jueves, 21 de marzo de 2019

PADRE NUESTRO


«El “Padre Nuestro” es una oración que enciende en nosotros el mismo amor de Jesús por la voluntad del Padre, una llama que empuja a transformar el mundo con amor. El cristiano no cree en un “fato” ineluctable. No hay nada al azar en la fe de los cristianos: en cambio, hay una salvación que espera manifestarse en la vida de cada hombre y de cada mujer y cumplirse en la eternidad. Si rezamos es porque creemos que Dios puede y quiere transformar la realidad venciendo el mal con el bien. Tiene sentido obedecer a este Dios y abandonarse a Él incluso en la hora de la prueba más dura»
Francisco
Audiencia General 20-03-19
Viñeta: Leonan Faro


Meditación: Lucas 16, 19-31

Él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. (Lucas 16, 25)

La parábola que hoy leemos en el Evangelio es muy esclarecedora y digna de ser meditada. El rico lo tenía todo: ropa fina, los mejores manjares y sin duda sirvientes para atenderlo en todos sus deseos y necesidades. Al contar el caso, Jesús dijo que este hombre “todos los días ofrecía espléndidos banquetes” queriendo decir que no le faltaba nada de la buena vida. Además, no desconocía la Palabra de Dios. Teniendo tanto a su favor, ciertamente no tenía excusa para desentenderse de las necesidades del mendigo que pedía limosna postrado junto a su puerta. Pero lo hizo.

La falta del rico no fue el hecho de tener muchas riquezas; sino que estaba tan encerrado en sus propios intereses y placeres que no le dio lugar en su corazón a la Palabra de Dios, ni al clamor de los pobres. La Palabra de Dios es capaz de penetrar hasta el corazón y depositar allí las verdades del Evangelio y las promesas divinas, ya sean las del Antiguo Testamento o del Nuevo Testamento. Abraham le dijo al rico que sus hermanos tenían “lo escrito por Moisés y los profetas” para enseñarles de Dios, sus mandamientos y su amor, y que eso debería haberles bastado.

Toda la Escritura tiene el poder de comunicar la verdad y transformar al lector. “Dichoso el hombre… [cuyo] gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche” (Salmo 1, 1-2).

Todos tenemos muchas responsabilidades y ocupaciones que atender en la familia y en el trabajo; la lista de quehaceres, trámites y diligencias es prácticamente interminable. Todas estas son responsabilidades buenas y necesarias; pero si ocupan nuestra atención por completo, es posible que nos hagan desentendernos también de los “Lázaros” que esperan nuestro auxilio, a veces sin decirlo, y dejarnos en la misma situación del rico Epulón, consumidos en nosotros mismos. Dios quiere algo mucho mejor para sus hijos; solamente falta que abramos el corazón al Señor y seamos dóciles a sus verdades; así encontraremos abundancia de tesoros incalculables en su palabra, riquezas con las cuales podemos “banquetearnos” todos los días. ¡Quiera el Señor que estemos bien dispuestos a recibirlas!
“Espíritu Santo, cámbiame el corazón para que yo sea dócil y sensible. Tengo muchas cosas que hacer hoy día, pero te pediré que me ayudes a dedicarte tiempo y atención, para que tu palabra me llene de tus verdades.”
Jeremías 17, 5-10
Salmo 1, 1-4. 6

fuente Devocionario Católico La Palabra con nosotros

Buen día, Espíritu Santo! 21032019


RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 16,19-31.


Evangelio según San Lucas 16,19-31.
Jesús dijo a los fariseos: "Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes.
A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro,
que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él.
Entonces exclamó: 'Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan'.
'Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.
Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí'.
El rico contestó: 'Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre,
porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento'.
Abraham respondió: 'Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen'.
'No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán'.
Pero Abraham respondió: 'Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'".

RESONAR DE LA PALABRA

Para superar abismos

En estos tiempos antropocéntricos que nos ha tocado vivir rechinan las palabras del profeta Jeremías: maldito quien confía en el hombre. ¿Es esto acaso una invitación a la desconfianza en nuestras relaciones humanas, siendo así que solo desde ellas es posible construir una convivencia digna de ese nombre? Es claro que Jeremías se refiere a esa confianza que sólo se puede y debe depositar en Dios, la confianza en la salvación, que ningún hombre, ni institución humana, ni ningún bien limitado puede dar.
Un buen ejemplo de esa falsa confianza que lleva a la perdición es la del rico Epulón (como la tradición ha querido llamarlo) en la parábola que hoy nos cuenta Jesús. No parece exactamente una confianza “en el hombre”, pero sí en las cosas humanas, como la seguridad que otorgan las riquezas. Puede ser también la confianza en el poder y la fuerza, o en determinadas ideologías humanas, o en los personajes que las encarnan. A todas esas cosas hay que otorgarles una confianza limitada y vigilante, no definitiva y entregada, la única que se puede depositar en Dios. Esa confianza indebida, además de poner nuestra esperanza de salvación en lo que no nos puede realmente salvar, con mucha frecuencia cierra las entrañas a las necesidades de los demás. El pecado de Epulón, confiado en sus riquezas, era la idolatría de no reconocer a Dios como el único salvador, pero también la consiguiente dureza de corazón que le impedía descubrir en Lázaro a un semejante y un hermano. No es Dios el que condena al hombre por sus pecados, sino el hombre mismo el que se condena a sí mismo, por apartarse de la fuente de la vida y ser incapaz de sentir misericordia y de compartir sus bienes con los necesitados.
Esos pecados abren abismos entre nosotros, pero también con Dios, con el Dios que se ha encarnado y sufre en sus pequeños hermanos. Sin embargo, esos abismos se pueden superar: se pueden construir puentes de generosidad, misericordia, fraternidad. Para ello hay que escuchar con confianza la voz de Dios, que resuena en nuestra conciencia, pero que también nos habla directamente, por Moisés y los Profetas, y de manera definitiva en Jesucristo. Quien no escucha esa voz que suena con palabras humanas, no se conmoverá ni aunque sucedan visiones extraordinarias, ni aunque resucite un muerto. Y es que ese muerto ya ha resucitado: es Jesucristo. Pero para verlo resucitado hay que estar abiertos a la Palabra que nos dirige en nuestra cotidianidad, en la lectura de la Biblia, en su proclamación en la liturgia, sí, en ese sencillo gesto de “ir a Misa”. Esto es, hay que creer, hay que confiar.
La parábola de Jesús suena apremiante, llama a tomar una decisión urgente: “después” ya no habrá modo de superar los abismos, sólo se nos ha dado este tiempo para hacerlo. No podemos decir que no se nos ha avisado. Es precisamente confiando en Dios y escuchando sus palabras como mejor podemos correr en auxilio de los necesitados para, en actitud de generosidad y de servicio, superar los muchos abismos que nos separan.

