lunes, 27 de julio de 2015

EJERCER EL PROPIO DON - Parte I

Utilizar cada uno su don es construir la comunidad. No ser fiel al don es dañar a toda la comunidad y a cada uno de sus miembros. Es pues, importante que cada cual conozca su don, lo ejerza y se sienta responsable de su crecimiento; que los demás le reconozcan ese don y que dé cuentas de cómo lo utiliza. Los demás tienen necesidad de ese don y por lo tanto tienen también el derecho a saber cómo se ejerce, animando al poseedor a aumentarlo y a ser fiel a él. Todo el que siga su don, encuentra su lugar en la comunidad, convirtiéndose no sólo en útil sino en único y necesario para los otros. Así es cómo se desvanecen las rivalidades y los celos. 
Elizabeth O'Connor en su libro El octavo día de la creación nos da ejemplos impactantes de esta doctrina de san Pablo. Cuenta la historia de la señora vieja que entró en la comunidad. Un grupo de personas intentaba hacerla discernir cuál era su don, pero a ella le parecía que no tenía ninguno. Unos y otros insistían reconfortándola: «tu presencia es tu don», aunque ella no estaba satisfecha. Algunos meses más tarde descubrió su don que consistía en presentar ante Dios, en una oración de intercesión, a cada uno de los miembros de la comunidad. Cuando les hizo partícipes a los otros de su descubrimiento, encontró su sitio en la comunidad. Los demás sabían que siempre necesitaban de ella y de su oración para ejercer mejor sus propios dones.

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