miércoles, 25 de febrero de 2026

Las cartas que nunca escribió y hablan de Él - Hoy: Magdalena

Las palabras que siguen no son parte de la Escritura ni de documentos históricos. Son un ejercicio de imaginación creyente, una licencia literaria que busca acercarnos al corazón de los personajes bíblicos. No pretendemos añadir nada nuevo a la fe ni sustituir la Palabra revelada, sino ofrecer un espacio de oración y reflexión.

En estas cartas damos voz a quienes caminaron junto a Jesús, como si hoy pudieran compartir contigo su experiencia. Son cartas que nunca escribieron, pero que nos hablan de Él y de la transformación que su presencia produjo en sus vidas. Te invitamos a leerlas con el corazón abierto, como quien escucha a un amigo que nos cuenta cómo Cristo cambió su historia.



Hola, paz contigo, ¿todo bien? Aquí tu hermana María, la que llaman Magdalena. Algo supe de tus sentimientos actuales y, como bien lo sabés, mi vida también estuvo marcada por heridas y por la mirada dura de quienes me juzgaban. Al fin y al cabo, ¿quién está libre de esas experiencias? Pero un día me encontró Jesús, y todo cambió.

La hondura y ternura de su mirada, sin reproches ni condena, dieron a mi vida un giro radical. Fue como si me devolviera la dignidad perdida. Desde entonces lo seguí: no había otra alternativa, mi corazón ya no podía mirar atrás. Escuché sus palabras que daban vida y experimenté la libertad del amor que contemplaba con mis propios ojos.

Cuando la cruz fue alzada en el Gólgota muchos se alejaron. Aunque un temblor recorrió mis entrañas, no tuve miedo alguno. Y luego, aunque la confusión me visitara, fui testigo de la mañana más luminosa: la resurrección. Juan lo narró, y seguro lo has leído: cuando escuché mi nombre en su voz, supe que la muerte había sido vencida.

No quiero desviarme de la razón por la que decidí escribirte. Por eso te digo, como quien habla a un amigo: Él también te mira con igual ternura. Conocía mis luchas y conoce también las tuyas, tus búsquedas y tus silencios. Puede levantarte como me levantó a mí. No tengas miedo. Lo repito como un eco: no tengas miedo de abrirle tu corazón. Su presencia transforma, da sentido y llena de esperanza.

Estaré a la espera de noticias tuyas, porque sé que juntos vamos a cantar un día lo que tantas veces entonás casi sin darte cuenta: “Lo imposible, Él puede realizar…”. ¿Lo tenés presente, verdad?

Con afecto fraterno, María Magdalena

domingo, 22 de febrero de 2026

Cómo se instala el resentimiento en el corazón

El resentimiento no aparece de golpe. Se instala lentamente, como la nieve que al principio parece ligera y hermosa, pero que con el tiempo se acumula y se vuelve pesada, capaz de quebrar techos y endurecer lagos enteros. Así sucede en el corazón: una pequeña herida, una palabra atravesada, un gesto que hiere… si no se enfrenta, se solidifica y se convierte en una piedra difícil de remover.




La vida nos enseña que sentir es humano, pero la fe nos recuerda que dejar que la herida se convierta en resentimiento es obra del enemigo. Nadie está inmune: todos hemos pasado por situaciones de injusticia, rechazo o incomprensión. El problema no es sentir dolor o enojo, sino permitir que ese sentimiento se quede, se repita y se convierta en un veneno que contamina todo lo que tocamos.

El resentimiento es como una infección: comienza pequeño, pero si no se trata, se expande y afecta toda la vida. El miedo a enfrentar los problemas, el silencio cómodo o la indiferencia terminan alimentando esa herida. Y entonces no solo nos resentimos contra quien nos hirió, sino también contra nosotros mismos, por no haber tenido el coraje de hablar o de perdonar.

Cuando el resentimiento se instala, destruye relaciones, familias y comunidades. Lo que parecía un “detalle” se convierte en distanciamiento, en adicciones, en violencia, en rupturas. Una herida no trabajada puede transformarse en un ciclo de destrucción que nunca se detiene.

Por eso la Palabra nos exhorta: “No dejen que el sol se ponga sobre su enojo” (Ef. 4,26). El camino de la sanación pasa por reconocer la herida, enfrentarla con sinceridad y abrir el corazón al Espíritu Santo, que transforma la ira en paz y la herida en comunión.

