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jueves, 10 de octubre de 2024

Carismas: ¿Qué son? ¿Para quiénes sirven? ¿Qué enseña la Iglesia?

Carismas: ¿Qué son? ¿Para quiénes sirven? ¿Qué enseña la Iglesia?
Ralph Martin
Redescubriendo la dimensión carismática:
enseñanza magisterial reciente


El Papa Juan Pablo II afirmó que una de las contribuciones más significativas del Concilio Vaticano II fue el “redescubrimiento” de la “dimensión carismática” de la Iglesia.

Durante la fiesta de Pentecostés, en 1998, el Papa pidió a los representantes de todos los movimientos de renovación de la Iglesia que se unieran a él para celebrar esta fiesta. Acudieron más de 500.000 personas de más de 50 movimientos diferentes. Lo que hizo el Papa fue recoger la enseñanza de la Escritura y del Vaticano II sobre los dones carismáticos del Espíritu y proclamarlos con urgencia y pasión. Comienza así:

“La autoconciencia de la Iglesia (se) basa en la certeza de que Jesucristo está vivo, actúa en el presente y cambia la vida… Recientemente, con el Concilio Vaticano II, el Consolador ha dado a la Iglesia ... un renovado Pentecostés, infundiendo un dinamismo nuevo e imprevisto.

Cuando el Espíritu interviene, deja a la gente estupefacta. Realiza acontecimientos de sorprendente novedad, cambia radicalmente a las personas y a la historia. Ésta fue la inolvidable experiencia del Concilio Ecuménico Vaticano II, durante el cual, bajo la guía del mismo Espíritu, la Iglesia redescubrió la dimensión carismática como uno de sus elementos constitutivos: ‘No es sólo mediante los sacramentos y los ministerios de la Iglesia como el Espíritu Santo santifica al pueblo, lo guía y lo enriquece con sus virtudes. “Repartiendo sus dones según su voluntad (cf. 1 Co 12,11), también distribuye gracias especiales entre los fieles de todo rango… Los hace aptos y listos para asumir diversas tareas y oficios para la renovación y edificación de la Iglesia” (Lumen gentium, n. 12)”.

Con estas palabras, el Papa Juan Pablo II reconoció honestamente lo que muchos teólogos, estudiosos de las Sagradas Escrituras e historiadores de la Iglesia habían demostrado en sus estudios, que las obras carismáticas del Espíritu Santo son una realidad esencial y complementaria a la obra del Espíritu en las dimensiones sacramental y jerárquica de la existencia de la Iglesia. El Papa también reconoció honestamente que la dimensión carismática, por importante que fuera, estaba sin embargo en cierto modo olvidada, o eclipsada por quizás un énfasis demasiado exclusivo en lo sacramental y jerárquico, y que se requirió una acción especial del Espíritu Santo en el Concilio Vaticano II para devolver a la Iglesia a la conciencia de la importancia de esta dimensión “constitutiva”.

El Papa en su discurso continuó explicándolo: “Los aspectos institucionales y carismáticos son coesenciales por así decirlo a la constitución de la Iglesia. Contribuyen, aunque de manera diferente, a la vida, renovación y santificación del Pueblo de Dios. Es a partir de este redescubrimiento providencial de la dimensión carismática de la Iglesia que antes y después del Concilio, se ha establecido un notable modelo de crecimiento para los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades… Ustedes, aquí presentes, son la prueba tangible de esta ‘efusión’ del Espíritu”.

Benedicto XVI, en una de las primeras iniciativas de su pontificado, convocó una reunión similar de los movimientos de la Iglesia en 2006 y reafirmó la enseñanza de Juan Pablo II, citando sus comentarios en esa ocasión. Juan Pablo II, al igual que Benedicto XVI, cita el documento fundacional del Vaticano II, la Constitución sobre la Iglesia, 12 (Lumen gentium) como base para esta enseñanza. El contexto de este texto en particular es significativo. Hubo un debate entre los padres del Concilio sobre si la Iglesia todavía necesitaba la “dimension carismática” y, en particular, los dones carismáticos, hoy, o si estaban destinados solo para la Iglesia primitiva para ayudarla a establecerse. El argumento era que estas operaciones del Espíritu eran necesarias para ayudar a que la Iglesia se pusiera en marcha, pero ahora que teníamos sacramentos y jerarquía ya no eran necesarios. Este argumento no se impuso, ya que no hay ninguna base en las Escrituras para creer que esta importante dimensión sólo sea necesaria por un tiempo. De hecho, las Escrituras dan testimonio de todo lo contrario: los dones carismáticos son un acompañamiento importante para la predicación del Evangelio y la salud de la vida interna de la Iglesia. Los padres conciliares votaron abrumadoramente para afirmar esta verdad y aceptar el texto que cita Juan Pablo II.

Esta afirmación conciliar de la importancia de la dimensión carismática fue una manera de afirmar una visión dinámica de la participación de los laicos en la vida de la Iglesia y está estrechamente vinculada a las importantes afirmaciones del “llamado universal a la santidad” y el “llamado universal a la misión”.

Fundamentos bíblicos

Si bien Juan Pablo II citó el texto del Concilio como base para su enseñanza, el texto mismo del Concilio cita la Biblia como fundamento de su enseñanza. ¿Cuál es la enseñanza bíblica sobre la “dimensión carismática” y los “carismas”? El texto particular que cita el Concilio es 1 Cor. 12:11.

“Pero uno y el mismo Espíritu produce todas estas cosas, distribuyéndolas individualmente a cada uno como él quiere”.

El “todo esto” al que hace referencia este texto se menciona en los versículos anteriores:

“En cuanto a los dones espirituales (carismas), no quiero que ignoréis, hermanos... A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para algún beneficio. A uno se le da por medio del Espíritu la expresión de la sabiduría; a otro, la expresión del conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, la fe por el mismo Espíritu; a otro, dones de sanidades por un solo Espíritu; a otro, milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, interpretación de lenguas.” (1 Cor. 12: 1, 7-10)

Pero esta no es la única lista de carismas que encontramos en el Nuevo Testamento. También hay listas en Romanos 12, 1 Pedro 4 y Efesios 4. Solo tenemos espacio para ver una de estas listas adicionales y será la de Romanos 12.

“Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo e individuamente miembros los unos de los otros. Teniendo dones que difieren, según la gracia que nos es dada, ejercítémoslos: si el de profecía, en proporción a la fe; si el de ministerio, en ministrar; si el de maestro, en enseñar; si el de exhortación, en exhortar; Si alguno colabora, con generosidad; si uno está al servicio de los demás, con diligencia; si uno hace obras de misericordia, con alegría. Que el amor sea sincero; aborrezcan lo malo, aférrense a lo bueno; ámense unos a otros con afecto mutuo; presérvense unos a otros en el honor. No desfallezcan en el celo, sean fervientes en espíritu, sirvan al Señor. Alégrense en la esperanza, sufran en la tribulación, perseveren en la oración. Contribuyan a las necesidades de los santos, practiquen la hospitalidad” (Rm 12: 4-13)

En este texto, como en el texto de 1 Cor. 12, el contexto para la explicación de los carismas es entender a la Iglesia como un “cuerpo” con diferentes miembros, todos desempeñando

papeles diferentes, todos esenciales para el bienestar general del cuerpo. A veces se afirma que Pablo dice claramente que el amor es más importante que los carismas, y eso es ciertamente cierto. El hermoso himno al amor en 1 Cor. 13 está intercalado entre 2 capítulos que contienen enseñanzas importantes sobre los carismas. Pero Pablo no está presentando un “enfoque de cafeteria para el cristianismo”. No está oponiendo los carismas y la caridad entre sí. De hecho, él ve la aceptación y el ejercicio de los dones espirituales como, precisamente, un manera importante de amar. Resume su enseñanza de esta manera: “Seguid el amor, pero esforzaos por alcanzar los dones espirituales, sobre todo que profeticéis” (1 Cor. 14: 1). No se trata de una cosa o la otra, sino de ambas. El amor es ciertamente primordial –más importante que los carismas, si se quiere–, pero los carismas son dados por el Espíritu para ayudarnos a amar y server en formas específicas que son importantes para el bienestar de la Iglesia. El consejo de Pablo es “hacer del amor nuestra meta” y perseguir con entusiasmo los dones espirituales. Vemos la misma armonía entre el amor, la santidad y el ejercicio fiel de los carismas en el pasaje de Romanos citado anteriormente. Los carismas no son dones aislados, sino que están entretejidos con la vida de amor, servicio y misión que caracteriza la naturaleza misma de la Iglesia. Por eso Juan Pablo II llama a la dimensión carismática y a la dimensión institucional “coesenciales” para la constitución de la Iglesia. No son ni los sacramentos y la jerarquía ni los carismas; son ambos. Ambos son esenciales para el funcionamiento saludable de la vida de la Iglesia y cuando estos elementos no están en una relación correcta entre sí, la Iglesia se debilita. El Catecismo de la Iglesia Católica refleja la enseñanza bíblica, conciliar y papal en sus numerosas menciones de los carismas.

