lunes, 23 de marzo de 2026

Devociones perfectas. Corazón frío.

Hay una pregunta que incomoda y que vale la pena hacerse con honestidad.
¿Nuestra relación con Dios es una relación, o es una colección de prácticas?
No es lo mismo. Y la diferencia importa más de lo que parece.
















Podemos rezar el rosario todos los días, ir a misa los domingos, tener estampitas en la billetera, seguir cuentas católicas en las redes, conocer de memoria los misterios del rosario y los días de ayuno. Todo eso puede estar perfectamente en orden. Y sin embargo, puede que nunca hayamos tenido un encuentro real con Jesucristo. Un encuentro que ponga en jaque todo lo que pensamos, sentimos, creemos y vivimos.

Esto no es una acusación. Es una pregunta necesaria.

El Papa Francisco lo dijo sin anestesia, dirigiéndose directamente a la Renovación Carismática Católica en 2023: «No debe darse por supuesto que una vez que se ha recibido este bautismo en el Espíritu, ya se es plenamente cristiano. El camino de la santidad es siempre progresivo, en la conversión personal y en la donación generosa de sí mismo a Cristo y a los demás, y no solo en el "bienestar espiritual".»
(Discurso a CHARIS, 4 de noviembre de 2023, vatican.va)

Prestemos atención a la frase: no solo en el bienestar espiritual.
Hay una espiritualidad que busca sentirse bien. Que acumula experiencias de consolación, que va de retiro en retiro buscando el próximo golpe emocional, que mide la calidad de la oración por cuánto lloramos o sentimos. Y cuando no siente nada, concluimos que Dios no está.
Claramente no es fe. Es consumo espiritual con etiqueta religiosa.

Existe también otra trampa, menos emotiva y más antigua. Es la de quien cumple con todo sin que nada le cueste nada. Que sabe de memoria los mandamientos pero no recuerda cuándo fue la última vez que se sentó en silencio delante de Dios sin pedirle nada. Que conoce el catecismo pero no conoce a Cristo.

«Sólo gracias a ese encuentro —o reencuentro— con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad.» (Francisco, Evangelii Gaudium, n. 8, vatican.va)

Ese encuentro no es un sentimiento. Es una Persona. Y las personas no se coleccionan. Se encuentran, se buscan, se ama a ellas.

La pregunta que el Evangelio hace no es ¿cuántas devociones tenemos? Es la misma que Jesús le hizo a Pedro después de la Resurrección, tres veces, sin cansarse: ¿Me amás?
No fue: ¿rezás? No cuestionó: ¿cumplís? No insinuó: ¿sabés el catecismo?
Fue directa, clara, y personal: ¿Me amás?

Se trata de la pregunta que distingue una espiritualidad de devociones de una espiritualidad del encuentro.
La primera responde con prácticas. La segunda responde con el corazón.

Las devociones no son malas. Son malas cuando reemplazan lo que deberían servir. Cuando el rosario se convierte en una obligación cumplida sin corazón. Cuando la misa dominical es un trámite. Cuando la oración es una lista de pedidos sin relación real con Quien los recibe.

«Ayudar al pueblo de Dios en el encuentro personal con Jesucristo, que nos cambia en hombres y mujeres nuevos» -eso es lo que Francisco le pide a la RCC como su servicio más importante. (Discurso al Movimiento de Renovación en el Espíritu Santo, 3 de julio de 2015, vatican.va)

No acumular devotos. Generar encuentros.

Esta semana, antes de rezar cualquier devoción, enfrentémonos con una sola pregunta: ¿Estoy haciendo esto para encontrarme con Él, o para cumplir con algo?

La respuesta honesta dice más sobre el estado de nuestra fe que cualquier práctica que podamos acumular. Y si esa respuesta incomoda, es una buena señal: significa que el Espíritu todavía está llamando.

Estar solo no es lo mismo que estar aislado

Hay dos formas de estar solo que desde afuera se parecen y por dentro son completamente distintas.

La primera es la que cierra. La que se alimenta del propio dolor hasta que ese dolor lo llena todo. La que convence de que nadie entiende, de que nadie está, de que el mundo siguió girando sin contar con uno. Eso es el aislamiento. No es un lugar. Es un estado del corazón.

La segunda es la que abre. La que, en el silencio, encuentra algo más grande que el ruido que dejó atrás. La que no huye de uno mismo sino que se asienta en la propia verdad para desde ahí encontrar a Dios. Eso es la soledad fecunda. Y es completamente distinta.