José María Vegas, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

COMPRENDIENDO LA PALABRA 210319


«Vio de lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno»

«Abrahán era muy rico» nos dice la Escritura (Gn 13,2)... Abrahán, hermanos míos, no fue rico para sí mismo, sino para los pobres: más que reservarse su fortuna, se propuso compartirla... Este hombre, extranjero él, no cesó nunca de hacer todo lo que estaba en su mano para que el extranjero no se sintiera ya más extranjero. Viviendo en su tienda, no podía soportar que cualquiera que pasara se quedara sin ser acogido. Perpetuo viajero, acogía a todos los huéspedes que se presentaban... Lejos de acomodarse sobre los dones de Dios, se sabía llamado a difundirlos: los empleaba para defender a los oprimidos, liberar a los prisioneros, ver sacados de su suerte a los hombres que iban a morir (Gn 14,14)... Delante del extranjero que recibe en su tienda (Gn 18,1s) Abrahán no se sienta sino que se queda de pie. No es el convidado de su huésped, se hace su servidor; olvida que es señor en su propia casa, y trae la comida y se preocupa que tenga una cuidadosa preparación, llama a su mujer. Para las cosas propias cuenta enteramente con sus sirvientes, pero para el extranjero que recibe piensa que sólo lo puede confiar a la habilidad de su esposa.
¿Qué más diré, hermanos míos? Hay en él una delicadeza tan perfecta... que Abrahán atrajo al mismo Dios, quien le obligó a ser su huésped. Así Abrahán llegó a ser descanso para los pobres, refugio de los extranjeros, el mismo que, más adelante, se diría acogido en la persona del pobre y del extranjero: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis» (Mt 25,35).


San Pedro Crisólogo (c. 406-450)
obispo de Ravenna, doctor de la Iglesia
Sermón 122, sobre el rico y Lázaro

miércoles, 20 de marzo de 2019

EN LA EDUCACIÓN DE UN HIJO, EL PADRE ES IMPRESCINDIBLE


Ser padre es mucho más que simplemente fecundar a la esposa y concebir un hijo. Ser padre es educar, es formar. José fue escogido por Dios y asumió totalmente la misión de "ser padre" del Niño Jesús. En la educación de un hijo, el padre es imprescindible.La importancia de María es innegable. Ella fue la que más cooperó con el plan de Salvación. San José, sin embargo, fue el "molde" en el que Jesús fue formado.En nuestra comunidad, Canción Nueva, hay una imagen de la Sagrada Familia hecha a partir de un tronco de árbol. El artista lo talló poco a poco y lo trabajó hasta que aquel tronco adquirió la forma de las tres personas: Jesús, María y José. Después de tallar, perfeccionó los detalles con mucha habilidad y el resultado fue una verdadera "copia de la Sagrada Familia".Afirmo, sin miedo, que el Padre se atrevió a formar a Su Hijo en la "moldura" que fue José, para imprimir en la humanidad de Jesús Su imagen y semejanza. Y para que José fuese aquella moldura que Dios quería, le dio María como esposa. Por disposición del Padre, ella fue la formadora de José, para que él fuera, a su vez, el formador de Jesús. María fue el instrumento de Dios para la santidad de José, y ella lo ayudó en la misión de formar a Jesús.El plan de Dios es que, al igual que José, el hombre sea el formador de sus hijos. Y que, como María, la mujer sea la formadora del marido. La voluntad del Padre es hacer del hombre el molde para sus hijos. Es un gran desafío, una maravillosa aventura. Varón, ¡Dios cuenta contigo, así como conto con José!
¡Ruega por nosotros, San José!

Tu hermano,
Monseñor Jonas Abib 
Fundador de la Comunidad Canción Nueva
Adaptación del original en portugués


Meditación: Mateo 20, 17-28

No saben ustedes lo que piden. (Mateo 20, 22)

Leyendo el Evangelio nos damos cuenta de que en realidad los discípulos de Jesús cometieron muchísimos errores, algunos grandes, otros no tanto. Pedro intentó impedirle ir a la cruz; Tomás dudó de que el Señor hubiera resucitado, y hoy vemos que Santiago y Juan le pidieron posiciones de privilegio en su Reino. Pero, ¿qué sucedió con ellos? La tradición nos dice que Juan fue desterrado a la isla de Patmos, donde llegó a una cercanía tan grande con el Señor que tuvo las visiones extraordinarias que leemos en el libro del Apocalipsis. Y su hermano Santiago llegó a ser un mártir heroico, el primero de los apóstoles en morir por su fe.

Tal vez nos resulte más fácil identificarnos con los discípulos “imperfectos” que con los apóstoles, que se convirtieron en grandes santos. Pero recordemos qué fue lo que provocó el cambio en estos hombres. Fue el compromiso de Jesús de seguir trabajando en ellos, enseñándoles y formándolos a lo largo del tiempo.

