sábado, 7 de marzo de 2026

Buen día, Espíritu Santo! 07032026

 

Vivir distraídos, la peor catástrofe

La peor catástrofe no siempre se ve en los noticieros. No es un terremoto ni una guerra. Es más silenciosa, pero igual de devastadora: vivir distraídos, con el corazón disperso, incapaz de detenerse en lo esencial.



La dispersión constante, nos alertan diversas corrientes de la psicología, genera ansiedad, fatiga, incapacidad de disfrutar lo que tenemos delante. Y en lo espiritual, -de una manera especial-, esa dispersión nos roba la capacidad de escuchar a Dios. El corazón distraído nunca está del todo presente: hablamos con nuestros hijos pensando en el trabajo, rezamos pensando en las cuentas, amamos pensando en nosotros mismos. Vivimos divididos, fragmentados, incapaces de entregarnos plenamente.

Jesús nos lo advirtió: “Velen y oren” (Mt 26,41). Velar es estar despiertos, atentos, con el corazón vigilante. Pero ¿cuántas veces vivimos como Marta, corriendo de un lado a otro, inquietos por mil cosas, mientras olvidamos la única necesaria (cf. Lc 10,38-42)?

El p. Henri Nouwen lo sabía por experiencia. Profesor en Harvard y Yale, rodeado de prestigio académico, descubrió que el ruido intelectual y social lo alejaba de la intimidad con Dios. Por eso dejó la universidad y se fue a vivir con personas con discapacidad en la comunidad L’Arche. Allí comprendió que la dispersión no era solo mental, sino afectiva: estar en mil cosas, pero no estar presente en lo esencial. Su experiencia le hizo escribir que “la mayor amenaza para la vida espiritual es la distracción constante que nos impide escuchar la voz de Dios”. No era teoría: era su propia confesión de vida.

En sus homilías hemos escuchado al papa Francisco insistir en que “la peor esclavitud es perder la capacidad de contemplar”. Lo decía mirando la realidad de comunidades religiosas que cumplen rutinas sin corazón, familias que ya no se miran a los ojos porque la mesa está ocupada por pantallas, sacerdotes que se desgastan en tareas administrativas y pierden la frescura de la oración. Su advertencia era pastoral: la distracción no es solo individual, es comunitaria. Una Iglesia que se dispersa en actividades y pierde la centralidad de Cristo se vuelve estéril.

En una reciente entrevista hemos escuchado al p. Fábio de Melo expresar con sencillez: “El ruido exterior termina reproduciendo el ruido interior”. Y Mons. Jonas Abib repetía: “El Espíritu Santo habla en lo íntimo, pero necesitamos estar atentos”. Comprobamos que “La distracción es el arma, sí verdaderamente un arma del enemigo, para que no tengamos tiempo de amar”. No es extraño percibir que distintas voces apunten a lo mismo: la dispersión es un drama que nos roba la vida plena.

La peor catástrofe, entonces, no es la que destruye casas, sino la que destruye la capacidad de escuchar y amar. Pero hay esperanza. El Señor nos ofrece un camino: detenernos, guardar silencio, recuperar la contemplación. La dispersión no se vence con más actividad, sino con más presencia. Con un corazón que se atreve a estar entero en cada momento, permanecer entero en cada oración, entero en cada gesto de amor.

Hoy les invitamos a mirar sus vidas: ¿dónde están sus corazones? ¿En qué cosas se dispersan sus mentes? ¿Qué sentimientos se fragmentan dentro de ustedes? No tengan miedo de reconocerlo. La buena noticia es que Jesús puede reunir lo que está disperso, puede devolver unidad a sus corazones. Él es capaz de transformar la peor catástrofe en la mayor bendición: un corazón atento, vigilante, lleno de amor.


martes, 3 de marzo de 2026

Cuando la memoria se convierte en profecía: escuchar a los ancianos


Un tema recurrente en el papa Francisco era el lugar de los ancianos: la capacidad de acogida, el respeto a los años vividos y el modo en que nos relacionamos con ellos. En muchas culturas orientales, como la japonesa, los mayores ocupan un sitio de honor en la sociedad. En cambio, en nuestras comunidades, a menudo luchamos por recuperar ese reconocimiento.

El padre Henri Nouwen solía repetir esta leyenda balinesa, que puede ser un disparador para revisar cómo estamos viviendo la relación con nuestros adultos mayores:

“Se cuenta que, en una aldea montañesa distante, los habitantes acostumbraban sacrificar y devorar a sus ancianos. Llegó el día en que ya no quedaba un solo anciano vivo y se habían perdido todas las tradiciones y leyendas. En un momento dado, los pobladores quisieron construir un gran edificio para las reuniones del consejo pero, al echar un vistazo a los troncos que se habían hachado con tal propósito, no pudieron determinar cuál era la parte inferior y cuál la superior. Si colocaban las vigas al revés, las consecuencias serían nefastas. Un hombre joven les anunció que podía hallar una solución, siempre que prometiesen que dejarían de devorar a sus ancianos. Ellos lo prometieron. Entonces el joven trajo consigo a su abuelo, que había mantenido oculto, y éste supo decir a la gente cómo se distinguen los extremos superiores de los inferiores”.

Este relato encierra una gran actualidad. Hoy también corremos el riesgo de “devorar” a nuestros ancianos, no con violencia explícita, sino con la indiferencia que los aísla y excluye. Aislar es excluir. Cuando los más viejos son arrinconados, cuando bajo el mismo techo se promueve la falta de relación y diálogo entre abuelos y nietos, toda la familia se sumerge en la cultura del descarte.

Sin discursos, estamos transmitiendo un mensaje claro: los ancianos son una carga. La leyenda ilustra lo que vemos a nuestro alrededor: si seguimos por este camino, pronto dejaremos de contar con “viejos sabios” capaces de mostrarnos lo que es arriba y lo que es abajo.

La Escritura nos recuerda: “Pregunta a tu padre, y él te lo hará saber; a tus ancianos, y ellos te lo dirán” (Dt 32,7). Necesitamos recuperar su voz. Ellos cargan una sabiduría que nos ayuda a discernir los signos de los tiempos, a ensamblar lo que está fragmentado, a construir sólidamente nuestras casas, nuestra sociedad y nuestra comunidad.

El papa Francisco lo expresó con fuerza: “La sociedad necesita a sus ancianos. No olvidemos que ellos son la memoria viva, y sin memoria no hay futuro”.

La leyenda es una ventana que nos recuerda: el anciano sabe cuál es la parte superior y cuál la inferior, el modo correcto de edificar sin peligro de derrumbe, la medida justa de las cosas. Su presencia es indispensable para que nuestra vida y nuestra comunidad tengan fundamento.

Buen día, Espíritu Santo! 03032026

 

domingo, 1 de marzo de 2026

FIDELIDAD, EL GRAN DESAFÍO EN TIEMPOS DIFÍCILES


Mons. Jonas Abib, fundador de Canção Nova, en su libro “Miren como crecen los lirios” comparte cómo ha sido, en los primeros tiempos de la comunidad, vivir confiando en la providencia divina. “Cuando empezamos a vivir en comunidad, no tenía nada que poner en la mesa para que los jóvenes comieran”, escribía. Y claramente esta realidad no es difícil encontrarla repetida en las pequeñas comunidades domésticas que son nuestros hogares. En algunas ocasiones no se trata sólo de falta de alimentos, a veces se trata de no poder responder honradamente a los compromisos asumidos, a no disponer de dinero para cuestiones elementales que son necesarias para el estudio de los hijos, o el alquiler de la vivienda.