El corazón humano fue creado para el amor, y no puede hospedar nada que sea negativo.

El resentimiento no se vence con silencio ni con justificaciones. Se vence con perdón, con verdad y con la gracia de Dios que nos libera. Solo así las cadenas del pasado se rompen y el corazón vuelve a ser lo que fue creado para ser: un lugar de amor y esperanza.



El arte de soltar la piedra

El perdón como medicina del alma

Hay un peso que no se lleva en los hombros, sino en los pliegues más profundos de la memoria, allí donde guardamos, como un tesoro amargo, el eco de las palabras que nos hirieron o el frío de los gestos que nos rechazaron. El resentimiento, ese "volver a sentir" el dolor una y otra vez, funciona en nuestra arquitectura interna como una represa que detiene el agua viva del Espíritu. Cuando nos aferramos al agravio, el alma se vuelve un estanque de aguas estancadas, perdiendo la transparencia necesaria para reflejar el rostro de la Trinidad. Sanar no es simplemente un ejercicio de voluntad o un olvido forzado; es, ante todo, un proceso de "des-idolatría" de nuestro propio dolor. A menudo, sin darnos cuenta, convertimos nuestra herida en un altar donde sacrificamos nuestra paz presente. El Papa Francisco, con esa lucidez que brota del Evangelio, nos advirtió que el rencor es como un "gusano que roe y corroe el corazón" (Homilía en Santa Marta, 2020), una carcoma que nos impide mirar al otro con la mirada de Dios.










Desde una psicología integrada en la fe, autores como el Dr. Rudolf Allers, psiquiatra católico, sugieren que la raíz de muchas de nuestras amarguras reside en una falta de humildad metafísica: nos cuesta aceptar la finitud y la imperfección, tanto la propia como la ajena. El resentimiento nace de la pretensión de que el pasado sea distinto, de un juicio donde nos constituimos en jueces implacables de una deuda que ya nadie puede pagar. Sin embargo, la salud mental y la paz espiritual convergen en un mismo punto: la aceptación misericordiosa. Al decir "te perdono", no estamos validando la injusticia cometida, sino que estamos decidiendo que el mal recibido no tiene el poder de definir quiénes somos ni cómo amamos. Es una declaración de independencia espiritual. Como bien señala la psicología cristiana, el perdón es una "virtud liberadora" que desata el nudo que nos ata al victimario, permitiendo que la energía que gastábamos en rumiar el pasado se convierta en combustible para la caridad presente.

La Sagrada Escritura nos ofrece la imagen más potente de esta transformación en el misterio de la Cruz. Jesús no muere resentido; muere entregado. En ese "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34), Cristo nos enseña que la verdadera cura del resentimiento pasa por la intercesión. Cuando llevamos a la oración el nombre de quien nos hirió, no para enlistar sus faltas, sino para pedir que la luz de Dios lo alcance, algo se quiebra dentro de nosotros. El muro del "yo" herido se agrieta y deja pasar la Gracia. Es ahí donde la psicología del bienestar se transforma en teología de la salvación: dejamos de ser esclavos de una memoria herida para convertirnos en templos de una memoria agradecida. El Catecismo nos recuerda que "el perdón es la cumbre de la oración cristiana" (CEC 2844), porque es el momento en que nuestro corazón se hace semejante al de Dios, un corazón que no lleva cuentas del mal, sino que siempre apuesta por la vida.

Sanar el resentimiento requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, la docilidad de un niño que se deja curar por su padre. Es un camino de pequeños pasos donde aprendemos a mirar nuestras cicatrices no como recordatorios de una derrota, sino como señales de una batalla ganada por la misericordia. No permitamos que el sol se ponga sobre el enojo, pero tampoco permitamos que el pasado nos robe la luz a la esperanza. La Trinidad desea habitar en un corazón espacioso, no en uno apretado por el rencor. Hoy es un buen día para preguntarnos: ¿Qué nombre me cuesta pronunciar con paz en la oración? Quizás es allí donde el Señor quiere realizar su milagro más grande, transformando esa piedra de tropiezo en la piedra angular de una nueva madurez espiritual. La paz no es la ausencia de conflictos pasados, sino la presencia de Dios en nuestras heridas presentes.

