Existe una triste realidad y es caer en la cuenta que vivimos, no pocas veces, con dolor y conscientemente, días en que seguimos eligiendo lo que decimos odiar. Son momentos que se transforman en una letanía de quejas ante la rutina, los vicios, las relaciones que nos dañan, y a las que volvemos una y otra vez. Es como si estuviésemos atrapados en un círculo que nos roba la alegría y nos convence que no hay salida.
El Evangelio nos muestra a María Magdalena como una mujer marcada por su pasado, por heridas y elecciones que la mantenían lejos de la vida plena. Nos dice que Jesús expulsó de ella “siete demonios” (Lc 8,2), signo de una esclavitud profunda. Podríamos decir que Magdalena también “seguía eligiendo lo que odiaba”: una vida que no la conducía a la paz ni al amor verdadero. Una vida sumergida en un espiral sin aparente salida.Pero hubo un día marcado por la gracia, el día en que se encontró con Cristo. Un encuentro que cambió el rumbo de sus elecciones. De seguir eligiendo lo que la destruía, pasó a elegir al Maestro que la levantaba. De estar atrapada en lo que odiaba, pasó a ser la primera testigo de la Resurrección, la mujer que escuchó: “Ve y anuncia a mis hermanos” (Jn 20,17).
El paralelismo entre la experiencia de María Magdalena con lo que podemos estar viviendo puede contener una hondura que no alcancemos a dimensionar con total claridad. Cada uno de nosotros podemos también estar atrapados en decisiones que nos hunden pero la Buena Noticia es que Jesús nos ofrece una salida. Nadie está condenado a repetir lo que odia.
El Espíritu Santo, Poder y Amor del Padre y el Hijo, que desde Piedras Vivas te invitamos a vivir, es una llamada a acoger con alegría, aquella fuerza arrolladora capaz de romper cadenas y hacernos elegir la vida nueva que el Evangelio propone.
Tal vez surja la inquietud de cómo empezar a salir de ese círculo que parece no tener fin. No se trata de fórmulas ni de pasos rígidos, sino de una experiencia que se va gestando en lo profundo del corazón.
Primero, es necesario atreverse a mirar de frente lo que duele. Reconocer que muchas veces volvemos a elegir lo que daña, aunque sepamos que no nos hace bien. Ese gesto de sinceridad ya es un acto de fe: poner nombre a lo que nos ata y presentarlo delante del Señor.
Después, llega el momento de soltar. No podemos solos, y por eso pedimos la gracia de Jesús. Renunciar no es un esfuerzo aislado, es dejar que Él corte las cadenas que nos atan.
Y finalmente, la cereza del postre: abrazar al Resucitado. No como una idea, sino como una presencia viva que se convierte en nuestra elección cotidiana. Como María Magdalena, que pasó de llorar en la tumba a correr a anunciar la vida, también nosotros podemos dejar que Cristo sea el motor de cada día.
Hoy, como comunidad carismática, te invitamos a proclamar que el Espíritu Santo nos capacita para elegir distinto. Que no estamos solos en la lucha contra lo que odiamos. Que la experiencia de María Magdalena es también la nuestra: pasar de la esclavitud a la misión, de la oscuridad a la luz, de la repetición de lo que nos destruye a la elección de lo que nos salva.
Existe dentro de nosotros un grito que encuentra respuesta en el Evangelio: sí, seguimos eligiendo lo que odiamos… hasta que nos dejamos encontrar por Cristo y comenzamos a elegir a Aquel que nos da Nueva Vida, vida en abundancia.

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