viernes, 26 de junio de 2015

Buen día, Espíritu Santo!


Espíritu Santo,
Gracias por ser el aliento que respira la Vida y la Vitalidad en nuestro ser entero.
Gracias por darnos la lengua de cielo y los ángeles,
lengua que ninguna oscuridad puede escuchar a o comprender.
Gracias porque desde Vos y Contigo podemos elogiar, bendecir y adorar
en espíritu y verdad, al Padre de los Cielos.
Ven y entroniza en cada uno de nuestros corazones
lo más sagrado que se mueve en Vos.
Tu misma Persona, Divino y Santo Espíritu de Dios.

Manos de marginados

Tantas veces pienso que es, no digo imposible, pero muy difícil hacer el bien sin ensuciarse las manos. Y Jesús se ensució. Cercanía.
Y además va más allá. Le dijo: ‘Ve a lo de los sacerdotes y haz lo que se debe hacer cuando un leproso es curado’.
A aquel que estaba excluido de la vida social, Jesús lo incluye: incluye en la Iglesia, incluye en la sociedad…
‘Vete para que todas las cosas sean como deben ser’.
Jesús no margina jamás a nadie. Se margina a sí mismo para incluir a los marginados, para incluirnos a nosotros, pecadores, marginados, con su vida”.


Papa Francisco

CERCANÍA

No se puede hacer comunidad sin cercanía.No se puede hacer la paz sin cercanía.No se puede hacer el bien sin acercarse.Jesús podía decirle: ‘¡Que te cures!’.Pero no: se acercó y lo tocó. ¡Es más! En el momento en que Jesús tocó al impuro se volvió impuro. Y éste es el misterio de Jesús: tomar sobré si nuestras suciedades, nuestras cosas impuras. Pablo lo dice bien: ‘Siendo igual a Dios, no estimó un bien irrenunciable esta divinidad; se rebajó a sí mismo’. Y después Pablo va más allá: ‘Se hizo pecado’. Jesús se hizo pecado. Jesús se ha excluido, ha tomado sobre sí la impuridad para acercarse a nosotros”.Papa Francisco.

La IGLESIA es comunidad si se acerca a los últimos

Los cristianos deben acercarse y tender la mano a aquellos a los que la sociedad tiende a excluir, como hizo Jesús con los marginados de su tiempo. Y esto hace de la Iglesia una verdadera “comunidad”. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.

El bien no se hace desde lejos
Jesús fue el primero que se “ensució las manos acercándose” a los excluidos de su tiempo. Se “ensució las manos” tocando a los leprosos, por ejemplo, curándolos. Y enseñando así a la Iglesia “que no se puede hacer comunidad sin cercanía”. El Papa Francisco centró su homilía en el protagonista del breve pasaje del Evangelio del día: un enfermo de lepra que se postra ante Jesús y se anima a decirle: “Señor, si quieres, puedes purificarme”. Y Jesús lo toca y lo cura.

Jesús tiende la mano al excluido
El milagro – observó el Papa – se produce ante los ojos de los doctores de la ley para los cuales, en cambio, el leproso era un “impuro”. Y afirmó que “la lepra era una condena de por vida” y que “curar a un leproso era tan difícil como resucitar a un muerto”, razón por la cual eran marginados. Jesús, en cambio, tiende la mano al excluido y demuestra el valor fundamental de una palabra, “cercanía”:

“No se puede hacer comunidad sin cercanía. No se puede hacer la paz sin cercanía. No se puede hacer el bien sin acercarse. Jesús podía decirle: ‘¡Que te cures!’. No: se acercó y lo tocó. ¡Es más! En el momento en que Jesús tocó al impuro se volvió impuro. Y éste es el misterio de Jesús: tomar sobré si nuestras suciedades, nuestras cosas impuras. Pablo lo dice bien: ‘Siendo igual a Dios, no estimó un bien irrenunciable esta divinidad; se rebajó a sí mismo’. Y después Pablo va más allá: ‘Se hizo pecado’. Jesús se hizo pecado. Jesús se ha excluido, ha tomado sobre sí la impuridad para acercarse a nosotros”.

Jesús incluye
El pasaje del Evangelio contiene también la invitación que Jesús hace al leproso curado: “No se lo digas a nadie; ve, en cambio, a mostrarte al sacerdote y presenta la oferta establecida por Moiséscomo testimonio para ellos”. El Papa subrayó que para Jesús, además de la proximidad, en esto es fundamental la inclusión:

“Tantas veces pienso que sea, no digo imposible, pero muy difícil hacer el bien sin ensuciarse las manos. Y Jesús se ensució. Cercanía. Y además va más allá. Le dijo: ‘Ve a lo de los sacerdotes y haz lo que se debe hacer cuando un leproso es curado’. A aquel que estaba excluido de la vida social, Jesús lo incluye: incluye en la Iglesia, incluye en la sociedad… ‘Vete para que todas las cosas sean como deben ser’. Jesús no margina jamás a nadie. Se margina a sí mismo para incluir a los marginados, para incluirnos a nosotros, pecadores, marginados, con su vida”.

Cercanía quiere decir tender la mano
El Papa puso de relieve el estupor que Jesús suscita con sus afirmaciones y con sus gestos. “Cuánta gente – comentó el Santo Padre – siguió a Jesús en aquel momento” y “sigue a Jesús en la historia porque se siente maravillada al oírle hablar”:

“Cuánta gente mira desde lejos y no entiende, no le interesa… Cuánta gente mira desde lejos pero con corazón malo, para poner a prueba a Jesús, para criticarlo, para condenarlo… Y cuánta gente mira desde lejos porque no tiene el coraje que ha tenido éste, ¡pero tiene tantas ganas de acercarse! Y en ese caso, Jesús ha tendido la mano, primero, pero en su ser, ha tendido la mano a todos, haciéndose uno de nosotros, como nosotros: pecador como nosotros pero sin pecado, pero sucio con nuestros pecados. Y ésta es la cercanía cristiana”.

Es una “bella palabra la de la cercanía”, concluyó Francisco. E invitó a hacer un examen de conciencia: “¿Yo sé acercarme?”. ¿“Tengo ánimo, tengo fuerza, tengo coraje de tocar a los marginados?”.

Una pregunta – dijo – que también tiene que ver con “la Iglesia, las parroquias, las comunidades, los consagrados, los obispos, los sacerdotes, todos”.

HOMILIA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
María Fernanda Bernasconi - RV
(from Vatican Radio)