“Los carismas, extraordinarios o sencillos y humildes, son gracias del Espíritu Santo que, directa o indirectamente, benefician a la Iglesia, ordenadas a su edificación, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo.” (CIC 799)

“Los carismas deben ser acogidos con gratitud por quien los recibe y también por todos los miembros de la Iglesia. Son una gracia maravillosamente rica para la vitalidad apostólica y para la santidad de todo el Cuerpo de Cristo, con tal que sean realmente auténticos dones del Espíritu Santo y se utilicen en plena conformidad con las mociones auténticas de este mismo Espíritu, es decir, según la caridad, verdadera medida de todos los carismas.” (CIC 800)

¿Qué son los carismas?

Antes de continuar, debemos entender mejor qué son los carismas.

Los carismas no son simplemente “habilidades naturales”, sino dones que el Espíritu distribuye a cada persona como Él quiere. Los carismas a menudo se basan en nuestras personalidades y habilidades naturales y trabajan con ellas, pero no siempre.

Este es claramente el caso de los dones “sobrenaturales” más obvios, como la curación o los milagros. Cuando alguien que ha recibido el carisma de la curación reza con personas que están enfermas, muchas más personas se curan que cuando las personas sin ese don particular rezan por los enfermos. Todos deberíamos rezar por los enfermos, pero algunos que rezan por los enfermos tienen un don especial de curación que actúa a través de ellos. La acción del Espíritu Santo también está presente en los carismas sobrenaturales menos obvios. Estamos agradecidos por todos nuestros predicadores y maestros, pero algunos parecen tener un “don” especial que no es sólo fruto de la elocuencia humana o del estudio diligente, sino que trae consigo un sentido de la presencia de Dios y tiene una capacidad particular para ayudarnos a reconocer que el Señor está presente y nos habla en la predicación o la enseñanza. A veces llamamos a este ejercicio de la Palabra “ungido”. El carisma de la “profecía” en el sentido amplio o el carisma de la enseñanza está entonces en acción. La profecía en este sentido no se trata de predicciones particulares, aunque esto también puede suceder ocasionalmente. Se trata más bien de hablar de la Palabra de Dios inspirada por el Espíritu que hace que el corazón de los oyentes “arda” de manera similar a lo que experimentaron los discípulos en el camino a Emaús cuando Jesús les explicó las Escrituras.

Lo mismo es cierto con el don de aliento o exhortación. Estamos agradecidos por las “personalidades positivas” que elevan las relaciones, pero hay ciertas personas que parecen tener un don particular para decir la palabra correcta en el momento correcto, palabras de aliento, que nos elevan de una manera especial, para que podamos experimentar la impartición de gracia, paz o esperanza que necesitamos.

Lo mismo es cierto con el don de “dar generosamente”. Estamos agradecidos por todos aquellos que dan generosamente para apoyar el trabajo de la Iglesia y sus ministerios – y todos deberíamos estar haciendo esto – pero hay ciertos entre nosotros a quienes Dios ha dotado para poder ganar dinero y poder discernir qué, dónde, cuándo y a quién darlo, de una manera que es verdaderamente notable. Algunos tienen un “don/carisma” de dar generosamente, la cantidad correcta en el momento correcto al destinatario correcto. También parece claro en las Escrituras que a cada miembro del cuerpo se le da algún carisma o carismas, que cada miembro del cuerpo tiene un llamado o vocación, para usar los dones que se le dan para construir el cuerpo y ayudar a llevar a cabo la misión de la iglesia. También parece claro que ninguna de las listas bíblicas de carismas que hemos citado pretende ser exhaustiva en la lista de los posibles carismas. Son más bien indicativas de la rica diversidad de dones que da el Espíritu Santo, de los cuales no todos están enumerados o tal vez nunca podrían estarlo.

Se ha prestado mucha atención al llamado a los laicos a participar “plena, activa y conscientemente” en la Liturgia, pero también se debe prestar atención a la necesidad de que los laicos reconozcan el don o los dones que les está dando el Espíritu y que tienen la responsabilidad de ejercer, en amor, por el bien de la Iglesia. Testimonio de la Tradición

La enseñanza del magisterio contemporáneo no sólo está respaldada por la clara enseñanza bíblica, sino que también está iluminada por la tradición primitiva de la Iglesia. Se ha realizado una gran cantidad de estudios útiles que iluminan la experiencia del Espíritu y los carismas en los primeros siglos de la Iglesia.[i]

Tertuliano, en su obra Sobre el bautismo, escrita a principios del siglo III, se dirige a los recién bautizados que están a punto de entrar en el espacio donde todos celebrarán la Eucaristía:

“Por tanto, vosotros, bienaventurados, a quienes espera la gracia de Dios, cuando salgáis del baño santísimo del nuevo nacimiento, cuando extendáis por primera vez vuestras manos en la casa de vuestra madre (la iglesia) con vuestros hermanos, pedid a vuestro Padre, pedid a vuestro Señor, el don especial de su herencia, la distribución de los carismas, que forman una característica adicional y subyacente (del bautismo). “Pedid, dice, y se os dará. De hecho, habéis buscado y se os ha dado por añadidura”.

Hilario de Poitiers (c. 315-367) escribe sobre la experiencia de los carismas:

“Comenzamos a tener una visión de los misterios de la fe, somos capaces de profetizar y hablar con sabiduría. Nos volvemos firmes en la esperanza y recibimos los dones de curación... Estos dones entran en nosotros como una suave lluvia. Poco a poco dan fruto abundante”.

Cirilo de Jerusalén (c. 315-387) también habla de los carismas en sus lecciones bautismales:

“Grande, omnipotente y admirable es el Espíritu Santo en los carismas”.

Señala que “todos los laicos” tienen carismas.

Tras la exhortación de San Pablo a procurar especialmente profetizar, Cirilo declara:

“Que cada uno se prepare para recibir el don celestial (de profecía)”, y “Dios os conceda que seáis dignos del carisma de la profecía”.

Juan Crisóstomo (c. 347-407), al comentar sobre la liturgia siria en Antioquía, señala que los carismas se manifestaban en relación con la liturgia bautismal y menciona específicamente la sabiduría, la sanación, el hablar en lenguas, la profecía y otras “obras maravillosas”. Incluso señala que “en cada iglesia había muchos que profetizaban”. Montague y McDonnell resumen su investigación con un resumen sorprendente.

“Así, desde Cartago en el norte de África, Poitiers en la Galia, Jerusalén en Palestina, desde Cesarea en Capadocia, desde Constantinopla y desde Antioquía, Apamea, Mabbug y Ciro en Siria, tenemos testigos de la recepción de los carismas dentro del rito de iniciación. Estos son representantes de las tradiciones litúrgicas latinas, griegas y sirias. De Antioquía, Apamea, Mabbug y Ciro en Siria tenemos testimonio de una posterior apropiación experiencial de las gracias del bautismo conferido en la infancia”.[ii]

Sin embargo, Crisóstomo, escribiendo en el siglo V, hace la observación aleccionadora de que “los carismas desaparecieron hace mucho tiempo... La iglesia actual es como una mujer que ha caído de sus prósperos días anteriores. En muchos aspectos, ella conserva sólo las muestras de esa antigua prosperidad”.[iii]

¿Por qué, hacia el siglo V, al menos en grandes partes de la Iglesia, la iglesia sólo conservaba “muestras” de su prosperidad carismática anterior? ¿Fue porque la persecución había cesado y se esperaba que todos fueran cristianos? ¿Se rebajaron los estándares para admitir a nuevos cristianos? ¿Ya no se llevaba a cabo la preparación con cuidado? ¿Los herejes montanistas dieron mala fama a los carismas?

La herejía montanista ilustra la sabiduría de las Escrituras y la enseñanza de la iglesia sobre la importancia de que los carismas estén sujetos al discernimiento de la autoridad pastoral, no para extinguir el Espíritu sino para probarlo, aferrándose a lo que es sano. (1 Tes 5:19-21)

“Es en este sentido que el discernimiento de los carismas es siempre necesario. Ningún carisma está exento de ser referido y sometido a los pastores de la Iglesia... de modo que todos los carismas diversos y complementarios trabajen juntos ‘para el bien común’”. (CIC 801)

Cualesquiera que sean las razones que llevaron a la decadencia a medida que avanzaba la vida de la Iglesia, los carismas se asociaron principalmente con las vidas de personas especialmente santas, los santos, y los carismas se ven regularmente en las vidas de los santos a lo largo de los siglos.