¿Alguna vez te pasó sentirte solo en medio de gente? ¿O al revés: estar físicamente solo y sentirte acompañado de una manera que no podés explicar del todo? Esa diferencia que intuís tiene nombre. Y la Biblia la conoce bien.







Elías en la cueva

Elías llega al desierto quebrado. Acaba de tener la victoria más grande de su vida profética y sin embargo está huyendo, pidiendo morirse, convencido de que todo terminó. Se mete en una cueva.

Desde adentro de esa cueva le dice a Dios: «He quedado yo solo» (1 Re 19,14). Esa frase es el aislamiento en estado puro. No es verdad —Dios mismo le dirá que hay siete mil que no doblaron la rodilla ante Baal— pero el aislamiento siempre miente. Siempre achica la realidad hasta que solo queda el propio dolor.

Dios no le discute. No le grita desde afuera que salga. Lo alimenta. Lo deja dormir. Lo cuida en silencio. Y cuando llega el momento, lo llama suavemente: "Sal fuera."

Y entonces pasan cosas grandes: un huracán que parte las montañas. Un terremoto. Un fuego. Tres espectáculos de poder absoluto. Y la Escritura dice tres veces, con esa precisión que solo tiene la Palabra de Dios: «pero no estaba Yahveh en el huracán»... «pero no estaba Yahveh en el temblor»... «pero no estaba Yahveh en el fuego».

Y después del fuego: «el susurro de una brisa suave».

Ahí estaba Dios.

El Espíritu no habla en el huracán. No habla en el terremoto. No habla en el fuego. Habla en el susurro. Y el susurro solo se escucha cuando hay silencio interior. Y el silencio interior solo es posible cuando uno sale de la cueva del aislamiento y se para en el umbral, disponible, abierto.

María en el huerto

Hay otra escena. Es de madrugada, todavía oscuro, y una mujer llora sola frente a un sepulcro vacío. «Mujer, ¿por qué llorás? ¿A quién buscás?» (Jn 20,15).

María Magdalena está sola. Físicamente sola, en un huerto, antes del amanecer. Podría ser aislamiento. Pero no lo es. Porque su soledad está orientada: está buscando. Está en movimiento hacia algo, hacia Alguien. El dolor no la cerró. La trajo hasta ese lugar en el que Dios pudo llamarla por su nombre.

«¡María!»

Una sola palabra. Su nombre. Y todo cambió.

El Espíritu que sopla donde quiere, la gracia que llega cuando el corazón está abierto aunque esté roto, habló en ese huerto silencioso antes del amanecer. No en el templo. No en la sinagoga. No en medio de la multitud. En la soledad de una mujer que buscaba con el corazón entero.

La trampa del ruido y la trampa de la cueva

Vivimos en un tiempo que le tiene miedo al silencio. Hay una pantalla para cada momento de quietud, un audio para cada viaje, una notificación para cada instante de vacío. El ruido se ha vuelto tan constante que ya no lo percibimos como ruido sino como normalidad.

Henri Nouwen, sacerdote y escritor espiritual, lo vivió en carne propia. Profesor en Harvard y Yale, rodeado de prestigio y actividad, descubrió que toda esa ocupación era una forma sofisticada de huir de sí mismo. Dejó la universidad y fue a vivir con personas con discapacidad en la comunidad L'Arche. Ahí aprendió que la dispersión no era solo mental. Era espiritual. Y que el Espíritu no puede hablar en un corazón que nunca para.

Pero hay también otra trampa, menos ruidosa y más peligrosa: la cueva de Elías. El repliegue que se disfraza de espiritualidad. El aislamiento que usa palabras religiosas. Hay personas que se alejan de la comunidad, de los sacramentos, de los hermanos, convencidas de que están buscando a Dios en la soledad. Pero lo que están haciendo es alimentar una narrativa cerrada en la que solo existe su propio dolor y su propia versión de los hechos.

La diferencia entre soledad fecunda y aislamiento no es el silencio. Es la dirección del corazón. El corazón en soledad verdadera está abierto, disponible, buscando. El corazón aislado está cerrado sobre sí mismo, convencido de que nadie puede entrar.