Monseñor narra que “en varias ocasiones, después de misa, al ir a casa a ver qué almorzar, encontrábamos en la mesa de la cocina la comida necesaria para ese día. Dios proveyó. —sostiene Monseñor Jonas—, ¡Y ni siquiera sabíamos quién la había puesto! No solo encontrábamos carne, verduras y hortalizas, sino que a menudo la comida ya estaba preparada.”

En el primer libro de los Reyes, en el capítulo 17 encontramos un texto que encierra en sí mismo un par de claves interesantes para todo creyente. Elías, profeta del Señor, se alza en medio de un pueblo que ha olvidado a su Dios y anuncia una sequía que marcará la tierra. En medio de esa aridez, Dios no abandona a su servidor: lo conduce a un torrente, donde los cuervos, mensajeros insólitos, le llevan pan y carne cada día. Cuando el arroyo se seca, el Señor lo envía aún más lejos, a Sarepta, donde una viuda pobre apenas tiene un puñado de harina y unas gotas de aceite. Allí, en la confianza de una mujer que se atreve a compartir lo último que posee, Dios multiplica lo poco y lo convierte en abundancia. Y cuando la tragedia golpea su casa con la muerte de su hijo, Elías clama al Señor, y la vida vuelve a aquel niño. La viuda, testigo de la providencia, no solo reconoce que la palabra del profeta es verdadera sino también que Dios se hace presente en su historia.

Sí, la providencia divina se manifiesta en lo inesperado. En cuervos que alimentan, en una viuda extranjera que comparte lo poco; en un niño que revive. Claramente la confianza abre camino a la acción de Dios, que transforma la escasez en abundancia y la muerte en vida.

Sabemos que ya estamos transitando un tiempo de batalla espiritual. No sabemos cuándo, pero el anticristo vendrá, y será un tiempo donde claramente viviremos presionados por todos lados. Ya experimentamos presiones por todos los flancos.

A Elías Dios le proveyó mediante cuervos y una viuda. Le proveyó lo necesario para cada día. ¿Cuál ha sido el secreto en la vida de Elías y la viuda de Sarepta? La confianza sin límites.

Confiar.
Confiar y sentirnos plenamente dependientes del Señor como un niño pequeño en los brazos de su papá es lo que se presenta ante nuestros ojos. Confianza y fidelidad son llaves que están en nuestras manos. La confianza despierta el corazón misericordioso de Dios Padre. La fidelidad ahonda aún más ese amor sin límites por nuestro bien. Si aprendemos a ser fieles en lo poco, Él nos confiará más y más y será entonces que resonará en nuestro derredor: “¡Vengan benditos! ¡Tomen su herencia! ¡Aquí está el reino preparado para ustedes desde todos los tiempos!” (cfr. Mt 25,34b).

Cuando una persona se está ahogando y permite que la desesperación le gobierne, más fácilmente se hunde. No podemos dar lugar a la desesperación y la angustia. Mons. Jonas bien lo escribe: “El Dios de Elías es el Dios de Jesucristo y nuestro Dios. ¡Él no ha cambiado!”

Su Amor por nosotros no ha cambiado ni cambiará. Sus promesas tampoco. Porque Él es Fiel. Aprendamos a confiar y a no quejarnos. Transitemos, en tiempos duros, el camino de la obediencia y sobre todo aprendamos a renunciar a lo superfluo mientras haya tiempo; de lo contrario, nos será mucho más difícil.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Las cartas que nunca escribió y hablan de Él - Hoy: Magdalena

Las palabras que siguen no son parte de la Escritura ni de documentos históricos. Son un ejercicio de imaginación creyente, una licencia literaria que busca acercarnos al corazón de los personajes bíblicos. No pretendemos añadir nada nuevo a la fe ni sustituir la Palabra revelada, sino ofrecer un espacio de oración y reflexión.

En estas cartas damos voz a quienes caminaron junto a Jesús, como si hoy pudieran compartir contigo su experiencia. Son cartas que nunca escribieron, pero que nos hablan de Él y de la transformación que su presencia produjo en sus vidas. Te invitamos a leerlas con el corazón abierto, como quien escucha a un amigo que nos cuenta cómo Cristo cambió su historia.



Hola, paz contigo, ¿todo bien? Aquí tu hermana María, la que llaman Magdalena. Algo supe de tus sentimientos actuales y, como bien lo sabés, mi vida también estuvo marcada por heridas y por la mirada dura de quienes me juzgaban. Al fin y al cabo, ¿quién está libre de esas experiencias? Pero un día me encontró Jesús, y todo cambió.

La hondura y ternura de su mirada, sin reproches ni condena, dieron a mi vida un giro radical. Fue como si me devolviera la dignidad perdida. Desde entonces lo seguí: no había otra alternativa, mi corazón ya no podía mirar atrás. Escuché sus palabras que daban vida y experimenté la libertad del amor que contemplaba con mis propios ojos.

Cuando la cruz fue alzada en el Gólgota muchos se alejaron. Aunque un temblor recorrió mis entrañas, no tuve miedo alguno. Y luego, aunque la confusión me visitara, fui testigo de la mañana más luminosa: la resurrección. Juan lo narró, y seguro lo has leído: cuando escuché mi nombre en su voz, supe que la muerte había sido vencida.

No quiero desviarme de la razón por la que decidí escribirte. Por eso te digo, como quien habla a un amigo: Él también te mira con igual ternura. Conocía mis luchas y conoce también las tuyas, tus búsquedas y tus silencios. Puede levantarte como me levantó a mí. No tengas miedo. Lo repito como un eco: no tengas miedo de abrirle tu corazón. Su presencia transforma, da sentido y llena de esperanza.

Estaré a la espera de noticias tuyas, porque sé que juntos vamos a cantar un día lo que tantas veces entonás casi sin darte cuenta: “Lo imposible, Él puede realizar…”. ¿Lo tenés presente, verdad?

Con afecto fraterno, María Magdalena

domingo, 22 de febrero de 2026

Cómo se instala el resentimiento en el corazón

El resentimiento no aparece de golpe. Se instala lentamente, como la nieve que al principio parece ligera y hermosa, pero que con el tiempo se acumula y se vuelve pesada, capaz de quebrar techos y endurecer lagos enteros. Así sucede en el corazón: una pequeña herida, una palabra atravesada, un gesto que hiere… si no se enfrenta, se solidifica y se convierte en una piedra difícil de remover.




La vida nos enseña que sentir es humano, pero la fe nos recuerda que dejar que la herida se convierta en resentimiento es obra del enemigo. Nadie está inmune: todos hemos pasado por situaciones de injusticia, rechazo o incomprensión. El problema no es sentir dolor o enojo, sino permitir que ese sentimiento se quede, se repita y se convierta en un veneno que contamina todo lo que tocamos.

