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martes, 1 de enero de 2019

CERCO DE PROTECCIÓN FAMILIAR

Con alegría les invitamos a comenzar a vivir este 2019
SELLANDO NUESTROS HOGARES con la DIVINA Y PODEROSA
SANGRE DE JESÚS.


La vida de muchas familias
están marcadas por continuas y crudas batallas.
Nuestras familias están siendo asoladas por devastadoras contiendas
Entre nosotros, aquí, en Piedras,
un pequeño ejército de intercesores claman pidiendo que los hogares
se vean libres de las acechanzas del maligno enemigo.
Hoy, como GRAN FAMILIA PIEDRAS VIVAS
queremos hacerlo en comunión,
formando un GRAN CERCO DE PROTECCIÓN

La vida de todo hombre no estará libre de hostilidades, eso lo sabemos. 
Ya la Palabra nos recuerda que el Reino sufre violencia. 
San Pablo nos prepara cuando nos dice que… 
¡nuestra lucha no es con hombres de carne y hueso, sino contra principados, 
Autoridades y poderes que dominan el mundo de las tinieblas!


¡Pero nosotros confiamos!
Somos una raza de guerreros!
¡Nosotros confiamos en el PODER DE LA SANGRE DE CRISTO,
¡Y Estamos dispuestos a dar batalla!



+ En el Nombre del Padre,
+ del Hijo
+ y del Espíritu Santo



Madre de Familia
Señor y Maestro,Te doy gracias por haber tocado mi vida. Mi voz y mi corazón son la voz y el corazón de cada mujer que, hoy pide ser liberada. En este PRIMER DÍA DEL AÑO presento en mi voz el clamor de todas las mujeres de mi familia, la mujeres de cada generación, las mujeres de mi comunidad y las mujeres que son parte de la gran Familia Piedras Vivas. 
Te pido, Señor, que en este día consagrado a Tu Madre, Nuestra Madre del Cielo se nos sea dada la GRACIA DE LA PROTECCIÓN DIVINA.  Que sea renovado y fortalecido nuestro corazón; Renueva nuestro amor de esposas y madres, Nuestro corazón de hijas y hermanas. Otórganos tu auxilio y eso nos basta.

Padre de Familia
Jesús, Divino Salvador,
Te alabo y te Bendigo porque tocaste mi vida.
Mi voz y mi corazón son la voz y el corazón
De cada varón que acude, que se acerca pidiendo Tu Auxilio y Tu Bendición.
El mundo con sus luchas a veces ha endurecido mi corazón,
Te pido que en este día, por los méritos de tus preciosas Llagas,
Muchos varones seamos rescatados
De las oscuras sombras del pecado y sus consecuencias.
Fortalece nuestro corazón y nuestro espíritu.
Otórganos un corazón dócil y manso como el de San José.
Que seamos un lugar de refugio para nuestras esposas,
Para nuestras madres y nuestros hijos.
Otórganos tu auxilio y eso nos basta.

Hijo/(el más joven)
Señor Jesús, mi Señor y mi amigo, Bendita sea tu Presencia Viva que tocó mi vida. Mi voz y mi corazón son la voz y el corazón de cada joven cuyo corazón inquieto te busca.
Te pido que en este nuevo año que comienza, por la Fuerza de Tu Santo Espíritu, Muchos descubramos el poder transformador de Tu Amor. Necesitamos tener tus pensamientos y tus sentimientos, necesitamos ser conducidos porque los engaños del mundo confunden nuestro interior. Danos un mirada limpia, Una fe que no se acomode, Un corazón generoso y valiente. Amén
INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO
Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía Señor tu Espíritu y Seremos creados, y Renovarás la faz de la tierra. ¡Oh Dios!, que has iluminado los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, danos a gustar de todo lo recto según el mismo Espíritu y gozar siempre de sus divinos consuelos. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
Vamos a pedir a Jesús, por los méritos de sus llagas, selle nuestra persona.
Dejemos que la oración sea como un eco en nuestro corazón.

Acto de Renuncia
En tu Nombre, Señor Jesús:
  • Renuncio a todo pecado, a Satanás, a sus fascinaciones y sus seducciones, a sus mentiras y promesas, y a todo ataque de espíritus contra la Palabra de Dios. 
  • Renuncio a cualquier ídolo e idolatría, a la música con mensajes subliminares, al “tablero ouija”, a los maleficios, a la hechicería, a la mente atada, al ocultismo, tormento y todas las expresiones del anticristo.
  • Renuncio a la muerte eterna, a las cargas negativas de los antepasados, a la herencia de enfermedades, a las posesiones y a la maldición con el cáncer.
  • Renuncio a mi intransigencia para perdonar; reniego al odio, al egoísmo, al orgullo, a la soberbia, a la arrogancia, al engaño y celos; a la blasfemia, a la burla, a la mentira, a la angustia, a la amargura, al temor, al rechazo y la discriminación.
  • Renuncio al adulterio, a la lujuria, a la prostitución, a la fornicación, al consumo de pornografía, a la homosexualidad, a los desenfrenos de las mujeres y varones, a la esclavitud. 
  • Renuncio a todo lo que me hizo olvidar la voluntad de Dios Padre, a la ingratitud con mis padres. 
  • Renuncio a la pereza y el bloqueo psicológico, para que Tú puedas entrar en mi ser.
¡Oh María de Guadalupe, Madre Inmaculada, ayúdame a aplastar la cabeza de satanás! Espíritu Santo, guíame para la reparación de todas las faltas que cometí.
Divino Jesucristo, enséñame a amar la voluntad del Padre. Amén, Amén y Amén.

La Sangre de Cristo tiene poder.
Nos cubrimos, protegemos y sellamos con ella.
Lo hacemos recitando en dos coros la oración de Protección

Oración a la sangre de Cristo
  • Señor Jesús, en tu nombre y con el poder de tu sangre preciosa sellamos toda persona, hechos o acontecimientos a través de los cuales el enemigo nos quiera hacer daño.
  • Con el poder de la sangre de Jesús sellamos toda potestad destructora en el aire, en la tierra, en el agua, en el fuego, debajo de la tierra, en las fuerzas satánicas de la naturaleza, en los abismos del infierno, y en el mundo en el cual nos movemos hoy.
  • Con el poder de la sangre de Jesús rompemos toda interferencia y acción del maligno. Te pedimos Jesús que envíes a nuestros Hogares y lugares de trabajo a la Santísima Virgen acompañada de San Miguel, San Gabriel, San Rafael y toda su corte de Santos Ángeles.
  • Con el poder de la sangre de Jesús sellamos nuestra casa, todos los que la habitan, las personas que el Señor enviará a ella, así como los alimentos y los bienes que él generosamente nos envía para nuestro sustento.
  • Con el poder de la sangre de Jesús sellamos tierra, puertas, ventanas, objetos, paredes, pisos y el aire que respiramos, y en fe colocamos un círculo de su sangre alrededor de toda nuestra familia.
  • Con el poder de la sangre de Jesús sellamos los lugares en donde vamos a estar este día, y las personas, empresas o instituciones con quienes vamos a tratar.
  • Con el poder de la sangre de Jesús sellamos nuestro trabajo material y espiritual, los negocios de toda nuestra familia, y los vehículos, las carreteras, los aires, las vías y cualquier medio de transporte que habremos de utilizar.
  • Con tu sangre preciosa sellamos los actos, las mentes y los corazones de todos los habitantes y dirigentes de nuestra patria a fin de que tu paz y tu corazón al fin reinen en ella.
  • Te agradecemos Señor por tu sangre y por tu vida, ya que gracias a ellas hemos sido salvados y somos preservados de todo lo malo.
Amén.

Invocación de la Sangre y del Agua

¡Oh Sangre y Agua!, que brotaste del Corazón de Jesús como manantial de misericordia para nosotros, en Vos Confío (3 veces)


Invocación a San Benito
Oración de Protección a San Benito:
Santísimo confesor del Señor: Padre y jefe de los monjes, intercede por nuestra santidad, por nuestra salud de alma, cuerpo y mente. Destierra de nuestra vida, de nuestra casa, las asechanzas del espíritu maligno. Líbranos de herejías funestas, de las malas lenguas y de toda clase de hechicerías. Pídele al Señor que remedie nuestras necesidades espirituales y corporales. Pídele también para que la Santa Iglesia Católica tenga progreso; y para que mi alma no muera en pecado mortal, para que así confiada en tu poderosa intercesión, pueda algún día en el cielo, cantar las eternas alabanzas. Amén.

Invocación a San Miguel Arcángel
Arcángel San Miguel, defiéndenos en la lucha, ampáranos contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y Tú, Príncipe de la Celestial Milicia, lanza al infierno, con el divino poder a satanás, y a los otros malignos espíritus, que para perdición de las almas, discurren por el mundo. Amén.


Lectura: Romanos 1,18-32

Lectura: Salmo 91 (90)

Lectura: Mateo 5, 27-30

Paso 13
Oración para romper las Murallas Familiares
  • Oh, Padre celestial, en nombre de tu Hijo Nuestro Señor Jesucristo, te pido que el poder que le diste a Josué y a sus compañeros en los muros de Jericó, me sea dado a mi y a todos cuantos hagan esta oración. ¡Te lo ruego, Señor!
  • Jesús, rompe todos los muros de plagas, adquiridas por la boca o por contaminaciones, desde mis antepasados y hasta nuestros días, sobre mí y toda mi familia.
  • Jesús, rompe todos los muros de maldiciones venidas de mis antepasados hasta el día de hoy, sobre mí y toda mi familia.
  • Jesús, rompe todos los muros de egoísmo, de celos, de vicios, sean ellos del origen que sean, que pesan sobre mí y toda mi familia.
  • Jesús, rompe los muros de las peleas, contiendas, disoluciones de casamientos, de familias, de grupos parroquiales, de ministerios y de todo tipo de desunión, que pesan sobre mí y toda mi familia.
  • Jesús, rompe los muros de las dificultades financieras, falta de empleo, problemas en el trabajo, falta de dinero, estafa, préstamos hipotecarios, demandas y todas las dificultades del tipo que sean, que pesan sobre mí y mi familia.
  • Jesús, rompe los muros de enfermedades, del tipo que sean, principalmente del cáncer, leucemia, depresión, sida, asma, alergia, diabetes, hipertensión, lupus, alcoholismo, drogas, prostitución y todo tipo de enfermedades y desviaciones que pesan sobre mí y toda mi familia.
  • Jesús, rompe los muros de los malos pensamientos, iluminaciones, de las falsas religiones, astucia de satanás, que pesan sobre mí y toda mi familia.
  • Jesús, rompe toda acción de satanás en mi vida espiritual y haz que, junto con mi familia, seamos totalmente renovados por tu Sangre derramada en la Cruz.
  • Jesús, rompe todo ocultismo, en mi pasado y en la actualidad, sea este de magia, sortilegio, dependencia, pacto, entrega a entidades sean estas del origen que sean, que pesan sobre mí y toda mi familia.
  • Jesús, rompe todos los muros que impiden la obra de Dios en mi vida y en la de mi familia.
  • Señor te entrego mi vida a Ti, para que haya un nuevo Pentecostés en mí y en mi familia; y yo creo en tu victoria que es también la mía. Amén.

Santo Rosario (misterios dolorosos)
Hoy, Solemnidad de María, Madre de Dios orientamos nuestro corazón orante, nuestra mirada en las situaciones que rompen, quiebran y destruyen el corazón vivo de las familias. Pedimos el derrumbe de todo tipo de violencia, de desamor, de división, de engaño, de tristeza, de angustia, de desesperanza.
  1. Primer Misterio: La oración de Jesús en el Huerto
  2. Segundo Misterio: La flagelación de Jesús atado a la columna
  3. Tercer Misterio: La coronación de espinas
  4. Cuarto Misterio:  Jesús con la cruz a cuestas camino del Calvario
  5. Quinto Misterio: La crucifixión y muerte de Jesús

Oración para romper poderes del mal sobre la familia
  • Que sea destruido, exterminado, neutralizado, todo poder del príncipe de las tinieblas, que viene persiguiendo, perjudicando, esclavizando, dominando a estas personas y situaciones, deseando su ruina espiritual, material; sembrando odio, orgullo, discordia, envidia, celos y rencor. R:/ Sea destruido y quebrado ahora.
  • Sea destruido, exterminado, neutralizado, todo espíritu de desunión en nuestros hogares, que vienen provocando discordia, odio, rencor, desentendimiento, orgullo, chismes y perjuicios. R:/ Sea destruido y quebrado ahora.
  • Sea destruido, quemado, derrumbado, todo y cualquier tipo de trabajo, lanzado, escrito, y/o hecho contra estas personas. R:/ Sea destruido y quebrado ahora.
  • Sea destruido y quemado todo el conocimiento anterior o actual del espiritismo, ocultismo, quimbandas, umbandas, magia blanca, magia negra, control mental, secta satánica, rosa cruz, magicari, nueva era, masonería y todos los grupos que invocan energías siniestras y supersticiones. R:/ Sea destruido y quebrado ahora.
  • Sean destruidos, quemados, exterminados, eliminados todos los dolores, las molestias corporales, mentales, espirituales, las opresiones y persecuciones diabólicas sobre nosotros y nuestra familia. R:/ Sea destruido y quebrado ahora.
  • Sea destruido, aniquilado, quemado, neutralizado, todo el poder del príncipe de este mundo que pesa sobre nosotros y nuestros familiares, y que viene provocando discordia, opresión, tristeza, depresión, angustia, soledad, falsas enfermedades, desunión, miedo, desánimo, envidia, odio, rebeldía, egoísmo, desentendimiento, se acaben en este momento y para siempre. R:/ Sea destruido y quebrado ahora.

Oración de Agradecimiento y cierre
Oración de San Francisco de Asís ante el Cristo de San Damián
Oh alto y glorioso Dios. Ilumina las tinieblas de mi corazón.Dame Fe reta, Esperanza cierta y Caridad perfecta.Sentido y conocimiento Señor,Para que cumpla tu Santo y veraz mandamiento.
L:/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
R:/ Como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los Siglos. Amén.

L:/ Nuestra Señora de Guadalupe
R:/ Ruega por nosotros

L:/ San Miguel Arcángel
R:/ Ruega por nosotros

L:/ San Benito Abad.
R:/ Ruega por nosotros

+ En el nombre del Padre,
+ y del Hijo
+ y del Espíritu Santo. Amén.

domingo, 26 de agosto de 2018

Es Jesús quien viene a los pobres

VIAJE APOSTÓLICO DEL PAPA FRANCISCO
A IRLANDA PARA EL IX ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS
(25-26 DE AGOSTO DE 2018)
VISITA AL CENTRO DE ACOGIDA PARA FAMILIAS SIN HOGAR
SALUDO DEL SANTO PADRE
Centro de acogida de los padres capuchinos, Dublín
Sábado, 25 de agosto de 2018


Querido hermano, querido obispo, queridos hermanos capuchinos, y todos ustedes, hermanos.

Usted [el padre capuchino que hizo la presentación] dijo que los capuchinos son conocidos como los frailes del pueblo, cercanos a la gente, y esto es cierto. Y si a veces alguna comunidad capuchina se aleja del pueblo de Dios, se cae. Vosotros tenéis una armonía especial con el pueblo de Dios, sobre todo, con los pobres. Tenéis la gracia de contemplar las heridas de Jesús en las personas necesitadas, en aquellas que sufren, que no son felices o que no tienen nada, o que están llenas de vicios y defectos. Para vosotros es la carne de Cristo. Este es vuestro testimonio y la Iglesia necesita este testimonio. Gracias.

Otra cosa, después os hablaré a vosotros [dirigiéndose a los pobres]. Otra cosa que usted dijo y que me tocó el corazón: que aquí no pedís nada. Es Jesús quien viene [a los pobres]. No pidáis nada. Aceptad la vida tal como es, dad consuelo y, si es necesario, perdonad. Esto me hace pensar —como un reproche— a los sacerdotes que, en cambio, viven haciendo preguntas sobre la vida de la gente y en la confesión escarban, escarban, escarban en la conciencia. Vuestro testimonio enseña a los sacerdotes a escuchar, a estar cerca, a perdonar y a no preguntar demasiado. Ser sencillos, como Jesús dijo que hizo aquel padre cuando el hijo regresó lleno de pecados y vicios. El Padre no se sentó en el confesionario para preguntarle, preguntarle, preguntarle; aceptó el arrepentimiento de su hijo y lo abrazó. Que vuestro testimonio al pueblo de Dios, y este corazón capaz de perdonar sin causar sufrimiento, llegue a todos los sacerdotes. Gracias.

