martes, 9 de julio de 2019

mes de la preciosísima Sangre de Cristo #9

La Sangre Preciosísima de Jesucristo nos fortifica en el Sacramento de la Confirmación

I. La vida del hombre sobre la tierra es una continua milicia, y es necesario pelear hasta la muerte para conseguir la corona de la gloria eterna, dice el Señor a un obispo en el Apocalipsis.

La debilidad y la flaqueza de la carne nos acompaña hasta el sepulcro; los grandes peligros son frecuentes, los asaltos del enemigo continuos, vivas las pasiones, y jamás dejan de combatirnos; tenemos que pelear con un mundo engañoso que con sus vanidades nos tiende lazos por todas partes; tenemos que vencer una carne rebelde que hace siempre la guerra al espíritu; tenemos un león furibundo que aterrar, que es el demonio que incesantemente nos busca para devorarnos.

Por esta razón previendo nuestro Redentor los peligros y asaltos que de nuestra parte habíamos de experimentar, quiso fortificarnos con un Sacramento que nos proveyese de armas para pelear y vencer, y este Sacramento es la Confirmación.

Mas ¿de dónde toma su eficacia sino de la Sangre omnipotente derramada por Jesús, y que tan temida es de todo el infierno? La agonía que ha sufrido, sus mortales tristezas, el sudor de Sangre vertido en el Huerto, he aquí lo que constituye el valor de los mártires, la fuerza de los combatientes, el triunfo de los vencedores; y si no sucumbimos en las tentaciones tan multiplicadas, lo debemos a esta Sangre cuya virtud es infinita, como dice San León el Grande.

¡Oh eficacia admirable de esta Sangre divina! ¿Quién no experimenta una completa confianza invocándola? ¡Oh sangre! ¡Qué terrible eres a los demonios! Tú eres el escudo inexpugnable que hace caer a nuestros lados los dardos inflamados de los más poderosos enemigos.

II. ¿Cuál es la causa de que por momentos experimentemos en nosotros tan grande flaqueza, que una ligera tentación baste para hacernos caer? ¿Por qué cedemos tan fácilmente a una pasión mala que se levanta en el fondo de nuestro corazón?

¡Ah! ¡Demasiado lo sé! consiste en que olvidamos a Jesucristo y sus padecimientos, en que por un vil respeto humano deponemos las armas de que el Salvador nos ha revestido en la Confirmación; porque no recurrimos con el alma y el corazón a su Sangre omnipotente. ¿Qué fuerza no experimentaría en ella nuestra alma, si en las tentaciones invocase la Sangre Preciosísima de Jesús, si a Ella recurriese y la implorase?

¿Qué pruebas no han soportado tantos niños inocentes y tantas vírgenes armadas de esta Sangre? Asombraron a los tiranos, triunfaron de los más rudos asaltos, soportaron los tormentos más atroces; pues a la Sangre de Jesús debieron sus victorias. Y nosotros, por el contrario, somos tan débiles que por una mira terrena, que por temor de disgustar a los hombres y ser despreciados del mundo nos avergonzamos frecuentemente de aparecer servidores de Jesucristo y obramos el mal contra el grito de nuestra propia conciencia y con el pleno conocimiento de que no procedemos como cristianos.

¡Oh deplorable flaqueza! ¡Oh conducta horrible y despreciable! Acordémonos de que somos soldados de Cristo, acordémonos de qué armas nos ha revestido Jesús por medio de su Sangre omnipotente en el Sacramento de la Confirmación, y cómo el sagrado Pastor nos ha marcado con el signo adorable de la Cruz de Jesucristo que nos hace terribles al infierno todo.

COLOQUIO

¡Oh Jesús mío, que sois la fortaleza de nuestros corazones, ahora veo bien la causa de mis caídas! he olvidado esa Sangre Preciosísima que habéis vertido para fortificarme en el combate que tengo que sostener con mis enemigos espirituales; no he profesado una devoción sincera y afectuosa a esa Sangre divina; me he fiado de mis débiles fuerzas, me he expuesto a los peligros, y por esto he sucumbido miserablemente.

Mas ahora renuevo en mi alma la confianza reflexionando sobre vuestra misericordia siempre pronta a perdonar; y pensando continuamente que está preparada esa Sangre, pues que nunca cesáis de ofrecerla a vuestro Eterno Padre hasta por los mismos pecadores.

Sí, lo sé, estoy bien persuadido de que no merezco perdón después de haber sido tan ingrato; pero hoy vuestra Sangre le pide por mí. ¡Ah! ¡No! no podéis menos de escuchar tan tiernas voces, las voces de la misericordia y de la gracia, y a ellas uno también la mía: os pido misericordia por esa Sangre Preciosísima que habéis derramado por mí. Ella es suficiente para borrar todas las manchas de mis pecados, para fortificarme y hacerme inexpugnable a los asaltos de mis enemigos; aquí reside mi fuerza, con esto espero vencer en la vida y en la muerte, y subir a los Cielos para celebrar en ellos eternamente vuestras misericordias.

EJEMPLO

Jamás se olvidará en los fastos de la Iglesia el valor del glorioso mártir San Lorenzo que aun en medio de los suplicios impugnaba al tirano; ¡tan insensible se había hecho a los tormentos desde el momento en que se trataba de sostener la fe! Pues bien, esta fuerza, este valor le venía de la Sangre preciosísima de Jesucristo, de la cual era fiel dispensador, encargado en aquel tiempo de distribuirla a los fieles: Cui commisisti dominici Sanguinis dispensationem, como dijo él mismo al Pontífice San Sixto, para dar a entender con esto cuán dispuesto estaba para sufrir el martirio; y embriagado con esta Sangre divina, lleno de un valor heroico, dio su sangre y su vida por Jesucristo en medio de carbones encendidos, confirmando con su muerte la fe que había predicado.

JACULATORIA

Padre Eterno os ofrezco la Sangre de Jesucristo en rescate de mis pecados y por las necesidades de vuestra Iglesia.

INDULGENCIA

El Soberano Pontífice Pío VII concedió cien días de Indulgencia por cada vez que se diga la anterior jaculatoria. Así consta del rescripto que se conserva en los archivos de los Padres Pasionistas de Roma.

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