lunes, 9 de octubre de 2023

COMPRENDIENDO LA PALABRA

Se acercó y vendó sus heridas (Lc 10,34)

Me alejé, Amigo del hombre, he vivido en el desierto,

me escondí de ti, mi tierno Maestro,

sumergido en la noche de las preocupaciones de la vida,

en las que sufrí mordeduras y lesiones.

Salgo con el alma marcada de heridas.

Por eso grito en mi dolor y sufrimiento del corazón:

¡Ten piedad de mí, hazme misericordia, a mí, pecador!


Médico que amas las almas, que amas sólo la misericordia,

y sanas libremente enfermos y heridos,

¡sé el médico de mis contusiones, de mis heridas!

Destila el aceite de tu gracia, Dios mío,

extiéndela sobre mis heridas, cierra mis úlceras,

cicatriza y vigoriza mis miembros débiles.

Borra todas las cicatrices, Salvador,

concédeme total y perfecta salud, como anteriormente. (…)


Me he abandonado, Maestro, por haber contado conmigo mismo.

me dejé llevar por las preocupaciones de las cosas sensibles

y he caído, infeliz, en las preocupaciones de cosas de la vida.

Como el hierro cuando se ha enfriado, he devenido negro

y a fuerza de estar en el suelo, me he oxidado.


¡Por eso grito hacia ti, Amigo del hombre!

Te ruego ser purificado de nuevo,

ser llevado a mi belleza primera, y gozar de tu luz.

Ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.



Simeón el Nuevo Teólogo (c. 949-1022)
monje griego
Himnos, 46 (SC 196. Hymnes III, Cerf, 2003), trad. sc©evangelizo.org

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