Invocación por la Sanación de la Memoria y la Libertad del Corazón

Señor Jesús, Médico de las almas y de los cuerpos,
me pongo ante Tu presencia cargando el peso de mi propia historia.
Tú conoces cada rincón de mi memoria,
las palabras que aún duelen y los silencios que han dejado cicatrices.
Hoy, con la humildad de quien necesita ser rescatado,
te entrego mi resentimiento.

Espíritu Santo, sopla sobre las zonas rígidas de mi corazón.
Desata los nudos que me mantienen
encadenado al pasado y a quienes me hirieron.
Te pido la gracia de la docilidad espiritual:
que mi deseo de justicia no se transforme en sed de venganza,
y que mi dolor no se convierta en un ídolo.

Padre de Misericordia, en el nombre de Tu Hijo,
yo decido hoy —aunque mi sentimiento aún sea frágil—
soltar la deuda que otros tienen conmigo.
Renuncio a la amargura que me separa de Tu paz.
Baña mi memoria con Tu luz,
para que donde hubo un agravio, florezca una intercesión.
Que mi corazón, libre ya de piedras,
sea un templo espacioso donde la Trinidad habite con alegría.
“Señor, no me quites la memoria, sánala;
para que al recordar lo que viví, ya no sienta el veneno,
sino la victoria de Tu amor que todo lo restaura”.

Amén.

Lo que plantamos, cosechamos






"No es Dios quien castiga, es el propio movimiento de la vida que devuelve a la persona aquello que ella misma plantó. Quien vive difamando, humillando, mintiendo, traicionando, calumniando, diseminando odios, más temprano o más tarde terminará lidiando con las enfermedades físicas, psíquicas o espirituales que la maldad hace crecer.

El mal enferma a quien le da hospedaje."

p. Fabio de Melo

Cuando el Espíritu Santo parece ausente

¿Por qué parece que el Espíritu Santo no actúa en nosotros?

Mira con atención la respuesta del padre Reginald Garrigou-Lagrange:

“¿Cómo es posible que muchas personas después de haber vivido cuarenta o cincuenta años en estado de gracia y habiendo recibido con frecuencia la Santa comunión casi no dan señal de la presencia de los dones del Espíritu Santo en su conducta y en sus actos, se irritan por cualquier tontería y llevan una vida completamente fuera de lo sobrenatural?

Todo esto proviene de los pecados veniales que frecuentemente cometen sin ninguna preocupación; estas faltas y las inclinaciones que de ahí derivan hacen que estas almas se inclinen a la tierra y mantengan los dones del Divino Espíritu como que “atados”, así como alas que no se pueden abrir.

Dichas almas no guardan ningún recogimiento, ni están atentas a las inspiraciones del Espíritu Santo, que pasan inadvertidas, por eso permanecen en la oscuridad, no de las cosas sobrenaturales y de la vida íntima de Dios, sino en la oscuridad inferior que se enraíza en la materia, en las pasiones desordenadas, en el pecado y en error, ahí está la explicación de su inercia espiritual.

A estas almas se dirigen las palabras del salmista: Hodie si vocem eius audieritis, nolite obdurare corda vestra – Ojalá escucheis hoy su voz: no endurezcais vuestros corazones (Sl 94, 8)”

“Todo esto proviene de los pecados veniales que frecuentemente cometen sin ninguna preocupación”. Los malos hábitos de hacer bromas indecentes, burlarse de los defectos ajenos y otras fallas que se cometen deliberadamente, son ‘líneas’ que nos mantienen atados al mundo, impidiendo nuestro progreso en la vida espiritual y la abertura de nuestro corazón al Espíritu Santo. Para que Sus dones se manifiesten en nosotros es necesario combatir esos ‘pecados de estima’, que mantienen nuestras alas prendidas y nos impiden alcanzar altos vuelos.

“Tales almas no guardan ningún recogimiento”. Influenciadas por un pseudo pentecostalismo y por un sentimentalismo modernista, muchas personas piensan que serán dóciles al Espíritu si sienten muchas cosas o si hacen mucho ruido durante la oración. El consejo de Jesús para que oremos bien es muy diferente. El dice: “Tu, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto”. Debemos tener en nuestro corazón una celda, una cámara secreta, en la que podamos entrar y detenernos frente a Jesús. Cuando ejercitamos eso, somos capaces de hacer silencio interior aún entre las agitaciones del día a día.

En la secuencia de su obra, el padre Garrigou-Lagrange explica como podemos hacer para oir la voz del Espíritu Santo:

“Para ser dóciles al Espíritu Santo necesito en primer lugar escuchar su voz. Y para escucharla necesito el recogimiento y desprendimiento de mí mismo, guardar el corazón, la mortificación de la voluntad y del juicio propio. Es seguro que si no guardamos silencio en nuestra alma, y las voces de los afectos humanos la perturban, no habrán de llegar a nosotros las voces del Maestro interior. Por eso el Señor somete algunas veces nuestra sensibilidad a tan duras pruebas y de cierta forma la crucifica: es como el fin de que acabe sometiéndose totalmente a la voluntad, animada por la caridad.”

Frente a la aridez espiritual, de la “noche oscura de los sentidos”, muchas personas se asustan pensando que algo malo está sucediendo. Pero no es así. Se trata de Dios ‘crucificando’ nuestra sensibilidad, para hacernos personas mejores. Como dice Nuestro Señor en el Evangelio, “si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, se queda solo. Pero si muere produce mucho fruto”.

Buen día, Espíritu Santo! 22022026

 

jueves, 19 de febrero de 2026

Cuando el Espíritu Santo parece ausente

¿Por qué parece que el Espíritu Santo no actúa en nosotros?



Mira con atención la respuesta del padre Reginald Garrigou-Lagrange:

“¿Cómo es posible que muchas personas después de haber vivido cuarenta o cincuenta años en estado de gracia y habiendo recibido con frecuencia la Santa comunión casi no dan señal de la presencia de los dones del Espíritu Santo en su conducta y en sus actos, se irritan por cualquier tontería y llevan una vida completamente fuera de lo sobrenatural?

Todo esto proviene de los pecados veniales que frecuentemente cometen sin ninguna preocupación; estas faltas y las inclinaciones que de ahí derivan hacen que estas almas se inclinen a la tierra y mantengan los dones del Divino Espíritu como que “atados”, así como alas que no se pueden abrir.

Dichas almas no guardan ningún recogimiento, ni están atentas a las inspiraciones del Espíritu Santo, que pasan inadvertidas, por eso permanecen en la oscuridad, no de las cosas sobrenaturales y de la vida íntima de Dios, sino en la oscuridad inferior que se enraíza en la materia, en las pasiones desordenadas, en el pecado y en error, ahí está la explicación de su inercia espiritual.

A estas almas se dirigen las palabras del salmista: Hodie si vocem eius audieritis, nolite obdurare corda vestra – Ojalá escucheis hoy su voz: no endurezcais vuestros corazones (Sl 94, 8)”

“Todo esto proviene de los pecados veniales que frecuentemente cometen sin ninguna preocupación”. Los malos hábitos de hacer bromas indecentes, burlarse de los defectos ajenos y otras fallas que se cometen deliberadamente, son ‘líneas’ que nos mantienen atados al mundo, impidiendo nuestro progreso en la vida espiritual y la abertura de nuestro corazón al Espíritu Santo. Para que Sus dones se manifiesten en nosotros es necesario combatir esos ‘pecados de estima’, que mantienen nuestras alas prendidas y nos impiden alcanzar altos vuelos.

“Tales almas no guardan ningún recogimiento”. Influenciadas por un pseudo pentecostalismo y por un sentimentalismo modernista, muchas personas piensan que serán dóciles al Espíritu si sienten muchas cosas o si hacen mucho ruido durante la oración. El consejo de Jesús para que oremos bien es muy diferente. El dice: “Tu, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto”. Debemos tener en nuestro corazón una celda, una cámara secreta, en la que podamos entrar y detenernos frente a Jesús. Cuando ejercitamos eso, somos capaces de hacer silencio interior aún entre las agitaciones del dia a dia.

En la secuencia de su obra, el padre Garrigou-Lagrange explica como podemos hacer para oir la voz del Espíritu Santo:

Para ser dóciles al Espíritu Santo necesito en primer lugar escuchar su voz. Y para escucharla necesito el recogimiento y desprendimiento de mí mismo, guardar el corazón, la mortificación de la voluntad y del juicio propio. Es seguro que si no guardamos silencio en nuestra alma, y las voces de los afectos humanos la perturban, no habrán de llegar a nosotros las voces del Maestro interior. Por eso el Señor somete algunas veces nuestra sensibilidad a tan duras pruebas y de cierta forma la crucifica: es como el fin de que acabe sometiéndose totalmente a la voluntad, animada por la caridad.”

Frente a la aridez espiritual, de la “noche oscura de los sentidos”, muchas personas se asustan pensando que algo malo está sucediendo. Pero no es así. Se trata de Dios ‘crucificando’ nuestra sensibilidad, para hacernos personas mejores. Como dice Nuestro Señor en el Evangelio, “si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, se queda solo. Pero si muere produce mucho fruto”.

Buen día, Espíritu Santo! 19022026

 

lunes, 16 de febrero de 2026

El arte de soltar la piedra

El perdón como medicina del alma

Hay un peso que no se lleva en los hombros, sino en los pliegues más profundos de la memoria, allí donde guardamos, como un tesoro amargo, el eco de las palabras que nos hirieron o el frío de los gestos que nos rechazaron. El resentimiento, ese "volver a sentir" el dolor una y otra vez, funciona en nuestra arquitectura interna como una represa que detiene el agua viva del Espíritu. Cuando nos aferramos al agravio, el alma se vuelve un estanque de aguas estancadas, perdiendo la transparencia necesaria para reflejar el rostro de la Trinidad. Sanar no es simplemente un ejercicio de voluntad o un olvido forzado; es, ante todo, un proceso de "des-idolatría" de nuestro propio dolor. A menudo, sin darnos cuenta, convertimos nuestra herida en un altar donde sacrificamos nuestra paz presente. El Papa Francisco, con esa lucidez que brota del Evangelio, nos advirtió que el rencor es como un "gusano que roe y corroe el corazón" (Homilía en Santa Marta, 2020), una carcoma que nos impide mirar al otro con la mirada de Dios.

Desde una psicología integrada en la fe, autores como el Dr. Rudolf Allers, psiquiatra católico, sugieren que la raíz de muchas de nuestras amarguras reside en una falta de humildad metafísica: nos cuesta aceptar la finitud y la imperfección, tanto la propia como la ajena. El resentimiento nace de la pretensión de que el pasado sea distinto, de un juicio donde nos constituimos en jueces implacables de una deuda que ya nadie puede pagar. Sin embargo, la salud mental y la paz espiritual convergen en un mismo punto: la aceptación misericordiosa. Al decir "te perdono", no estamos validando la injusticia cometida, sino que estamos decidiendo que el mal recibido no tiene el poder de definir quiénes somos ni cómo amamos. Es una declaración de independencia espiritual. Como bien señala la psicología cristiana, el perdón es una "virtud liberadora" que desata el nudo que nos ata al victimario, permitiendo que la energía que gastábamos en rumiar el pasado se convierta en combustible para la caridad presente.

La Sagrada Escritura nos ofrece la imagen más potente de esta transformación en el misterio de la Cruz. Jesús no muere resentido; muere entregado. En ese "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34), Cristo nos enseña que la verdadera cura del resentimiento pasa por la intercesión. Cuando llevamos a la oración el nombre de quien nos hirió, no para enlistar sus faltas, sino para pedir que la luz de Dios lo alcance, algo se quiebra dentro de nosotros. El muro del "yo" herido se agrieta y deja pasar la Gracia. Es ahí donde la psicología del bienestar se transforma en teología de la salvación: dejamos de ser esclavos de una memoria herida para convertirnos en templos de una memoria agradecida. El Catecismo nos recuerda que "el perdón es la cumbre de la oración cristiana" (CEC 2844), porque es el momento en que nuestro corazón se hace semejante al de Dios, un corazón que no lleva cuentas del mal, sino que siempre apuesta por la vida.