Así como cuando un jugador novato y desconocido se convierte en el más valioso de la liga, o cuando un pasante promovido resulta ser un líder inspirador, la mayor parte del mérito le corresponde al entrenador, ¡que para nosotros es Cristo Jesús! Como un buen entrenador, él ve lo que nadie más ve en nosotros y nos exhorta a ponerlo en acción. En el Evangelio de hoy, por ejemplo, Jesús vio que Santiago y Juan eran engreídos y mal orientados; pero también vio que mucho deseaban que llegara el Reino y querían ser parte de él. Por eso, les ayudó a dedicar esa energía, no a buscar beneficios políticos, sino la santidad en el amor y el servicio, y lo mismo puede hacerlo contigo.

Jesús nos acepta tal como somos porque sabe que somos vulnerables a las tentaciones y cómo fortalecernos; sabe dónde yacen nuestros temores y cómo infundirnos valor. El Señor tiene grandes planes para todos sus fieles, ya sea que eso signifique servir a nuestras familias o evangelizar en nuestro vecindario. Posiblemente el mundo no recuerde estas cosas de aquí a dos mil años, pero sabemos que los ángeles y los santos ven cada acto de fe que llevamos a cabo y se alegran por todos ellos. Pero más aún, el Señor ve cuando nos empeñamos por hacer nuestra voluntad y también cuando nos esforzamos por hacer la suya. ¡Él siempre nos ayuda!
“Señor, tú me conoces mejor que yo mismo. Ayúdame a confiar en tu plan para que yo crezca y madure en la fe para tu servicio.”
Jeremías 18, 18-20
Salmo 31(30), 5-6. 14-16

fuente Devocionario católico La Palabra con nosotros

Miércoles por la mañana... 20032019

“El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos»
(Mt 20, 17-28).











La pereza nos aleja del servicio y nos lleva a la comodidad, al egoísmo. Tantos cristianos así… son buenos, van a Misa, pero el servicio hasta acá… Y cuando digo servicio, digo todo: servicio a Dios en la adoración, en la oración, en las alabanzas; servicio al prójimo, cuando debo hacerlo; servicio hasta el final, porque Jesús en esto es fuerte.” (Papa Francisco)

¿Eres un servidor activo en tu comunidad?
Ofrece en tu día un servicio para los que te necesiten.
Padrenuestro.

Buen día, Espíritu Santo! 20032019


RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 20,17-28.


Evangelio según San Mateo 20,17-28.
Cuando Jesús se dispuso a subir a Jerusalén, llevó consigo sólo a los Doce, y en el camino les dijo:
"Ahora subimos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Ellos lo condenarán a muerte
y lo entregarán a los paganos para que sea maltratado, azotado y crucificado, pero al tercer día resucitará".
Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo.
"¿Qué quieres?", le preguntó Jesús. Ella le dijo: "Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda".
"No saben lo que piden", respondió Jesús. "¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?". "Podemos", le respondieron.
"Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre".
Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos.
Pero Jesús los llamó y les dijo: "Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad.
Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes;
y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo:
como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud".

RESONAR DE LA PALABRA

La cruz y el servicio

Se suele pensar que el Antiguo Testamento sanciona un mesianismo de triunfo y de victoria, y de ahí las pretensiones de poder que tientan al grupo de los seguidores de Jesús, encarnado hoy en Santiago y Juan (y reflejado en la indignación de los otros), todavía demasiado impregnados por esa antigua mentalidad. Pero ya en los Profetas (lo vemos hoy en Jeremías) descubrimos claros indicios de que el verdadero mesianismo apunta en otra dirección, la que Jesús anuncia a los más allegados mientras va subiendo a Jerusalén. No es fácil entender ese anuncio. No lo era para los discípulos de primera hora, y no lo es para nosotros, por mucho que sepamos el dato de la muerte y resurrección de Jesús y lo recitemos sinceramente en el Credo. La tentación del éxito, del mesianismo de victoria, de la fe como garantía de salud o bienestar, nos sigue persiguiendo hoy, igual que entonces. Podemos probar a ensayar cómo traducimos nosotros en nuestra oración, de tantas y sutiles formas, la petición de la madre de los Zebedeos, revelando no sólo lo poco que entendemos el mensaje de la cruz, sino también lo poco atentos que estamos a las palabras de Cristo.
Jesús, maestro bueno, no desespera ante la cerrazón de sus seguidores, sino que aprovecha la ocasión para enseñarnos y, con su profunda pedagogía, introducirnos en la comprensión de la difícil lógica de la cruz. Es el camino del servicio. Aunque estemos tan inclinados al éxito, a ese éxito que supone la derrota de los rivales y los enemigos, podemos aprender y asumir el camino alternativo que Jesús ha escogido, el camino estrecho y empinado que lleva a la vida, por la vía del servicio. La bondad del servicio la entiende cualquiera, entre otras cosas, porque no supone la negación de la otra parte: en la lógica del poder queremos vencer, pero no que nos venzan (pues si uno vence, alguien tiene que salir derrotado); en la lógica del servicio, nos gusta que nos sirvan, sí, pero también podemos servir, haciendo a los demás lo que queremos para nosotros (cf. Mt 7, 12). Por esa vía tan sencilla y humana podemos ir aprendiendo el camino de la cruz al que nos invita Jesús, que no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.

José María Vegas, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

COMPRENDIENDO LA PALABRA 200319


“Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.”

