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domingo, 1 de febrero de 2026

Cuando la libertad se adormece

De la aceptación acrítica a la esclavitud digital

La aceptación acrítica de lo que sucede parece, a primera vista, una actitud de serenidad: dejar que las cosas pasen, no discutir demasiado, adaptarse. Sin embargo, cuando se convierte en hábito, se transforma en una renuncia silenciosa a la libertad interior. Es como si la persona dejara de preguntarse por el sentido de lo que vive y se entregara a la corriente, sin discernimiento. El Papa León XIV lo expresó recientemente en un encuentro con jóvenes: “Ustedes son signo de una generación que no acepta acríticamente lo que sucede, sino que imagina un futuro mejor y ha decidido comprometerse para construirlo”. Su advertencia es clara: la falta de discernimiento abre la puerta a nuevas esclavitudes que roban la esperanza.

San Pablo, con la fuerza de su palabra, nos recuerda: “Para ser libres nos libertó Cristo Jesús” (Gal 5,1). La libertad es don y tarea, y se juega en cada decisión. Cuando aceptamos acríticamente lo que sucede, renunciamos a esa libertad y nos dejamos encadenar por fuerzas externas. Hoy, una de las esclavitudes más invisibles y extendidas es la digital. La vida conectada, que nos ofrece tantas posibilidades, también nos encierra en un círculo de dependencia. El gesto automático de abrir la pantalla, deslizar, consumir lo que aparece sin preguntarnos por qué, sin detenernos a discernir qué nos hace bien y qué nos daña, es la forma cotidiana de esa aceptación acrítica.

La neurociencia y la cultura contemporánea confirman este riesgo. El neurólogo Manfred Spitzer advierte que el uso compulsivo de pantallas afecta la memoria y la atención, debilitando la capacidad crítica. Nicholas Carr describe cómo la lectura fragmentada en internet empobrece la profundidad del pensamiento. Estos estudios muestran que la aceptación acrítica de lo digital no es inocua: tiene consecuencias reales en el cerebro y en la vida interior. La esclavitud digital no es solo cuestión de tiempo perdido: es una colonización de la atención, un vaciamiento del silencio interior, una sustitución del encuentro real por estímulos inmediatos.

La tradición espiritual también ilumina este desafío. Los santos canonizados no conocieron la era digital, pero muchos vivieron en contextos donde la cultura imponía modelos acríticos: ideologías dominantes, costumbres sociales que sofocaban la libertad. Su camino fue el discernimiento: confrontar la corriente con la luz del Evangelio. En ese sentido, su experiencia es actual: nos enseñan que la santidad implica una mirada crítica y una libertad interior que no se deja esclavizar.

Este espacio es una invitación a unir estas perspectivas. La psicología nos recuerda que la atención es limitada y que la dispersión digital puede vaciar nuestra capacidad de decisión. La espiritualidad nos enseña que la libertad se cultiva en el silencio y en la oración. Juntas, ambas nos llaman a recuperar el patio interior, ese lugar de intimidad donde la persona se encuentra consigo misma y con Dios, y desde allí puede discernir lo que le da vida y lo que la esclaviza.

Liberarse de la aceptación acrítica y de la esclavitud digital no significa rechazar la tecnología, sino aprender a habitarla con conciencia. Significa educar la atención, recuperar el silencio, valorar los encuentros reales y rezar con mirada crítica. Es un camino de esperanza, porque cada gesto de libertad interior abre la posibilidad de una paz más profunda. La verdadera paz no es evasión, sino fruto de una conciencia despierta que sabe discernir y elegir.

lunes, 26 de enero de 2026

Patrones familiares y esperanza en Cristo: un camino de sanación

 Patrones transgeneracionales y sanación en la fe católica

En muchos corazones resuena una pregunta: ¿por qué parece que ciertas historias se repiten en nuestras familias? Hay quienes sienten que los mismos tropiezos, las mismas frustraciones y hasta los mismos silencios se transmiten de generación en generación. La psicología llama a esto patrones transgeneracionales: formas de pensar, sentir y actuar que se heredan no por la sangre, sino por la convivencia, los relatos y las experiencias compartidas.

Un ejemplo sencillo: una madre que nunca pudo terminar sus estudios y que, sin darse cuenta, transmite a sus hijos la idea de que “no vale la pena intentar demasiado, porque siempre algo se interpone”. Años después, uno de esos hijos abandona proyectos con la misma sensación de derrota. ¿No es sorprendente cómo una herida no resuelta puede seguir respirando en quienes vienen después?

Autores como Anne Ancelin Schützenberger, pionera en psicogenealogía, han mostrado cómo los acontecimientos no resueltos de nuestros antepasados pueden influir en nuestras vidas. Ella afirmaba: “Lo que no se dice, lo que no se llora, se repite”. En otras palabras, las heridas no sanadas tienden a reaparecer en los descendientes como frustraciones, bloqueos o incluso enfermedades.

“Cuando los padres callan lo indecible, los hijos cargan con un secreto, y los nietos con un silencio que ni siquiera saben nombrar.”   — Anne Ancelin Schützenberger

La psicología contemporánea también reconoce el peso de la frustración crónica. Viktor Frankl, psiquiatra y fundador de la logoterapia, decía que el ser humano necesita encontrar sentido incluso en medio del sufrimiento. Cuando los proyectos quedan inconclusos una y otra vez, la persona puede sentir que su vida carece de dirección, y esa sensación se convierte en un patrón que se transmite.

Reconocer estos patrones no es un ejercicio de culpa hacia nuestros padres o abuelos, sino un acto de lucidez: mirar la historia con ojos abiertos para descubrir dónde se repiten los mismos nudos y dónde necesitamos un gesto nuevo de libertad.

La fe católica no desconoce estas realidades. Por ejemplo, el Catecismo enseña que la envidia y la tristeza por el bien ajeno son tentaciones que pueden esclavizar el corazón (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2539). Pero también nos recuerda que la gracia de Cristo es más fuerte que cualquier herencia de dolor. San Pablo lo expresa con claridad: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5,20).

En la Renovación Carismática Católica, se habla con frecuencia de la necesidad de orar por la sanación de la historia familiar. No se trata de negar lo vivido, sino de presentarlo al Señor para que Él rompa las cadenas y abra caminos nuevos. La oración comunitaria, la alabanza y la intercesión son medios por los cuales el Espíritu Santo actúa, trayendo libertad y esperanza.

¿No es acaso un signo de esperanza que, allí donde la psicología detecta un patrón, la fe nos muestre una salida? La gracia convierte la herencia en bendición y abre un horizonte distinto.

Los patrones de frustración no son destino inevitable. La psicología nos invita a reconocerlos y trabajarlos; la fe nos invita a entregarlos a Cristo. Juntas, ambas miradas nos muestran que la historia puede ser transformada. El dolor heredado puede convertirse en testimonio de sanación.

Cada familia guarda silencios y heridas, pero también guarda semillas de vida. Cuando esas semillas se riegan con la oración y la confianza, brota un futuro distinto. La sanación no borra el pasado, pero lo ilumina: lo convierte en memoria reconciliada y en fuente de esperanza para las generaciones que vendrán.

Oración de liberación de patrones familiares

Señor Jesús, hoy me presento delante de Ti con mi historia personal y familiar.
Reconozco que en mi vida y en mi familia se han repetido caminos de frustración,
de proyectos inconclusos y de desaliento.

Creo que Tú eres más fuerte que cualquier herencia de dolor.
Por tu cruz y tu resurrección, me liberas de toda cadena que me ata
a patrones de fracaso y tristeza.

En tu Nombre, Señor, renuncio a toda desesperanza heredada
y recibo tu Espíritu de perseverancia y confianza.
Mi vida está en tus manos y confiado esta mi alma porque
Tú haces nuevas todas las cosas.

Padre amado, te entrego mi pasado, mi presente y mi futuro.
Que tu gracia rompa todo ciclo de frustración en mi familia
y que tu bendición se extienda sobre las generaciones que vendrán.

