viernes, 15 de enero de 2016

Meditación: Marcos 2, 1-12


Este conmovedor pasaje relata cómo Jesús sanó al paralítico que unos amigos le trajeron.

Este es el primero de cinco relatos de este tipo que aparecen en el Evangelio según San Marcos (2, 1 a 3, 6), relatos que ponen de relieve la oposición de las autoridades religiosas a la revelación de la identidad de Jesús. Los escribas y los fariseos, aferrados a sus propias ideas, se negaron a reconocer la compasión y el amor de Dios en Cristo y por eso se privaron de experimentarlos.

Hay varios puntos de conflicto que surgieron entre Jesús y los jefes religiosos durante el curso de esta curación. El primero sucedió cuando Jesús declaró que los pecados del hombre quedaban perdonados. En el Antiguo Testamento, la autoridad para perdonar los pecados era potestad exclusiva de Dios (Éxodo 34, 6-7; Isaías 43, 25). Posteriormente, Jesús se presentó como “Hijo del hombre” con autoridad para perdonar los pecados. Los judíos de ese tiempo entendían que la frase bíblica “el Hijo del hombre” (Daniel 7, 13-14) se refería al Mesías, que vendría a inaugurar el Reino de Dios. Jesús se identificó claramente con esta figura mesiánica, para comenzar a revelar su identidad y preparar al pueblo para la obra que realizaría mediante su pasión, muerte y resurrección.

La respuesta de la gente ante la curación del paralítico fue totalmente distinta al rechazo de los escribas: La multitud se maravillaba y glorificaba a Dios diciendo “Nunca hemos visto una cosa así” y muchos se hicieron discípulos del Señor.

¿Por qué la gente común pudo reconocer a Cristo mientras los jefes religiosos optaban por negarse a aceptar esta revelación? La respuesta es que el pueblo en general era más humilde y tenía fe, como lo demostraron el paralítico y sus amigos. San Hilario, en su tratado sobre la Santísima Trinidad, declaró: “La mente humana tiene que tener fe por haber recibido el don del Espíritu Santo; de otro modo, aunque Dios está ahí para ser entendido, no tiene la luz necesaria para conocerlo”. Aun cuando el poder y la misericordia de Cristo eran manifestaciones claras para los que tenían fe, la incredulidad y la dureza de corazón cegaban los ojos de los jefes religiosos.

“Señor, por el poder de tu Espíritu Santo, concédeme la gracia de ver más claramente la realidad de Cristo. Cúrame de los antiguos conceptos que limitan mi entendimiento acerca de tu plan de salvación.”

fuente: Devocionario Católico La Palabra con nosotros

No hay comentarios:

Publicar un comentario