¿Quieres conocer la fe de esta mujer? Considera, pues, el momento de su petición...La cruz estaba cercana , la pasión inminente, la muchedumbre de los enemigos a punto. El Maestro habla de su muerte, los discípulos se inquietan: antes de la pasión se estremecen al oír hablar de ella. Lo que escuchan los espanta y quedan turbados. En este momento, esta madre se distancia del grupo de los apóstoles y pide el Reino y un trono para sus hijos.
¿Qué dices, mujer? ¿Oyes hablar de la cruz y pides un trono? Se trata de la pasión y tú deseas el Reino. Abandonas a los discípulos a sus miedos y temores. Pero ¿de dónde te puede venir este deseo de dignidades? ¿Qué es lo que te lleva a pedir un reino para tus hijos, después de todo lo que acabas de escuchar?...
--Yo veo, dice ella, la pasión, pero preveo también la resurrección. Veo alzada la cruz y contemplo el cielo abierto. Miro los clavos, pero también veo el trono... He oído al Señor decir: “Os sentaréis en doce tronos” (Mt 19,28) Veo el porvenir con los ojos de la fe.
Esta mujer se adelanta, me parece a mí, a las palabras del ladrón. El, en la cruz, pronuncia esta oración: “Acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino.” (Lc 23,42) Antes de la cruz, ha hecho del Reino el objeto de su súplica...¡Deseo grande, perdido en el futuro! Lo que el tiempo escondía lo veía la fe.


Basilio de Seleucia (¿-c. 468)
obispo
Sermón 24; PG 85, 282ss

martes, 19 de marzo de 2019

Meditación: Mateo 1, 16. 18-21. 24

José, su esposo… era hombre justo. (Mateo 1, 19)

Dios, que muchas veces actúa de un modo misterioso, escogió a un sencillo carpintero para que fuera el esposo de la Virgen María y padre adoptivo de su Hijo unigénito. Este es un misterio, aunque sabemos que cuando Dios llama a una persona y le encomienda una misión, le infunde también la gracia necesaria para cumplirla. Pero en realidad, no es mucho lo que se sabe o se dice acerca de José, excepto que tuvo la increíble misión de ser el padre adoptivo del Hijo de Dios.

José era un hombre devoto que confiaba en el Señor. No dejó nada escrito, pero sus acciones fueron sumamente elocuentes. Al comienzo de la vida de Jesús, cuando se iba a producir nuestra redención, este hombre, de gran fortaleza, confianza y humildad, se erige como señal de la nueva creación que Jesús iba a hacer posible para todos por medio de su cruz.

Dios le habló a José en sueños por medio de un ángel y cada vez que el ángel le hablaba, él obedecía sin demora las instrucciones de Dios. Las situaciones que enfrentó José fueron difíciles. En la primera visita del ángel, Dios le dio a conocer que María había concebido en forma milagrosa y que no debía tener miedo de tomarla por esposa. Sin duda, José debe haberse sentido inclinado a dudar o preocuparse del qué dirán; pero sin pedir más entendimiento y sin ninguna vacilación, actuó decididamente.

Todos los cristianos estamos llamados, al igual que San José, a ser receptores generosos de la gracia divina, que es el poder que nos hace aptos para obedecer al Señor. Estemos, pues, dispuestos a conocer la voluntad de Dios, la cual podemos percibirla haciendo oración, leyendo la Escritura y participando en la liturgia. A veces nos encontraremos en situaciones difíciles y tal vez nos sintamos tentados a dudar de Dios; pero hemos de recordar que todos tenemos el Espíritu Santo, que se deleita en enseñarnos a reconocer la acción del Señor. Cuando hacemos la voluntad divina, empiezan a crecer en nosotros la fe, la esperanza y la intimidad con Dios, y así llegamos a ser capaces de realizar las obras que él tiene preparadas para sus hijos.
“Señor y Dios mío, te ruego que me concedas tu fortaleza para ser un servidor obediente de tu Majestad.”
2 Samuel 7, 4-5. 12-14. 16
Salmo 89(88), 2-5. 27. 29
Romanos 4, 13. 16-18. 22

fuente: Devocionario Católico La Palabra con nosotros

Martes por la mañana... 19032019

“José hizo lo que el ángel del Señor le había anunciado” (Mt 1, 16-18. 21.24).







José es el hombre de los sueños con los pies en la tierra, un hombre justo, respetuoso de la ley, un trabajador, humilde, enamorado de María. En un primer momento, ante lo incomprensible, prefiere hacerse a un lado pero después Dios le revela su misión. Y así José abraza su misión, su papel, y acompaña el crecimiento del Hijo de Dios en silencio, sin juzgar, sin hablar de más (Papa Francisco).

En este día pide la intercesión de San José que te enseñe la gratuidad y la prudencia ante la misión que se te encomienda.
Padrenuestro...

Buen día, Espíritu Santo! 19032019


RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Mateo 1,16.18-21.24a.


Evangelio según San Mateo 1,16.18-21.24a.
Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.
Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.
Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados".
Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado.