El resentimiento es como una infección: comienza pequeño, pero si no se trata, se expande y afecta toda la vida. El miedo a enfrentar los problemas, el silencio cómodo o la indiferencia terminan alimentando esa herida. Y entonces no solo nos resentimos contra quien nos hirió, sino también contra nosotros mismos, por no haber tenido el coraje de hablar o de perdonar.

Cuando el resentimiento se instala, destruye relaciones, familias y comunidades. Lo que parecía un “detalle” se convierte en distanciamiento, en adicciones, en violencia, en rupturas. Una herida no trabajada puede transformarse en un ciclo de destrucción que nunca se detiene.

Por eso la Palabra nos exhorta: “No dejen que el sol se ponga sobre su enojo” (Ef. 4,26). El camino de la sanación pasa por reconocer la herida, enfrentarla con sinceridad y abrir el corazón al Espíritu Santo, que transforma la ira en paz y la herida en comunión.

El corazón humano fue creado para el amor, y no puede hospedar nada que sea negativo.

El resentimiento no se vence con silencio ni con justificaciones. Se vence con perdón, con verdad y con la gracia de Dios que nos libera. Solo así las cadenas del pasado se rompen y el corazón vuelve a ser lo que fue creado para ser: un lugar de amor y esperanza.



El arte de soltar la piedra

El perdón como medicina del alma

Hay un peso que no se lleva en los hombros, sino en los pliegues más profundos de la memoria, allí donde guardamos, como un tesoro amargo, el eco de las palabras que nos hirieron o el frío de los gestos que nos rechazaron. El resentimiento, ese "volver a sentir" el dolor una y otra vez, funciona en nuestra arquitectura interna como una represa que detiene el agua viva del Espíritu. Cuando nos aferramos al agravio, el alma se vuelve un estanque de aguas estancadas, perdiendo la transparencia necesaria para reflejar el rostro de la Trinidad. Sanar no es simplemente un ejercicio de voluntad o un olvido forzado; es, ante todo, un proceso de "des-idolatría" de nuestro propio dolor. A menudo, sin darnos cuenta, convertimos nuestra herida en un altar donde sacrificamos nuestra paz presente. El Papa Francisco, con esa lucidez que brota del Evangelio, nos advirtió que el rencor es como un "gusano que roe y corroe el corazón" (Homilía en Santa Marta, 2020), una carcoma que nos impide mirar al otro con la mirada de Dios.










Desde una psicología integrada en la fe, autores como el Dr. Rudolf Allers, psiquiatra católico, sugieren que la raíz de muchas de nuestras amarguras reside en una falta de humildad metafísica: nos cuesta aceptar la finitud y la imperfección, tanto la propia como la ajena. El resentimiento nace de la pretensión de que el pasado sea distinto, de un juicio donde nos constituimos en jueces implacables de una deuda que ya nadie puede pagar. Sin embargo, la salud mental y la paz espiritual convergen en un mismo punto: la aceptación misericordiosa. Al decir "te perdono", no estamos validando la injusticia cometida, sino que estamos decidiendo que el mal recibido no tiene el poder de definir quiénes somos ni cómo amamos. Es una declaración de independencia espiritual. Como bien señala la psicología cristiana, el perdón es una "virtud liberadora" que desata el nudo que nos ata al victimario, permitiendo que la energía que gastábamos en rumiar el pasado se convierta en combustible para la caridad presente.

La Sagrada Escritura nos ofrece la imagen más potente de esta transformación en el misterio de la Cruz. Jesús no muere resentido; muere entregado. En ese "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34), Cristo nos enseña que la verdadera cura del resentimiento pasa por la intercesión. Cuando llevamos a la oración el nombre de quien nos hirió, no para enlistar sus faltas, sino para pedir que la luz de Dios lo alcance, algo se quiebra dentro de nosotros. El muro del "yo" herido se agrieta y deja pasar la Gracia. Es ahí donde la psicología del bienestar se transforma en teología de la salvación: dejamos de ser esclavos de una memoria herida para convertirnos en templos de una memoria agradecida. El Catecismo nos recuerda que "el perdón es la cumbre de la oración cristiana" (CEC 2844), porque es el momento en que nuestro corazón se hace semejante al de Dios, un corazón que no lleva cuentas del mal, sino que siempre apuesta por la vida.

Sanar el resentimiento requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, la docilidad de un niño que se deja curar por su padre. Es un camino de pequeños pasos donde aprendemos a mirar nuestras cicatrices no como recordatorios de una derrota, sino como señales de una batalla ganada por la misericordia. No permitamos que el sol se ponga sobre el enojo, pero tampoco permitamos que el pasado nos robe la luz a la esperanza. La Trinidad desea habitar en un corazón espacioso, no en uno apretado por el rencor. Hoy es un buen día para preguntarnos: ¿Qué nombre me cuesta pronunciar con paz en la oración? Quizás es allí donde el Señor quiere realizar su milagro más grande, transformando esa piedra de tropiezo en la piedra angular de una nueva madurez espiritual. La paz no es la ausencia de conflictos pasados, sino la presencia de Dios en nuestras heridas presentes.

Invocación por la Sanación de la Memoria y la Libertad del Corazón

Señor Jesús, Médico de las almas y de los cuerpos,
me pongo ante Tu presencia cargando el peso de mi propia historia.
Tú conoces cada rincón de mi memoria,
las palabras que aún duelen y los silencios que han dejado cicatrices.
Hoy, con la humildad de quien necesita ser rescatado,
te entrego mi resentimiento.

Espíritu Santo, sopla sobre las zonas rígidas de mi corazón.
Desata los nudos que me mantienen
encadenado al pasado y a quienes me hirieron.
Te pido la gracia de la docilidad espiritual:
que mi deseo de justicia no se transforme en sed de venganza,
y que mi dolor no se convierta en un ídolo.

Padre de Misericordia, en el nombre de Tu Hijo,
yo decido hoy —aunque mi sentimiento aún sea frágil—
soltar la deuda que otros tienen conmigo.
Renuncio a la amargura que me separa de Tu paz.
Baña mi memoria con Tu luz,
para que donde hubo un agravio, florezca una intercesión.
Que mi corazón, libre ya de piedras,
sea un templo espacioso donde la Trinidad habite con alegría.
“Señor, no me quites la memoria, sánala;
para que al recordar lo que viví, ya no sienta el veneno,
sino la victoria de Tu amor que todo lo restaura”.

Amén.

Lo que plantamos, cosechamos






"No es Dios quien castiga, es el propio movimiento de la vida que devuelve a la persona aquello que ella misma plantó. Quien vive difamando, humillando, mintiendo, traicionando, calumniando, diseminando odios, más temprano o más tarde terminará lidiando con las enfermedades físicas, psíquicas o espirituales que la maldad hace crecer.

El mal enferma a quien le da hospedaje."

p. Fabio de Melo

Cuando el Espíritu Santo parece ausente

¿Por qué parece que el Espíritu Santo no actúa en nosotros?

