sábado, 23 de enero de 2016

ORANDO CON PODER - Entrega I


BATALLA ESPIRITUAL
ES NECESARIO TENER FE
Entrega I

La Fe es como un generador de energía eléctrica: mientras permanece en acción, la energía fluye; pero, cuando pierde el ritmo, la luz comienza a fallar y todo se apaga, permitiendo por lo tanto que el enemigo agreda nuestro generador que es la fe.
Lo que se afirma es muy importante: los cristianos, la Iglesia como un todo, está siendo violentamente agredida en la fe, que es el don más precioso, pues permite a los cristianos volverse Arca de Alianza. Más allá de eso, es por ella que Dios habita en cada uno; que tenemos la visión de Dios, acceso a su poder; y por ella recibimos y usamos la autoridad de Dios.
En la carta a los hebreos hay un maravilloso pasaje sobre el poder de la fe:

“Ahora bien, la fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven. Por ella nuestros antepasados fueron considerados dignos de aprobación. Por la fe, comprendemos que la Palabra de Dios formó el mundo, de manera que lo visible proviene de lo invisible. Por la fe, Abel ofreció a Dios un sacrificio superior al de Caín, y por eso fue reconocido como justo, y así lo atestiguó el mismo Dios al aceptar sus dones. Y por esa misma fe, él continúa hablando, aún después de su muerte. Por la fe, Henoc fue llevado al cielo sin pasar por la muerte. Nadie pudo encontrarlo porque Dios se lo llevó, y de él atestigua la Escritura que antes de ser llevado fue agradable a Dios. Ahora bien, sin la fe es imposible agradar a Dios, porque aquel que se acerca a Dios debe creer que él existe y es el justo remunerador de los que lo buscan.”
Hebreos 11, 1-6

Después del Concilio Vaticano II, cuando Dios ya había derramado Su Espíritu sobre la Iglesia, el enemigo vino violentamente a atacar a los cristianos en su fe. Su cobardía fue tan grande que se enfocó especialmente en aquellos que estaban a la cabeza de la Iglesia, siendo los más tocados los sacerdotes, religiosos y religiosas. Es necesario comprender que esa lucha fue desleal, que el enemigo entró por el intelecto: el fue certero y por el canal del intelectualismo condujo a un verdadero racionalismo y tocó con un virus nuestra fe.

Cuando se toca la fe, la primer señal es la pérdida de la identidad sacerdotal. Con ella, el ardor, el gusto por la vocación y el entusiasmo se van. El gusto por la oración ya no existe más, y la celebración se vuelve una obligación de funcionario. Y así, junto a la oración, reduce también el celo apostólico, el celo evangelizador… Y obtiene éxitos en esos campos porque se fue preparando durante muchos años, pero esta “sidoso” (enfermo) espiritualmente: sin saber que su fe está eclipsada, pasa a recostarse en esas actividades. Es importante destacar que no se está condenando esa actitud, simplemente pedimos que esas actitudes sean comprendidas.

El proceso es semejante al que acontece con el virus del HIV: la persona contrae el virus y nada se percibe. Después de algún tiempo, en el momento menos pensado, el HIV se manifiesta. El virus implantado por el enemigo es tan perjudicial como el HIV. Y muchos acaban siendo víctimas. Fue exactamente lo que sucedió con los cristianos: parecía que todo estaba bien, normal, hasta que el racionalismo se mostró como una dura realidad.

Ese virus tocó conventos: religiosas asistiendo a telenovelas y otro tipo de programación semejante, todas las noches. Delante del televisor, ¿qué beneficios tendrán para su vida de pobreza, su obediencia, su castidad, su espiritualidad y su consagración a Dios? Es el vacío dentro de sí que las hace buscar, pero donde no se debe. Beben las aguas sucias que nada resuelven por el contrario, subterráneamente les roban lo más precioso: la propia consagración! Las consecuencias son arrasadoras: se vuelven personas decepcionadas, porque en verdad están frustradas en su propia vocación. Existe el riesgo de una vida doble, mundana, inclusive con adhesión a la homosexualidad, retirando el sentido del celibato.
Es necesario misericordia, porque esa crisis de fe puede ser revertida. El Espíritu que resucitó a Jesús puede reavivar la fe. El Espíritu Santo puede, y desea, vivificar a todo sacerdote, religioso o religiosa.
El enemigo fue tan cobarde que uso justamente un virus parecido al HIV, pues así es más difícil detectar. Si fuese otro el que permitiese rápida percepción de las consecuencias, es cierto que las personas se habrían quebrantado. Por lo tanto, ese tipo de virus que tocó la fe fue penetrando de a poco y, cuando menos se lo esperaba, surgió la dolencia. Parecía no tener más retorno.
Pero sí hay un retorno!
Los cristianos (entre ellos los sacerdotes) necesitan ser “vivificados” por el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos. La solución es el bautismo en el Espíritu Santo. Es necesario ser humilde y acoger el remedio que Dios mismo providenció: la gracia del Bautismo en el Espíritu. Aquel Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos es capaz de “vivificar” y devolver la identidad de los hombres y mujeres de Dios; el gusto por la consagración; el entusiasmo, el coraje y el ardor apostólico, en fin, el sentido de la vocación y de la misión de cada uno.