El Espíritu busca ser escuchado

El Espíritu Santo es comunión por naturaleza. Es el vínculo de amor entre el Padre y el Hijo. Su acción siempre abre, nunca cierra. Siempre conecta, nunca aisla. Cuando sopla sobre el alma, la mueve hacia Dios y hacia los otros.

Por eso no puede actuar en el aislamiento. No porque no quiera. Sino porque el aislamiento cierra las ventanas del alma. Y el Espíritu no entra por la fuerza.

Pero en la soledad fecunda, en ese silencio interior que no es huida sino apertura, el Espíritu encuentra lo que necesita para actuar: un corazón disponible. Y entonces habla. No en el huracán. En el susurro de una brisa suave.

¿Lo escuchaste alguna vez? Quizás en la oración de la mañana antes de que el día empiece. Quizás en la adoración, cuando el mundo se quietó por un momento. Quizás en un instante de silencio inesperado en el que algo adentro tuyo se asentó y supiste, sin poder explicarlo, que no estabas solo.

Eso es el Espíritu buscando ser escuchado. Y vale la pena darle ese espacio.

Una invitación concreta

La soledad fecunda no es un destino. Es un punto de partida. Elías sale de Horeb con una misión. María Magdalena corre a contarles a los discípulos lo que vio. La soledad verdadera siempre devuelve a la comunidad.

Por eso la invitación no es solo al silencio personal. Es también a los sacramentos, a la comunidad, a la mesa compartida. Porque el discípulo necesita los dos movimientos: el del cuarto cerrado donde ora al Padre en secreto, y el de la mesa donde parte el pan con los hermanos.

Si hace tiempo que no vas a misa, que no te confesás, que no te sentás con otros a orar: este es el momento. No porque seas indigno. Sino porque el Espíritu que habla en el silencio es el mismo que se derrama en la comunidad reunida en su nombre.

El susurro y la comunidad no se contradicen. Se necesitan.

Buen día, Espíritu Santo! 23032026

 

martes, 17 de marzo de 2026

La otra orilla


Existe una tentación espiritual que no parece tentación porque se reviste de aparente prudencia, dilata decisiones, dice esperar el momento adecuado. Pero en el fondo es otra cosa: es miedo a dejar la orilla segura.

La orilla segura es el lugar donde todo es conocido. Donde la fe no cuesta nada porque no exige nada. Donde se ora, se escucha, se participa, pero sin que ninguna de ellas modifique realmente la vida, las decisiones, la dirección.
El Evangelio no presenta a ningún discípulo que haya encontrado a Jesús quedándose quieto. Pedro dejó las redes. Zaqueo bajó del árbol. La mujer samaritana dejó el cántaro. Hay siempre un objeto que se suelta, un lugar que se abandona, un paso que se da hacia lo desconocido.

El Papa Francisco lo dijo sin anestesia:
«Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades»
(Evangelii Gaudium, n. 49)

La orilla segura no es el destino. Es el punto de partida.

Novena a San José - Día 8 - Palabra hecha obediencia
















El silencio de José es lenguaje de fe:
no huida, sino apertura al misterio.
En él descubrimos que callar
puede ser la forma más profunda de obedecer y confiar en Dios.

Buen día, Espíritu Santo! 17032026

 

lunes, 16 de marzo de 2026

Oración liberación del miedo


 

Creer algo no es lo mismo que creer en alguien


Hay dos formas de creer que parecen iguales pero no lo son.
La primera es creer algo. Creer que Dios existe, que Jesús resucitó, que la Iglesia es santa. Es adhesión intelectual. Puede hacerse quieto, sentado, sin moverse. No compromete el cuerpo, no altera los planes, no incomoda la agenda.

La segunda es creer en alguien. Y eso es completamente diferente. Creer en alguien implica confianza. Y la confianza tiene siempre consecuencias físicas: te lleva a hacer cosas que no harías si no confiaras. Te mueve. Te saca de donde estás. Te pone en camino hacia algo que todavía no podés ver.

El funcionario del Evangelio de Juan no creyó una doctrina sobre Jesús. Creyó en Jesús. Y esa diferencia lo puso literalmente en movimiento: dejó Cafarnaún, caminó treinta kilómetros, y emprendió el regreso con una sola palabra como garantía.
La fe que no mueve nada no es todavía fe plena.
Es su antesala.