María, Madre de la Iglesia, acompáñame en este camino de sanación.
Amén.

domingo, 25 de enero de 2026

Compasión: más allá del esfuerzo individual

“La compasión y la misericordia hacia el necesitado
no se reducen a un mero esfuerzo individual,
sino que se realizan en la relación:
con el hermano necesitado, con quienes lo cuidan y, fundamentalmente,
con Dios que nos da su amor.”
(Papa León XIV)

La misericordia no es un gesto aislado. No basta con sentir lástima ni con hacer un esfuerzo voluntarista. La compasión verdadera se despliega en relación: con el hermano que sufre, con quienes lo acompañan, y con Dios que nos da su amor. El Evangelio lo muestra con claridad en la parábola del buen samaritano (Lc 10,33-35): el hombre no solo se acerca, sino que toca, cura, involucra a otros en el cuidado. La compasión es vínculo, es comunidad.


 Los Padres de la Iglesia lo entendieron así. San Juan Crisóstomo decía que
“no hacer misericordia es robar al pobre lo que le pertenece”. La misericordia es justicia en relación, no filantropía aislada. San Agustín añadía que la caridad es “la forma de todas las virtudes”, porque las ordena hacia el amor de Dios y del prójimo.

La psicología, cuando se abre a la luz de la fe, confirma esta intuición. Autores como Paul Gilbert, que estudió la compassion-focused therapy, muestran que la compasión auténtica no se limita a un esfuerzo individual, sino que se fortalece en vínculos seguros y en comunidades de apoyo. La psicología comunitaria también lo subraya: el sufrimiento se alivia en redes de cuidado, donde la empatía se convierte en acción compartida. Y Viktor Frankl, desde la logoterapia, recordaba que el sentido se encuentra en el encuentro con el otro, incluso en medio del dolor.

La compasión, entonces, no es solo un acto de bondad personal. Es un dinamismo que nos conecta con Dios y con los demás. La fe nos enseña que la fuente de la misericordia no está en nuestra fuerza, sino en el amor recibido: “Nosotros amamos porque Él nos amó primero” (1 Jn 4,19). La psicología nos ayuda a reconocer los bloqueos —la indiferencia, la fatiga por compasión, el miedo al dolor ajeno— y a transformarlos en apertura. La pastoral nos invita a vivirlo en comunidad, donde la misericordia se hace carne en gestos concretos.

La compasión que sana no es apariencia ni esfuerzo solitario. Es relación. Es comunión. Es Dios mismo que, al darnos su amor, nos capacita para amar. Y en ese movimiento, la psicología y la espiritualidad se encuentran: ambas saben que el corazón humano se cura en el vínculo, no en el aislamiento.

Comunidad Piedras Vivas

La trampa de las apariencias

Hay un brillo que seduce, pero no sostiene. Pantallas, filtros, aplausos, gestos que parecen dar equilibrio y seguridad, pero que en lo profundo dejan vacío. El Papa León XIV lo recordó con fuerza: “No malgastemos tiempo y energías persiguiendo lo que es mera apariencia. Aprendamos de Juan el Bautista a mantener alerta el espíritu, amando las cosas sencillas y las palabras sinceras, viviendo con sobriedad y profundidad de mente y de corazón” (Jn 1,29-34).

La Escritura nos advierte: “Guárdense de los falsos profetas, que vienen vestidos de oveja, pero por dentro son lobos rapaces” (Mt 7,15). Apariencia por fuera, voracidad por dentro. Juan el Bautista, en cambio, no seduce con brillo: señala al Cordero, se hace a un lado, no compite con la Luz. La psicología describe el mismo fenómeno con otros nombres: comparación social, búsqueda de aprobación, máscaras emocionales. No es pecado tener una imagen pública; el problema es cuando la imagen se vuelve máscara que asfixia.

La sobriedad que propone el Evangelio no es dureza, sino libertad. Libertad de no depender del aplauso, de no vender el alma por un “me gusta”. La psicología lo llama regulación emocional: aprender a reconocer impulsos, manejar la ansiedad, evitar que la búsqueda de placer inmediato robe profundidad. La espiritualidad lo llama vigilancia del espíritu: “Velad y orad” (Mt 26,41). Ambas coinciden en que lo sencillo sostiene más que lo espectacular.

La tradición cristiana insiste en la humildad como camino de verdad. San Juan Pablo II escribió: “El sufrimiento humano suscita compasión, respeto y, en su misterio, también temor” (Salvifici Doloris, 4). Y el Papa Francisco repitió una palabra que atraviesa todo: ternura. La psicología clínica lo confirma: vínculos seguros, palabras sinceras, gestos simples son los que sanan.

El Catecismo enseña que Cristo asumió nuestro dolor (CIC 1505). No lo explicó, lo cargó. Y en ese gesto nos mostró que la apariencia no salva, pero la verdad sí. La psicología positiva y la logoterapia de Viktor Frankl lo expresan con otro lenguaje: el sentido se encuentra en lo pequeño, en lo auténtico, en lo que no necesita disfraz.

La trampa de las apariencias nos roba tiempo y energía. Nos hace sufrir más de lo que deberíamos. Nos vuelve ciegos ante las lágrimas silenciosas de quienes están a nuestro lado. El Evangelio nos invita a soltar esa trampa y elegir lo sencillo, lo verdadero, lo sobrio. Porque donde está nuestro tesoro, allí estará nuestro corazón (Mt 6,21).

No malgastemos la vida en lo que brilla pero no sostiene. Elijamos lo que fecunda: una palabra sincera, un gesto sobrio, una esperanza que no es evasión, es ancla.

Psicopax

Comunidad Piedras Vivas

sábado, 24 de enero de 2026

Cuando la vida pierde sabor: Dios en medio de la sequedad

Hay días en los que uno se despierta y todo parece igual que siempre, pero dentro algo cambió. El sol está ahí, la rutina sigue, la gente alrededor sonríe… y sin embargo, nada logra tocar el corazón. Lo que antes era motivo de alegría —la oración, un encuentro con amigos, el trabajo bien hecho, incluso el abrazo de los seres queridos— se vuelve indiferente. Es como si la vida hubiera perdido su sabor. La psicología moderna llama a esto anhedonia, la incapacidad de sentir placer. En la tradición cristiana, desde hace siglos, lo hemos conocido como sequedad, desolación o la noche oscura del alma.


No es fácil atravesar ese vacío. Uno abre la Biblia y las palabras parecen no decir nada. Se reza y se siente que la oración se pierde en el aire. Pero al mirar la Escritura, descubrimos que no estamos solos en esa experiencia. Job gritó: “Mi alma está hastiada de mi vida” (Job 10,1). El Predicador confesó: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Ecl 1,2). El salmista escribió: “Me olvidé de comer mi pan” (Sal 102,4). Son voces antiguas que nos recuerdan que incluso los hombres de Dios atravesaron momentos de vacío, y que en medio de esa oscuridad, el Señor sigue cerca: “El Señor está cerca de los quebrantados de corazón” (Sal 34,18).

Los santos también conocieron esta sequedad. San Ignacio de Loyola hablaba de la desolación como un estado en el que el alma se siente oscura y triste, sin esperanza ni amor. San Juan de la Cruz describió la noche oscura del alma, donde no hay consuelo ni placer espiritual, pero que es camino de purificación. Santa Teresa de Lisieux confesaba que Jesús “dormía en su barca” y que la noche se hacía más profunda. San Agustín reconocía que su corazón estaba inquieto hasta que descansó en Dios. Estas voces nos muestran que la sequedad no es un fracaso, sino parte de un camino que muchos antes que nosotros han recorrido.

La psicología nos ayuda a comprender que la anhedonia no es solo ausencia de placer, sino también crisis de sentido. Viktor Frankl decía que el hombre puede soportar cualquier sufrimiento si encuentra un sentido. Y aquí la fe se convierte en un sostén: aunque no sintamos consuelo, perseverar en la oración y en los sacramentos nos mantiene de pie. Aunque no tengamos ganas de compartir, abrirnos a la comunidad nos devuelve esperanza. Y aunque todo parezca oscuro, recordar las palabras de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso” (Mt 11,28), nos da fuerza para seguir.

