligros. Naturalmente, seguiremos teniendo las reacciones humanas normales pero, en lo profundo del corazón, encontraremos aquella paz firme y estable que nos sostendrá contra viento y marea.

La próxima vez que pases por pruebas y dificultades graves de peligro, ira o duda, pon en acción tu fe en Cristo. Acude a él sin demora; pon la situación en sus tiernas y poderosas manos y pídele fortaleza y sabiduría para saber qué hacer. Así, en medio de la tormenta, experimentarás la paz del Señor.

“Jesús santo, ¡ayúdame a tener más fe! Enséñame a confiar en ti hasta en las situaciones más increíbles, y concédeme, Señor, la paz y la confianza de que estás siempre conmigo y mi familia, incluso en los momentos más difíciles de mi vida.”

fuente Devocionario Católico La Palabra con nosotros

Comprendiendo La Palabra

Santa Teresa de Ávila (1515-1582), carmelita descalza y doctora de la Iglesia 
Carta a las carmelitas de Sevilla, 31 de enero 1579
En medio de la tempestad

Ánimo, ánimo, hijas mías; acuérdense que no da Dios a ninguno más trabajos de los que puede sufrir y que está Su Majestad con los atribulados. Pues esto es cierto, no hay que temer sino esperar en su misericordia que ha de descubrir la  verdad de todo y se han de entender algunas marañas que el demonio ha tenido encubiertas para revolver, de lo que yo he tenido más pena que tengo ahora de lo que pasa. Oración, oración, hermanas mías, y resplandezca ahora la humildad y obediencia en que no haya ninguna que más la tenga a la vicaria que han puesto que vuestras caridades, en especial la madre priora pasada. (...) 

      ¡Oh, qué buen tiempo para que se coja fruto de las determinaciones que han tenido de servir a nuestro Señor! Miren que muchas veces quiere probar si conforman las obras con ellos y con las palabras. Saquen con honra a las hijas de la Virgen y hermanas suyas en esta gran persecución, que si se ayudan el buen Jesús las ayudará, que aunque duerme en la mar, cuando crece la tormenta hace parar los vientos. Quiere que le pidamos, y quiérenos tanto que siempre busca en qué nos aprovechar. Bendito sea su nombre para siempre, amén, amén, amén. 


      En todas estas casas las encomiendan mucho a Dios, y así espero en su bondad que lo ha de remediar presto todo. Por eso procuren estar alegres y considerar que, bien mirad, todo es poco lo que se padece por tan buen Dios y por quien tanto pasó por nosotras, que aun no han llegado a verter sangre por El (He 12,4). (...) Dejen hacer a su Esposo y verán cómo antes de mucho se tragará el mar a los que nos hacen la guerra, como hizo al rey Faraón.

RESONAR DE LA PALABRA - 30 ENE 2016

Evangelio según San Marcos 4,35-41. 
Al atardecer de ese mismo día, les dijo: "Crucemos a la otra orilla". Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: "¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?". Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: "¡Silencio! ¡Cállate!". El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: "¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?". Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?". 
RESONAR DE LA PALABRA
Conrado Bueno, cmf
Queridos hermanos:

Se apaga el eco de las parábolas, para sorprendernos con la vista de los milagros. Los milagros son las señales claras de que, con Jesús, ha llegado lo que el pueblo estaba esperando, ha llegado el Reino de Dios, la plenitud de los tiempos. Es un relato vivo. Un huracán violento se desata, en el mar de Galilea, rompen las olas contra babor y estribor de la barca, está a punto de inundarse todo. La gente está llena de miedo. Y, en este escenario, Jesús de Nazaret “estaba a popa, dormido sobre un almohadón”. Marcos, el evangelista, cuando esto escribe, tiene experiencia de una Iglesia perseguida. No sé si hay otro milagro de Jesús en el que solo los discípulos sean los testigos.

El mar, en la Biblia, es el símbolo del peligro, del mal. En el revuelo de la tempestad, los apóstoles, cargados de angustia, riñen al Maestro, mientras Jesús “dormía”. Jesús increpa al mar y calma a los discípulos. Es el poder sobre la misma naturaleza, expresión máxima, porque solo el Dios Creador es el que tiene dominio sobre todo lo que ha creado. No es extraño que cause tal admiración: “Hasta el viento y las aguas le obedecen”. Es la manifestación cumbre de la autoridad de Jesús. Y la tenía entre el pueblo por su coherencia de vida, porque predicaba y sanaba.

La tempestad es imagen de la crisis, de la dificultad, de la adversidad. Y ante las contrariedades y apuros, solo la fe es la respuesta: “¿Aún no tenéis fe?”, les recrimina el Maestro. Nuestra experiencia nos obliga a confesar que no acabamos de fiarnos de Dios. ¿Dónde está Dios, ante tanto dolor? , “Se diría que estamos dejados de las manos de Dios”, “Parece que el mal siempre vence”. Pues, no. No basta con admirarnos ante los milagros, también hemos de echar mano de la fe, cuando llega el huracán. Aunque parezca que duerme, Dios se preocupa de nosotros. Sé que esta consideración, tan elemental para un creyente, no siempre es fácil hacerla carne. La fe es un don, un regalo de Dios. Por eso, hay que pedirla. No basta nuestro esfuerzo. Fijémonos en esas personas en las que, en medio del sufrimiento, aparece el sosiego de estar en manos de Dios.

