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miércoles, 18 de marzo de 2026
Novena a San José - Día 9 - Protector del Pueblo de Dios
martes, 17 de marzo de 2026
La otra orilla
Existe una tentación espiritual que no parece tentación porque se reviste de aparente prudencia, dilata decisiones, dice esperar el momento adecuado. Pero en el fondo es otra cosa: es miedo a dejar la orilla segura.
La orilla segura es el lugar donde todo es conocido. Donde la fe no cuesta nada porque no exige nada. Donde se ora, se escucha, se participa, pero sin que ninguna de ellas modifique realmente la vida, las decisiones, la dirección.
El Evangelio no presenta a ningún discípulo que haya encontrado a Jesús quedándose quieto. Pedro dejó las redes. Zaqueo bajó del árbol. La mujer samaritana dejó el cántaro. Hay siempre un objeto que se suelta, un lugar que se abandona, un paso que se da hacia lo desconocido.
El Papa Francisco lo dijo sin anestesia:«Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades»(Evangelii Gaudium, n. 49)
La orilla segura no es el destino. Es el punto de partida.
Novena a San José - Día 8 - Palabra hecha obediencia
lunes, 16 de marzo de 2026
Creer algo no es lo mismo que creer en alguien
Hay dos formas de creer que parecen iguales pero no lo son.
La primera es creer algo. Creer que Dios existe, que Jesús resucitó, que la Iglesia es santa. Es adhesión intelectual. Puede hacerse quieto, sentado, sin moverse. No compromete el cuerpo, no altera los planes, no incomoda la agenda.
La segunda es creer en alguien. Y eso es completamente diferente. Creer en alguien implica confianza. Y la confianza tiene siempre consecuencias físicas: te lleva a hacer cosas que no harías si no confiaras. Te mueve. Te saca de donde estás. Te pone en camino hacia algo que todavía no podés ver.
El funcionario del Evangelio de Juan no creyó una doctrina sobre Jesús. Creyó en Jesús. Y esa diferencia lo puso literalmente en movimiento: dejó Cafarnaún, caminó treinta kilómetros, y emprendió el regreso con una sola palabra como garantía.
La fe que no mueve nada no es todavía fe plena.
Es su antesala.
«La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad»
(Francisco, Evangelii Gaudium, n. 10)
Novena a San José - Día 7 - Ternura que protege
domingo, 15 de marzo de 2026
Una fe en modo "Instagram"
Existe una tentación muy concreta en este tiempo, y vale la pena nombrarla sin rodeos: la de vivir la fe para que se vea.
No es una tentación nueva. Jesús ya la conocía. En el capítulo 6 del Evangelio de Mateo, les habló directamente a quienes hacían sonar trompetas antes de dar limosna, a quienes elegían las esquinas más concurridas para orar, y a quienes desfiguraban su rostro para que nadie ignorara que estaban ayunando. Lo que Jesús describía no era fe. Era performance. Era la religión convertida en escaparate.
«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial» (Mt 6,1).
Hoy las esquinas concurridas tienen otro nombre. Se llaman Instagram, TikTok, YouTube. Y la tentación es exactamente la misma, con mejor iluminación y más seguidores.
El problema no es la red. El problema es el corazón.
Antes de ser injustos, hay que decirlo: las redes sociales no son el enemigo. El Evangelio siempre buscó nuevos lenguajes, y el mundo digital es uno de ellos. El cardenal Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, lo dijo con precisión en una reflexión difundida por Vatican News: «Hay en el mundo pocas palabras capaces de decir en un minuto lo suficiente para llenar un día y, de hecho, una vida: las que salen de la boca de Jesús». Las redes pueden ser un canal. El problema es cuando se convierten en el fin.
El problema es cuando el "like" empieza a medir la fe.
Cuando la oración vale si lleva foto. Cuando el testimonio se construye para el feed y no para la vida real. Cuando lo que se publica hacia afuera tiene poco que ver con lo que ocurre adentro. Eso no es evangelización. Es, para usar la palabra del Evangelio, hipocresía. La palabra griega original —hypokritḗs— significa precisamente eso: actor. Alguien que representa un papel.