LA BATALLA INTERIOR

La Batalla Interior en Favor de Nuestra Alma

Ron Rolheiser
Trad. Carmelo Astiz, cmf - publicado originalmente Lunes, 11 de julio de 2011
Dos cosas contrarias no pueden coexistir dentro de un mismo sujeto. El filósofo Aristóteles escribió –y parece obvio lo que dice– que algo no puede ser claro y oscuro al mismo tiempo.
Sin embargo, en relación a lo que está sucediendo dentro de nuestras almas, parece que dos cosas contrarias pueden de veras coexistir dentro del mismo sujeto. En cualquier momento dado, dentro de nosotros mismos somos una mezcla de luz y de oscuridad, de sinceridad e hipocresía, de altruismo y egoísmo, de virtud y vicio, de gracia y pecado, de santo y pecador. Como solía afirmar Henri Nouwen: Queremos ser grandes santos, pero por otra parte no queremos perdernos ninguna de las sensaciones que experimentan los pecadores. Y así nuestras vidas no resultan sencillas; se nos complican.
Vivimos, a la vez, con la luz y con la oscuridad en nuestro interior y parece que, durante largos períodos, los dos contrarios coexisten en efecto dentro de nosotros. Nuestras almas son como un campo de batalla en el que el altruismo y el egoísmo, la virtud y el pecado se disputan el dominio. Pero, con el tiempo, uno u otro comenzará a dominar y a esforzarse por eliminar al otro. Por eso San Juan de la Cruz toma este dicho filosófico y lo usa para enseñarnos una lección clave sobre cómo lograr la pureza de corazón y la pureza de intención en nuestra vida. Porque los contrarios no pueden coexistir en nuestro interior,hay algo vital que debemos hacer. ¿Qué?
Necesitamos orar regularmente.
Dos contrarios no pueden coexistir en nosotros; por tanto, si sostenemos auténtica oración en nuestra vida, andando el tiempo la sinceridad eliminará la hipocresía, el altruismo eliminará el egoísmo, y la gracia eliminará el pecado.
Si mantenemos auténtica oración, no caeremos nunca durante largo tiempo en racionalización moral. Si sustentamos auténtica oración en nuestra vida, nunca nos volveremos tan ciegos con respecto a nuestro pecado que comencemos a tener en nuestra vida áreas moralmente exentas. Siendo fieles a la oración nos aseguraremos de que nunca viviremos, con largo alcance, una vida doble, porque lo que la oración nos proporciona, una genuina presencia de Dios, no coexistirá pacíficamente con el egoísmo, la racionalización, el autoengaño y la hipocresía. Dicho sencillamente, en algún momento de nuestra vida, o dejaremos de orar o bien dejaremos nuestra mala conducta. No podremos vivir con ambos contrarios en nuestro interior.
Nuestro mayor peligro es, pues, dejar de orar.
Y este consejo es eminentemente práctico: No siempre podemos controlar cómo nos sentimos ante las cosas. No siempre podemos controlar cuándo y cómo seremos tentados. Y nadie tiene la fuerza necesaria para no caer nunca en pecado. Nuestra incapacidad para realizarnos plenamente en el ámbito moral nos deja siempre lejos de la santidad plena. Hay cosas que nos sobrepasan.
Pero hay algo que podemos controlar, algo que va más allá de los caballos salvajes de la emoción y de la tentación. Estamos acaparados y asediados por muchas cosas, pero, con fuerte voluntad y deliberación, con disciplina y resolución, podemos acudir regularmente a la oración. Podemos hacer de nuestra oración personal una disciplina regular en nuestra vida. Podemos comprometernos a crear y mantener el hábito de oración personal. Y, si hacemos esto, sin considerar el hecho de que tendremos que trabajar durante largos períodos de sequedad y aburrimiento, finalmente lo que esa oración aporte a nuestra vida eliminará nuestros malos hábitos, nuestra racionalización y nuestros pecados. Repetimos: Dos cosas contrarias no pueden coexistir dentro del mismo sujeto. Finalmente,o bien dejaremos de orar o renunciaremos a nuestro pecado y a nuestra racionalización. Nadie puede estar rezando auténticamente de forma regular y al mismo tiempo ser ciego a su propia maldad.
Nuestra tarea consiste, pues, en mantener la oración personal como un hábito en nuestra vida, aun cuando no tengamos ni la actitud ni el valor para ver y para confrontar todos los dobles estándares y puntos ciegos en nuestra vida. Lo que la oración proporciona a nuestras vidas, con frecuencia más imperceptible que visible, finalmente eliminará (“cauterizará”, diría San Juan de la Cruz) tanto nuestro pecado como nuestras racionalizaciones sobre el mismo.
Esto es semejante a lo que Ronald Knox enseñó alguna vez sobre la Eucaristía. Para él, la Eucaristía es el ritual singular, vital y permanente en la vida cristiana. ¿Por qué? Porque Knox creía que, como cristianos, nunca hemos vivido realmente según lo que Cristo pide de nosotros. Nunca hemos amado realmente a nuestros enemigos, ni ofrecido la otra mejilla, ni bendecido a los que nos calumniaron, ni vivido plenamente vidas santas o perdonado a los que nos ofendieron. Pero, según él propone, hemos sido fieles a Cristo de una manera especial: Hemos sido fieles en celebrar la Eucaristía, siguiendo aquella orden de Jesús.
Justo antes de dejarnos, Jesús nos dejó el tesoro de la eucaristía y nos pidió que siguiéramos celebrándola hasta su regreso. Durante dos mil años, a la espera de ese su regreso, hemos sido fieles cumpliendo ese mandamiento, sin considerar lo infieles que hemos sido de otras maneras. Hemos seguido celebrando la Eucaristía, y, al fin y al cabo, ésa ha sido la única cosa, más que cualquier otra, que nos ha convocado de nuevo, una y otra vez, a la fidelidad.
El hábito de la oración personal hará lo mismo en favor nuestro. Ya que dos cosas contrarias no pueden coexistir dentro del mismo sujeto, finalmente o dejamos de orar o dejamos de pecar y racionalizar. ¡El mayor peligro moral en nuestra vida consiste en que, lamentablemente, dejemos de orar!
Fuente Ciudad Redonda

RESONAR DE LA PALABRA - 26 de Junio de 2015

Evangelio según San Mateo 8,1-4.
Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud.
Entonces un leproso fue a postrarse ante él y le dijo: "Señor, si quieres, puedes purificarme".
Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Lo quiero, queda purificado". Y al instante quedó purificado de su lepra.
Jesús le dijo: "No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio".

COMENTARIO
Estimados hermanos y hermanas en Cristo:
¡Paz y bien!

El relato evangélico de la curación del leproso se desarrolla en tres momentos: la solicitud de ayuda del enfermo, la respuesta de Jesús y las consecuencias de la curación. Ante la petición humilde y confiada del leproso, Jesús responde con gestos y palabras: “Extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero, queda limpio.»” (Mt 8,3). Jesús no se sitúa a una distancia de seguridad sino que se expone al contagio. Toca al leproso. Si el mal es contagioso, el bien también lo es. Y esa fue la consecuencia que produjo ese tocar al leproso: Jesús no se contagió de la lepra que excluía sino que contagió al leproso con la cura de la compasión.

Unos cuantos siglos más tarde, san Francisco de Asís repitió el mismo gesto cuando se encontró con un leproso. Entre las muchas experiencias que pasó en su juventud, el encuentro con el leproso, aunque no fue un momento fácil, fue el que tuvo más influencia en el proceso de su conversión. Llegar a tener el coraje de acercarse a los leprosos, de tocarlos, de cuidarlos, fue sin duda el punto culminante de un largo camino de transformación en la vida del joven de Asís. Él mismo lo relata en su testamento: “Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo” (Testamento 1-3). Francisco aprendió a tocar con amor la carne sufrida y excluida de los leprosos.

Muchas veces la Iglesia pone obstáculos en la vida de las personas, excluyéndolas de la participación plena en la vida de la Iglesia por tener “lepras morales”. En el Evangelio de hoy vemos que Jesús no sólo deja que un leproso se le acerque. Jesús además le toca, toca su misma vida, transformándola del todo. Para Jesús no hay barreras sanitarias, morales, éticas ni religiosas. Porque el amor rompe todos los muros que nos separan.

Pidamos este día la gracia de romper las barreras que nos distancian de los demás y que aprendamos a tocar la carne dolorida de tantos hermanos y hermanas que padecen la lepra de la indiferencia y la marginación.

¡Que tengan un buen día!

Buen día, Espíritu Santo!

¡Buen día, Espíritu Santo!
La gracia me ha hecho descansar en el Corazón del Hijo,
la gracia me pone ante Ti para implorarte ¡Ven, lléname!
Aunque nunca te hallas marchado,
aunque siempre te estés derramando... ¡Ven!
Tú eres mi único Consolador.
Tú eres el único que me conduce a la Verdad.
Tú eres quien revela al Padre y al Hijo.
Ven y equilibra mis sentires cuando lo confuso quiere ganar terreno.
Ven como viento impetuoso que barre toda escoria.
Sopla tu Aliento y llena de vitalidad todo mi ser.
Gracias porque mi horfandad en Ti se vuelve riqueza,
y mis miserias tu gracia las envuelve de misericordia.
Hágase en mi,
en nosotros,
en todos... la Voluntad Amorosa del Padre.
¡Amén!


TU REINO ENTRE NOSOTROS

Jesús extendió la mano y lo tocó, diciéndole: “Sí quiero, queda curado”Mateo 8, 2-3
El Señor hizo muchísimos milagros y portentos que eran señales poderosas de que él actuaba con la fuerza de Dios, para que cuantos las vieran creyeran en él y en su palabra y se salvaran.

La lepra es una enfermedad contagiosa cuando el paciente no recibe oportunamente el tratamiento debido. En la antigüedad, los leprosos sufrían el horror de esta enfermedad incurable, y la humillación de ser condenados a vivir completamente marginados de las comunidades. ¡Cuánto debe haberse alegrado el leproso de este Evangelio cuando creyó que Jesús podía curarlo!