La anhedonia puede ser dura, porque nos roba el gusto por la vida. Pero no es el final. Los santos nos enseñan que incluso en la sequedad, Dios está obrando. Aunque no sintamos placer, podemos confiar en que el Señor nos sostiene y que, tarde o temprano, volverá la alegría. Porque la verdadera esperanza no está en lo que sentimos, sino en la certeza de que Dios nunca abandona a sus hijos. Y esa certeza es la que nos permite atravesar la noche oscura con la confianza de que la luz volverá a brillar.

Psicopax
Comunidad Piedras Vivas

martes, 10 de septiembre de 2024

¿Es posible dejar atrás la ansiedad?


Cómo salir de la ansiedad
¿Es posible dejar atrás la ansiedad?

Más, mucho más de lo que se suele imaginar la ansiedad es un problema que puso en evidencia la vida moderna afectando a personas de diversos orígenes y creencias. Por lo general ella comienza con pensamientos negativos que, como un veneno, se infiltran lentamente en el corazón. Suele conducir al desaliento, la tristeza y la pérdida de entusiasmo por la vida. 

En 2017, -antes de la pandemia-, se estimaba que 284 millones de personas en todo el mundo experimentaban ansiedad. Hoy, pasado el encierro vemos un crecimiento desmedido manifestándose en sentimientos intensos de preocupación, miedo y tensión que juegan e interfieren en lo más cotidiano de la vida diaria.

Como cristianos sabemos que no es posible pasarle por el costado al problema, sino enfrentar, abordar este trastorno confiando en el Dios Amor que nos cuida y nos invita a poner en Él, en todas las circunstancias de la vida nuestra plena confianza en Él.

En la base de nuestra "reconstrucción" esta la fe en Dios, y esto nos lleva a superarla gracias a la compañía que transita con nosotros el camino. La oración se transforma en un puente por el cual pasan nuestros dolores y angustias hasta llegar a las manos de Jesús donde superamos todo.

La fe en Dios nos proporciona una base sólida para enfrentar y superar la ansiedad. También nos recuerda que no estamos solos en nuestra lucha. Podemos acudir a Dios en oración, depositar nuestras preocupaciones en Sus manos y buscar Su paz, que supera todo entendimiento.

La misma Palabra nos anima a confiar, a llevar al Divino Corazón toda preocupación y recordar Quién es el que nos sostiene.

Aquellos que han asumido la "lectura orante" de la Palabra como lo hemos tantas veces explicada, podrán descubrir y aplicas aquellos Principios Eternos que contiene, así como asumir las promesas y los mandatos, aplicando las enseñanzas para encontrar alivio y Fortaleza en todo mal.

Perspectiva bíblica

El rey David escribió: “¿Cuánto tiempo más seguiré angustiado? ¿Cuánto tiempo más sufriré esta pena?” Salmo 13:2
¿Qué le ayudó a seguir adelante? Orar le permitió compartirle a Dios su angustia, convencido de que él lo amaba.
Dios nos invita a desahogarnos con él cuando tenemos ansiedad, pues él se interesa por nosotros.

  • “Pongan todas sus preocupaciones y ansiedades en las manos de Dios, porque él cuida de ustedes.” 1 Pedro 5:7
  • “La preocupación agobia a la persona; una palabra de aliento la anima” Proverbios 12:25

“Así que no se preocupen por todo eso diciendo: “¿Qué comeremos?, ¿qué beberemos?, ¿qué ropa nos pondremos?”. Esas cosas dominan el pensamiento de los incrédulos, pero su Padre celestial ya conoce todas sus necesidades. Busquen el reino de Dios por encima de todo lo demás y lleven una vida justa, y él les dará todo lo que necesiten.” Mateo 6:31-33

“No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús.” Filipenses 4:6-7

El apóstol Pablo nos insta a no preocuparnos por nada, sino a orar y presentar nuestras peticiones a Dios, prometiéndonos la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento.

“Entrégale tus cargas al Señor, y él cuidará de ti; no permitirá que los justos tropiecen y caigan.” Salmo 55:22

El salmista nos recuerda que podemos echar nuestras cargas sobre el Señor y confiar en Él, sabiendo que Él nos sustentará.

Sumergirnos en estos pasajes  nos brindará una base para comprender cómo Dios se preocupa por nuestras preocupaciones y nos invita a confiar en Él en medio de la ansiedad.

Muchos principios Bíblicos nos invitan a confiar en Dios y a entregar nuestras preocupaciones a Él. Estos principios pueden servir como guía y consuelo en tiempos de ansiedad. Algunos de estos principios incluyen:

– Confianza: Reconocer que Dios es fiel, bondadoso y amoroso, y que se preocupa por nosotros y nuestras cargas.

El mandato de Dios de confiar con todo el corazón mientras le entregamos el control tiene mucho sentido. ¿Cómo encontraremos paz si decimos que estamos confiando en Dios, pero a la vez procuramos controlar aquellas cosas que solo Dios puede controlar?

La paz que no se diluye es la que brota, surge de la confianza en que Dios es Dios, que todo lo puede, en el Dios de los imposibles. Salomón lo afirmaba diciendo: "No te apoyes en tus propio entendimiento" y permitía que el control para tomar decisiones estuviese apoyado en el mismo Dios.

De tal manera es tan nuestro ese, “no te apoyes en tu propio entendimiento”, que logra transmitirnos la idea de dejar cualquier control que surja de la confianza en nosotros mismos en nuestra autosuficiencia, que nos haga sentir cómodos y seguros cuando se trata sobre lo que está bien o mal, lo que conviene o no conviene en este momento.

La radicalidad del abandono se percibe en el control para tomar decisiones personales y el control para elegir lo que uno cree que es correcto. Es necesario que este tipo de control sea totalmente entregado a Dios.

“El camino del necio es recto a sus propios ojos, más el que escucha consejos es sabio”. Proverbios 12:15 

Solo si la opción es vivir en humildad,  permitiendo que el control de la vida brote en la escucha de lo que Dios tiene que decir en Su Palabra, podremos, podrás ver cómo toda ansiedad se derrite como cera en el fuego.

-Oración y comunicación con Dios: La oración es una herramienta poderosa para compartir nuestras preocupaciones y miedos con Dios y encontrar consuelo en Su presencia.

A muchos puede sonarle extraño en sus oídos pero debería ser un hábito permanente, no busquemos a Dios solo en momentos de dificultad sino en todo momento, es una relación estrecha con él, es una dependencia de su presencia en nuestras vidas.

–Entrega y rendición: Hablemos de dos principios bíblicos. El primero puede resultarnos mas familiar en cuanto a las prédicas que solemos escuchar; el segundo un escalón más, es una entrega sin condicionamientos, es prender a rendir nuestras preocupaciones y ansiedades a Dios, reconociendo que Él tiene el control y puede cuidar, de nosotros de manera sobrenatural porque nuestro Dios es un Padre Providente.

La comprensión de estos principios bíblicos serán el ancla que nos posibilite comprender en perspectiva sólida y basada en la fe cuanto enfrentamos frente a la ansiedad. Nos recordará que nunca estamos solos en la lucha y que podemos confiar en el Dios que nos ama y nos guía.

  • Apliquemos, hagamos uso de estos principios bíblicos en nuestras vidas.
  • Aprendamos a encontrar consuelo, esperanza y fortaleza en medio de la ansiedad.
  • La fuente de sabiduría y guía se encuentra en La Palabra incluso cuando enfrentamos desafíos emocionales como la ansiedad.

¿Cuáles son las causas? ¿Qué desencadena la ansiedad? 

Si bien existen algunos desencadenantes comunes que afectan a los creyentes, estos varían pudiendo incluir:

  • Expectativas excesivas: Sentirse abrumado por las expectativas de rendimiento, espiritualidad o perfección que a menudo se sienten en la comunidad cristiana.
  • Culpa y remordimiento: Experimentar ansiedad debido a sentimientos de culpa por errores pasados o por no cumplir con los estándares morales percibidos.
  • Dudas y cuestionamientos de fe: Enfrentar la ansiedad debido a preguntas o dudas sobre la fe, la existencia de Dios, o la comprensión de la voluntad de Dios en situaciones difíciles.