Una fe que se filtra no es fe. Es imagen.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «la fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él» (CIC 153). No es un contenido. No es una estética. No es una identidad que se construye hacia afuera para ser reconocida. Es algo que ocurre en el interior, en la relación directa con Dios, y que luego —sí, luego— desborda hacia el mundo. Pero el orden importa.
Una fe que comienza por la imagen y termina en Dios está invertida. Y lo que está invertido, tarde o temprano, se cae.
Existe el riesgo de que las conexiones en línea se convierten en transacciones superficiales, comprometiendo la profundidad e intimidad de las relaciones espirituales. Eso lo señalan quienes estudian la espiritualidad juvenil en el contexto digital. No es un juicio moralista. Es una observación sobre lo que ocurre cuando la experiencia espiritual se vive de cara al público y no de cara a Dios.
La pregunta que incomoda
¿Orarías igual si nadie pudiera verlo? ¿Servirías igual si no pudieras contarlo? ¿Tu fe existe cuando la pantalla está apagada?
Jesús no preguntó eso con crueldad. Lo preguntó porque sabe dónde vive la fe real: en el cuarto cerrado, en lo secreto, en el vínculo íntimo entre el alma y su Padre. «Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,6).
El Padre que ve en lo secreto no necesita notificaciones. No requiere etiquetas. No mide el alcance del posteo. Ve el corazón.
Esto no es un llamado a desconectarse
Es un llamado a revisarse. A preguntarse con honestidad qué mueve la fe que se muestra. Si la respuesta es genuina —si lo que se comparte nace de un encuentro real con Dios y busca conducir a otros a ese mismo encuentro—, entonces las redes pueden ser un instrumento legítimo de testimonio.
Pero si la fe se vive para ser vista, si la espiritualidad se construye como marca personal, si Dios es el contenido y no el centro, entonces no hay filtro que alcance para cubrir el vacío.
El camino espiritual se puede resumir en caminar desde lo exterior a lo interior, y después, de lo interior a lo superior, a lo trascendente. No busquemos fuera lo que solo florece en la intimidad del alma tocada por la Gracia.
Una fe en modo Instagram puede tener muchos seguidores. Pero el único que importa no tiene cuenta.
Novena a San José - Día 6 - Artesano del Reino
sábado, 14 de marzo de 2026
Novena a San José - Día 5 - Obediente en la Fe
viernes, 13 de marzo de 2026
Novena San José - Día 4 - Esposo y servidor
jueves, 12 de marzo de 2026
Novena San José - Día 3
miércoles, 11 de marzo de 2026
Novena San José 2026 - Día 2
martes, 10 de marzo de 2026
Novena a San Jose - Día 1 San José, frágil y confiado en Dios
San José, padre amado,
tú que supiste acoger la vida
con corazón humilde,
enséñanos a recibir cada día
como don de Dios.
San José, hombre de confianza,
tú que creíste contra toda esperanza,
haz que nuestra fe
se mantenga firme aun en la oscuridad.
San José, custodio valiente,
tú que protegiste al Niño y a su Madre,
guárdanos en el camino
y defiéndenos de todo mal.
San José, trabajador silencioso,
tú que diste dignidad al esfuerzo cotidiano,
ayúdanos a transformar nuestro trabajo
en servicio y oración.
San José, padre en la ternura,
tú que mostraste la fuerza del amor en el cuidado,
haz que aprendamos a vivir
con misericordia y cercanía.
San José, patrono de la Iglesia,
tú que fuiste fiel en lo pequeño,
sostén nuestra comunidad
en la fidelidad al Evangelio.
Amén.
Día 1
San José, frágil y confiado en Dios
San José, ruega por nosotros.
lunes, 9 de marzo de 2026
sábado, 7 de marzo de 2026
Vivir distraídos, la peor catástrofe

La dispersión constante, nos alertan diversas corrientes de la psicología, genera ansiedad, fatiga, incapacidad de disfrutar lo que tenemos delante. Y en lo espiritual, -de una manera especial-, esa dispersión nos roba la capacidad de escuchar a Dios. El corazón distraído nunca está del todo presente: hablamos con nuestros hijos pensando en el trabajo, rezamos pensando en las cuentas, amamos pensando en nosotros mismos. Vivimos divididos, fragmentados, incapaces de entregarnos plenamente.