comentario publicado en Ciudad Redonda

Buen día, Espíritu Santo

Señor, yo sé que eres un Dios justo,
Sé que aquel que te confía sus caminos,
No queda nunca defraudado.
Sé que desde el amanecer al anochecer estás atento,
Y al alzar la Voz, tus Ángeles cumplen lo que Tu Amor designa.
Por eso abro mis labios,
Porque en Ti puedo confiar.
¡Envía Tu Espíritu, Señor!
¡Derrama Tu Gracia sobre mi!
Asegura mis pasos,
Sosténme en Tu Mano Poderosa.
Que Tu Palabra sea mi delicia,
Que Tu Voluntad sea mi alegría,
Que Tu Corazón mi refugio,
Que Tu mirada mi consuelo.
Líbrame del malo,
Del que trama y entreteje maldades,
De la lengua violenta e hiriente,
Y Llena cada espacio con Tu Luz,
Ilumina mis pensamientos,
Otórgame discernimiento
y en todo, para todo y con todos,
elija siempre la mejor parte,
Elija Tus caminos, elija Tu Voluntad.
¡Amén!


viernes, 29 de enero de 2016

¡Nunca más vuelvas a ellos!

La lágrima de un corazón arrepentido sólo puede acontecer cuando el corazón se está asemejando al Corazón de Dios. Sólo se arrepiente quien ama a Dios y entiende el sufrimiento de Él por causa de nuestros pecados.

Por el contrario, una confesión sin lágrimas y de alguien que se acostumbró con el pecado, pude venir de un corazón que se está asemejando al corazón del enemigo, podrido, sin vida, sin esperanza, ciego al punto de no percibir el gran amor de Dios por nosotros. Recemos para que nuestra confesión sea sincera y que aún cuando las lágrimas no vengan, el corazón está contrito y arrepentido de los pecados cometidos y que no quiere nunca más volver a ellos.

Dios te Bendiga!
p. Cleidimar Moreira
adaptación del original en português.

DESCUBRE LOS PROYECTOS DE DIOS

Cuando tu no escuchas a Dios, te sientes frustrado en tus proyectos
Cuando, en la humildad y en la oración, tu aprendes a escuchar la Palabra de Dios y la voz del Espíritu Santo dentro de ti, empiezas a aceptar el proyecto del Señor para tu vida.
¿Será que las situaciones, en tu casa, van tal mal hasta ahora por el hecho de hacer las cosas según tu cabeza, sin preguntarle al Señor, sin escucharlo en el fondo de tu conciencia? ¿Será que la conversión de aquella persona de tu familia todavía no sucedió, porque tu continuas detrás de tus proyectos, en lugar de buscar el proyecto de Dios? ¿Será que no es justamente por el hecho de no escuchar la voz de nuestro Señor en tu consciencia que has hecho tantas tonterías?

Ten la seguridad de que Dios podría haber hecho mucho más si en lugar de quedarte buscando tus proyectos , guiado por tu entusiasmo, hubieses tenido paciencia y humildad para escuchar la voz de Él en tu conciencia.

Monseñor Jonas Abib
Fundador de la Comunidad Canción Nueva
fuente Portal Canción Nueva

Fija tu mirar en Jesús

Nuestra preocupación debe ser buscar el Reino de Dios, mirar al cielo.

Estos días una pregunta inquietó mi corazón: "¿Qué he admirado hoy? Dónde estoy fijando mi mirar?" Muchas cosas son lindas y nos atraen, pero todo en esta tierra es pasajero y por eso, necesito fijar mi mirar en aquello que es eterno.

El Señor habla en su palabra: "Admiras esas cosas? Vendrán días en que no quedará piedra sobre piedra" (cfr. Lc 21,6)
Hoy quiero decidirme a admirar aquello que es eterno, y que viene de Dios, no quiero perder más tiempo preocupado con cosas pequeñas que irán pasando, mi única preocupación debe ser buscar el Reino de Dios.

Mis hermanos, la venida de Jesús se aproxima, todo eso ira pasando, demos juntos la batalla por el Reino de Dios, invirtamos nuestro tiempo, nuestras fuerzas en la eternidad, dejemos de lado todo aquello que no construye el Reino en nosotros.

Tu hermano,
Wellington Jardim (Eto)
Cofundador da Comunidade Canção Nova e administrador da FJPII

He aprendido

He aprendido que con la tentación no podemos crear un dialogo! Cuando la misma si presentar es preciso luchar contra ella y repelerla...
Corremos un gran riesgo de que estemos creando diálogos con la tentación que se presenta a nosotros...
Con la tentación no conversamos! Con la tentación no negociamos! No promovemos sus pros y sus contras! No consideramos lo que ella nos propone...
Si abrimos la posibilidad de diálogos sepa que empezamos desde ya a perder fuerza sobre la misma! Una vez iniciado este dialogo necesitaremos mucho más fuerza de voluntad para vencerla...

La mirada de Dios


En Él no hay indiferencia


¿y los problemas...? ¡A ENFRENTARLOS!

No fue solo Isabel quien quedó llena de Espíritu Santo, Juan Bautista también.

Juan era un verdadero milagro. El fue concebido y estaba siendo gestado por una madre estéril, de edad avanzada. Pero lo que era milagro también se volvía problema justamente por la actitud negativa de Isabel. Ella permitió, dio lugar al desánimo. Ciertamente Juan también se sentía un problema en el vientre de su madre, al final de cuentas, el era fruto de unagravidez inesperada. Pero, en el mismo momento en que María saludó a Isabel, todo cambió y la criatura se estremeció de alegría en su vientre.