Una chispa de fe brotó en su corazón cuando se arrodilló a los pies de Cristo, reconociendo así que Jesús era digno de gran honor y respeto. Abatido por el continuo sufrimiento que padecía, pidió tímidamente: “Señor, si quieres, puedes curarme.” La respuesta de Jesús puso de relieve el gran amor de Dios a su pueblo: Estiró la mano, lo tocó y el leproso sanó instantáneamente.

En el Evangelio se ve claramente que “la lepra” es también una alusión al pecado, que contagia, corrompe y destruye el alma humana. En tal sentido, todos tenemos algo de “leprosos.” Por eso, cuando llega el momento del arrepentimiento, el momento de la confesión sacramental, es preciso deshacerse del pasado, de las lacras que infectan nuestro Cuerpo y nuestra alma. No lo dudemos: pedir perdón es un gran momento de iniciación cristiana, porque es cuando se nos quita la venda de los ojos.

Lo bueno es que el amor y la misericordia del Señor son eternos, y él continúa haciendo curaciones milagrosas entre su pueblo, como lo atestiguan miles y miles de personas que se han sanado en santuarios marianos, misas de sanación, o incluso recibiendo la Sagrada Eucaristía. Como dice la Escritura, “Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hebreos 13, 8) y él sigue demostrando su amor, su compasión y su deseo de salvar a todo su pueblo en cuerpo y alma, y lo hace sin reprocharnos nada. Lo único que nos pide es que nos mantengamos unidos a él por la fe y los sacramentos.
Te doy gracias, Padre santo por la obra sanadora de tu Hijo Jesús, que me demuestra que tu Reino está presente en medio de nosotros. Abre mis ojos, Señor, para que yo pueda ver lo que tú quieres enseñarme.”
fuente Devocionario Católico La Palabra entre nosotros 

¡Quiero, queda limpio!

Benedicto XVI, papa 2005-2013
Encíclica «Spe salvi», 36
     De la misma manera que el obrar, también el sufrimiento [bajo todas sus formas] forma parte de la existencia humana. Éste deriva, por una parte, de nuestra finitud y, por otra, de la gran cantidad de culpas acumuladas al largo de la historia, y que sigue creciendo sin cesar hasta el momento presente.
Ciertamente que conviene hacer todo lo posible para atenuar el sufrimiento; impedir, en la medida de lo posible, el sufrimiento de los inocentes; calmar los dolores, ayudar a superar los sufrimientos psíquicos. Todo esto son deberes tanto de la justicia como del amor y forman parte de las exigencias fundamentales de la existencia cristiana y de toda vida verdaderamente humana. En la lucha contra el dolor físico se ha llegado a grandes progresos, pero en el curso de los últimos decenios ha aumentado el sufrimiento de los inocentes y también los sufrimientos psíquicos.
Sí, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para aliviar el sufrimiento, pero eliminarlo completamente del mundo no forma parte de las posibilidades humanas, simplemente porque no podemos sustraernos de nuestra finitud y porque nadie de entre nosotros es capaz de eliminar el poder del mal, de la falta, que, como vemos, es constantemente fuente de dolor. Sólo Dios podría llevarlo a cabo: y sólo un Dios que entra personalmente en la historia haciéndose hombre y sufre en ella. Nosotros sabemos que este Dios existe y que, por tanto, este poder que «quita el pecado del mundo» (Jn 1,29)  está presente en el mundo. Por la fe en la existencia de este poder, la esperanza de que el mundo pueda ser curado, ha aparecido en la historia.

jueves, 25 de junio de 2015

LA IMPRESIÓN NO ES LO QUE CUENTA

Hay quienes tienen por costumbre mencionar a personas importantes que conocen, aunque el contacto sea o haya sido muy circunstancial, para impresionar o suscitar respeto entre sus amistades. Es una tentación en la que posiblemente casi todos caigamos alguna vez.

En el Evangelio de hoy, el Señor deja en claro que estas prácticas no le impresionan. El Señor quiere tener una relación personal y verdadera con cada uno de sus fieles; quiere que lo conozcamos directamente, como él nos conoce a nosotros. Incluso si estamos muy ocupados trabajando para él —ya sea en el hogar, la parroquia o un apostolado laico— el Señor quiere que nos acerquemos cada vez más a él de corazón. Jesucristo no quiere que seamos sólo servidores suyos, sino amigos.

Entonces, ¿qué significa conocer a Cristo? ¿Cómo se logra una relación personal con el eterno Hijo de Dios? En realidad no es tan complicado ni misterioso como parece. Es similar a la manera como uno forja una amistad con otra persona: dedicándole tiempo, conversando, escuchándole y aprendiendo a confiar en él. Le cuentas tus secretos y dejas que él vea lo mejor y lo peor que hay en ti.

No te dejes atemorizar por las palabras del Evangelio de hoy. El Señor quiere que lo conozcamos personalmente, pero no nos va a abandonar si nuestra relación con él no es tan profunda ni tan perfecta como la de los grandes santos. En lugar de preocuparte de que Jesús te vaya a decir “jamás te conocí”, hazte el propósito de conocerlo mejor tú a él.

Así pues, sea como sea tu vida con Jesús ahora, trata de profundizarla un poquito más. Lee la Palabra de Dios en la Biblia diariamente y trata de escuchar la voz suave y susurrante del Señor. Escribe lo que te parezca que él te dice y dedica tiempo a conversar con él. Cuéntale cómo ha sido tu día y cuáles son tus esperanzas y tus inseguridades y pon atención para ver si percibes la guía o la consolación que él quiera darte. De este modo, invirtiendo tiempo y esfuerzo en la relación con el Señor, estarás edificando tu casa sobre una base sólida que será capaz de resistir cualquier tormenta, por violenta que sea.
“Amado Señor; quiero conocerte personalmente cada vez más y que tú me conozcas a mí. Ayúdame, Señor, a acercarme a ti y confiar cada vez más en tu amor.”

¿Cuándo debo decir "no"?





Quien no sigue su camino sin saber por dónde no debe ir correr un enorme riegos de perderse!


Un camino es seguro no solamente cuando se sabe dónde ir, pues, caminos errados nos llevan lejos demás. Peor aún es cuando no se tiene consciencia de lo que sucede.
Una sugerencia delicada: procura hacer una lista de los "no" que deben ser dichos, aquellos que ya debería hacer sido hablados, aquellos olvidados y los más sinceros.
Será un actitud valiente e innovadora!

Con oración oraciones,
Ricardo Sá!


DESPIERTA TU QUE DUERMES

Filomeno de Mabboug (¿-c. 523), obispo de Siria 
Homilía 1, 4-8
“Despierta tú que duermes” (Ef 5,14)
    El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, es como aquel hombre sensato que edificó su casa sobre roca. “(Mt 7,24) Según nos dice nuestro Maestro, debemos no sólo escuchar la palabra de Dios, sino conformar nuestra vida a ella... Escuchar la ley es cosa buena porque nos incita obrar la virtud. Hacemos bien en leer y meditar las Escrituras porque así nos purifica el fondo de nuestra alma de los pensamientos malos.
    Pero leer, escuchar y meditar asiduamente la palabra de Dios sin ponerla en práctica es una falta que el Espíritu de Dios ha condenado por adelantado...Incluso ha prohibido al que está en estas disposiciones tomar los libros santos en sus manos. Dios declara al impío: “¿Por qué recitas mis preceptos, y tienes siempre en tu boca mi alianza, tú que detestas la instrucción y no tienes en cuenta mis palabras?” (Sal 49,16-17)...Aquel que lee asiduamente las Escrituras sin ponerlas en práctica encuentra su acusación en su lectura; merece una condena tanto más grave cuanto que desprecia y desdeña cada día lo que oye y lee diariamente. Es como un muerto, un cadáver sin alma. Miles de trompetas y coros ya pueden sonar a los oídos de un muerto, no los sentirá. Así mismo, el alma que está muerta por el pecado, el corazón que ha perdido la memoria de Dios, no oye el sonido ni los gritos de las palabras divinas y la trompeta de la palabra espiritual no le llega; esta alma está sumida en el sueño de la muerte...

    Es pues necesario que el discípulo de Dios guarde firmemente en su corazón la memoria de su Maestro, Jesucristo, que piense en él día y noche.