RESONAR DE LA PALABRA

Varón justo

Dios, sin duda alguna, cumple sus promesas. Pero lo hace a su modo, salvaguardando siempre su libertad soberana, y superando, además, infinitamente nuestras expectativas. La promesa realizada a David y a su descendencia de una realeza para siempre no tiene el significado que, por el contexto, se entiende a primera vista. De hecho, la dinastía davídica tuvo un destino y un fin bien trágicos. Y, sin embargo, Dios restaura esa dinastía, pero no en un sentido monárquico y político, sino en la realeza de Cristo, que, vencedor del pecado y de la muerte, no pasará jamás. No será, pues, el reino de uno sobre muchos, o de unos pocos sobre todos los demás, o de un pueblo que somete y oprime al resto. Se trata de una realidad infinitamente más grande y más importante, de un valor infinitamente superior, porque supone el fin de los dominios despóticos, de las opresiones, de la violencia como forma de gobierno y de convivencia. Esas realidades, fruto del pecado, siguen vigentes, el mundo continúa caminando por sus viejas sendas, pero se abre paso en él una posibilidad nueva y superior: el Reino de Dios, la realeza de Cristo, la ley del amor y la fraternidad, que no es sólo promesa para un futuro indeterminado, más allá de la muerte, sino que está ya presente y operando en este mundo nuestro, gracias a la presencia encarnada del Hijo de Dios, el Cristo, el Ungido, en el que se cumplen definitivamente aquellas antiguas promesas de un reino sin fin, si bien no es de este mundo, pues no funciona como los reinos (y las repúblicas) mundanos.
Pero, ¿qué pinta José, el humilde carpintero, en todo esto? En primer lugar, que en él se cumple, según la ley, aquella antigua promesa. No es un rey, ni un príncipe, ni siquiera un noble, es un obrero anónimo, pero al que la Providencia salvífica de Dios ha situado en el centro de la historia. Es él el depositario legal de aquellas promesas ya remotas y casi olvidadas, el renuevo del tronco de Jesé (cf. Is 11, 1), el fruto inesperado de un árbol que parecía ya por completo seco y sin vida. Y es él, en consecuencia, el que transmite, según la ley, la sucesión davídica al verdadero David, el hijo de la Virgen, el verdadero Rey, Profeta y Sacerdote de la nueva alianza.
En José vemos con claridad una verdad de extraordinaria importancia para nuestra fe y para la vida de cada uno. Los grandes acontecimientos de la historia, esos que conmueven sus cimientos y hacen que varíe su rumbo, suceden gracias a personas humildes y anónimas que han hecho posible la aparición de los grandes y decisivos personajes. Es verdad que esto es así para bien y para mal. Los protagonistas que aparecen en los libros y las crónicas para bien y para mal no hubieran podido hacer nada sin la cooperación de muchos seres humanos anónimos, que crearon de un modo y otro las condiciones para la aparición de aquellos. No cabe duda de que no hay un acontecimiento más decisivo en la historia de la humanidad que la encarnación, la muerte y la resurrección de Cristo. Aquí es Dios quien ha intervenido. Pero lo ha hecho humanamente, humanizándose, haciéndose uno de nosotros. Y, por eso mismo, es normal que haya querido (y tenido que) contar con la cooperación en la sombra de personas que han hecho posible su venida a nuestra historia.
José es el prototipo del varón justo: el que sabe discernir la presencia de Dios, el que está dispuesto a retirarse con respeto, pero también a escuchar la voz de Dios que habla en sueños, y a actuar con diligencia, tomando decisiones, asumiendo riesgos, colaborando calladamente y en espíritu de obediencia con los planes de Dios.
Si en algo nos parecemos a José es en que somos también personajes anónimos, que viven y trabajan en la sombra de la historia mundial, cuyos focos iluminan a otros. Pero José nos enseña la importancia de ser justos, es decir, de estar abiertos y a la escucha, de trabajar con fidelidad y diligencia, de saber soñar, pero también tomar decisiones y asumir riesgos, para que en la historia sucedan acontecimientos positivos y salvíficos, en vez de las muchas catástrofes que la afligen (con las que también podemos colaborar si no vivimos como debemos); para que Dios pueda seguir viniendo a visitarnos con su voluntad salvífica, para que, en definitiva, Cristo siga reinando en nuestro mundo y las promesas de Dios, que superan toda expectativa, se puedan seguir cumpliendo.

José María Vegas, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

COMPRENDIENDO LA PALABRA 190319


“Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”

¡Oh cuanto este gran Santo, de quien hablamos, fue en esto fiel! no hay palabras para explicar su perfección; porque a mas de ser esta tan grande, ¿en qué pobreza, en qué abatimiento no vivió todos los días de su vida? Pobreza y abatimiento, bajo de los cuales tuvo escondidas y cubiertas sus grandes virtudes y dignidades… ¡Oh! verdaderamente yo no dudo de que los Ángeles, absortos de admiración, no viniesen en hermosas tropas a considerar y admirar su humildad cuando tenía al divino Niño en su pobre tienda, donde ejercía su oficio para sustentar al Hijo y a la Madre que le estaban encomendados.
No hay duda alguna, queridas hermanas, que San José fue más valiente que David y que tuvo más sabiduría que Salomón; no obstante, viéndole reducido al ejercicio de carpintero ¿quién hubiera juzgado esto, sino fuera alumbrado con la luz celestial? tan encubiertos tenía los dones singulares de que Dios le había hecho merced. Pero ¿qué sabiduría no tuvo, pues Dios le dio el cargo de su Hijo gloriosísimo… Príncipe universal de cielo y tierra?… y no obstante, por otra parte, veréis cuánto estuvo abatido y humillado, más de lo que se puede decir ni imaginar…: Fue a su patria; a la ciudad de Belén, y ninguno de cuantos a ella fueron de otras partes fue desechado… Mirad como el Ángel le dice que conviene que vaya a Egipto y va: mándale que vuelva y vuelve. Quiere Dios que sea siempre pobre, que es una de las pruebas más fuertes que con nosotros puede hacer, y él se sujeta amorosamente, y no por algún tiempo, sino por toda su vida.

San Francisco de Sales (1567-1622)
obispo de Ginebra y doctor de la Iglesia
Conversaciones, n° 19

lunes, 18 de marzo de 2019

DIOS TE QUIERE FELIZ Y REALIZADO


¡Eres un vencedor! Ya eres un campeón desde el punto de partida y tienes que seguir siendo victorioso hasta el final, pero todo es una cuestión de luchar. Quien te atrae es Dios, y es Él quien te hace victorioso. El secreto es la apertura de corazón. La amistad es una donación de igual a igual, en la que se debe entregar todo. No puedo pensar que no tengo nada para dar a Dios. Me doy a mí mismo y lo recibo. Él es mi amigo a quien amo y estoy llamado a acogerlo.
Es Dios quien te atrae a la victoria sobre sus problemas, para que seas feliz y te realices, incluso con ellos. Si no te dejas atraer por Dios, acabarás volviéndote un derrotado, un infeliz y miserable. Dios no te creó para eso. La tentación hace de todo para te apartes de Él y sigas tus pensamientos y tu falta de voluntad. A causa de tus emociones que están confusas debido a los problemas, acabas quedándote indispuesto y despreocupado de la adoración. Pero debes saber que Dios te está atrayendo.
El Señor me creó para adorarle, por eso me atrae y me empuja. Recemos: "Señor, me estoy sintiendo indispuesto, me siento como si una fuerza me empujase para atrás. ¡Señor, sácame y arrástrame hacia Ti! Espíritu Santo, enséñame a adorar, Contigo, al Padre y a Hijo".