Se piensa que los problemas quitan la alegría, el coraje. Es una visión errada. La receta para los problemas es... ¡enfrentarlos!.
Eso genera coraje.
La forma de enfrentar la tristeza es tener un corazón alegre, pues la alegría del hombre vuelve más larga su vida, como nos enseña la Palabra de Dios.

Jamas se desespere en medio de las sombrías aflicciones de su vida, pues de las nubes más negras cae agua límpida y fecunda!

Dios te Bendiga!

Mons. Jonas Abib
Fundador Comunidad Canção Nova.
Fuente: Portal www.cancaonova.com

Gloria Aleluya cante la tierra

Dios tiene tiempo para cada cosa


Para todo existe un momento en la vida, debemos tener muy claro que todo es en el tiempo de Dios, no podemos forzar las cosas, trabajemos por lo que queremos, pero entendamos que los resultados se darán cuando más nos convenga, entiendo que no es tan fácil entender esto, sobre todo si le dedicamos mucho tiempo a las cosas que queremos, o si trabajamos por unos resultados que no se nos dan, lo que puedo decir es que sigamos tratando de cumplir nuestros objetivos, Dios quiere lo mejor para nosotros y nos dará la dicha de recoger los frutos en el momento que más lo necesitemos. No podemos permitir que la rabia de no cumplir nuestros objetivos cuando queremos nos haga olvidarnos de ellos, lo que les quiero decir es que no importa cuánto tiempo le dediquemos a algo, siempre habrá una recompensa, se que habrá dolor, malestares, peo nunca dejemos de hacer lo que nos gusta por el hecho de no lograr lo que se quiere, jóvenes, les hago una invitación a ser constantes, a no desfallecer a pesar de los inconvenientes, tu vida es importante para Dios y Él en su infinita sabiduría sabrá cual es el mejor momento para darte lo que te mereces.


No dudes de ti mismo, ten la seguridad que tú sabes hacer las cosas, que aprendes y que sacas adelante proyectos de vida, vive con la plena seguridad de que si haces las cosas bien obtendrás los mejores resultados, no debe haber en tu vida desesperación.

Cuando eres constante siempre los resultados que tendrás serán los mejores, habrán momentos y personas que te hagan dudar, pero es lo más normal en el ser humano el sentimiento de duda, lo que si o puedes permitir es que esa duda se convierta en una forma de abandonar tus convicciones, por eso son convicciones, porque debes estar convencido de lo que puedes hacer.

Trabaja por tus objetivos, no dudes ni un segundo de ti, y lo más importante, Dios está a tu lado para fortalecer tus ganas de seguir adelante, no te olvides de Él, porque el nunca se olvida de ti.

fuente: Blog de Ángel Martinez

Comprendiendo La Palabra

“Primero la hierba, después la espiga, y finalmente el trigo lleno de espigas
La vida presente es un camino que conduce al término de nuestra esperanza tal como vemos sobre las yemas el fruto que comienza a salir de la flor y que, gracias a ella, llega a término como fruto, aunque la flor no sea el fruto. Igualmente, la cosecha que nace de las semillas no aparece inmediatamente con su espiga, sino que lo primero que crece es la hierba; después, muerta la hierba, surge el tallo del trigo y de esta manera sale el fruto maduro en la espiga. (...) 
      Nuestro Creador no nos ha destinado a una vida embrionaria; el fin de la naturaleza no es la vida de los recién nacidos. Tampoco apunta a las edades sucesivas que con el transcurso del tiempo reviste a través del proceso de crecimiento que cambia su forma, ni la disolución del cuerpo que sobreviene con la muerte. Todos estos estados son etapas en el camino sobre el que avanzamos. El fin y término del camino, a través de estas etapas, es la semejanza con el Divino (...); el término que la vida aguarda es la beatitud. Pero hoy, todo esto que concierne al cuerpo –la muerte, la vejez, la juventud, la infancia y la formación del embrión- todos estos estados, como otras hierbas, tallos y espigas, forman un camino, una sucesión y un potencial que permite la maduración esperada.

San Gregorio de Nisa (c. 335-395), monje, obispo
Sermón sobre los difuntos

RESONAR DE LA PALABRA - 29 ENE 2016

Evangelio según San Marcos 4,26-34. 
Y decía: "El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha". También decía: "¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra". Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo. 


RESONAR DE LA PALABRA
Conrado Bueno, cmf
Queridos hermanos:

Hoy nos gustan las cosas “aquí y ahora”. Quemamos etapas en la vida porque nos quema el ansia de lograr el punto final. Miramos en seguida el desenlace. Pero las cosas tienen su tiempo. Lo expresa gráficamente la parábola de Jesús: “Primero los tallos, luego, la espiga, después el grano”. Al niño que nace le esperan muchos años hasta devenir adulto. De la misma manera, nos enamora lo grande: casa grande, coche grande, medios sociales potentes. Hasta calificamos ciertas obras como “faraónicas”. Y Jesús, que ensalza lo pequeño, lo sencillo, en la parábola del grano de mostaza. Lo bueno es que lo pequeño será capaz de grandes cosas. Hay que darle tiempo, y contar con Dios.

