miércoles, 6 de enero de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Carta de San Pablo a los Efesios 3,2-6


Carta de San Pablo a los Efesios 3,2-6
Hermanos:

Seguramente habrán oído hablar de la gracia de Dios, que me ha sido dispensada en beneficio de ustedes.

Fue por medio de una revelación como se me dio a conocer este misterio, tal como acabo de exponérselo en pocas palabras.

Al leerlas, se darán cuenta de la comprensión que tengo del misterio de Cristo,

que no fue manifestado a las generaciones pasadas, pero que ahora ha sido revelado por medio del Espíritu a sus santos apóstoles y profetas.

Este misterio consiste en que también los paganos participan de una misma herencia, son miembros de un mismo Cuerpo y beneficiarios de la misma promesa en Cristo Jesús, por medio del Evangelio.

Evangelio según San Mateo 2,1-12.

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén

y preguntaron: "¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo".

Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén.

Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías.

"En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta:

Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel".

Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella,

los envió a Belén, diciéndoles: "Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje".

Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño.

Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría,

y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra.

Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.


RESONAR DE LA PALABRA


Queridos amigos:

Hoy es una de las fiestas grandes del tiempo de Navidad y del año litúrgico: la solemnidad de la Epifanía. El mismo misterio del Dios-con-nosotros, contemplado ahora desde la perspectiva de su manifestación a todos los pueblos. Un misterio narrado en el texto de Mateo, representado en los tres Magos de pueblos extranjeros, que llegan a conocer al Salvador. Una manifestación prefigurada en el texto de Isaías, que profetizaba que la luz del pueblo elegido llegaría a todas las naciones. Y un acontecimiento explicado en el texto de Efesios, donde el Espíritu Santo se nos muestra como aquél que llega a “globalizar” la salvación prometida al pueblo de Israel, rompiendo sus estrechas fronteras y haciéndola llegar también a los gentiles.

La fiesta de la Epifanía nos descubre una actitud muy necesaria: la ADMIRACIÓN. Es la sorpresa por lo que uno se encuentra, el sobrecogimiento agradecido al que sigue la acogida respetuosa. La admiración era, para el filósofo Aristóteles, el principio de la filosofía, del pensar y del razonar. Podemos ampliar la perspectiva diciendo que la admiración es el principio del amor y de la belleza. Ante el misterio del Dios-con-nosotros la primera actitud es la admiración: sorprendernos de tal regalo, sentirnos agraciados, para llegar a responder al Amor con amor, y crear belleza a nuestro alrededor.

Y tras la admiración, viene la ADORACIÓN. Como hicieron los Magos. Como hicieron los pastores. Adorar es postrarse ante lo que es mayor que nosotros. Por eso, en cristiano, adorar sólo adoramos a Dios. Ninguna otra cosa de este mundo debería someternos: ni el dinero, ni el poder, ni el éxito, ni la fama… Muchos cristianos, en los orígenes y en otras épocas, prefirieron entregar su vida antes que adorar a César o a otros ídolos de este mundo. Sólo el Dios de Jesús, hecho hombre por nosotros, es digno de adoración. Y esa adoración no nos hace menos personas sino, al contrario, nos sitúa en nuestro lugar, permitiendo desplegar nuestra vida de un modo adecuado, sin jugar a ser dioses para con nosotros mismos ni para con los demás.

Que en este nuevo año no nos falten ni la admiración por la creación, la redención y la santificación que obran el Padre, el Hijo y el Espíritu; y que tampoco nunca nos falte en nosotros la adoración al Creador, al Redentor y al Santificador. Como aquellos Magos del Evangelio que hoy podemos ser nosotros.

Nuestro hermano en la fe:
Luis Manuel Suárez CMF

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

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