Hay un brillo que seduce, pero no sostiene. Pantallas, filtros, aplausos, gestos que parecen dar equilibrio y seguridad, pero que en lo profundo dejan vacío. El Papa León XIV lo recordó con fuerza: “No malgastemos tiempo y energías persiguiendo lo que es mera apariencia. Aprendamos de Juan el Bautista a mantener alerta el espíritu, amando las cosas sencillas y las palabras sinceras, viviendo con sobriedad y profundidad de mente y de corazón” (Jn 1,29-34).
La Escritura nos advierte: “Guárdense de los falsos profetas, que vienen vestidos de oveja, pero por dentro son lobos rapaces” (Mt 7,15). Apariencia por fuera, voracidad por dentro. Juan el Bautista, en cambio, no seduce con brillo: señala al Cordero, se hace a un lado, no compite con la Luz. La psicología describe el mismo fenómeno con otros nombres: comparación social, búsqueda de aprobación, máscaras emocionales. No es pecado tener una imagen pública; el problema es cuando la imagen se vuelve máscara que asfixia.
La sobriedad que propone el Evangelio no es dureza, sino libertad. Libertad de no depender del aplauso, de no vender el alma por un “me gusta”. La psicología lo llama regulación emocional: aprender a reconocer impulsos, manejar la ansiedad, evitar que la búsqueda de placer inmediato robe profundidad. La espiritualidad lo llama vigilancia del espíritu: “Velad y orad” (Mt 26,41). Ambas coinciden en que lo sencillo sostiene más que lo espectacular.
La tradición cristiana insiste en la humildad como camino de verdad. San Juan Pablo II escribió: “El sufrimiento humano suscita compasión, respeto y, en su misterio, también temor” (Salvifici Doloris, 4). Y el Papa Francisco repitió una palabra que atraviesa todo: ternura. La psicología clínica lo confirma: vínculos seguros, palabras sinceras, gestos simples son los que sanan.
El Catecismo enseña que Cristo asumió nuestro dolor (CIC 1505). No lo explicó, lo cargó. Y en ese gesto nos mostró que la apariencia no salva, pero la verdad sí. La psicología positiva y la logoterapia de Viktor Frankl lo expresan con otro lenguaje: el sentido se encuentra en lo pequeño, en lo auténtico, en lo que no necesita disfraz.
La trampa de las apariencias nos roba tiempo y energía. Nos hace sufrir más de lo que deberíamos. Nos vuelve ciegos ante las lágrimas silenciosas de quienes están a nuestro lado. El Evangelio nos invita a soltar esa trampa y elegir lo sencillo, lo verdadero, lo sobrio. Porque donde está nuestro tesoro, allí estará nuestro corazón (Mt 6,21).
No malgastemos la vida en lo que brilla pero no sostiene. Elijamos lo que fecunda: una palabra sincera, un gesto sobrio, una esperanza que no es evasión, es ancla.
Psicopax
Comunidad Piedras Vivas

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