Mira con atención la respuesta del padre Reginald Garrigou-Lagrange:

“¿Cómo es posible que muchas personas después de haber vivido cuarenta o cincuenta años en estado de gracia y habiendo recibido con frecuencia la Santa comunión casi no dan señal de la presencia de los dones del Espíritu Santo en su conducta y en sus actos, se irritan por cualquier tontería y llevan una vida completamente fuera de lo sobrenatural?

Todo esto proviene de los pecados veniales que frecuentemente cometen sin ninguna preocupación; estas faltas y las inclinaciones que de ahí derivan hacen que estas almas se inclinen a la tierra y mantengan los dones del Divino Espíritu como que “atados”, así como alas que no se pueden abrir.

Dichas almas no guardan ningún recogimiento, ni están atentas a las inspiraciones del Espíritu Santo, que pasan inadvertidas, por eso permanecen en la oscuridad, no de las cosas sobrenaturales y de la vida íntima de Dios, sino en la oscuridad inferior que se enraíza en la materia, en las pasiones desordenadas, en el pecado y en error, ahí está la explicación de su inercia espiritual.

A estas almas se dirigen las palabras del salmista: Hodie si vocem eius audieritis, nolite obdurare corda vestra – Ojalá escucheis hoy su voz: no endurezcais vuestros corazones (Sl 94, 8)”

“Todo esto proviene de los pecados veniales que frecuentemente cometen sin ninguna preocupación”. Los malos hábitos de hacer bromas indecentes, burlarse de los defectos ajenos y otras fallas que se cometen deliberadamente, son ‘líneas’ que nos mantienen atados al mundo, impidiendo nuestro progreso en la vida espiritual y la abertura de nuestro corazón al Espíritu Santo. Para que Sus dones se manifiesten en nosotros es necesario combatir esos ‘pecados de estima’, que mantienen nuestras alas prendidas y nos impiden alcanzar altos vuelos.

“Tales almas no guardan ningún recogimiento”. Influenciadas por un pseudo pentecostalismo y por un sentimentalismo modernista, muchas personas piensan que serán dóciles al Espíritu si sienten muchas cosas o si hacen mucho ruido durante la oración. El consejo de Jesús para que oremos bien es muy diferente. El dice: “Tu, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto”. Debemos tener en nuestro corazón una celda, una cámara secreta, en la que podamos entrar y detenernos frente a Jesús. Cuando ejercitamos eso, somos capaces de hacer silencio interior aún entre las agitaciones del día a día.

En la secuencia de su obra, el padre Garrigou-Lagrange explica como podemos hacer para oir la voz del Espíritu Santo:

“Para ser dóciles al Espíritu Santo necesito en primer lugar escuchar su voz. Y para escucharla necesito el recogimiento y desprendimiento de mí mismo, guardar el corazón, la mortificación de la voluntad y del juicio propio. Es seguro que si no guardamos silencio en nuestra alma, y las voces de los afectos humanos la perturban, no habrán de llegar a nosotros las voces del Maestro interior. Por eso el Señor somete algunas veces nuestra sensibilidad a tan duras pruebas y de cierta forma la crucifica: es como el fin de que acabe sometiéndose totalmente a la voluntad, animada por la caridad.”

Frente a la aridez espiritual, de la “noche oscura de los sentidos”, muchas personas se asustan pensando que algo malo está sucediendo. Pero no es así. Se trata de Dios ‘crucificando’ nuestra sensibilidad, para hacernos personas mejores. Como dice Nuestro Señor en el Evangelio, “si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, se queda solo. Pero si muere produce mucho fruto”.

Buen día, Espíritu Santo! 22022026

 

jueves, 19 de febrero de 2026

Cuando el Espíritu Santo parece ausente

¿Por qué parece que el Espíritu Santo no actúa en nosotros?



Mira con atención la respuesta del padre Reginald Garrigou-Lagrange:

“¿Cómo es posible que muchas personas después de haber vivido cuarenta o cincuenta años en estado de gracia y habiendo recibido con frecuencia la Santa comunión casi no dan señal de la presencia de los dones del Espíritu Santo en su conducta y en sus actos, se irritan por cualquier tontería y llevan una vida completamente fuera de lo sobrenatural?

Todo esto proviene de los pecados veniales que frecuentemente cometen sin ninguna preocupación; estas faltas y las inclinaciones que de ahí derivan hacen que estas almas se inclinen a la tierra y mantengan los dones del Divino Espíritu como que “atados”, así como alas que no se pueden abrir.

Dichas almas no guardan ningún recogimiento, ni están atentas a las inspiraciones del Espíritu Santo, que pasan inadvertidas, por eso permanecen en la oscuridad, no de las cosas sobrenaturales y de la vida íntima de Dios, sino en la oscuridad inferior que se enraíza en la materia, en las pasiones desordenadas, en el pecado y en error, ahí está la explicación de su inercia espiritual.

A estas almas se dirigen las palabras del salmista: Hodie si vocem eius audieritis, nolite obdurare corda vestra – Ojalá escucheis hoy su voz: no endurezcais vuestros corazones (Sl 94, 8)”

“Todo esto proviene de los pecados veniales que frecuentemente cometen sin ninguna preocupación”. Los malos hábitos de hacer bromas indecentes, burlarse de los defectos ajenos y otras fallas que se cometen deliberadamente, son ‘líneas’ que nos mantienen atados al mundo, impidiendo nuestro progreso en la vida espiritual y la abertura de nuestro corazón al Espíritu Santo. Para que Sus dones se manifiesten en nosotros es necesario combatir esos ‘pecados de estima’, que mantienen nuestras alas prendidas y nos impiden alcanzar altos vuelos.

“Tales almas no guardan ningún recogimiento”. Influenciadas por un pseudo pentecostalismo y por un sentimentalismo modernista, muchas personas piensan que serán dóciles al Espíritu si sienten muchas cosas o si hacen mucho ruido durante la oración. El consejo de Jesús para que oremos bien es muy diferente. El dice: “Tu, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto”. Debemos tener en nuestro corazón una celda, una cámara secreta, en la que podamos entrar y detenernos frente a Jesús. Cuando ejercitamos eso, somos capaces de hacer silencio interior aún entre las agitaciones del dia a dia.

En la secuencia de su obra, el padre Garrigou-Lagrange explica como podemos hacer para oir la voz del Espíritu Santo:

Para ser dóciles al Espíritu Santo necesito en primer lugar escuchar su voz. Y para escucharla necesito el recogimiento y desprendimiento de mí mismo, guardar el corazón, la mortificación de la voluntad y del juicio propio. Es seguro que si no guardamos silencio en nuestra alma, y las voces de los afectos humanos la perturban, no habrán de llegar a nosotros las voces del Maestro interior. Por eso el Señor somete algunas veces nuestra sensibilidad a tan duras pruebas y de cierta forma la crucifica: es como el fin de que acabe sometiéndose totalmente a la voluntad, animada por la caridad.”

Frente a la aridez espiritual, de la “noche oscura de los sentidos”, muchas personas se asustan pensando que algo malo está sucediendo. Pero no es así. Se trata de Dios ‘crucificando’ nuestra sensibilidad, para hacernos personas mejores. Como dice Nuestro Señor en el Evangelio, “si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, se queda solo. Pero si muere produce mucho fruto”.

