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miércoles, 28 de febrero de 2018

TE CONSAGRO MI MENTE, SEÑOR

30 minutos para cambiar tu día a día
TE CONSAGRO MI MENTE, SEÑOR

“No tomen como modelo a este mundo.
Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad,
a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios:
lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.”.
Rom. 12,2

Al concluir tu momento de intimidad con el Señor, es importante no dejar que nada de ese tiempo precioso se pierda. Es bueno guardarlo como en un cofre fortificado para que el demonio no lo venga a saquear como el ave que come la semilla que cae a la vera del camino. Podemos hacer eso consagrando nuestra mente al Espíritu Santo.

Consagrar significa entregar, confiar, ceder, separar para el uso exclusivo de lo que es sagrado. Es decidir, de aquí en adelante, no usar más nuestra mente a no ser para el bien, para conocer la verdad y para agradar a Dios. Consagración que deberemos renovar siempre que estemos concluyendo esos 30 minutos en la presencia del Altísimo. Si quieres, puedes rezar la oración que sigue:

ORACIÓN DE CONSAGRACIÓN DE LA MENTE A DIOS.

Señor Jesús, así como consagraste tu vida al Padre, yo también vengo ahora a consagrarte mi mente y cada pensamiento en este día. Te entrego mi mente a ti, y la confío en tus manos, las someto a tu divino poder. Cedo a ti todas las posibilidades que en ella existen y me rehuso terminantemente a usarla a no ser para lo que es agradable a ti; o sea, para lo que es bueno y santo.

Te consagro todo mi ser, todo lo que tengo y soy. Me abandono en tus manos sin esconder nada (Una vez más coloca debajo de la luz de Dios, una a una, aquellas cosas sufridas, vergonzosas, incomodas, aquellas medias intenciones de ceder a una tentación, o todavía en aquellos proyectos particulares que tenemos recelo de que el Espíritu Santo los repruebe)

No reservo cosa alguna para mi. Pongo a tu servicio mi inteligencia, mi memoria y mi imaginación. Todo es tuyo. Que estén a tu disposición para el bien de mis hermanos, que trabajen para generar amor y sean fuente de alegría para todos.

Pongo también en tus manos mis cargas y preocupaciones. Que nada me perturbe y venga a minar mi confianza en ti. Te confío de antemano los pensamientos que pasarán por mi cabeza, las preocupaciones por mi sustento material y espiritual, con mi familia y las personas que amo. Te consagro cada pensamiento en este día y en cada uno de ellos te entrego mi pasado, mi presente y mi futuro.

Señor, inspírame aquello que debo pensar para que pueda discernir concretamente tu voluntad para mi vida en aquello que hago. Santifica mis ideas, recuerdos e imaginaciones. Inspírame los buenos propósitos. Despierta mi mente para aquello que debo hacer, muéstrame también lo que debo evitar.

Sé que tu me amas, cuidas de mi, por eso, desde ya, te agradezco por todo y acepto todo lo que me permitas vivir en este día de hoy. Creo firmemente en tu amor y confío incondicionalmente en tu divina Providencia. Declaro ahora que este día ya fue consagrado a ti.

¡Amén!

Padre Nuestro que está en el Cielo…
Ave-María, llena de gracia…

Agradece al Señor por este tiempo pasado en Su presencia. Alábalo por Su bondad. Termina con una canción de alabanza que proclame la victoria del Señor.
Revístete de alegría y vive bien el día. 

Por la señal de la Santa Cruz, líbranos Dios, Señor Nuestro, de nuestros enemigos. 
En Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡Amén!

Marcio Mendes
30 minutos para cambiar tu día a día.
Adaptación de original en portugués.
Editorial Canción Nueva.

SEÑOR, ¿QUÉ QUIERES QUE HAGA?

30 minutos para cambiar tu día a día
SEÑOR, ¿QUÉ QUIERES QUE HAGA?

“¡Busquen al Señor mientras se deja encontrar,
llámenlo mientras está cerca!”.
Isaías 55,6

El secreto para una vida más segura y decidida es descubrir lo que Dios quiere de nosotros en todo lo que hacemos. El Señor desea siempre revelarnos su voluntad, pero quiere que le busquemos con perseverancia aún más. Pídele constantemente: “Señor, enséñame a escucharte”.

Algunas veces, El nos revela sus planes durante la oración; otras, Él se vale de las personas para hablar con nosotros. De una manera u otra, el Señor está siempre orientándonos. Somos nosotros quienes tenemos dificultades para oírle. 

Muchos errores serían evitados si educásemos mejor los oídos del corazón para captar lo que Dios está por decirnos. 

Tal vez te preguntes: “Pero, ¿cómo? ¿De qué manera es posible oír a Dios?” Comienza procurando escuchar más, dedicándote a prestar más atención a las personas y a los acontecimientos que llegan a ti. Para eso, evita la charlatanería. Responde con simplicidad cuando alguien te consulte, principalmente en lo que se refiere a cosas delicadas de la vida y de Dios. Cuando te pidan que te posiciones sobre algunas cuestiones importantes y no sepas qué decir, entonces, pide un tiempo para pensar. Después encuentra un lugar tranquilo, sin distracciones, y consulta a Dios en oración. Simplemente, oye la voz del Señor dentro de ti. La respuesta vendrá. 

Existen personas que no consiguen admitir que no saben todo. No quieren reconocer que no tienen todas las respuestas. En lugar de eso, comienzan a especular, a discutir y a pelear, por el simple placer de exhibirse “moviendo la boca”. Huye de eso.

Esas cosas solo nos disipan, causan alboroto, desvían de la verdad y nos atrapan para distinguir la voz de Dios. Escucha más y habla menos. Dios aprovechará esa actitud para conducirte y afirmarte en el camino correcto. No tengas recelo de oír a las personas, pues existen ciertas cosas que solo conseguimos percibir por medio de los ojos de los otros. Y Dios aprovecha eso para ayudarnos.

La gente aprende muchas cosas con las personas sabias, la gente aprende mucho con los amigos. Y ¡cuánto aprendemos con nuestros hijos! Es muy triste alguien que piensa no tener nada que aprender con los otros, sobre todo con los de su casa.

Cuando encuentres una persona de bien, orante, instruida y sabia, piensa: “Qué debo hacer para volverme como ese hombre o como esa mujer?” Cuando te topes con una persona perdida, desperdiciando su propio tiempo y energía, actuando mal, haciendo el mal; piensa: “Mi Dios, ¿será que yo también me porto de ese modo?” Y procura con la fuerza del Espíritu Santo volverte un ser humano mejor.

El amor puro no está en lo que hablas; sino en lo que haces. Y sólo el amor puede llevarnos al encuentro de Dios, hacernos entender lo que Él quiere para nosotros y volvernos sabios. Por lo tanto, cuando estés con las personas, no te olvides de lo que Dios te inspiró en la oración. Y cuando estés en oración no te olvides de que Dios habló contigo por medio de personas. Siempre y en todo lugar procura oír lo que el Espíritu Santo está diciéndote. ¿Estás perdido, confundido, o inseguro de tus decisiones? Reza.

Recurre al Señor que perdona nuestros desvíos y nos lleva por caminos mejores.

Dile: “¡Habla conmigo, Señor! Necesito oír tu voz. ¿Qué quieres de mi? ¿Qué debo hacer en este día para agradarte? ¿En qué debo mejorar ahora? ¿En qué debo corregirme? ¿Qué iniciativas debo tener?

También puedes pedir, con fe y reverencia, que el Señor te de una palabra de la Escritura que te sirva de apoyo, confirmación o te dé coraje. En seguida, abre la Biblia aleatoriamente. Es probable que un versículo o un trecho de aquella página te llame más la atención. Haz una lectura orante y procura discernir en lo que ese pasaje de la Escritura tiene que ver con lo que Dios ya te había inspirado.

Graba las directrices, revelaciones, enseñanzas, órdenes y promesas de Dios en este tiempo de oración. Anótalas y retómalas en otros momentos hasta que tu corazón te asegure que ellas ya cumplieron su misión.

Aprovecha para hacer un examen de conciencia y pedir perdón por los errores y pecados del día presente o del día anterior. Seguidamente asume con Dios el propósito de enmendar los errores, reparar los pecados y retomar las buenas inspiraciones e iniciativas que fueron dejadas atrás. Pregunta al Señor: “Mi Dios, ¿cual es la buena obra que has reservado de antemano para que practique hoy?. En la medida en que la respuesta venga a tu mente, toma posesión de ella y comprométete con Dios a realizarla todavía en aquel día lo antes posible. Ingresarás en una atmósfera de amor tan profunda que renovará tu ánimo, fortalecerá tu voluntad y te curará.

Como las otras oraciones ya han preparado tu interior, es posible oír la voz de Dios en esos minutos de escucha. Pero si puedes y quieres permanecer quieto y en silencio en la presencia de Dios por más tiempo, ten la certeza de que valerá cada segundo. 

Recemos entonces:

ORACIÓN DE ESCUCHA A DIOS

Abre, Señor, los oídos de mi alma, como hiciste con el profeta Samuel, para que sepa distinguir tu voz y también responder: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”

No sólo los oídos de la mente, sino sobre todo los del corazón precisan ser tocados y abiertos por tu Espíritu Santo. No quiero solamente entender, quiero más que eso, quiero si comprender todo lo que me dices.

Por la experiencia de las heridas no sanadas, del egoísmo, de la vanidad, del rencor, me fui cerrando en mi mismo. Fui, así, atrofiando mi capacidad de escuchar con amor y oír tu voz.

Jesús, como pusiste tus manos sobre los ojos del ciego para que se abriesen, coloca tus manos llagadas sobre mi para que todo mi ser sea puro acogimiento a lo que me quieres revelar. 

Estos oídos míos más dispuestos a escuchar cosas inútiles y maldades que a tu Santa Palabra; más abiertos para acoger la ilusión de las mentiras que las verdades; tan resistentes a las mociones de tu Espíritu por estar más preocupados en satisfacer sus propios caprichos -Señor, son estos oídos que necesitan ser sanados por ti.

Todo mi ser ansía por esta unción de tu Espíritu Santo -mi mente, mi corazón, mi cuerpo, todos mis sentidos -tan prisioneros de sí mismos- aguardan que Tú los liberes.

Señor, ¡habla conmigo! ¡Necesito escucharte! ¡Necesito ser conducido por ti! Estaré enteramente atento en este momento. Que todo bloqueo, miedo, frialdad, resistencia o negación a la escucha de tu voluntad para mi vida sea envuelta ahora en el fuego ardiente del Espíritu de Dios y disueltas de una vez por todas. Que los ángeles de Dios combatan por mi, y que el Santo Espíritu abra los más íntimos recintos de mi ser para que la voz del Señor y su Palabra me sumerjan en un amor incesante y en la alegría de tus inspiraciones.

¡Amén!

Marcio Mendes
30 minutos para cambiar tu día a día.
Adaptación de original en portugués.
Editorial Canción Nueva.

domingo, 25 de febrero de 2018

SEÑOR, NECESITO AYUDA

SEÑOR, NECESITO AYUDA

“Después le enseñó con una parábola
que era necesario orar siempre sin desanimarse:”.
Lucas 18,1

Al estudiar las Escrituras acabé descubriendo que Dios tiene un lugar especial en su corazón donde Él guarda ciertas cosas. Son cosas que le fueron pedidas en oración y, por algún motivo, que sólo Él conoce, todavía no pudieron ser cumplidas.

Es difícil entender y aceptar que Dios no atienda de inmediato nuestras urgencias. Recuerdo, con pena, a una señora que confidencialmente me contó haber abandonado la iglesia Católica para entrar en una nueva iglesia y decía: “Allá nosotros no pedimos nada a Dios, en vez de eso, con autoridad, determinamos y exigimos que Dios nos obedezca”. No creo que Dios quede molesto con eso. Pienso, inclusive, que Él debe encontrar gracioso (cfr. Sal 2,4) a ese gentío imperando, gritando y dándole órdenes a Él.

Para escucharnos, Dios no se guía por nuestros criterios. El no se inclina ante nuestros caprichos, no se asusta con nuestros gritos ni se intimida con nuestros chantajes emocionales. Lo que conmueve a Dios es que a pesar de todo continuemos esperando sin ceder un paso y sin perder la confianza. ¿Has pedido? Ahora, confía y espera.

Algunas veces, demoramos un buen tiempo en comprender que demora no significa negación, ni rechazo. Demora también puede ser misericordia. Isaías relata que Dios ansía la hora de actuar en nuestra defensa, mientras Él también espera no nos deja desprotegidos:
“A pesar de todo, el Señor espera para apiadarse de ustedes; a pesar de todo, él se levantará para tenerles compasión; porque el Señor es un Dios de justicia. ¡Felices todos los que esperan en él!
Sí, pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, ya no tendrás que llorar: él se apiadará de ti al oír tu clamor; apenas te escuche, te responderá.
Cuando el Señor les haya dado el pan de la angustia y el agua de la aflicción, aquel que te instruye no se ocultará más, sino que verás a tu maestro con tus propios ojos.
Tus oídos escucharán detrás de ti una palabra: «Este es el camino, síganlo, aunque se hayan desviado a la derecha o a la izquierda»
ISAIAS 30, 18-21

Para quien confía en Dios, ninguna espera es por si acaso. Existen propósitos en esa demora sufrida. Existen muchas sorpresas llenas de amor y sabiduría que Dios preparó para aquellos que aprenden a aguardar con fe.

Sufrimos continuamente la tentación de tomar aún verdes los frutos de la misericordia de Dios. Queremos tomar su bondad antes de la hora. Pero Dios quiere que esperemos hasta el tiempo correcto en que el fruto esté maduro. Es por esa razón que “el Señor espera para tener misericordia de ustedes…” (Is 30,18)

Dios esta acompañando atentamente nuestros momentos difíciles, está templando la llama de nuestras tribulaciones para que no nos quememos demasiado. El esta vigilando para no dejarnos pasar por ninguna prueba más allá de lo que somos capaces de aguantar.

Sabemos que El no nos ahorrará de atravesar “la aflicción y la angustia” (Is 30,20) que nos van a purificar y liberar de nuestros apegos, vicios e ilusiones. Pero, luego, en seguida Él vendrá en nuestro auxilio y veremos con nuestros propios ojos a Él actuar en nuestro favor. No le causes ese disgusto de dudar de Su amor por ti

Retoma tu coraje y enfrenta el día de hoy con confianza, pues la ayuda que necesitamos ya está en camino. El vendrá y no tardará. El auxilio de Dios no llega antes ni después de la hora, sino en el momento correcto, en el tiempo propicio.

Tal vez seas probado y tengas que comer el “pan de la angustia” y beber del “agua de la aflicción”. Pero existe aquí la garantía de que en la crisis habrá pan y no racionamiento de agua. Lo necesario Dios dará y no dejará faltar. Ahora, lo mejor es que después de todo eso, Dios se te revelará. Y Él mismo te guiará. Además, Dios usa la crisis para ayudarnos a reconocerlo y a educarnos para oírlo.

Dios oirá nuestro corazón, pero tal vez El no responda dentro del plazo que nosotros estipulamos. Sin dudas, El se revelará a nuestro corazón que lo busca, pero no exactamente en el momento determinado por nuestras expectativas. De ahí la necesidad de la perseverancia, de la insistencia y la súplica.

En la época que para conseguir fuego era necesario frotar una piedra con otra, debías hacerlo innumerables veces, no era fácil. Pero cuando el fuego prendía, ¡que alegría!.

La gente insiste en cosas con tan poca importancia y ¿no vamos a insistir en las cosas de Dios? Pide con fe; pero no dejes de pedir porque Dios se está demorando en responder. Insiste. Frota las piedras de la oración una vez más. Haz saltar las chispas. Haz explotar las llamas. Prepárate porque el fuego se encenderá y no va a demorar.

Cuanto más conozco las escrituras, mas crece en mi una certeza: no existe una solo oración perseverante hecha con amor y espíritu de fe que quede sin respuesta. Mira bien: necesita brotar del amor y necesita ser hecha con fe.

Reza conmigo unos minutos:

Señor, ven en mi auxilio. Ayúdame, mi Dios, a sacar de mi el egoísmo, el orgullo, la fragilidad de la voluntad y la desmotivación. Siento vergüenza a esta altura de la vida de ser tan inmaduro. Lo que me consuela es saber que muchos hombres y mujeres buenos, justos y santos tenían en el pasado exactamente los mismos defectos que yo. Consiguieron liberarse porque recurrieron a ti con humildad, insistieron y no desistieron hasta que tú, Señor, los ayudaste. Haz por mi lo que hiciste con ellos, Señor.

Pongo en tus manos mi salud (si estas enfermo o sintiendo algún dolor habla con Jesús. Pide tu sanación. Haz que fortalezca tu salud y que no te deje dolorido)

Coloco una vez más en tus manos todos mis proyectos y todos mis trabajos así como mis estudios; haz que acontezcan, que sean bendecidos y produzcan buenos resultados Señor.

Sé que Tú me escuchas y quieres atenderme. Tu puedes darme cualquier cosa y sé que me lo darás si fuese para mi bien.

¡Atiéndeme! ¡Ayúdame! Concédeme esta gracia, te suplico. (Dile a Jesús lo que estás necesitando en este día. Cuéntale lo que El puede hacer por ti. ¿Qué esperas del Señor? Dícelo)

Te suplico por mis preocupaciones, por los pensamientos que me perturban, por mis sentimientos agitados y por todo lo que crece dentro de mi volviéndose pesado en mi corazón. (Escucha a Jesús hablándote dentro de tu corazón, conversando contigo y pidiéndote: Ábrete conmigo. Dime lo que te pesa. ¿Qué te está preocupando? Estoy contigo para ayudarte. Entonces, revélame los deseos de tu corazón. Muéstrame lo que hay en tu alma y lo que puedo hacer por ti y por aquellos que tu amas. Dime el nombre de las personas que te preocupan. Háblame sobre aquellas que tu quieres que yo, de manera especial, ayude. Reza por los de tu casa. Los protegeré y bendeciré. Reza por tus amigos y colegas. Dime como te gustaría que los ayudase)

Jesús, coloca tus manos sobre mi cabeza y sobre mi corazón. Tengo tantas cosas para hacer que ni sé por donde comenzar. Muéstrame cual es el próximo paso que debo dar de acuerdo a tu voluntad. Quiero hacer lo que es correcto, bueno, útil y agradable para ti. Te presento especialmente esta situación…… que parece no resolverse. Revélame, Señor, por qué no estoy consiguiendo encontrar una solución a este problema. (Dile a Jesús lo que deseas realizar. Cuéntale como piensas hacer eso. Pide que te muestre los obstáculos que lo están impidiendo y te otorgue fuerzas y medios para superarlos. Ciertas gracias, Dios solo las dá a quienes las piden)

Entra con tu Luz restauradora en mi corazón, cúrame, fortaléceme y reconstrúyeme, Señor Jesús.

Todos los días experimento pequeñas y grandes alegrías, pero con frecuencia sufro también heridas y quedo triste. Lávame de los recuerdos de esa ofensa que sufrí. Te entrego el dolor de esta mi herida. Tu la curarás.

Te entrego a esa persona que me hirió… (Dile el nombre de esa persona al Señor) Desgrana una a una tus tristezas a los pies de Jesús. Llora si fuese necesario. Habla detalladamente al Señor todo lo que está amargando tu alma. Cuéntale quien te hirió, dile quien te faltó el respeto y te humilló. Si alguien te despreció, cuéntale todo al Señor y no guardes más ninguna decepción dentro de tu corazón.

Con el consuelo de tu Espíritu, quiero perdonar todo y olvidar cualquier cosa hecha para herirme o perjudicarme. Deseo en lo más íntimo de mi aquella bendición con la cual recompensas a aquellos que se determinan a perdonar.

Marcio Mendes
30 minutos para cambiar tu día a día.
Adaptación de original en portugués.
Editorial Canción Nueva.

martes, 20 de febrero de 2018

SEÑOR, ¡CÚRAME!

30 MINUTOS PARA CAMBIAR TU DÍA A DÍA
SEÑOR, ¡CÚRAME!

“Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes».
Y en el camino quedaron purificados.”.
Lc 17, 14

¿Cómo y dónde procuraba Jesús conocer los planes de Dios para su vida? ¿Dónde Él buscaba sanar las heridas de su corazón? En la oración. Los cristianos de los primeros siglos sabían que la oración es fuente de sanación y recurrían a la espiritualidad para entender lo que estaba sucediendo en su alma. Al orar, buscaban la sanación de las heridas emocionales que hoy intentamos solucionar con tratamientos mentales y comportamentales.

En la oración, la persona no se encuentra solamente con Dios, sino también consigo misma y comienza a entenderse mejor. En la oración se retiran las caparazones de violencia y negación con que protegíamos nuestras heridas para que Dios pueda sanarlas. La oración es una fuente inagotable de sanación; y por medio de ella, aquel que reza se desenvuelve y madura. El tipo de realización que se consigue por medio de la oración perseverante lleva infaliblemente a un tipo de felicidad que no se derrumba con los reveses de la vida. 

¡Pero, presta atención! Existe aquí un secreto: la oración solo es capaz de volver a alguien feliz cuando el primer objetivo de esa persona no es obtener una gracia, sino encontrar a Dios. Cuando se está lleno de Espíritu Santo, felicidad es la consecuencia.

La mayoría de las veces, son dos los obstáculos que impiden experimentar la sanación. El primero es la obstinación en no perdonar a quien me hirió (cfr. Eclo 28, 3). El segundo es no confiar que Dios puede y quiere curarnos.

Para que podamos comprender la importancia de la fe en nuestro proceso de sanación, San Lucas narra lo que sucede a esos dos hombres que padecían lepra:
“Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pesaba a través de Samaría y Galilea.Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!».Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Y en el camino quedaron purificados.Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz altay se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?».Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado».”Lucas 17, 11-19
Delante del pedido afligido de dos personas enfermas, Jesús responde como diciendo: “Vayan… que todo va a salir bien”. Vale recordar que el ex leproso solo debería presentarse al sacerdote después de curado, para la constatación de la sanación. Los diez tuvieron que ir en fe, sin ninguna evidencia de haber sido escuchados. Tomaron el camino cargando la propia lepra.

“Vayan caminando!”

¡Imagina! Pides la sanación a Jesús y Él te responde: “Anda, comienza a caminar”

Es en el camino que somos curados -cuando hacemos lo que Dios nos manda, y lo obedecemos de manera única y particular. O sea, existen cosas que Dios nos pide y que nadie puede hacer en nuestro lugar. Cada uno de los diez tuvo que andar su camino en fe, apoyados simplemente en la confianza de una promesa. Mil cosas deben haber pasado por la cabeza de cada uno de ellos, miedos, dudas, deseos de no seguir; pero eso no importa, pues la fe se manifiesta en la obediencia. Fue porque obedecieron que recibieron.

Mientras tanto la sanación se completa cuando volvemos a Dios los dones que de Él recibimos. Mira lo que expresan esos versículos: en la matemática del Señor, de cada diez agraciados solamente uno vuelve para agradecer a Dios los dones, las gracias, los favores que recibió.

Ese relato califica a las personas en dos grandes grupos. ¿En cuál de los dos estás tú? ¿En el grupo de aquellos que se olvidaron? ¿O en el grupo de aquellos que vuelven a agradecer? Algunas veces, la gente queda tan encantada con lo que recibió que se olvida de quien lo recibió.

Diez recibieron la sanación, pero solo uno la salvación: “(…) tu fe te ha salvado”. Quien se vuelve a Dios acaba por obtener siempre más. Los diez tuvieron fe suficiente para recibir una gracia: la sanación del cuerpo. Pero hubo uno cuya fe alcanzó la sanación mas significativa, la del corazón.

De cualquier manera mira la importancia de creer y obedecer la Palabra de Dios. Por la fe, fueron sanados. Por fe, uno recibió la salvación. Creer es confiar, depender y obedecer al Señor. Esa palabra también nos revela que la gratitud lleva a la persona a un nivel más excelente de fe. Y la verdadera gratitud nos hace volver a Dios, dar gloria al Señor, poner nuestros dones al servicio de Él, y nos alcanza gracias todavía mayores.

Saber recibir lo que Dios nos da, con respeto y alegría, aún cuando nada tenemos para ofrecer, es la mayor de las retribuciones. Cuántas bendiciones nos rodean todos los días: el don de la vida, nuestra salud, el aire que respiramos, alguien que amamos, alguien que nos ama, el sol que ilumina nuestros pasos y calienta nuestro frío, la florcita que florece y perfuma nuestro camino y tantas cosas más.

¿Sabes cuál es la matemática más difícil de ser aprendida? Es aquella que nos capacita a contar nuestras bendiciones.

Una vez más, confía en Dios. Cuando una persona insiste en pedir su sanación interior, cuando ella persevera en pedir la vida eterna, Dios siempre la escucha; pues pide exactamente lo que Él quiere dar. Si todavía no recibiste, puedes quedar tranquilo que la cuestión es solo una cuestión de tiempo pues no hay dudas de que vas a recibir esa gracia clamada.

Reza conmigo en los próximos minutos pidiendo al Señor que sane tu corazón. Un antiguo y sabio dictado enseña: “Cuando vayas a orar, comienza perdonando” Vamos a vaciarnos de todo lo que puede mantenernos apartados de Dios y rezar:

ORACIÓN DE SANACIÓN INTERIOR POR MEDIO DEL PERDÓN

Señor Jesús, vengo a ti con mis dolores y heridas, pues tu Palabra me anima cuando dice: “al que está perdido, yo buscaré; al desgarrado yo lo conduciré, al herido lo curaré, al enfermo lo restableceré y cuidaré del que esté saludable y vigoroso” (cfr. Ez 34, 16)

Reconozco que traigo en mi resentimientos, recuerdos dolorosos, traumas y heridas de las cuales solo no he conseguido recuperarme. Traigo a Ti mis heridas y también los estragos emocionales que sufrí y los que causé. Y quiero perdonar a todas las personas, absolutamente todas, que, consciente o inconscientemente, de algún modo me perjudicaron, me hicieron sufrir y atraparon mi crecimiento, mis planes, mi futuro.

Señor Jesús, dame coraje y fuerza para eso. Reconozco que necesito liberarme y reconciliarme conmigo mismo. En tu nombre, me perdono por no ser todo lo que me gustaría ser, por ser frágil y limitado. Perdóname por haberme dejado engañar y ser usado por otras personas, por haber perdido oportunidades importantes que habrían cambiado mi vida para mejor. Perdóname por estropear, con mi temperamento difícil, relaciones que eran tan buenas. Me perdono por mis fracasos, por no ser infalible como me gustaría ser, por no conseguir conquistar y mantener el amor de las personas por mi.

Me perdono, en nombre de Jesús, por estropear mi salud con nerviosismos exagerados, por alimentar vicios destructivos, y hoy, con tu gracia, hago las paces conmigo y tomo la decisión de cuidar mejor de mi mismo

Renuncio a todo negativismo y pesimismo, a toda crítica destructiva que hago de mi mismo. Tomo ahora la decisión de no quedarme más poniéndome por debajo de mis pensamientos que solo me acusan y condenan desanimándome. Me acepto como soy, y del modo que estoy, porque es exactamente así que Dios me ama y me acoge.

Señor Jesús, perdono a mi madre por las veces que ella erró conmigo; la perdono por los momentos en que fui injusta y me rechazó. La perdono por las veces en que ella no me oyó, no me comprendió, y me agredió con palabras o físicamente. La perdono por las palabras duras, por las comparaciones, por todas las actitudes que me hicieron dudar de su amor y me causaron tristeza.

Quiero perdonar especialmente la siguiente situación (poner ese momento que necesita ser reconciliado)

Declaro que hoy a los pies de tu cruz, perdono a mi madre y retiro todas las acusaciones que hice pesar contra ella. (Se encuentre tu madre viva o muerta, dile a Jesús que en lo que depende de ti tu madre está libre)

Señor Jesús, perdono a mi padre por las veces que se equivocó conmigo; le perdono por los momentos en que fue injusto, ausente, frio o me rechazó. Le perdono por las veces que el no me oyó, no me comprendió, y me agredió con palabras o físicamente. Perdono su dureza, por las comparaciones, por todas las actitudes que me hicieron dudar de su amor y me causaron tristeza. 

Quiero perdonar especialmente la siguiente situación (trae la oración ese momento).

Declaro que hoy a los pies de la cruz, perdono a mi padre y retiro todas las acusaciones que hice pesar contra él. (Se encuentre tu padre vivo o muerto, dile a Jesús que en lo que depende de ti, tu padre está libre)

Divino Espíritu Santo, ven en mi auxilio y ayúdame a recordar a quien preciso perdonar y cuáles son las situaciones dolorosas que en lo más íntimo de mi preciso encontrar liberación, perdón y recibir sanación. (Perdono a mi hermano, a mi hermana por…… y la libero. Perdono a mi esposo, a mi esposa por….. Perdono a mi hijo, a mi hija por….. Perdono a mis abuelos, tíos, primos, novios, amigos, vecinos, profesores, compañeros de trabajo, jefes, etc) por todo y cualquier mal que me hayan causado y me rehúso a vivir condicionado por esas heridas. (Ahora pide al Padre de los Cielos la gracia de perdonar a aquella persona que más sufrimiento te ha causado, aquella persona que más te ha perjudicado y por esa razón tienes tanta dificultad en perdonarla, -aunque todavía sientas tristeza, dolor, o rabia, perdona. Saca ese dolor de dentro de ti. Dios te ayudará)

ORACIÓN DE SANACIÓN

Señor, sana mi corazón, te suplico pues ya no aguanto más llevar una vida tan amarrada y atrapada aún sabiendo que Tú, Señor, ya has garantizado mi liberación. Sana mis heridas interiores, alivia mi dolor y lava toda herida con Tu Santa Sangre. Yo sé que Tú me escuchas, que sondeas bien en el fondo de mi corazón y me conoces como nadie más.

Señor, tú Espíritu Santo está en mi con todo tu poder salvador y estoy en tus brazos llenos de misericordia. Coloca tus manos llagadas sobre mi corazón tan lleno de cicatrices y heridas todavía abiertas, sobre este corazón marcado por recuerdos sufridos y mutilado por la violencia del desamor, y cúrame.

Mira mi fuerza abatida por la tristeza y por la decepción. Coloca tus manos sobre mi cuerpo enfermo y arráncame de toda depresión. (Pide a Dios que te sane de cualquier desequilibrio nervioso, afectivo y sexual, de los recuerdos amargos, resentimientos, heridas, de los dolores causados por los chismes y calumnias. Pide que sane los sentimientos de desánimo, tristeza, soledad, miedo, rechazo, complejo de inferioridad, manías de comparación y ansiedad. Pide también, con tus palabras que el Espíritu Santo te sane de todo sentimiento de muerte, de revuelta, y te libere de cualquier pensamiento de violencia contra ti mismo)

Tú puedes todo, Señor. Puedes curarme. Puedes darme fuerzas para vencer esa enfermedad que tanto me ha desgastado.

Mi Dios, tengo plena convicción que a Ti no te gusta verme sufrir. Te suplico que en este proceso de sanación me des la fuerza y el coraje para superar los momentos de dolor y de cansancio. Jamás me dejes desesperar. En este caminar sana, haz de mi una persona mejor, mas paciente, mas comprensiva, mas amorosa, mas simple y mas digna.

¡Confío en ti, Jesús! Con la certeza de que estás cuidando de mi, te entrego mis preocupaciones, angustias y sufrimientos.

Mi Dios amado, gracias por traer alivio y paz a mi corazón. Gracias por envolverme con tu amor, con tu poder, y con tu Sangre para que el mal no tenga ningún poder sobre mi.

Señor, ¡cuán bueno eres! ¡Muchas gracias!
¡Amén!

Marcio Mendes
30 minutos para cambiar tu día a día.
Adaptación de original en portugués.
Editorial Canción Nueva.

lunes, 19 de febrero de 2018

SEÑOR, ¡TEN MISERICORDIA DE MI!

SEÑOR, ¡TEN MISERICORDIA DE MI!


“Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios, porque él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad,
y se arrepiente de tus amenazas.
¡Quién sabe si él no se volverá atrás y se arrepentirá, y dejará detrás de sí
una bendición: la ofrenda y la libación para el Señor, su Dios!”.
Joel 2, 13-14a

Existe una promesa en esta palabra: “El Señor apartará la amenaza, apartará la maldición; él tendrá compasión y dará la bendición si rasgamos delante de Él nuestro corazón”. Desgarren su corazón significa confesar y asumir nuestros vicios y nuestras fragilidades para que Dios tenga piedad y nos cure. Arrepentirme es asumir las responsabilidades por todas las cosas malas que hice, y purificar mi alma y prepararme para recibir la bendición. Solamente quien se abre puede hacer la experiencia de la bondad de Dios.

Dios es bueno y va a perdonarte si tú lo quieres. ¿Cómo es eso de “si tú lo quieres”? Cuando una persona no admite los propios errores y queda siempre justificándose, ella se endurece, su corazón se vuelve de piedra, y eso es malo.

Cuando noto que algo semejante está sucediendo conmigo acostumbro hacerme dos preguntas:

• ¿Cuál de mis comportamientos merece ser reprobado?

• ¿Acepto ser corregido?

No tengas miedo de descubrir si eso también sucede contigo. Pide a Dios que te revele en qué necesitas cambiar, pues nada puede volver el corazón de una persona mas liviano, lleno de perdón y de bondad, que el asumir que también se equivoca, peca y tiene culpa. Por otro lado, nada puede volverme un individuo más duro y cruel que el deseo de estar siempre en lo cierto.

Hacer el bien no basta para compensar los pecados del pasado. Antes, es necesario reconocerlos y confesarlos.

