miércoles, 24 de enero de 2018

LEVÁNTAME CONFORME TU PALABRA

LEVÁNTAME CONFORME TU PALABRA
(Pasos para la sanación y liberación completa)

La sanación y liberación son señales de que Dios está actuando y de que una vida nueva está comenzando para la persona que la recibe. Ellas son lo que acontece cuando alguien es renovado por la gracia de Dios. Son manifestaciones del mismo poder del Espíritu Santo que resucitó a Jesús.

El Señor envió a sus discípulos no solo a predicar, sino que les ordenó: “Curen los enfermos y proclamen: El Reino de Dios está cerca” (Lc 10.9)

Jesús no los envió para repetir palabras, sino para llevar su salvación con fuerza divina. Las sanaciones, juntamente con la Palabra de Dios, son las primeras muestras de que un poder mas fuerte que la muerte y infinitamente mayor que todos los demonios se manifestó en nuestro favor. La salvación traída por Jesús sucede no solamente por la Palabra que lleva a creer, sino también por liberaciones que arrancan a la persona oprimida del dominio del enemigo y en sanaciones que restauran a los enfermos.

Dice el Salmo: “Camino curvado por la tristeza; levántame conforme a tu palabra” Salmo 119,28

Las manifestaciones del Espíritu Santo son una señal de que, cuando Dios comienza a reinar, la tristeza pierde su fuerza y el mal tiene que salir. En la oración, Dios nos sana y aprovecha para mostrarnos que todo dolor y toda muerte van a acabar. El Señor no actúa con intención de exhibir autoridad y sí de indicar que Jesús está vivo hoy para sanar a los enfermos con el mismo poder que sanó a la hemorroísa, curó al paralítico de Betsaida y resucitó a Lázaro. Sana para mostrarnos que Dios nos ama y quiere bendecirnos en nuestro cuerpo y en nuestra alma. Sana para asegurarnos que tenemos un salvador capaz de atendernos y librarnos.

Dios nunca nos da una orden sin dar al mismo tiempo las condiciones para obedecer a ella. Junto con la misión El da la gracia. Esa autoridad para llevar la fuerza salvadora de Cristo no se limitó a los doce apóstoles ni a los setenta y dos discípulos, ella es poder de Dios para todo aquel que tiene fe: “Id por el mundo entero y anunciad la Buena Nueva a toda criatura. Quien crea y se bautice será salvo. Quien no crea será condenado. Estas son las señales que acompañaran a aquellos que crean: expulsarán demonios en mi nombre, hablaran nuevas lenguas, pisarán serpientes, beberán veneno mortal, y nos les hará ningún mal; y cuando impongan las manos sobre los enfermos, estos quedarán curados” (Mc 16, 15-18)

Esa palabra es nada menos que Dios salvando. Quiso El contar conmigo y contigo para continuar haciendo el bien y esparciendo el cielo sobre la tierra. El no necesita probar nada a nadie. Sana porque es Dios y nos ama. Pero los rastros de ese amor ponen en evidencia su presencia.

Las sanaciones, las liberaciones y la vida nueva que derrama son lo que podemos notar de su acción discreta y misteriosa. Hacen saber que Dios está allí cuidando y salvando. Él está en medio de nosotros y es capaz de hacer maravillas. Cuando nos concede una gracia como esas, toca en nuestra intimidad para que confiemos a Él en la profundidad de nuestro ser y permitamos que transforme nuestro corazón. El siguiente testimonio muestra como es impactante y atrayente el amor de Dios:
Cierto sábado de mañana, cuando predicaba un retiro, me puse a disposición para conversar con las personas durante el intervalo. Habíamos acabado de pedir al Señor una nueva efusión de su Espíritu Santo. Fue un momento muy fuerte de acción de Dios en aquel día. También por eso, se formó una fila inmensa para atender. Por más que intentase, no conseguiría concentrarme para oír a las personas ya que, cerca de nosotros, un hombre no quedaba quieto. Andaba de un lado para otro y algunas veces alrededor de mi. Alguien intentó calmarlo, pero al conversar con él, quedó tan impresionado que interrumpió: ¡Ustedes precisan oír lo que este hombre tiene para decir!”
Entonces aquel que no podía estar quieto habló: “vine a este encuentro porque quería estar mas cerca de Dios. Llegué aquí sin ninguna pretensión de buscar sanación. Viene con muchas dificultades por causa de mi pierna enferma, inflamada y rígida. Los médicos estaban hace un tiempo tratando de descubrir la causa del problema, pero no lo consiguieron. El hecho es que me causaba mucho dolor y tenía que arrastrar mi pierna por estar endurecida. Durante la prédica sobre el Espíritu Santo, sentí un gran calor en mi cuerpo. Al finalizar, cuando usted dijo que quedáramos de pie y pidamos Espíritu Santo, me levanté sin pensar, como se levanta uno de un susto, y sin ninguna dificultad. No podía creer que mi pierna estaba sin dolor alguno y completamente normal. Antes yo no podía andar como lo estoy haciendo ahora. ¡Puedo inclusive subir aquella colina sin ustedes quisieran!”

