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jueves, 17 de mayo de 2018

Sinceridad conmigo mismo - SALMO 15

«Tú eres mi Dios; mi felicidad está en ti. Los que buscan a otros dioses no hacen más que aumentar sus penas; jamás pronunciarán mis labios su nombre».
Repito esas palabras, te digo a ti y a todo el mundo y a mí mismo que soy de veras feliz en tu servicio, que me dan pena los que siguen a «otros dioses»; los que hacen del dinero o del placer, de la fama o del éxito, la meta de sus vidas; los que se afanan sólo por los bienes de este mundo y sólo piensan en disfrutar de gozos terrenos y ganancias perecederas. Yo no he de adorar a sus «dioses».

Y, sin embargo, en momentos de sinceridad conmigo mismo caigo en la cuenta, con claridad irrefutable, que también yo adoro a esos dioses en secreto y me postro ante sus altares. 

También yo busco el placer y las alabanzas y el éxito, y aun llego a envidiar a aquellos que disfrutan los «bienes de este mundo» que a mí me prohíben mis votos.

Sí que renuevo mi entrega a ti, Señor, pero confieso que sigo sintiendo en mi alma y en mi cuerpo la atracción de los placeres de la materia, la fuerza de gravedad de la tierra, la pena escondida de no poder disfrutar de lo que otros disfrutan.

Aún tomo parte, al amparo de la oscuridad y el anónimo, en la idolatría de dioses falsos, y ofrezco irresponsablemente sacrificios en sus altares.

Aún sigo buscando la felicidad fuera de ti, a pesar de saber perfectamente que sólo se encuentra en ti.

Por eso mis palabras hoy no son jactancia, sino plegaria; no son constancia de victoria, sino petición de ayuda.

Hazme encontrar la verdadera felicidad en ti; hazme sentirme satisfecho con mi «heredad», mi «lote» y mi «suerte», como me has enseñado a decir.
«El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,mi suerte está en su mano:me ha tocado un lote hermoso,me encanta mi heredad».
Enséñame a apreciar la propiedad que me has asignado en tu Tierra Santa, a disfrutar de veras con tu herencia, a deleitarme en tu palabra y descansar en tu amor.

Y prepárame con eso a hacer mías en fe y en experiencia las palabras esperanzadoras que pones en mis labios al acabar este Salmo:
«Me enseñarás el sendero de la vida,me saciarás de gozo en tu presencia,de alegría perpetua a tu derecha».
Hazlo así, Señor.

p. Carlos Valles sj

miércoles, 7 de marzo de 2018

El Descanso de Dios - Salmo 94

«No entrarán en mi descanso».
Esas son de las palabras más temibles que jamás te he escuchado, Señor. La maldición de las maldiciones. El rechazo definitivo. La prohibición de entrar en tu descanso. Pienso en la belleza y la profundidad de la palabra «descanso» cuando se aplica a ti, y comienzo a comprender la desgracia que será quedar excluido de él.Tu descanso es tu divina satisfacción al acabar la creación de cielos y tierra con el hombre y la mujer en ellos, tu mandamiento del sábado de alegría y liturgia en medio de una vida de trabajo, tu eternidad en la gloria bendita de tu ser para siempre. 


Tu descanso es lo mejor que tienes, lo mejor que eres, el ocio de la existencia, la benevolencia de tu gracia, la celebración de tu esencia en medio de tu creación.
 
Tu descanso es tu sonrisa, tu amistad, tu perdón. 



Tu descanso es esa cualidad divina en ti que te permite hacerlo todo pareciendo que no haces nada. 

Tu descanso es tu esencia sin cambio en medio de un mundo que vive en torno al cambio. 
Tu descanso eres tú.

Y ahora las puertas de tu descanso se me abren a mí. 

Me llaman a tomar parte en las vacaciones eternas. Me invitan al cielo. Me llevan a descansar para siempre. Esa palabra mágica, «descanso», se ha hecho mi favorita, con su tono bíblico y su riqueza teológica. 
Un descanso tan enorme que uno tiene que «entrar» en él. 
Me rodea, me posee, me llena con su dicha. Veo enseguida que ese descanso es lo que ha de ser mi destino final, palabra casera y divina al mismo tiempo para expresar el fin último de mi vida: descansar contigo.

