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domingo, 13 de noviembre de 2016

Origen y formación de la literatura israelita en general

Origen y formación de la literatura israelita en general.

Constituido Israel en pueblo escogido se preocupó muy pronto de la consignación escrita de sus leyes, su historia y el mensaje de los profetas. Surgió así la literatura israelita que estudiamos aquí. Veamos, a grandes rasgos, como se forma y desarrolla esta literatura israelita:

Literatura histórica
Ello da origen a una amplia literatura de tipo histórico en la que se narra la vida de los Patriarcas; la obra de Moisés hasta el asentamiento en Palestina; la formación de la monarquía israelita, y su plenitud con David y Salomón y su posterior decadencia. Los libros que componen esa literatura son: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio (que componen el Pentateuco), Josué, Jueces, Rut, 1 y 2 Samuel, 1 y 2 Reyes.

Algunos de esos libros no fueron compuestos de una sola vez, sino que recogen fuentes y tradiciones anteriores. Por algunas referencias que se hacen en ellos cabe deducir la existencia de libros o crónicas, en parte recogidas en los libros canónicos y en parte perdidas. Así tenemos:
  • Libro de las Guerras de Yahvé (Num 21,14);
  • Libro de Yashar (Jos 10,13);
  • Hechos de Salomón (1 Re 11,41);
  • Anales del Reino de Judá (citados 15 veces desde 1 Re 14,29 hasta 2 Re 24,5);
  • Anales del Reino de Israel (citados 17 veces desde 1 Re 14,19 hasta 2 Re 15,31),
  • así como la colección poética Libro de los Cantos (1 Re 8,1213).

Literatura profética
Junto a la literatura histórica surge la profética. Parte de los oráculos proféticos (por ejemplo, los de Elías y Eliseo) está incluida en los libros históricos.

Parece además probable que existieran colecciones de oráculos que luego fueran, en parte, recogidas en esos libros; por ejemplo: la Historia del Vidente Samuel, del Vidente Natán o del Vidente Gad (1 Cr 29,29), la Historia del profeta Natán (2 Cr 9,29), la Profecía de Ajías el Silonita (2 Cr 9,29) o las Visiones de Yedó el Vidente (2 Cr 9,29).

El primer profeta escritor fue probablemente Amós, en el s. VIII, al que siguen tres series cronológicas, hasta el periodo persa:
  1. Amós, Oseas, Miqueas, Isaías en el s. VIII;
  2. Sofonías, Nahum, Habacuc, Jeremías en los s. VII-VI;
  3. Ezequiel y el Déutero-Isaías en el Destierro; Ageo, Zacarías, Malaquías, Jonás, Joel, Abdías en los s. VII-V.
De otra parte la colección de los Salmos se reinicia en el periodo monárquico y se amplía hasta la época macabea.

Después del destierro en Babilonia, se reanuda la actividad historiográfica mediante la composición del segundo grupo de libros históricos (de inspiración sacerdotal) que son: 1 y 2 Crónicas y Esdras-Nehemías en la segunda mitad del s. III.


Literatura sapiencial
El periodo post-exílico conoce otras formas de expresión literaria que ocupan el puesto de la producción profética anterior: es la corriente sapiencial, cuyos orígenes se hacen remontar a Salomón (colecciones primeras de Proverbios), pero que alcanzará apogeo en época tardía; a este género pertenecen: Proverbios, Job, Cantar de los Cantares, Eclesiastés, Eclesiástico y Sabiduría.

De este tiempo son también algunos libros de aspecto histórico, pero de estructura historiográfica diferente de la clásica: Tobías, Judit, Ester.

La parte de literatura histórica del Antiguo Testamento se cierra con los Libros de los Macabeos.

Una forma literaria típica de los últimos tiempos del judaísmo fue la apocalíptica, que tiene su modelo en el Libro de Daniel.

Literatura extracanónica
La literatura extracanónica de la época postexílico es abundante:
  • De estilo apocalíptico son los apócrifos de Henoc, Jubileos, Testamento de los XII Patriarcas, Asunción de Moisés, Salmos de Salomón, IV Libro de Esdras. Apocalipsis de Baruc, etc.
  • La secta de Qumrán compone también sus propios libros: la Regla de la Comunidad, los Himnos, la Guerra de los Hijos de la Luz contra los Hijos de las Tinieblas, el Documento de Damasco, Comentario a Habacuc, etc.
  • En la diáspora de Alejandría surge toda una escuela filosófico-teológica cuyo principal representante es Filón .

Ahora bien, la producción literaria israelita, como acabamos de ver, no se limitó a los libros canónicos. Surge así una cuestión: ¿cómo se realizó de entre esa producción la selección de los libros canónicos? ¿Cómo se formó el canon israelita?

El canon bíblico


Noción de canon: en este enlace estudiamos la etimología de la palabra “canon”, y lo que se quiere decir con la expresión “canon bíblico”.

A. Historia de la formación del Canon del Antiguo Testamento:
Constituido Israel en pueblo escogido se preocupó muy pronto de la consignación escrita de sus leyes, su historia y el mensaje de los profetas. Surgió así la literatura israelita que estudiamos aquí.

Ahora bien, la producción literaria israelita no se limitó a los libros canónicos. Surge así una cuestión: ¿cómo se realizó de entre esa producción la selección de los libros canónicos? ¿Cómo se formó el canon israelita?

Aunque, la historia del canon en el judaísmo es importante, lo que nos importa ahora a nosotros es: ¿cómo se incorporó y por qué el canon judío del Antiguo Testamento al cristianismo?.

B. Historia de la formación del Canon del Nuevo Testamento.
Pocos años después de la muerte de Cristo surgieron ya intentos de escribir la vida y doctrina del Señor. Así aparecen los Evangelios, las cartas de san Pablo, de algunos Apóstoles, el Apocalipsis y otros escritos que forman lo que podemos denominar la literatura cristiana primitiva.

También aquí, como ocurrió en Israel, nos encontramos una literatura cristiana amplia, más extensa que la canónica. La Iglesia, con el tiempo, fue recibiendo algunos libros como inspirados, distinguiéndolos netamente de los demás. Surge así la pregunta: ¿Cómo se realizó la selección de los libros canónicos? ¿Cómo se formó el canon cristiano?

Desde el s. VI quedó claramente determinado el canon del Antiguo Testamento en el seno del Cristianismo; a partir del mismo siglo se llegó a la unanimidad sobre el canon del Nuevo Testamento en Occidente y en el s. VII en Oriente. No sería hasta s. XVI, con el Humanismo, cuando surgieron algunas Divergencias sobre la extensión del canon bíblico. Nos preguntamos aquí: ¿En qué consistían estas divergencias sobre la extensión del canon bíblico y cómo se solucionaron? ¿Cuál fue la trascendencia de la declaración del Concicilio de Trento?

Resumiendo. Discerniendo el canon de las Escrituras, la Iglesia discernía y definía también su propia identidad, de modo que las Escrituras son, a partir de ese momento, un espejo en el cual la Iglesia puede redescubrir constantemente su identidad, y verificar, siglo tras siglo, el modo como ella responde sin cesar al evangelio, del cual se dispone a ser el medio de transmisión (Dei Verbum, 7).

C. Criteriología del Canon.
Hemos visto el largo y laborioso proceso histórico en el que se fue formando el canon bíblico tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Pero se hace necesario, también, realizar un estudio más sistemático y sintético en torno a los criterios que condujeron a esta realidad. Esto es lo que vamos a intentar en el siguiente apartado: “Criteriología del Canon“.

Noción de Canon Bíblico

Etimología de la palabra “canon”.

La palabra canon (transcripción del griego kanon), etimológicamente significa caña o vara, y de ahí instrumento para medir, medida o regla. De esto último, pasó a usarse para indicar cierta medida, ley o norma, de obrar, de hablar o de proceder (por ejemplo, las normas de conducta, reglas gramaticales; análogamente se habla de canon en arquitectura, música, etc.).

También tiene el sentido de índice, lista, catálogo (por ejemplo, de reyes, de número de años, etc).

En la literatura cristiana primitiva se emplea ya para designar la regla de la fe, de la verdad, o de la tradición, y se llaman cánones a las normas de vida y de culto que todos los fieles deben respetar (así, por ejemplo, las fórmulas de fe o costumbres que decretaban los concilios, y hoy día los artículos del CIC). En el sentido de norma de vida cristiana emplea S. Pablo esa palabra en Gal 6,16.

Canon bíblico
La Biblia es, y así fue considerada desde un principio, la regla de fe y vida para los cristianos; de ahí que empezara muy pronto a llamarse canon al conjunto de los libros que la Iglesia consideraba como inspirados.

Puede decirse que a partir del s. IV, la terminología cristiana denominó canon bíblico al elenco oficial de los escritos sagrados de la religión israelita y cristiana que forman el Antiguo y Nuevo Testamento. Es decir, que, afirmada la existencia de libros sagrados inspirados, que tienen a Dios por autor en cuanto que fueron escritos bajo la moción del Espíritu Santo, el canon bíblico es la determinación de cuáles y cuántos son esos libros inspirados.

De manera taxativa y definitiva esa determinación sólo puede hacerla la Iglesia, que tiene certeza de la inspiración divina de esos libros por la Revelación divina misma que los ha entregado a ella como tales. Ello quiere decir que si bien la palabra canonicidad hace referencia a una declaración eclesiástica, a una proclamación oficial hecha por la Iglesia, presupone en su base un hecho que se refiere a la naturaleza de los libros mismos, objeto de esa declaración: la inspiración. Los libros canónicos son libros inspirados: la canonicidad es el reconocimiento de la inspiración.

Esa canonicidad e inspiración de los libros que componen la Biblia es dogma de fe solemnemente proclamado por el Conc. de Trento y el Vaticano I, y constantemente afirmado desde los primeros tiempos de la Iglesia.

domingo, 6 de noviembre de 2016

BIBLIA Y CULTURA

La Biblia, traducida total o parcialmente a más de mil cien lenguas, ha transmitido, a lo largo de los últimos veintiún siglos, el mensaje del cual ella, es portadora a todos los pueblos de la tierra.

Ese mensaje divino ha influido poderosamente en la vida de la humanidad, no sólo en el aspecto religioso, sino en todos los demás. La Biblia, en cuanto parte de la tradición cristiana y unida a ella, ha informado la vida del antiguo Imperio romano, de amplias y diversas naciones de Oriente, de la Europa occidental, de América, etc. En ocasiones ha sido en la forma de un cristianismo pleno e íntegro; otras en formas limitadas (herejías, cismas); otras incluso a través de personas o movimientos que querían oponerse al cristianismo, pero que en algunos puntos estaban influidos por él.

En cualquier caso, las enseñanzas bíblicas y cristianas están en la raíz de numerosísimos rasgos de la cultura y la civilización contemporáneas. El conocimiento de la Biblia es necesario también desde un punto de vista meramente cultural. Se trata ciertamente de una finalidad secundaria, pues la Biblia ha sido escrita no en orden a la mera cultura, sino a la salvación, pero no por ello menos real esta influencia.

Muy sugerentes, también, son las ideas que se aportan en la Exho. Apost. Verbum Domini en el apartado dedicado a la Palabra de Dios y culturas (nn. 109-116): estas son las ideas: El valor de la cultura para la vida del hombre [109]
  • El valor de la cultura para la vida del hombre [109]
  • La Biblia como un gran código para las culturas [110]
  • El conocimiento de la Biblia en la escuela y la universidad [111]
  • La Sagrada Escritura en las diversas manifestaciones artísticas [112]
  • Palabra de Dios y medios de comunicación social [113]
  • Biblia e inculturación [114]
  • Traducciones y difusión de la Biblia [115]
  • La Palabra de Dios supera los límites de las culturas [116]

LA BIBLIA Y LOS NO CATÓLICOS

La Biblia es reconocida como libro inspirado por Dios, no sólo por los católicos, sino también por todos los cristianos separados, exceptuadas sólo algunas sectas de origen protestante; así como, aunque sólo el Antiguo Testamento, por los judíos. También le reconocen valor religioso, aunque subordinado al Corán, los musulmanes.

Los Ortodoxos mantienen el dogma cristiano sobre la Sagrada Escritura.: la reconocen como libro inspirado y Palabra de Dios, a la vez que reconocen también que está indisolublemente unida a la Sagrada Tradición y que la Iglesia es la depositaria y el intérprete autorizado de la Biblia y de la Tradición. El único punto de diferencia con la verdad católica (que, en realidad, afecta más a la comprensión del Magisterio que a la de la Escritura) es lo referente al Romano Pontífice, cuyo Primado y cuya infalibilidad singular no reconocen.

Los protestantes, habiendo negado el dogma cristiano sobre la asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia, piensan que sólo en la Biblia (y no en la Tradición ni en el Magisterio de la Iglesia) resuena la Palabra de Dios. De ahí depende lo que es conocido históricamente como punto más significativo de su diferencia con el catolicismo: la célebre cuestión del libre examen de la Escritura. Frente a la doctrina católica según la cual todo cristiano al leer las Sagrada Escritura debe aceptar el juicio de la Iglesia, único intérprete auténtico de la Escritura, el protestantismo sostiene que cada miembro de la Iglesia tiene facultad para examinar la Biblia sin atender a la Tradición ni a la Iglesia, creen que el Espíritu Santo les ilumina la inteligencia al leer la Escritura Sagrada. Es la idea de Lutero y Calvino según la cual el Espíritu Santo iluminaba a cada fiel; en el protestantismo ilustrado y liberal del s. XVIII y siguientes se pone el acento en el recurso a los medios de investigación científica. Todo lo anterior da pie a un fuerte subjetivismo, que se agrava por un aspecto derivado de la misma teoría del libre examen: si cada fiel, a tenor de su lectura de la Escritura hecha en el Espíritu Santo, alcanza por sí solo la verdad, puede, y aun debe, juzgar de la entera comunidad eclesial a partir de la verdad alcanzada. La tendencia que el protestantismo, sobre todo el americano y en parte el centroeuropeo, ha manifestado hacia la escisión parte de ahí.

BIBLIA Y TEOLOGÍA




La Teología, en cuanto intento de profundizar en la comprensión de la Palabra de Dios revelada, necesariamente ha de apoyarse en la S. E., la cual, junto con la Tradición, constituye fuente de todo el saber teológico. El Magisterio de la Iglesia expresa esta verdad con frase gráfica: la Biblia debe ser “el alma de la Teología“ (León XIII, Enc. Providentissimus Deus); expresión que recoge de nuevo el Conc. Vaticano II:

«La teología se apoya, como en un cimiento perdurable, en la Sagrada Escritura unida a la Tradición; así se mantiene firme y recobra su juventud, penetrando a la luz de la fe la verdad escondida en el misterio de Cristo. La Sagrada Escritura contiene la Palabra de Dios, y en cuanto inspirada es realmente Palabra de Dios; por eso la Escritura debe ser el alma de la teología» (Dei Verbum, 24).

Sobre este tema conviene hacer dos observaciones:

a) Ciertamente la lectura de la Biblia por parte del teólogo debe hacerse con actitud propia de la ciencia teológica, es decir, con la actitud propia de quien aspira, formalmente, a alcanzar una mayor comprensión de orden intelectual de lo que se dice en el texto sagrado. Se trata, pues, de una actitud marcada por lo intelectivo y no, inmediatamente, por lo afectivo y que acude a todos los medios adecuados también los medios humanos para una correcta interpretación del texto. Pero el teólogo no puede olvidar nunca que debe situar la lectura de la Biblia no sólo la que haga él en su oración, sino también la teológica en un contexto religioso que es el contexto en el que la Biblia ha surgido y en el que se conserva. En el crecimiento de la inteligencia de la Palabra de Dios escrita, el hombre debe disponerse por la oración a recibir las luces que le vienen gratuitamente del Espíritu Santo. Quien lee, estudia o medita la Biblia debe fomentar en la oración asidua, en el trato con Dios, la disposición del espíritu que facilita la recta comprensión de la palabra santa. Si al teólogo le faltase la vida de piedad al investigar en la Biblia se condenaría al fracaso.

b) La segunda observación es que la lectura científica de la Biblia debe hacerse dentro de la Iglesia. La Biblia ha nacido en el interior de una tradición la de la Revelación divina y debe ser leída en ese contexto. Para ello se necesita vivir in sinu Ecclesiae. De manera análoga a como quien fuera de la fe se expone a interpretar la verdad trascendente que la Biblia contiene reduciéndola a su indigente medida, quien declare tener fe pretenda leer la Biblia abstrayendo de la Tradición se priva de una luz divina que Dios ha querido establecer y se condena a la falibilidad. La historia enseña que todos los intentos que se han hecho para interpretar la Biblia fuera de su medio ambiente vital, que es la Iglesia, han caído inexorablemente en la parcialidad y en el error. De modo que todo cristiano, tanto el fiel corriente como el teólogo o exegeta, ha de partir de la obediencia a la fe (Rom 16,26), unión con la única Iglesia de Jesucristo, para penetrar en la Palabra de Dios escrita.

BIBLIA, LITURGIA Y VIDA CRISTIANA

La
lectura de la Biblia es y será siempre ocasión de encuentro con Dios que, a través de ella, nos habla.
El hombre que lee hoy la Biblia se acerca a Dios, tanto si lee o escucha su palabra en una lectura privada o individual como si lo hace comunitaria y litúrgicamente. Particular relieve tiene la lectura de la Biblia en la Liturgia. Ciertamente el centro de la Liturgia lo constituyen los Sacramentos, pero la vida sacramentaria está basada y penetrada en y de la Sagrada Escritura; por eso, como preparación para la administración de los sacramentos, se dedica particular espacio a la lectura de la Biblia, Lectura litúrgica, que tiene además una peculiar eficacia, porque es un acto de la Iglesia.