Y vosotros, queridos hermanos y hermanas, gracias por el amor y la confianza que tenéis con los padres capuchinos. Gracias por venir con confianza. Os diré una cosa: ¿Sabéis por qué venís con confianza? Porque os ayudan sin quitaros la dignidad. Para ellos, cada uno de vosotros es Jesucristo. Gracias por la confianza que nos dais. Vosotros sois la Iglesia, sois el pueblo de Dios. Jesús está con vosotros. Ellos os dan las cosas que necesitáis, pero escuchad los consejos que ellos os dan: siempre os aconsejarán bien. Y si tenéis algo, alguna duda, algo de dolor, hablad con ellos, y ellos os aconsejarán bien. Sabéis que os quieren, de lo contrario, esta obra no estaría aquí. Gracias por vuestra confianza. Y una última cosa: rezad. Rezad por la Iglesia; rezad por los sacerdotes; rezad por los capuchinos; rezad por los obispos, por vuestro obispo; y rezad también por mí... Me permito pediros un poco. Rezad por los sacerdotes, no lo olvidéis.

¡Muchas gracias! Ahora cada uno de vosotros que entre en su corazón y piense en sus seres queridos, porque daré la bendición también a ellos, a vosotros y a ellos. Y demos un paso más: si alguien de vosotros tiene un enemigo o alguien a quien no quiere, ponerlo también en vuestro corazón, para que reciba la bendición.

Que Dios os bendiga a todos, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Muchas gracias.

Ninguna familia crece si olvida sus propias raíces

VIAJE APOSTÓLICO DEL PAPA FRANCISCO
A IRLANDA PARA EL IX ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS
(25-26 DE AGOSTO DE 2018)
VISITA A LA CATEDRAL
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Procatedral de Santa María, Dublín
Sábado, 25 de agosto de 2018


Buenas tardes.
Queridos amigos:

Me alegro de poder encontraros en esta histórica pro-catedral de Santa María, que durante estos años ha visto innumerables celebraciones del sacramento del matrimonio. Cuando os miro a vosotros, tan jóvenes, me pregunto: pero, entonces, ¿no es cierto lo que dicen, que los jóvenes no quieren casarse? ¡Gracias! Casarse y compartir la vida es algo hermoso. Hay un dicho español que dice así: “dolor compartido es medio dolor; alegría compartida es doble alegría”. Este es el camino del matrimonio. Cuánto amor se ha manifestado, cuántas gracias se han recibido en este sagrado lugar. Agradezco al arzobispo Martin su cordial bienvenida. Estoy particularmente contento de estar con vosotros, parejas de novios y esposos que os encontráis en distintas fases del itinerario del amor sacramental.

Es bonito escuchar también esa música que viene de ahí: los niños que lloran... Esa es una esperanza, es la música más hermosa; aún más que la más bella predicación, escuchar el llanto de un niño, porque es el grito de esperanza, de que la vida sigue, la vida continúa, que el amor es fecundo. Ver a los niños... Pero he saludado también a una persona anciana. Se necesita también mirar a los ancianos, porque las personas mayores están llenas de sabiduría. Escuchar a los ancianos: “¿Cómo ha sido tu vida?”. Esto me ha gustado, que habéis sido vosotros [se dirige al matrimonio anciano que habló en primer lugar] a empezar, después los de 50 años de matrimonio, porque tenéis mucha experiencia para compartir. El pasado y el futuro confluyen en el presente. Ellos, los viejos —permitidme la palabra: los viejos, the old— tienen la sabiduría. Incluso las suegras tienen sabiduría... [ríen]. Y los niños deben escuchar la sabiduría, vosotros jóvenes tenéis que escuchar la sabiduría y hablar con ellos para seguir adelante, porque ellos son las raíces. Ellos son las raíces, y vosotros tomáis de las raíces para continuar adelante. Esto seguro que lo diré más adelante, pero me mueve decirlo desde el corazón.

De modo especial, como he dicho, agradezco el testimonio de Vincent y Teresa, que nos han hablado de su experiencia de 50 años de matrimonio y de vida familiar. Gracias por las palabras de ánimo como también por los desafíos que habéis expuesto a las nuevas generaciones de recién casados y de novios, no solo de aquí, en Irlanda, sino del mundo entero. Ellos no serán como vosotros, serán diferentes. Sin embargo, tienen necesidad de vuestra experiencia para ser diferentes, para ir más allá. Es muy importante escuchar a los ancianos, a los abuelos. Tenemos mucho que aprender de vuestra experiencia de vida matrimonial sostenida cada día por la gracia del sacramento. Deseo preguntaros: ¿Os habéis peleado mucho? Pero, ¡esto hace parte del matrimonio! Un matrimonio que no riñe es un poco aburrido… [ríen]. Pero hay un secreto: pueden volar también los platos, pero el secreto está en hacer las paces antes de que termine el día. Y para hacer las paces no es necesario un discurso, basta una caricia, y así se hacen las paces. ¿Y sabéis por qué es importante? Porque si no se hacen las paces antes de acostarse, la “guerra fría” del día siguiente es demasiado peligrosa, empieza el rencor... Sí, pelead lo que queráis, pero por la noche se haced las paces. ¿De acuerdo? No lo olvides, vosotros jóvenes. Creciendo juntos en esta comunidad de vida y de amor, vosotros habéis experimentado muchas alegrías y, ciertamente, también muchos sufrimientos. Junto con todos los matrimonios que han recorrido un largo trecho en este camino, sois los guardianes de nuestra memoria colectiva. Tenemos siempre necesidad de vuestro testimonio lleno de fe. Es un recurso maravilloso para las jóvenes parejas, que miran al futuro con emoción y esperanza… y, también, puede que con un poquito de inquietud: ¿Cómo será este futuro?

Agradezco también a las parejas jóvenes que me han dirigido algunas preguntas con franqueza. No es fácil responder a estas preguntas. Denis y Sinead están a punto de embarcarse en un viaje de amor que según el proyecto de Dios lleva consigo un compromiso para toda la vida. Han preguntado cómo pueden ayudar a otros a comprender que el matrimonio no es simplemente una institución sino una vocación, una vida que va adelante, una decisión consciente y para toda la vida, a cuidarse, ayudarse y protegerse mutuamente.

Ciertamente debemos reconocer que hoy no estamos acostumbrados a algo que dure realmente toda la vida. Vivimos en una cultura de lo provisional; no estamos acostumbrados. Si siento que tengo hambre o sed, puedo nutrirme, pero mi sensación de estar saciado no dura ni siquiera un día. Si tengo un trabajo, sé que podría perderlo aun contra mi voluntad o que podría verme obligado a elegir otra carrera diferente. Es difícil incluso estar al día en el mundo de hoy, pues todo lo que nos rodea cambia, las personas van y vienen en nuestras vidas, las promesas se hacen, pero con frecuencia no se cumplen o se rompen. Puede que lo que me estáis pidiendo en realidad sea algo todavía más fundamental: “¿No hay nada verdaderamente importante que dure?”. Esta es la pregunta. Parece que nada hermoso, ni precioso dura. “¿Pero es verdad que nada precioso que pueda durar? ¿Ni siquiera el amor?”. Y está la tentación de que ese “para toda la vida”, que vosotros os diréis el uno al otro, se transforme y muera con el tiempo. Si el amor no se hace crecer con el amor, dura poco. Ese “para toda la vida” es un compromiso para hacer crecer el amor, porque en el amor no existe lo provisional. Si no se llama entusiasmo, se llama, no sé, encanto, pero el amor es definitivo, es un “yo” y un “tú”. Como decimos, es “mi media naranja”: tú eres mi media naranja, yo soy tu media naranja. El amor es así: todo y para toda la vida. Es fácil caer prisioneros de la cultura de lo efímero, y esta cultura ataca las raíces mismas de nuestros procesos de maduración, de nuestro crecimiento en la esperanza y el amor. ¿Cómo podemos experimentar, en esta cultura de lo efímero, lo que es verdaderamente duradero? Esta es una pregunta seria: ¿Cómo podemos experimentar, en esta cultura de lo efímero, lo que es verdaderamente duradero?