Tu hermano,
Monseñor Jonas Abib 
Fundador de la Comunidad Canción Nueva
Adaptación del original en portugués


EL PODER DE LA ORACIÓN


«En esta Cuaresma, nosotros también subamos la montaña con Jesús, ¿de qué modo?, con la oración. Subamos a la montaña con la oración, la oración silenciosa, la oración del corazón, la oración siempre buscando al Señor. Permanezcamos algún momento en recogimiento, cada día un momento, fijemos la mirada interior en el rostro de Jesús y dejemos que su luz penetre e irradie en nuestra vida. De hecho, el evangelista Lucas insiste en el hecho de que Jesús se transfiguró ”mientras oraba”»

Francisco
Ángelus 17-03-19
Viñeta: Leonan Faro


La vida nos enseña









La vida nos enseña a vivir: las piedras que tiramos para arriba acaban cayendo sobre nuestras propias cabezas. El mirar de rabia que lanzamos sobre alguien acaba volviéndose contra nosotros mismos Aquella falta de perdón, aquella palabra agresiva que lanzamos sobre el rostro de un hermano, acaba volviéndose contra nosotros mismos. Las cosas vuelven. Como dice el propio Jesús: “Con la medida con que midan a los otros, también ustedes serán medidos”. Es la ley de la vida. Por eso es mejor ser misericordioso, como el Padre del Cielo es misericordioso, y la misericordia también se volverá en nuestro favor.

Lucas 6, 36-38 
p. Joãozinho scj

Meditación: Daniel 9, 4-10

Señor Dios, grande y temible, que guardas la alianza y el amor a los que te aman. (Daniel 9, 4)

Grande… temible… alianza. ¿No te parece extraña esta forma de iniciar una oración de arrepentimiento? Sin embargo, Daniel lo hizo para proclamar confiadamente el amor de Dios antes de confesar sus propios pecados y los de su pueblo.

¿Cómo podía tener Daniel la certeza de que Dios lo iba a perdonar? Posiblemente porque la historia estaba de su lado. Una y otra vez, Dios le había mostrado a Daniel cuánto lo amaba y lo demostró permitiéndole obtener puestos importantes en un reino de gentiles; además lo salvó del foso de los leones y de la conspiración que había para matarlo. Claramente, Dios se había comprometido a proteger a Daniel.

Daniel no tuvo dificultad en ser honesto y confesar sus pecados y los del pueblo. No se guardó ningún secreto, aunque sabía que la justicia no estaba precisamente de su lado (Daniel 9, 7). Habiendo experimentado una y otra vez la misericordia divina por la alianza que Dios tenía con su pueblo, y porque confiaba en que estaba a salvo en la presencia de Dios, sabía que podía presentarse ante él con un corazón limpio.

¿Cómo es Dios para ti? Si piensas que es nada más que un juez inflexible y exigente, evitarás acercarte a él o te sentirás muy culpable y en tu oración personal no harás más que confesar tus pecados y lamentar tu falta de fe.

¡No caigas en ninguna de esas dos trampas! Tu Padre celestial es sumamente bueno y generoso como para eso. Toma a Daniel como ejemplo. Sí, es cierto que Dios juzgará a los buenos y a los malos, pero cree también que es en realidad un Padre bondadoso y compasivo. Piensa en todas las veces en que te ha demostrado bondad en tu vida, piensa que Jesús quiso sufrir en la cruz para que tú fueras redimido. Él no habría soportado todo ese sufrimiento para luego no perdonarte, ¿no te parece?

Así que proclama y confía en la misericordia y el amor de Dios. Preséntate ante él y confiésale tus pecados. No temas que te vaya a condenar. Solo recuerda las palabras de Daniel y todo saldrá bien: “De nuestro Dios es el tener misericordia y perdonar.” (Daniel 9, 9).
“Señor Jesús, ayúdame a depositar mis pecados a tus pies para que yo viva una verdadera libertad.”
Salmo 79(78), 8-9. 11. 13
Lucas 6, 36-38

fuente: Devocionario Católico La Palabra con nosotros

Buen día, Espíritu Santo! 18032019







RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 6,36-38.


Evangelio según San Lucas 6,36-38.
Jesús dijo a sus discípulos:

«Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso.
No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.
Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes».

RESONAR DE LA PALABRA

La perfección de la misericordia

El segundo domingo de Cuaresma es una llamada a la escucha de la Palabra. No se trata de escuchar secretos arcanos que nos sacan de nuestra realidad cotidiana. Dios nos ha dado esa Palabra en Jesucristo, al que debemos escuchar y que nos habla con palabras humanas. La Palabra escuchada nos purifica y nos cura: nos abre los ojos para ver la luz, para descubrir en el hombre Jesús al Hijo de Dios y Salvador. El pecado fundamental, como nos recuerda hoy el profeta Daniel, es “que no hemos obedecido la voz del Señor”. Pero en contacto con Jesús podemos corregir ese pecado, en cierto sentido inevitable, por nuestra característica debilidad. Pero hablamos de corregir, no en el sentido de que vivamos una vida de absoluta perfección, sin defectos, sin tacha (esa debilidad nos persigue siempre). Es una gran verdad cuando decimos que “todos somos pecadores”. Pero ese pecado fundamental, que consiste en cerrar los oídos y el corazón a la voz del Señor, no está sobre todo en que tengamos defectos y limitaciones, sino en la diversa medida que usamos para juzgar los propios pecados y los ajenos. Los propios con indulgencia, buscando siempre atenuantes que nos excusan o disculpan; en los demás, con tanta frecuencia, sin misericordia, con dureza, no dando resquicio al perdón.

