domingo, 25 de enero de 2026

Compasión: más allá del esfuerzo individual

“La compasión y la misericordia hacia el necesitado
no se reducen a un mero esfuerzo individual,
sino que se realizan en la relación:
con el hermano necesitado, con quienes lo cuidan y, fundamentalmente,
con Dios que nos da su amor.”
(Papa León XIV)

La misericordia no es un gesto aislado. No basta con sentir lástima ni con hacer un esfuerzo voluntarista. La compasión verdadera se despliega en relación: con el hermano que sufre, con quienes lo acompañan, y con Dios que nos da su amor. El Evangelio lo muestra con claridad en la parábola del buen samaritano (Lc 10,33-35): el hombre no solo se acerca, sino que toca, cura, involucra a otros en el cuidado. La compasión es vínculo, es comunidad.


 Los Padres de la Iglesia lo entendieron así. San Juan Crisóstomo decía que
“no hacer misericordia es robar al pobre lo que le pertenece”. La misericordia es justicia en relación, no filantropía aislada. San Agustín añadía que la caridad es “la forma de todas las virtudes”, porque las ordena hacia el amor de Dios y del prójimo.

La psicología, cuando se abre a la luz de la fe, confirma esta intuición. Autores como Paul Gilbert, que estudió la compassion-focused therapy, muestran que la compasión auténtica no se limita a un esfuerzo individual, sino que se fortalece en vínculos seguros y en comunidades de apoyo. La psicología comunitaria también lo subraya: el sufrimiento se alivia en redes de cuidado, donde la empatía se convierte en acción compartida. Y Viktor Frankl, desde la logoterapia, recordaba que el sentido se encuentra en el encuentro con el otro, incluso en medio del dolor.

La compasión, entonces, no es solo un acto de bondad personal. Es un dinamismo que nos conecta con Dios y con los demás. La fe nos enseña que la fuente de la misericordia no está en nuestra fuerza, sino en el amor recibido: “Nosotros amamos porque Él nos amó primero” (1 Jn 4,19). La psicología nos ayuda a reconocer los bloqueos —la indiferencia, la fatiga por compasión, el miedo al dolor ajeno— y a transformarlos en apertura. La pastoral nos invita a vivirlo en comunidad, donde la misericordia se hace carne en gestos concretos.

La compasión que sana no es apariencia ni esfuerzo solitario. Es relación. Es comunión. Es Dios mismo que, al darnos su amor, nos capacita para amar. Y en ese movimiento, la psicología y la espiritualidad se encuentran: ambas saben que el corazón humano se cura en el vínculo, no en el aislamiento.

Comunidad Piedras Vivas

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