Todos nosotros también nos comportábamos así en otro tiempo, viviendo conforme a nuestros deseos carnales y satisfaciendo las apetencias de la carne y nuestras malas inclinaciones, de manera que por nuestra condición estábamos condenados a la ira, igual que los demás.

“Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo -¡ustedes han sido salvados gratuitamente!- y con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo reinar con él en el cielo.”
Efesios 2,3-6

Si el Señor llama laicos –como vos, para sentar en el trono con Jesús y ser grandes intercesores es claro que El quiere también a sus sacerdotes, sus escogidos! El nombre “sacerdote” es sinónimo de pontífice, intercesor, mediador, intermediario. El sacerdote es aquel escogido dentro de los hombres, constituido para estar entre Dios y los hombres. El sacerdote tiene la vocación y el carisma de intercesión. El es pontífice, esto es, el fue hecho puente entre la tierra y el cielo; entre los hombres y Dios.

“Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y puesto para intervenir en favor de los hombres en todo aquello que se refiere al servicio de Dios, a fin de ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede mostrarse indulgente con los que pecan por ignorancia y con los descarriados, porque él mismo está sujeto a la debilidad humana. Por eso debe ofrecer sacrificios, no solamente por los pecados del pueblo, sino también por sus propios pecados. Y nadie se arroga esta dignidad, si no es llamado por Dios como lo fue Aarón.”
Hebreos 5, 1-4

El sacerdote es, como decía San Agustín, “alter Christus”, o sea, “otro Cristo”, que debe continuar en la tierra la misión redentora del Señor. Cuando el sacerdote administra los sacramentos, in persona Christi, es el propio Cristo que por medio de él actúa.

¿Y qué hacen los sacerdotes? El carisma es la intercesión: ellos se deben presentar a Cristo en los Cielos y entrar en el gabinete de Dios, en la sala donde suceden las decisiones, para regir los destinos del mundo: los destinos de la Iglesia. Son ellos los invitados a entrar con Cristo en cada celebración de la Eucaristía y realizar con El su sacrificio. Son llamados a entrar en cada confesión y decidir la salvación de aquella persona: se presentan con aquella alma en el trono de Dios para darle la absolución.
Pero Dios es capaz de “vivificar” a todos! El puede y quiere devolvernos la vida. Esa es una cuestión de intercesión: Dios quiere una Iglesia nueva, quiere sacerdotes, religiosos y religiosas renovados y vivificados por Su Espíritu. Ya estamos en esa batalla espiritual: o continuamos en la lucha espiritual por la intercesión y ganamos –es cierta nuestra victoria!- o participamos de la suerte de los perdedores.

Jesús vencerá! La Iglesia fiel a Jesús vencerá! Los fieles a Jesús vencerán!

Aquí me ves, Señor, en mi fragilidad, en mi pobreza. Aquí estoy, mi Dios, en esta batalla espiritual.
Aquí estoy, sentado contigo en la sala del Trono, en el gabinete de las decisiones, no por mérito mío, sino por gracia, solo por gracia, resucitado contigo, Señor.
Aquí estoy, mi Dios, para participar contigo de la suerte del mundo, de la suerte de la Iglesia, de los destinos de esta humanidad, para cambiar y transformar todas las cosas para hacer nuevas todas las cosas.
Aquí Estoy, Señor.
Gracias porque me das Tu Espíritu. Gracias porque me llenas y me fortaleces con Tu Espíritu. Gracias, Señor, porque me haces Arca de la Alianza. Soy un Arca de la Alianza, y porque estoy aquí el enemigo tiembla delante de mi y es necesario que él tiemble.
Alabado seas Tú, mi Señor y mi Dios.
Amén.

Mons. Jonas Abib
Libro “Orando com poder”
Editora: Canção Nova.

Adaptación del original em português.

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