Ahora he de entrenarme en esta vida para el descanso que me espera en la siguiente. 

Quiero entrar ya, en promesa y en espíritu, en el divino descanso que un día ha de ser mío a tu lado. 

Quiero aprender a descansar aquí, a relajarme, a encontrarme a gusto, a dominar las prisas, a evitar tensiones, a vivir en paz. 
Pido para mí todo eso como anticipo de tu bendición venidera, como fianza en la tierra de tu descanso eterno en el cielo. 
Quiero ir ya reflejando ahora en mi conducta, mi lenguaje, mi rostro, la esperanza de ese descanso esencial que le traerá a mi alma y a mi cuerpo la felicidad definitiva en la paz perpetua.

¿Qué es lo que no me deja entrar ya en ese descanso? ¿Qué es lo que te hizo jurar en tu cólera: «No entrarán en mi descanso»?
«No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto: cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras»
Esos incidentes quedaron tan grabados en tu memoria que los citas incluso con los nombres de los lugares en que sucedieron, etapas desgraciadas en la geografía espiritual por la que pasó tu pueblo y por la que nosotros volvemos a pasar en nuestras vidas. 

Tu pueblo te tentó, desconfió de ti aun después de haber visto tus maravillas, fueron tozudos en sus quejas y en su falta de fe. 

Eso hizo arder tu ira, y cerraste la puerta a aquellos que durante tanto tiempo se habían negado a entrar.
«Durante cuarenta años, aquella generación me asqueó,y dije: Es un pueblo de corazón extraviado,que no reconoce mi camino;por eso he jurado en mi cóleraque no entrarán en mi descanso».
¿Cuántos años me quedan a mí, Señor? ¿Cuántas oportunidades aún, cuántas dudas, cuántas Masás y Meribás en mi vida?

Tú conoces bien los nombres de mi geografía privada; tú recuerdas mis infidelidades y te resientes por mi tozudez.
Hazme dócil, Señor. Hazme entender, hazme aceptar, hazme creer.
Hazme ver que la manera de llegar a tu descanso es confiar en ti, fiarme en todo de ti, poner mi vida entera en tus manos con despreocupación y alegría. Entonces podré vivir sin ansiedad y morir tranquilo en tus brazos para entrar en tu paz para siempre. Que así sea, Señor.
«¡Ojalá escuchéis hoy su voz!».
Carlos Valles sj 

jueves, 22 de febrero de 2018

Desde lo hondo - Salmo 129

«Desde lo más profundo grito hacia ti, Señor».
Sea cual sea la oración que yo haga, Señor, quiero que vaya siempre precedida por este verso:

«Desde lo más profundo».

Siempre que rezo, voy en serio, Señor, y mi oración brota de lo más profundo de mi ser, de la realidad de mi experiencia y de la urgencia de mi salvación.

Siempre que rezo, lo hago con toda mi alma, pongo toda mi fuerza en cada palabra, toda mi vida en cada petición.

Cada oración que hago es el aliento de mi alma, el latir de mi corazón, el testamento de mi existencia. En ella van mi derecho a vivir y mi esperanza de eternidad.

Voy de veras cuando rezo, Señor; no se trata de mera costumbre, rutina, necesidad de guardar las apariencias o de dar buen ejemplo; no es eso lo que me hace buscar tu presencia y caer de rodillas ante ti.

Es la necesidad de ser yo mismo, en toda la pobreza de mi ser y la grandeza de mi esperanza, la que me lleva a ti, porque sólo ante ti en oración es como puedo encontrarme a mí mismo. Por eso rezo, Señor.

Conozco mi indignidad, Señor, conozco mi miseria, conozco mi pecado. Pero también conozco la prontitud de tu perdón y la generosidad de tu gracia, y eso me hace esperar tu visita con un deseo que me brota también de lo más profundo de mi ser.
«Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra;mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora.Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora».
Observa mi interés, Señor, comprueba mi ansiedad. Te necesito como el centinela necesita la aurora, como la tierra necesita el sol. Te necesito como el alma necesita a su Creador.

Cuando rezo, rezo con toda el alma, porque sé que tú lo eres todo para mí y que la oración es lo que me une a ti un vínculo existencial y diario. Por eso rezo, Señor.

