martes, 18 de mayo de 2021

RESONAR DE LA PALABRA - Evangelio según San Juan 17,1-11a


Evangelio según San Juan 17,1-11a
Jesús levantó los ojos al cielo, diciendo:

"Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti,

ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a todos los que tú les has dado.

Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.

Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste.

Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera.

Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra.

Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti,

porque les comuniqué las palabras que tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste.

Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos.

Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado.

Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a ti."


RESONAR DE LA PALABRA

Queridos amigos y amigas:

En la primera lectura de hoy se nos presenta el tercer gran discurso de Pablo que encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Se trata de un clásico discurso de despedida, es una especie de «testamento espiritual». Pablo entrega su testimonio misionero, totalmente dedicado al servicio del Señor y su Reino. Se trata de un servicio total, exclusivo y radical, teniendo como criterio no la aprobación de los hombres, sino cumplir la voluntad de Dios.

Entre las distintas anotaciones que se pueden sacar de este texto, hay tres características de la acción misionera de Pablo que podríamos subrayar. La primera es la humildad en el servicio del Señor, una virtud desconocida para el mundo pagano, pero es la característica del auténtico seguidor de Jesús que vino a servir y no a ser servido. La segunda es la audacia con la que Pablo ha anunciado el Evangelio, «en las penas y pruebas» que venían de sus opositores. La tercera es su generosidad, que lleva a Pablo a vaciarse totalmente de sí: «no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio».

Pablo se dirige a Jerusalén, no sabe lo que le espera, se delinea un futuro oscuro, estará marcado por la tribulación, «cárceles y luchas». Él emprende este último viaje de su vida «forzado por el Espíritu», pero está convencido de que ese mismo Espíritu estará con él hasta el final. Pablo es un vivo reflejo de un evangelizador con Espíritu, como lo describe el Papa Francisco: «Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno comienza a entender en su propia lengua. El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente. Invoquémoslo hoy, bien apoyados en la oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el anuncio finalmente carece de alma. Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios» (EG 259).

Después del «Discurso de despedida» el Evangelio de Juan nos presenta la oración de Jesús al Padre, conocida como «oración sacerdotal». El contexto de esta oración es uno de los momentos más solemnes de la vida de Jesús. La pronuncia en la última cena, inmediatamente después del «Discurso de despedida» e inmediatamente antes de la pasión. Jesús es consciente de que su misión terrena está llegando al final. Por eso, Jesús «levantando los ojos al cielo» pide que su misión llegue a su realización definitiva con su propia glorificación. Pero esta glorificación que él pide es para glorificar al Padre.

Jesús entregando su vida en la cruz nos ofrece la salvación que el Padre quiere para toda la humanidad. Esta gloria de Dios será en definitiva la vida en abundancia de toda la creación. Esta vida nueva, glorificada, eterna viene del conocimiento de Dios. Es decir, brota de la comunión de fe y de amor con el Dios de la vida. Pidamos al Espíritu Santo que nos dé la gracia de conocer con el corazón y hacer nuestra hoy la gloria de Dios.

Fraternalmente,
Edgardo Guzmán, cmf.

fuente del comentario CIUDAD REDONDA
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario