domingo, 1 de febrero de 2026

Cuando la libertad se adormece

De la aceptación acrítica a la esclavitud digital

La aceptación acrítica de lo que sucede parece, a primera vista, una actitud de serenidad: dejar que las cosas pasen, no discutir demasiado, adaptarse. Sin embargo, cuando se convierte en hábito, se transforma en una renuncia silenciosa a la libertad interior. Es como si la persona dejara de preguntarse por el sentido de lo que vive y se entregara a la corriente, sin discernimiento. El Papa León XIV lo expresó recientemente en un encuentro con jóvenes: “Ustedes son signo de una generación que no acepta acríticamente lo que sucede, sino que imagina un futuro mejor y ha decidido comprometerse para construirlo”. Su advertencia es clara: la falta de discernimiento abre la puerta a nuevas esclavitudes que roban la esperanza.

San Pablo, con la fuerza de su palabra, nos recuerda: “Para ser libres nos libertó Cristo Jesús” (Gal 5,1). La libertad es don y tarea, y se juega en cada decisión. Cuando aceptamos acríticamente lo que sucede, renunciamos a esa libertad y nos dejamos encadenar por fuerzas externas. Hoy, una de las esclavitudes más invisibles y extendidas es la digital. La vida conectada, que nos ofrece tantas posibilidades, también nos encierra en un círculo de dependencia. El gesto automático de abrir la pantalla, deslizar, consumir lo que aparece sin preguntarnos por qué, sin detenernos a discernir qué nos hace bien y qué nos daña, es la forma cotidiana de esa aceptación acrítica.

La neurociencia y la cultura contemporánea confirman este riesgo. El neurólogo Manfred Spitzer advierte que el uso compulsivo de pantallas afecta la memoria y la atención, debilitando la capacidad crítica. Nicholas Carr describe cómo la lectura fragmentada en internet empobrece la profundidad del pensamiento. Estos estudios muestran que la aceptación acrítica de lo digital no es inocua: tiene consecuencias reales en el cerebro y en la vida interior. La esclavitud digital no es solo cuestión de tiempo perdido: es una colonización de la atención, un vaciamiento del silencio interior, una sustitución del encuentro real por estímulos inmediatos.

La tradición espiritual también ilumina este desafío. Los santos canonizados no conocieron la era digital, pero muchos vivieron en contextos donde la cultura imponía modelos acríticos: ideologías dominantes, costumbres sociales que sofocaban la libertad. Su camino fue el discernimiento: confrontar la corriente con la luz del Evangelio. En ese sentido, su experiencia es actual: nos enseñan que la santidad implica una mirada crítica y una libertad interior que no se deja esclavizar.

Este espacio es una invitación a unir estas perspectivas. La psicología nos recuerda que la atención es limitada y que la dispersión digital puede vaciar nuestra capacidad de decisión. La espiritualidad nos enseña que la libertad se cultiva en el silencio y en la oración. Juntas, ambas nos llaman a recuperar el patio interior, ese lugar de intimidad donde la persona se encuentra consigo misma y con Dios, y desde allí puede discernir lo que le da vida y lo que la esclaviza.

Liberarse de la aceptación acrítica y de la esclavitud digital no significa rechazar la tecnología, sino aprender a habitarla con conciencia. Significa educar la atención, recuperar el silencio, valorar los encuentros reales y rezar con mirada crítica. Es un camino de esperanza, porque cada gesto de libertad interior abre la posibilidad de una paz más profunda. La verdadera paz no es evasión, sino fruto de una conciencia despierta que sabe discernir y elegir.