Mientras Juan Pablo II, y ahora Benedicto XVI, continúan liderando la interpretación e implementación adecuadas del Vaticano II, ambos han enfatizado la importancia de redescubrir el llamado universal a la santidad y el llamado universal a la evangelización.

El “redescubrimiento” de la dimensión carismática de la Iglesia se desarrolla en este contexto.

Juan Pablo II en particular nunca se cansó de decir que la santidad es para todos, y que la evangelización es para todos. No es sólo para personas especiales –santos o misioneros–, sino que todos estamos llamados a ser santos y misioneros.[iv]

Este es el redescubrimiento de una verdad bíblica y tradicional que verdaderamente tiene el potencial de traer una extraordinaria “nueva primavera” a una Iglesia que la necesita desesperadamente.

Juan Pablo II deja claro que es muy importante que este notable “redescubrimiento” de la dimensión carismática de la constitución de la Iglesia sea respondido con atención y gratitud

Él sigue gritando desde la casa del Padre: “Hoy quisiera gritar a todos ustedes reunidos aquí en la Plaza de San Pedro y a todos los cristianos: ¡Abrios dócilmente a los dones del Espíritu! ¡Acoged con gratitud y obediencia los carismas que el Espíritu no cesa de concedernos!”[v]

Que así sea


[i]  El padre George Montague y el padre Killian McDonnell han escrito una obra importante que traza la experiencia bíblica e histórica del Espíritu en relación con los sacramentos de la iniciación cristiana. Su obra principal es: Christian Initiation and Baptism in the Holy Spirit (Collegeville: The Liturgical Press, A Michael Glazier Book, 1991). Han escrito un resumen mucho más breve y popular de su trabajo del que se han extraído las citas de este artículo: Fanning the Flame: What does Baptism in the Holy Spirit Have to Do with Christian Initiation? (Collegeville: The Liturgical Press, 1991).

[ii] Avivando la llama, págs. 20-21.

[iii] Todas las citas se han tomado de las referencias originales contenidas en las págs. 16-18 de Avivando la llama.

[iv] “El llamado universal a la santidad está estrechamente vinculado al llamado universal a la misión. Cada miembro de los fieles está llamado a la santidad y a la misión”. Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 1990. VIII, 90.

[v] (L’Observatore Romano, English Language Edition, June 3, 1998; This is the day the Lord has made! Holy Father holds historic meeting with ecclesial movements and new communities; pp. 1-2.)

Traducción del original publicado en https://www.renewalministries.net/wp-content/uploads/2020/04/Charisms-What-are-they-Who-are-they-for-What-does-the-Church-teach.pdf


martes, 12 de junio de 2018

Recibir para dar

"Las gracias de Dios se reciben para dárselas a los demás. Esta es la vida del cristiano. Es propio del Espíritu Santo descentralizarnos de nuestro “yo” para abrirnos al “nosotros” de la comunidad: recibir para dar. No somos nosotros el centro: somos un instrumento de ese don para los demás."
Santo Padre Francisco
Audiencia General del 06.06.2018





martes, 13 de marzo de 2018

¿Qué son los carismas?

“Estos son las señales que acompañaran a los que crean: en mi nombre expulsaran demonios, hablaran en lenguas nuevas, agarraran serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.” (Mc 16, 17-18)


“Carisma” es una palabra que proviene del griego “járis”( cavri") y significa gracia, regalo, don, cualidad, talento.

Todos los bautizados recibimos la gracia o el don de la salvación en Jesucristo por parte de Dios; pero también, el mismo Dios en su infinita bondad a través de la acción de Jesucristo y del Espíritu Santo, nos concede dones preciosos para ponerlos al servicio de su pueblo.

Entre las múltiples formas de manifestarse el Espíritu en el corazón de los fieles, en primer lugar, están los “siete dones del Espíritu Santo” que recibimos en nuestro bautismo sacramental, pero también los "dones carismáticos" que hace referencia San Pablo a las comunidad cristianas de Corinto, Roma y Éfeso. Aunque sabemos que el Espíritu Santo es creativo y no podemos limitar su acción a solo a estas listas de carismas, pues el Espíritu de Dios seguirá suscitando infinidad de dones que sean necesarios para la edificación y el servicio a la comunidad cristiana: “A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común.”( 1 Co 12,7).

Los carismas son comunicados por el Espíritu Santo quien los distribuye como quiere: “Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad.”(1 Co 12,11).

Los carismas no son señal de santidad pero si se debería usarlos con amor y en "gracia o amistad con Dios", para mayor eficacia y bien del individuo y de la comunidad: “Aunque hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe.”(1 Co 13,1).

Los dones o carismas hay que pedirlos en oración: “Busquen la caridad, pero aspiren también a los dones espirituales…” (1 Co 14,1). Es la comunidad la que reconoce y alienta para que sean puestos en práctica para bien de todos, pero lo más importante es que sean ejercidos en el amor de Dios: “Aunque tenga el don de profecía, y conozca todos los misterios y toda la ciencia; aunque tenga plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy” (1 Co 13, 2)

Los "carismas" en el Concilio Vaticano II

El estudio y la meditación sobre este tema es muy necesario, debido a que nos hace caer en cuenta de la importancia que tiene cada miembro de la Iglesia. Y cómo, cada cual, desde los carismas que Dios le ha otorgado, puede y debe participar aportando activamente en la construcción del Reino de Dios en medio de nuestro mundo actual.


A continuación ofrecemos algunos textos conciliares para la meditación sobre los carismas:



“El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo (1Cor., 3,16; 6,19), y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos (cf. Gal., 4,6; Rom., 8,15-16,26). Con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia (cf. Ef., 4, 11-12; 1Cor., 12-4; Gal., 5,22), a la que guía hacía toda verdad (cf. Jn., 16,13) y unifica en comunión y ministerio.”
(N° 4.1 Constitución “Lumen Gentium”)

“Uno mismo es el Espíritu que distribuye sus diversos dones para el bien de la Iglesia, según sus riquezas y la diversidad de los ministerios (cf. 1Cor., 12,1-11). Entre todos estos dones sobresale la gracia de los apóstoles, a cuya autoridad subordina el mismo Espíritu incluso a los carismáticos (cf. 1Cor., 14).”
(N° 7.3 Constitución “Lumen Gentium”)

“Además, el mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al Pueblo de Dios por los Sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que "distribuye sus dones a cada uno según quiere" (1Cor., 12,11), reparte entre los fieles de cualquier condición incluso gracias especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia según aquellas palabras: "A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad" (1Cor., 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo. Los dones extraordinarios no hay que pedirlos temerariamente, ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos de los trabajos apostólicos, sino que el juicio sobre su autenticidad y sobre su aplicación pertenece a los que presiden la Iglesia, a quienes compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino probarlo todo y quedarse con lo bueno (cf. 1Tes., 5,19-21).”
(N° 12.2 Constitución “Lumen Gentium”)

“Los presbíteros, por tanto, deben presidir de forma que, buscando, no sus intereses, sino los de Jesucristo, trabajen juntamente con los fieles seglares y se porten entre ellos a imitación del Maestro, que entre los hombres "no vino a ser servido, sino a servir, y dar su vida en redención de muchos" (Mt., 20, 28).…Examinando los espíritus para ver si son de Dios, descubran con el sentido de la fe los multiformes carismas de los seglares, tanto los humildes como los más elevados; reconociéndolos con gozo y fomentándolos con diligencia. Entre los otros dones de Dios, que se hallan abundantemente en los fieles, merecen especial cuidado aquellos por los que no pocos son atraídos a una vida espiritual más elevada.”
( N° 9 Decreto “Presbiterorum ordinis”)

“El Espíritu Santo "unifica en la comunión y en el servicio y provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos", a toda la Iglesia a través de los tiempos, vivificando las instituciones eclesiásticas como alma de ellas e infundiendo en los corazones de los fieles el mismo impulso de misión del que había sido llevado el mismo Cristo.”
(N° 4.3 Decreto "Ad Gentes”)

“Puesto que los fieles cristianos tienen dones diferentes, deben colaborar en el Evangelio cada uno según su oportunidad, facultad, carisma y ministerio; todos, por consiguiente, los que siembran y los que siegan, los que plantan y los que riegan, es necesario que sean una sola cosa, a fin de que "buscando unidos el tiempo fin" dediquen sus esfuerzos unánimes a la edificación de la Iglesia.” (N° 28.1 Decreto “Ad Gentes”)