Esa centralidad de la Biblia exige además que toda la predicación cristiana deba basarse en ella. Así lo ha enseñado siempre la Iglesia:
«Los sacerdotes, obligados por oficio a procurar la salud eterna de las almas, después de recorrer ellos mismos con diligente estudio las sagradas páginas, después de hacerlas suyas por la oración y la meditación deben exponer celosamente al pueblo esta soberana riqueza de la divina Palabra en sermones, homilías, exhortaciones; confirmar la doctrina cristiana con sentencias tomadas de los libros sagrados; ilustrarla con preclaros ejemplos de la historia sagrada, sobre todo, del Evangelio de Cristo Nuestro Señor» (Pío XII, Enc. Divino Afflante Spiritu, 26). El Conc. Vaticano II reafirma esta orientación bíblica: «Es necesario que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura y se rija por ella» (Const. Dei Verbum, 21).

Todo cristiano, en cuanto que se alimenta de la enseñanza de la Iglesia, conoce el contenido de la Biblia, y eso aun en el caso de que no la lea directamente, ya que la está escuchando constantemente en la predicación. De todos modos, aparte de ese conocimiento de la Biblia a través de la predicación de la Iglesia, siempre ha sido recomendada la lectura directa de la misma. Recuérdense los consejos de S. Agustín:
«Léela con frecuencia -escribía a Eustoquia-; que el sueño te sorprenda con el libro en la mano y que al inclinarse tu cabeza la reciba la página santa»; o lo que escribía a sus ermitaños: «Leed las Escrituras, leedlas para que no seáis ciegos y guías de ciegos. Leed la Santa Escritura, porque en ella encontraréis todo lo que debéis practicar y todo lo que debéis evitar». Es la enseñanza del Conc. Vaticano II: «El Santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles… la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo (Philp 2,8); pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo (S. jerónimo). Acudan de buena gana al texto mismo: en la liturgia, tan llena del lenguaje de Dios; en la lectura espiritual, o bien en otras instituciones o con otros medios que para dicho fin se organizan…» (Dei Verbum, 25).

EL MENSAJE DE LA BIBLIA

Decir que la Biblia nos habla de Dios es decir mucho, pero no es decirlo todo. Podemos decir algo más esencial, la Biblia no nos habla de Dios a la manera de los otros libros, sino que nos habla en nombre de Dios, lo cual es distinto. No contienen solo la Palabra de Dios, sino que es la palabra de Dios hoy. Efectivamente, al ser un texto inspirado, la Biblia, es la palabra que Dios dirige a la humanidad entera. Dios no se ha retirado del mundo una vez redactadas las Escrituras, sino que continúa obrando en los corazones también por medio de la lectura creyente de la Biblia, ayudando a entender su palabra y moviendo a identificarse con ella.

En la Biblia Dios nos habla de Sí mismo, y lo hace de una manera viva. Nos habla, no a la manera de un maestro que analizara fríamente un tema objeto de su investigación, sino que se parece más a la manera en que un amante se da a conocer a aquellos a quienes ama.


En la Biblia Dios nos habla de su amor por nosotros, y lo hace narrándonos sus misericordias: sus intervenciones pasadas en favor nuestro, que son como la incoación o anticipo de la plenitud de amor que nos tiene preparada. Por eso, fundamentalmente, la Biblia es una historia de salvación , o mejor dicho, la historia de la salvación humana (cfr. Aquí encontrarás una breve historia de la salvación).

Y en el medio de esa historia se alza algo radical: la Cruz de Jesús, seguida de su Resurrección. En efecto, la Cruz es la gran verdad de esa historia: para salvar al mundo, Dios se hace hombre y se deja enclavar en la cruz como un malhechor y al tercer día resucita de entre los muertos. La Encarnación Muerte-Resurrección, o dicho de otro modo, la entera vida del Dios-Hombre, Jesucristo, es, efectivamente, el centro de la Biblia: desde las primeras páginas del Génesis, hasta las últimas del Apocalipsis, todo tiende primero y depende después del «Cordero muerto y resucitado». Y una vez que la Cruz ha sido alzada en las afueras de Jerusalén y en el centro de la historia, ésta y el mundo no pueden tener sentido alguno al margen de esa cruz. En esos momentos la historia de la salvación alcanza su punto culminante. Toda la Biblia confluye ahí. El mensaje de la Biblia es, en su profundidad, incomprensible si se ignora, si no se acepta en la fe el «misterio de Jesús». Antes de Jesús, todo es promesa, preparación, espera. Después, todo es cumplimiento, realidad, aunque también en esperanza y en fe, hasta que llegue la «consumación de los siglos». El había dicho a los fariseos escudriñad las Escrituras porque ellas hablan de mi.