Jesús nos lo advirtió: “Velen y oren” (Mt 26,41). Velar es estar despiertos, atentos, con el corazón vigilante. Pero ¿cuántas veces vivimos como Marta, corriendo de un lado a otro, inquietos por mil cosas, mientras olvidamos la única necesaria (cf. Lc 10,38-42)?
El p. Henri Nouwen lo sabía por experiencia. Profesor en Harvard y Yale, rodeado de prestigio académico, descubrió que el ruido intelectual y social lo alejaba de la intimidad con Dios. Por eso dejó la universidad y se fue a vivir con personas con discapacidad en la comunidad L’Arche. Allí comprendió que la dispersión no era solo mental, sino afectiva: estar en mil cosas, pero no estar presente en lo esencial. Su experiencia le hizo escribir que “la mayor amenaza para la vida espiritual es la distracción constante que nos impide escuchar la voz de Dios”. No era teoría: era su propia confesión de vida.
En sus homilías hemos escuchado al papa Francisco insistir en que “la peor esclavitud es perder la capacidad de contemplar”. Lo decía mirando la realidad de comunidades religiosas que cumplen rutinas sin corazón, familias que ya no se miran a los ojos porque la mesa está ocupada por pantallas, sacerdotes que se desgastan en tareas administrativas y pierden la frescura de la oración. Su advertencia era pastoral: la distracción no es solo individual, es comunitaria. Una Iglesia que se dispersa en actividades y pierde la centralidad de Cristo se vuelve estéril.
En una reciente entrevista hemos escuchado al p. Fábio de Melo expresar con sencillez: “El ruido exterior termina reproduciendo el ruido interior”. Y Mons. Jonas Abib repetía: “El Espíritu Santo habla en lo íntimo, pero necesitamos estar atentos”. Comprobamos que “La distracción es el arma, sí verdaderamente un arma del enemigo, para que no tengamos tiempo de amar”. No es extraño percibir que distintas voces apunten a lo mismo: la dispersión es un drama que nos roba la vida plena.
La peor catástrofe, entonces, no es la que destruye casas, sino la que destruye la capacidad de escuchar y amar. Pero hay esperanza. El Señor nos ofrece un camino: detenernos, guardar silencio, recuperar la contemplación. La dispersión no se vence con más actividad, sino con más presencia. Con un corazón que se atreve a estar entero en cada momento, permanecer entero en cada oración, entero en cada gesto de amor.
Hoy les invitamos a mirar sus vidas: ¿dónde están sus corazones? ¿En qué cosas se dispersan sus mentes? ¿Qué sentimientos se fragmentan dentro de ustedes? No tengan miedo de reconocerlo. La buena noticia es que Jesús puede reunir lo que está disperso, puede devolver unidad a sus corazones. Él es capaz de transformar la peor catástrofe en la mayor bendición: un corazón atento, vigilante, lleno de amor.
martes, 3 de marzo de 2026
Cuando la memoria se convierte en profecía: escuchar a los ancianos
Un tema recurrente en el papa Francisco era el lugar de los ancianos: la capacidad de acogida, el respeto a los años vividos y el modo en que nos relacionamos con ellos. En muchas culturas orientales, como la japonesa, los mayores ocupan un sitio de honor en la sociedad. En cambio, en nuestras comunidades, a menudo luchamos por recuperar ese reconocimiento.
El padre Henri Nouwen solía repetir esta leyenda balinesa, que puede ser un disparador para revisar cómo estamos viviendo la relación con nuestros adultos mayores:
“Se cuenta que, en una aldea montañesa distante, los habitantes acostumbraban sacrificar y devorar a sus ancianos. Llegó el día en que ya no quedaba un solo anciano vivo y se habían perdido todas las tradiciones y leyendas. En un momento dado, los pobladores quisieron construir un gran edificio para las reuniones del consejo pero, al echar un vistazo a los troncos que se habían hachado con tal propósito, no pudieron determinar cuál era la parte inferior y cuál la superior. Si colocaban las vigas al revés, las consecuencias serían nefastas. Un hombre joven les anunció que podía hallar una solución, siempre que prometiesen que dejarían de devorar a sus ancianos. Ellos lo prometieron. Entonces el joven trajo consigo a su abuelo, que había mantenido oculto, y éste supo decir a la gente cómo se distinguen los extremos superiores de los inferiores”.