Lo que quisiera deciros es esto. Entre todas las formas de la fecundidad humana, el matrimonio es único. Es un amor que da origen a una vida nueva. Implica la responsabilidad mutua en la trasmisión del don divino de la vida y ofrece un ambiente estable en el que la vida nueva puede crecer y florecer. El matrimonio en la Iglesia, es decir el sacramento del matrimonio, participa de modo especial en el misterio del amor eterno de Dios. Cuando un hombre y una mujer cristianos se unen en el vínculo del matrimonio, la gracia de Dios los habilita a prometerse libremente el uno al otro un amor exclusivo y duradero. De ese modo su unión se convierte en signo sacramental —esto es importante: el sacramento del matrimonio— se convierte en signo sacramental de la nueva y eterna alianza entre el Señor y su esposa, la Iglesia. Jesús está siempre presente en medio de ellos. Los sostiene en el curso de la vida, en su recíproca entrega, en la fidelidad y en la unidad indisoluble (cf. Gaudium et spes, 48). El amor de Jesús para las parejas es una roca, es un refugio en los tiempos de prueba, pero sobre todo es una fuente de crecimiento constante en un amor puro y para siempre. Haced apuestas serias, para toda la vida. Arriesgad. Porque el matrimonio es también un riesgo, pero es un riesgo que vale la pena. Para toda la vida, porque el amor es así.

Sabemos que el amor es lo que Dios sueña para nosotros y para toda la familia humana. Por favor, no lo olvidéis nunca. Dios tiene un sueño para nosotros y nos pide que lo hagamos nuestro. No tengáis miedo de ese sueño. Soñad a lo grande. Custodiadlo como un tesoro y soñadlo juntos cada día de nuevo. Así, seréis capaces de sosteneros mutuamente con esperanza, con fuerza, y con el perdón en los momentos en los que el camino se hace arduo y resulta difícil recorrerlo. En la Biblia, Dios se compromete a permanecer fiel a su alianza, aun cuando lo entristecemos y nuestro amor se debilita. ¿Qué dice Dios a su pueblo en la Biblia? Escuchad bien: «Nunca te dejaré ni te abandonaré» (Hb 13,5). Y vosotros, como marido y mujer, ungiros mutuamente con estas palabras de promesa, cada día por el resto de vuestras vidas. Y no dejéis nunca de soñar. Repetid siempre en el corazón: «Nunca te dejaré ni te abandonaré».

Stephen y Jordan están recién casados y han preguntado algo muy importante: cómo pueden los padres trasmitir la fe a los hijos. Sé que aquí en Irlanda la Iglesia ha preparado cuidadosamente programas de catequesis para educar en la fe dentro de las escuelas y de las parroquias. Pero el primer y más importante lugar para trasmitir la fe es el hogar: se aprende a creer en el hogar, a través del sereno y cotidiano ejemplo de los padres que aman al Señor y confían en su palabra. Ahí, en el hogar, que podemos llamar la «iglesia doméstica», los hijos aprenden el significado de la fidelidad, de la honestidad y del sacrificio. Ven cómo mamá y papá se comportan entre ellos, cómo se cuidan el uno al otro y a los demás, cómo aman a Dios y a la Iglesia. Así los hijos pueden respirar el aire fresco del Evangelio y aprender a comprender, juzgar y actuar en modo coherente con la fe que han heredado. La fe, hermanos y hermanas, se trasmite alrededor de la mesa doméstica, en el hogar, en la conversación ordinaria, a través del lenguaje que solo el amor perseverante sabe hablar. No olvidéis nunca, hermanos y hermanas: la fe se transmite en dialecto. El dialecto del hogar, el dialecto de la vida doméstica, ahí, en la vida de familia. Pensad a los siete hermanos Macabeos. Cómo la madre les hablaba “en dialecto”; es decir, lo que habían aprendido desde pequeños sobre Dios. Es más difícil recibir la fe —se puede hacer, pero es más difícil— si no ha sido recibida en la lengua materna, en el hogar, en dialecto. Me siento tentado de hablar de una experiencia personal, de pequeño. Si sirve la digo. Recuerdo una vez —tendría cinco años— que entré a la casa y allí, en el comedor, mi padre llegaba del trabajo en ese momento, antes que yo, y vi a mi padre y a mi madre que se daban un beso. Nunca lo olvido. Qué hermoso. Él estaba cansado del trabajo, pero tuvo fuerzas para manifestar su amor a su mujer. Que vuestros hijos os vean así, que os acariciéis, os deis besos, os abracéis; esto es muy hermoso, porque aprenden así este dialecto del amor, y la fe, es este dialecto del amor.

Por tanto, es importante, rezad juntos en familia, hablad de cosas buenas y santas, y dejad que María nuestra Madre entre en vuestra vida, la vida familiar. Celebrad las fiestas cristianas. Que vuestros hijos sepan qué es una fiesta en familia. Vivid en profunda solidaridad con cuantos sufren y están al margen de la sociedad, y que los hijos aprendan. Otra anécdota. Conocí una mujer que tenía tres hijos, de siete, cinco y tres años más o menos; eran buenos esposos, tenían mucha fe y enseñaban a sus hijos a ayudar a los pobres, porque ellos los ayudaban mucho. Y una vez estaban almorzando, la mamá con los tres hijos, el papá estaba trabajando. Llaman a la puerta, y el mayor va a abrir, después vuelve y dice: “Mamá, es un pobre que pide comida”. Estaban comiendo un filete a la milanesa, rebozado —son muy buenos— [ríen]. Y la mamá pregunta a los hijos: “¿Qué hacemos?”. Todos los tres: “Sí, mamá, dale algo”. Había también algunos filetes que habían sobrado, pero la mamá tomó un cuchillo y comenzó a cortar por la mitad cada uno de los que tenían los hijos. Y los hijos dicen: “No, mamá, dale esos, no los nuestros”. “Ah, no: a los pobres se les da de lo tuyo, no de lo que sobra”. Así esa mujer de fe enseñó a sus hijos a dar a los pobres de lo propio. Pero todas estas cosas se pueden hacer en casa, cuando hay amor, cuando hay fe, cuando se habla ese dialecto de fe. En fin, vuestros hijos aprenderán de vosotros el modo de vivir cristiano; vosotros seréis sus primeros maestros en la fe, los transmisores de la fe.

Las virtudes y las verdades que el Señor nos enseña no siempre son estimadas por el mundo de hoy —a veces, el Señor pide cosas que no son populares— el mundo de hoy tiene poca consideración por los débiles, los vulnerables y todos aquellos que considera “improductivos”. El mundo nos dice que seamos fuertes e independientes; que no nos importen los que están solos o tristes, rechazados o enfermos, los no nacidos o los moribundos. Dentro de poco iré privadamente a encontrarme con algunas familias que afrontan desafíos serios y dificultades reales, pero los padres capuchinos les dan amor y ayuda. Nuestro mundo tiene necesidad de una revolución del amor. La “tormenta” que vivimos es sobre todo de egoísmo, de intereses personales… el mundo necesita de una revolución del amor. Que esta revolución comience desde vosotros y desde vuestras familias.

Hace algunos meses alguien me dijo que estamos perdiendo nuestra capacidad de amar. Estamos olvidando de forma lenta pero inexorablemente el lenguaje directo de una caricia, la fuerza de la ternura. Parece que la palabra ternura haya sido eliminada del diccionario. No habrá una revolución de amor sin una revolución de la ternura. Que, con vuestro ejemplo, vuestros hijos puedan ser guiados para que se conviertan en una generación más solícita, amable y rica de fe, para la renovación de la Iglesia y de toda la sociedad irlandesa.

Así vuestro amor, que es un don de Dios, ahondará todavía más sus raíces. Ninguna familia puede crecer si olvida sus propias raíces. Los niños no crecen en el amor si no aprenden a hablar con sus abuelos. Por tanto, dejad que vuestro amor eche raíces profundas. No olvidemos que «lo que el árbol tiene de florido/ vive de lo que tiene sepultado» (F. L. Bernárdez, soneto Si para recobrar lo recobrado). Así dice una poesía argentina, permitidme la publicidad.