Una comparación: por más que la luna brille no podrá iluminar la tierra si el cielo estuviese cubierto de pesadas nubes. De manera que es necesario primero que se disipen las nubes del pecado y lavar sus manchas con las lágrimas del arrepentimiento. Es necesario volver a Dios de todo corazón, sin máscaras, sin nubes de pecado. Mas que rasgar las nubes del cielo es preciso rasgar las nubes del alma para dejas pasar la luz de Dios. Rasgar el corazón significa poner todo delante de Dios.

¡El Señor es bueno! Él tendrá misericordia. Él va a ayudarte.

Dios es manso, aún en la ira, lleno de cariño; El va a apartar la maldición que nos amenazaba. El viene trayendo la bendición, la gracia y la fuerza. El viene trayendo la salvación a quien reconoce que la precisa, a quien está dispuesto a recomenzar, dejando el pecado atrás, a quien abandona la falsa perfección llamada hipocresía (hipocresía es exigir del otro aquello que la gente no hace) Dios nunca deja de perdonar y bendecir a quien se aproxima a Él de todo corazón.


ORACIÓN DE ARREPENTIMIENTO Y CONVERSIÓN A DIOS.


Mi Señor y mi Dios, en la medida infinita de tu bondad, ten compasión de mi.

Por misericordia cancela mi pecado. En tu amor de Padre, perdona mi culpa y libérame del mal que practiqué. Reconozco que pequé con mis palabras, mis actos y también por omisión. Postrado en tu presencia, te suplico con toda mi alma: dame la gracia de un corazón profundamente arrepentido. Tú, Señor, lo sabes todo. Nada te es oculto.

Entra en mi interior, mi Dios, y revela donde fue que dejé de contar contigo y me volví resistente a tu amor. Señor, yo fui negligente, pequé y fracasé. Perdón por haberte abandonado y haberme apartado de ti. Perdóname, mi Dios, por todas las veces que actué sin ninguna confianza en ti, apenas movido por mis intereses egoístas. Perdón por vivir atormentado por el miedo en vez de confiar que tu amor cuida de mi.

Pongo a tus pies mis pecados, Señor Jesús (procura recordar y relatar tus faltas al Señor). 

Confieso mis fallas. Confieso que cedí y permití que esos pecados me dominasen. Me arrepiento desde el fondo de mi alma por eso. Pero ahora te imploro, pues no aguanto mas esa carga sobre mi: libérame, por el poder de Tu Santa Sangre Redentora.

Te pido que me perdones por todos los pecados que cometí contra mi mismo; por el desamor, por la baja estima de mi mismo, por la falta de cuidado con mi salud y mi descanso, por la falta de respeto, desequilibrios y abusos sexuales contra mi mismo, por el exceso en el comer y en el beber. Señor, rompo ahora con todas esas actitudes y hábitos. ¡Perdón y misericordia, Señor!

Mi Dios, perdóname por los pecados que cometí dentro de mi propia casa, odios, resentimientos, torturas emocionales, tristezas, decepciones, intrigas, aborto. Perdón por todas las veces en que fui motivo de aflicción y desánimo para quien estaba más cerca de mi. Por las veces en que fui injusto y me volví culpable. Quiero convertirme de mis actos pecaminosos. Quiero apartarme de toda y cualquier ocasión que pueda llevarme a caer en pecado.

Me arrepiento de las veces en que herí a aquellos que convivían conmigo. Te pido perdón por los chismes, calumnias, difamaciones, mentiras, críticas destructivas, bromas crueles, chantajes, por los modos diversos a través de los cuales perjudiqué a un semejante. (Aprovecha este momento y reza espontáneamente, pidiendo a Dios que revele aquello por lo que debes pedir perdón)

Deposito también en tus manos no solo mis pecados, sino todo aquello que todavía no está bien y necesita de tu intervención. Entra con tu Luz en las áreas oscuras de mi vida, aquellas más destruidas y avergonzadas, aquellas que no tengo coraje de mostrar a nadie más. Toca con tu misericordia mis miserias emocionales, mis disturbios, mis vicios de comportamiento y traumas (Reza espontáneamente pidiendo que Dios te muestre las áreas carentes de sanación y salvación)

Retiro todo eso de las sombras donde lo escondí para depositar bajo la luz de tu amor. Sé que puedes curarme. Sé que puedes lavarme. Sé que ya estás haciendo eso por mi.

Señor Jesús, renuncio a todo lo que me impide estar unido a ti; renuncio a estos pecados y renuncio a Satanás que me atrajo e instigó a cometerlos. Quiero detestar todo lo que te desagrada y no dejarme engañar más por las insinuaciones diabólicas.

Mi confianza está en la Sangre de Jesús que me redimió de todo mal y me liberó de fuerzas opresoras del infierno. Me cubro con esta Santa Sangre para blindarme contra las investidas del demonio que quiere apartarme de Dios y arruinarme.

Señor Jesús, te entrego mi corazón y con él mi deseo de no pecar más. Contigo conseguiré mantenerme fiel a este propósito.
Ayúdame, Señor, porque sé que me perdonas, acepto tu perdón. ¡Glorias y alabanzas a ti, Señor!
¡Amén!


Marcio Mendes
30 minutos para cambiar tu día a día.
Adaptación de original en portugués.
Editorial Canción Nueva.

SÚPLICA A JESÚS SOBRE LOS ENFERMOS

SÚPLICA A JESÚS
SOBRE LOS ENFERMOS









Esta oración fue hecha delante del Santísimo Sacramento en clamor a Jesús por la salud de los enfermos que leerán estas páginas. Por lo tanto, toma posesión de esa gracia y haz esta oración con fe, entregando todo tu ser en las manos del Señor.
Señor Jesucristo, creemos que eres el Hijo amado de Dios Padre. Creemos que diste tu vida por nosotros en la cruz y que resucitaste vencedor de la muerte. Creemos firmemente que estás aquí entre nosotros, vivo e intercediendo por los que aquí estamos, amándonos y queriendo ayudarnos. A ti queremos entregar confiadamente todos los enfermos que leerán este libro porque sabemos que Tú, Señor, has venido a liberarnos de las garras de la muerte, has venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Tu Palabra nos revela que tu quieres curarnos y eres Todopoderoso para hacer eso. Eres al mismo tiempo el médico y el remedio. Eres la sanación de los enfermos y la victoria sobre la muerte.
No importa donde ni cuando se haga esta oración. Para ti importa que sea hecha con fe y que estemos unidos a Ti, pues eres el mismo ayer, hoy y siempre. Tú conoces todas las cosas y conoces cada uno de nuestros hermanos enfermos Manifiesta tu compasión por ellos.
Señor, ¡rodéanos con tu misericordia! Aquellos que Tú amas están enfermos. Entra en su vida y en su corazón por medio de tu Palabra anunciada en este libro para que vean cuán próximo, Señor, tu estas. Para que vean que Tu continuas actuando “por todas partes pasas haciendo el bien y curando a los oprimidos” (cfr. Hch 10, 38) y para que así crean y confíen en Ti aún más. Danos esa gracia, Señor.
Jesús, ten compasión de los que están sufriendo con dolencias físicas, de los que están emocionalmente atormentados, de los que sufren males espirituales y están ahora orando llenos de esperanza por todos los testimonios que leerán aquí. Tú Palabra, Señor, los alentó y encendió en su alma el fuego de la fe. ¡Muestra cuán grande es tu compasión! ¡Es lo que pedimos en tu nombre! Toca a cada uno y visita a todos con Tu Espíritu Santo y haz que muchos recuperen la salud, confíen en ti y se dejen conducir por tu gracia.