Escuchar la voz del Señor que nos habla y con su Palabra nos cura y purifica, significa, más que abandonar para siempre nuestros defectos y pecados, alejarnos de esa dureza de corazón que condena sin piedad los pecados de los demás (posiblemente de ciertos grupos, de determinadas personas), y adoptar la generosidad del perdón y la misericordia. Si queremos que Dios sea indulgente con nosotros, tenemos que adoptar esa misma medida a la hora de juzgar a los demás. De esa manera nos estaremos convirtiendo en agentes de la reconciliación que Jesús, Palabra encarnada, ha venido a traernos a todos, y, si bien no por eso superaremos inmediatamente todas nuestras limitaciones, estaremos atrayendo hacia nosotros esa misericordia generosa y abundante de Dios, que es la que realmente (y no nuestros esfuerzos morales) nos cura, nos salva, nos acerca a la perfección del amor.

José María Vegas, cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

COMPRENDIENDO LA PALABRA 180319


Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso

A mis ojos, la misericordia [de Dios], es el amor que obra con dulzura y plenitud de gracia, con compasión superabundante.Actúa para guardarnos; para que todas las cosas sucedan para nuestro bien. Permite, por amor, incluso que faltemos, en cierta medida. Tantas veces faltemos como caigamos; tantas veces caigamos como muramos... Sin embargo, la mirada dulce de la piedad y del amor jamás se aparta de nosotros; la misericordia nunca se acaba.
He visto lo que es propio de la misericordia y he visto lo que es propio de la gracia: son dos maneras de actuar de un solo amor. La misericordia es un atributo de la compasión, y proviene de la ternura maternal; la gracia es un atributo de gloria, y proviene del poder real del Señor en el mismo amor.
La misericordia actúa para protegernos, sostenernos, vivificarnos, y curarnos: en todo esto es ternura de amor. La gracia obra para elevar y recompensar, infinitamente más allá de lo que merecen nuestro deseo y nuestro trabajo; difunde y manifiesta la generosidad que Dios, nuestro Señor, nos prodiga en su cortesía maravillosa. Todo esto viene de la abundancia de su amor. Porque la gracia cambia nuestra flaqueza en consuelo abundante e infinito, la gracia convierte nuestra caída vergonzosa en un levantamiento sublime y glorioso, la gracia cambia nuestro triste morir en una vida santa y bienaventurada.
En verdad lo he visto: cada vez que nuestra perversidad nos conduce, aquí abajo, al dolor, la vergüenza y la aflicción, la gracia, por el contrario, nos conduce al consuelo, la gloria y la felicidad. Y con tal superabundancia, que llegando a allá arriba para recibir la recompensa que la gracia nos tiene preparada, agradeceremos y bendeciremos a nuestro Señor, regocijándonos sin fin por haber sufrido tales adversidades. Y este amor bienaventurado será de tal naturaleza que veremos en Dios cosas que jamás habríamos podido conocer sin haber pasado por estas pruebas.


Juliana de Norwich (1342-después de 1416)
reclusa inglesa
Revelaciones del amor divino, cap. 48

domingo, 17 de marzo de 2019

ESTAMOS LLAMADOS A LA CONVERSIÓN DE LAS COSAS ORDINARIAS


Estamos invitados a subir la montaña del Calvario con Jesús. Esto significa asumir las cruces de nuestro día a día y, ante las dificultades y los problemas, asumir la postura del 'hombre nuevo', de la 'mujer nueva' que no se desespera, sino que confía.
Subir a la montaña es entrar en intimidad con el Señor en la oración. La montaña es el lugar del encuentro con el Señor; y la vía, el camino es la oración. En este tiempo, estamos llamados a la conversión de las cosas ordinarias, de las situaciones de la vida cotidiana.
Subir a la montaña con el Señor significa enfrentarse a la vida sin escapar de los problemas, con la certeza de que Él está con nosotros y no caminamos solo. Dios nos extiende la mano y, porque estamos juntos, podemos seguir adelante sin desanimarnos.
Tu hermano,
Monseñor Jonas Abib 
Fundador de la Comunidad Canción Nueva
Adaptación del original en portugués


Meditación: Lucas 9, 28-36

“Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo.” (Lucas 9, 35)

Cuando estamos trabajando, atendiendo a la familia o estudiando, siempre tendemos a pensar en los sucesos del día, los problemas de hoy, las necesidades actuales. Pensamos nada más que en el aquí y ahora. ¿Cuántas veces pensamos en la promesa de una vida gloriosa con Jesús en el cielo? Si lo pensáramos a menudo, el concepto que tenemos de la vida terrena cambiaría bastante.

Cuando los apóstoles Pedro, Juan y Santiago presenciaron la transfiguración del Señor, lo vieron en su gloria, tal como sería después de su muerte y su resurrección, es decir, como es ahora, revestido de la gloria que el Padre le concedió por su victoria sobre el pecado y la muerte.

Después de su resurrección, Jesús ascendió al cielo para reinar en gloria con Dios Padre, pero no abandonó a sus fieles, y constantemente intercede por nosotros ante el trono del Padre. Por el Bautismo y el don de la fe, estamos unidos a Cristo en su muerte y su resurrección, y por eso podemos llegar a ser como él.

San Pablo dijo que “Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo” donde se encuentra Jesús en su gloria (Filipenses 3, 20). Si bien es cierto que vivimos día a día aquí en la tierra, es importante recordar que Jesús ha abierto el camino para que vayamos a vivir con él en su gloria para siempre. Cristo nos ha dado todo lo que necesitamos y “él transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante al suyo” (Filipenses 3, 21).

