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martes, 27 de febrero de 2018

Dirección espiritual

"Algo está cada vez más claro en la Renovación: ésta necesita contar con santos y sabios maestros del Espíritu. La "dirección espiritual" tiene una importancia especial dentro de ella. Refugiarse en "ya me guía el Espíritu; no necesito de ninguna ayuda ajena" es desconocer peligrosamente los pasos difíciles de la vida espiritual y los peculiares de la Renovación.Es preciso caer en cuenta de que, a partir de la Encarnación del Hijo de Dios, e inaugurada por El en profunda humildad (Fil 2,5), se da en el orden sobrenatural una mediación querida y bendecida por el Señor. En esta mediación intervienen los hombres como cooperadores, respecto de sus hermanos."
p. Benigno Juanes sj
"Las 11 tentaciones del servidor"




viernes, 4 de agosto de 2017

Espontaneidad y manifestaciones de los DONES CARISMÁTICOS








III. NO FAVORECER SUFICIENTEMENTE LA ESPONTANEIDAD Y LAS MANIFESTACIONES DE LOS DONES DEL ESPÍRITU 
Testimonio

"En 1968, mientras completaba mis estudios de post-grado en filosofía en la Universidad de Fordham, tenía mi habitación en una residencia para los jesuitas que estudiaban en la Universidad. Una mañana de primavera el Padre Jim Powers, S. J., de la Provincia jesuita de New England, coincidió conmigo en el desayuno. Había estado ausente por varios días. Me dijo que había asistido a una conferencia nacional de los pentecostales católicos. Yo había leído sobre el movimiento pero no tenía experiencia personal del mismo. Me extrañó que Jim estuviera envuelto en tal cosa, porque me parecía ser el hombre más equilibrado. Yo simpatizaba cautelosamente con el movimiento, pero tendía a asociarlo con tipos más emocionales que Jim. Le rogué que me contara más respecto de sus experiencias con el Pentecostalismo Católico. Mientras él hablaba, yo me sentía interiormente afectado. Después del desayuno tuve la impresión de ser casi arrastrado hacia la capilla. Allí me senté para orar. Siguiendo las indicaciones de Jim que podíamos preparar el camino al Señor para recibir de El, el don de lenguas, comencé a repetir para mí tranquilamente "la, la, la, la". Inmensamente consternado, noté que pronto siguió un rápido movimiento de la lengua y de los labios, acompañado de un tremendo sentimiento de interna devoción. Ahora puedo volver sobre esta experiencia y verla como el punto en que mi propia vida espiritual, en su desarrollo, dio un giro radical. Yo había sido fiel anteriormente a la oración, pero era seca y formulística. Desde aquel día, he sentido una creciente necesidad de orar y un profundo deseo de orar por los demás". (Tomado de Pentecostalism, A Theological Viewpoint, by D. Gelpi, S. J., Paulist press, New York, 1971, 1-2).
Evidentemente, en este aspecto, que tiene su puesto principal dentro de las reuniones de oración, se puede ir de un extremo a otro. En ello, como en todo, se ha de buscar el difícil equilibrio: lo preciso, lo justo, lo que da una discreta razón y, sobre todo, el discernimiento del Espíritu.
Nos referimos a la multiplicidad de carismas y dones que el Espíritu Santo puede y quiere suscitar entre los que El ha elegido para "edificación" de la Iglesia.
Es probable la búsqueda ansiosa de los dones del Señor. Lo es, más aún, darles la primacía sobre la "docilidad al Espíritu", su obra interna y la transformación de nosotros en Cristo. Pero también hay quienes se preocupan demasiado y se angustian por los peligros.
Una cosa es la discreta vigilancia, una previsión inteligente de ellos y aun la fraterna corrección a quienes indiscretamente usan los dones; otra, muy distinta, es reprimirlos y extinguirlos por temor".
Si realmente han nacido del Espíritu no es para que los agraciados con sus dones los tengan "soterrados", como hizo con el talento el siervo perezoso (Mt 25,24-30).
Dados para "edificar la Iglesia de Cristo", no usarlos discretamente por la razón que fuere, es privarla de un gran bien.
El miedo infundado, no el sensato alerta, impide no sólo lo debido, sino el acrecentamiento y desarrollo que normalmente se seguirá. Y aun puede cerrar la puerta a la concreción de otros nuevos. Siempre será actual el dicho paulino: "Examinad todo, haced el conveniente discernimiento y quedaos con lo bueno (1 Tes 5,21).