Que, junto con el Papa, todas las familias de la Iglesia, representadas esta tarde por parejas ancianas y jóvenes, puedan agradecer a Dios el don de la fe y la gracia del matrimonio cristiano. Por nuestra parte, nos comprometemos con el Señor a trabajar por la venida de su reino de santidad, justicia y paz, con la fidelidad a las promesas que hemos hecho y con la constancia en el amor.

Gracias por este encuentro.

Y ahora, os invito a rezar juntos la oración por el Encuentro de las familias. Después os daré la bendición. Y os pido que recéis por mí, no lo olvidéis.

sábado, 30 de junio de 2018

Lo que un padre católico debe enseñar a su hijo

El Papa Francisco dijo en su Exhortación Apostólica La alegría del amor: “La educación de los hijos debe estar marcada por un camino de transmisión de la fe, que se dificulta por el estilo de vida actual, por los horarios de trabajo, por la complejidad del mundo de hoy donde muchos llevan un ritmo frenético para poder sobrevivir. Sin embargo, el hogar debe seguir siendo el lugar donde se enseñe a percibir las razones y la hermosura de la fe, a rezar y a servir al prójimo”.


Así que tenemos una inmensa misión con nuestros hijos, por eso estas ideas de Andrés D' Angelo, caen como ¡anillo al dedo! Andrés es escritor, experto en formación, consejería familiar y padre de familia. Él explica que los padres debemos enseñar a nuestros hijos “que ellos tienen otro Padre, en el Cielo, que los ama y los espera para amarlos para toda la eternidad. Esa enseñanza no es en una ´clase de catecismo´ (cuando cumplan la edad adecuada para entenderlo), no, es una enseñanza que comienza el día que nacen y termina el día que ellos mismos encuentren su camino hacia Dios, y se lo enseñen a la vez a sus hijos, naturales o espirituales. Y pienso que esa enseñanza sobre quién es Dios, tiene que concretarse en algunas cosas que ellos tienen que aprender sí o sí de papá y mamá”. 

Así que a continuación compartimos las ideas que Andrés D' Angelo junto a su esposa, les transmiten a sus hijos para que conozcan a su verdadero Padre:

1. Dios es amor

Esto se aprende viendo amor verdadero, como el que tienen mamá y papá. El amor de mamá y papá da la vida y Dios es una comunidad de amor que da toda vida. De la ternura de mamá se aprende la misericordia divina, y de la firmeza de papá, la justicia divina. Pero sobre todo se aprende que Dios no deja de amarnos nunca, no importa qué difíciles se pongan las circunstancias.

2. La religión es una relación de amor

Así como mamá y papá aman a sus hijos, así Dios nos ama. Pero para tener una relación de amor, es necesario hablar con el Amado, contarle tus problemas y agradecerle tus alegrías. La religión no es una fría lista de prohibiciones, sino una historia de amor hermosa que hay que cultivar todos los días.

3. Sigues a Cristo

Muchas veces vamos a la iglesia porque hay un gran sacerdote, una monjita buenísima o un consagrado que es un campeón y te trata con cariño. Pero hay dificultades y esos “referentes” nos pueden fallar porque son humanos. No seguimos al sacerdote, a la monjita o al consagrado. Seguimos a Jesús, que nunca falla.

4. Hay gente que no ama a Dios

Y hay gente que lo odia. No han llegado a relacionarse con este Padre Amoroso, porque no han aprendido a amar o porque no les han enseñado que Dios es amor. Hay que escucharlos, comprenderlos y convertirse uno mismo en testimonio del amor de Dios.

5. Puedes dudar

¡Por supuesto que la fe admite la duda! Las dudas sobre la fe siempre se tienen que aceptar y agradecer porque nos permiten profundizar un poco más en esa relación de amor que tenemos con nuestro Padre del Cielo. Todos tenemos dudas, todos tenemos derecho a preguntar y a comprender mejor a Dios. Lo mejor de todo es que ese conocimiento nunca termina, porque Dios es infinito amor.

6. Siempre puedes volver a casa

“Dios no se cansa de perdonarnos”, dijo el Papa Francisco. Y verdaderamente no se cansa. ¿Caíste? ¡Levántate! ¿Volviste a caer? ¡Vuelve a levantarte! ¿Te sientes mal por la caída? ¡Dios te ama por tus “levantadas”! ¿No te puedes levantar? ¡Pídele ayuda a tu Padre! ¡Él ama ayudarte y lo alegras con cada una de tus oraciones!

7. La Iglesia somos nosotros
Los edificios son parroquias, catedrales, capillas, etc. Pero la Iglesia somos todos. Especialmente los más pecadores. Muchos grandes santos comenzaron siendo grandes pecadores y encontraron misericordia en la Iglesia se convirtieron en grandes santos. Es importante alegrarnos, como en el Cielo, por cada pecador que se arrepiente y no por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia.

8. No todo es tan sencillo como parece

Como la Iglesia está formada por pecadores, yo el primero, hay que comprender a la gente antes que juzgarla. Dios actúa en modos misteriosos y pone pruebas a la gente de las que no podemos saber nada. Nuestro primer deber es estar, como decía San Francisco, “más prestos a consolar que a ser consolados”, porque no todas las preguntas tienen una respuesta simple y directa.

9. Dios no se deja ganar en generosidad

Cuando somos mezquinos, Dios es generoso. Pero cuando somos generosos, Dios es mucho más generoso. Claro que no siempre su generosidad se traduce en bienes materiales, sino en abundancia de dones espirituales. El Papa Francisco dijo que Dios es tan generoso que su generosidad da miedo, y es que a veces nos asustamos por tanta generosidad, y tememos donarnos a Dios, porque Él es mucho más generoso.

10. Dios no siempre está a la vista

Muchas veces Dios juega “a las escondidas”. Es que muchas veces buscamos los consuelos de Dios y no al Dios de los consuelos. Y entonces Dios se esconde, porque es un Dios celoso y no quiere que lo busquemos por los beneficios que nos da, sino por amor verdadero. Si nos pasa que no vemos la mano de Dios en nuestras vidas, es tal vez porque nos alejamos de su amor. ¡Hay que volver a Dios!

miércoles, 2 de mayo de 2018

La sanación en las familias

La historia de José y sus hermanos
Todos queremos tener buenas relaciones y llevarnos bien con los demás, especialmente en nuestras familias. 


Pero por mucho que lo queramos, la verdad es que somos seres imperfectos y tarde o temprano terminamos por hacer daño precisamente a aquellos que más queremos y nuestros seres queridos también nos hacen daño de una u otra forma en alguna ocasión. Es común que así suceda. En realidad, estamos contaminados y manchados por el pecado y vivimos en un mundo lleno de tentaciones. Por eso, no debería sorprendernos que a veces digamos o hagamos cosas hirientes, o cuando alguien nos hiere a nosotros.

Relaciones conflictivas. Si hubiera que seleccionar una historia de la Biblia que hable de dificultades en las relaciones familiares, probablemente el caso de José y sus hermanos estaría en los primeros lugares. Es una historia de celos, orgullo, mentira, intentos de asesinato y engaño, ¡y todo esto en una familia piadosa! Los personajes principales (hijos de Jacob y bisnietos de Abraham y Sara) eran parte de una familia muy favorecida por el Señor. Entonces, ¿cómo pudieron estos hermanos ser tan crueles con uno de ellos mismos? ¿Y qué puede enseñarnos esta historia acerca de la necesidad de protegernos contra las envidias y las rivalidades en nuestras propias familias?

La historia comienza diciéndonos que Jacob amaba a José más que a sus otros hijos (Génesis 37, 3), de hecho lo favorecía tanto que le regaló una hermosa túnica nueva. Como era de esperar, los hermanos se sintieron envidiosos y comenzaron a hablar en contra de él. Conforme se desarrolla la historia, vemos que Jacob tuvo que pagar un precio muy alto por demostrar favoritismo con uno de sus hijos y por no fijarse en que los otros se resentían cada vez más con José.