Este relato encierra una gran actualidad. Hoy también corremos el riesgo de “devorar” a nuestros ancianos, no con violencia explícita, sino con la indiferencia que los aísla y excluye. Aislar es excluir. Cuando los más viejos son arrinconados, cuando bajo el mismo techo se promueve la falta de relación y diálogo entre abuelos y nietos, toda la familia se sumerge en la cultura del descarte.
Sin discursos, estamos transmitiendo un mensaje claro: los ancianos son una carga. La leyenda ilustra lo que vemos a nuestro alrededor: si seguimos por este camino, pronto dejaremos de contar con “viejos sabios” capaces de mostrarnos lo que es arriba y lo que es abajo.
La Escritura nos recuerda: “Pregunta a tu padre, y él te lo hará saber; a tus ancianos, y ellos te lo dirán” (Dt 32,7). Necesitamos recuperar su voz. Ellos cargan una sabiduría que nos ayuda a discernir los signos de los tiempos, a ensamblar lo que está fragmentado, a construir sólidamente nuestras casas, nuestra sociedad y nuestra comunidad.
El papa Francisco lo expresó con fuerza: “La sociedad necesita a sus ancianos. No olvidemos que ellos son la memoria viva, y sin memoria no hay futuro”.
La leyenda es una ventana que nos recuerda: el anciano sabe cuál es la parte superior y cuál la inferior, el modo correcto de edificar sin peligro de derrumbe, la medida justa de las cosas. Su presencia es indispensable para que nuestra vida y nuestra comunidad tengan fundamento.
lunes, 2 de marzo de 2026
domingo, 1 de marzo de 2026
FIDELIDAD, EL GRAN DESAFÍO EN TIEMPOS DIFÍCILES
Mons. Jonas Abib, fundador de Canção Nova, en su libro “Miren como crecen los lirios” comparte cómo ha sido, en los primeros tiempos de la comunidad, vivir confiando en la providencia divina. “Cuando empezamos a vivir en comunidad, no tenía nada que poner en la mesa para que los jóvenes comieran”, escribía. Y claramente esta realidad no es difícil encontrarla repetida en las pequeñas comunidades domésticas que son nuestros hogares. En algunas ocasiones no se trata sólo de falta de alimentos, a veces se trata de no poder responder honradamente a los compromisos asumidos, a no disponer de dinero para cuestiones elementales que son necesarias para el estudio de los hijos, o el alquiler de la vivienda.
Monseñor narra que “en varias ocasiones, después de misa, al ir a casa a ver qué almorzar, encontrábamos en la mesa de la cocina la comida necesaria para ese día. Dios proveyó. —sostiene Monseñor Jonas—, ¡Y ni siquiera sabíamos quién la había puesto! No solo encontrábamos carne, verduras y hortalizas, sino que a menudo la comida ya estaba preparada.”
En el primer libro de los Reyes, en el capítulo 17 encontramos un texto que encierra en sí mismo un par de claves interesantes para todo creyente. Elías, profeta del Señor, se alza en medio de un pueblo que ha olvidado a su Dios y anuncia una sequía que marcará la tierra. En medio de esa aridez, Dios no abandona a su servidor: lo conduce a un torrente, donde los cuervos, mensajeros insólitos, le llevan pan y carne cada día. Cuando el arroyo se seca, el Señor lo envía aún más lejos, a Sarepta, donde una viuda pobre apenas tiene un puñado de harina y unas gotas de aceite. Allí, en la confianza de una mujer que se atreve a compartir lo último que posee, Dios multiplica lo poco y lo convierte en abundancia. Y cuando la tragedia golpea su casa con la muerte de su hijo, Elías clama al Señor, y la vida vuelve a aquel niño. La viuda, testigo de la providencia, no solo reconoce que la palabra del profeta es verdadera sino también que Dios se hace presente en su historia.
Sí, la providencia divina se manifiesta en lo inesperado. En cuervos que alimentan, en una viuda extranjera que comparte lo poco; en un niño que revive. Claramente la confianza abre camino a la acción de Dios, que transforma la escasez en abundancia y la muerte en vida.
Sabemos que ya estamos transitando un tiempo de batalla espiritual. No sabemos cuándo, pero el anticristo vendrá, y será un tiempo donde claramente viviremos presionados por todos lados. Ya experimentamos presiones por todos los flancos.