«La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad»
(Francisco, Evangelii Gaudium, n. 10)

Novena a San José - Día 7 - Ternura que protege
















La ternura de José es la fuerza que protege y acompaña.
Su paternidad nos invita a descubrir
que el amor verdadero se expresa
en gestos sencillos de cuidado y confianza.

domingo, 15 de marzo de 2026

Una fe en modo "Instagram"

Existe una tentación muy concreta en este tiempo, y vale la pena nombrarla sin rodeos: la de vivir la fe para que se vea.










No es una tentación nueva. Jesús ya la conocía. En el capítulo 6 del Evangelio de Mateo, les habló directamente a quienes hacían sonar trompetas antes de dar limosna, a quienes elegían las esquinas más concurridas para orar, y a quienes desfiguraban su rostro para que nadie ignorara que estaban ayunando. Lo que Jesús describía no era fe. Era performance. Era la religión convertida en escaparate.

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial» (Mt 6,1).

Hoy las esquinas concurridas tienen otro nombre. Se llaman Instagram, TikTok, YouTube. Y la tentación es exactamente la misma, con mejor iluminación y más seguidores.

El problema no es la red. El problema es el corazón.

Antes de ser injustos, hay que decirlo: las redes sociales no son el enemigo. El Evangelio siempre buscó nuevos lenguajes, y el mundo digital es uno de ellos. El cardenal Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, lo dijo con precisión en una reflexión difundida por Vatican News: «Hay en el mundo pocas palabras capaces de decir en un minuto lo suficiente para llenar un día y, de hecho, una vida: las que salen de la boca de Jesús». Las redes pueden ser un canal. El problema es cuando se convierten en el fin.

El problema es cuando el "like" empieza a medir la fe.

Cuando la oración vale si lleva foto. Cuando el testimonio se construye para el feed y no para la vida real. Cuando lo que se publica hacia afuera tiene poco que ver con lo que ocurre adentro. Eso no es evangelización. Es, para usar la palabra del Evangelio, hipocresía. La palabra griega original —hypokritḗs— significa precisamente eso: actor. Alguien que representa un papel.

Una fe que se filtra no es fe. Es imagen.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «la fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él» (CIC 153). No es un contenido. No es una estética. No es una identidad que se construye hacia afuera para ser reconocida. Es algo que ocurre en el interior, en la relación directa con Dios, y que luego —sí, luego— desborda hacia el mundo. Pero el orden importa.

Una fe que comienza por la imagen y termina en Dios está invertida. Y lo que está invertido, tarde o temprano, se cae.

Existe el riesgo de que las conexiones en línea se convierten en transacciones superficiales, comprometiendo la profundidad e intimidad de las relaciones espirituales. Eso lo señalan quienes estudian la espiritualidad juvenil en el contexto digital. No es un juicio moralista. Es una observación sobre lo que ocurre cuando la experiencia espiritual se vive de cara al público y no de cara a Dios.

La pregunta que incomoda

¿Orarías igual si nadie pudiera verlo? ¿Servirías igual si no pudieras contarlo? ¿Tu fe existe cuando la pantalla está apagada?

Jesús no preguntó eso con crueldad. Lo preguntó porque sabe dónde vive la fe real: en el cuarto cerrado, en lo secreto, en el vínculo íntimo entre el alma y su Padre. «Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará»  (Mt 6,6).

El Padre que ve en lo secreto no necesita notificaciones. No requiere etiquetas. No mide el alcance del posteo. Ve el corazón.

Esto no es un llamado a desconectarse

Es un llamado a revisarse. A preguntarse con honestidad qué mueve la fe que se muestra. Si la respuesta es genuina —si lo que se comparte nace de un encuentro real con Dios y busca conducir a otros a ese mismo encuentro—, entonces las redes pueden ser un instrumento legítimo de testimonio.

Pero si la fe se vive para ser vista, si la espiritualidad se construye como marca personal, si Dios es el contenido y no el centro, entonces no hay filtro que alcance para cubrir el vacío.

El camino espiritual se puede resumir en caminar desde lo exterior a lo interior, y después, de lo interior a lo superior, a lo trascendente. No busquemos fuera lo que solo florece en la intimidad del alma tocada por la Gracia.

Una fe en modo Instagram puede tener muchos seguidores. Pero el único que importa no tiene cuenta.

Novena a San José - Día 6 - Artesano del Reino

El trabajo de José no fue solo sustento,
sino oración hecha oficio.
Su vida nos recuerda que cada tarea,
por sencilla que sea, puede convertirse en
colaboración con Dios y en servicio a los demás.