Signos y síntomas de la ansiedad comunes:

  • Agitación o tensión
  • Sensación de peligro, pánico o catástrofe
  • Aumento del ritmo cardíaco
  • Respiración acelerada 
  • Sudoración
  • Temblores
  • Sensación de debilidad o cansancio
  • Problemas para concentrarse o para pensar en otra cosa que no sea la preocupación actual.
  • Problemas para conciliar el sueño
  • Padecer problemas gastrointestinales (GI)
  • Dificultades para controlar las preocupaciones
  • Necesidad de evitar las situaciones que generan ansiedad
Factores desencadenantes:
  • Temor: El temor a no estar a la altura de las expectativas de Dios, temor a la condenación, temor a perder la salvación, entre otros.
  • Incertidumbre:  Sobre el futuro, la dirección de la vida, o los propósitos de Dios.
  • Falta de confianza en Dios: La ansiedad puede surgir cuando no confiamos plenamente en la bondad y el cuidado de Dios en nuestras vidas, dudando de que Él nos proveerá y nos guiará.

Buscando refugio en Dios
Buscar la presencia de Dios: Permitir que Su paz llene nuestro corazón.  Experimentar Su consuelo.
La oración fortalece la fe y confianza en Dios; Adoración y Comunión frecuente, Lectura orante de La Palabra.

Para superar la ansiedad
Al cuidar nuestro cuerpo y nuestra mente, fortalecemos la capacidad para enfrentar y manejar la ansiedad. 

Ejercicio físico regular: libera endorfinas, reduce el estrés y promueve un estado de bienestar general. 
Hábitos de sueño saludables:  esencial para el equilibrio emocional y mental. 
Prioridades claras: Identificar y asignar tiempos adecuados. Aprender a decir “no” y delegar tareas cuando sea posible.
Apoyo comunitario: Saber pedir a la familia, amigos o hermanos de comunidad de la iglesia.
Compartir preocupaciones.
Buscar ayuda emocional puede aliviar la carga y reducir la ansiedad.
Procurarse un Director Espiritual.

Existe entre los que formamos parte de la renovación carismática católica una oración llamada "Baño de Luz" en la que pedimos al al Espíritu Santo nos revele cual puede ser la raíz de nuestra ansiedad para liberar y romper estos patrones y llevar esto también a la ayuda profesional.

Acompañamiento profesional: 
  • Profesionales de la salud mental capacitados puede brindarnos herramientas, orientación y apoyo especializado para superar la ansiedad.
  • Profesionales que puedan comprender las dimensiones espirituales y emocionales de la ansiedad en el contexto cristiano y proporcionar un enfoque integral en el proceso de sanación.
  • Terapia individual o de grupo: Puede ser una opción efectiva para abordar la ansiedad. Explorar las causas subyacentes de nuestra ansiedad, aprender técnicas de manejo del estrés y recibir apoyo emocional durante el proceso de recuperación.
  • Grupos de apoyo en la parroquia: Participar puede brindarnos un espacio seguro para compartir nuestras experiencias, recibir apoyo y aprender de otros.
Nuestro Dios es un Dios compasivo y amoroso, Rico en Misericordia que comprende cada una de las luchas de nosotros, sus hijos, y siempre esta listo para brindar consuelo y apoyo.


sábado, 30 de junio de 2018

Lo que un padre católico debe enseñar a su hijo

El Papa Francisco dijo en su Exhortación Apostólica La alegría del amor: “La educación de los hijos debe estar marcada por un camino de transmisión de la fe, que se dificulta por el estilo de vida actual, por los horarios de trabajo, por la complejidad del mundo de hoy donde muchos llevan un ritmo frenético para poder sobrevivir. Sin embargo, el hogar debe seguir siendo el lugar donde se enseñe a percibir las razones y la hermosura de la fe, a rezar y a servir al prójimo”.


Así que tenemos una inmensa misión con nuestros hijos, por eso estas ideas de Andrés D' Angelo, caen como ¡anillo al dedo! Andrés es escritor, experto en formación, consejería familiar y padre de familia. Él explica que los padres debemos enseñar a nuestros hijos “que ellos tienen otro Padre, en el Cielo, que los ama y los espera para amarlos para toda la eternidad. Esa enseñanza no es en una ´clase de catecismo´ (cuando cumplan la edad adecuada para entenderlo), no, es una enseñanza que comienza el día que nacen y termina el día que ellos mismos encuentren su camino hacia Dios, y se lo enseñen a la vez a sus hijos, naturales o espirituales. Y pienso que esa enseñanza sobre quién es Dios, tiene que concretarse en algunas cosas que ellos tienen que aprender sí o sí de papá y mamá”. 

Así que a continuación compartimos las ideas que Andrés D' Angelo junto a su esposa, les transmiten a sus hijos para que conozcan a su verdadero Padre:

1. Dios es amor

Esto se aprende viendo amor verdadero, como el que tienen mamá y papá. El amor de mamá y papá da la vida y Dios es una comunidad de amor que da toda vida. De la ternura de mamá se aprende la misericordia divina, y de la firmeza de papá, la justicia divina. Pero sobre todo se aprende que Dios no deja de amarnos nunca, no importa qué difíciles se pongan las circunstancias.

2. La religión es una relación de amor

Así como mamá y papá aman a sus hijos, así Dios nos ama. Pero para tener una relación de amor, es necesario hablar con el Amado, contarle tus problemas y agradecerle tus alegrías. La religión no es una fría lista de prohibiciones, sino una historia de amor hermosa que hay que cultivar todos los días.

3. Sigues a Cristo

Muchas veces vamos a la iglesia porque hay un gran sacerdote, una monjita buenísima o un consagrado que es un campeón y te trata con cariño. Pero hay dificultades y esos “referentes” nos pueden fallar porque son humanos. No seguimos al sacerdote, a la monjita o al consagrado. Seguimos a Jesús, que nunca falla.

4. Hay gente que no ama a Dios

Y hay gente que lo odia. No han llegado a relacionarse con este Padre Amoroso, porque no han aprendido a amar o porque no les han enseñado que Dios es amor. Hay que escucharlos, comprenderlos y convertirse uno mismo en testimonio del amor de Dios.

5. Puedes dudar

¡Por supuesto que la fe admite la duda! Las dudas sobre la fe siempre se tienen que aceptar y agradecer porque nos permiten profundizar un poco más en esa relación de amor que tenemos con nuestro Padre del Cielo. Todos tenemos dudas, todos tenemos derecho a preguntar y a comprender mejor a Dios. Lo mejor de todo es que ese conocimiento nunca termina, porque Dios es infinito amor.

6. Siempre puedes volver a casa

“Dios no se cansa de perdonarnos”, dijo el Papa Francisco. Y verdaderamente no se cansa. ¿Caíste? ¡Levántate! ¿Volviste a caer? ¡Vuelve a levantarte! ¿Te sientes mal por la caída? ¡Dios te ama por tus “levantadas”! ¿No te puedes levantar? ¡Pídele ayuda a tu Padre! ¡Él ama ayudarte y lo alegras con cada una de tus oraciones!

7. La Iglesia somos nosotros
Los edificios son parroquias, catedrales, capillas, etc. Pero la Iglesia somos todos. Especialmente los más pecadores. Muchos grandes santos comenzaron siendo grandes pecadores y encontraron misericordia en la Iglesia se convirtieron en grandes santos. Es importante alegrarnos, como en el Cielo, por cada pecador que se arrepiente y no por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia.

8. No todo es tan sencillo como parece

Como la Iglesia está formada por pecadores, yo el primero, hay que comprender a la gente antes que juzgarla. Dios actúa en modos misteriosos y pone pruebas a la gente de las que no podemos saber nada. Nuestro primer deber es estar, como decía San Francisco, “más prestos a consolar que a ser consolados”, porque no todas las preguntas tienen una respuesta simple y directa.

9. Dios no se deja ganar en generosidad

Cuando somos mezquinos, Dios es generoso. Pero cuando somos generosos, Dios es mucho más generoso. Claro que no siempre su generosidad se traduce en bienes materiales, sino en abundancia de dones espirituales. El Papa Francisco dijo que Dios es tan generoso que su generosidad da miedo, y es que a veces nos asustamos por tanta generosidad, y tememos donarnos a Dios, porque Él es mucho más generoso.