Pero además, la historia bíblica no sólo nos narra episodios de la vida pasada y nos ilustra sobre nuestra situación presente, sino que es también profecía, anuncio de lo que acontecerá en un final o momento y etapa definitiva que ella misma da a conocer. El comienzo de esa historia es la creación del hombre y su inmediata elevación a un estado de justicia y santidad, de felicidad, dramáticamente perdido. Su centro, Cristo. El final es la visión de la futura y escatológica ciudad de Dios. En otras palabras, la revelación de lo que será la humanidad cuando la ejecución del plan salvífico de Dios en Cristo Jesús llegue a su fin. Esta historia bíblica se desarrolla a través del tiempo y del espacio, sin que podamos fijar siempre y exactamente los términos dentro de unas coordenadas.

INTERPRETACIÓN DE LA BIBLIA

La Biblia, en cuanto conjunto de libros dirigidos a los hombres y escritos por hombres, puede ser analizada de acuerdo con las reglas y los métodos de interpretación racional, literaria e histórica, que se usan para acercarse y profundizar en todo documento del pasado. En este aspecto, la Iglesia católica proclama la legitimidad de quien intenta, con los métodos correctos de la ciencia de su tiempo y con el recto espíritu de verdad, escudriñar los valores de la Biblia.

Ahora bien, en cuanto que no es sólo obra humana sino que tiene al mismo Dios como autor principal, la interpretación de la Biblia no se agota, ni mucho menos, con los métodos racionales de investigación, ni éstos son el árbitro supremo de dicha interpretación. Por el contrario, tanto los resultados de la investigación racional, como la aplicación de los propios métodos racionales a la interpretación, deben estar subordinados al juicio último y a la dirección suprema de la Iglesia, la cual, como auténtica depositaria de la Biblia, es el autorizado intérprete de la misma, y el árbitro en definitiva del verdadero sentido de los escritos sagrados, tanto en su conjunto, como por lo que atañe a los diversos pasajes que los integran. Pues, en definitiva, Dios ha dado a la humanidad el sagrado depósito de la Biblia no de una manera indiscriminada, sino como depósito vivo en la Iglesia, para que lo guarde, lo interprete y lo dispense a sus propios hijos y a todos los hombres, con vistas a la salvación eterna.

Por tanto, cuando la Iglesia define el sentido de un pasaje, o un aspecto del sentido total de la Biblia, o condena como errónea alguna interpretación propuesta, su enseñanza debe ser aceptada con la misma fe con que se acepta la Biblia misma: es en efecto el mismo Espíritu Santo que movió a escribir los libros santos el el que asiste a la Iglesia cuando los interpreta.

sábado, 5 de noviembre de 2016

LA BIBLIA Y LA IGLESIA

El Concilio Vaticano II, sobre todo los párrafos 8, 9 y 10 de la Const. dogmática Dei Verbum, resume auténticamente
La doctrina cristiana sobre las íntimas y esenciales relaciones existentes entre la Biblia, la Tradición y Magisterio de la Iglesia, que: «Según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tienen consistencia el uno sin los otros, y que juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas» (Dei Verbum, n. 10).«Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera trasmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del Dios sumo, mandó a los apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio, prometido antes por los profetas, lo completó y promulgó con su propia boca, como fuente de toda verdad salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual fue realizado fielmente, tanto por los apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que había recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu Santo, escribieron el mensaje de la salvación» (Dei Verbum, n° 7).

REVELACIÓN BÍBLICA

LA REVELACIÓN BIBLIA y "otras revelaciones"

Las antiguas culturas de Egipto, de Sumer y Assur, de la India o de Persia, los oráculos de la antigua Grecia, han dejado «textos sagrados» en que, cada uno a su modo, ofrecen diversas manifestaciones, «revelaciones», mensajes, etc., de la divinidad. Un análisis de esos textos, según lo que ellos mismos nos dicen y valorados desde la fe cristiana, nos manifiesta que la palabra “revelación”, en esos casos, ha de entenderse en un sentido lato: es decir, con ella se hace referencia al manifestarse de Dios en la creación, al reflejarse del poder divino en el mundo y en las cosas, percibido por el hombre en el uso normal de su inteligencia, acompañado a veces de experiencias subjetivas (oración intensa, etc.).