Buen día, Espíritu Santo! 19022026

 

lunes, 16 de febrero de 2026

El arte de soltar la piedra

El perdón como medicina del alma

Hay un peso que no se lleva en los hombros, sino en los pliegues más profundos de la memoria, allí donde guardamos, como un tesoro amargo, el eco de las palabras que nos hirieron o el frío de los gestos que nos rechazaron. El resentimiento, ese "volver a sentir" el dolor una y otra vez, funciona en nuestra arquitectura interna como una represa que detiene el agua viva del Espíritu. Cuando nos aferramos al agravio, el alma se vuelve un estanque de aguas estancadas, perdiendo la transparencia necesaria para reflejar el rostro de la Trinidad. Sanar no es simplemente un ejercicio de voluntad o un olvido forzado; es, ante todo, un proceso de "des-idolatría" de nuestro propio dolor. A menudo, sin darnos cuenta, convertimos nuestra herida en un altar donde sacrificamos nuestra paz presente. El Papa Francisco, con esa lucidez que brota del Evangelio, nos advirtió que el rencor es como un "gusano que roe y corroe el corazón" (Homilía en Santa Marta, 2020), una carcoma que nos impide mirar al otro con la mirada de Dios.

Desde una psicología integrada en la fe, autores como el Dr. Rudolf Allers, psiquiatra católico, sugieren que la raíz de muchas de nuestras amarguras reside en una falta de humildad metafísica: nos cuesta aceptar la finitud y la imperfección, tanto la propia como la ajena. El resentimiento nace de la pretensión de que el pasado sea distinto, de un juicio donde nos constituimos en jueces implacables de una deuda que ya nadie puede pagar. Sin embargo, la salud mental y la paz espiritual convergen en un mismo punto: la aceptación misericordiosa. Al decir "te perdono", no estamos validando la injusticia cometida, sino que estamos decidiendo que el mal recibido no tiene el poder de definir quiénes somos ni cómo amamos. Es una declaración de independencia espiritual. Como bien señala la psicología cristiana, el perdón es una "virtud liberadora" que desata el nudo que nos ata al victimario, permitiendo que la energía que gastábamos en rumiar el pasado se convierta en combustible para la caridad presente.

La Sagrada Escritura nos ofrece la imagen más potente de esta transformación en el misterio de la Cruz. Jesús no muere resentido; muere entregado. En ese "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34), Cristo nos enseña que la verdadera cura del resentimiento pasa por la intercesión. Cuando llevamos a la oración el nombre de quien nos hirió, no para enlistar sus faltas, sino para pedir que la luz de Dios lo alcance, algo se quiebra dentro de nosotros. El muro del "yo" herido se agrieta y deja pasar la Gracia. Es ahí donde la psicología del bienestar se transforma en teología de la salvación: dejamos de ser esclavos de una memoria herida para convertirnos en templos de una memoria agradecida. El Catecismo nos recuerda que "el perdón es la cumbre de la oración cristiana" (CEC 2844), porque es el momento en que nuestro corazón se hace semejante al de Dios, un corazón que no lleva cuentas del mal, sino que siempre apuesta por la vida.

Sanar el resentimiento requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, la docilidad de un niño que se deja curar por su padre. Es un camino de pequeños pasos donde aprendemos a mirar nuestras cicatrices no como recordatorios de una derrota, sino como señales de una batalla ganada por la misericordia. No permitamos que el sol se ponga sobre el enojo, pero tampoco permitamos que el pasado nos robe la luz a la esperanza. La Trinidad desea habitar en un corazón espacioso, no en uno apretado por el rencor. Hoy es un buen día para preguntarnos: ¿Qué nombre me cuesta pronunciar con paz en la oración? Quizás es allí donde el Señor quiere realizar su milagro más grande, transformando esa piedra de tropiezo en la piedra angular de una nueva madurez espiritual. La paz no es la ausencia de conflictos pasados, sino la presencia de Dios en nuestras heridas presentes.

Invocación por la Sanación de la Memoria y la Libertad del Corazón

Señor Jesús, Médico de las almas y de los cuerpos,
me pongo ante Tu presencia cargando el peso de mi propia historia.
Tú conoces cada rincón de mi memoria,
las palabras que aún duelen y los silencios que han dejado cicatrices.
Hoy, con la humildad de quien necesita ser rescatado,
te entrego mi resentimiento.

Espíritu Santo, sopla sobre las zonas rígidas de mi corazón.
Desata los nudos que me mantienen
encadenado al pasado y a quienes me hirieron.
Te pido la gracia de la docilidad espiritual:
que mi deseo de justicia no se transforme en sed de venganza,
y que mi dolor no se convierta en un ídolo.

Padre de Misericordia, en el nombre de Tu Hijo,
yo decido hoy —aunque mi sentimiento aún sea frágil—
soltar la deuda que otros tienen conmigo.
Renuncio a la amargura que me separa de Tu paz.
Baña mi memoria con Tu luz,
para que donde hubo un agravio, florezca una intercesión.
Que mi corazón, libre ya de piedras,
sea un templo espacioso donde la Trinidad habite con alegría.

“Señor, no me quites la memoria, sánala;
para que al recordar lo que viví, ya no sienta el veneno,
sino la victoria de Tu amor que todo lo restaura”.
Amén.

domingo, 15 de febrero de 2026

¿De qué lado estamos?

 -Es necesario estar abiertos para recibir la fuerza de lo Alto-

No es preciso mucho para que un cristiano se vuelva el sujeto más frágil del mundo y desista delante de cualquier obstáculo. Necesitamos estar abiertos para recibir la fuerza de lo Alto. ¿Cómo vamos a fortalecer poderosamente nuestro hombre interior si nos llenamos con los “frutos” presentados por el mundo? Somos llamados a cosas más grandes. Si tenemos un proyectito pequeñito para nuestra pobre vida, estamos en el lugar errado. Supliquemos al Espíritu Santo, pues Pentecostés es para aquellos que quieren ser llenos del Espíritu de Dios.

Si queremos ser del Paráclito tenemos que ser animados por Él.

Si Él nos defiende de las tres grandes acusaciones (del mundo, del pecado y de lo sucio), si el salario del pecado es la muerte, si todos los pecadores están privados de la gloria de Dios, si lo sucio es lo que nos acusa, ¿de qué lado estamos? Si queremos ser llenos del Espíritu Santo, tenemos que vaciarnos de las cosas sucias y cambiar de lado. ¿Estamos del lado de quien defiende (Espíritu Santo) o del lado de quien acusa?

Lo sucio tiene siempre dos instrumentos guardados: una lista de todos nuestros pecados no confesados y una lupa. Si nos reunimos, en nombre de Jesús, el Señor estará presente, pero si nos reunimos para acusar a alguien, ¿quién estará en el medio de nuestra actitud y lo sucio, con su lista de limitaciones y su lupa, a fin de aumentar las acusaciones y disminuir lo acusado? Quien nos acusa ve nuestros errores ampliados y nosotros, por el contrario, los vemos bien pequeños.

