La batalla por el Reino comienza en el lugar más sagrado y, a la vez, más atacado: nuestras propias casas. No nos engañemos más, el enemigo busca destruir los vínculos, abrir brechas en las mesas y sembrar la muerte en la convivencia.
Monseñor Jonas Abib advertía que, en estos tiempos, o somos llenos del Espíritu Santo para soportar la presión, o nos derrumbaremos con el mundo. Nuestras familias pueden parecer hoy un montón de "huesos secos", marcados por la indiferencia, el silencio que hiela y la rabia contenida. Pero hoy el Señor nos da una orden de batalla: ¡Profeticemos sobre nuestras casas! No nos quedemos en la queja ni en el lamento estéril. ¡Proclamemos la Palabra para que la Gracia acontezca!
San Miguel, el Custodio de la Unidad, ya desenvainó su espada. Él no es una figura lejana o "aniñada"; es el Príncipe de las Milicias que viene a custodiar nuestras puertas para que entre la Luz de Cristo y disipe las tinieblas de la división.
¡Abramos la puerta principal de nuestro hogar! Invitémosle a entrar como el estratega que reparará nuestros cimientos seculares.
Esta semana, la penitencia no es un simple formalismo; es una ofrenda que debe doler para poder sanar.
El ayuno de las prisas es el primer paso de la batalla espiritual. Se trata de compartir sin mirar el reloj, de escuchar sin interrumpir, de estar presentes sin ansiedad. Cada minuto regalado al otro es comunión, cada pausa ofrecida es oración silenciosa.
Es hora de romper la frialdad con gestos que quemen la indiferencia: una palabra que restaure, un silencio que adore, una mesa donde Cristo sea el centro. Es urgente recordar que nuestros hogares están llamados a ser un altar, un pequeño Betania donde el Señor pueda descansar entre amigos.
¡En orden de batalla es la voz que se escucha en estos tiempos!
Defendamos los cimientos que mantienen todo de pie. Reconstruyamos las moradas en ruinas. Y durante el transcurso de la semana no olvidemos la máxima que sostiene nuestra batalla:
¡Quien no adora, no resiste!

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