Sanar el resentimiento requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, la docilidad de un niño que se deja curar por su padre. Es un camino de pequeños pasos donde aprendemos a mirar nuestras cicatrices no como recordatorios de una derrota, sino como señales de una batalla ganada por la misericordia. No permitamos que el sol se ponga sobre el enojo, pero tampoco permitamos que el pasado nos robe la luz a la esperanza. La Trinidad desea habitar en un corazón espacioso, no en uno apretado por el rencor. Hoy es un buen día para preguntarnos: ¿Qué nombre me cuesta pronunciar con paz en la oración? Quizás es allí donde el Señor quiere realizar su milagro más grande, transformando esa piedra de tropiezo en la piedra angular de una nueva madurez espiritual. La paz no es la ausencia de conflictos pasados, sino la presencia de Dios en nuestras heridas presentes.

Invocación por la Sanación de la Memoria y la Libertad del Corazón

Señor Jesús, Médico de las almas y de los cuerpos,
me pongo ante Tu presencia cargando el peso de mi propia historia.
Tú conoces cada rincón de mi memoria,
las palabras que aún duelen y los silencios que han dejado cicatrices.
Hoy, con la humildad de quien necesita ser rescatado,
te entrego mi resentimiento.

Espíritu Santo, sopla sobre las zonas rígidas de mi corazón.
Desata los nudos que me mantienen
encadenado al pasado y a quienes me hirieron.
Te pido la gracia de la docilidad espiritual:
que mi deseo de justicia no se transforme en sed de venganza,
y que mi dolor no se convierta en un ídolo.

Padre de Misericordia, en el nombre de Tu Hijo,
yo decido hoy —aunque mi sentimiento aún sea frágil—
soltar la deuda que otros tienen conmigo.
Renuncio a la amargura que me separa de Tu paz.
Baña mi memoria con Tu luz,
para que donde hubo un agravio, florezca una intercesión.
Que mi corazón, libre ya de piedras,
sea un templo espacioso donde la Trinidad habite con alegría.

“Señor, no me quites la memoria, sánala;
para que al recordar lo que viví, ya no sienta el veneno,
sino la victoria de Tu amor que todo lo restaura”.
Amén.

domingo, 15 de febrero de 2026

¿De qué lado estamos?

 -Es necesario estar abiertos para recibir la fuerza de lo Alto-

No es preciso mucho para que un cristiano se vuelva el sujeto más frágil del mundo y desista delante de cualquier obstáculo. Necesitamos estar abiertos para recibir la fuerza de lo Alto. ¿Cómo vamos a fortalecer poderosamente nuestro hombre interior si nos llenamos con los “frutos” presentados por el mundo? Somos llamados a cosas más grandes. Si tenemos un proyectito pequeñito para nuestra pobre vida, estamos en el lugar errado. Supliquemos al Espíritu Santo, pues Pentecostés es para aquellos que quieren ser llenos del Espíritu de Dios.

Si queremos ser del Paráclito tenemos que ser animados por Él.

Si Él nos defiende de las tres grandes acusaciones (del mundo, del pecado y de lo sucio), si el salario del pecado es la muerte, si todos los pecadores están privados de la gloria de Dios, si lo sucio es lo que nos acusa, ¿de qué lado estamos? Si queremos ser llenos del Espíritu Santo, tenemos que vaciarnos de las cosas sucias y cambiar de lado. ¿Estamos del lado de quien defiende (Espíritu Santo) o del lado de quien acusa?

Lo sucio tiene siempre dos instrumentos guardados: una lista de todos nuestros pecados no confesados y una lupa. Si nos reunimos, en nombre de Jesús, el Señor estará presente, pero si nos reunimos para acusar a alguien, ¿quién estará en el medio de nuestra actitud y lo sucio, con su lista de limitaciones y su lupa, a fin de aumentar las acusaciones y disminuir lo acusado? Quien nos acusa ve nuestros errores ampliados y nosotros, por el contrario, los vemos bien pequeños.

Para ser llenos del Espíritu Santo debemos desligarnos de lo sucio y tirar afuera su lista. Somos pecadores, frágiles, pero tenemos un mediador, alguien que murió para que no sufriésemos las consecuencias de nuestro pecado. Ese alguien tiene nombre y, delante de Él, todas las rodillas se doblan en la tierra, en el cielo, en el infierno, y toda lengua proclama que Jesucristo es el Señor. Es preciso tener coraje para apartarnos de todo aquello que no es de Dios.