“Para ejercer este apostolado, el Espíritu Santo, que produce la santificación del pueblo de Dios por el ministerio y por los Sacramentos, concede también dones peculiares a los fieles (Cf. 1 Cor., 12,7) "distribuyéndolos a cada uno según quiere" (1 Cor., 12,11), para que "cada uno, según la gracia recibida, poniéndola al servicio de los otros", sean también ellos "administradores de la multiforme gracia de Dios" (1 Pe., 4,10), para edificación de todo el cuerpo en la caridad (Cf. Ef., 4,16). De la recepción de estos carismas, incluso de los más sencillos, procede a cada uno de los creyentes el derecho y la obligación de ejercitarlos para bien de los hombres y edificación de la Iglesia, ya en la Iglesia misma., ya en el mundo, en la libertad del Espíritu Santo, que "sopla donde quiere" (Jn., 3,8), y, al mismo tiempo, en unión con los hermanos en Cristo, sobre todo con sus pastores, a quienes pertenece el juzgar su genuina naturaleza y su debida aplicación, no por cierto para que apaguen el Espíritu, sino con el fin de que todo lo prueben y retengan lo que es bueno (Cf. 1 Tes., 5,12; 19,21).”
(N° 3.4 Decreto “Apostolicam Actuasitatem”)

domingo, 30 de abril de 2017

ESPERANZAS REDUCIDAS

Cuando una comunidad tiene esperanzas reducidas en cuanto a las formas en las que el Espíritu se manifestará en medio de ella, esto tiene resultados profundos en la vida y la experiencia de esa comunidad. Puede afectar su culto público eucarístico, la oración privada de sus miembros, en su forma de predicar el Evangelio y de servir al mundo. Esto es evidente cuando recordamos que los carismas son ministerios a la Iglesia y al mundo. Y si una comunidad limita de alguna manera las manifestaciones del Espíritu, en esa medida se empobrece la vida total de la Iglesia local.

Teología y pastoral de la RCC - Documento de Malinas



miércoles, 19 de abril de 2017

El DESCANSO en el ESPÍRITU SANTO

por Ceferino Santos S.J. 


Con alguna frecuencia se viene dando en retiros de sanación, en oraciones de intercesión o de liberación, tras la unción de los enfermos con aceite bendecido, o tras la imposición de manos sobre aquellos por quienes se ora, el fenómeno llamado por algunos descanso en el Espíritu.

Otros prefieren traducir el ingles being alain in the Spirit, como fulminación en el Espíritu, dormición en el Espíritu o quedar abrumado por el amor y la presencia de Dios, o tener silencio en el Espíritu y reposo en Él.

(A) El verdadero descanso del Espíritu es un don carismático, otorgado a uno o a varios para trasmitir a otros una cierta protección de Dios, con lo que se alimentan la fe, la paz interior, la inteligencia de las enseñanzas recibidas y se facilita la practica de la vida cristiana, al suprimirse bloqueos o resistencias mas o menos conscientes a la acción del Señor, lo cual a veces se expresa o se visualiza con un rendimiento ante Dios que conlleva la perdida pasajera del equilibrio corporal, deslizándose suavemente hacia el suelo o sobre el asiento que se ocupa, con una cesación pasajera del movimiento corporal y local.

Dado que existen en la practica pastoral y en la teoría dudas, equivocaciones y hasta errores en torno a este fenómeno del descanso del Espíritu, puede resultar útil y conveniente hacer algunas aclaraciones al respecto.

(B) El descanso pertenece al carisma de sanación es un toque directo a los sentidos internos de la imaginación y de la memoria, con una llenumbre de la presencia de Dios, de su amor y de su paz, de modo que a veces, el cuerpo queda alcanzado y como inmovilizado por un tiempo, y Dios sana interna o externamente y libera a veces.

Uno puede resistirse a este fenómeno de sanación, por sentirse asustado ante el, pero entonces no suelen seguirse en el que se ha resistido los frutos de paz y de oración mas recogida, y suelen quedar en el rastros nuevos de turbación o de inquietud. Algunos, que no se resisten a este don, tras la oración y la imposición de manos, se sienten caer suavemente hacia el suelo, si están de pie o de rodillas, o se quedan como relajadamente inmóviles sobre su asiento los que estaban sentados. Este fenómeno suele ser pasajero y breve.

(C) El aspecto principal del descanso en el Espíritu, es la fuerte presencia sanadora del Dios viviente, que purifica, libra de dificultades y bloqueos interiores a su acción fortalece el alma para sobrellevar el peso del compromiso cristiano de un modo renovado. El que Dios llene la memoria y la imaginación de su presencia, de su amor de su sanación no presenta dificultades en la renovación Carismática ni fuera de ella.

(D) El punto controvertido y discutible en el descanso en el Espíritu es ese sentirse anonadado por el peso del amor de Dios con el fenómeno espectacular de la caída suave del cuerpo hacia atrás o hacia adelante, hasta que el don se haya pasado. Cuando el descanso en el Espíritu es verdadero, la caída del cuerpo es como una señal externa de un nuevo rendimiento al Señorío de Cristo y de una nueva aceptación del amor y la voluntad de Dios sin resistencias.

En el descanso en el Espíritu la persona sigue teniendo control pleno de su entendimiento y de su voluntad. El entendimiento sigue libre para orar con la atención mas concentrada en Dios. Otros efectos, como la extinción de traumas, de bloqueos o cargas interiores, la iluminación espiritual o la sanación, dependen de las necesidades individuales del que recibe este don.

(F) El verdadero descanso en el Espíritu, 1)- facilita la oración en tanto cuanto toca los sentidos internos dispersos y los unifica, 2)- facilita el sentido profundo de la presencia y del amor de Dios.

(G) Estos dos efectos internos pueden darse sin el hecho exterior concomitante de la caída al suelo de la caída al suelo por el impulso poderoso y abrumador del amor de Dios.

(H) Hay personas que creen erróneamente que caen al suelo porque han sido empujadas por el que les impone las manos. De hecho es el amor abrumador de Dios el que empuja y vence poderosamente obstáculos en personas que evitan aparecer como poco naturales.

(I) El poder de descansar en el Espíritu. Es el problema mas vidrioso de este don, que el Señor concede a algunos en los grupos de intercesión.

(J) (1) El don parece en si valido por sus efectos buenos: paz, presencia de Dios, mas facilidad para orar, sanación de traumas y resistencias a Dios, liberación de opresiones.

(2) El descanso en el Espíritu no es expresamente una oración de quietud con su experiencia directa del amor de Dios, que aquí se experimenta con amor sanador mas directamente que como don de oración contemplativa.

(3) Tampoco se trata de un fenómeno natural de hipnosis, donde la voluntad queda casi totalmente suspendida y sometida al hipnotizador, donde la conciencia se entorpece y la memoria de la actividad desarrollada en hipnosis se pierde al volver en si. A veces esta alienación transitoria de la voluntad transitoria de la voluntad del hipnotizado resulta seriamente peligrosa. Nada de esto sucede en el descanso en el Espíritu: la voluntad y el entendimiento se mantienen despiertos y activos, sin someterse a nadie mas que a Dios.

(4) Tampoco se ha de confundirse el descanso en el Espíritu con un posible influjo diabólico, que emboba las potencias del hombre y obscurece, turba y debilita espiritualmente el alma y lleva al que lo padece a buscar sitios concurridos para llamar la atención de otros y distraerlos de su oración o de la sanación interior en curso. Este influjo diabólico deja gran turbación, depresiones y falta de paz en el que lo ha recibido.

(5) Ha habido abusos por parte de personas que por su debilidad psicológica o por ganas de atraer hacia ellas la atención simularon el descanso en el Espíritu. Los efectos posteriores de tristeza, depresión, angustia, oscuridad espiritual, insatisfacción y falta de paz, declararon la falsificación de un don carismático.

(6) Se necesita, por tanto, enseñanza sana, discernimiento y guía espiritual recta durante este ministerio de sanación por el descanso en el Espíritu y después de el. No conviene despertar al que esta; en el descanso en el Espíritu, no se le turbe tras el con preguntas agobiantes e indiscretas; no se le obligue a dar paseos para despejarse, etc.; al que tuvo el descanso déjesele tranquilo por un rato largo para que el don de Dios produzca sus efectos buenos sin interferencias humanas. En el falso descanso, despiértese al paciente.

(7) No se haga del descanso en el Espíritu el don central del ministerio de sanación. La sanación viene de la presencia de Jesús sanador y Salvador y del poder de su Espíritu aceptado desde la fe.

(8) Tampoco se caiga en el otro extremo de denunciar este don como algo ajeno a la Renovación Carismática y como una novedad de la Iglesia. Se trata de un fenómeno conocido en la historia de la Iglesia.

En el proceso de canonización de Santa Clara, Sor Bienvenida de Perusa declara bajo juramento una sanación en la que el Señor utiliza a Santa Clara y aparece el descanso en el Espíritu. Declaro; también la testigo que, habiendo caído en demencia un fraile de la Orden de los Menores, que se llamaba Fray Esteban, San Francisco le mando al Monasterio de San Damián, para que la Santa hiciera sobre el la señal de la Cruz. Hecho esto, el fraile quedo adormecido un poco de tiempo en el lugar donde la Santa Madre solía hacer la oración, y cuando se despertó, tomo alimento y se marcho curado.