Y hoy rezo en especial por mis rezos, oro por mis oraciones. Quiero realzar ante mi y ante ti su sentido y su importancia.

Rezo para que cada oración mía siga saliendo de lo más profundo de mi ser, y para que tú sigas viendo en cada petición mía una petición en la que va toda mi vida y todo mi ser.
«Desde lo más profundo grito hacia ti, Señor».
P. Carlos Vallés sj 

viernes, 9 de febrero de 2018

Recuerda tu liberación - Salmo 80

"Yo soy el Señor Dios tuyo,que te saqué del país de Egipto."
Un pueblo que olvida sus orígenes pierde su identidad. Por eso el gran mandamiento que Dios da a Israel es: ¡Acuérdate de Egipto! Si os acordáis de Egipto, os acordaréis del Señor que os sacó de Egipto, y seréis su pueblo, y él será vuestro Dios.




Lo que nos hace ser un pueblo es nuestro origen común en Cristo, nuestra liberación, nuestra redención, nuestra salida de Egipto. También nosotros éramos esclavos, aunque no nos gusta recordarlo. Damos por supuesta nuestra independencia y nuestra libertad, el progreso de la raza humana y los avances de la sociedad; todo eso nos parece normal y como que se nos debe; nos olvidamos de nuestros orígenes, y así perdemos los vínculos que nos unen entre nosotros y con Dios. Nos hemos olvidado de Egipto y hemos dejado de ser un pueblo.
"Es una ley de Israel,un precepto del Dios de Jacob,una norma establecida para José,al salir de la tierra de Egipto."
Acuérdate del pasado, acuérdate de tus orígenes, acuérdate de tu liberación. Acuérdate de Belén y de Jerusalén y del Calvario. Acuérdate, en los fondos de tu propia historia personal, de tu esclavitud a las pasiones, vicios y pecado. Esclavitud personal y cautividad universal de la que nos redimió la acción salvífica que nos hace uno en Cristo. Era es nuestra raíz, nuestra historia, nuestra unidad. La memoria nos une, mientras que el olvido nos dispersa y nos condena a ser grupos separados y facciones opuestas. Una persona sin memoria ya no es persona. Un pueblo sin historia no es pueblo.

Dame, Señor, la gracia de la memoria. Hazme recordar lo que he sido y lo que he llegado a ser por tu gracia. Haz que tenga siempre ante los ojos la pobreza de mi condición y el esplendor de tu redención. Tú rompiste mis cadenas, tú subyugaste mis pasiones, tú curaste mis heridas, tú restauraste mi confianza. Tú me diste una nueva vida, Señor, y esa nueva vida se expresa en la nueva identidad que tengo como miembro de tu pueblo escogido. También yo he salido de Egipto, y no he salido solo, sino en compañía de una alegre multitud que festejaba la misma liberación, porque todos habían estado bajo el mismo yugo.

Para llegar a ser yo mismo he de sentirme miembro de tu pueblo. Acepto el mandamiento que me obliga a recordar mi pasado, y pido gracia para cumplirlo y establecer así las esperanzas del futuro sobre la firmeza del pasado. Soy uno con tu pueblo, uno en la liberación, uno en la esperanza, y uno en el final de la gloria por siempre.

Tú eres mi Señor, mi Dios, que me has sacado de Egipto.

Carlos Valles sj

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Peligros en la vida

Salmo 106

Peligro y rescate. Ese es el ciclo de la vida. Así era en la antigüedad, y así es ahora. La forma y el nombre de los peligros cambian, pero el miedo que sentimos cuando vienen es el mismo, como es el mismo el respiro cuando se van. Y la misma es la mano del Señor que nos salva de ellos.

El hombre bíblico enumeraba cuatro peligros: desierto, calabozo, enfermedad y tempestad en el mar. Y cuatro rescates: del hambre y la sed del desierto al camino recto, hasta la ciudad amurallada; de la oscuridad de la prisión a la luz de la libertad; de la enfermedad a la salud; y del mar enfurecido a la seguridad del puerto.

En mi vida también, Señor, están presentes las arenas del desierto, la soledad del calabozo, la fiebre del cuerpo y la amenaza del mar y el aire y aun la tierra, bajo la maldición de la guerra y el terrorismo en todas partes. La humanidad no se ha enmendado en dos mil años. La vida del hombre es hoy, más o menos, la misma en el tráfico de la ciudad que lo era en las arenas del desierto. Vivo en el peligro, temo las catástrofes, me acobardo ante el sufrimiento y me entrego a la desesperación. Vivo de lleno este salmo, Señor.

