miércoles, 28 de noviembre de 2018

¡Ten cuidado con lo que piensas e imaginas!

La imaginación juega un rol enorme en la vida espiritual. Si no la purificas de todo pensamiento perverso y de figuraciones infames, todo eso terminará ensuciándote por completo.


Alguien podría creer que al imaginarse escenas lujuriosas no está ensuciando su alma, argumentando que pensar en el fuego no representa ningún riesgo de quemarse. Pero nada de esto es cierto. Si te imaginas que te estás acercando al fuego, desde luego que no te quemarás ni tus pensamientos se encenderán. Sin embargo, si te imaginas los pecados del desenfreno, tu mente arderá con el pecado y tu mismo te encenderás en deseos impuros.

La imaginación juega un rol enorme en la vida espiritual. Si no la purificas de todo pensamiento perverso y de figuraciones infames, todo eso terminará ensuciándote por completo. La imaginación, que ensucia nuestro día con toda clase de escenas de pecado, nos las devuelve por la noche con un interés añadido, proyectándolas en la pantalla de nuestros sueños. Y es que lo impuro que soñamos por la noche es el resultado de nuestras vergonzosas figuraciones duante el día. Ocultas la mayor parte del tiempo, esas imágenes se revelan ante nuestro subconsciente durante la noche, ya sin las ataduras del rubor que experimentamos durante el día, libres de nuestra razón, justamente cuando descansamos.

Si apartamos nuestra imaginación del pecado y la sometemos al anhelo de una vida virtuosa, nos libraremos de sus impuras e infelices consecuencias, que nos arrastran a la miseria de los pecados carnales, y la transformaremos, de un instrumento de pecado, en un arma de la virtud.

La imaginación puede convertirse en un tirano y movilizar nuestro ser entero, tanto el alma como el cuerpo, buscando la realización del pecado. Espoleado por su imaginación, y una vez hallado el objeto de sus impuros deseos, el hombre olvida toda vergüenza, temor y honor. Hasta la representación de los tormentos eternos le resulta inútil, y el fuego del infierno no es nada en comparación con el fuego de sus pasiones, avivadas por su propia imaginación…

Escapando del control de la razón y la voluntad, la imaginación se vuelve nuestro peor enemigo, se convierte en un descarado traidor. Por eso, no le otorguemos la libertad de adentrarse en los caminos del pecado... ¡mejor, como lo haríamos con un cachorro, atémosla con el lazo del temor de Dios! Sólo así dejará de pactar traicionarnos con nuestros enemigos, los demonios, sino que, al contrario, protegerá la casa de nuestra alma de ladrones y asaltantes.

fuente: Doxologia

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