10. Dios no siempre está a la vista

Muchas veces Dios juega “a las escondidas”. Es que muchas veces buscamos los consuelos de Dios y no al Dios de los consuelos. Y entonces Dios se esconde, porque es un Dios celoso y no quiere que lo busquemos por los beneficios que nos da, sino por amor verdadero. Si nos pasa que no vemos la mano de Dios en nuestras vidas, es tal vez porque nos alejamos de su amor. ¡Hay que volver a Dios!

miércoles, 28 de marzo de 2018

La Traición una Herida que no Sana

Hay pocas cosas tan dolorosas en la vida como la traición. Al experimentarla, el traicionado vive el desengaño de saber que un amigo, un familiar, la pareja o un compañero de trabajo nunca le tuvo amor, aprecio o consideración, y sea cual fuere la razón que motiva este acto -que mucho califican de bajeza- el dolor permanece aunque se pase página y se logre el perdón y la reconciliación con el traidor. 

















“El que traiciona se engaña a sí mismo y falla a parte de la lealtad que unía a los involucrados, lo cual rompe un compromiso”, asegura Ana Simó, psicóloga clínica y terapista sexual y familiar. Añade que la traición es sinónimo de mentira, pues técnicamente traicionar es renegar con palabras o acciones un compromiso de lealtad hacia una persona o hasta una idea, asociación o grupo de pertenencia.

La traición puede llevar a una persona a defraudar a su familia, sus amigos, su religión o hasta un grupo étnico. Simó expresa que a quien o quienes son traicionados, les invade tristeza, molestia e impotencia, pues entre el traidor y su víctima han existido acuerdos y algún nivel de confianza.

Entonces Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?”. Esta frase bíblica del libro de Lucas, capítulo 22 versículo 48, refleja la reacción de Jesús ante la traición de Judas, uno de sus doce discípulos, a su salida del Monte de los Olivos. Este fue el inicio de la dolorosa travesía del hijo de Dios de regreso al cielo. También Pedro cometería una traición posteriormente: negar a su maestro.

La traición de Judas a Jesucristo es icónica, pero no es la única en la Biblia. No olvidemos a Sansón, jefe hebreo cuya fuerza descomunal quitaba el sueño a los filisteos. Pero la desdicha le llegó de manos femeninas: su nombre era Dalila y Sansón estaba enamorado, coyuntura que aprovecharon los filisteos, cuyos príncipes ofrecieron monedas de plata a la joven si descubría dónde radicaba la fuerza del héroe. Cuando la traidora conoció el secreto de su cabellera, se la cortó mientras dormía.

Maquiavelo consideraba que la traición es el único acto injustificable de los hombres, y llegó a afirmar que los traidores son los únicos seres que merecen las torturas del infierno sin nada que pueda excusarlos. Pero obviamente creo que todo traidor merece el perdón, “aunque no necesariamente implique que la herida se cierre y la otra persona se quede a su lado ”.

La traición es una. Simó puntualiza que lo que cambia es a quién y cómo ocurre ésta. No es lo mismo dejar una religión, casarse con una persona de una raza distinta, serle infiel a la pareja o impedir el ascenso de un compañero. Cada persona o comunidad se comportará diferente ante estas acciones, pero todos coincidirán en que ha sido una traición hacia ellos.

Sin embargo, “No todas las traiciones impactan igual, todo dependerá de la persona traicionada y su grado de madurez, pues quien traiciona en realidad a quién hace daño es a sí mismo”

Ese daño que sobreviene al traicionar, cuando se hace consciente provoca una revolución interna capaz de alejar al traidor de esa funesta cualidad. Simó advierte que quien ha pasado por ese camino y ha decidido que no desea eso en su vida, “no se lo haría a nadie pues entendería que se lo está haciendo a sí mismo”. Como humanos, aprendemos de los errores para no repetirlos, por ende, quien ha entendido y aceptado el problema, trabajará por una solución sobre la base de la importancia del compromiso, la lealtad, la verdad y la honestidad.

fuente: Renovación carismática en Canarias

lunes, 30 de octubre de 2017

Homo Empathicus

La historia suele narrarse en términos de batallas, conquistas, líderes militares… Sin embargo, el hilo conductor de la historia es la empatía, que ha hecho asociarnos, ayudarnos mutuamente, buscar soluciones. En ella está la llave para construir un mundo mejor.

Es curiosa la conclusión que se puede extraer si se leen algunas narraciones de la historia del ser humano. Todas ellas parecen tener un especial interés solo en los acontecimientos bélicos, de conquista, de lucha, de aquellos que hablan de los grandes héroes o de los llamados malvados. También observamos cómo los avances tecnológicos y las injusticias económicas o sociales ocupan parte de estas páginas llenas en sí de un espíritu un tanto morboso y oscuro. Si acaso nombran los aspectos filosóficos, lo hacen en relación al poder. En rarísimas ocasiones hemos leído sobre otros temas. Como dice Jeremy Rifkin: “Rara vez los hemos oído hablar de la otra cara de la experiencia humana, la que se refiere a nuestra naturaleza profundamente social, a la evolución y la extensión del afecto humano y a su impacto en la cultura y la sociedad”. (1)
La empatía es el motor que ha hecho que todos progresemos, haciendo que avance nuestra civilización.
El relato del ser humano está escrito por aquellos que quedaron descontentos o quisieron ejercer algún tipo de autoridad o bien explotar a otros, aquellos interesados en reparar agravios y restablecer la justicia en una búsqueda, siempre insatisfecha, de la patología que supone el poder. Quizás esto mismo nos hace difícil hacer otro análisis de la propia naturaleza del ser humano. Pero lo cierto es que si la historia solo hubiese sido tan sangrienta y cruel como la hemos leído y aprendido, es difícil entender cómo el ser humano está aún sobre la faz de la tierra. La historia también ha estado cargada de pasión, de compasión y gestos que han revelado el rostro más humano de las personas. Se ha escrito y se escribe desde el discurrir cotidiano que, si bien está lleno de tensiones, conflictos y calamidades, también lo está de actos generosos, de bondad y de ternura.

Esta historia del día a día, que es la hebra madre de toda la trama global, es la que por su falta de interés periodístico y económico no sale a la luz ni es reconocida como importante, pero es en esta narración en la que se relata el mayor número de actos que imprimen consuelo al corazón, que engendran compasión y buena voluntad, que ensamblan vínculos sociales de tal escala que traen la alegría a la vida de la gente. Es aquí donde podemos observar la naturaleza profunda que ha impulsado al ser humano donde se encuentra en nuestros días, un ser humano que se ha descubierto como sapiens y demens pero también empathicus. Porque nadie puede dudar que es mediante la empatía como las personas hemos creado todo el espacio y la red social en que vivimos. Es la empatía, por tanto, el motor que ha hecho que todos progresemos, haciendo que avance nuestra civilización.

Llama la atención, en consecuencia, que no haya sido objeto de estudio la conciencia empática por parte de los historiadores. Sin embargo, estoy convencido, al igual que muchos otros autores que han profundizado más aún en el tema, que esta conciencia es el relato más importante que hay bajo la historia humana. Una conciencia empática que podríamos valorar como parte de la ética del cuidado (2) que desde entonces se viene gestando y madurando en el corazón del individuo. Esta ética que tanto ha tardado en desarrollarse pero que ha tenido como punta de lanza a la empatía, es la llave que precisamos para responder a muchos conflictos sociales y culturales que sí son objeto de atención y cuya repercusión mediática intranquiliza la conciencia de aquellos que están comprometidos con las bellas causas.
La empatía es la llave que precisamos para responder a muchos conflictos sociales, cuya repercusión mediática intranquiliza la conciencia de aquellos que están comprometidos con las bellas causas.
Aunque la conciencia empática ha estado en el transfondo de la historia, no fue hasta el siglo XIX cuando apareció el término “empatía” en el ámbito alemán y haciendo referencia a la estética. No obstante, después se ha ido extendiendo con tal fuerza que ya forma parte de la jerga psicológica, sobre todo en su enfoque humanista. Hoy en día el interés por la empatía se ha filtrado en muchos y variados campos; hasta los biólogos hablan con mucho entusiasmo del descubrimiento de la neurona espejo (o más conocida como la neurona de la empatía) que dicen establece una predisposición genética a la respuesta empática en algunos mamíferos. Hasta la teología ha visto un reflejo de ésta en la actitud de hermandad que Francisco de Asís vivía en relación a todo lo que le rodeaba. Es la empatía la vivencia que también habría que hacer extensiva al ámbito educativo, pues no olvidemos que en el aprendizaje profundo de los niños y adolescentes es donde se encuentra inmersa la semilla de un mundo mejor.(3)

Está claro que para nosotros da igual cuál haya sido la génesis de la empatía, pues lo que interesa es la vivencia personal y singular que cada uno tenemos de ella. Es esta experiencia, de Homo Empathicus, la que hace creíble lo que otros nos cuentan a propósito de ella. La conexión que establecemos mediante la empatía, tanto en relación a la Tierra como con el ser humano que sufre y que también se alegra, es la clave del éxito que buscamos si queremos recoger el mayor fruto que hayamos sembrado: un mundo nuevo que cada día, a pesar de todo, es más posible.