RESONAR DE LA PALABRA - 25 junio 2015


Evangelio según San Mateo 7,21-29.
Jesús dijo a sus discípulos:
"No son los que me dicen: 'Señor, Señor', los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.
Muchos me dirán en aquel día: 'Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?'.
Entonces yo les manifestaré: 'Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal'.
Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca.Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.
Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena.
Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande".
Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, la multitud estaba asombrada de su enseñanza,
porque él les enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas.


COMENTARIO
Eguione Nogueira cmf

Estimados hermanos y hermanas en Cristo: ¡Paz y bien!

En las estanterías de las librerías es fácil encontrar abundantes libros de autoayuda llenos de recetas para ser feliz. El sociólogo Zygmunt Bauman propone dos valores básicos para ser feliz: la seguridad y la libertad. Para Bauman “nadie consigue ser feliz y tener una vida digna cuando falta uno de ellos. Seguridad sin libertad es esclavitud. Libertad sin seguridad es el caos total.” Vivimos un momento en que muchos rechazan cualquier discurso de tipo doctrinal porque parece que es contrario a la libertad. Otros, por el contrario, se agarran a una doctrina buscando seguridad en un mundo de incertezas. Sin caer en radicalismos, el Evangelio nos ofrece una doctrina segura sin privarnos de la libertad. Podríamos decir que es una doctrina que libera, al contrario de muchas doctrinas que son fuente de alienación.

El evangelio de hoy dice que “al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza” (Mt 7,28). Es la conclusión del conocido como Sermón de la Montaña, que ocupa tres capítulos enteros de Mateo (5-7). De los evangelios de estos días pasados, las Bianventuranzas, que están al inicio del discurso, ocupan un lugar destacado pues son una especie de autorretrato de Jesús. Es un camino seguro en el que a lo largo de la historia muchos hombres y mujeres han encontrado la plenitud de la vida.

A diferencia de los escribas y fariseos, la doctrina de Jesús no estaba centrada en la observancia de las normas rituales ni de los preceptos religiosos sino en la invitación a seguirle y a participar de su vida. O lo que es lo mismo, a que la persona se adhiera al proyecto del Reino. Es una doctrina con la que sus oyentes se identificaron porque les hablaba al corazón. Las palabras de Jesús llegaban a los oídos de la gente que sufría como una voz liberadora. Eran el susurro de Dios que quería romper el yugo de toda esclavitud, haciendo las relaciones entre las personas más fraternas. Eran un camino seguro por donde podían llevar sus vidas porque defendían la dignidad de toda persona humana.

Hagamos de ese discurso nuestro proyecto de vida y veremos que aquella multitud tenía razón cuando decía que Jesús hablaba con autoridad. No tengamos duda, el Evangelio es una roca firme sobre la que podemos construir nuestra existencia.

¡Que tengan un buen día!

Buen día, Espíritu Santo!

¡Buen día, Espíritu Santo!
Al amanecer clamamos una nueva efusión de Tu Gracia.
¡Ven y llénanos de Ti!
Que Tu sombra nos cubra
y se derrame sobre nosotros
Tu Sabiduría y Consuelo.
Que seamos llenos de Tu Amor y,
en el seno de Tu Santidad... ¡seamos santos!
Engendra Vida en nosotros
Que en el caminar de ésta jornada encontremos
alegría y certeza: ¡Eres un Dios siempre presente!



Personas diferentes me asustan ¿qué hago?

La mayoría de nosotros pierde inimaginables y riquísimas oportunidades simplemente porque resuelve apartarse de lo desconocido; y eso incluye a las personas también.
Sólo por hoy, experimente aproximarse de quien, por mil razones, le causa algún tipo de aversión, miedo y le retira de una específica zona de confortabilidad. Experimenta, alarga tus horizontes y las relaciones también. Quien todavía no experimentó eso, no sabe lo que se está perdiendo.
Quien se arriesgó, al menos un poquito, ya descubrió que el mundo es mucho mayor y más bonito!

Con oraciones,
Ricardo Sá.

Una marca para la vida

"El vaciamiento del amor conyugal difunde resentimiento en las relaciones. Y a menudo la desunión “cae” encima de los hijos.Los hijos.Quisiera detenerme un poco sobre este punto.A pesar de nuestra sensibilidad aparentemente evolucionada, y de todos nuestros refinados análisis psicológicos, me pregunto si no nos hemos anestesiado también con respecto a las heridas del alma de los niños. Cuanto más se trata de compensarles con regalos y dulces, más se pierde el sentido de las heridas – más dolorosas y profundas – del alma.Hablamos mucho de trastornos del comportamiento, de salud psíquica, de bienestar del niño, de ansia de los padres y de los hijos. ¿Pero sabemos todavía qué es una herida del alma? ¿Sentimos el peso de la montaña que aplasta el alma del niño en las familias cuyos miembros se tratan mal y se hacen mal, hasta romper el vínculo de fidelidad conyugal?¿Qué peso tiene, en nuestras elecciones –elecciones equivocadas, por ejemplo– qué peso tiene el alma de los niños? Cuando los adultos pierden la cabeza, cuando cada uno piensa sólo en sí mismo, cuando papá y mamá se hacen mal, el alma de los niños sufre mucho, experimenta un sentimiento de desesperación. Y son heridas que dejan una marca para toda la vida."
Papa Francisco


HERIDAS QUE SE DESCUIDAN

"Sabemos bien que en ninguna historia familiar faltan momentos en los cuales la intimidad de los afectos más queridos es ofendida por el comportamiento de sus miembros. Palabras y acciones ¡y omisiones! que en vez de expresar amor, lo quitan o, peor todavía, lo mortifican.Cuando estas heridas, que son todavía remediables se descuidan, empeoran: se transforman en prepotencia, hostilidad, desprecio. Y en este punto pueden transformarse en laceraciones profundas que dividen al esposo y la esposa, e inducen a buscar en otro lado comprensión, apoyo y consuelo.
Pero a menudo estos “apoyos” no piensan en el bien de la familia!"
Papa Francisco.

BRILLAR

"Es fácil obedecer a Dios cuando las cosas van bien, cuando comprendemos lo que está sucediendo o cuando Dios quiere lo mismo que nosotros queremos. Solamente cuando necesitamos avanzar sin tener todas las respuestas, cuando parece que la vida se descarriló, y Dios nos pide algo que no deseamos es que notamos que obedecer puede ser como un fuego que ilumina, calienta, pero también quema. Quemar recuerda desgaste, sufrimiento y a nadie le gusta sufrir. Pero, ¿qué es desgastarse para hacer la voluntad de Dios? ¿Qué es dejarse consumir?"
Extraído de "Dones de Fe y milagros"Marcio Mendes.

miércoles, 24 de junio de 2015

Oración a san Juan Bautista

«Entre los nacidos de las mujeres ninguno mayor que Juan Bautista»; 
suplica al Señor que: 
por tu penitencia me haga mortificado, 
por tu soledad, recogido, 
por tu silencio, callado, 
casto por tu virginidad, 
espiritual por tu contemplación, 
e invencible a mis pasiones 
por la victoria que tu alcanzaste de tus enemigos, 
para que logre verte en la patria eterna. 
Amén.


dibujo: Leonan Faro

Crece dentro de mi


El niño se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo. (Lucas 1, 80)
San Juan Bautista tuvo sin duda ciertos atributos muy impresionantes. Pero algo que lo distingue principalmente es que, incluso antes de nacer, brincó de gozo ante la presencia de la Virgen María, que en su seno llevaba a Jesús. Imagínese: era un bebé aún no nacido, incapaz de saber lo que sucedía en el exterior, pero aun así el dulce sonido del saludo de María a Isabel lo llenó del Espíritu Santo y le hizo saltar de alegría.

Esta reacción del bebé Juan nos hace recordar a Rebeca, la esposa de Isaac, que también sintió movimientos inusuales de los mellizos que llevaba en el vientre. Rebeca le preguntó al Señor por qué sucedía esto y la respuesta fue que había algo espiritual y profético que acontecía en su interior (Génesis 25, 20-23).

El rey David danzaba de alegría al ver que el Arca de la presencia divina llegaba finalmente a Jerusalén (2 Samuel 6, 14-15). Y el profeta Isaías escribió que en los tiempos venideros, cuando se hiciera manifiesta la gloria del Señor, hasta los cojos saltarían de gozo (Isaías 35, 4-6).

