martes, 28 de agosto de 2018

Meditación: Mateo 23, 23-26

Descuidan lo más importante de la ley, que son la justicia,
la misericordia y la fidelidad.
Mateo 23, 23

















Muchos padres y madres son conscientes de su deber de tener un hogar acogedor en el que puedan dar a sus hijos cuanto ellos necesiten. Pero más importante que pagarles clases de música, darles dinero para golosinas o comprarles juegos electrónicos es enseñarles, con el ejemplo personal, los valores de honestidad, gratitud, respeto y amor a Dios. Si los padres no hacen esto ¿están cumpliendo fielmente lo que Dios manda? En realidad, no. Es un error lamentable el que los padres den más atención y dinero al adelanto escolar y material que a la vida interior de sus pequeños, porque ésta en definitiva es la que va a determinar su conducta cuando sean adolescentes y adultos. En cierto modo, si los padres no les dan formación espiritual, son como los fariseos del Evangelio.

Los fariseos enseñaban a sus seguidores que se preocuparan mucho de los detalles legalistas de la religión y no enfatizaban el mandamiento esencial de amar y perdonar al prójimo: “Cuelan el mosquito, pero se tragan el camello” les decía Jesús (Mateo 23, 24). Una reprensión severa, sin duda, porque Dios toma en serio la vida interior de todos, chicos y grandes. Esto demuestra también que Cristo vino a reconciliarnos no solamente con Dios, sino también con el prójimo. Gracias a su cruz, el Señor nos puede librar del egocentrismo, que lleva a veces a descuidar las necesidades de la propia familia.

Por eso conviene analizarse el corazón: ¿Ves algo del fariseo en ti? Casi todos vemos algo. Queremos ser fieles a Dios, ¡pero caemos con tanta facilidad! Porque tendemos a dar importancia a cosas que en realidad no la tienen. Nos preocupamos de cumplir las reglas externas, pero en el corazón llevamos durezas de egoísmo, envidia o resentimiento que no podemos borrar por nosotros mismos. Si te parece que tienes actitudes como ésas, acude al Sacramento de la Confesión, pide consejos al sacerdote y deja que la gracia del Espíritu Santo lave tu alma y la deje blanca e inmaculada. Así serás un buen ejemplo para tus hijos y para todos.
“Te alabo, Señor mío Jesucristo, porque tu poder es más fuerte que la injusticia y el mal que hay en el mundo. Concédeme tu gracia, Señor, para darme cuenta de mis malas actitudes y enseñar bien a mis hijos, para que sean cristianos rectos y fieles a tu amor.”
2 Tesalonicenses 2, 1-3. 14-17
Salmo 96(95), 10-13

fuente: Devocionario Católico La Palabra con nosotros

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