(Cf. OMAECHEVERRIA, Ignacio: Escritos de Santa Clara y documentos contemporáneos. Madrid, BAC, 1970, pag. 70.).

(9) En el descanso en el Espíritu la mente esta mas clara para acoger a Dios; no es por tanto un desmayo donde la inteligencia se nubla o se pierde temporalmente. El descanso en el Espíritu (fenómeno de sanación) nada tiene que ver con la caída al suelo en una crisis epiléptica (enfermedad con perdida de sentido, espumarajos, estremecimientos, cf. Mc. 9.18: lo derriba al suelo le hace echar espumarajos y rechinar los dientes). Este mismo niño del Evangelio de San Marcos, cuando recibe la curación fisiológica de su epilepsia, la psicológica de sus desmayos y la espiritual, liberado de aquel Espíritu malo que le arrastraba hacia el fuego o hacia el agua para destruirlo, queda en una especie de descanso en el Espíritu (Mc.9.26: el muchacho quedo curado como muerto), pero enseguida Cristo lo levanto y estaba sano.

(10) El descanso en el Espíritu es diferente del éxtasis sobrenatural, donde la mente queda absorbida en Dios y elevada para conocer sus misterios, con cesación del ejercicio de los sentidos exteriores. San Pablo nos recuerda este don de oración mas propio de almas perfectas, cuando nos dice que subió arrebatado hasta el tercer cielo en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo se, y oyó palabras arcanas que el hombre no puede pronunciar. (2 Cor.12, 2-4). El mismo San Pablo cuando se convierte a Cristo, recibe una especie de descanso en el Espíritu, como don de principiantes; y cae en tierra de su caballo sin hacerse daño (Hch.9.4; Pablo cayo en tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, por que me persigues?). El descanso en el Espíritu es un don mas propio de principiantes.

Conclusión. Estemos abiertos para acoger los dones de Dios y aceptemos la invitación de Dios a entrar en su descanso para reposar de los trabajos (Heb.4.10), sin esperar solo el descanso definitivo y celestial. También en su vida mortal, Jesús invito a sus discípulos a un lugar retirado a descansar por un rato (Mc.6.30). Hoy también sigue haciéndolo con nosotros.

Preguntas y respuestas de la puesta en común sobre el descanso en el Espíritu.

¿El poder de descansar a alguien en el Espíritu Porque se le ha de atribuir a Dios y no mas bien al poder de la parapsicología o magnético del que ora?
De hecho, los fenómenos externos del descanso del Espíritu podrían ser producidos por una facultad psi-kappa con posibles efectos de psicokinesia sobre un organismo humano, pero no se daría un verdadero descanso en el Espíritu que viene de Dios, con efectos espirituales de paz y de crecimiento en la fe y en el amor; sino, mas bien, un sometimiento al manipulador o parapsicólogo y a sus fuerzas psíquicas o magnéticas. Aunque los fenómenos externos de debilitamiento corporal y subsiguiente caída al suelo se produjesen, no se daría los efectos espirituales de liberaciones de opresiones y bloqueos (v.g. incapacidad de amar a otros, sanación del rechazo de personas concretas, crecimiento en la fe y en amor de Dios, etc.)

La dormición de uno por poderes magnéticos no es descanso en el Espíritu, en el que uno queda sometido y abrumado por el poder sanador de Dios, sino sometimiento servil y no liberador a poderes parapsicológicos y al que los utiliza. Cabria la posibilidad de que los poderes parapsicológicos psi-kappa fuesen utilizados, sometidos plenamente a Dios y como sacramentalizados por El, para producir efectos espirituales. Pero, aun en este caso, no planteado en la pregunta, Dios seria el agente principal y a El se deberían los efectos espirituales buenos con prioridad plena sobre el instrumento sometido a El, esto es las fuerzas parapsicológicas, elevadas de alguna manera por la acción principal de Dios. En todo caso, siempre es indispensable el discernimiento del comienzo, el medio, el fin y los efectos del descanso para saber si este se debe a la acción del Espíritu de Dios o es atribuible a otros poderes.

¿El descanso en el Espíritu no se podría explicar naturalmente como un fenómeno cataléptico?
Mas bien en la catalepsia se pierde la sensibilidad externa con suspensión de las sensaciones y movimientos libres, a la vez que se dan alteraciones y reflejos de tipo histérico y patológico. En el autentico descanso en el Espíritu se conserva un grado apreciable de sensibilidad externa, se da paz espiritual posteriormente al reposo, se producen efectos de sanación interior y, a veces física, y también frutos de maduración y construcción de la personalidad cristiana equilibrada, y no secuelas de debilitación patológica de la personalidad como en la catalepsia. Cuando se dan fenómenos histéricos de agitación nerviosa, sofocaciones, gritos y desequilibrio no se trata del descanso en el Espíritu, que produce paz en el que recibe el descanso y en otros que lo ven; sino mas bien nos hallamos ante productos naturales de personalidades psicológicas inestables e influenciadas por una personalidad fuerte o por un ambiente propicio al entusiasmo religioso.

No obstante, conviene notar para un discernimiento recto que la gracia religiosa verdadera se acomoda a la naturaleza del que la recibe. Cuando se trata de una gracia religiosa fuerte que llega al poco equilibrado psíquicamente o al que necesita conversión y liberación, los efectos externos de gritos, convulsiones vueltas por el suelo pueden significar también el choque que se produce entre las fuerzas salvíficas positivas que vienen de Dios y las fuerzas negativas del pecado, del influjo diabólico y del desequilibrio psicológico del que recibe la gracia fuerte de Dios. En la predicación de John Wesley, el fundador del metodismo en el siglo XVIII, estos fenómenos eran frecuentes, pero mas que un descanso en el Espíritu deberían ser llamadas, turbaciones en el Espíritu en una predicación de conversión y reavivamiento espiritual. El que estos fenómenos tengan un componente fuerte somático y psíquico no quiere decir que sean solo fenómenos naturales o patológicos. También en la vida mística de los santos de la Iglesia, en los &éxtasis, arrobamientos, levitaciones y otros fenómenos reconocidos en la Iglesia, se daban extraños efectos, en el orden somático y psíquico sin excluir por eso la acción sobrenatural de las gracias místicas.

¿No será el descanso en el Espíritu un hecho natural, propio de la psicología de masas, donde se produce una sugestión colectiva y un contagio por emocionalismo, sin necesidad de invocar para nada al Espíritu de Dios?
El descanso en el Espíritu se da mucho en la oración privada por una persona, sin contagio colectivo de masas. Mas que de contagio natural, propio de una psicología de masas influenciables, habría de hablarse en las asambleas, donde se da el reposo en el Espíritu, de un don eclesial de sanación, propio de un nuevo Pentecostés colectivo y maduro con frutos de conversión y transformaciones espirituales, que no se logran en otros fenómenos colectivos de masas, movidas solo por entusiasmos humanos. La sugestión colectiva en estos casos no produce frutos espirituales como sucede en el descanso en el Espíritu. El emocionalismo, sometido a Dios y a sus mociones, no es malo en si;. Se dio en grandes santos y místicos. Dios no actúa solo en el entendimiento del místico, sino en toda su persona y en su sugestibilidad sometida a Dios y a la fe.

¿Es verdad que el descanso es de Dios cuando uno cae hacia atrás; pero que si uno no cae hacia atrás, sino hacia adelante, que ese descanso no es de Dios? .
Bien; el signo de discernimiento del descanso autentico no es el de caer hacia adelante o hacia atrás, sino la presencia operativa de Dios en el alma, que se conoce por la sanación y los frutos buenos de paz, fe y amor que se producen. En el Huerto de los Olivos, algunos de los soldados que venían a prender a Cristo, al oír de sus labios el YO SOY , retrocedieron hacia atrás y cayeron al suelo de espaldas (Jn !8, 5). Sólo porque cayeran hacia atrás, no nos consta el que tuviesen verdadero descanso en el Espíritu. Pudo tratarse de un signo para mostrar que el poder de Cristo es superior al poder de los hombres. Bien es verdad que Ana Catalina Emmerick, monja agustina estigmatizada, que fallece el 1824, nos dice en sus escritos de la Pasión que el Señor le manifestó; que aquellos soldados que cayeron de espaldas, se levantaron del suelo convertidos.

Entonces se habría dado un descanso en el Espíritu con frutos de conversión en aquellos soldados caídos al suelo a la voz de Cristo. En este caso al caer de espaldas seria de Dios. Pero es que también al caer de bruces, hacia adelante, en algunas ocasiones es de Dios. Recordar el caso del profeta Daniel. Dios le ha abrumado con su presencia poderosa y cae de bruces en un letargo con el rostro a tierra (Dan.10,9). Cuando quiere ponerse en pie, no puede y adopta la ridícula postura de querer andar a cuatro patas (Dan. 10,11); y la palabra de Dios nos lo cuenta sin miedo a los discernidores prudentes y sensatos dictaminen que este descanso en el Espíritu del profeta Daniel no es de Dios ni favorece el prestigio social y religioso del vidente ni se puede juzgar con sensatez que este sea un camino razonable y prudente para nadie. En Daniel 10,15, Dios vuelve a hablar con el profeta y este vuelve a caer de bruces, hacia adelante.