Todas estas manifestaciones demuestran que los seres humanos tenemos algo que nos permite reconocer a Dios, cualquiera sea nuestra condición o actividad. En realidad, es algo que está incorporado en el código genético con que Dios nos creó. Esta capacidad de reconocer al Señor no se limita a los bebés no nacidos ni a los grandes santos. Todos la tenemos, y es algo que el Espíritu Santo quiere vivificar en cada uno de sus fieles, para que también reconozcamos a Jesús con mayor claridad y nos regocijemos en su presencia.

Así pues, ¡saltemos de gozo junto con Juan Bautista! Después de todo, Jesucristo está presente para nosotros con tanta fuerza como lo estuvo para Juan, y más aún, ya que nosotros hemos sido bautizados en su vida resucitada. Hermano, ¡dile a Jesús lo feliz que te sientes de que te haya redimido! Alábalo por su gran misericordia y por su poder sanador. ¡Alégrate de pertenecerle a él y de ser parte de su Cuerpo Místico, la Iglesia!
“Amado Jesucristo, Señor y Salvador mío, me siento lleno de gozo por saber que tú vives en mí. Tu amor es tan poderoso que siento ganas de cantar y bailar en tu presencia.”

DONES DE FE Y MILAGROS - parte III

CUANDO LA FE TRANSFORMA LA VIDA
Parte III


Después de haber convivido y enseñado a sus discípulos, Jesús les dijo: “Si comprendieran estas cosas, serían felices, bajo la condición de practicarlas” cfr. Juan 13,17. Las revelaciones de Dios solo traen felicidad a quien las pone en práctica. Es necesario obedecer para experimentar. No se trata de un simple creer. La fe es algo que compromete a la persona hasta su último pelo. Se trata de poner el corazón en las manos del Padre y al mismo tiempo aceptar toda la verdad que El nos reveló. Es confiar, depender y obedecer a Dios en Jesucristo. Obedecer en fe significa creer que aquello que Dios reveló es verdad y, por esa razón, aceptar hacer lo que Su Palabra nos manda. Entonces, el Espíritu Santo actúa en el hombre para que él sea capaz de abandonar a disposición de Dios todo su pensar y su querer, de forma que hasta la misma inteligencia y la voluntad de la persona cooperen con la gracia divina. Del mismo modo que la fe es don de Dios, ella es también la respuesta que le damos por haberse compadecido de nosotros y venido en nuestro socorro. Es decirle: “Sí, mi Dios, creo en Tu Amor, y acepto, de todo corazón que Jesús me salve, pues yo estaba perdido y era infeliz antes de oír Tu Voz”. Sin la gracia y sin el Espíritu Santo ayudándonos interiormente es imposible creer, pero para creer también es necesario querer. La verdad difícilmente entra en un corazón cerrado. Por eso, el Señor nos dice: “Oye, mi hijo, recibe mis palabras y se multiplicarán los años de tu vida. Es el camino de la sabiduría que te muestro, es por la senda de la rectitud que yo te guardaré. Si en ella caminas no tropezarás. Aférrate a la instrucción, no la sueltes, guárdala, porque ella es tu vida. En el camino de los impíos no te adentres, no sigas por el camino de los malos. Evítalo, no pases por él, desvíate y toma otro camino, porque ellos nos dormirán sin antes haber practicado el mal, no conciliarán el sueño si no hubiesen hecho caer a alguien, tanto más que la maldad es el pan que comen y la violencia el vino que beben. Pero la vereda de los justos es como la aurora, cuyo brillo crece hasta la plenitud del día. El camino de los inicuos es tenebroso, no perciben aquello en que han de tropezar. Mi hijo, oye mis palabras, inclina tu oído a mis discursos. Que ellos no se aparten de tus ojos, consérvalos en lo íntimo de tu corazón, pues son vida para aquellos que los encuentran, salud para todo el cuerpo. Guarda tu corazón por encima de todas las otras cosas, porque de el brotan todas las fuentes de vida. Preserva tu boca de la malignidad, lejos de tus labios la falsedad! Que tus ojos vean de frente y que tu vista perciba lo que hay delante de ti! Examina el camino donde colocas los pies para que sean siempre rectos! No te desvíes ni para la derecha ni para la izquierda, y retira tu pie del mal”. Pe 4,10-27

La Palabra de Dios hace bien a los que se ocupan de ella. “Oye, obedece, mis palabras y los años de tu vida se multiplicarán”, garantiza el Señor. En otras palabras, la Sagrada Escritura esta asegurándote que si obedeces a Dios nada te podrá detener, y serás guiado de forma que los obstáculos no bloqueen tu camino. Mientras tanto, para que eso suceda es necesario que tengas disciplina; y para tenerla es necesario escuchar y obedecer como discípulo. Son dos palabras que vienen de la misma raíz por eso ellas se parecen. ¿Quién es el “discípulo”? Es aquel que acepta la “disciplina”. Sin dedicarse nadie mejora, nadie crece, nadie se vuelve agradable a Dios. La persona disciplinada invierte en la propia vida y, ciertamente, se aproximará de todos sus objetivos. Pero quien no se corrige es siempre una presa fácil de las seducciones de una vida fácil. Cualquier propuesta apetitosa, aunque errada, lo desvía de sus metas. El camino errado siempre se presenta como un atajo, es atrayente y promisorio. Es la puerta de la cual Jesús habla (cfr. Mt 7,13) Al contrario de lo que aparenta, es un camino tenebroso que te hará tropezar. Pero, aquel que sigue lo que Dios le muestra y percibe por donde va, es siempre iluminado; y el mismo se vuelve una luz. Su brillo atraerá a otras personas para Cristo. Muchos verán su ejemplo y lo seguirán como todos siguen a aquel que en lo oscuro carga una vela. Pero brillar cuesta caro. La luz solo brilla a costa de aquello que ella consume. Una vela no produce luz si no es encendida. Ella necesita quemarse para brillar. También nosotros no podremos ayudar a otros si no nos consumimos, sin que eso nos cueste algo. Es fácil obedecer a Dios cuando las cosas van bien, cuando comprendemos lo que está sucediendo o cuando Dios quiere lo mismo que nosotros queremos. Solamente cuando necesitamos avanzar sin tener todas las respuestas, cuando parece que la vida se descarriló, y Dios nos pide algo que no deseamos es que notamos que obedecer puede ser como un fuego que ilumina, calienta, pero también quema. Quemar recuerda desgaste, sufrimiento y a nadie le gusta sufrir. Pero, ¿qué es desgastarse para hacer la voluntad de Dios? ¿Qué es dejarse consumir?

Tenemos la tendencia de creer que somos útiles cuando somos fuertes y podemos hacer algo por los otros. Por ejemplo, si precisamos por causa de un sufrimiento o de una dolencia, abandonar nuestras obligaciones, corremos el riesgo de quedar tristes y no sentirnos inútiles. Es justamente en esa hora que debemos mantenernos firmes y unidos a Dios. Si tenemos paciencia y fuésemos obedientes al Padre, seremos una bendición todavía mayor para las personas en nuestro tiempo de sufrimiento y dolor, mayor que en los días en que pensábamos estar rindiendo al máximo en nuestros trabajos.

Ser fiel en los momentos dolorosos y difíciles; mantener la determinación cuando todo el mundo ya desistió y ni siquiera le importa; eso sí, arde como el fuego. Pero si queremos brillar e iluminar otras vidas, necesitamos quemarnos y consumirnos para no desviarnos del bien y de la verdad, para no desviarnos de Dios en un momento de oscuridad y revuelta. El ser humano, para ser luz, necesita estar unido a Dios en su amor por los hombres. Tendrá que hacer sacrificios y desdoblarse para ayudar a los otros. Muchos quieren brillar, pero sin quemarse, quieren vencer, pero sin luchar. Se olvidan que antes que el triunfo viene la renuncia, la entrega y la cruz. La victoria de mañana tiene sus raíces en el sufrimiento de hoy. Sin esfuerzo no se puede triunfar. Sin dedicarse nadie obtiene éxitos. Pero una cosa el Espíritu Santo nos asegura: los que son fieles inclusive en medio de los sufrimientos recibirán de Dios la vida y hasta la misma salud para todo su cuerpo. (cfr. Pe 4,22) Las fuerzas que recibimos del Espíritu Santo no son concedidas para huir de los conflictos de este mundo real en que vivimos, para un mundo de espiritualidad alineado y fantasioso, sino para testimoniar en medio de las tribulaciones y de las desavenencias del día a día que Jesús es el Señor que nos libera. Y aquel que fue socorrido por Dios debe seguir el ejemplo del Señor y socorrer a su prójimo.