Dos parábolas que nos dicen la verdad sobre el mensaje de Jesús. Siguen las parábolas del campo. Una semilla crece sola, a pesar de los rigores de los hielos o los sofocos del sol achicharrante. En el Reino evangélico, la semilla de la Palabra crece por la calidad, la vida que entraña lo que sembramos. La mostaza parece la más pequeña de las simientes, pero el vigor que lleva dentro la “hace la más alta de las hortalizas, hasta que los pájaros puedan anidar en ellas”. Es el contraste entre los medios que añora el hombre y la fuerza que Dios coloca en ellos.

Dios conduce la historia, aunque, a veces, los olvidemos. Nos alimenta con la palabra y los sacramentos. No serán nuestras técnicas y grandes medios sino Dios quien “hará crecer”. En su lógica, con pequeñas cosas, se levantan obras grandes. El hombre colabora con Dios, pero es su gracia la que todo lo mueve. Hemos de atajar el desánimo antes las dificultades. Al fondo, siempre Dios. No sabemos cuándo, pero el proyecto de Dios se cumplirá. La fuerza no está en el mensajero del Evangelio, en nuestras pequeñas palabras y obras. Programar, trabajar, pero sin agobiarse. No despreciemos “lo poco” del presente. Ya vendrá el resultado final. Dios controla el campo. Descansemos con él.

Comentario publicado en Ciudad Redonda

Confianza

Buen día, Espíritu Santo

¡Buen día, Espíritu Santo!
Desde el seno materno me has custodiado,
Desde el seno materno te he deseado;
Y aunque sé que siempre estás conmigo,
Aunque sé que en mi descanso velas y cuidas de mi,
Al despertar solo puedo decirte
¡Ven a visitarme, Buen Amigo!
Me alegra que estes aquí, poder tenerte, estar cerca de Ti.
Y aunque mis caminos a veces se hagan esquivos,
Vaya donde vaya, sé que estarás conmigo.
Fuerza de Dios que me envuelve,
Llama Viva de Amor que me incendia,
Devuélveme hoy, siempre, en todo momento a mi hogar:
El Corazón Santo de Dios:
El Corazón Santo del Hijo!
Amén!


jueves, 28 de enero de 2016

La misericordia de Dios no es indiferente al dolor del oprimido, sino que actúa y salva

27 de enero de 2016
«Dios no desvía jamás la mirada del dolor humano. El Dios de misericordia responde y cuida de los pobres, de aquellos que gritan su desesperación. Dios escucha e interviene para salvar, suscitando hombres capaces de oír el gemido del sufrimiento y de obrar en favor de los oprimidos… Y también nosotros en este Año de la Misericordia podemos hacer este trabajo de ser mediadores de misericordia con las obras de misericordia para acercarnos, para dar alivio, para hacer unidad. Tantas cosas buenas se pueden hacer»
La misericordia obtiene el perdón de nuestros pecados y nos convierte en hijos de Dios, joyas preciosas en las manos del Padre bueno y misericordioso”.Con estas palabras el Papa Francisco explicó como la misericordia divina ha estado siempre presente en la historia del Pueblo de Israel.

Continuando su ciclo de catequesis sobre la misericordia en la Sagrada Escritura, el Obispo de Roma recordó que la misericordia de Dios Padre ha acompañado a los Patriarcas, por caminos de gracia y reconciliación. Incluso, cuando el Pueblo fue esclavizado en Egipto, la misericordia divina no es indiferente. “La misericordia no puede permanecer indiferente delante del sufrimiento de los oprimidos, del grito de quien padece la violencia, reducido a la esclavitud, condenado a muerte, dijo el Papa. Es una dolorosa realidad que aflige toda poca, incluida la nuestra, y que muchas veces nos hace sentir impotentes”.





Ante este sufrimiento, Dios suscita siempre mediadores de misericordia, señaló el Pontífice, es así que comienza la historia de Moisés como mediador de liberación para el pueblo. “La misericordia de Dios actúa siempre para salvar. El Señor, afirmó el Papa, mediante su siervo Moisés, guía a Israel en el desierto como si fuera un hijo, lo educa en la fe y realiza la alianza con él, creando una relación de amor fuerte, como aquel del padre con el hijo y el del esposo con la esposa”.

Antes de concluir su catequesis, el Sucesor de Pedro dijo que “la misericordia divina, llega a pleno cumplimiento en el Señor Jesús, en aquella nueva y eterna alianza consumada con su sangre, que con el perdón destruye nuestro pecado y nos hace definitivamente hijos de Dios, joyas preciosas en las manos del Padre bueno y misericordioso”. En el vídeo superior se visualiza y escucha  la catequesis del Santo Padre y la síntesis que ha hecho en español, cuyo texto completo es el siguiente:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la Sagrada Escritura, la misericordia de Dios está presente a lo largo de toda la historia del Pueblo de Israel.

Con su misericordia, el Señor acompaña el camino de los Patriarcas, a ellos les dona hijos no obstante su condición de esterilidad, los conduce por caminos de gracia y de reconciliación, como demuestra la historia de José y de sus hermanos (Cfr. Gen 37-50). Y pienso en tantos hermanos que están alejados dentro de una familia y no se hablan. Pero este Año de la Misericordia es una buena ocasión para reencontrarse, abrazarse y perdonarse, ¡eh! Olvidar las cosas feas. Pero, como sabemos, en Egipto la vida para el pueblo se hace dura. Y es ahí cuando los Israelitas están por perecer, que el Señor interviene y realiza la salvación.