En otras palabras, hay una diferencia cualitativa entre lo que ocurre en otras religiones y lo que acontece en Israel, y luego en la Iglesia, que están edificados sobre una Revelación en sentido propio: es decir, no es un mero manifestarse de Dios a través de las cosas creadas, sino un formal hablar de Dios.

En virtud de su designio gratuito y libre Dios se escogió un pueblo para mostrarse a él en una manifestación pura y progresiva, para constituirlo como su verdadero testigo ante toda la humanidad. «Dios, que en diversas ocasiones y de muchos modos habló en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas, en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo…» (Heb 1,1).

En efecto, esta larga revelación, esta milenaria Palabra de Dios a los hombres, ha sido consignada por escrito en los libros de ambos Testamentos. «Este plan de la revelación se realiza con palabras y gestos intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina, y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación de Cristo, que es, a un tiempo, mediador y plenitud de toda la revelación» (Conc. Vaticano II, Const. Dei Verbum n° 2: Nota).

ANEXO: Es de mucho interés, para este punto, recordar lo que dice en el Resumen esquemático de Verbum Domini (1ª parte), pues se trata de un importante y reciente documento magisterial.

División de la Biblia en capítulos y versículos


Los antiguos escribas (sóferim) hebreos dividieron el Antiguo Testamento en versículos (pesúkim); al final de cada libro, hacia los s. VI-VII d.C., los masoretas consignaron el número total de versículos que lo componían (masora finalis). Fuera de esto, antiguamente se recurría a procedimientos variados para citar los pasajes de la Biblia; p. ej., en Mc 12,26 se cita Ex 3,6 diciendo: «en el libro de Moisés, en lo de la zarza...».

Para facilitar las citas se fueron introduciendo en el uso cristiano varias divisiones en párrafos relativamente largos, capítulos (capita, kefálaia). La actual división de la Biblia en capítulos se debe a Stephan Langton hacia 1214, que la introdujo en las copias de la versión latina de la Vulgata en uso entre los estudiosos de la Univesidad de París; de allí se fue propagando hasta ser generalmente admitida en las ediciones impresas en todos los idiomas.

Posteriormente, Sanctes Pagnini dividió cada capítulo en versículos numerados, en la edición latina de la Biblia hecha en Lyon en 1528. Pagnini añadió los números de los versículos al margen de las líneas, pero sólo en los libros protocanónicos de ambos Testamentos; para el Antiguo Testamento siguió las divisiones en versículos hechas ya por los masoretas.

Hacia mediados del mismo s. XVI, Roberto Stephan extendió el sistema a los libros deuterocanánicos. Así surgió la actual división en capítulos y versículos.

La división en capítulos y versículos no es de los autores sagrados y no está inspirada.

Introducción a la Sagrada Escritura

Definiendo
¿A qué llamamos "Biblia"?

Llamamos Biblia o Sagrada Escritura a la colección de libros que «escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales libros inspirados han sido entregados a la Iglesia» (cfr. Conc. Vaticano I, EB n° 62).

En la definición o descripción de la Biblia, se pueden apreciar ya dos características primarias de los libros que la componen:

a) que son divinamente inspirados, y tienen a Dios por autor principal; esto será objeto del trabajo sobre la Inspiración de la SE. Se trata de algo intrínseco al libro y que lo distingue de cualquier otro libro.

b) Y que han sido entregados a la Iglesia: cuáles son en concreto los libros que componen la Biblia, y qué criterios o normas han de aplicarse para reconocerlos, es objeto del trabajo sobre la Canonicidad de la S.E. Se trata de una nota extrínseca en cuanto que es la Iglesia la que al reconocerlos como inspirados los incluye en el depósito de la revelación.

Nombres de la Biblia

El nombre castellano “Biblia” es una transcripción del latín “Biblia”. En latín clásico, “Biblia” era un plural neutro (“los libros“). En la Edad Media, el término “Biblia” fue tratado como singular femenino (“la Biblia“), y fue así como pasó a las lenguas modernas.