Hay un tipo de alivio que solo conseguimos cuando aprendemos a sosegar, pero este sosiego no viene solo sin que nada hagamos. Para encontrar alivio y poder descansar el corazón, es necesario ayudar a los otros. Si quisiéramos ser libres, tenemos que aprender a liberar a las personas. Y quien quiere tener paz tendrá que aprender a dejar a los otros en paz.

Eso quiere decir perdonar la ofensa y muchas veces también las deudas. Obedece a Dios quien actúa así.

El Padre de los Cielos, cuando nos pide obediencia tiene en vista nuestro bien. El quiere educarnos. La palabra educar, del latín “educare”, significa hacer brotar lo mejor, lo más dulce y provechoso que la persona trae dentro de sí. Para hacer brotar la dulzura de la caña de azúcar es necesario molerla. Es necesario apretar, exprimir la naranja para disfrutar de su delicioso jugo. El Señor aprovecha los sufrimientos que nos angustian para convertirnos en una persona mucho mejor. Es impresionante como en las manos de Dios los sufrimientos más amargos son responsables de producir los corazones más dulces y tiernos. No tengamos miedo de sufrir para mantener la fe. Si nos sentimos molidos como una caña de azúcar o exprimidos como una naranja, recordemos que, en Dios, eso no nos llevará a la muerte, sino que traerá salud y vida. La fe es la convicción de que Dios va a honrar lo que Jesús nos prometió y actuará conforme a sus palabras.

La fe en Dios es diferente de creer en alguna cosa o en una persona humana. No es creer en algo, sino confiar en aquel que Dios envió, es entregarse a Jesús sin reservas ni negociaciones. Mas que creer como verdaderas ciertas cosas que no conseguimos entender, fe es tener confianza en Dios, colocarse en las manos de Él y aceptar con coraje y amor el camino de la felicidad que El nos trajo. No se trata de una intuición, un sentimiento o una emoción. Es un compromiso con Dios que toca a la persona de una punta a otra de su ser. Desde lo más íntimo a lo más superficial. La fe necesita ser tan profunda y enraizada en el corazón cuanto manifestarse por fuera en todas nuestras actitudes. Fue lo que llevó a Pablo a decir: “Por lo tanto, si con tu boca confiesas que Jesús es el Señor, y si con tu corazón creer que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” Es creyendo con el corazón que se obtiene la justicia, y es profesando con palabras que se llega a la salvación” cfr. Rom 10.9-10

¿Qué es lo que hay de más intimo y secreto para el hombre en su corazón? ¿Y qué es lo que hay de más manifiesto que sus palabras? Cuando la fe es verdadera, ella nos hace vivir de manera coherente con aquello en que creemos. Ella transforma nuestros modos de proceder a tal punto que nos volvemos capaces de asumir compromisos nuevos y difíciles por amor a Dios y a nuestro prójimo. Si aquello que llamamos fe no nos lleva a tomar una actitud, es porque no es fe. De que aprovecha a alguien decir que cree si eso no lo lleva a actuar? ¿Acaso esa fe podrá salvarlo? (cfr. Sant 2,14) La fe que no presenta señales y no se vuelve evidente es como un árbol de plástico: basta llegar cerca de él para ver que es falso. Puede parecerse a uno verdadero en todo, pero jamás podrá dar ni siquiera un fruto. Del mismo modo que un cuerpo sin alma está muerto, la fe sin obras también está muerta.


Del libro: “Dons de Fé e Milagres”
Márcio Mendes
Editorial Cançao Nova
Adaptación Del original em português.

FUERTE PERO DERROTADO

Quien se cree fuerte por sí mismo
es un hombre derrotado
No podemos dar un paso en la vida cristiana sin la ayuda del Señor, porque somos débiles. Y aquel que está de pie, esté atento a no caer



"Hay que ser fuertes para perdonar, pero esta fortaleza es una gracia que nosotros debemos recibir del Señor porque somos débiles" Fue lo que indicó el Papa Francisco durante la homilía de la Misa celebrada en la Capilla de Santa Marta, en la que el Santo Padre destacó que quien se cree fuerte, quien se cree capaz de desenvolverse sólo por lo menos es ingenuo.

El que crea en sus propias fuerzas en un hombre derrotado

Sin la ayuda del Señor no podemos dar un paso. Somos débiles, resbalamos en los pecados, no podemos ir adelante sin la ayuda del Señor.

Quien se cree fuerte, quien se cree capaz de desenvolverse sólo por lo menos es ingenuo y, al final, sigue siendo un hombre derrotado por tantas, tantas debilidades que lleva en sí mismo. La debilidad que nos conduce a pedir ayuda al Señor puesto que hemos rezado: «En nuestra debilidad nada podemos sin tu ayuda». No podemos dar un paso en la vida cristiana sin la ayuda del Señor, porque somos débiles. Y aquel que está de pie, esté atento a no caer porque es débil”.

También somos débiles en la fe, puesto que todos nosotros tenemos fe, todos nosotros queremos ir adelante en la vida cristiana pero si no somos conscientes de nuestra debilidad terminaremos todos vencidos. Por esta razón es bella aquella oración que dice: "Señor sé que en mi debilidad nada puedo sin tu ayuda".

La verdadera oración se pronuncia desde el corazón

Jesús enseña a orar, pero no como los paganos que pensaban ser escuchados a fuerza de palabras. Por ejemplo, la madre de Samuel pedía al Señor la gracia de tener un hijo rezando, moviendo apenas los labios. A la vez que el sacerdote que estaba allí, la miraba y creía que ella estaba borracha por lo que le hizo un reproche.

Sólo movía los labios porque no lograba hablar… Pedía un hijo. Así se reza ante el Señor. Y la oración, puesto que nosotros sabemos que Él es bueno y sabe todo de nosotros y sabe las cosas de las que tenemos necesidad, comenzamos a decir aquella palabra: «Padre», que es una palabra humana, ciertamente, que nos da vida, pero en la oración sólo podemos decirla con la fuerza del Espíritu Santo”.

Comencemos la oración con la fuerza del Espíritu que reza en nosotros, rezar así, sencillamente. Con el corazón abierto ante la presencia de Dios que es Padre y sabe, sabe de qué cosas nosotros tenemos necesidad antes que las digamos.

El perdón es una gran fortaleza

Jesús enseñó a sus discípulos que si ellos no perdonaban las culpas de los demás, ni siquiera el Padre los perdonaría a ellos. Sólo podemos rezar bien y decir «Padre» a Dios si nuestro corazón está en paz con los demás, con los hermanos. "Pero, padre, éste me ha hecho esto; éste me ha hecho esto y me ha hecho aquello..." «Perdona. Perdona, como Él te perdonará». Y así la debilidad que nosotros tenemos, con la ayuda de Dios en la oración se transforma en una fortaleza porque el perdón es una gran fortaleza.

Hay que ser fuertes para perdonar, pero esta fortaleza es una gracia que nosotros debemos recibir del Señor porque somos débiles.

- Papa Francisco
Homilía en Santa Marta, Ciudad del Vaticano, 18 de Junio de 2015

QUE EL CREZCA...

“Es necesario que él crezca y yo disminuya” (Jn 3,30)
San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
Homilía para el nacimiento de Juan el Bautista

El nacimiento de Juan y el de Jesús, y sus correspondientes Pasiones, han marcado la diferencia entre ambos. Porque Juan nace cuando el día empieza a decrecer; Cristo, cuando el día se dispone a crecer. La disminución del día es, para uno, el símbolo de su muerte violenta. Su crecimiento, para el otro, la exaltación de la cruz.

