Los santos también conocieron esta sequedad. San Ignacio de Loyola hablaba de la desolación como un estado en el que el alma se siente oscura y triste, sin esperanza ni amor. San Juan de la Cruz describió la noche oscura del alma, donde no hay consuelo ni placer espiritual, pero que es camino de purificación. Santa Teresa de Lisieux confesaba que Jesús “dormía en su barca” y que la noche se hacía más profunda. San Agustín reconocía que su corazón estaba inquieto hasta que descansó en Dios. Estas voces nos muestran que la sequedad no es un fracaso, sino parte de un camino que muchos antes que nosotros han recorrido.
La psicología nos ayuda a comprender que la anhedonia no es solo ausencia de placer, sino también crisis de sentido. Viktor Frankl decía que el hombre puede soportar cualquier sufrimiento si encuentra un sentido. Y aquí la fe se convierte en un sostén: aunque no sintamos consuelo, perseverar en la oración y en los sacramentos nos mantiene de pie. Aunque no tengamos ganas de compartir, abrirnos a la comunidad nos devuelve esperanza. Y aunque todo parezca oscuro, recordar las palabras de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso” (Mt 11,28), nos da fuerza para seguir.
La anhedonia puede ser dura, porque nos roba el gusto por la vida. Pero no es el final. Los santos nos enseñan que incluso en la sequedad, Dios está obrando. Aunque no sintamos placer, podemos confiar en que el Señor nos sostiene y que, tarde o temprano, volverá la alegría. Porque la verdadera esperanza no está en lo que sentimos, sino en la certeza de que Dios nunca abandona a sus hijos. Y esa certeza es la que nos permite atravesar la noche oscura con la confianza de que la luz volverá a brillar.
Psicopax
Comunidad Piedras Vivas

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