Pero la culpa no era sólo de Jacob; el propio José fue quien provocó parte del problema. Tuvo varios sueños que le llevaron a creer que estaba destinado a ser grande y que todos sus familiares le harían reverencia. Como comenzó a jactarse de sus sueños, Jacob lo reprendió, pero la corrección no fue suficiente y llegó demasiado tarde. El daño ya estaba hecho y los hermanos conspiraron contra José. Lo capturaron y lo vendieron como esclavo a unos viajeros que iban a Egipto, diciéndole luego a su padre que una bestia salvaje lo había matado.

En este relato se ve claramente que la envidia es muy nefasta. Es, en realidad, una advertencia a los padres de familia de no preferir a un hijo antes que a otro, sea de verdad o lo que perciben los niños. Es también una advertencia a los padres y esposos de que sean conscientes de las señales de rivalidad que puedan surgir en sus matrimonios y familias. Si no se atienden desde el principio estas rivalidades, llegarán a causar heridas emocionales que se traducirán en actitudes de desconfianza, prejuicio, celos y resentimientos. Los hermanos de José se dejaron llevar por la envidia y el afán de venganza y esto los llevó a actuar de un modo irrazonable y abusivo.

Controlar los pensamientos. Estas situaciones tienen varias manifestaciones, tales como mal genio, engaño, arrogancia, celos, egoísmo, cólera y deseos de venganza. Comienzan cuando el niño empieza a demostrar pequeñas molestias, actitudes negativas y prejuicios contra los demás o contra la vida en general, y si no se les pone atajo desde temprano, pueden llegar a dominarlo y controlar sus pensamientos. Pueden incluso llevarlo a tomar decisiones precipitadas e irracionales que no hacen más que aislarlo. Los hermanos de José son un buen ejemplo de como sucede esto. Desde un punto de vista lógico, sería difícil decir que la parcialidad del padre y los sueños del hijo preferido justificaron los instintos asesinos y la trata de personas, pero las actitudes de los hermanos y lo que ellos suponían acerca de José los llevaron a actuar irracionalmente.

La historia de José y sus hermanos nos ayuda a entender algo de lo que sucede en el razonamiento de las personas, y nos podemos preguntar: ¿Tengo yo alguna herida del pasado que sigue abierta en mi corazón? ¿Recuerdo con frecuencia aquella herida y me cuesta quitármela del pensamiento? ¿Me doy cuenta de que a veces pienso o actúo de un modo un tanto ilógico? Si las respuestas son afirmativas, es hora de pedirle al Señor que nos cure de las heridas emocionales y recuerdos dolorosos del pasado. Lo mejor que podemos hacer es tratar de perdonar a quienes nos hayan hecho daño y pedirle a Cristo Jesús que nos sane de todo trauma, de modo que cuando recordemos el pasado ya no nos cause dolor.

Resultados del pecado ajeno. José tras ser vendido como esclavo a Potifar, un alto funcionario egipcio, su buen trabajo y la cortesía de su conducta le ayudaron a granjearse el favor de su amo, al punto de que llegó a ser el administrador de todos sus bienes. Sin embargo, la buena estrella se le vino abajo cuando la esposa de su amo lo acusó falsamente de intentar seducirla. Potifar, enfurecido, metió a José al calabozo.

Esta última desgracia bien pudo haber sido la gota que colmó el vaso para José. Primero, tuvo que lidiar con la traición de sus hermanos; luego el trauma de verse separado de su familia y, peor aún, verse privado de la libertad al convertirse en esclavo. Pero ahora lo acusaban falsamente y su amo —que supuestamente le había tomado afecto— suponía lo peor y lo enviaba a la cárcel. José era un hombre bueno y honesto, pero todas estas injusticias sin duda lo dejaron marcado. ¿Cómo podía volver a confiar en alguien? Después de todo, ¿era cierto que Dios se preocupaba de él?

Pero esto no fue todo lo que sucedió. En vez de que estas injusticias lo convirtieran en un hombre resentido y desconfiado, José no dejó de fiarse de la protección de Dios, y el Señor lo cuidó; por su fidelidad, el Altísimo le curó los traumas y malos recuerdos del pasado (Génesis 39 a 42).

Bajo una nube de culpabilidad. Después de un tiempo y tras una serie de sucesos milagrosos, José salió del calabozo y llegó a ser el ministro principal del Faraón. José, el preso, pasó a ser José, el jefe. Cuando una gran hambruna azotó la región, los hermanos de José vinieron a Egipto a comprar alimento para sus familias, y esto los condujo directamente a su hermano menor, pero no lo reconocieron; José en cambio sí los reconoció.

Ahora José estaba en situación de ventaja, y después de todo lo que le había sucedido, uno pensaría que trataría de vengarse, tal vez humillando a sus hermanos o negándose a venderles alimento. Pero, por gracia de Dios, José no se dejó dominar por el resentimiento y en lugar de venganza, buscó la reconciliación, porque vio que toda la situación era parte de la providencia de Dios, como les dijo más tarde: “Fue Dios quien me mandó a este lugar, y no ustedes” (Génesis 45, 8).

A su vez, los hermanos de José seguían llevando el peso de una conciencia culpable. Sabían que habían actuado con maldad y el recuerdo de sus pecados los mantenía atados con cadenas de temor y remordimiento, al punto de que estaban siempre viendo que pronto les llegaría el justo castigo. ¡Por qué no habrían actuado pronto para corregir sus faltas! ¡Por qué no habrían reconocido sus pecados, dicho la verdad a Jacob e intentado rescatar a José! Pero no lo hicieron y por eso vivieron muchos años bajo el peso insoportable y las fuertes ataduras de una conciencia culpable.

La liberación es posible. La historia de José y sus hermanos pone de relieve muchos de los errores y pecados que causan traumas profundos en nuestras relaciones personales y familiares: arrogancia, envidia, resentimiento y engaño, para nombrar sólo unos cuantos. También nos dice que por muy dolorosos que sean los daños sufridos, nuestro Padre divino quiere sanarnos, curarnos todas las heridas y librarnos de todo resentimiento y desconfianza.

Seamos quienes seamos, todos hemos sido heridos emocionalmente; a todos nos han dañado o tratado injustamente en una u otra ocasión, y algunas de estos traumas pueden ser profundos o superficiales, pero sea cual sea nuestra situación, todos podemos aprender de José. Él mantuvo siempre la mirada fija en Dios, su Salvador, y el Señor le ayudó a perdonar a sus hermanos y traer reconciliación a su familia.

Cuando Jesús inició su vida pública, anunció que Dios lo había enviado a “llevar la buena noticia a los pobres… a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4, 18). Estas son promesas que sin duda podemos aplicar en nuestras relaciones personales y decidirnos a actuar para buscar la curación de las heridas del pasado, procurar la reconciliación y encontrar salud y libertad. Sí, a veces esto requiere mucho tiempo, a veces toda la vida. Pero Dios estará siempre con nosotros a lo largo del proceso, ayudándonos a perdonar y no perder la esperanza. Así como Dios bendijo a José, también te bendecirá a ti, hermano, si se lo pides de corazón.

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En virtud de la sacramentalidad de su matrimonio, los esposos quedan vinculados uno a otro de la manera más profundamente indisoluble. Su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia. (Exhortación apostólica Familiaris Consortio, 13)

jueves, 12 de octubre de 2017

Oración de liberación de la casa

+En nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. Amén!











Padre de infinita bondad, estoy consagrándote mi casa, este lugar en que vivo junto a mis familiares.

Muchas casas se vuelven un lugar de peleas, de disputas por herencias, de deudas financieras, llantos y sufrimientos. Algunas son escenarios de adulterio, otras se transforman en un lugar de odio, venganza, prostitución, pornografía, robos, tráfico de drogas, falta de respeto, enfermedades graves, enfermedades psicológicas, agresividad, muertes y abortos.

A veces, mientras la casa es construida, alguien, por los más diversos motivos, maldice a los dueños o a los materiales de construcción usados. Eso no es bueno para el lugar en que vivimos. Por eso te pido, Señor, retira todo eso de mi hogar.

Si el terreno, en el cual está la casa, fue motivo de disputas judiciales y herencias mal resueltas, que puede haber generado muertes, accidentes, violencias y agresividad, te pido Señor que nos bendigas y apartes de nosotros todo ese mal.

Sé que el enemigo se aprovecha de esas situaciones para instalar su cuartel general, pero también sé que Tú tienes el poder de expulsar de aquí todo mal. Por eso, pido que el demonio vaya directamente a tus pies y no regrese más a esta casa.

