jueves, 16 de abril de 2020

COMPRENDIENDO LA PALABRA 160420


«Vosotros sois testigos de esto»

El Señor, después de su resurrección, se apareció a sus discípulos y les saludó diciendo: «¡Paz a vosotros!». Este saludo que salva es, verdaderamente, la paz porque la palabra «saludo» viene de «salvación». ¿Qué más se puede esperar? El hombre recibe en persona el saludo de salvación porque nuestra salvación es Cristo. Sí, él es nuestra salvación, él, que por nosotros fue herido y clavado en el madero, después bajado de la cruz y puesto en un sepulcro. Pero él resucitó del sepulcro; sus heridas curaron pero conservan las cicatrices. A los discípulos les hace bien que sus cicatrices permanezcan para poder, con ellas, curar las heridas de su corazón ¿Qué heridas? Las de su incredulidad. Se les apareció con un cuerpo verdadero y «creían ver un fantasma». Esto no es una ligera herida en su corazón... 

Pero ¿qué dice Jesús, el Señor? «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior?» Es bueno para el hombre que no sea su pensamiento el que se levanta por encima de su corazón sino que sea el corazón el que está por encima; es eso lo que el apóstol Pablo quería inculcar en el corazón de sus fieles cuando decía: «Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria» (Col 3,1s). ¿Y cuál es esta gloria? La gloria de la resurrección... 

Nosotros ahora creemos en la palabra que nos han dicho los discípulos aunque no nos hayan mostrado el cuerpo resucitado del Salvador... Pero en aquel momento, el acontecimiento parecía increíble. El Salvador, pues, les indujo a creer no sólo por la visión material sino también a través del tacto a fin de que, por medio de los sentidos, la fe les bajara hasta el corazón y pudieran ir a predicar por el mundo entero a los que no habían visto ni tocado, y, sin embargo, creerían sin dudar (cf Jn 20,29).



San Agustín (354-430)
obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
Sermón 116; PL 38, 657

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