De modo que, siendo creyentes bautizados, podemos empezar a transformarnos ahora mismo, si vivimos por fe, fijando la mirada en Cristo Jesús y poniendo oído a su palabra. Así tendremos esperanza y gozo. Los problemas del momento y las satisfacciones temporales de la vida terrenal adquirirán una nueva perspectiva; porque con el corazón y la mente anhelaremos entrar y permanecer en la presencia del Señor.
“Señor mío Jesucristo, enséñame a elevar la mirada hacia tu morada celestial y pensar que, si me mantengo firme, un día compartiré contigo la gloria de la resurrección.”
Génesis 15, 5-12. 17-18
Salmo 27(26), 1. 7-9. 13-14
Filipenses 3, 17—4, 1

fuente Devocionario Católico La Palabra con nosotros

Buen día, Espíritu Santo! 17032019


RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Lucas 9,28b-36.


Evangelio según San Lucas 9,28b-36.
Unos ocho días después de decir esto, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar.
Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.
Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías,
que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". El no sabía lo que decía.
Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor.
Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: "Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo".
Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.

RESONAR DE LA PALABRA

Revitalizar nuestra fe

Si el domingo pasado se nos recordaba nuestra identidad cristiana como parte fundamental de nuestro ser, las lecturas de este domingo nos invitan a tomar conciencia de que esa identidad no la poseemos todavía. Aunque la hayamos recibido como herencia, la tenemos que hacer nuestra. La fe nos viene dada por haber nacido en una familia cristiana, la fe pertenece a nuestra herencia cultural, pero es nuestra responsabilidad convertir esa herencia en una realidad viva. Del mismo modo que nuestros mayores la vivieron y a través de ellos, de su testimonio vital, la hemos recibido, igualmente sólo seremos capaces de entregársela a la próxima generación en la medida en que la fe forme parte de nuestra vida cotidiana. 
El Evangelio de hoy nos relata la historia de la transfiguración. El hecho de que Jesús se transfigurara ante los apóstoles pone de manifiesto que aquellos no poseían todavía la fe plena.No eran capaces de verle tal cual era. No eran capaces de verle todavía con los ojos de la fe. Lo veían apenas como un hombre. Un hombre grande, ciertamente. Pero apenas un hombre. Jesús se transfigura delante de ellos para que se den cuenta de quien es. A los apóstoles les queda todavía un largo camino de maduración en la fe, de ir creciendo al lado de Jesús, de aprender a vivir de acuerdo con el Evangelio. Lo mejor de esta historia es que Jesús no les deja solos en ese proceso. Está con ellos, los acompaña, los ayuda, los orienta. Es paciente con sus errores. Cuando caen, los levanta y los anima para que sigan caminando con él. La transfiguración no es más que una etapa en el camino de seguir a Jesús. Suben al monte y luego bajan. Sigue el camino, a veces difícil, pero los apóstoles saben ahora que tienen a Jesús con ellos. Que no les va a dejar de su mano.
Nosotros estamos en una situación parecida. De nuestros padres, de nuestros mayores, hemos recibido una herencia cristiana, una herencia de fe. Fue el mejor tesoro que nos pudieron dar. Nos lo dieron con amor. Ahora es nuestra responsabilidad que esa fe esté viva, que ser cristianos sea algo más que un mero nombre. No siempre es fácil vivir como cristiano. En el trabajo, en casa, con los amigos, con los hijos. A veces surgen problemas. Hay momentos difíciles. Pero sabemos que Jesús siempre está con nosotros. Podemos confiar en él porque nunca nos abandona. En este tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos pide que revitalicemos nuestra fe. Para que nuestra herencia cristiana no sea como ese tesoro que se entierra y no sirve para nada. Para que sea como el campo que trabajado, abonado y regado da muchos frutos de vida para nosotros y para nuestras familias. 

Para la reflexión
Ser cristiano, vivir y actuar como tal, ¿es algo que sólo es de los domingos por la mañana, cuando voy a misa? ¿Que significa para mí ser cristiano en el trabajo? ¿Y con mi familia, con mis hijos? ¿Qué tendría que cambiar en mi vida para que ser cristiano algo más que de nombre?
Fernando Torres cmf

fuente del comentario CIUDAD REDONDA

COMPRENDIENDO LA PALABRA 170319


«Moisés y Elías, que aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén»

Hoy, en lo alto del monte Tabor, aparece misteriosamente la condición de la vida futura y el Reino del gozo. Hoy, de manera sorprendente, los antiguos mensajeros de la Antigua y de la Nueva Alianza, portadores de un misterio lleno de paradoja, se reúnen en el monte junto a Dios. Hoy, en lo alto del Tabor, se esboza el misterio de la cruz que, a través de la muerte, da la vida: así como Cristo fue crucificado entre dos hombres en el monte Calvario, asimismo se levanta lleno de su majestad divina entre Moisés y Elías. La fiesta de hoy nos muestra este otro Sinaí, montaña tanto más preciosa que el Sinaí por sus maravillas y sus acontecimientos: por su teofanía sobrepasa las visiones divinas figuradas y oscuras... 
¡Alégrate, oh Creador de todas las cosas, Cristo Rey, Hijo de Dios, resplandeciente de luz, que has transfigurado a tu imagen toda la creación y la has recreado de manera maravillosa...! ¡Y alégrate tú, oh imagen del Reino celestial, santísimo monte Tabor, que sobrepasas en belleza todos los montes! ¡Monte Gólgota y Monte de los Olivos, cantad juntos un himno y alegraos; cantad a Cristo con una sola voz en el monte Tabor y celebradlo todos juntos!


Anastasio de Sinaí (c. 700)
monje
Homilía sobre la Transfiguración