Necesito la mano que me salve de los peligros de mi vida. De mi desierto y mi prisión y mi tormenta. Necesito tu mano, Señor, tu visión y tu voz, tu calma y tu poder. Necesito día a día la certeza de tu presencia y la firmeza de tu brazo. Necesito ser rescatado, porque todavía no soy libre.

Te ruego me liberes de la enfermedad, pero más aún te ruego me liberes del miedo a la enfermedad. Ese es el rescate que anhelo. No tanto el rescate del peligro exterior, sino el del miedo íntimo. Mientras no llegue ese rescate, no seré libre, porque siempre hay peligros. Una vez que me libere del miedo, seré de veras libre, y el desierto y la prisión y el mar y las guerras de los hombres no serán amenazas para mí.

“Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida.

Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a ciudad habitada.

Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.”

Dame un corazón sin miedo, Señor, un corazón que crea en ti y se fíe de ti y, en consecuencia, no tema nada ni a nadie. Haz que la bendición de tu paz llegue hasta el fondo de mi alma para que arranque las raíces del miedo y siembre la semilla de la fe. Hazme sentir confianza para que pueda vivir con alegría. Estáte siempre a mi lado, Señor, para que los peligros de la existencia se truequen en el gozo de vivir.

sábado, 4 de noviembre de 2017

El Señor ha hecho cosas grandes por mi

Si no puedo decir con sinceridad: «El Señor ha hecho cosas grandes por mi», no puedo rezar el Magnificat. O puedo rezarlo sólo entre comillas, como una cita, como algo que dijo la Virgen, no yo. Está bien, en todo caso: la Virgen es mi madre, y yo me regocijo por todo lo que Dios ha hecho por ella; pero entonces la recitación sería sólo una narración, no una plegaria; un recuerdo pasado, no una experiencia actual. Sólo cuando a las grandes cosas que el Señor hizo por María añado las pequeñas que ha hecho por mí, su cántico se hace mío, sus versos cobran vida, y yo aprendo a vivir con mi madre mi anunciación y mi Nazaret y mi Calvario y mi Pentecostés, que de todo hay en mi vida, reflejo mínimo, en mi pequeñez, de la historia grande del pueblo de Dios al que pertenezco.
Vallés, Carlos G., Cuéntame cómo rezas, Ed. San Pablo, Bogota, 1998, p. 69.



viernes, 3 de noviembre de 2017

Actitud de amoroso descanso en la presencia de quien sabemos nos ama

Esa actitud de amoroso descanso en la presencia de quien sabemos nos ama es el corazón de todo género de oración; y cuanto más nos acercamos a esa actitud interna, más oración es nuestra oración. Ya al preparar la materia de la primera oración programada, se nos decía con una hermosa comparación que había que hacer como un caminante, que al salir de viaje lleva consigo provisiones para el camino, pero que, si alguien le ofrece mesa y comida, la acepta y guarda sus provisiones para otro día en que no tenga nada. 
Vallés, Carlos G., Cuéntame cómo rezas, Ed. San Pablo, Bogota, 1998, p. 56.



miércoles, 1 de noviembre de 2017

Comparación del fuego y el leño

El designio de Dios es brindarse a nosotros por entero. Hagamos una comparación: Cuando el fuego quiere atraer hacia sí al leño e infundirse a sí mismo en él, lo que encuentra frente a sí no es su igual. Se requiere entonces un cierto tiempo. El fuego empieza por poner calor y ardor en el leño, después aparecen el humo y los crujidos, porque el leño es todavía distinto del fuego. Pero a medida que ingresa el ardor en él, más se vuelve calmo y tranquilo, y cuanto más igual se hace al fuego tanto más se le somete hasta que se hace todo fuego.
Eckart, Johannes, Vida eterna y conocimiento divino, 1a. ed.. Buenos Aires, Deva's, 2002, p. 46.