Para ser llenos del Espíritu Santo debemos desligarnos de lo sucio y tirar afuera su lista. Somos pecadores, frágiles, pero tenemos un mediador, alguien que murió para que no sufriésemos las consecuencias de nuestro pecado. Ese alguien tiene nombre y, delante de Él, todas las rodillas se doblan en la tierra, en el cielo, en el infierno, y toda lengua proclama que Jesucristo es el Señor. Es preciso tener coraje para apartarnos de todo aquello que no es de Dios.

“Todos estos son murmuradores y descontentos que viven conforme al capricho de sus pasiones: su boca está llena de petulancia y adulan a los demás por interés. En cuanto a ustedes, queridos míos, acuérdense de lo que predijeron los Apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Ellos les decían: «En los últimos tiempos habrá gente que se burlará de todo y vivirá de acuerdo con sus pasiones impías». Estos son los que provocan divisiones, hombres sensuales que no poseen el Espíritu. Pero ustedes, queridos míos, edifíquense a sí mismos sobre el fundamento de su fe santísima, orando en el Espíritu Santo. Manténganse en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la Vida eterna.”

Jd.1,16-21

Padre Leo scj
Libro: “Renovados pelo Espirito Santo”
Adaptación y traducción Del original en português

domingo, 1 de febrero de 2026

Cuando la libertad se adormece

De la aceptación acrítica a la esclavitud digital

La aceptación acrítica de lo que sucede parece, a primera vista, una actitud de serenidad: dejar que las cosas pasen, no discutir demasiado, adaptarse. Sin embargo, cuando se convierte en hábito, se transforma en una renuncia silenciosa a la libertad interior. Es como si la persona dejara de preguntarse por el sentido de lo que vive y se entregara a la corriente, sin discernimiento. El Papa León XIV lo expresó recientemente en un encuentro con jóvenes: “Ustedes son signo de una generación que no acepta acríticamente lo que sucede, sino que imagina un futuro mejor y ha decidido comprometerse para construirlo”. Su advertencia es clara: la falta de discernimiento abre la puerta a nuevas esclavitudes que roban la esperanza.

San Pablo, con la fuerza de su palabra, nos recuerda: “Para ser libres nos libertó Cristo Jesús” (Gal 5,1). La libertad es don y tarea, y se juega en cada decisión. Cuando aceptamos acríticamente lo que sucede, renunciamos a esa libertad y nos dejamos encadenar por fuerzas externas. Hoy, una de las esclavitudes más invisibles y extendidas es la digital. La vida conectada, que nos ofrece tantas posibilidades, también nos encierra en un círculo de dependencia. El gesto automático de abrir la pantalla, deslizar, consumir lo que aparece sin preguntarnos por qué, sin detenernos a discernir qué nos hace bien y qué nos daña, es la forma cotidiana de esa aceptación acrítica.

La neurociencia y la cultura contemporánea confirman este riesgo. El neurólogo Manfred Spitzer advierte que el uso compulsivo de pantallas afecta la memoria y la atención, debilitando la capacidad crítica. Nicholas Carr describe cómo la lectura fragmentada en internet empobrece la profundidad del pensamiento. Estos estudios muestran que la aceptación acrítica de lo digital no es inocua: tiene consecuencias reales en el cerebro y en la vida interior. La esclavitud digital no es solo cuestión de tiempo perdido: es una colonización de la atención, un vaciamiento del silencio interior, una sustitución del encuentro real por estímulos inmediatos.

La tradición espiritual también ilumina este desafío. Los santos canonizados no conocieron la era digital, pero muchos vivieron en contextos donde la cultura imponía modelos acríticos: ideologías dominantes, costumbres sociales que sofocaban la libertad. Su camino fue el discernimiento: confrontar la corriente con la luz del Evangelio. En ese sentido, su experiencia es actual: nos enseñan que la santidad implica una mirada crítica y una libertad interior que no se deja esclavizar.

Este espacio es una invitación a unir estas perspectivas. La psicología nos recuerda que la atención es limitada y que la dispersión digital puede vaciar nuestra capacidad de decisión. La espiritualidad nos enseña que la libertad se cultiva en el silencio y en la oración. Juntas, ambas nos llaman a recuperar el patio interior, ese lugar de intimidad donde la persona se encuentra consigo misma y con Dios, y desde allí puede discernir lo que le da vida y lo que la esclaviza.

Liberarse de la aceptación acrítica y de la esclavitud digital no significa rechazar la tecnología, sino aprender a habitarla con conciencia. Significa educar la atención, recuperar el silencio, valorar los encuentros reales y rezar con mirada crítica. Es un camino de esperanza, porque cada gesto de libertad interior abre la posibilidad de una paz más profunda. La verdadera paz no es evasión, sino fruto de una conciencia despierta que sabe discernir y elegir.

lunes, 26 de enero de 2026

Patrones familiares y esperanza en Cristo: un camino de sanación

 Patrones transgeneracionales y sanación en la fe católica

En muchos corazones resuena una pregunta: ¿por qué parece que ciertas historias se repiten en nuestras familias? Hay quienes sienten que los mismos tropiezos, las mismas frustraciones y hasta los mismos silencios se transmiten de generación en generación. La psicología llama a esto patrones transgeneracionales: formas de pensar, sentir y actuar que se heredan no por la sangre, sino por la convivencia, los relatos y las experiencias compartidas.

Un ejemplo sencillo: una madre que nunca pudo terminar sus estudios y que, sin darse cuenta, transmite a sus hijos la idea de que “no vale la pena intentar demasiado, porque siempre algo se interpone”. Años después, uno de esos hijos abandona proyectos con la misma sensación de derrota. ¿No es sorprendente cómo una herida no resuelta puede seguir respirando en quienes vienen después?

Autores como Anne Ancelin Schützenberger, pionera en psicogenealogía, han mostrado cómo los acontecimientos no resueltos de nuestros antepasados pueden influir en nuestras vidas. Ella afirmaba: “Lo que no se dice, lo que no se llora, se repite”. En otras palabras, las heridas no sanadas tienden a reaparecer en los descendientes como frustraciones, bloqueos o incluso enfermedades.

“Cuando los padres callan lo indecible, los hijos cargan con un secreto, y los nietos con un silencio que ni siquiera saben nombrar.”   — Anne Ancelin Schützenberger

La psicología contemporánea también reconoce el peso de la frustración crónica. Viktor Frankl, psiquiatra y fundador de la logoterapia, decía que el ser humano necesita encontrar sentido incluso en medio del sufrimiento. Cuando los proyectos quedan inconclusos una y otra vez, la persona puede sentir que su vida carece de dirección, y esa sensación se convierte en un patrón que se transmite.

Reconocer estos patrones no es un ejercicio de culpa hacia nuestros padres o abuelos, sino un acto de lucidez: mirar la historia con ojos abiertos para descubrir dónde se repiten los mismos nudos y dónde necesitamos un gesto nuevo de libertad.

La fe católica no desconoce estas realidades. Por ejemplo, el Catecismo enseña que la envidia y la tristeza por el bien ajeno son tentaciones que pueden esclavizar el corazón (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2539). Pero también nos recuerda que la gracia de Cristo es más fuerte que cualquier herencia de dolor. San Pablo lo expresa con claridad: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5,20).