Pero a su vez, la voz latina “Biblia” era una transcripción de la griega tú biblía, plural neutro , derivado del singular biblíon, originariamente diminutivo de biblos (= libro, hoja escrita). Tanto el singular Biblíon como su plural biblía perdieron en griego su valor diminutivo, en favor del valor normal, que es el que pasó a las lenguas europeas.

El nombre de “Biblia” se corresponde al hebraico séfer, (cuyo plural es sedarim) que significa = documento(s) escrito(s), libro(s). Nombre con el que ya en el AT designaron los hebreos algunas veces a sus libros sagrados (cfr. Is 34,16; Dan 9,12; 2 Esd 8,8).

Otros nombres dados a la Biblia:

En la antigüedad cristiana se empleó mucho el nombre de Escritura o Sagrada Escritura (o el plural respectivamente), correspondientes a los latinos Scriptura, Sacra Scriptura, Scripturae, Scripturae Sacrae, y a los griegos hé grafé, hé grafé hé hagia, hai grafai hai hagíai.

También ha sido muy usada la fórmula Antiguo y Nuevo Testamento, del latín Vetus et Novum Testamentum, que es traducción de la expresión griega hé palaia kai hé kainé diathéké. Esta fórmula proviene de las dos grandes partes que abarca la Biblia, y se relaciona con el vocablo hebreo berith (= alianza).

Los hebreos llaman normalmente al conjunto de los libros que integran el AT: Thóráh, Neb’Ym y weKethúbim (=Ley, Profetas y Hagiógrafos o Escritos), indicando con ello los tres grandes grupos de libros que lo integran.

Finalmente, los cristianos aplican otros títulos y nombres a la Biblia, como: libros canónicos, libros santos, Sagradas Letras, Palabra de Dios, etc.

Divisiones y parte de la Biblia

Las dos grandes divisiones o partes de la Biblia son Antiguo y Nuevo Testamento; esta división procede de los más antiguos tiempos cristianos.

En total, la Biblia se compone de 73 libros, de los cuales 46 constituyen el Antiguo Testamento y 27 el Nuevo Testamento. Para ver la lista de los 73 libros pinchar enlace: Los Libros de la Biblia. Fue en la Sess. 4a, del 8 abr. 1546 (Denz.Sch. 1502-1503) del Concilio de Trento cuando se propuso el orden usual de libros canónicos en la Iglesia Católica.

El Antiguo Testamento fue dividido por los hebreos en tres partes:

1) Thóráh (=Ley) o Pentateuco porque comprendía los 5 primeros libros
2) Nebi’im (=Profetas), divididos en Nebi’im hare’sonim (=profetas anteriores), que son desde Josué al 4° (=2º) de Reyes, y Nebi’im ha’ajarónim (=profetas posteriores), que comprenden desde Isaías hasta Malaquías.
3) Kethúbim (=Hagiógrafos), o Escritos, que son el resto de los escritos sagrados (Ps, Prv, Iob, Cant, Ruth, Lam, Eccl, Est, Dan, Esd, Neh, 1 y 2 Chro o Par).
Hoy día en la Iglesia la división más corriente es la llamada lógica, porque hace relación especialmente con el contenido de los libros; consta de tres grandes divisiones, que se aplican paralelamente a uno y otro Testamento: históricos, sapienciales (o didácticos) y proféticos.

Antiguo Testamento (46 libros):

  • (Históricos): Pentateuco (5: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) y Libros Históricos (16: Josué, Jueces, Rut, 1-2 Samuel, 1-2 Reyes, 1-2 Crónicas, Esdras, Hehemias, Tobias, Judit, Ester, 1-2 Macabeos)
  • (Didácticos): Libros Poéticos y Sapienciales (7: Job, Salmos, Proverbios, Qohelet, Cantar, Sabiduría y Eclesiastico).
  • (Proféticos): Libros Proféticos (18: Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Baruc, Ezequiel y Daniel; Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías)


Nuevo Testamento (27 libros)

  • (Históricos): Evangelios (4: Mateo, Marcos, Lucas y Juan) y Hechos de los Apóstoles (1)
  • (Didácticos): Cartas de san Pablo (13: Romanos, 1-2 Corintios, Galatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1-2 Tesalonicenses, 1-2 Timoteo, Tito, Filemón) y Carta a los Hebreos (1); Cartas Apostólicas (7: Santiago, 1-2 Pedro, 1-3 Juan y Judas)
  • (Proféticos): Apocalipsis (1)
  • Imagen con los libros del Antiguo Testamento (para ampliar pincha en la imagen)