Se lee en el libro del Éxodo: «Pasó mucho tiempo y, mientras tanto, murió el rey de Egipto. Los israelitas, que gemían en la esclavitud, hicieron oír su clamor, y ese clamor llegó hasta Dios, desde el fondo de su esclavitud. Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Entonces dirigió su mirada hacia los israelitas y los tuvo en cuenta» (2,23-25). La misericordia no puede permanecer indiferente delante del sufrimiento de los oprimidos, del grito de quien padece la violencia, reducido a la esclavitud, condenado a muerte. Es una dolorosa realidad que aflige toda época, incluida la nuestra, y que muchas veces nos hace sentir impotentes, tentados a endurecer el corazón y pensar en otra cosa. Dios en cambio «no es indiferente» (Mensaje para la Jornada Mundial de la paz 2016, 1), no desvía jamás la mirada del dolor humano. El Dios de misericordia responde y cuida de los pobres, de aquellos que gritan su desesperación. Dios escucha e interviene para salvar, suscitando hombres capaces de oír el gemido del sufrimiento y de obrar en favor de los oprimidos.

Es así que comienza la historia de Moisés como mediador de liberación para el pueblo. Él afronta al Faraón para convencerlo en dejar salir a Israel; y luego guiará al pueblo, a través del Mar Rojo y el desierto, hacia la libertad. Moisés, que la misericordia divina ha salvado a penas nacido de la muerte en las aguas del Nilo, se hace mediador de aquella misma misericordia, permitiendo al pueblo nacer a la libertad salvado de las aguas del Mar Rojo. Y también nosotros en este Año de la Misericordia podemos hacer este trabajo de ser mediadores de misericordia con las obras de misericordia para acercarnos, para dar alivio, para hacer unidad. Tantas cosas buenas se pueden hacer.

La misericordia de Dios actúa siempre para salvar. Es todo lo contrario de las obras de aquellos que actúan siempre para matar: por ejemplo aquellos que hacen las guerras. El Señor, mediante su siervo Moisés, guía a Israel en el desierto como si fuera un hijo, lo educa en la fe y realiza la alianza con él, creando una relación de amor fuerte, como aquel del padre con el hijo y el del esposo con la esposa.

A tanto llega la misericordia divina. Dios propone una relación de amor particular, exclusiva, privilegiada. Cuando da instrucciones a Moisés a cerca de la alianza, dice: «Ahora, si escuchan mi voz y observan mi alianza, serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece. Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación que me está consagrada» (Ex 19,5-6).

Cierto, Dios posee ya toda la tierra porque lo ha creado; pero el pueblo se convierte para Él en una posesión diversa, especial: su personal “reserva de oro y plata” como aquella que el rey David afirmaba haber donado para la construcción del Templo.



Por lo tanto, esto nos hacemos para Dios acogiendo su alianza y dejándonos salvar por Él. La misericordia del Señor hace al hombre precioso, como una riqueza personal que le pertenece, que Él custodia y en la cual se complace.

Son estas las maravillas de la misericordia divina, que llega a pleno cumplimiento en el Señor Jesús, en aquella “nueva y eterna alianza” consumada con su sangre, que con el perdón destruye nuestro pecado y nos hace definitivamente hijos de Dios (Cfr. 1 Jn 3,1), joyas preciosas en las manos del Padre bueno y misericordioso. Y si nosotros somos hijos de Dios y tenemos la posibilidad de tener esta herencia – aquella de la bondad y de la misericordia – en relación con los demás, pidamos al Señor que en este Año de la Misericordia también nosotros hagamos cosas de misericordia; abramos nuestro corazón para llegar a todos con las obras de misericordia, la herencia misericordiosa que Dios Padre ha tenido con nosotros. Gracias.

Despertar

"El mundo necesita despertar de la anestesia en la que vive"
Mons. Jonas



Comprendiendo La Palabra



«Si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz»

Procurad reuniros con más frecuencia para celebrar la acción de gracias y la alabanza divina. Cuando os reunís con frecuencia en un mismo lugar, se debilita el poder de Satanás, y la concordia de vuestra fe le impide causaros mal alguno. ¿Hay algo mejor que la paz para poner fin a toda discordia en el cielo y en la tierra?

      Nada de esto os es desconocido, si mantenéis de un modo perfecto, en Jesucristo, la fe y la caridad, que son el principio y el fin de la vida: el principio es la fe, el fin es la caridad. Cuando ambas virtudes van a la par, se identifican con el mismo Dios, y todo lo demás que contribuye al bien obrar se deriva de ellas. El que profesa la fe no peca, y el que posee la caridad no odia. «Por el fruto se conoce el árbol» (Mt 12,33); del mismo modo, los que hacen profesión de pertenecer a Cristo se distinguen por sus obras. Lo que nos interesa ahora, más que hacer una profesión de fe, es mantenernos firmes en esa fe hasta el fin.

      Es mejor callar y obrar que hablar y no obrar. Buena cosa es enseñar, si el que enseña también obra. Uno solo es el maestro (Mt 23,8), que «lo dijo y existió» (Sl 32,9): pero también es digno del Padre lo que enseñó sin palabras. El que posee la palabra de Jesús es capaz de entender lo que él enseñó sin palabras y llegar así a la perfección, obrando según lo que habla y dándose a conocer por lo que hace sin hablar. Nada hay escondido para el Señor, sino que aún nuestros secretos más íntimos no escapan a su presencia. Obremos, pues, siempre conscientes de que él habita en nosotros, para que seamos templos suyos y él sea nuestro Dios en nosotros.