Y Dios esta; actuando. Cuando por la fuerza poderosa del Dios presente, las fuerzas corporales abandonan a Daniel temporalmente, el profeta cae hacia adelante. La dirección de la caída corporal no tiene excesiva importancia en un discernimiento espiritual, si la tiene en cambio, el que el impulso que provoca la caída provenga de la poderosa y avasallante presencia del Dios vivo.

El descanso en el Espíritu me recuerda algunas practicas iluministas, y, por tanto, debería ser rechazado en la Renovación Carismática Católica por fidelidad al Iglesia que condeno; el iluminismo en todas sus formas.

En la Renovación Carismática los que saben que es el iluminismo también lo condenan con la Iglesia, pero se niegan a llamar iluminismo a lo que no es, como nadie llamaría a automóvil a un chalet porque su dueño tuviese el dudoso gusto de ponerle la matricula de su coche viejo en la puerta. Tampoco nosotros podemos poner apresuradamente la matricula de iluminismo al descanso en el Espíritu y creer que solo por eso es iluminista. Con que aspecto reprobable del iluminismo podríamos identificar el descanso en el Espíritu?. Acaso con la pasividad del alma iluminada que ya no tiene que orar ni hacer penitencia, sino solo permanecer como un cuerpo exánime?. En el reposo en el Espíritu la voluntad y la mente permanecen activas en Dios. El reposo afecta al cuerpo y a los sentidos interiores solo que después libremente se ha aceptado el descanso en el Espíritu. Este nos afecta solo temporalmente.

En el y después de el se ora y el alma habla con Dios. En cambio, en el iluminismo, se supone que el alma no ora ni actúa, como tampoco actúan la voluntad y la mente. Actúan, si, Dios y el demonio, según los iluministas, pero no ellos que pueden cometer las mayores aberraciones sexuales porque no son ellos los que actúan, sino el maligno. El reposo iluminista del cuerpo tampoco tiene nada que ver con el descanso del cuerpo en el Espíritu, que es solo transitorio. El descanso y pasividad del cuerpo en el iluminista es continuo en los perfectos; los desordenes sexuales o emocionales en su cuerpo no son suyos sino de los agentes exteriores que lo manipulan. Ellos viven en la pasividad y el reposo que los hace impecables.

Ningún carismático dice nada de esto; tras el descanso en el Espíritu uno siente crecimiento espiritual, pero no es impecable; el hombre conserva la voluntariedad y la deliberación en sus acciones libres. Pegar la etiqueta sospechosa de iluminismo al reposo en el Espíritu es una acción del padre de la mentira (Jn. 8,44) y de la confusión, y un pecado contra la verdad, contra la justicia y contra la caridad. No se puede poner la etiqueta de veneno en las medicinas y alimentos sanos, que Dios regala a su Iglesia hoy. Pido al Señor Jesús que nos ilumine a todos con su Espíritu de verdad, de ciencia y de discernimiento para conocer sus done y recibirlos con agradecimiento y para rechazar lo que no venga de Dios, de modo que siempre le glorifiquemos en nuestras vidas.

miércoles, 12 de abril de 2017

El GRUPO de RENOVACIÓN CARISMÁTICA y los CARISMAS


Manuel Casanova S. J. 

FE EXPECTANTE 
Al hablar de grupos de renovación podríamos hacer una gran lista: grupos de revisión de vida, grupos de oración según las más variadas orientaciones y formas. En un grupo se insiste en la oración litúrgica, en otro en la preparación de un tema o de un texto bíblico, en otro en el silencio o la contemplación; en otros se busca una acción concreta o un compromiso determinado. El grupo de oración en la Renovación Carismática se caracteriza por la fe expectante, es decir, una fe que espera firmemente que Dios realizará lo que ha prometido. Con frecuencia muchos «creyentes» no esperan ver realizadas las cosas que dicen creer. Así sus vidas y asambleas cristianas se mueven en un nivel de fe bastante deficiente. Jesús prometió a sus discípulos, y en ellos a toda Iglesia que el Espíritu Santo les guiaría a la verdad, les iluminaría sobre todo lo que El les había dicho (Jn 14,26), que el Espíritu vendría sobre ellos como una fuerza y poder para dar testimonio de El con valentía (Hch 1,8). Si el Espíritu está, pues, en cada cristiano y desea transformarnos como individuos y como cuerpo, debemos reunirnos juntos para dar al Padre el culto que El espera de nosotros en espíritu y verdad» (Jn 4,24), y para abrirnos cada vez más a la acción del Espíritu en nosotros.

EL ESPÍRITU SANTO Y LOS CARISMAS 
Creemos que es el Espíritu el que nos congrega en la Iglesia, y que esta Iglesia universal se manifiesta aquí y ahora en este grupo de creyentes reunidos en nombre de Jesús (Mt 18,20). Es el Espíritu de Jesús el que nos va formando más y más en el Cuerpo de Cristo, y lo realiza a través de los dones espirituales o carismas. Si, pues, nos reunimos con esta convicción profunda, «en el Espíritu», no podremos menos de experimentar lo que es la acción del Espíritu formando, transformando y unificando la comunidad cristiana. 

EN LA ASAMBLEA SE MANIFIESTAN LOS CARISMAS 
Es precisamente a través de sus dones o carismas que el Espíritu actúa en el grupo de oración. La reunión de oración es el marco adecuado para que se manifiesten estos dones. San Pablo insiste en el valor de los dones de la palabra, como la palabra de sabiduría, palabra de conocimiento, la profecía en la asamblea cristiana (cf.: 1 Co 12-14). 30 Todos los dones, tanto los de la palabra como los de fe, y los de servicio a la comunidad proceden del mismo y único Espíritu. «Según nuestra manera de ver y entender», dice K. Ranaghan, «los dones del Espíritu que se manifiestan en el Cuerpo de Cristo son acciones de Jesús, el Señor resucitado entre nosotros, que actúa a través de unos miembros de su cuerpo, abiertos y dóciles a las inspiraciones del Espíritu. Son pues, extensiones de la actuación de la Palabra viva de Dios en medio de nosotros, de Jesús. En su operación son análogas a la proclamación de la Escritura, aunque por supuesto no tienen el mismo valor». ( Nota: K. RANAGHAN, -As the Spirit Leads Us., p. 52, Paulist Press, N. Y. 1971).

DOCILIDAD Y DISPONIBILIDAD 
Por lo tanto en la reunión de oración es muy importante que todos y cada uno participen buscando al Señor y estando atentos al Espíritu Santo. En la asamblea donde se dé esta fe expectante en la actuación del Señor, por su Espíritu, a través de sus dones espirituales o carismas; donde haya gran docilidad y disponibilidad al Espíritu, se dará la manifestación de tales dones, en su gran diversidad, según las necesidades de la comunidad. «Cuando os reunís, cada cual puede tener un salmo, una instrucción, una revelación, un discurso en lenguas, una interpretación; pero que todo sea para edificación» (1 Co. 14,26). 

VARIEDAD DE DONES
Los dones se manifiestan según las necesidades orgánicas de la Iglesia, de la comunidad. Don de dirigir la reunión, don de profecía, según 1 Co 14,3., don de enseñar, don de discenir. Cuando un grupo crece y se va formando en comunidad más amplia con un mayor radio de influencia, el número de dones va aumentando, o mejor dicho, los dones ya existentes en los miembros de la comunidad se van manifestando: dones de la palabra, dones de fe, dones de servicio a todos niveles. En el Nuevo Testamento hay cuatro listas de carismas con mención explícita de este término: 1 Co 12, 4-10; 28-31; Rom 12,6-8; 1 P 4,10. Hay otras cuatro sin usar dicho término: 1 Co 14,6.13; 14,28; Ef 4,11; y Mc 16,17-18. No vamos a detenernos ahora en su enumeración y estudio. Recordemos solamente que todos estos carismas son dones gratuitos del Espíritu Santo para la edificación. Todos deben recibirse con gratitud, podemos aspirar a ellos y pedirlos, sobre todo los más útiles al servicio de los hermanos.

