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domingo, 25 de febrero de 2018

Equipados y equilibradoos

Necesitamos estar bien equipados para dirigir, ayudar, pastorear a nuestros hermanos. Parece que debiéramos tener en abundancia los carismas para "construir" la comunidad de la que somos responsables. Si otros menos instruidos, menos conocedores de la Renovación, quizá menos entregados al Señor, tienen uno o varios dones, ¿por qué no quienes han de supervisar, discernir, dirigir a esos mismos favorecidos por el Espíritu? El celo mal orientado, la envidia oculta, el deseo de ser considerado y admirado... pueden hacer presa en nosotros. 
El espíritu del mal no nos tentará abiertamente; lo hará, como a Cristo en las tentaciones del comienzo de su vida pública, a partir de un bien real o aparente. Es preciso que los líderes no se consideren inmunes a estos ataques sutiles. Persuadidos de esta realidad, han de saber conservar la serenidad interior, ser capaces de examinar, discernir en sí mismos las raíces ocultas de lo que aparece, en la superficie, como irreprochable. Sin alteraciones ni congojas, es importante conservar la humildad, la capacidad de ser ayudados, para mantenerse en ese difícil equilibrio que huye de los extremos, en la apreciación, deseo y uso de los carismas en sí y en los demás.
p. Benigno Juanes sj
"Las 11 tentaciones del servidor"


sábado, 24 de febrero de 2018

Carismanía -I-

El deseo desmedido de los carismas cierra la mano del Señor. No quiere ser forzado. El es libre, y la actitud humilde de disponibilidad es la mejor preparación para que, si entra en sus planes, llegue hasta nosotros la gracia de sus dones.  
No hagamos infructuosa la oración de alabanza por tener clavado el corazón en los dones, hermosos en sí y en los fines a que los orienta el Señor, sino en el Dador por excelencia: el Espíritu Santo. 

p. Benigno Juanes sj
"Las 11 tentaciones del servidor"


jueves, 22 de febrero de 2018

Apagar la vitalidad

"Al ser (la Renovación Carismática) una obra del Señor, llamada a jugar un papel fundamental en la Iglesia y el mundo, hace que la fuerza del mal tenga un especial interés en disminuir, y aun apagar su "extraordinaria vitalidad".
p. Benigno Juanes sj
"Las 11 tentaciones del servidor"


miércoles, 28 de junio de 2017

Las tentaciones de JESÚS


San Ignacio de Loyola descubre, con manifiesta pericia, la estrategia del "mal espíritu" en sus tentaciones cuando se trata de obstaculizar la obra del Señor en quienes buscan seguirlo sinceramente.
Esta fue la táctica que empleó también con Jesús. Las tentaciones que el Hijo de Dios sufrió durante su ayuno van marcadas profundamente con esta misma característica de presentarse "a partir de un bien" (Mat 4,1-11 y paralelos). Mas, en su entraña, iban dirigidas, diabólicamente, a un fin que hubiera dado al traste con la misión salvífica de Jesús. Pretendían, nada menos, que apartarlo de la voluntad del Padre; en definitiva, volverlo hacia un mesianismo material y político. Satanás se esfuerza en separar a Jesús de la intimidad con Dios, que señala necesariamente dicho nombre, sugiriéndole un mesianismo que sabe perfectamente no estar conforme con la misión de siervo recibida por Cristo en el Bautismo.

Se trata de tentaciones mesiánicas. Jesús tiene aún la posibilidad de orientar ese mesianismo en un sentido contrario a la voluntad de Dios. Como en los orígenes del mundo, la obra de Dios quedará destruida por una elección que no tenga el apoyo divino.
Las tentaciones de Jesús "nacen de su condición de siervo". Van dirigidas sutilmente al corazón mismo de su confianza incondicional en el Padre. Satanás pretende abrir a Jesús los ojos, como a Adán, para que vea lo incongruente que es su manera de actuar con los hombres y se desentienda del Padre, constituyéndose en Mesías propio e independiente. Satanás se encierra en el mismo círculo que lo perdió: la soberbia, la autosuficiencia hasta el desprecio de Dios; construir su mundo aparte, por sí y para sí.
La lección de Jesús es admirable y sumamente práctica: no es Dios el que tienta, pero permite situaciones en las que realmente seamos probados. De esas tentaciones, por su peligrosidad sacada de la experiencia, es de las que los cristianos, siguiendo las enseñanzas de Cristo en el Padrenuestro, piden ser librados. La tentación de Cristo resulta tan cruel y peligrosa que El mismo quiere que oremos para semejantes situaciones se le ahorren a la Iglesia y a los Cristianos.
El cristiano tiene asignada una impresionante tarea, nacida de la trascendencia de su realidad bautismal: reproducir en sí la imagen del Primogénito entre muchos hermanos, Cristo Jesús (Rom 8, 27-29).
Desde aquí hay que tratar de ver la tentación: La esencia de ésta ha de entenderse partiendo de que el hombre, como ser deficiente, está ordenado a una perfección, que lo trasciende. El impulso a la perfección personal y, por lo tanto, moral, es su orientación hacia su prójimo y hacia Dios. Tal impulso o tendencia sólo se realiza en la medida de la apertura a la trascendencia, al misterio de Dios experimentado, pero incomprensible.
Aquí es donde comienza nuestro drama. Palabra exacta, no porque la tentación haya de consumarse ciegamente en un fracaso humano-divino, sino por el peligro manifiesto de no realizar nuestro gran destino y porque la perfección a la que decimos estar ordenados se ha de realizar muchas veces en el dolor, aunque de él, como de la muerte de Cristo, surja pujante la glorificación.