San Ignacio de Antioquia (¿- c. 110), obispo y mártir
Carta a los Efesios, § 13-15

RESONAR DE LA PALABRA - 28 ENE 2016

Evangelio según San Marcos 4,21-25. 
Jesús les decía: "¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un cajón o debajo de la cama? ¿No es más bien para colocarla sobre el candelero? Porque no hay nada oculto que no deba ser revelado y nada secreto que no deba manifestarse. ¡Si alguien tiene oídos para oír, que oiga!". Y les decía: "¡Presten atención a lo que oyen! La medida con que midan se usará para ustedes, y les darán más todavía. Porque al que tiene, se le dará, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene". 
RESONAR DE LA PALABRA
Conrado Bueno, cmf
Queridos hermanos:

Más imágenes que presenta Jesús para que nos entre bien en qué consiste el Reino, el mensaje de Buena Nueva que predica, el sueño del Padre del cielo sobre sus hijos. Insiste, una vez más, en la luz. La luz de un candil es para colocarla arriba, sobre el candelero, y no ocultarla bajo la cama o el celemín. Precisamente hoy es la fiesta de Santo Tomás de Aquino, luminaria en la cumbre de la inteligencia en la Iglesia. Como el fuego va asociado al corazón, la luz es propia de la inteligencia. Y Tomás de Aquino ha iluminado a la Iglesia, con su gigante obra, intentando responder a la verdad de esta pregunta: ¿Quién es Dios? Por evocar otro momento que fue luminoso, la Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II comienza, y ha sido millones de veces citada, “Lumen Gentium”, “Luz de las Gentes”. Y, ya que me he permitido estas digresiones, dejadme citar unos versos del poeta Gamoneda que recoge la liturgia: “Bello es el rostro de la luz, abierto sobre el silencio de la tierra… que aprenda a amanecer, Dios mío, en la gran luz de tu misericordia”. La otra imagen es la medida que usamos con otros en la vida.

“Yo soy la luz”  sonó muchas veces en labios de Jesús. Fue luz por sus obras y palabras. ¿Cómo no evocar al ciego de nacimiento a cuyos ojos volvió la luz? Es luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En su pasión y muerte parecía que vencían las tinieblas: “Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”, se quejó al ser arrestado en Getsemaní. Pero la luz venció. Los seguidores de Jesús somos hijos de la luz. Nos toca elegir entre la luz y las tinieblas, entre Dios y el maligno. Nacimos como hijos de las tinieblas. Pero Dios nos llama “de las tinieblas a su luz admirable”. En el Bautismo, nos revestimos de las armas de la luz. Y el fruto de esa luz es la verdad, la justicia, la bondad. Más en concreto, vivir en la luz es vivir en el amor fraterno. Si así es la cosa, solo nos queda irradiar esa luz recibida; es decir, los iluminados iluminamos al mundo también con nuestras obras y palabras. Y, al final, nos admitirán a contemplar la luz del rostro de Dios en el cielo. Y, ¿qué decir de la “medida”? La que usemos con los otros será la que recibamos. Si damos fruto, si acogemos al hermano, nos llenarán también los dones de Dios.

Aceptar a Cristo luz es saber iluminar, irradiar lo que Dios quiere para sus hijos peregrinos.  ¿Qué irradiamos nosotros, personal y eclesialmente?  ¿Es una imagen de luz, entregados a la causa de Jesús, haciendo las cosas de Jesús? ¿Cuál es nuestro testimonio, nuestra credibilidad, nuestra coherencia de vida? Es lo que celebramos en el Bautismo: Cirio, Cirio Pascual, “Luz gozosa”, “Recibid la luz de Cristo”, “Caminad siempre como hijos de la luz”. No pongamos obstáculos a la llegada de la luz: La tiniebla de la mentira, del orgullo, del rencor, de las seducciones del mal. Como siempre, abramos lo ojos a la esperanza: la luz penetra, aunque existan las tinieblas. El mal se vence con el bien. Sí, hay mucha gente buena, muchos santos sin tener que subir a los altares. Y estos santos siguen iluminando al mundo. Redimen al mundo.

Comentario publicado en Ciudad Redonda

Buen día, Espíritu Santo

¡Buen día, Espíritu Santo!
Llegada la hora del despertar,
Llega la hora de decirte: ¡aquí estoy!
¡Aquí estoy para hacer Tu voluntad!
Y contemplando las huellas que has dejado en la creación
Quiero decirte: ¡Bendito seas, Dios de Amor!
Dios de Gloria y Majestad!
Alabado seas en cada criatura,
Alabado seas en lo sencillo y lo complejo,
En las alturas y en las profundidades;
Alabado seas en los silencios mas hondos
Y en los estruendos mas intensos.
Tu Presencia es Bendición siempre nueva,
Gracia que me alcanza cada día , Dios Amor que se dona,
Por eso clamo y declaro: ¡Te abro las puertas!
¡Sondea mis entrañas y Santifícame!
Sé Fuente de toda esperanza,
Auxilio de toda criatura,
Derrama Tu Sabiduría y con nosotros permanezca,
y con nosotros trabaje!
y si en el día de Ti se apartan nuestros ojos y nuestro corazón...
¡Sopla Fuerte!, ¡Sacude estructuras!
Que nuestros pies se mantengan en el camino llano.


miércoles, 27 de enero de 2016

Dios escucha

"también nosotros en este Año de la Misericordia podemos hacer este trabajo de ser mediadores de misericordia con las obras de misericordia para acercarnos, para dar alivio, para hacer unidad. Tantas cosas buenas se pueden hacer»

Meditación: Marcos 4,1-20

Con la parábola que leemos hoy, Jesús revela algo del Reino de Dios. Cuando los discípulos le preguntaron el significado de esta parábola, él les contestó: “A ustedes se les ha confiado el secreto del Reino de Dios” (Marcos 4, 11).