Cada día necesita su reposo, su intimidad, su oración

Cada día necesita su reposo, su intimidad, su oración. Si no encontramos tiempo para estar con nosotros mismos, acabaremos por no ser nosotros mismos, y seremos arrastrados por el torrente de imitación, conformismo y rutina que empuja a la mayor parte de la humanidad hacia una existencia sin vitalidad y sin ilusión. Hay que saber cultivar los silencios del alma para devolverle a la vida su energía y su sentido. Hay que orar cada día para vivir plenamente cada día.
Vallés, Carlos G., Cuéntame cómo rezas, Ed. San Pablo, Bogota, 1998, p. 39.


jueves, 1 de junio de 2017

EL CORAJE DE VIVIR


Hoy estoy otra vez bajo el ataque de ese desespero siniestro que se me mete a veces por los pasadizos del alma, en la oscuridad de la noche, hasta el centro mismo de mi ser. El deseo de desentenderme de todo y desaparecer, de renunciar a la vida, de dimitir de mi puesto de hombre en el que he sido tan manifiesto fracaso. Estoy cansado, Señor, cansado hasta los huesos; y mi único deseo es tumbarme y dejarlo todo en paz. Que pase lo que pase. Estoy cansado de luchar, cansado de soñar, cansado de esperar, cansa-do de vivir. Déjame que me siente en un rincón, y que el mundo vaya por sus derroteros, quedando yo libre de toda responsabilidad de impedirlo. Tu mismo Salmo lo dice: «Cuando fallan los cimientos, ¿qué podrá hacer el justo?»

Ni siquiera tengo ganas de rezar, de hablar, y menos de pensar. Tampoco quiero ponerme a discutir contigo, a protestar, a conseguir respuestas a mis preguntas. Déjalo estar. Sencillamente, no tengo ya preguntas, o no tengo ánimo para hacerlas o para acordarme de cuáles son. Sólo sé que mis sueños no se han hecho realidad, que el mundo no ha cambiado, y que ni siquiera yo he cambiado para ser la persona ideal que había decidido ser. Nada ha resultado, ¿y para qué he de seguir preocupándome? Quiero despedirme, quiero marcharme, quiero hacerme a un lado y dejar a las cosas que pasen como quieran pasar, sin que yo diga una palabra. Quiero desaparecer, y se acabó.

Sin embargo, sé muy bien que, al hablarte así, mis palabras quieren decir justamente lo contrario de lo que dicen. Estoy ha-blando de desesperación, precisamente porque quiero esperar; y estoy presentando mi dimisión, porque quiero seguir trabajando.

Tú sabes muy bien que quiero seguir, y yo sé que quiero luchar. Mis palabras de queja han sido sólo el destaparse de mi desilusión, que crecía bajo la presión de una paciencia prolongada y tenía que reventar de una vez para dar paso a la clara realidad de un sentimiento mejor. No, no me escaparé. Mi existencia le servirá de algo al mundo o no, pero mi sitio es éste, y me propongo mantenerlo, defenderlo y honrarlo. No me escaparé. No es ése mi carácter, no es mi manera de reaccionar y de hacer las cosas; y si por un momento he permitido venir a esos negros pensamientos y me he permitido expresarlos, es precisamente porque quería librarme de ellos, y sabía que la mejor manera de derrotarlos era exhibirlos. Hace falta valor para vivir, pero el valor es fácil cuando pienso en ti y te veo a mi lado.

El Salmo comenzaba con el consejo cobarde: «¡Escapa como un pájaro al monte!» Y acaba con la palabra de fe: «El Señor es justo y ama la justicia, y los buenos verán su rostro». Ya nunca huiré.

CARLOS G. VALLÉS
Busco tu rostro
Orar los Salmos
Sal Terrae. Santander 1989, pág. 27

martes, 28 de febrero de 2017

Salmo 49

Este es mi peligro, Señor, en mi vida de oración, en mis tratos contigo: la rutina, la repetición, el formalismo. Recito oraciones, obedezco las rúbricas, cumplo con los requisitos. Pero a veces mi corazón no está en lo que rezo, y rezo por mera costumbre y porque me da reparo el dejarlo. Voy porque todos van y yo debo ir con ellos, e incluso siento escrúpulo y miedo de que, si dejo de rezar, te desagradará a ti y me castigarás; y por eso voy cuando tengo que ir y digo lo que tengo que decir y canto cuando tengo que cantar, pero lo hago un poco en el vacío, sin sentimiento, sin devoción, sin amor. Cuerpo sin alma.