“Todos estos son murmuradores y descontentos que viven conforme al capricho de sus pasiones: su boca está llena de petulancia y adulan a los demás por interés. En cuanto a ustedes, queridos míos, acuérdense de lo que predijeron los Apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Ellos les decían: «En los últimos tiempos habrá gente que se burlará de todo y vivirá de acuerdo con sus pasiones impías». Estos son los que provocan divisiones, hombres sensuales que no poseen el Espíritu. Pero ustedes, queridos míos, edifíquense a sí mismos sobre el fundamento de su fe santísima, orando en el Espíritu Santo. Manténganse en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la Vida eterna.”

Jd.1,16-21

Padre Leo scj
Libro: “Renovados pelo Espirito Santo”
Adaptación y traducción Del original en português

domingo, 1 de febrero de 2026

Cuando la libertad se adormece

De la aceptación acrítica a la esclavitud digital

La aceptación acrítica de lo que sucede parece, a primera vista, una actitud de serenidad: dejar que las cosas pasen, no discutir demasiado, adaptarse. Sin embargo, cuando se convierte en hábito, se transforma en una renuncia silenciosa a la libertad interior. Es como si la persona dejara de preguntarse por el sentido de lo que vive y se entregara a la corriente, sin discernimiento. El Papa León XIV lo expresó recientemente en un encuentro con jóvenes: “Ustedes son signo de una generación que no acepta acríticamente lo que sucede, sino que imagina un futuro mejor y ha decidido comprometerse para construirlo”. Su advertencia es clara: la falta de discernimiento abre la puerta a nuevas esclavitudes que roban la esperanza.

San Pablo, con la fuerza de su palabra, nos recuerda: “Para ser libres nos libertó Cristo Jesús” (Gal 5,1). La libertad es don y tarea, y se juega en cada decisión. Cuando aceptamos acríticamente lo que sucede, renunciamos a esa libertad y nos dejamos encadenar por fuerzas externas. Hoy, una de las esclavitudes más invisibles y extendidas es la digital. La vida conectada, que nos ofrece tantas posibilidades, también nos encierra en un círculo de dependencia. El gesto automático de abrir la pantalla, deslizar, consumir lo que aparece sin preguntarnos por qué, sin detenernos a discernir qué nos hace bien y qué nos daña, es la forma cotidiana de esa aceptación acrítica.

La neurociencia y la cultura contemporánea confirman este riesgo. El neurólogo Manfred Spitzer advierte que el uso compulsivo de pantallas afecta la memoria y la atención, debilitando la capacidad crítica. Nicholas Carr describe cómo la lectura fragmentada en internet empobrece la profundidad del pensamiento. Estos estudios muestran que la aceptación acrítica de lo digital no es inocua: tiene consecuencias reales en el cerebro y en la vida interior. La esclavitud digital no es solo cuestión de tiempo perdido: es una colonización de la atención, un vaciamiento del silencio interior, una sustitución del encuentro real por estímulos inmediatos.

La tradición espiritual también ilumina este desafío. Los santos canonizados no conocieron la era digital, pero muchos vivieron en contextos donde la cultura imponía modelos acríticos: ideologías dominantes, costumbres sociales que sofocaban la libertad. Su camino fue el discernimiento: confrontar la corriente con la luz del Evangelio. En ese sentido, su experiencia es actual: nos enseñan que la santidad implica una mirada crítica y una libertad interior que no se deja esclavizar.

Este espacio es una invitación a unir estas perspectivas. La psicología nos recuerda que la atención es limitada y que la dispersión digital puede vaciar nuestra capacidad de decisión. La espiritualidad nos enseña que la libertad se cultiva en el silencio y en la oración. Juntas, ambas nos llaman a recuperar el patio interior, ese lugar de intimidad donde la persona se encuentra consigo misma y con Dios, y desde allí puede discernir lo que le da vida y lo que la esclaviza.

Liberarse de la aceptación acrítica y de la esclavitud digital no significa rechazar la tecnología, sino aprender a habitarla con conciencia. Significa educar la atención, recuperar el silencio, valorar los encuentros reales y rezar con mirada crítica. Es un camino de esperanza, porque cada gesto de libertad interior abre la posibilidad de una paz más profunda. La verdadera paz no es evasión, sino fruto de una conciencia despierta que sabe discernir y elegir.