La idea central de la parábola es la semilla. La semilla es el Reino de Dios, que entra con fuerza en el mundo mediante la Palabra de Dios. Jesús inaugura el Reino con su encarnación y su nacimiento, y lo revela por medio de su ministerio, su muerte y su resurrección. La parábola nos hace pensar en cómo reaccionamos nosotros frente al Reino: ¿Qué tipo de terreno presentamos nosotros? ¿Estamos absorbidos por las preocupaciones de esta vida, al punto que la muerte y la resurrección de Cristo no pueden dar fruto en nosotros? ¿Tenemos una fe superficial y débil que sólo aflora en acciones externas?

“Otros granos cayeron en tierra buena; las plantas fueron brotando y creciendo y produjeron el treinta, el sesenta o el ciento por uno” (Marcos 4, 8). Un rendimiento del treinta por uno en la cosecha es excepcional en cualquier circunstancia, incluso hoy mismo; pero, que algunas semillas produzcan el ciento por uno es increíble. Semejante cosecha sólo es posible gracias a la muerte y la resurrección de Cristo en la vida del creyente. Estos son los que se entregan y reciben la revelación del misterio del Reino, y Jesús los transforma.

Cristo dijo, “si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto” (Juan 12, 24). Jesús fue quien murió en la cruz y resucitó, dando mucho fruto para el Padre, porque redimió a toda la humanidad. ¡Por el bautismo en la muerte y la resurrección de Cristo y la fe en él, nosotros hemos muerto con él y resucitado con él a la nueva vida (Romanos 6, 3-8)! Esta es la obra que capacita a los creyentes a producir esta cosecha increíblemente abundante para la gloria del Padre.

Sepamos, pues, que podemos dar fruto para Dios sólo gracias a la obra de Jesús en su muerte y su resurrección. Oremos para que esta obra se profundice constantemente en nosotros.
“Espíritu Santo, Consolador, prepáranos el corazón para recibir la Palabra de Dios cada vez con mayor profundidad. Revélanos, te rogamos, el deseo más hondo de Jesús de enseñarnos las cosas del Reino, y su inmenso amor.”

fuente Devocionario Católico La Palabra con nosotros

¿Qué hacer con el desánimo?


^F36DCA7490A8488AE07D046B8DB8D42DBAC608D5697D53E8CD^pimgpsh_fullsize_distrNo te prendas al desánimo, reacciona!

"No estés triste, porque la alegría del Señor será tu fuerza" (Num. 8, 10)

Muchas veces despertamos desanimados, cansados, tristes e incluso abatidos. Claro, siempre tenemos motivos para estar de esta manera, una tribulación, una situación que nos desagradó, o algo que no resultó, una enfermedad o cualquier otro motivo. Así es como nos entregamos al desánimo y olvidamos el verdadero motivo que tenemos para vivir: Jesucristo.

Esta palabra de Nehemías: "No quedes triste, porque la alegría del Señor será vuestra fuerza" es una orden de Dios para nosotros en el día de hoy. No debemos permanecer tristes, la alegría del Señor es nuestra fuerza, aún cuando no tengamos fuerza, ni fuerza de voluntad, debemos mirar a Dios que nos llena de fuerzas y coraje para seguir.

Yo me decido hoy a vivir la fuerza que viene del Señor, no quiero entregarme al desánimo, a la tristeza. Yo quiero vivir esta fuerza, levantarme cada día a enfrentar las situaciones difíciles, pues tengo un Dios que me sustenta y me da la fuerza necesaria. Te invito, mi hermano, a no desanimarte.
Levántate y lucha, porque la alegría del Señor es nuestra fuerza!

Tu hermano,
Wellington Jardim (Eto)
Cofundador da Comunidade Canção Nova e administrador da FJPII
fuente portal Canción Nueva - Adaptación del original en portugues

Comprendiendo La Palabra

“El hombre vive de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt,4,4; Dt 8,3)

En cuanto al maná está escrito que si se recogía en las condiciones prescritas por Dios, alimentaba; pero si se quería recoger más de la cuenta, contrariamente a lo que había mandado Dios, no era capaz de alimentar la vida de los hombres. .. El Verbo de Dios es nuestro maná, y la Palabra de Dios que viene a nosotros trae la salud a unos y el castigo a otros. Por eso, me parece, el Señor y Salvador, el que es “la palabra viva de Dios” (1P 1,23) declaró: “Yo he venido a este mundo para un juicio: para dar la vista a los ciegos y para privar de ella a los que creen ver.” (Jn 9,39) ¡Mejor hubiera sido para muchos no oír nunca la Palabra de Dios que oírla con mala disposición o con hipocresía!... 
      El mejor oyente en el camino recto de la perfección es aquel que escucha la palabra de Dios con corazón buen y simple, recto y bien preparado, para que la palabra fructifique y crezca como en terreno abonado... Lo que digo me sirve tanto para mi propia conversión personal como para la de mis oyentes, porque yo también soy uno de aquellos que escuchan la palabra de Dios.