Y lo peor, Señor, es que a veces pongo precisamente todo el cuidado en los ritos de la liturgia porque he sido negligente en la observancia de tus preceptos. Me fijo en los detalles de tus ceremonias para compensar el haberme olvidado de mi hermano. Me afano en el culto porque he fallado en la caridad. Y me temo que no te hace mucha gracia esa clase de culto.
¿Comeré yo carne de toros,beberé sangre de cabritos?
Sé que no necesitas mis sacrificios, mis ofrendas, mi dinero o mi sangre. Lo que tú quieres es la sinceridad de mi devoción y el amor de mi corazón. Ese amor a ti que se manifiesta en el amor a todos los hombres y mujeres por ti. Ese es el sacrificio que tú deseas, y sin él no te agrada ningún otro sacrificio. Tus palabras son duras, pero son verdaderas cuando me echas en cara mi conducta:
Tú detestas mi enseñanza,y te echas a la espalda mis mandatos.Sueltas tu lengua para el mal,tu boca urde el engaño;te sientas a hablar contra tu hermano,deshonras al hijo de tu madre.Esto haces, ¿y me voy yo a callar?
Lo reconozco, Señor; con frecuencia me he portado mal con mis hermanos; ¿y qué valor pueden tener mis sacrificios cuando he herido a mi hermano antes de llegarme a tu altar? Gracias por decírmelo, Señor; gracias por abrirme los ojos y recordarme cuál es el verdadero sacrificio que quieres de mí. Nada de toros o machos cabríos, de sangre o ritualismo, de rutina o rigidez, sino amor y servicio, rectitud y entrega, justicia y honradez. Servirte a ti en mi hermano antes de adorarte en tu altar.

Y una vez que sirvo y ayudo a mi hermano en tu nombre, quiero pedirte la bendición de que, cuando yo me acerque a ti en la oración, te encuentre también a ti, encuentre sentido en lo que digo y fervor en lo que canto. Libérame, Señor, de la maldición de la rutina y el formalismo, de dar las cosas por supuestas, de convertir prácticas religiosas en rúbricas sin alma. Concédeme que cada oración mía sea un salmo, y, como salmo, tenga en sí alegría y confianza y amor. Que sea yo auténtico con mis hermanos y conmigo mismo, para así poder ser auténtico contigo.
Al que sigue buen caminole haré ver la salvación de Dios.
fuente: Carlos Valles sj

viernes, 13 de enero de 2017

Salmo 77


Conozco la historia, Señor, y sé la lección que nos enseña. Sé que la marcha de tu pueblo escogido de Egipto a Canaán es diseño y figura de mi propia vida de nacimiento a muerte, y ahora vuelvo a vivir esa historia en mi corazón y me voy reconociendo en mi propia travesía del desierto.

