martes, 21 de abril de 2020

MEDITACIÓN PARA HOY: JUAN 3, 7-15

 Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que bajó del cielo. (Juan 3, 13)

El Señor nos presenta la dificultad de prevenir y conocer la acción del Espíritu Santo, que de hecho “sopla donde quiere” y trata de explicarle a Nicodemo que el Espíritu de Dios es la única fuente de poder que es más que suficiente para motivar y sustentar la vida cristiana. Todo se reduce a la diferencia entre las “cosas de este mundo” y las “cosas del cielo” (Juan 3, 12).

La idea de nacer de nuevo le resultó enigmática a Nicodemo que, siendo maestro en Israel, no pudo conjeturar qué podía significar, pero el Señor le habla de realidades espirituales y le explica cómo actúa el Espíritu Santo, con su presencia tal vez enigmática pero contundente.

Luego vino la segunda afirmación misteriosa: “Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna” (Juan 3, 14-15). Nicodemo entendió perfectamente a qué se refería el Señor, porque había leído que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto (Números 21, 8-9) y solo con mirarla cuantos eran picados por víboras venenosas no morían. Pero ¿qué significaba eso de que “así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna”?

Nosotros, los cristianos de hoy, podemos entender claramente lo que dijo Jesús: Él sería “levantado” en la cruz, para que todo el que lo “mire con fe” (vale decir, se convierta, le entregue su vida, se bautice y viva de acuerdo con sus mandamientos) se reconcilie con el Padre y tenga la vida eterna.

Bien, pero ¿qué relación tiene Cristo con la serpiente de bronce? Dios tenía que destruir el pecado y lo hizo permitiendo que todos los pecados de todos los seres humanos de todas las épocas fueran depositados en su cuerpo físico, de modo que, al morir Cristo crucificado, el pecado fuera destruido. Esto lo explica San Pablo de la siguiente manera: “Cristo no cometió pecado alguno; pero por causa nuestra, Dios lo hizo pecado, para hacernos a nosotros justicia de Dios en Cristo” (2 Corintios 5, 21).
“Amado Jesús, gracias por habernos quitado el pecado y llevarlo en tu cuerpo para que, al darle muerte, fuéramos liberados.”
Hechos 4, 32-37
Salmo 93 (92), 1-2. 5

fuente: Devocionario católico La Palabra con nosotros

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