Orígenes (c. 185-253), presbítero y teólogo
Homilía 1 sobre el libro de los Números

RESONAR DE LA PALABRA - 27 ENE 2016

Evangelio según San Marcos 4,1-20. 
Jesús comenzó a enseñar de nuevo a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca dentro del mar, y sentarse en ella. Mientras tanto, la multitud estaba en la orilla. El les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas, y esto era lo que les enseñaba: "¡Escuchen! El sembrador salió a sembrar. Mientras sembraba, parte de la semilla cayó al borde del camino, y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno rocoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó en seguida porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemó y, por falta de raíz, se secó. Otra cayó entre las espinas; estas crecieron, la sofocaron, y no dio fruto. Otros granos cayeron en buena tierra y dieron fruto: fueron creciendo y desarrollándose, y rindieron ya el treinta, ya el sesenta, ya el ciento por uno". Y decía: "¡El que tenga oídos para oír, que oiga!". Cuando se quedó solo, los que estaban alrededor de él junto con los Doce, le preguntaban por el sentido de las parábolas. Y Jesús les decía: "A ustedes se les ha confiado el misterio del Reino de Dios; en cambio, para los de afuera, todo es parábola, a fin de que miren y no vean, oigan y no entiendan, no sea que se conviertan y alcancen el perdón". Jesús les dijo: "¿No entienden esta parábola? ¿Cómo comprenderán entonces todas las demás? El sembrador siembra la Palabra. Los que están al borde del camino, son aquellos en quienes se siembra la Palabra; pero, apenas la escuchan, viene Satanás y se lleva la semilla sembrada en ellos. Igualmente, los que reciben la semilla en terreno rocoso son los que, al escuchar la Palabra, la acogen en seguida con alegría; pero no tienen raíces, sino que son inconstantes y, en cuanto sobreviene la tribulación o la persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumben. Hay otros que reciben la semilla entre espinas: son los que han escuchado la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y los demás deseos penetran en ellos y ahogan la Palabra, y esta resulta infructuosa. Y los que reciben la semilla en tierra buena, son los que escuchan la Palabra, la aceptan y dan fruto al treinta, al sesenta y al ciento por uno". 

RESONAR DE LA PALABRA
Conrado Bueno, cmf
Queridos hermanos:

Es hora de parábolas. De escudriñar en qué consiste el Reino, el proyecto de Jesús. Antes, ya ha hablado Jesús al pueblo que le apretujaba. La parábola impulsa más a la reflexión y decisión. La parábola es un acontecimiento de la vida cotidiana que se convierte en trasparencia de un mensaje espiritual. Esta del sembrador es de una belleza literaria grande. Los elementos de la alegoría están claros: La Palabra es la semilla y el Padre Dios es el sembrador. Dos campos reciben la semilla; el pedregoso que rechaza la semilla y el fértil que da buena cosecha.

Diríamos que Jesús hace la homilía, desvela su sentido a los discípulos. Dos extremos se juntan en el resultado de la siembra. Cuando mil obstáculos hacen infecundo todo el trabajo de la siembra de la Palabra de Dios: la superficialidad, los afanes y preocupaciones de la vida, la vida mundana de la que habla Francisco, la seducción de los ídolos del poder, la riqueza, el bienestar a toda costa, la ceguera de corazón, et. El otro extremo es la tierra buena, abierta, esponjosa. Curiosamente, sobre los “terrenos duros” solo se derramaba “un poco” de simiente, mientras que “el resto” cayó sobre la tierra buena. Tan buena que daba una cosecha del treinta, del sesenta o, incluso en el colmo del optimismo, del ciento por ciento. Dicen los estudiosos que es impensable que hubiera tierra que diese fruto tan abundante.

Dios nos habla, se comunica con nosotros. Nos toca responder, desde la libertad y el amor. La Palabra es el mensaje de Jesús ante el cual el hombre ha de tomar decisiones. Bien podemos preguntarnos: ¿Qué frutos produce en nosotros la Palabra, la celebración de los sacramentos, la ayuda de la comunidad, la experiencia de la bondad de las personas? ¿Somos tierra buena o mala? ¿Qué impedimentos ponemos a la recepción de la Palabra? ¿El ambiente que nos puede, la esclavitud a la que nos someten todos los artilugios de la nueva técnica, la frialdad de corazón? La semilla siempre es buena y el hecho de que, según la parábola, cayó en la tierra fértil nos convoca a la esperanza y el optimismo, respecto de nosotros mismos y mirando a nuestra tarea con los otros. Nos da ánimos para trabajar sin vanidad, otro es el que siembra, y con generosidad, somos colaboradores. Acaso nos quejemos del poco fruto que produce la siembra en nuestro empeño. Veamos nuestro lenguaje y nuestro testimonio, y recojamos las buenas perspectivas finales de la parábola. Mientras, repetimos con el salmista: “Lámpara es tu palabra para mis pasos y luz en mi sendero”.

comentario publicado en Ciudad Redonda