Jose Chamorro
Reproducido de “Las Estaciones del silencio”, Jose Chamorro, Ediciones Mensajero, Bilbao, 2012, páginas 317-319.
Notas:
(1) La Civilización Empática, Madrid 2010,19. 
(2) Cfr. L. BOFF, El Cuidado Esencial, Trotta, Madrid 2002. 
(3) Para este nuevo modo de concebir la educación sugiero la obra de C. NARANJO, Cambiar la Educación para Cambiar el Mundo, La Llave, Vitoria 2007.
Fuente: Vidas Agradecidas

La escucha: puerta de encuentro

Cuando la escucha va más allá de la simple percepción de contenidos para prestar atención a las emociones y los gestos, entonces se constituye en un verdadero punto de encuentro entre las personas.

Inmersos en la palabrería y en la verborrea, se hace preciso generar espacios y tiempos de silencio en cada uno de nosotros. Para ello qué mejor que ser capaz de escuchar lo que merece la pena ser escuchado. La escucha genera espacio interior y habilita en el sujeto una posibilidad de poder respirar en medio del ruido sin fin en el que nos movemos. La escucha se convierte así en fuente fresca, en una dimensión vertebral de la coherencia en nuestro pensamiento interior.

Siguiendo la distinción que se usa en psicología, podríamos hablar de dos tipos de escucha. Por un lado estaría la escucha interior en tanto que oímos lo que pensamos y sentimos, y por otro lado la escucha externa en relación al otro que nos interpela y con el que interactuamos. Puntualizar, antes de continuar, que en ocasiones tanto la escucha interna y externa se convierten en meras audiciones, ya que solo apreciamos ruidos y no el mensaje que tiene que ser escuchado.
Cuando escuchamos, ¿realmente estamos pendientes de lo que el otro dice, o solo de aquello que nos interesa? ¿Somos conscientes de las emociones que surcan el rostro del otro cuando está frente a nosotros?
Así pues, dentro de esos tipos de escucha, podemos hacer otra disociación: la escucha de contenido, la escucha emocional y la escucha gestual, cada una de ella con sus matices y perfiles concretos. De todas estas la más común, aquella de la que hacemos uso normalmente, es la escucha de contenido, es decir, prestamos atención a aquel mensaje que el otro nos quiere transmitir. Pero, como acabamos de decir, no solo existe ésta, sino que hay dos a las que normalmente marginamos en pro de la anterior. Cuando escuchamos, ¿realmente estamos pendientes de lo que el otro dice, o solo de aquello que nos interesa? ¿Somos conscientes de las emociones que surcan el rostro del otro cuando está frente a nosotros? ¿Somos capaces de descubrir los matices gestuales que dicen también mucho sobre aquello que la persona quiere contar? Normalmente, estos dos aspectos caen en el anonimato pasando a un plano oscuro del que no sabemos nada y al que no prestamos ninguna atención.

La escucha emocional, esto es, el cómo se encuentra el otro mientras nos transmite el mensaje verbal es muy importante, pues constituye una gran parte del contenido del mensaje en cuestión. Las personas vivimos emociones constantemente en la vida: alegría, tristeza, enfado, rabia, enojo, ilusión… y lo mismo sucede mientras hablamos. Como se suele decir, la cara es el espejo del alma y, al hablar, ésta cambia y transmite detalles que el lenguaje verbal no puede recoger. Sería interesante para nosotros abrir nuestra perspectiva en relación a este tema, pues estoy convencido de que descubriríamos muchas más cosas que las que podemos creer.
Si escuchamos al otro percibiendo el contenido verbal, emocional y gestual que se construye en el diálogo, nos sorprenderemos de hasta qué punto nos hacemos presentes.
En este momento me viene la imagen de Jesús de Nazaret cuando atiende a unos y a otros en el camino, en la mesa, en el templo o en su propia oración. Jesús escucha, y cuando lo hace podemos descubrir en el evangelio que no es solo a nivel de contenido sino que él tiene en cuenta a toda la persona. Escucha el mensaje, pero también es capaz de percibir cómo vive el otro, qué es lo que está sintiendo en ese momento. Jesús mira a los ojos, no pierde de vista el rostro del que se acerca a él. Es capaz de vislumbrar el estado emocional del pobre, del ciego, de la hemorroisa, de la samaritana, del fariseo… Tal vez por esto logra dar en la diana cuando contesta, cuando interpela al otro, o incluso cuando contesta con su silencio. Jesús mira a la cara, no como nosotros que en la mayoría de las ocasiones evitamos encontrarnos en la mirada del otro, nos cuesta mantener su atención en nuestros ojos. Sin embargo, Jesús llega al fondo de la persona, es transparente, diáfano en su mirar, y por eso toca al sujeto en su mismidad.

La escucha se presenta para nosotros como una puerta en la que podemos encontrarnos. Un modo de estar con el otro en el que se produzca un encuentro auténtico pues nada del otro nos es indiferente. Si nos escuchamos y escuchamos al otro percibiendo el contenido verbal, emocional y gestual que se construye en el monólogo personal y en el diálogo, nos sorprenderemos de hasta qué punto nos hacemos presentes, estamos con los otros con una autenticidad indisoluble e inquebrantable. Un estar presentes sincero, honesto y verdadero.

Jose Chamorro
Reproducido de “Las Estaciones del silencio”, Jose Chamorro, Ediciones Mensajero, Bilbao, 2012, páginas 303-305.
fuente texto y foto: Vivir agradecidos.

viernes, 27 de octubre de 2017

¿Es posible cambiar?

¿Podemos cambiar? Los rasgos negativos de nuestra personalidad parecen parte intrínseca de nuestro ser. Matthieu Ricard nos dice que esos rasgos no son parte esencial nuestra, y por tanto pueden modificarse.








La pregunta real no es si el cambio es deseable; es si éste es posible. Algunas personas pueden pensar que no pueden cambiar porque sus emociones negativas están tan íntimamente asociadas con su mente que se les hace imposible deshacerse de ellas sin destruir una parte de sí mismos.

Es verdad que el carácter de una persona no cambia mucho en general a través del curso de la vida. Si pudiéramos estudiar al mismo grupo de gente por unos años, raramente encontraríamos que la gente molesta se ha vuelto paciente, que la gente perturbada ha encontrado paz interior, o que la gente pretenciosa ha aprendido a ser humilde.

Sin embargo, aunque sean pocas, algunas personas sí cambian, lo que muestra que este cambio es posible. El punto es que los rasgos negativos de nuestro carácter tienden a persistir si no hacemos nada que cambie esa situación.

El cambio nunca ocurrirá si dejamos que nuestras tendencias habituales y patrones automáticos de pensamiento se mantengan e incluso se refuercen a sí mismos, pensamiento tras pensamiento, día a día, año tras año. Esos patrones y tendencias pueden ser desafiados. La agresión, la codicia, los celos y otros venenos mentales son incuestionablemente parte de nosotros, pero… ¿son una parte intrínseca, inseparable? No necesariamente. Por ejemplo, un vaso de agua puede contener algo de veneno que nos mataría inmediatamente, pero la misma agua podría estar mezclada con medicina. En ambos casos, H2O, la fórmula química del agua, se mantiene inalterada; en sí misma, nunca fue venenosa ni medicinal.