Repitámoslo para no ser infantilmente sorprendidos: la tentación de Cristo es modélica. Esto quiere decir, entre otras cosas, que si el Padre permitió que su Hijo fuera tentado sutil y duramente, permitirá circunstancias en la que seremos presa codiciada de los ataques del mal. También aquí es oportuna la advertencia de un teólogo en su informe al episcopado de su nación: "Algo importante esta sucediendo: es como un despertar del Espíritu. La necesidad de discernimiento es urgente; debemos caer en cuenta de que las fuerzas del mal intervienen más cuando algo de importancia se produce".
Como cristianos y dirigentes de la renovación, debemos recordar una verdad que, vivida y experimentada en propia carne, es necesario repetir: Las raíces del mal se hunden en nosotros profundamente. Los impulsos espontáneos del hombre en cuanto "carnal", es decir no animado por el Espíritu, están potencialmente en nosotros, dispuestos a asaltarnos. Aun cuando hayamos sido "injertados" en Cristo, hemos de seguir luchando continuamente para mantener nuestra auténtica libertad (Rom 6,12; Col 3,5). La tentación dramática entre el impulso al bien y el impulso al mal, pone al hombre en una situación desgraciada de la que es liberado solamente por Cristo (cfr. Rom c.7). El líder (o servidor) de la Renovación Carismática que se ha entregado seriamente al Señor para hacer de Él, el centro de toda su vida, y se ha responsabilizado con una misión tan importante en la Iglesia, se verá expuesto a una persecución enconada del enemigo de Jesús.
Por su condición de cristiano que aspira a vivir su bautismo y por el bien que el Señor puede hacer por su medio en los demás, se convierte en un bocado exquisito para Satanás. Dios, en sus designios de salvación, permitirá que sea tentado. El maligno pretenderá apartarlo del Señor, hacer infructuosa su obra y querrá llegar lo más lejos posible. Las tentaciones vendrán de diversos campos: de nosotros mismos, en nuestra condición carnal de hombres no dominados por el espíritu del enemigo de Dios que también juega su influjo sobre nosotros.
El dirigente de la Renovación no escapará a esta realidad. Tendrá que recorrer el mismo camino de Cristo.
Pero también, como el Señor, cuenta con la fuerza del Espíritu de Jesús. No hay por qué turbarse. Existen un poder y un amor que el Padre Celestial ha puesto a su disposición en la persona del Espíritu Santo. Ha de confiar y aprender a utilizar lo que está siempre a su alcance.

Notas del autor:
1. La tentación es una realidad espiritual tan común que excusa toda legitimación. La experiencia cotidiana nos habla demasiado elocuentemente de este acontecimiento que enrola a todos, buenos y malos.
Si en algún capítulo se podrían aducir citas que avalaran lo que en el cuerpo de la instrucción se dice, es en éste, precisamente, en que cabria mas abundancia, y excelencia de nombres y de obras.
Por esto, porque en todo manual de alguna solvencia se encentra tratado con relativa abundancia, no hemos querido hacer uso de citar lo que el lector puede hallar fácilmente. Las obras clásicas tanto antiguas como modernas no olvidan este aspecto fundamental y hasta se prodigan en su trato. Igualmente se puede afirmar de los diccionarios de espiritualidad. Sobre todo los más recientes; por citar uno, el Nuevo Diccionario de Espiritualidad: le dedica páginas densas que es preciso leer con detenimiento para extraer el rico contenido que allí se atesora.

2. Queremos, no obstante lo dicho, hacer algunas excepciones:

- San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús -piensan muchos maestros de la vida espiritual- señalan las dos grandes cimas de lo que inspiradamente se ha escrito sobre el tema.
- San Alfonso María de Ligorio y San Francisco de Sales han pasado a ser autores tan leídos como amados por el pueblo cristiano.
- San Bernardo y el P. Alonso Rodríguez en su camino de perfección (suprimidas o pasadas por alto algunas páginas ingenuas del segundo), siguen siendo maestros mayores de la vida espiritual.
- R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior. Buenos Aires, 1944.
- K. Rahner, en la multiplicidad de sus escritorios también aborda felizmente este campo y, específicamente, en "Sobre el problema del camino gradual hacia la perfección cristiana", Estudios de Teología, Taurus, Madrid, 1961, 13-33.
- S.G. Arzubialde, Teología spiritualis (El camino espiritual del seguimiento de Cristo), Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, 1989-
- (Varios) Sabiduría de la Cruz, Madrid, 1981.