Hay también un secreto sentido que el Señor revela… en referencia a esta frase de Juan sobre Jesús: “Es necesario que él crezca y yo disminuya”. Toda la justicia humana… se había consumado en Juan; dijo de él la Verdad: “Entre los nacidos de mujer, no hay ninguno mayor que Juan, el Bautista” (Mt 11,11). Ningún hombre, pues, es superior a él; pero no era sino un hombre. Ahora bien, en nuestra gracia cristiana, se nos pide de no gloriarnos en el hombre, sino que “si alguno se gloría, que se gloríe en el Señor” (2C 10,17): el hombre, en su Dios; el servidor, en su amo. Es por esto que Juan grita: “Es necesario que él crezca y yo disminuya.” Ciertamente que Dios ni disminuye ni crece en sí mismo, sino en los hombres; a medida que aumenta el verdadero fervor, la gracia divina crece y el poder humano disminuye, hasta que llega a su fin la morada de Dios que está en todos los miembros de Cristo, y donde toda tiranía, toda autoridad, y todo poder, mueren, y donde Dios es todo en todos (Col 3,11).

Juan, el evangelista, dice: “Había la verdadera luz, la que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (1,9): y Juan, el Bautista, dice: “De su plenitud todos hemos recibido” (Jn 1,16). Cuando la luz, que en ella misma es siempre total, crece en el que es iluminado por ella, éste decrece en él mismo cuando deja de tener lo que estaba sin Dios. Porque el hombre, sin Dios, no puede más que pecar, y su poder humano disminuye cuando triunfa en él la gracia divina, destructora del pecado. La debilidad de la criatura cede ante el poder del Creador, y la vanidad de nuestros afectos egoístas se hunden ante el universal amor, mientras Juan, el Bautista, desde el fondo de nuestra miseria, grita a la misericordia de Dios: “Es necesario que él crezca y yo disminuya”.

RESONAR DE LA PALABRA - 24 de Junio de 2015

Evangelio según San Lucas 1,57-66.80.
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo.
Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre;
pero la madre dijo: "No, debe llamarse Juan".
Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre".
Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran.
Este pidió una pizarra y escribió: "Su nombre es Juan". Todos quedaron admirados.
Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.
Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea.
Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.


COMENTARIO
Eguione Nogueira cmf

Estimados hermanos y hermanas en Cristo: ¡Paz y bien!
Hace unos días me reuní con una familia que quería bautizar a su hija. Vi el cuidado con que la trataban. Parecía que estaban llenos de una enorme alegría. Aunque en algunas culturas la decisión de tener un hijo ha pasado de ser regla a excepción, no se puede negar que el nacimiento de un niño transforma la estructura toda de la familia, sobre todo la relación entre los padres. En las familias que desean y preparan el nacimiento de un niño es fácil observar la motivación en la preparación de cada detalle durante los largos meses previos al nacimiento.


El evangelio de Lucas es sensible a esta realidad y narra dos nacimientos: el de Juan Bautista y el de Jesús. Los dos son protagonistas de la historia de salvación. Juan como profeta precursor y Jesús como salvador. El hecho de que Lucas dedicase parte de su relato a narrar los nacimientos de Juan y de Jesús pone de manifiesto que la actuación de Dios comienza en la fragilidad del recién nacido. La historia de salvación está revestida de humanidad. Podemos decir que en cada niño que nace Dios nos confirma que sigue apostando por la humanidad.

El nacimiento de un niño es una explosión de alegría en la vida familiar. Para Isabel y Zacarías el tiempo de la gestación fue un tiempo muy especial: Dios había vuelto a encender la esperanza en aquella pareja de ancianos, “maldecidos” por la esterilidad. Pero Dios fue misericordioso con aquella casa estéril, escuchó sus súplicas y les regaló un hijo. Por eso, Zacarías quiso que su nombre fuese Juan, que significa “Dios misericordioso”.

No es difícil imaginar la alegría de aquella pareja de ancianos en el día del nacimiento de Juan. El mismo Zacarías la expresó diciendo: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo” (Lc 1,68). A Isabel y Zacarías se les presenta como personas llenas del Espíritu Santo (Lc 1,41.67), capaces de llenarse de alegría y de reanimar la llama de la esperanza aunque fuese imposible desde un punto de vista humano.

Pidamos la gracia de ser sensibles a las sorpresas que Dios nos prepara cada día. Porque, incluso de la boca de los niños de pecho, brota la alabanza del Señor (Sal 8,3).

¡Que tengan un buen día!

martes, 23 de junio de 2015

Dos virtudes que todo el mundo tiene. ¡Descúbrelas!

Descubra dos virtudes que todo mundo tieneEl Señor nos dio las virtudes para que pongamos en practica

Me dieron un libro de vida monástica y, poco a poco, fui leyendo para tener noción de que se trataba. Me llamó la atención el hecho de que el autor, que es monje, sostiene que existen dos carismas que Dios dio para todos, y me quede curioso para saber cuales eran ellos. El primero es el carisma de perdonar los errores, las fallas y los pecados de los hermanos; el segundo es la alabanza, es decir, cantar las maravillas de Dios, cantar los grandes hechos de Él.

¡Estos dos carismas parecen cosas contradictorias, y son lo mismo! Por un lado, proclamar las maravillas y los grandes hechos del Señor; por otro, perdonar los errores, las deudas y los pecados de los hermanos.

El autor del libro dice: “Sin estos dos dones básicos, nosotros no abrimos abrimos las puertas a los demás dones del Espíritu Santo”. El Padre Nuestro en latín es: “Perdona nuestras deudas”, es decir, existe una deuda, y es el perdón que salda estas faltas. Es un don de Espíritu Santo: perdonar el deudor.

Quien debe algo, me debe a mí, a la comunidad, a nuestro grupo, debe a la Iglesia y a la sociedad. Lo que él hizo es equivocado. Él tiene una deuda, porque perjudico a alguien. Pero el gran don, que viene derecho de Dios, es el perdón de las deudas y de los deudores, que son nuestros hermanos. Por esta razón, el Señor nos esta llamando a vivir este don de forma especial.


Tu hermano,
Monseñor Jonas Abib
Fundador de la Comunidad Canción Nueva
fuente: Canción Nueva en español

PESADILLAS RECURRENTES

¿Las pesadillas recurrentes
pueden ser ataques espirituales?

Estamos en una batalla espiritual, pero no hay manera de saber cuando una pesadilla tiene causa natural y cuando demoníaca, sólo sospecharlo


Pregunta:

Querido Padre John, cuando era un niño solía tener pesadillas recurrentes sobre serpientes, ratas, perros salvajes y la sensación de estarme asfixiando. Un sacerdote vino a mi casa y le dijo a mi familia que rezáramos todas las noches antes de ir a dormir, y que eso me ayudaría. Funcionó. He leído lo que ha dicho el Padre Fortea sobre esta clase de pesadillas y estoy más convencido de que era eso lo que me pasaba. Realmente me asustó al principio pero ahora me pregunto ¿por qué me pasaba a mí? Y ¿cómo puedo evitar que pase de nuevo? Me vendría bien algo de ayuda con eso. Gracias.

«Aunque no hay manera de saber cuando una pesadilla tiene una causa natural y cuando demoníaca, sólo podemos sospechar que tienen un origen demoníaco cuando hay otros indicios en la vigilia que así lo indican. Hay casos en los que ningún psiquiatra acaba de encontrar causa alguna razonable, ni consciente ni subconsciente, para que una persona normal durante un mes o más sufra todas las noches terrores nocturnos que le hagan despertar empapado en sudor y gritando. Estos periodos de pesadillas intensísimas a veces están ligadas a cosas tales como haber hecho un rito esotérico o a comenzar una vida espiritual más intensa. Aconsejaría en estos casos usar agua bendita y pedir antes de dormir a Dios que nos proteja de cualquier influencia demoníaca durante la noche. Si haciendo eso cesaran las pesadillas de forma absoluta, eso sería un signo de su origen» (Padre Exorcista José Antonio Fortea, en su libro Summa Daemoniaca)

Respuesta del Padre John Bartunek, LC

Quizá nunca lleguemos a encontrar una respuesta específica como porqué sufriste este ataque espiritual, pero no creo que eso deba importarte, una respuesta general es suficiente sobre lo sucedido. Ahora, quiero aclarar tus dudas sobre el pasado y el futuro.

¿Qué sucede con el pasado?

En general sabemos que estamos comprometidos en una batalla espiritual. La tierra, este mundo caído, es realmente un campo de batalla entre el bien y el mal. Y así como Dios y sus ángeles esparcen buenas influencias para ayudarnos espiritualmente, Satanás y sus secuaces están interesados en impedirlo y en distanciarnos de Dios. La mayor parte del tiempo sus ataque simplemente toman la forma de tentaciones. En tu caso, podría ser una distracción el querer saber porqué te sucedieron ciertas cosas en el pasado. De acuerdo con lo que has relatado, pareciera que en realidad no necitas saber eso y que quizá sea irrelevante. Te sugiero que simplemente le preguntes a Dios porque pasaron esas cosas, si Dios en su sabiduría considera que necesitas saberlo, luego de hacer esa plegaria podrás dejar a un lado ese pensamiento, y confiar que Dios se encargará de eso.