Hoy tomé la decisión de consagrar esta casa a Ti. Te pido que, asi como fuiste a la casa de los novios de Caná de Galilea y realizaste allí tu primer milagro, vengas hoy a mi casa y expulses todo mal que pueda estar arraigado y las posibles maldiciones impregnadas en ella.

Por favor, Cristo Señor, expulsa ahora, con tu poder, todo mal, toda falsa enfermedad, espíritu de separación, adulterio, de problemas financieros, los espíritus malignos de agresividad, de desobediencia, de bloqueos afectivos y familiares, toda y cualquier consagración, hechizo o invocación de muertos, simpatías o uso de cristales, todo tipo de barullo (cita aquí las incomodidades que perturban su hogar).

Que esos males sean expulsados, ahora, de este lugar, en nombre de Jesús, y que no regresen nunca más, pues esta casa ahora pertenece a Dios y está consagrada a Él.

Señor, te pido, expulsa de aquí toda agresividad entre hermanos, toda discordia, falta de respeto y violencia entre padres e hijos, entre el matrimonio que vive aquí, entre los habitantes de esta casa y los vecinos.

Que los ángeles de Dios vengan a vivir con nosotros. Que cada cuarto, sala, baño, cocina, pasillo y área externa sean habitados por ellos. Que nuestra casa sea una fortaleza, habitada y protegida por los ángeles del Señor, para que toda nuestra familia permanezca en oración, en fidelidad de amor a Dios, para que habite en ella la paz y la plena concordia.

¡Muchas gracias Señor, por atender mis oraciones! Que cada día te podamos servir, haz que seamos siempre agradecidos por tu bendición. Señor esta casa te pertenece. ¡Quédate con nosotros Señor! ¡Amén!

Padre Vagner Baia
Sacerdote de la Comunidad Canción Nueva

martes, 8 de agosto de 2017

ORACIÓN de Sanación de la Familia



¡Señor Jesús! Hoy venimos a Ti, en nombre de cada una de las personas de nuestra familia. Tú, en tus designios de amor por cada uno de nosotros, nos has colocado en ella y nos has vinculado a cada una de las personas que la componen. 

En primer lugar, te queremos dar gracias de todo corazón por cada uno de los miembros de mi familia, por todo el amor que he recibido tuyo a través de ellos y te queremos alabar y glorificar porque nos has colocado en ella. A través de la familia y en la familia, tú nos has dado la vida y has querido para nosotros que formemos un núcleo de amor.

Hoy, Señor, queremos que Tú pases con tu sanación por cada uno de nosotros y realices tu obra de amor en cada uno de nosotros. 

Antes de nada, Señor, queremos pedirte perdón por todas las faltas de amor que hayamos tenido en casa, por todas nuestras indelicadezas, por todas nuestras faltas de comprensión, por no ser a veces cauces de tu amor para ellos.

Jesús, te pedimos que entres en el corazón de cada uno y toques aquellas experiencias de nuestra vida que necesiten ser sanadas. Tú nos conoces mucho mejor que nosotros mismos. Por lo tanto, llena con tu amor todos los rincones de nuestro corazón. Donde quiera que encuentres – el niño herido -, tócalo, consuélalo y pónlo en libertad.

Vuelve a recorrer nuestra vida. La vida de cada uno de nosotros desde el principio. Desde el mismo momento de nuestra concepción. 

Purifica las líneas hereditarias y líbranos de aquellas cosas que puedan haber ejercido una influencia negativa en aquel momento. Bendícenos mientras íbamos fomándonos en el vientre de nuestra madre y quita todas las trabas que puedan haber dificultado durante los meses de gestación, nuestro desarrollo en plenitud.

Danos un profundo deseo de querer nacer y sana cualquier trauma tanto físico como emocional que pudiera habernos dañado durante nuestro nacimiento. ¡Gracias, Señor!, por estar ahí presente para recibimos a cada uno de nosotros en tus brazos en el momento mismo de nuestro nacimiento, para darnos la bienvenida a la Tierra y asegurarnos que Tú nunca nos faltarías ni nos abandonarías.

Jesús, te pedimos que rodees nuestra infancia con tu luz y que toques aquellos recuerdos que nos impiden ser libres. Si lo que más necesitamos cada uno fue más cariño maternal, mándanos a tu Madre la Virgen María, para que nos dé lo que nos falta. Pídele que nos abrace a cada uno, que nos arrulle a cada uno, que nos hable y llene el vacío que necesita el calor y el consuelo que sólo una madre puede dar.

Quizá “el niño interior” siente la falta del amor del padre. Señor Jesús, déjanos gritar con libertad, con todo nuestro ser: “¡Abba!, ¡papá! ¡Papaito!. Si necesitábamos alguno de nosotros más cariño paternal y la seguridad de que nos deseaban, y nos amaban de verdad, te pedimos que nos levantes y nos hagas sentir la fuerza de tus brazos protectores.

Renueva nuestra confianza y danos el valor que necesitamos para hacer frente a las adversidades de la vida porque sabemos Padre nuestro, que tu amor nos levantará y nos ayudará si tropezamos y caemos.

Recorre nuestra vida Señor, y consuélanos cuando otros nos trataban mal. Sana las heridas de los encuentros que nos dejaron asustados, que nos hicieron entrar en nosotros mismos y levantar barreras de defensa ante la gente. Si alguno de nosotros se ha sentido solo, abandonado y rechazado por la humanidad, concédenos por medio de tu amor que lo sana todo, un nuevo sentido del valor de cada uno como persona.

¡Oh Jesús, nos presentamos en este día ante ti, toda la familia y te pedimos que sanes nuestras relaciones, que sean unas relaciones llenas de cariño, de comprensión y de ternura y que nuestra familia se parezca a la tuya. Te pedimos, por intercesión de tu Madre, la Reina de la Paz, que nuestros hogares sean lugares de paz, de armonía y donde realmente experimentemos tu presencia. ¡Gracias, Señor!

lunes, 5 de junio de 2017

Oración de LIBERACIÓN DE LA FAMILIA

Oremos…
Señor, asumo mi casa, la familia que me diste.

Como miembro de esta familia,
te pido perdón por mis pecados personales, Señor.
Los pecados que cometí de pensamientos,
mis pecados de sentimientos, de emociones, de actos;
todas las cosas erradas que hice.

Te pido perdón, Señor, por todas las palabras equivocadas que dije,
palabras falsas, ofensivas,
que hirieron a mis hermanos y que no fueron convenientes.

Te pido perdón por todos mis pecados de omisión.
Las cosas que debía hacer y no hice.
Por no haber orado como debía, por no interceder cómo debía,
por no vigilar cómo debía, por no comandar cómo debía,
por no usar de mi autoridad como debía,
por no hablar cuando debía, por no callarme cuando debía,…
finalmente, Señor, todas mis omisiones.



Te pido perdón por toda mi malicia, maldad, falsedad, hipocresía…
por todo mi pecado, Señor.
Tú sabes la sinceridad de mi corazón.
Digo, sinceramente, delante de Ti:
rompo con el pecado. No quiero pecar, Señor. Digo “no” al pecado.


Ahora asumo la autoridad espiritual que no es mía,
pero que tú me diste, sobre mi familia.
Asumiendo esta autoridad espiritual, digo:
Perdón, Señor, por los pecados de la familia que me diste.
Asumo sobre mí estos pecados,
como tú asumiste sobre tí los pecados de tu pueblo,
los pecados de la familia que el Padre te dio.
Tú fuiste hasta la cruz y derramaste tu Sangre por esta familia.

Señor, te pido perdón por todos los pecados de pensamientos,
de juicios, de palabras, de sentimientos,
de emociones que – por mi culpa o sin mi culpa –mi familia cometió.

Te pido perdón por todos los pecados de omisión de mi familia.
Por todo aquello que mis parientes queridos hicieron,
disgustando y ofendiendo tu Corazón,
disgustando y hiriendo a mis hermanos.
Yo y mi casa rompemos con el pecado, ya no queremos pecar.
Yo y mi casa ya no queremos ser una “hija apóstata”.
Ya no queremos quedarnos vagando por caminos errados,
por los caminos de la tentación,
resbalando en el pecado y dando apertura a él.
Yo y mi casa decimos como Domingo Sávio:
“La muerte, pero no el pecado. Antes morir que pecar”.

