Una amistad verdadera es refugio seguro: sostiene en la tristeza, celebra en la alegría, nos ayuda a crecer como personas.
Cuando se quiebra, no sólo se hiere el corazón, también se resiente nuestra vida afectiva y psicológica: la soledad pesa más, la confianza se debilita, la esperanza se apaga. Por eso reconciliar no es un gesto menor, es recuperar un espacio vital que Dios pensó para nuestro bien.
Tender la mano, pedir perdón, volver a mirar con ternura… son gestos que sanan heridas y devuelven la paz.
San Miguel nos custodia en este camino, para que la amistad vuelva a ser lugar de encuentro y de gracia, donde el Espíritu Santo nos enseña que amar siempre vale la pena.
Tender la mano, pedir perdón, volver a mirar con ternura… son gestos que sanan heridas y devuelven la paz.
San Miguel nos custodia en este camino, para que la amistad vuelva a ser lugar de encuentro y de gracia, donde el Espíritu Santo nos enseña que amar siempre vale la pena.

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