La historia es un romance, y el romance tiene un tema y un estribillo. El tema es tu bondad y tu poder en ayudar a tu pueblo; y el estribillo es la ingratitud del pueblo que, en cuanto recibe un nuevo favor, encuentra una nueva queja, duda de tu poder y se declara en rebeldía. ¿Aprenderé, por fin, yo también la lección?
Hizo portentos a vista de sus padres,en el país de Egipto, en el campo de Soán:hendió el mar para abrirles paso,sujetando las aguas como muros;los guiaba de día con una nube,de noche con el resplandor del fuego.
Esos portentos bastaban para fundar la fe de un pueblo para siempre. Sin embargo, su efecto no duró mucho. Sí, Dios nos ha sacado de Egipto; pero ¿podrá darnos agua en el desierto?
Hendió la roca en el desiertoy les dio a beber raudales de agua;sacó arroyos de la peña,hizo correr las aguas como ríos.
Nuevas maravillas para robustecer la fe. Y, sin embargo, nuevas dudas y nuevas quejas. Sí, nos ha dado agua; pero ¿podrá darnos pan?, ¿podrá darnos a comer carne en el desierto?
El hirió la roca, brotó el aguay desbordaron los torrentes;pero, ¿podrá también darnos pan,proveer de carne a su pueblo?
Dios hizo llover sobre ellos maná,les dio un trigo celeste,y el hombre comió pan de los ángeles;les mandó provisiones hasta la hartura.
Hizo soplar desde el cielo el Levantey dirigió con fuerza el viento Sur:hizo llover carne como una polvareda,y volátiles como arena del mar;los hizo caer en mitad del campamento,alrededor de sus tiendas.Ellos comieron y se hartaron:así satisfizo él su avidez.
Sin embargo ellos siguieron quejándose,con la comida aún en la boca.
Esa es la historia de la veleidad de Israel. Portento tras portento: queja tras queja. Fe pasajera que creía un instante, para dudar otra vez el siguiente. Pueblo de dura cerviz, eternamente cerrado ante el poder y la protección de Dios que cada día veían y cada día olvidaban.
Y, con todo, volvieron a pecary no dieron fe a sus milagros.Su corazón no era sincero con él,ni eran fieles a su alianza.
¡Que rebeldes fueron en el desierto,enojando a Dios en la estepa!Volvían a tentar a Dios,a irritar al Santo de Israel,sin acordarse de aquella manoque un día los rescató de la opresión.
Triste historia de un pueblo rebelde. Y triste historia de mi propia alma. ¿No he visto yo en mi vida tu poder, tu protección, tu providencia? ¿No te he visto actuar yo en mi historia personal, Señor, desde el milagro del nacimiento, a través de la maravilla de la juventud, hasta la plenitud de mi edad madura? ¿No me has rescatado tú de mil peligros? ¿No me has alimentado con tu gracia en mi alma y energía en mi cuerpo? ¿No me has hecho sentir tantas veces la belleza de la creación y la alegría de vivir? ¿No has demostrado tú hasta la saciedad que eres mi amigo, mi protector, mi padre y mi Dios?

Y, sin embargo, yo dudo. Me olvido, me enfado, me quejo, me desespero. Sí, me has dado libertad, pero ¿puedes darme agua? ¿Puedes darme pan? ¿Puedes darme carne? Me has llamado a la vida del espíritu, pero ¿puedes enseñarme a orar? ¿Puedes llevarme a la contemplación? ¿Puedes corregir mis vicios? ¿Puedes controlar mis pasiones? ¿Puedes evitar mis depresiones? ¿Puedes darme fe? ¿Puedes darme felicidad?

A cada favor tuyo le sigue una queja mía. Cada nuevo despliegue de tu poder me lleva a una nueva duda. Hasta ahora me has sacado adelante, pero ¿podrás sacarme en el futuro? Has hecho mucho, pero ¿podrás hacerlo todo? ¿Podrás hacerme de veras ferviente, libre, comprometido, entregado, espiritual, alegre, feliz? ¿Podrás? Y si es verdad que puedes, ¿por qué no lo muestras ahora y me transformas de una vez en esa persona ejemplar y radiante con que sueño ser?

Él sentía lástima,perdonaba la culpa y no los destruía;una y otra vez reprimió su cóleray no despertaba todo su furor,acordándose de que eran de carne,un aliento fugaz que no torna.
Los hizo entrar por las santas fronterashasta el monte que su diestra había adquirido;ante ellos rechazó a las naciones,les asignó por suerte su heredad;instaló en sus tiendas a las tribus de Israel.
La historia de la salvación tiene un final feliz. Permíteme anticipar esa felicidad en mi vida, Señor.

P. Carlos Valles sj

jueves, 5 de enero de 2017

OVEJAS DE SU REBAÑO - Salmo 99


Soy tuyo, Señor, porque soy oveja de tu rebaño.
Hazme caer en la cuenta de que te pertenezco a ti precisamente porque soy miembro de tu pueblo en la tierra.

No soy un individuo aislado, no tengo derecho a reclamar atención personal, no me salvo solo.

Es verdad que tú, Señor, me amas con amor personal, cuidas de mí y diriges mis pasos uno a uno; pero también es verdad que tu manera de obrar entre nosotros es a través del grupo que has formado, del pueblo que has escogido.

Te gusta tratar con nosotros como un pastor con su rebaño. El pastor conoce a cada oveja y cuida personalmente de ella, con atención especial a la que lo necesita más en cada momento; pero las lleva juntas, las apacienta juntas, las protege juntas en la unidad de su rebaño. Así haces tú con nosotros, Señor.

Haz que me sienta oveja de tu rebaño, Señor.