Te pedimos que estos hermanos experimenten verdaderamente tu poder y tu amor.
Jesús, por Tu Sangre derramada, por Tu Sagrada Cruz y por el poder de tus llagas, cúralos, Señor! Tócalos en su cuerpo, en su corazón y en su espíritu, curándolos. Tu asumiste nuestros dolores, tomaste en tus manos nuestros sufrimientos y por tus heridas fuimos curados. A ti, a quien las enfermedades se someten y delante de las cuales los dolores tienen que ceder, entregamos todos los enfermos que acogen ahora esta oración y suplicamos que saques de ellos el peso de su enfermedad. Por tu gracia, Señor, restitúyeles la salud.
Señor, por la fuerza viva de tu Palabra, por las promesas que hiciste de atender nuestras oraciones, pedimos que bendigas a los enfermos que van a leer estas páginas -dales una confianza aún mayor pues no quedarán decepcionados. Una vez más extiende Tu mano para que se realicen sanaciones, señales y prodigios en tu nombre y quedemos llenos de tu Espíritu Santo. ¡Tú puedes todo eso! ¡Tu eres el Cristo de Dios!
¡Tú eres nuestro Salvador! Eres nuestro hermano y al mismo tiempo los brazos bondadosos con que el Padre nos acoge en su Reino de paz. Estamos tan confiados que estás cuidando de nosotros y actuando en nuestro favor que, aún antes de ver el resultado de esta oración, queremos agradecer todas las bendiciones que ya están siendo derramadas: muchas gracias por todo hermano, por toda hermana que estás ahora envolviendo con el calor de Tu Espíritu. ¡Te agradecemos por los enfermos que estás curando ahora! Gracias por aquellos que estás cubriendo de compasión y visitándolos en este momento como hiciste con Zaqueo. ¡Gracias por todos los que abrieron su corazón y están recibiendo la salvación en su casa! ¡Gracias por todos los frutos de este momento de gracia que todavía se van a manifestar y por todo el bien que todavía harás por los enfermos que oran con nosotros a ti!
Derrama sobre este libro tu Preciosa Sangre, a fin de que en el lugar que entre, tu presencia viva allí se manifieste y encienda tu luz. Séllalo con la señal de tu Santa Cruz a fin de que aquellos que lo lean reciban fuerza, salud y sean libres de todo mal por la fuerza de Tu Palabra aquí testimoniada y rezada. Coloca tus manos llagadas sobre estas páginas, de manera que todos los que se sienten con miedo y perdidos en medio del dolor, al descubrir cuánto Tú les amas, encuentren en ellas la dirección que los confortará y hará vencer.

Oh María, madre de Jesús y nuestra madre, ¡intercede por nosotros!

¡Amén!

Marcio Mendes
“Pasos para la sanación y liberación completa” – Editorial Canción Nueva
Adaptación del original en portugués

RUEGO AL SEÑOR EN LA ENFERMEDAD

RUEGO AL SEÑOR EN LA ENFERMEDAD


Padre amado, apelamos a ti en nombre de Tu precioso Hijo Jesucristo, nuestro salvador y Señor. Por tu misericordia, perdona nuestros pecados y fragilidades. Perdona también nuestro egoísmo y la desconfianza de tu infinito amor. Con el poder de la Sangre de Jesús disuelve todo pecado y cualquier opresión diabólica y haznos puros de todo mal. Concédenos que las llagas de Cristo sanen en este momento las raíces de nuestras enfermedades.

Señor Jesús, coloca tus manos santas, ensangrentadas, heridas y generosas sobre mi ahora. Preciso de tu ayuda, pues me siento frágil y desfallezco bajo el peso de mi cruz. Necesito que el amor y el poder que emanan de tus manos llagadas me sustenten, me levanten, me liberen y me curen ahora. 

Jesús, no pido solamente por mi, sino también por aquellos que tanto amo y por todos los que están recurriendo a esta misma oración. Todos nosotros necesitamos mucho de ti -necesitamos de liberación, de sanación física y espiritual por medio del toque consolador de tu Sangre Salvadora e infinitamente poderosa.

Reconozco que Tú eres Dios, lleno de poder y de infinita misericordia para intervenir y hacer los milagros que tanto necesitamos. Sé que Tú me oyes y estás haciendo lo que es necesario que se haga. Con fe y profunda confianza suplico: Señor, con tus manos sobre mi, ¡Bendíceme!

Marcio Mendes
“Pasos para la sanación y liberación completa” – Editorial Canción Nueva
Adaptación del original en portugués