REGLA DE ORO EN EL USO DE LOS CARISMAS 
Todos los carismas están al servicio del amor, nos dice S. Pablo (1 Co 13). Ya podría tener uno los carismas más extraordinarios, si ese cristiano no tiene caridad, si no usa su don según la ley del amor, de nada sirve. Porque el Espíritu Santo es el mismo amor del Padre y del Hijo, y todas sus actuaciones en los miembros del Cuerpo de Cristo han de manifestar su naturaleza. El amor construye, une, da vida y vence al mal. 31 Los grupos de oración que saben apreciar y pedir con humildad, pero al mismo tiempo con fe expectante, los dones espirituales, y los ponen al servicio del amor fraterno, verán crecer la comunidad y darán testimonio, con valentía, de Jesús resucitado.

lunes, 10 de abril de 2017

El ESPÍRITU y sus DONES


EL ESPÍRITU Y SUS DONES
Juan Manuel Martín-Moreno, S. J.

La especulación teológica medieval construyó sobre la arena movediza de una exégesis arbitraria de un texto de Isaías un grandioso edificio doctrinal sumamente elaborado, acerca de los siete dones del Espíritu Santo. Los materiales bien endebles con los que se llevaba a cabo esta construcción consistían en aplicar el análisis de objetos formales a cada uno de los dones mencionados en el texto. Si a esto se suma que había que dejar espacio para la gracia santificante, las gracias actuales, las siete virtudes infusas y los doce frutos del Espíritu, nos vemos un poco perdidos en una jungla conceptual muy lejana de nuestra sensibilidad moderna y bien lejana también del mundo de nuestras experiencias del Espíritu.
¿Quiere decir esto que toda aquella construcción teológica es algo inservible que haya que relegar a la historia? Pensamos que no. De las ruinas de aquel edificio que hoy día no puede tenerse en pie, podemos rescatar elementos e intuiciones muy valiosas para una mejor comprensión de nuestra experiencia del Espíritu y de nuestra vida de transformación en Cristo. Esto es lo que pretendemos hacer en estas breves líneas, a la manera como de las ruinas de los antiguos templos se han aprovechado columnas y materiales para integrar en nuevas construcciones enmarcadas en el estilo de la nueva época.

I.- El texto de Isaías
Decíamos que la piedra angular de aquel edificio doctrinal sobre los siete dones del Espíritu Santo era el texto de Isaías 11, 1 -3 a: "Saldrá un vástago del tronco de Jesé y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el Espíritu de Yahvé: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahvé. Y le inspirará en el temor de Yahvé”.
En el texto hebreo original sólo aparecen seis dones, estando repetido dos veces el temor de Yahvé. El séptimo don, o don de piedad, sólo aparece en la traducción griega de los LXX y en la Vulgata latina. Es sólo apoyándose en estas traducciones como el texto ha podido servir de fundamento para una teología de los siete dones. Además, el texto de Isaías tiene un sentido mesiánico, y se refiere primariamente al futuro Rey que establecerá el perfecto Reinado de Dios. Los dones del Espíritu son
dones del Mesías, y por eso el Nuevo Testamento aplicará este texto a Jesús en el momento de su unción mesiánica, al ser bautizado en el Jordán (Mt 3,16; Mc 1,10).
Sólo en un sentido muy secundario se puede aplicar este texto a los cristianos, en la medida en que participan del don de Jesús Mesías y concurren por su vocación a realizar el Reino de Dios. Pero aquí hay una nueva dificultad. En el texto de Isaías se habla de dones del Espíritu para la tarea de la construcción del mundo y la sociedad nueva. En cambio en la teología clásica los siete dones tenían como finalidad la santificación personal, y se contraponían a los carismas que eran los que sí ayudaban para la construcción de la nueva comunidad.
Por todo ello vemos que el citado texto de Isaías mal puede dar pie para una teología de siete dones de santificación personal de cada cristiano. Prescindiremos de este texto y reflexionemos sobre otros textos bíblicos que nos parecen más relevantes para el tema. Prescindiremos de numerar los dones, del número siete o de cualquier otro número concreto, y no trataremos de delimitar con exactitud el área correspondiente a cada uno de ellos.

II.- Si conocieras el don de Dios

Antes de hablar de la pluralidad de los dones convendría fijarse en todo el poder de sugerencia que tiene el término don, regalo. En el discurso de Pedro el día de Pentecostés se exhorta a la multitud: "Que cada uno se haga bautizar y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hch 2,38). 
Se nos habla del don así, en singular, ese don del agua del Espíritu del que Jesús hablaba también en singular a la Samaritana: "Si conocieras el don de Dios...” (Jn 4,10).
Antes de diversificarse en un haz de dones concretos, el gran don de Dios es su mismo Espíritu, que nos viene dado como manifestación de su amor y de su generosidad. De la misma manera que el rayo de luz blanca, al refractarse en el prisma, da lugar a un haz de diversos colores, así también el don del Espíritu en nosotros se diversifica en un haz multicolor de dones concretos, Pero el mayor regalo que una persona puede hacer es el don de sí. Y esto es lo que hace el Padre con nosotros, infinitamente mejor que esos padres que siendo malos saben dar cosas buenas a sus hijos (cf. Mt 7,11 ). ”El que nos entregó a su propio Hijo, ¿cómo no nos dará todas las otras cosas juntamente con El?” (Rm 8,32). Padre e Hijo nos hacen donación de su mismo Espíritu por el que son Uno, para hacernos vivir de su misma vida.
Pero para acoger el don de Dios hace falta una conversión previa. Hace falta estar abierto a recibir. Una espiritualidad demasiado voluntarista ha centrado todo en el esfuerzo del hombre, en el mérito humano, en el precio que pagamos para recibir los dones de Dios. La Renovación Carismática quiere subrayar la gratuidad del don divino.
La sociedad nos envuelve en sus hábitos mercantilistas. Las cosas valen por lo que cuestan. Estamos habituados a pensar que lo que no cuesta no tiene valor. Por eso hay que convertirse para apreciar el don de Dios. Hay que llegar a comprender que las cosas verdaderamente valiosas no cuestan nada, que una puesta de sol es más bella que el más lujoso espectáculo. ¿Qué hay tan valioso como el aire? Sin embargo no cuesta nada. Ahí está gratis; sólo hace falta abrir los pulmones para acogerlo. ¿Qué hay tan valioso como el agua? Ahí está gratis, siempre dispuesta a satisfacer nuestra sed.
Pero habitualmente apreciamos las cosas por su precio o por nuestro esfuerzo en conseguirlas. Y hay que convertirse de esta actitud, para poder conocer el don, apreciarlo y acogerlo en su gratuidad. Y para acoger la vida como don gratuito hay que sentirse pobre y renunciar definitivamente a nuestros esquemas mercantiles en nuestro trato con Dios. "¡Oh, todos los sedientos venid por agua, y los que no tenéis plata, venid, comprad y comed sin plata, y sin pagar, vino y leche. ¿Por qué gastar plata en lo que no es pan y vuestro jornal en lo que no sacia?" (Is 55,1-2). Venid al mundo nuevo en el que no hay dinero, en el que "todo es gracia".
El concepto de gratuidad viene reforzado por el término infuso que la teología medieval aplicaba a los dones del Espíritu. Infuso quiere decir infundido, derramado, y hace alusión al agua derramada en el bautismo, que es el momento en que recibimos estos dones. Junto con el agua que se derrama sobre nuestras cabezas, son derramados los dones del Espíritu. Y este concepto de infusión se opone radicalmente a cualquier idea de adquisición, de logro, de compra o de mérito.
Se oponen estos dones infusos a las virtudes que uno puede ir adquiriendo poco a poco a base de ejercicio, de constancia, de ascética, de esfuerzo humano. Hay evidentemente en la vida unas virtudes que vamos adquiriendo poco a poco como fruto de nuestro esfuerzo. Pero no nos referimos a ellas al hablar de los dones, sino a un regalo gratuito de quien "nos amó primero". "Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es don de Dios; tampoco viene de
las obras para que nadie se gloríe." (Ef 1,8-9).