En la Renovación Carismática Católica, se habla con frecuencia de la necesidad de orar por la sanación de la historia familiar. No se trata de negar lo vivido, sino de presentarlo al Señor para que Él rompa las cadenas y abra caminos nuevos. La oración comunitaria, la alabanza y la intercesión son medios por los cuales el Espíritu Santo actúa, trayendo libertad y esperanza.

¿No es acaso un signo de esperanza que, allí donde la psicología detecta un patrón, la fe nos muestre una salida? La gracia convierte la herencia en bendición y abre un horizonte distinto.

Los patrones de frustración no son destino inevitable. La psicología nos invita a reconocerlos y trabajarlos; la fe nos invita a entregarlos a Cristo. Juntas, ambas miradas nos muestran que la historia puede ser transformada. El dolor heredado puede convertirse en testimonio de sanación.

Cada familia guarda silencios y heridas, pero también guarda semillas de vida. Cuando esas semillas se riegan con la oración y la confianza, brota un futuro distinto. La sanación no borra el pasado, pero lo ilumina: lo convierte en memoria reconciliada y en fuente de esperanza para las generaciones que vendrán.

Oración de liberación de patrones familiares

Señor Jesús, hoy me presento delante de Ti con mi historia personal y familiar.
Reconozco que en mi vida y en mi familia se han repetido caminos de frustración,
de proyectos inconclusos y de desaliento.

Creo que Tú eres más fuerte que cualquier herencia de dolor.
Por tu cruz y tu resurrección, me liberas de toda cadena que me ata
a patrones de fracaso y tristeza.

En tu Nombre, Señor, renuncio a toda desesperanza heredada
y recibo tu Espíritu de perseverancia y confianza.
Mi vida está en tus manos y confiado esta mi alma porque
Tú haces nuevas todas las cosas.

Padre amado, te entrego mi pasado, mi presente y mi futuro.
Que tu gracia rompa todo ciclo de frustración en mi familia
y que tu bendición se extienda sobre las generaciones que vendrán.

María, Madre de la Iglesia, acompáñame en este camino de sanación.
Amén.

domingo, 25 de enero de 2026

Compasión: más allá del esfuerzo individual

“La compasión y la misericordia hacia el necesitado
no se reducen a un mero esfuerzo individual,
sino que se realizan en la relación:
con el hermano necesitado, con quienes lo cuidan y, fundamentalmente,
con Dios que nos da su amor.”
(Papa León XIV)

La misericordia no es un gesto aislado. No basta con sentir lástima ni con hacer un esfuerzo voluntarista. La compasión verdadera se despliega en relación: con el hermano que sufre, con quienes lo acompañan, y con Dios que nos da su amor. El Evangelio lo muestra con claridad en la parábola del buen samaritano (Lc 10,33-35): el hombre no solo se acerca, sino que toca, cura, involucra a otros en el cuidado. La compasión es vínculo, es comunidad.


 Los Padres de la Iglesia lo entendieron así. San Juan Crisóstomo decía que
“no hacer misericordia es robar al pobre lo que le pertenece”. La misericordia es justicia en relación, no filantropía aislada. San Agustín añadía que la caridad es “la forma de todas las virtudes”, porque las ordena hacia el amor de Dios y del prójimo.

La psicología, cuando se abre a la luz de la fe, confirma esta intuición. Autores como Paul Gilbert, que estudió la compassion-focused therapy, muestran que la compasión auténtica no se limita a un esfuerzo individual, sino que se fortalece en vínculos seguros y en comunidades de apoyo. La psicología comunitaria también lo subraya: el sufrimiento se alivia en redes de cuidado, donde la empatía se convierte en acción compartida. Y Viktor Frankl, desde la logoterapia, recordaba que el sentido se encuentra en el encuentro con el otro, incluso en medio del dolor.

La compasión, entonces, no es solo un acto de bondad personal. Es un dinamismo que nos conecta con Dios y con los demás. La fe nos enseña que la fuente de la misericordia no está en nuestra fuerza, sino en el amor recibido: “Nosotros amamos porque Él nos amó primero” (1 Jn 4,19). La psicología nos ayuda a reconocer los bloqueos —la indiferencia, la fatiga por compasión, el miedo al dolor ajeno— y a transformarlos en apertura. La pastoral nos invita a vivirlo en comunidad, donde la misericordia se hace carne en gestos concretos.

La compasión que sana no es apariencia ni esfuerzo solitario. Es relación. Es comunión. Es Dios mismo que, al darnos su amor, nos capacita para amar. Y en ese movimiento, la psicología y la espiritualidad se encuentran: ambas saben que el corazón humano se cura en el vínculo, no en el aislamiento.

Comunidad Piedras Vivas

La trampa de las apariencias

Hay un brillo que seduce, pero no sostiene. Pantallas, filtros, aplausos, gestos que parecen dar equilibrio y seguridad, pero que en lo profundo dejan vacío. El Papa León XIV lo recordó con fuerza: “No malgastemos tiempo y energías persiguiendo lo que es mera apariencia. Aprendamos de Juan el Bautista a mantener alerta el espíritu, amando las cosas sencillas y las palabras sinceras, viviendo con sobriedad y profundidad de mente y de corazón” (Jn 1,29-34).

La Escritura nos advierte: “Guárdense de los falsos profetas, que vienen vestidos de oveja, pero por dentro son lobos rapaces” (Mt 7,15). Apariencia por fuera, voracidad por dentro. Juan el Bautista, en cambio, no seduce con brillo: señala al Cordero, se hace a un lado, no compite con la Luz. La psicología describe el mismo fenómeno con otros nombres: comparación social, búsqueda de aprobación, máscaras emocionales. No es pecado tener una imagen pública; el problema es cuando la imagen se vuelve máscara que asfixia.

La sobriedad que propone el Evangelio no es dureza, sino libertad. Libertad de no depender del aplauso, de no vender el alma por un “me gusta”. La psicología lo llama regulación emocional: aprender a reconocer impulsos, manejar la ansiedad, evitar que la búsqueda de placer inmediato robe profundidad. La espiritualidad lo llama vigilancia del espíritu: “Velad y orad” (Mt 26,41). Ambas coinciden en que lo sencillo sostiene más que lo espectacular.

La tradición cristiana insiste en la humildad como camino de verdad. San Juan Pablo II escribió: “El sufrimiento humano suscita compasión, respeto y, en su misterio, también temor” (Salvifici Doloris, 4). Y el Papa Francisco repitió una palabra que atraviesa todo: ternura. La psicología clínica lo confirma: vínculos seguros, palabras sinceras, gestos simples son los que sanan.

El Catecismo enseña que Cristo asumió nuestro dolor (CIC 1505). No lo explicó, lo cargó. Y en ese gesto nos mostró que la apariencia no salva, pero la verdad sí. La psicología positiva y la logoterapia de Viktor Frankl lo expresan con otro lenguaje: el sentido se encuentra en lo pequeño, en lo auténtico, en lo que no necesita disfraz.