¿Y qué ocurrirá en el futuro?

En cuanto a evitar fenómenos similares en el futuro, pienso también que podría ser una distracción. Sabes lo que Dios quiere de ti: que sigas su voluntad, que crezcas en tu amor por Él y por tu prójimo, que evites el pecado, que pongas tu vida y tus talentos al servicio de su Reino, que disfrutes de sus regalos y lo glorifiques respondiéndole con generosidad… Si buscas crecer en tu relación con Dios de manera intencional, amorosa y consciente, no necesitas preocuparte sobre lo que podría o no pasar. Crecerá en tu consciencia que Dios es nuestro Padre, nuestro Buen Pastor que siempre nos acompaña y nos protege, incluso en el medio de una batalla espiritual. Lo que sea que Él permita en nuestras vidas, cae bajo el alcance de su infinita sabiduría, y Él puede traer beneficios de ello, incluso cuando parece difícil o absurdo en el momento. Así que sugiero que sigas el consejo de San Pablo, en cuanto a lo que el futuro puede traer consigo:
“No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús.” (Filipenses 4,6-7)
¡Dios te bendiga!

Traducción al español, modificaciones y adaptación de PildorasdeFe.net del artículo publicado originalmente en SpiritualDirection.Com, Autor: Padre John Bartunek, LC

El ciclo de morir y nacer

CUANDO ALGO ESTA MURIENDO Y ALGO ESTÁ NACIENDO.
A veces los recuerdos de acontecimientos pasados y las fantasías acerca del futuro atraviesan tu corazón, pero estos incidentes dolorosos se han vuelto menos paralizantes, menos amenazantes, menos devastadores. Casi parece que fueran recordatorios de tu necesidad de estar cerca, (muy cerca) de Jesús.
Sabes que algo totalmente nuevo, verdaderamente único está sucediendo dentro de ti. Está claro que algo está muriendo en ti y algo está naciendo. Debes permanecer atento, tranquilo y obediente a tus mejores intuiciones. Sigue preguntándote: ¿qué pasa con las cosas que hice y dije en el pasado? ¿Qué hay de mis numerosas opciones de futuro? De repente te das cuenta de que estas preguntas ya no tienen sentido. En la nueva vida a la que estás ingresando ya no surgirán. Los decorados del escenario que por tanto tiempo configuraron el fondo de tus pensamientos, palabras y acciones están siendo retirados lentamente y sabes que no volverán.
Sientes una extraña tristeza. Emerge una enorme soledad, pero no estás asustado. Te sientes vulnerable pero a salvo al mismo tiempo.
Jesús está donde estás tú y puedes confiar en que te indicará el próximo paso.”
HENRI NOUWEN

El camino que lleva a la vida

«El camino que lleva a la vida»
San Clemente de Roma, papa del año 90 a 100 aproximadamente 
Carta a los Corintios, § 36-38
Jesucristo es, amados hermanos, el camino por el que llegamos a la salvación, el sumo sacerdote de nuestras oblaciones, sostén y ayuda de nuestra debilidad. (He 10,20; 7,27; 4,15). Por él podemos elevar nuestra mirada a lo alto de los cielos; por él, vemos como en un espejo el rostro inmaculado y excelso del Padre; por él, se abrieron los ojos de nuestro corazón; por él, nuestra mente, insensata y entenebrecida, se abre al resplandor de la luz; por él quiso el Señor que gustásemos el conocimiento inmortal, ya que «él es el reflejo de la gloria del Padre..., encumbrado sobre los ángeles porque es mucho más sublime que el de éstos el nombre que ha heredado» (Hb 1,3-4)...
     Tomemos como ejemplo nuestro cuerpo. La cabeza sin los pies no es nada, como tampoco los pies sin la cabeza; los miembros más ínfimos de nuestro cuerpo son necesarios y útiles a la totalidad del cuerpo; más aún, todos ellos se coordinan entre sí para el bien de todo el cuerpo (1C 12,12s). Procuremos, pues conservar la integridad de este cuerpo que formamos en Cristo Jesús, y que cada uno se ponga al servicio de su prójimo según la gracia que le ha sido asignada por donación de Dios. El fuerte sea protector del débil, el débil respete al fuerte; el rico dé al pobre, el pobre dé gracias a Dios por haberle deparado quien remedie su necesidad. El sabio manifieste su sabiduría no con palabras, sino con buenas obras; el humilde no dé testimonio de sí mismo, sino deje que sean los demás quienes lo hagan. El que guarda castidad, que no se enorgullezca, puesto que sabe que es otro quien le otorga el don de la continencia.
     Pensemos, pues, hermanos, de qué polvo fuimos formados, qué éramos al entrar en este mundo, de qué sepulcro y de qué tinieblas nos sacó el Creador que nos plasmó y nos trajo a este mundo, obra suya, en el que ya antes de que naciéramos, nos había dispuesto sus dones. Puesto que todos estos beneficios los tenemos de su mano, en todo debemos darle gracias.

RESONAR DE LA PALABRA

Evangelio según San Mateo 7,6.12-14. 
No den las cosas sagradas a los perros, ni arrojen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos. Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas. Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran.

COMENTARIO
Eguione Nogueira cmf

Estimados hermanos y hermanas en Cristo: ¡Paz y bien!
La frase "Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos" (Mt 7,12) es conocida como la regla de oro de la ética de la reciprocidad. Aunque con algunas variaciones ya está presente en casi todas las religiones antiguas, en Jesús adquiere un carácter positivo. No se refiere sólo a evitar el mal sino también a practicar el bien. Cuando meditaba sobre esas palabras, me vinieron a la mente las leyes de los comportamientos estáticos y dinámicos de los cuerpos materiales, del físico Isaac Newton. Se las conoce también como las tres leyes de Newton. Ya sé que puede parecer extraño pero permitanme explicar cómo la física puede iluminar la práctica de esa regla de oro.
La primera ley dice que “todo cuerpo continúa en estado de reposo o de movimiento uniforme en línea recta a menos que sea forzado a cambiar ese estado por otras fuerzas que se le apliquen.” En nuestra vida nos dejamos llevar por la inercia, esperando siempre a que sean otros los que tomen la iniciativa. Como consecuencia, muchas veces dejamos pasar grandes oportunidades para amar y ser amados, perdonar y ser perdonados. Para hacer el bien es necesario dar un primer paso, tomar la iniciativa. Sin ese primer paso la vida no se pone en movimiento, se queda paralizada, estéril.
Ahí entra la segunda ley de Newton: “ El cambio en el movimiento es proporcional a la fuerza motora que se aplica y se produce en línea recta en la dirección en la que se aplica esa fuerza.” Aunque nos gustaría tomar la iniciativa, parece que no siempre lo conseguimos. Es porque necesitamos una fuerza que nos mueva, que nos haga salir de nosotros mismos. En la espiritualidad cristiana esa fuerza es el Espíritu Santo. Él es el que nos coloca en movimiento, en dirección al otro, en un misterio de gratuidad y donación.
Una vez que conseguimos salir de nosotros mismos, de nuestro egoísmo y nos lanzamos a la aventura del encuentro, de la vida que se regala, llegamos a la tercera ley: “Toda acción tiene siempre una reacción opuesta y de igual intensidad.” Es lo que podríamos llamar la ley de reciprocidad: el bien que practicamos lo recibimos de vuelta, lo mismo que el mal que hacemos también se nos devuelve. La reacción del bien escapa a nuestro control porque, ante todo, es gratuidad.
Estos tres momentos nos pueden ayudar a examinarnos a nosotros mismos y ver donde estamos: ¿paralizados por nuestro egoísmo? ¿muertos ante la vida que acontece a nuestro alrededor? ¿en movimiento de donación y entrega, a la búsqueda del bien?
Hagamos que la ley del amor sea la regla de nuestra vida, capaz de abrir las puertas de los corazones vacíos, heridos y llenos de tristeza.
¡Que tengan un buen día!