ORACIÓN DE RECONOCIMIENTO Y ADORACIÓN

ORACIÓN DE RECONOCIMIENTO Y ADORACIÓN


Gracias, Padre querido, por este momento de gracia y restauración, de sanación y liberación. Gracias por liberarme completamente al traerme más cerca de ti. Quiero vivir siempre contigo, unido a ti. Te doy gracias por la paz y por la alegría que siento ahora por estar en tus manos. Gracias por envolverme con tu Espíritu que cura, libera y protege. Glorias y alabanzas a ti, Señor. Gracias por bendecirme y por hacer de mi una bendición para los que me rodean. Quiero que ellos también experimenten la fuerza de tu amor y la grandeza de tu bondad, transformando, curando y calentando sus vidas como haces con la mía. Te agradezco por abrir mi corazón para confiar mas en ti y por llevarme a comprender que soy fruto de Tu Amor.
Señor, te bendigo por darme vida nueva. Gracias por liberarme, por soltar las sogas que me ataban a vicios y manías que me fueron envolviendo. A costa de errores, preocupaciones, miedos, heridas y pecados, mi vida se había vuelto una prisión, pero Tú, Señor, me has liberado. Hoy puedo aproximarme a ti, creer en ti y descubrir cada día lo que tienes para mi. Te agradezco por todas las maneras en que has intervenido en mi vida para ayudarme. Tú, Señor, me amas. Tienes un plan de felicidad para mi. Acepto ese plan. Gracias por nunca desistir de mi, por amarme como soy, y aceptarme independientemente de mis pecados. Gracias por estar siempre conmigo. Tú, Señor, siempre estuviste a mi lado y me diste tu gracia para superar tanto momentos fáciles como difíciles en mi vida.
Te doy gracias por tu presencia en mi, por tu Espíritu Santo, que me fortalece y me levanta. Te Bendigo por todas las ocasiones en que me diste la gracia de avanzar con alegría y no desanimarme. Gracias porque desde que tomaste cuenta de mis pensamientos comencé a tener paz. Te agradezco porque, cuando confío en ti, haces que todas las cosas que me suceden cooperen para mi bien. Si caigo, Tú me levantas. En tus manos estoy seguro, protegido. Te agradezco, Señor, por defenderme de las envestidas del maligno y por librarme de sus emboscadas.
Tú transformaste mi ser. Gracias por mostrarme que no preciso vivir en el negativismo, por darme fuerzas para vaciar y anular los pensamientos pesimistas y de derrota. Gracias por colocar en mi mente, en mi corazón, en mi boca pensamientos, sentimientos y palabras nuevas que hacen bien, causan alegría, siembran vida y provocan sanación. Quien experimenta tu amor derrota cualquier miedo. ¡Gracias por colocarte entre mi y mis enemigos, deshaciendo cada día los lazos de esas enemistades! ¡Gracias por protegerme y guardarme en tu paz!. Señor, gracias a ti, escojo la vida. Quiero vivir con mi corazón en ti. Estoy muy feliz, pues cada vez que comienzo a rezar, llenas mi espíritu de Tu poder y de Tu amor.
Gracias porque puedo contar con tu poder infinito en mi favor. Tus ojos de Padre están atentos a todas mis necesidades, y tu te apresuras en socorrerme. Gracias por todas las veces en que me ayudas directamente así como lo haces por las manos de mis hermanos, amigos, y hasta aún desconocidos. Pero de modo especial quiero darte gracias hoy, Señor, porque estás tocando con tu don de sanación mi cuerpo, mi mente y mi alma. Hasta de mis males Tu sacas provecho para favorecerme y bendecirme. ¡Glorias y alabanzas a Ti!
Gracias porque abres mi corazón para amar y perdonar. Te agradezco por mostrarme aquellos que sufren cerca de mi, necesitados de atención, cariño, amistad, cuidados y ayuda material. Señor, te agradezco por permitirles que sean canal de tu amor y de tu providencia para aquellos que se encuentran abatidos, heridos y sin rumbo en la vida. Gracias por darme oportunidades para ayudarlos con Tu Palabra, que a todos consuela y llena de amor. Gracias por los que puedo tomar en mis brazos y acoger con amor en mi corazón.
Gracias a ti, mi Dios, mi vida es una bendición, es un presente del cielo y un don sin igual. Reconozco que necesito de sanación interior. Amo y acepto mi vida exactamente de la manera que ella es. Sé que Tú la conducirás haciéndola mucho mejor. Y, sobre todo, ¡gracias por haberme dado por compañero, amigo y salvador al Señor Jesús!

Señor, por favor, que tu luz resplandezca en mi mente, que tu amor incendie mi corazón y que tu fuerza revigorice y llene de salud mi cuerpo, para que pueda testimoniar tus maravillas y servirte con alegría para siempre.

Amén.

Pasos que cooperan a la sanación de los dolores y enfermedades - Décimosegundo paso

PASOS QUE COOPERAN A LA 
SANACIÓN DE LOS DOLORES Y ENFERMEDADES
AGRADECER AÚN ANTES DE VER LOS RESULTADOS




Tenemos un Dios que es Padre lleno de amor e infinitamente bueno. Siempre que rezamos con sinceridad, El nos oye. Cuando no nos da lo que pedimos, nos da algo todavía mejor. Por eso, al fin de la oración de sanación, vuélvete al Señor y adóralo con gratitud. No tengas dudas… El te ha oído. Todo ahora está en sus manos. Confía. Cree. Y agradece aún sin haber visto los resultados, pues la fe es la certeza de que Él va a actuar conforme lo prometió. Quedamos contentos y agradecidos porque El nos da mucho más de lo que pedimos y merecemos (cfr. Cl 1,12)

Ver:

Marcio Mendes
“Pasos para la sanación y liberación completa” – Editorial Canción Nueva
Adaptación del original en portugués

Pasos que cooperan la sanación de los dolores y enfermedades - Undécimo Paso

PASOS QUE COOPERAN A LA 
SANACIÓN DE LOS DOLORES Y ENFERMEDADES
PEDIR LA LIBERACIÓN


Existen ocasiones en que primero es necesario un proceso de liberación para que la sanación suceda. No tiene sentido pedir a Dios que nos ayude cuando tenemos clara intención de buscar esa misma ayuda en fuerzas oscuras o continuar viviendo apartados del Señor. La oración de sanación no es otra cosa que volver al Padre misericordioso que nos coloca en su regazo a fin de sanar nuestras heridas. Por esto es necesario romper con todo lo que nos aparta de Dios, principalmente con aquello que se opone a Él: “Que no haya entre ustedes nadie que inmole en el fuego a su hijo o a su hija, ni practique la adivinación, la astrología, la magia o la hechicería. Tampoco hará ningún encantador, ni consultor de espectros o de espíritus, ni evocador de muertos. Porque todo el que practica estas cosas es abominable al Señor, tu Dios” (DT 18, 10-11).
El relato siguiente es bastante esclarecedor:
Una mujer nos trajo a su hermana para que orásemos por ella. Hacía meses que la joven no conseguía caminar libremente. Necesitaba ser cargada, tenía dolores y sufría mucho. Había visitado médicos y también había tenido acompañamiento psicológico, pero nada explicaba el hecho de no conseguir caminar. Cuando pedimos a Jesús que nos bendijese con su presencia viva y envolviese a cada uno de nosotros con su Preciosa Sangre, la joven dio un grito y cayó en el suelo como si estuviese en medio de un ataque epiléptico. Sus facciones quedaron perturbadas y comenzó a hablar cosas en latín.
Con simplicidad y confianza, pedimos a Jesús que la liberase. Repetimos innumerables veces la invocación del Santo Nombre de Jesús. Suplicamos la protección de los ángeles de Dios y la intercesión de María Santísima. Después, rezamos el Padre Nuestro y el Ave María continuamente hasta que ella se calmó y volvió a la normalidad. Cuando ella pudo conversar descubrimos que estaba muy envuelta con prácticas que son contrarias y abominables a Dios. Ella se mostró dispuesta a romper con aquellas cosas. Durante la oración de renuncia, pude notar un cambio visible en su semblante; entonces pedí que se levantase. Ella inmediatamente obedeció y vi que podía caminar normalmente otra vez.

Muchas personas que han pedido, suplicado e insistido por su sanación la consiguen cuando rompen completamente con ciertas doctrinas, supersticiones y prácticas ocultistas que son pecados contra la fe.

Marcio Mendes
“Pasos para la sanación y liberación completa” – Editorial Canción Nueva
Adaptación del original en portugués