Sabemos de nuestra fragilidad, Señor,
pero firmes en la fe, firmes en tu poder,
en el poder de tu cruz, hacemos esta proclamación:
“Mi casa y yo rompemos con el pecado”.
Mi Señor y mi Dios, lávanos ahora con tu Sangre preciosa.
Lava toda mi casa, mi familia,
a todos aquellos que bondadosamente me diste.
Amén

Padre Jonas Abib
Fundador de la Comunidad Canción Nueva
fuente PORTAL CANCIÓN NUEVA

domingo, 2 de abril de 2017

La FE se transmite en casa

La fe se transmite en casa
La familia es la principal fuente de transmisión de los valores religiosos y espirituales. Es ella la encargada de acercar los hijos a Dios y enseñarles la fe. Extraemos varios fragmentos del escrito elaborado por Ramiro Pomés de sontushijos.org, el cual propone una interesante temática.

Difícil pero posible
Los padres tienen la inmensa dignidad de ser los primeros que abren el alma del niño al conocimiento y el amor de Dios, a las realidades del espíritu. Luego les acompañan en el camino de la fe hasta que sean cristianos maduros. Es una misión difícil, por la fuerte presión del ambiente, pero posible por el poder y la ayuda de Dios, del que los padres se hacen colaboradores. Dios ha confiado en ellos doblemente: al darles los hijos y al pedirles que les ayuden a crecer como hijos de Dios.

Las bases humanas: hijos fuertes
Los padres deben inculcar en los hijos todas las virtudes, sin descuidar aquellas que fortalecen la voluntad: el espíritu de sacrificio, la sobriedad, la generosidad. Son antídoto necesario ante la presión del consumismo, el hedonismo y el egoísmo que se cuela por todos los lados; sin fortaleza les faltará la base humana para hacer frente a esa presión.

Ir por delante: la vocación cristiana de los padres

Los hijos no pueden ir solos ni en lo humano ni en lo espiritual. Dios pide a los padres que vivan plenamente su vida cristiana, que tengan una vida de oración y sacramental intensa, que se esfuercen por cumplir con generosidad la voluntad de Dios en todas las facetas de su vida: el trabajo, la familia, las relaciones sociales, la diversión y todas las cosas pequeñas y ordinarias que constituyen la vida del hogar. Esa actitud de generosidad con Dios tiene que ser el ambiente, el caldo de cultivo, de una familia cristiana, en el que crecen interiormente padres e hijos. Unos se ayudan a otros con el ejemplo, con la oración, con la fuerte ayuda interior de la Comunión de los Santos.

El ambiente de una familia cristiana
Los padres transmiten la fe que viven, y a ellos les ayuda también la fe y la piedad que ven en los hijos. La piedad familiar ha de ser profunda y sencilla, vivida con naturalidad y sin imposiciones. La familia sale adelante rezando juntos y rezando unos por otros.

Los hogares cristianos son, en palabras de san Josemaría Escrivá, hogares luminosos, alegres. Con la alegría que da saber vivir contra corriente, con un tono decididamente sobrio, aunque llame la atención en una sociedad materialista obsesionada con tener cada vez más cosas; donde lo natural ha de ser la preocupación de unos por otros, la generosidad, la actitud solidaria ante los más débiles y los necesitados. En esa familia se vive, el cariño a la Iglesia, al Papa, a los sacerdotes, a las misiones, la ilusión apostólica. Se celebran con alegría el Domingo y las fiestas cristianas. Desde niños se muestran ejemplos no edulcorados de conducta cristiana: la vida de los santos y de tantos cristianos de toda edad y condición que han sido fieles, a veces en situaciones muy difíciles.

Dar razones y educar su libertad
Queremos que los hijos lleguen a tener un criterio propio, por eso no debemos imponer sin dar las razones que necesita cada hijo, distintas según su modo de ser y su edad. Los padres deben escucharles, esforzarse por comprender y vivir su mundo. Que los hijos vean que lo que dicen sus padres es realista; que no se debe a que son de otra época, a que no confían en ellos, o a que se ponen siempre en lo peor; sino a que conocen el mundo en el que los hijos se mueven y poseen una experiencia en la que se puede confiar.

Formar su conciencia y confiar, dar libertad progresivamente, desde pequeños y a la vez pedir responsabilidad. No pasar de una protección exagerada y deformadora a dar de repente una libertad absoluta, como por desgracia ocurre hoy tantas veces. Correr el riego de que se puedan equivocar y de que de hecho se equivoquen, y recogerles con serenidad, haciéndoles pensar, para que aprendan también del error.

Formación crítica
Tenemos que enseñar a los hijos a pensar; hablar mucho con ellos, disfrutar en un rato de tertulia todos juntos, y otras veces a solas, contarles cosas de la vida o comentar una noticia positiva, escucharles, conocer sus inquietudes. Debemos cultivar su espíritu crítico ante las manifestaciones de un planteamiento pagano de la vida, y esto desde que son pequeños. De modo natural, nacerá en ellos un sano sentido de superioridad.

En la formación intelectual es fundamental la colaboración de un centro educativo –escuela, colegio, universidad- que refuerce esta visión recibida en casa. Si esto no es posible, los padres han de estar presentes en el centro educativo, no sólo para que el centro sea respetuoso con los valores cristianos, también para promover, junto a los buenos profesores, que siempre los hay, iniciativas formativas que enriquezcan a los hijos y a sus compañeros. Los padres siempre han de seguir siempre la maduración intelectual de los hijos, también si el colegio es de confianza, porque no basta que oigan las cosas, hay que ver si asimilan lo que se les enseña, resolver sus dudas y, si es el caso, contrarrestar las visiones deformadas o complementar las carencias.

Prepararles para seguir su propio camino
Toda verdadera educación nace del amor, y por lo tanto es desprendida. Los padres no han de buscar proyectarse en los hijos. Deben ayudarles a encontrar y a seguir su propio camino, su vocación profesional y cristiana. Llegado el caso de que el hijo, o la hija, les plantee una elección seria, han de ofrecerles su consejo, pero siempre con una actitud de respeto.

Aceptar también que se rebelen, incluso que se alejen y rechacen la vida cristiana. La actitud de los padres en momentos de crisis es clave para que los hijos vuelvan. Los hijos han de verles serenos, con una actitud dialogante, firme en lo necesario, flexible en lo convencional. Son tiempos, a veces largos, en los que se ha de confiar en Dios, que es más padre y madre y quiere más que nosotros a ese hijo, y en el poder de la oración. Ha de ser una esperanza alegre, porque los dramatismos y la amargura alejan. Seguimos confiando en ese hijo, en esa hija, y sobre todo en Dios, que es siempre fiel a su paternidad: aunque ellos se alejen de Dios, Dios no se aleja de ellos. Tampoco los padres se deben alejar del hijo, su actitud ha de ser siempre cercana y acogedora.

El aprendizaje del amor. Una actitud abierta a los demás
El amor de los esposos es la primera escuela del amor. Es clave la actitud generosa ante la vida, también porque los hermanos son una gran ayuda para aprender a querer y a ser generoso. Preparar para el amor humano, tratar del origen de la vida con cada hijo, de modo progresivo, claro, natural, adecuado a lo que necesita conocer en cada momento. Saber adelantarse para que conozcan por sus padres las dificultades que pueden encontrarse, el modo de evitarlas, de luchar y el daño que les puede hacer no enfrentarse a ellas.

La familia ha de tener una actitud abierta a los demás. Es la primera escuela de la caridad cristiana. La preocupación por los enfermos, los ancianos, la ayuda a los necesitados, la han de aprender de sus padres y la han de vivir ellos, de modo adecuado a su edad. Es un modo vivo de comprender la dignidad de toda persona. Que sean conscientes de que aún más graves que las carencias materiales son las carencias espirituales: la soledad, la falta de esperanza y sobre todo la falta de Dios.

Actitud abierta al mundo que es de ellos. La nueva evangelización es una tarea a la que todos estamos llamados. Saber presentar la belleza y la armonía de la visión cristiana del hombre y de la sociedad, que propone siempre soluciones respetuosas con la libertad del hombre y su dignidad.

fuente La Familia.info