La trampa de las apariencias nos roba tiempo y energía. Nos hace sufrir más de lo que deberíamos. Nos vuelve ciegos ante las lágrimas silenciosas de quienes están a nuestro lado. El Evangelio nos invita a soltar esa trampa y elegir lo sencillo, lo verdadero, lo sobrio. Porque donde está nuestro tesoro, allí estará nuestro corazón (Mt 6,21).

No malgastemos la vida en lo que brilla pero no sostiene. Elijamos lo que fecunda: una palabra sincera, un gesto sobrio, una esperanza que no es evasión, es ancla.

Psicopax

Comunidad Piedras Vivas

sábado, 24 de enero de 2026

Cuando la vida pierde sabor: Dios en medio de la sequedad

Hay días en los que uno se despierta y todo parece igual que siempre, pero dentro algo cambió. El sol está ahí, la rutina sigue, la gente alrededor sonríe… y sin embargo, nada logra tocar el corazón. Lo que antes era motivo de alegría —la oración, un encuentro con amigos, el trabajo bien hecho, incluso el abrazo de los seres queridos— se vuelve indiferente. Es como si la vida hubiera perdido su sabor. La psicología moderna llama a esto anhedonia, la incapacidad de sentir placer. En la tradición cristiana, desde hace siglos, lo hemos conocido como sequedad, desolación o la noche oscura del alma.


No es fácil atravesar ese vacío. Uno abre la Biblia y las palabras parecen no decir nada. Se reza y se siente que la oración se pierde en el aire. Pero al mirar la Escritura, descubrimos que no estamos solos en esa experiencia. Job gritó: “Mi alma está hastiada de mi vida” (Job 10,1). El Predicador confesó: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Ecl 1,2). El salmista escribió: “Me olvidé de comer mi pan” (Sal 102,4). Son voces antiguas que nos recuerdan que incluso los hombres de Dios atravesaron momentos de vacío, y que en medio de esa oscuridad, el Señor sigue cerca: “El Señor está cerca de los quebrantados de corazón” (Sal 34,18).

Los santos también conocieron esta sequedad. San Ignacio de Loyola hablaba de la desolación como un estado en el que el alma se siente oscura y triste, sin esperanza ni amor. San Juan de la Cruz describió la noche oscura del alma, donde no hay consuelo ni placer espiritual, pero que es camino de purificación. Santa Teresa de Lisieux confesaba que Jesús “dormía en su barca” y que la noche se hacía más profunda. San Agustín reconocía que su corazón estaba inquieto hasta que descansó en Dios. Estas voces nos muestran que la sequedad no es un fracaso, sino parte de un camino que muchos antes que nosotros han recorrido.

La psicología nos ayuda a comprender que la anhedonia no es solo ausencia de placer, sino también crisis de sentido. Viktor Frankl decía que el hombre puede soportar cualquier sufrimiento si encuentra un sentido. Y aquí la fe se convierte en un sostén: aunque no sintamos consuelo, perseverar en la oración y en los sacramentos nos mantiene de pie. Aunque no tengamos ganas de compartir, abrirnos a la comunidad nos devuelve esperanza. Y aunque todo parezca oscuro, recordar las palabras de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso” (Mt 11,28), nos da fuerza para seguir.

La anhedonia puede ser dura, porque nos roba el gusto por la vida. Pero no es el final. Los santos nos enseñan que incluso en la sequedad, Dios está obrando. Aunque no sintamos placer, podemos confiar en que el Señor nos sostiene y que, tarde o temprano, volverá la alegría. Porque la verdadera esperanza no está en lo que sentimos, sino en la certeza de que Dios nunca abandona a sus hijos. Y esa certeza es la que nos permite atravesar la noche oscura con la confianza de que la luz volverá a brillar.

Psicopax
Comunidad Piedras Vivas

De elegir lo que odio... a abrazar al Resucitado

Existe una triste realidad y es caer en la cuenta que vivimos, no pocas veces, con dolor y conscientemente, días en que seguimos eligiendo lo que decimos odiar. Son momentos que se transforman en una letanía de quejas ante la rutina, los vicios, las relaciones que nos dañan, y a las que volvemos una y otra vez. Es como si estuviésemos atrapados en un círculo que nos roba la alegría y nos convence que no hay salida.

El Evangelio nos muestra a María Magdalena como una mujer marcada por su pasado, por heridas y elecciones que la mantenían lejos de la vida plena. Nos dice que Jesús expulsó de ella “siete demonios” (Lc 8,2), signo de una esclavitud profunda. Podríamos decir que Magdalena también “seguía eligiendo lo que odiaba”: una vida que no la conducía a la paz ni al amor verdadero. Una vida sumergida en un espiral sin aparente salida.

Pero hubo un día marcado por la gracia, el día en que se encontró con Cristo. Un encuentro que cambió el rumbo de sus elecciones. De seguir eligiendo lo que la destruía, pasó a elegir al Maestro que la levantaba. De estar atrapada en lo que odiaba, pasó a ser la primera testigo de la Resurrección, la mujer que escuchó: “Ve y anuncia a mis hermanos” (Jn 20,17).

El paralelismo entre la experiencia de María Magdalena con lo que podemos estar viviendo puede contener una hondura que no alcancemos a dimensionar con total claridad. Cada uno de nosotros podemos también estar atrapados en decisiones que nos hunden pero la Buena Noticia es que Jesús nos ofrece una salida. Nadie está condenado a repetir lo que odia.

El Espíritu Santo, Poder y Amor del Padre y el Hijo, que desde Piedras Vivas te invitamos a vivir, es una llamada a acoger con alegría, aquella fuerza arrolladora capaz de romper cadenas y hacernos elegir la vida nueva que el Evangelio propone.

Tal vez surja la inquietud de cómo empezar a salir de ese círculo que parece no tener fin. No se trata de fórmulas ni de pasos rígidos, sino de una experiencia que se va gestando en lo profundo del corazón.

Primero, es necesario atreverse a mirar de frente lo que duele. Reconocer que muchas veces volvemos a elegir lo que daña, aunque sepamos que no nos hace bien. Ese gesto de sinceridad ya es un acto de fe: poner nombre a lo que nos ata y presentarlo delante del Señor.

Después, llega el momento de soltar. No podemos solos, y por eso pedimos la gracia de Jesús. Renunciar no es un esfuerzo aislado, es dejar que Él corte las cadenas que nos atan.

Y finalmente, la cereza del postre: abrazar al Resucitado. No como una idea, sino como una presencia viva que se convierte en nuestra elección cotidiana. Como María Magdalena, que pasó de llorar en la tumba a correr a anunciar la vida, también nosotros podemos dejar que Cristo sea el motor de cada día.

Hoy, como comunidad carismática, te invitamos a proclamar que el Espíritu Santo nos capacita para elegir distinto. Que no estamos solos en la lucha contra lo que odiamos. Que la experiencia de María Magdalena es también la nuestra: pasar de la esclavitud a la misión, de la oscuridad a la luz, de la repetición de lo que nos destruye a la elección de lo que nos salva.

Existe dentro de nosotros un grito que encuentra respuesta en el Evangelio: sí, seguimos eligiendo lo que odiamos… hasta que nos dejamos encontrar por Cristo y comenzamos a elegir a Aquel que nos da Nueva Vida, vida en abundancia.