III.- Dones de Santificación

Otro elemento válido e iluminador de la teología medieval era la distinción que hacía entre los dones santificantes (los siete dones) y los carismas o gracias "gratis datae". Según esto habría que distinguir, en el plano de la gracia, unos dones preferentemente destinados a la santificación personal del cristiano, y otros destinados a la edificación del cuerpo de la Iglesia (carismas).
No conviene insistir demasiado en esta diferencia, ya que se da una relación mutua entre ambos. Una persona santa (interiormente abierta a la acción del Espíritu) será forzosamente un instrumento más apto para acoger los carismas en la tarea de la construcción de la Iglesia. Sin embargo sí puede ser útil señalar la diversidad de funciones entre dones y carismas.
Hay que resaltar primariamente la llamada del cristiano a la santidad. ¿Qué es santidad? En el Nuevo Testamento santidad significa consagración. Los santos son aquellos que están consagrados para el servicio de Dios. El Santo de Dios es Jesús, consagrado por el Padre. sellado con la unción del Espíritu, para realizar la misión salvadora que el Padre le confió. El cristiano en su bautismo es también escogido, consagrado por el Espíritu para asimilarse a Cristo. revestirse de Cristo, conformarse a su imagen. El ideal de santidad es entrar en el misterio pascual de Jesús, en su profunda actitud de despojo interior para la entrega al amor de los hermanos. Santidad es emprender el éxodo que nos saca de este mundo y sus criterios. para vivir a la luz de las bienaventuranzas: “A los que de antemano conoció los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera El el primogénito entre muchos hermanos" (Rm 8,29).
El Espíritu Santo nos consagra con sus dones, nos aparta para una dedicación exclusiva al servicio de Dios, nos reviste de la misma entrega de Cristo por amor, y nos da un corazón nuevo, manso. pobre y limpio, hambriento de justicia. paciente y misericordioso, instrumento de paz. Y esta acción del Espíritu se interioriza en el hombre. Además de las llamadas gracias actuales o inspiraciones pasajeras, hay en el hombre nuevo una disposición permanente de docilidad de prontitud para dejarse
moldear según la imagen de Jesús. Es como una segunda naturaleza.
La santidad es una vocación, una llamada que tiene su propio dinamismo, que se va desplegando en el tiempo y va creciendo “hasta llegar al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud en Cristo” (Ef 4.133). Es un proceso en el que nos vamos despojando del hombre viejo y revistiendo del nuevo.
Pues bien, todo este proceso y dinamismo tiene dos polos: uno exterior al hombre. que son las gracias y ayudas concretas que vienen de Dios, y otro interiorizado dentro del cristiano, que son los dones como capacidad de respuesta, como facilidad y agilidad del hombre interior para dejarse conducir por el Espíritu en su tarea de recrear en nosotros el hombre nuevo. Esta facilidad y capacidad permanente de respuesta interior en sus diversos aspectos es lo que llamamos dones del Espíritu Santo.

IV.- Docilidad al Espíritu
Definíamos, pues, los dones como docilidad interior y permanente a la obra del Espíritu en nosotros. Decíamos que esta actitud no es adquirida sino infusa, otorgada. Podemos explicarla mejor con algún ejemplo. Hay personas que nacen con buen oído y con una capacidad especial para gustar la música. Este buen oído no se puede adquirir ni aprender, y no es fruto de mucho trabajo o de muchos estudios. Se nace con él; es un don de la naturaleza, que capacita al hombre para gustar la música, para componer melodías nuevas o interpretarlas. Es un don permanente, habitual que hay que distinguir de los momentos pasajeros de inspiración para componer una melodía. La inspiración es pasajera, pero la facilidad para la música es habitual.
En la vida del Espíritu ocurre algo semejante. ¿Por qué hay personas que se aburren habitualmente en la oración, a quienes la Biblia no les dice nada, incapaces de vibrar o emocionarse ante la belleza de las bienaventuranzas, torpes para captar la vocación o los impulsos con los que Dios quiere ir conduciendo su vida? En el fondo es la carencia de los dones del Espíritu la que lleva a esta situación de pasividad y aburrimiento, semejante a la que siente en un concierto un hombre que no tiene ningún
interés ni facilidad para la música. Tardos de corazón para creer (Lc 24,25), incapaces de comprender las cosas que son de arriba Un 3,12), sin sentido del misterio, sin capacidad de maravillarse y extasiarse. Lo que ocurre sencillamente es que “el hombre animal no tiene sensibilidad para el Espíritu.” (1Co 2,14). Es romo, zafio, insensible, tosco, superficial. Se aburre, bosteza, no capta los matices, no es capaz de ilusionarse. En el fondo es que no hay en él esa sensibilidad, ese don interior que le haga vibrar y resonar en armonía con la acción del Espíritu.
En cambio, el hombre espiritual muestra una gran connaturalidad con las mociones espirituales, que conlleva facilidad, gusto, agilidad, sensibilidad a los detalles, perspicacia, agudeza intuitiva, profundidad, docilidad y abandono. Son estos dones interiorizados los que posibilitan que el hombre pueda responder de una manera dinámica y crecer en santidad, es decir, irse asimilando progresivamente a Cristo.
En los picaderos distinguen entre caballos de boca dura, a quienes hay que regir con un grueso hierro en la boca (bocado), y los caballos finos a quienes se rige con un finísimo hilo de metal (filete) y son sensibles al más suave tirón de las riendas. Es de esta docilidad habitual al Espíritu de la que estamos tratando.

V.- Diversidad de dones
¿Por qué hablar de dones así, en plural? Hasta ahora sólo hemos hablado de palabras en singular: docilidad, sensibilidad... ¿En qué sentido podemos hablar de los dones en plural, de docilidades, sensibilidades, etc?
Sin insistir en el número siete, ni tratar de diversificar los dones con precisi6n según el criterio de sus objetos formales, sí podemos decir que esta actitud de docilidad puede recibir diversos nombres, al ser aplicada a las distintas áreas o aspectos de nuestra vida en las que se ejercita la acción del Espíritu.
Encontramos personas sencillas que sin muchos estudios han llegado a una comprensión muy profunda de los misterios del Reino. Hay en ellos una inteligencia natural. Ese es un don del Espíritu.
En otras personas encontramos un don especial para saborear las cosas de Dios, para asombrarse ante sus maravillas, para gustar contemplativamente la alabanza, la música y la poesía de la oración. Es otro don del Espíritu.
En otras personas encontramos un gran don para discernir interiormente las mociones del Espíritu y los signos por los que Dios nos muestra su voluntad en nuestra vida. En otras detectamos una gran capacidad de ilusión por el programa evangélico, y una gran creatividad para concretarlo en formas renovadas y en dar sentidos proféticos nuevos a la propia existencia bajo la acción del Espíritu.
De alguna manera, podernos decir que hay una gran variedad de dones de santificación personal: sensibilidad para captar los valores de la castidad consagrada; sensibilidad para vibrar emocionalmente ante un compromiso radical de pobreza evangélica; docilidad al Espíritu para transformar situaciones de intenso dolor o humillación en signo de amor y misericordia...
Verdaderamente "cada uno recibe de Dios un don particular, éste de una manera, aquél de otra" (1Co 7,7). Así como en la llamada a construir la Iglesia hay distintos carismas para distintos individuos, así también en la llamada a la santidad hay diversas vocaciones a encarnar algún aspecto especial de Cristo, a especializarse en su actitud contemplativa, en su misericordia, en su amor fiel en medio del sufrimiento, etc. A cada Una de estas vocaciones corresponde un don del Espíritu que prepara y capacita para responder activamente a las diversas mociones que se irán dado a lo largo del proceso de crecimiento en Cristo.
Distinguían también los teólogos entre dones y virtudes. Quizás esta distinción pueda parecer demasiado sutil, pero quiero recogerla porque nos ayuda a ilustrar algo muy importante. Según esta teología, las virtudes nos disponen para poder actuar conforme al dictado de la razón. En cambio los dones nos disponen para actuar conforme a los dictados del Espíritu Santo. Hay algo muy importante en esta distinción. Pone de manifiesto que la acción del Espíritu, aunque nunca sea absurda o antirracional, sí desborda con mucho los límites de la razón. Los santos han llegado a hacer cosas a las que nunca hubieran llegado por el solo ejercicio de su razón.
En el caso del discernimiento espiritual, por ejemplo, S. Ignacio de Loyola distingue dos momentos en que entran en juego distintas capacidades del hombre. En un primer momento se sopesan los pros y los contras a favor de una u otra opción en cualquier alternativa que se nos presente, y todo ello según la luz de la razón. Aquí estaría en juego la virtud de la prudencia. Pero hay un segundo momento en que se captan las mociones concretas del Espíritu por vía de signos, diversidad de espíritus, consolaciones o desolaciones, intuiciones que ya no pueden ser discernidas por la razón humana. La capacidad para este discernimiento nos viene de un don especial del Espíritu. Lo entenderemos mejor con un ejemplo. La razón es apta para captar tan solo aquellos mensajes que llegan en una cierta- frecuencia dentro de una banda determinada, Pero hay mensajes de Dios emitidos en unas frecuencias que no corresponden a la banda de la simple razón. Necesitamos un receptor equipado con una banda especial para estas frecuencias. Los dones del Espíritu son esta banda especial que nos capacita para captar frecuencias que escapan a la simple razón.

“El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios... Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales hablamos también, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales. El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios: son necedad para él. Y no las puede conocer, pues sólo espiritualmente pueden ser discernidas" (1Co 2,10.12-14).
Son los dones del Espíritu los que nos constituyen, por tanto, en hombres espirituales, capaces de sondear hasta las profundidades de Dios (v. 10), "captar las cosas del Espíritu de Dios” (v. 14) y no "naturalmente” (v. 13) ni "con una sabiduría humana", sino con una nueva sensibilidad recibida por todos cuantos tenemos la mente en Cristo.