jueves, 18 de junio de 2015

RESONAR DE LA PALABRA

Evangelio según San Mateo 6,7-15. 
Jesús dijo a sus discípulos: Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal. Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes. 

San Cipriano (c. 200-258), obispo de Cartago y mártir 
Oración dominical
«Vosotros pues, orad así: Padre Nuestro...»

        Ante todo, Jesús, el Doctor de la paz y el Maestro de la unidad, no ha querido que la oración sea individual y privada, de suerte que rezando cada uno no rece solo por sí mismo: «Padre mío que estás en los cielos»; ni «dame mi pan». Cada uno no pide que la deuda le sea perdonada a él solo, y no es por él solo por quien pide no caer en la tentación y ser librado del mal. Para nosotros la oración es pública y comunitaria; y cuando oramos, no rogamos por uno solo sino por todo el pueblo; pues nosotros, todo el pueblo, somos uno.

        El Dios de la paz y el Señor de la concordia que ha enseñado la unidad, ha querido que uno solo rece por todos, como en  él mismo  uno solo ha cargado con todos los hombres. Los tres jóvenes hebreos encerrados en el horno ardiente han observado esta ley de la oración  (cf Dn 3,51). Los apóstoles y los discípulos, después de la Ascensión del Señor rezaban de esta manera: «con un mismo corazón todos perseveraban en la oración, con las mujeres, con María la Madre de Jesús y con sus hermanos» (Ac 1,14). Con un mismo corazón perseveraban en la oración; por su fervor y amor mutuo, testimoniaban que Dios que hizo habitar a los hombres iguales en una misma casa, no admite en su morada eterna sino a aquellos en los que la oración se traduce como la unión de las almas (cf Ps. 67,7).

        Hermanos bien amados, cuando llamamos a Dios «Padre» debemos saber y recordar que tenemos que obrar como hijos de Dios, nos alegramos de tener a Dios como Padre, que él se alegre de tenernos por hijo.

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