Los diferentes estados del agua son temporales y dependientes de circunstancias cambiantes. De un modo similar, nuestras emociones, estados de ánimo y rasgos de mal carácter son solo temporales y elementos circunstanciales de nuestra naturaleza.

Matthieu Ricard
Fuente Vivir agradecidos












Matthieu Ricard es reconocido públicamente como “el hombre más feliz del mundo”, debido a su participación en una investigación del neurocientífico Richard Davidson, de la Universidad de Wisconsin (EE.UU.), quien estudió su cerebro en estados de meditación y compasión. Su gran activación de la corteza prefrontal izquierda, asociada al bienestar y a las emociones positivas, hizo arribar al científico a dicha conclusión.




Mathieu Ricard se ha dedicado en los últimos cuarenta años a concentrarse en la práctica contemplativa budista; desde 1972 ha vivido en la India, Bután y Nepal, conviviendo con los más grandes maestros de esta tradición. Desde 1989 se ha desempeñado como asesor del Dalai Lama.




Autor de varios libros; entre ellos, «El monje y el filósofo», diálogo con su padre, el filósofo ateo francés Jean-François Revel, que ha sido traducida a veintiún idiomas; «El Quantum y el Lotus», un diálogo con el astrofísico Trinh Xuan Thuan; «Felicidad: una guía para el desarrollo de la habilidad más importante de la vida» y «¿Por qué meditar?» Recientemente ha publicado en francés un gran volumen sobre el altruismo, en el que trabajó durante los últimos cinco años («Plaidoyer pour l’ altruisme»).




Es miembro del Mind and Life Institute, organización dedicada a la investigación colaborativa entre científicos y eruditos budistas y meditadores. Se dedica a la investigación en varias universidades de los EE.UU. y Europa sobre el efecto que tienen el entrenamiento de la mente y la meditación sobre el cerebro humano.

Amar lo incompleto

Solemos decir “Si tuviera tal cosa… entonces sí podría”. El desafío es poder con lo que uno tiene. Paradójicamente, cuando se aceptan las propias limitaciones se despiertan capacidades insospechadas.




No nos mintamos: no se trata de que “Si yo tuviera lo que me falta… entonces sí haría lo que no hago”. Rara vez esto es verdad. El desafío es hacerlo con lo que hay. Así como uno es: torpe, leal, necio, ágil, amable, temeroso, alegre, inmaduro, cargado de años, con el respaldo de otros o sin el apoyo de nadie… Así, con lo que uno tiene, y también con lo que uno no tiene.

¿Qué hace falta, pues? Amar lo incompleto que uno es, lo incipiente, lo carente, lo no desarrollado. Amarse inacabado, imperfecto. Y, por qué no, cercenado: es casi seguro que a esta altura ya la vida te haya abollado, averiado (fuiste devastado por la pérdida de afectos, apostaste inocencia y recibiste engaño, lastimaste a quienes más querías, te asestaron sablazos de inclemencia y de rechazo, constataste con dolor la hondura de tus limitaciones…) Bien: eso no te discapacita para estar entero. Sí: paradójicamente, alguien incompleto puede estar entero. Porque la tarea es poner a jugar a favor tu herida: que tu impedimento sea parte de tu patrimonio. Las personas valiosas que has conocido, seguro que pertenecen a esta estirpe: se han graduado de sí mismas así, con tracción a sangre (la sangre propia, doliente pero fecunda).

Lo paradójico es que cuando aceptamos esa incompletud, acontece algo misterioso… Richard Bach lo dijo muy bien: “Échate a volar, y te crecerán las alas”. Sí: no al revés. Partir desde la apreciación de lo que uno realmente es, hace que se despierte una condición leudante que hay dentro nuestro, tal como la levadura late en la intimidad de la masa del pan. Cuando una persona decide ejercer ese acto luminoso, contagia a quienes vegetaban sin permitirse ser: como cantó el querido Silvio Rodríguez, moviliza a “los yertos” (los que volvieron frío y endurecido el corazón)…

Debes amar la arcilla que va en tus manos
debes amar su arena hasta la locura,
y si no,
no la emprendas, que será en vano:
sólo el Amor alumbra lo que perdura,
sólo el Amor convierte en milagro el barro…

Debes amar el tiempo de los intentos,
debes amar la hora que nunca brilla,
y si no,
no pretendas tocar los yertos:
sólo el Amor engendra la maravilla,
sólo el Amor consigue encender lo muerto,
sólo el Amor engendra la maravilla…

Virginia Gawel
Publicado en la revista Sophia Online en noviembre de 2011.

Agradecida por envejecer

Kristi Nelson, Directora Ejecutiva de Una Red para Vivir Agradecidos, da razones para agradecer el milagro de nuestra vida que se prolonga a lo largo del tiempo.




Este mes festejo mi cumpleaños número cincuenta y seis. Comparto esta noticia no con la esperanza de recibir felicitaciones benevolentes o la reafirmación de que cumplir cincuenta y seis no es ser tan mayor. Está todo bien. Comparto esto porque realmente me hace feliz estar viva todavía un año más. Finalmente descubrí el secreto: envejecer un poquito cada día parece ser la única manera de continuar estando vivos. Esta parece ser una percepción digna de tener en cuenta.
Todos caemos presa de mensajes que aseguran que envejecer es algo que supuestamente debemos temer o lamentar incansablemente; en nuestra cultura, quejarnos de ello es una forma segura de pertenecer. Sin duda partes de mi cuerpo que antes solían ser firmes, están ahora más colgantes, los rasgos faciales se empequeñecen al lado de las líneas que los rodean y órganos y articulaciones que yo ni siquiera sabía que tenía porque siempre estuvieron quietos, ahora rechinan, duelen y claman por atención a toda hora del día. Definitivamente ya no tengo la energía física o mental que solía tener. Los programas de los viernes por la noche usualmente terminan temprano o se cancelan; mis conceptos de productividad se han reducido, y cada vez con más frecuencia no puedo recordar simples tareas de una habitación a otra. Sin embargo, comparado con no envejecer, todo esto parece un precio muy bajo que debemos pagar. Envejecer es seguramente mejor que la alternativa.
Celebrar un cumpleaños me ofrece el grato recordatorio de que es casi un milagro estar viva todavía un año más.
Hasta donde recuerdo, cuando vine a este mundo nadie me prometió un cierto número de días, meses o años que vivir. No estoy más habilitada que nadie en este planeta para alcanzar una larga vida. Ninguna adhesión a distintos propósitos o planes bien estructurados para el futuro me asegura longevidad. Tampoco lo logran comer libre de gluten, tomar diez suplementos dietarios todas las mañanas, o meditar. Pero yo lo mismo hago todo esto para mi bienestar diario. Al contrario de lo que dicen algunos del movimiento New Age, no creo que simplemente el querer estar vivos sea suficiente como para mantenernos con vida, y que la enfermedad y la muerte solamente les llega a aquellos que “fracasan” en querer la vida con suficiente vehemencia o en tomar decisiones “correctas”. Conozco demasiada gente verdaderamente extraordinaria que ha muerto por adherir a esta clase de conceptos perjudiciales.
Celebrar un cumpleaños me ofrece el grato recordatorio de que es casi un milagro estar viva todavía un año más. Podría llamarlo de distintas maneras, pero con el inmenso volumen de cosas alucinantes que pueden salir mal y las fuerzas apaciguantes que tienen que funcionar bien y cooperar para que cualquiera de nosotros se levante de la cama cada día, y más aún, se mueva de un lugar a otro amemos a quien amemos y hagamos lo que hagamos, parece apropiado usar el término “milagroso” para describir que logremos transcurrir todo un año y llegar al próximo. Al usar aquí el término milagro no me refiero a “rayos ardientes que bajan del cielo para conceder algún deseo”; quiero decir que resulta tan sorprendentemente sencillo e imponente estar vivos cada día, que no puedo evitar pensar que tener la oportunidad de volverse mayor y envejecer es un inmenso privilegio digno de ser celebrado. Bienvenida la gravedad… y bienvenida la gratitud.
Una de mis postales favoritas tiene esta cita: “Los cumpleaños son buenos para uno. Las estadísticas muestran que la gente que cumple muchos años vive más”. Qué gran recordatorio para celebrar lo que podamos, cuando podamos y no dar absolutamente nada por sentado. Nada, excepto, quizás, que cuanto más envejezcamos, más viviremos. Este milagro diario me parece digno de ser celebrado.