- G. Thils, Existencia y santidad en Jesucristo, Sígueme. 1987. 

martes, 27 de junio de 2017

La tentación en la vida cristiana


Precisamente, porque reproducir en nosotros la vida de la Trinidad puede malograrse por el pecado, toda la Escritura, muy especialmente el Nuevo Testamento, describe la vida del hombre como una lucha. En ella no será posible vencer sin la ayuda del Espíritu Santo.
Pablo y Juan son quienes con mayor insistencia y dramatismo han descrito este vivir cristiano, que oscila entre la tentación y la paz, la dicha y la tranquilidad, el gozo y el sufrimiento por el Reino de los Cielos. Pero siempre se ve alentado por la esperanza, no defraudada, de la ayuda divina pedida humildemente por la oración (ljn 2,15-17; 4,4-6; 5,4-5; ICor 9,24-27; ITim 6,12; 2Tim 4,7-8).
Este drama doloroso que se presenta en la vida del cristiano, a veces con aristas muy agudas, le muestra que su vida en Cristo se ve asediada de peligros, expuesta a perecer o a de tenerse en su florecimiento y profundización. Pero la visión real de los riesgos no debe llevar al cristiano al desaliento, sino a una humilde y filial confianza en el Señor cuyo poder supera las fuerzas del mal y cuya ayuda se le promete. A ella debe cooperar con un esfuerzo comprometido.

No es, por lo tanto, una insuficiencia trágica la que gravita sobre el cristiano. Posee una capacidad indiscutible para superar la triple fuerza que se opone en su camino hacia Cristo (Rom 7,24-25; Jn 16,33; Mt 12,29). Y una prueba manifiesta de su poder es que el Espíritu Santo ruega, en el cristiano y por el cristiano, con gemidos inenarrables, al Padre (Rom 8,12-27). Por eso, aun con la conciencia del poder enemigo, vive en la paz serena del que se siente protegido y capaz de superar todos los peligros. Para él, la salvación, el crecimiento en Cristo la existencia según la vida trinitaria, son objeto de esperanza (Rom 8,24).
El concilio Vaticano II ha tocado el tema con una realidad profundamente alentadora. La vida cristiana -resumimos su doctrina- se va desarrollando progresivamente en medio de tentaciones y tribulaciones; tiene necesidad de renovarse continuamente con la ayuda de la gracia de Dios. Pero ésta nunca falta al cristiano. Más aún, todos y cada uno estamos llamados a la perfección, y para ello contamos con la ayuda misericordiosa y abundante del Padre, en Cristo, por el Espíritu Santo.

Siendo, por lo tanto, nuestra condición terrena imperfecta, somos, no obstante, invitados a perfeccionarnos en Cristo Jesús, de cara a la perfección escatológica o definitiva en la otra vida, en el mismo Jesucristo. 

lunes, 26 de junio de 2017

LAS TENTACIONES - En la raíz de la vida cristiana



A la luz del Evangelio y recordando la peculiar insistencia de San Pablo, la vida cristiana debe ser considerada como una progresiva unión y crecimiento en Cristo (Cfr Ef 4,15). 

De otro modo, partiendo de los efectos fundamentales del Bautismo, tal como nos lo dice la Carta a los Romanos, Dios Padre nos eleva al estado de hijos amándonos en su Hijo encarnado, al que quiere hacer el primogénito de entre muchos hermanos (Cfr Rom 8,27-29). Así que el Padre nos hace hijos suyos dándonos el Espíritu Santo, que rinde testimonio de nuestra filiación haciéndonos invocar: Abba, ¡Padre! 

Entramos, pues, en comunión con el Padre por el Hijo, injertándonos en El con el poder del Espíritu. Recibimos al Espíritu Santo, enviado por el Padre a ruegos del Hijo que intercede. (Cfr. Jn 14,1 ó). 

De manera que la vida cristiana debe ser, en virtud de su realidad más intima, realizar la vida trinitaria o llenar las exigencias que brotan del Bautismo. Se trata, por lo tanto, de vivir una vida de obediencia y amor al Padre, de una relación personal con Cristo a cuya humanidad resucitada nos une el Espíritu Santo, de vivir la docilidad de las iluminaciones y mociones del Espíritu, cuya función primordial es conducirnos a la "plenitud del Hijo", Cristo Jesús. 

Por eso, las expresiones paulinas: "En Cristo, por Cristo, hacia Cristo" en el Espíritu Santo resultan expresiones densas y acuciantes que pudieran resumir todo el vivir del cristiano.

p. Benigno Juanes
Las 11 tentaciones de los servidores