Haz que me sienta responsable, sociable, amable, hermano de mis hermanos y hermanas y miembro vivo del género humano.

No me permitas pensar ni por un momento que puedo vivir por mi cuenta, que no necesito a nadie, que las vidas de los demás no tienen nada que ver con la mía...

No permitas que me aísle en orgullo inútil o engañosa autosuficiencia, que me vuelva solitario, que sea un extraño en mi propia tierra...

Haz que me sienta orgulloso de mis hermanos y hermanas, que aprecie sus cualidades y disfrute con su compañía.

Haz que me encuentre a gusto en el rebaño, que acepte su ayuda y sienta la fuerza que el vivir juntos trae al grupo, y a mí en él.

Haz que yo contribuya a la vida de los demás y permita a los demás contribuir a la mía.

Haz que disfrute saliendo con todos a los pastos comunes, jugando, trabajando, viviendo con todos.

Que sea yo amante de la comunidad y que se me note en cada gesto y en cada palabra.

Que funcione yo bien en el grupo, y que al verme apreciado por los demás yo también les aprecie y fragüe con ellos la unidad común.

Soy miembro del rebaño, porque tú eres el Pastor.

Tú eres la raíz de nuestra unidad.

Al depender de ti, buscamos refugio en ti, y así nos encontramos todos unidos bajo el signo de tu cayado.

Mi lealtad a ti se traduce en lealtad a todos los miembros del rebaño. Me fío de los demás, porque de fío de ti.

Amo a los demás, porque te amo a ti.

Que todos los hombres y mujeres aprendamos así a vivir juntos a tu lado.


«Sabed que el Señor es Dios:que él nos hizo y somos suyos,su pueblo y ovejas de su rebaño».

p. Carlos Valles sj

jueves, 29 de diciembre de 2016

Un cántico nuevo - Salmo 95

“Cantad al Señor un cántico nuevo.”
A primera vista, éste es el mandamiento imposible. ¿Cómo cantar un cántico nuevo cuando todos los cantos, en todas las lenguas, te han cantado una y otra vez, Señor? Se han agotado los temas, se han probado todas las rimas, se han ensayado todos los tonos. La oración es esencialmente repetición, y tengo que esforzarme para que parezca que no estoy diciendo las mismas cosas todos los días, aunque sé muy bien que las estoy diciendo. Estoy condenado a intentar la variedad cuando sé que toda oración se reduce a la repetición de tu nombre y a la presentación de mis ruegos. Variaciones sobre un mismo tema. ¿Cómo puedes pedirme, en tales circunstancias, que te cante un cántico nuevo?

Sé la respuesta antes de acabar con la pregunta. El cántico puede ser el mismo, pero el espíritu con que lo canto ha de ser nuevo cada día. El fervor, el gozo, el sonido de cada palabra y el vuelo de cada nota han de ser diferentes cada vez que esa nota sale de mis labios, cada vez que esa oración sale de mi corazón.

Ese es el secreto para mantener la vida siempre nueva, y así, al pedirme que cante un canto nuevo me estás enseñando el arte de vivir una vida nueva cada día con la lozanía temprana del amanecer en cada momento de mi existencia. Un cántico nuevo, una vida nueva, un amanecer nuevo, un aire nuevo, una energía nueva en cada paso, una esperanza nueva en cada encuentro. Todo es lo mismo y todo es distinto, porque los ojos, que miran los mismos objetos que ayer, son nuevos hoy.

El arte de saber mirar con ojos nuevos me capacita para disfrutar los bienes de la naturaleza en toda la plenitud de su pujante realidad. Los cielos y la tierra y los campos y los árboles son ahora nuevos, porque mi mirada es nueva. Se me unen para cantar todos juntos el nuevo cántico de alabanza.

“Alégrese el cielo, goce la tierra,retumbe el mar y cuanto lo llena;vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,aclamen los árboles del bosque delante del Señor,que ya llega, ya llega a regir la tierra.”
Éste es el cántico nuevo que llena mi vida y llena el mundo que me rodea, el único canto que es digno de Aquel cuya esencia es ser nuevo en cada instante con la riqueza irrepetible de su ser eterno.
“Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor toda la tierra; cantad al Señor,
bendecid su nombre,
proclamad día tras día su victoria.”
Carlos Valles sj