Kristi Nelson

martes, 24 de octubre de 2017

Amor


“El amor nunca es excesivo, siempre salva, resucita, bendice, da y hace vida.

EL amor es algo que se aprende con el largo y ancho trabajo de la vida. A veces se termina antes de que ni siquiera sepamos que lo teníamos. A veces lo destruimos antes de valorarlo. A menudo lo damos por sobreentendido. Todo amor, suceda lo que suceda con él a largo plazo, nos enseña más acerca de nosotros mismos, nuestras necesidades, nuestras limitaciones y nuestro egocentrismo que cualquier otra cosa que podamos experimentar. Como decía Aldous Huxley: “No hay ninguna fórmula o método. Aprendes amando”. Pero a veces, si somos afortunados, vivimos lo bastante como para crecer en el amor de tal manera que, gracias a él, logramos reconocer el valor de la vida. Según van pasando los años, llegamos a amar las flores y a los gatos, a los niños pequeños y a las ancianas... y a la única persona en la vida que sabe lo caliente que nos gusta el café. Aprendemos lo bastante acerca del amor como para sentirnos disueltos en el Dios cuyo amor ha hecho posible todo eso. A veces incluso encontramos un amor lo bastante profundo, amable y tierno como para apartarnos de todo lo que nos mantiene cautivos, de cosas que no pueden satisfacernos. A veces vivimos lo bastante como para ver el rostro de Dios en otra persona. Entonces, en ese caso, hemos amado”.

(E.L., noviembre 2011)

lunes, 23 de octubre de 2017

El poder de la risa

"Las investigaciones muestran que la risa refuerza el sistema inmunitario y entona la capacidad del cuerpo para curarse a sí mismo. Nos ayuda a compartir con los demás un momento de gracia; más aun, la risa refresca nuestras almas al permitirnos conectar directamente con Dios.
La risa es una de las herramientas que Dios utiliza para derribar nuestros muros de defensa y aislamiento. Cuando reímos, arrancamos a tiras nuestras convenciones y nociones preconcebidas. Nos permitimos estar más abiertos y ser más capaces de respuesta al don del momento. Es precisamente en esos momentos en que dejamos caer nuestras cáscaras quebradizas cuando Dios danza en nuestras vidas, transformando y renovando nuestro mismo ser".

W. Koenig-Bricker


martes, 10 de octubre de 2017

La tragedia de los “huérfanos de padres vivos”

El padre es la primera imagen que el hijo tiene de Dios

Es tan importante la persona del padre en la vida del hijo, que el propio Hijo de Dios encarnado quiso tener un padre (adoptivo) en la Tierra. Jesús no pudo tener un padre natural en este mundo porque no había hombre capaz de engendrar al Verbo encarnado; entonces, el Espíritu Santo lo engendró en el seno puro y virginal de María Santísima.

Pero Jesús quiso tener un padre adoptivo, nutricio, en este mundo y eligió a San José, el glorioso patrono de Iglesia, como lo proclamó el Papa IX, solemnemente en 1870.

Cuando José quiso dejar a la Virgen María, en el silencio de la discreción de su santidad, Dios envió inmediatamente el Arcángel de la Anunciación, San Gabriel, que le dijera en sueños: “José, hijo de David, no temas recibir á María tu mujer, porque lo que en ella ha sido engendrado, es del Espíritu Santo” (Mt 1,20). Y José tuvo el honor de darle el nombre de Jesús, en el día de su circuncisión (Mt 1,21).














Jesús vivió bajo la sombra protectora del gran San José en el pueblito de Nazaret y en la carpintería del gran santo. La gente lo llamaba “el hijo del carpintero”. José lo protegió de la ira de Herodes; lo llevó seguro a Egipto, lo mantuvo en el exilio y lo trajo de vuelta seguro para Nazaret. Después partió de este mundo en los brazos de Jesús cuando terminó su misión terrena. La Iglesia lo declaró “protector de la buena muerte”.

Ahora, si hasta Jesús quiso y necesitó un padre en este mundo, que decir de cada uno de nosotros. Solo quien no tuvo un padre, o un buen padre, deja de saber su valor. Todavía hoy, con 65 años de edad, me acuerdo con nostalgia y cariño de mi padre. ¡Cuánta sabiduría! ¡Cuánta bondad! ¡Cuánta pureza! ¡Cuánto amor a mi madre y a los nueve hijos!…. Todavía hoy con nostalgia y alegría, recuerdo sus sabios consejos.

El padre es la primera imagen que el hijo tiene de Dios; por eso Él nos dio el honor de ser llamados padres; porque toda paternidad viene del propio Dios. Muchos hombres y mujeres no tiene una visión correcta y amorosa de Dios porque no pudieron experimentar el amor de sus padres; muchos fueron abandonados y otros quedaron huérfanos.

Pero lo peor de todo es la ausencia de los padres en la vida de los llamados “huérfanos de padres vivos”; y son muchísimos. Muchos y muchos muchachos tuvieron hijos, sin el menor amor, compromiso y responsabilidad, buscando solo el placer sexual de su relación con una chica; que después es abandonada, vergonzosamente, dejando que ella “se las arregle” para criar al niño como pueda. Casi siempre éstas creaturas son criadas con gran dificultad; el peso de su manutención y educación es dividido casi siempre entre la madre soltera que se mata por trabajar y los abuelos que, cuando existen, hacen el posible para ayudar.

Normalmente un hijo que tiene un buen padre, cariñoso, trabajador, dedicado a los hijos y la esposa, no se pierde en los malos caminos de este mundo.

Pero del niño que es criado sin el padre, podemos decir que la mitad de su educación está comprometida pues nunca experimentará el regazo y los brazos de un verdadero padre que lo envuelva. Esto tiene serias consecuencias en la vida de los jóvenes y adultos. Muchos de ellos, los más carentes, acaban en las calles y en la marginalidad del crimen, asaltos, robos, drogas y cárceles.

No es en vano que más del 90% de los presidiaros son jóvenes entre 18 y 25 años. Es verdad que muchos de esos jóvenes tuvieron un padre a su lado pero también es verdad que muchos de ellos no conocieron a ese hombre, que los debería haber criado.

Normalmente un hijo que tiene un buen padre, amoroso, trabajador, dedicado a los hijos y a la esposa, no se pierde en los malos caminos de este mundo.

Por todo eso es lamentable lo que constató el Papa Juan Pablo II en su último viaje al Brasil en 1997. Hablando a los jóvenes en el Maracaná, él dijo que debido al “amor libre”, “en el Brasil existen miles de hijos huérfanos de padres vivos”. ¡Que vergüenza y que dolor para todos nosotros! Cuántos niños con sus futuros comprometidos porque fueron engendrados sin amor y abandonados tristemente.

Sin un padre que eduque a su hijo, el niño no puede crecer con sabiduría, fe, respeto a los otros, amor al trabajo y a la virtud. Dejar a un niño sin padre, estando vivo, es de las mayores cobardía que se puede cometer contra el ser humano inocente que es el niño. Hoy, por desgracia, con el adviento de la inseminación artificial y clínicas de fertilización, existe una generación de jóvenes que no conoce a sus padres, porque muchos fueron engendrados por un óvulo que fue inseminado artificialmente con el semen de un hombre anónimo. Estos jóvenes no conocen la mitad de su historia. ¿Como va ser el futuro de esta generación de jóvenes? No es de extrañar que la Iglesia católica esté contra este tipo de inseminación.

Profesor Felipe Aquino
Miembro de la Comunidad Canción Nueva, reconocido por su trabajo de promover el bien y el desenvolvimiento de la Iglesia Católica como “Caballero de San Gregorio Magno” por el Papa Benedicto XVI