El Señor curó a aquel hombre de un modo extraordinario. Por eso andaba de un lado para otro saltando de alegría. Contaba a todos en la fila como Dios lo había tocado. Y me vino al corazón aquella palabra de la Escritura: “¡De hecho, no fue la hierba, ni los ungüentos que los curaron, sino tu Palabra, Señor, que todo cura! Pues tu tienes poder de vida y de muerte, llevas a las puertas de la muerte y de ella nos traes de vuelta” (Sab 16, 12-13).

Todo el mundo reía y alababa a Dios, mientras el andaba de un lado a otro probando su pierna que ahora estaba sana. Parecía un niño divirtiéndose con un juguete nuevo. Bastaba mirar el rostro de los que escuchaban para percibir que aquella sanación extraordinaria había suscitado una gran confianza en el amor y en el poder del nombre de Jesús. Dios está siempre dispuesto a derramar su misericordia aunque toque de modo diferente en cada persona, pues no cura a todos del mismo modo.

Confiando en Jesús, cada uno debe hacer su camino, dar sus propios pasos y hacer la parte que le toca y colaborar con la voluntad de Dios, pues el Señor atiende a cada uno de sus hijos de manera personal. El hecho es que la sanación de aquel hombre trajo gran alegría a todos nosotros y aumentó nuestra fe en la acción del Espíritu Santo que es poderoso para hacernos todo tipo de bien y capaz de transformar lo que estamos viviendo de modo que Él encuentre mejor. 

SUPLICA POR SANACIÓN FÍSICA Y ESPIRITUAL

¡Señor Jesús, suplico por mi cuerpo y por mi espíritu!

Sufro con las consecuencias de mis errores y de mis fragilidades. Por eso, tantas veces me siento abatido y desequilibrado. Ando nervioso y con dificultades para amar a las personas. Por todas las cosas negativas que ya viví, mi corazón se volvió rancio. Con el fuego de tu Espíritu Santo, disuelve mis pecados, ilumina mis tinieblas, calienta mi frialdad espiritual y quema todos mis miedos. Libérame de las cadenas de mis condicionamientos para que sea conducido solamente por Ti.

Señor, cúrame de todo dolor y tristeza que aún pesa en mi alma. Saca de mi todo sentimiento de fracaso. Renuncio a todo pensamiento maligno que me inquieta y atormenta para que yo no tenga paz. Renuncio a toda tentación que opera para que yo no vea solución a mis problemas. Se que todo eso se refleja en la salud de mi cuerpo y por eso me siento cansado y enfermo. Jesús, coloca tu mano sobre mi y cúrame. ¡Señor, Tú puedes sanarme! ¡Señor, ayúdame ahora!

Me coloco en tus manos así como estoy: espiritualmente débil y lleno de problemas. Socórreme pues estoy aplastado debajo de este fardo. Dame la sanación de esas heridas que surgieron con mi fragilidad espiritual. Líbrame, libra a mi familia y a la gente querida de los cautiverios del miedo, de la depresión, de los desequilibrios nerviosos y de los problemas mentales. De toda postración que entró en mi vida por el sentimiento de derrota, de toda angustia nacida por el miedo de fracasar, de toda idea de muerte, de todo pensamiento infernal, ¡líbranos hoy por tu Sangre Redentora!

Jesús, tú eres mi Señor. Es de ti que viene la paz. ¡Llena, en este momento, mi corazón con tu paz!

¡Amén!

Marcio Mendes,
“Pasos para la sanación y liberación completa” – Editorial Canción Nueva
Adaptación del original en portugués

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