A Elías Dios le proveyó mediante cuervos y una viuda. Le proveyó lo necesario para cada día. ¿Cuál ha sido el secreto en la vida de Elías y la viuda de Sarepta? La confianza sin límites.
Confiar.
Confiar y sentirnos plenamente dependientes del Señor como un niño pequeño en los brazos de su papá es lo que se presenta ante nuestros ojos. Confianza y fidelidad son llaves que están en nuestras manos. La confianza despierta el corazón misericordioso de Dios Padre. La fidelidad ahonda aún más ese amor sin límites por nuestro bien. Si aprendemos a ser fieles en lo poco, Él nos confiará más y más y será entonces que resonará en nuestro derredor: “¡Vengan benditos! ¡Tomen su herencia! ¡Aquí está el reino preparado para ustedes desde todos los tiempos!” (cfr. Mt 25,34b).
Cuando una persona se está ahogando y permite que la desesperación le gobierne, más fácilmente se hunde. No podemos dar lugar a la desesperación y la angustia. Mons. Jonas bien lo escribe: “El Dios de Elías es el Dios de Jesucristo y nuestro Dios. ¡Él no ha cambiado!”
Su Amor por nosotros no ha cambiado ni cambiará. Sus promesas tampoco. Porque Él es Fiel. Aprendamos a confiar y a no quejarnos. Transitemos, en tiempos duros, el camino de la obediencia y sobre todo aprendamos a renunciar a lo superfluo mientras haya tiempo; de lo contrario, nos será mucho más difícil.
miércoles, 25 de febrero de 2026
Las cartas que nunca escribió y hablan de Él - Hoy: Magdalena
Las palabras que siguen no son parte de la Escritura ni de documentos históricos. Son un ejercicio de imaginación creyente, una licencia literaria que busca acercarnos al corazón de los personajes bíblicos. No pretendemos añadir nada nuevo a la fe ni sustituir la Palabra revelada, sino ofrecer un espacio de oración y reflexión.
En estas cartas damos voz a quienes caminaron junto a Jesús, como si hoy pudieran compartir contigo su experiencia. Son cartas que nunca escribieron, pero que nos hablan de Él y de la transformación que su presencia produjo en sus vidas. Te invitamos a leerlas con el corazón abierto, como quien escucha a un amigo que nos cuenta cómo Cristo cambió su historia.

Hola, paz contigo, ¿todo bien? Aquí tu hermana María, la que llaman Magdalena. Algo supe de tus sentimientos actuales y, como bien lo sabés, mi vida también estuvo marcada por heridas y por la mirada dura de quienes me juzgaban. Al fin y al cabo, ¿quién está libre de esas experiencias? Pero un día me encontró Jesús, y todo cambió.
La hondura y ternura de su mirada, sin reproches ni condena, dieron a mi vida un giro radical. Fue como si me devolviera la dignidad perdida. Desde entonces lo seguí: no había otra alternativa, mi corazón ya no podía mirar atrás. Escuché sus palabras que daban vida y experimenté la libertad del amor que contemplaba con mis propios ojos.
Cuando la cruz fue alzada en el Gólgota muchos se alejaron. Aunque un temblor recorrió mis entrañas, no tuve miedo alguno. Y luego, aunque la confusión me visitara, fui testigo de la mañana más luminosa: la resurrección. Juan lo narró, y seguro lo has leído: cuando escuché mi nombre en su voz, supe que la muerte había sido vencida.
No quiero desviarme de la razón por la que decidí escribirte. Por eso te digo, como quien habla a un amigo: Él también te mira con igual ternura. Conocía mis luchas y conoce también las tuyas, tus búsquedas y tus silencios. Puede levantarte como me levantó a mí. No tengas miedo. Lo repito como un eco: no tengas miedo de abrirle tu corazón. Su presencia transforma, da sentido y llena de esperanza.
Estaré a la espera de noticias tuyas, porque sé que juntos vamos a cantar un día lo que tantas veces entonás casi sin darte cuenta: “Lo imposible, Él puede realizar…”. ¿Lo tenés presente, verdad?
Con afecto fraterno, María Magdalena


