 

Buen día, Espíritu Santo! 15032026

 

jueves, 12 de marzo de 2026

miércoles, 11 de marzo de 2026

martes, 10 de marzo de 2026

Novena a San Jose - Día 1 San José, frágil y confiado en Dios

Oración a San José



San José, padre amado,
tú que supiste acoger la vida
con corazón humilde,
enséñanos a recibir cada día
como don de Dios.

San José, hombre de confianza,
tú que creíste contra toda esperanza,
haz que nuestra fe
se mantenga firme aun en la oscuridad.

San José, custodio valiente,
tú que protegiste al Niño y a su Madre,
guárdanos en el camino
y defiéndenos de todo mal.

San José, trabajador silencioso,
tú que diste dignidad al esfuerzo cotidiano,
ayúdanos a transformar nuestro trabajo
en servicio y oración.

San José, padre en la ternura,
tú que mostraste la fuerza del amor en el cuidado,
haz que aprendamos a vivir
con misericordia y cercanía.

San José, patrono de la Iglesia,
tú que fuiste fiel en lo pequeño,
sostén nuestra comunidad
en la fidelidad al Evangelio.
Amén.

Día 1
San José, frágil y confiado en Dios


San José se nos presenta como un hombre que no rehúye su condición humana: limitado, vulnerable, expuesto a la incertidumbre. Sin embargo, en esa fragilidad se abre paso una confianza radical en Dios. José no se apoya en sus propias fuerzas ni en seguridades humanas, sino en la certeza de que el Señor conduce su historia. Su vida nos recuerda que la fe no consiste en tener todo bajo control, sino en dejar que Dios sea el sostén en medio de lo que no comprendemos. José nos enseña que la debilidad no es un obstáculo para la gracia, sino el lugar donde Dios se manifiesta con mayor ternura. Mirar a José es aprender a caminar con paso humilde, sabiendo que la fortaleza verdadera nace de la confianza en el Padre.

San José, ruega por nosotros.

Novena a San José 2026

 

Buen día, Espíritu Santo! 10032026

 

sábado, 7 de marzo de 2026

Buen día, Espíritu Santo! 07032026

 

Vivir distraídos, la peor catástrofe

La peor catástrofe no siempre se ve en los noticieros. No es un terremoto ni una guerra. Es más silenciosa, pero igual de devastadora: vivir distraídos, con el corazón disperso, incapaz de detenerse en lo esencial.



La dispersión constante, nos alertan diversas corrientes de la psicología, genera ansiedad, fatiga, incapacidad de disfrutar lo que tenemos delante. Y en lo espiritual, -de una manera especial-, esa dispersión nos roba la capacidad de escuchar a Dios. El corazón distraído nunca está del todo presente: hablamos con nuestros hijos pensando en el trabajo, rezamos pensando en las cuentas, amamos pensando en nosotros mismos. Vivimos divididos, fragmentados, incapaces de entregarnos plenamente.

Jesús nos lo advirtió: “Velen y oren” (Mt 26,41). Velar es estar despiertos, atentos, con el corazón vigilante. Pero ¿cuántas veces vivimos como Marta, corriendo de un lado a otro, inquietos por mil cosas, mientras olvidamos la única necesaria (cf. Lc 10,38-42)?

El p. Henri Nouwen lo sabía por experiencia. Profesor en Harvard y Yale, rodeado de prestigio académico, descubrió que el ruido intelectual y social lo alejaba de la intimidad con Dios. Por eso dejó la universidad y se fue a vivir con personas con discapacidad en la comunidad L’Arche. Allí comprendió que la dispersión no era solo mental, sino afectiva: estar en mil cosas, pero no estar presente en lo esencial. Su experiencia le hizo escribir que “la mayor amenaza para la vida espiritual es la distracción constante que nos impide escuchar la voz de Dios”. No era teoría: era su propia confesión de vida.

En sus homilías hemos escuchado al papa Francisco insistir en que “la peor esclavitud es perder la capacidad de contemplar”. Lo decía mirando la realidad de comunidades religiosas que cumplen rutinas sin corazón, familias que ya no se miran a los ojos porque la mesa está ocupada por pantallas, sacerdotes que se desgastan en tareas administrativas y pierden la frescura de la oración. Su advertencia era pastoral: la distracción no es solo individual, es comunitaria. Una Iglesia que se dispersa en actividades y pierde la centralidad de Cristo se vuelve estéril.

