martes, 29 de enero de 2019

Hacer la Voluntad

San Francisco de Sales, obispo
Escritos
Conversación de la voluntad de Dios. IV, 267.
«El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi madre» (Mc 3,31).

La voluntad de Dios se puede entender de dos maneras: una, es la voluntad de Dios significada y otra, la de su complacencia… pero referente a esta última, escuchad lo que dice el gran San Anselmo, que era muy flexible y complaciente. “Oh, hijos míos, dice el gran santo, sabed que recordando que nuestro Señor ha mandado que hagamos a los demás lo que quisiéramos que ellos nos hiciesen, yo no tengo más remedio que hacerlo así, ya que me gustaría que Dios hiciese mi voluntad y por tanto hago con gusto la de mis hermanos, para que el buen Dios se digne hacer alguna vez la mía.” Hay además otra consideración y es que después de lo que es la voluntad de Dios significada, no hay medio mejor para saber su voluntad de complacencia, ni más seguro, que la voz de mi prójimo; porque Dios no me va a hablar, ni menos me va a enviar ángeles para declararme su complacencia.

Las piedras, los animales, las plantas, no hablan: por tanto solamente el hombre es quien puede manifestarme la voluntad de Dios y por eso me adhiero a ella tanto cuanto me es posible…

Dios me ordena tener caridad para con el prójimo; es una gran caridad estar unidos unos con otros y para ello no veo medio mejor que ser dulce y condescendiente. La dulce y humilde condescendencia tiene que sobresalir en todas nuestras acciones.

Pero la consideración principal, para mí, es la de creer que Dios me manifiesta sus voluntades por las de mis hermanos y por tanto estoy obedeciendo a Dios tantas cuantas veces condesciendo en algo a los demás…

Además, ¿es que nuestro Señor no ha dicho que si no nos hacemos como niños pequeños no entraremos en el reino de los Cielos? No os extrañéis por tanto si soy dulce y de fácil condescendencia como un niño, pues con ello no hago sino lo que el Salvador me ordena.

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