En una reciente entrevista hemos escuchado al p. Fábio de Melo expresar con sencillez: “El ruido exterior termina reproduciendo el ruido interior”. Y Mons. Jonas Abib repetía: “El Espíritu Santo habla en lo íntimo, pero necesitamos estar atentos”. Comprobamos que “La distracción es el arma, sí verdaderamente un arma del enemigo, para que no tengamos tiempo de amar”. No es extraño percibir que distintas voces apunten a lo mismo: la dispersión es un drama que nos roba la vida plena.

La peor catástrofe, entonces, no es la que destruye casas, sino la que destruye la capacidad de escuchar y amar. Pero hay esperanza. El Señor nos ofrece un camino: detenernos, guardar silencio, recuperar la contemplación. La dispersión no se vence con más actividad, sino con más presencia. Con un corazón que se atreve a estar entero en cada momento, permanecer entero en cada oración, entero en cada gesto de amor.

Hoy les invitamos a mirar sus vidas: ¿dónde están sus corazones? ¿En qué cosas se dispersan sus mentes? ¿Qué sentimientos se fragmentan dentro de ustedes? No tengan miedo de reconocerlo. La buena noticia es que Jesús puede reunir lo que está disperso, puede devolver unidad a sus corazones. Él es capaz de transformar la peor catástrofe en la mayor bendición: un corazón atento, vigilante, lleno de amor.


martes, 3 de marzo de 2026

Cuando la memoria se convierte en profecía: escuchar a los ancianos


Un tema recurrente en el papa Francisco era el lugar de los ancianos: la capacidad de acogida, el respeto a los años vividos y el modo en que nos relacionamos con ellos. En muchas culturas orientales, como la japonesa, los mayores ocupan un sitio de honor en la sociedad. En cambio, en nuestras comunidades, a menudo luchamos por recuperar ese reconocimiento.

El padre Henri Nouwen solía repetir esta leyenda balinesa, que puede ser un disparador para revisar cómo estamos viviendo la relación con nuestros adultos mayores:

“Se cuenta que, en una aldea montañesa distante, los habitantes acostumbraban sacrificar y devorar a sus ancianos. Llegó el día en que ya no quedaba un solo anciano vivo y se habían perdido todas las tradiciones y leyendas. En un momento dado, los pobladores quisieron construir un gran edificio para las reuniones del consejo pero, al echar un vistazo a los troncos que se habían hachado con tal propósito, no pudieron determinar cuál era la parte inferior y cuál la superior. Si colocaban las vigas al revés, las consecuencias serían nefastas. Un hombre joven les anunció que podía hallar una solución, siempre que prometiesen que dejarían de devorar a sus ancianos. Ellos lo prometieron. Entonces el joven trajo consigo a su abuelo, que había mantenido oculto, y éste supo decir a la gente cómo se distinguen los extremos superiores de los inferiores”.

Este relato encierra una gran actualidad. Hoy también corremos el riesgo de “devorar” a nuestros ancianos, no con violencia explícita, sino con la indiferencia que los aísla y excluye. Aislar es excluir. Cuando los más viejos son arrinconados, cuando bajo el mismo techo se promueve la falta de relación y diálogo entre abuelos y nietos, toda la familia se sumerge en la cultura del descarte.

Sin discursos, estamos transmitiendo un mensaje claro: los ancianos son una carga. La leyenda ilustra lo que vemos a nuestro alrededor: si seguimos por este camino, pronto dejaremos de contar con “viejos sabios” capaces de mostrarnos lo que es arriba y lo que es abajo.

La Escritura nos recuerda: “Pregunta a tu padre, y él te lo hará saber; a tus ancianos, y ellos te lo dirán” (Dt 32,7). Necesitamos recuperar su voz. Ellos cargan una sabiduría que nos ayuda a discernir los signos de los tiempos, a ensamblar lo que está fragmentado, a construir sólidamente nuestras casas, nuestra sociedad y nuestra comunidad.

El papa Francisco lo expresó con fuerza: “La sociedad necesita a sus ancianos. No olvidemos que ellos son la memoria viva, y sin memoria no hay futuro”.

La leyenda es una ventana que nos recuerda: el anciano sabe cuál es la parte superior y cuál la inferior, el modo correcto de edificar sin peligro de derrumbe, la medida justa de las cosas. Su presencia es indispensable para que nuestra vida y nuestra comunidad tengan fundamento.