1. Algunos puntos doctrinales
Recordemos ciertos puntos doctrinales. Nos darán el verdadero sentido de los "carismas" del Espíritu y nos ayudarán a apreciarlos, desearlos, pedirlos y cultivarlos en su justa medida, según la voluntad de Dios.

Exposición abreviada de su fin
Suponemos conocida de nuestros lectores la finalidad de los carismas. La definición de Muhlen más general, se completa con la de Rahner, más particular: Los carismas (en sentido amplio) son "una aptitud general, en la medida en que es liberada por el Espíritu, y aceptada para la edificación y el crecimiento del cuerpo de Cristo o del mundo".
"En el Antiguo Testamento y en la actual terminología, designan, cuando se emplea en plural, los efectos del Espíritu de Dios en el creyente que nunca pueden ser exigidos por el hombre, ni pueden ser previstos por los órganos oficiales de la Iglesia, ni pueden alcanzarse por la recepción de los sacramentos; aunque siempre y en cualquier lugar de la tierra, pueden conjeturarse o presumirse, puesto que pertenecen a la esencia necesaria y permanente de la Iglesia, de la misma manera que la jerarquía y los sacramentos. Los carismas, en contraposición a las virtudes, apuntan a hacer visible y creíble la Iglesia como pueblo santo de Dios y así son un complemento del ministerio eclesiástico en su función propia".
Las consecuencias que de ambas descripciones de los carismas se deducen, son sumamente importantes.


2. Consecuencias
—La primera consecuencia es que el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo, se manifiesta, está presente en los carismas. Son "Signos de la presencia del Espíritu de Cristo". 

Aunque el Espíritu Santo es "un don de Sí mismo", el don por excelencia, la fuente, origen y dador de todo carisma, la importancia, el valor y el aprecio de sus dones han de ser altamente considerados por todo cristiano. Se trata de realidades que nos descubren una presencia real de alguien que está detrás y por encima de ellos, infundiéndolos, haciéndolos crecer e impulsando a usarlos rectamente. 

Remontándonos a la causa última y suprema de su existencia, nos hallamos ante "signos manifestativos del amor de Dios, que se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo" (Rom 5,5). Es un amor de pura benevolencia del Padre que los concede en Cristo, por el Espíritu Santo, con una finalidad eminentemente "misionera y salvífica" por eso el cristiano debe servir al plan de salvación de Dios "con la fuerza de los dones del Espíritu que le son concedidos".



—La segunda consecuencia es una "derivación" de la precedente; si se trata de realidades con valor fundamentalmente salvífico, es obvio que el cristiano los desee, los pida humildemente y los use conforme a la voluntad del Padre, que los concede con una finalidad determinada. Así coopera al designio de salvación sobre los hombres. Cuanto se refiera a la propia estima, prestigio, exhibicionismo, influencia,... queda radicalmente excluido. Indicaría "una especie" de robo sagrado, una "prostitución" de lo que por su misma naturaleza y por la intención del donante, se orienta definitivamente a la construcción en el amor, en la unidad, de la Iglesia de Cristo. 

Ellos capacitan para emprender diversas tareas que tienden a constituir y renovar a la Iglesia; consideramos que no es vana esta repetición: es demasiado serio lo que está en juego para que los cristianos se permitan usarlos sin discreción o, más grave aún, con la intención velada de glorificarse o prestigiarse con ellos. 

—La tercera consecuencia parece, igualmente, obvia: nos hallamos ante realidades delicadas, expuestas a desviaciones, interpretaciones equívocas o torcidas; a influjos inadvertidos de nuestros profundos anhelos que parten del subconsciente y pueden pasar desapercibidos. Por eso, se hace totalmente indispensable el discernimiento. 

No hemos de vivir en angustia: la paz del Señor, y la discreta vigilancia, nos ayudarán a usarlos en el tiempo preciso y en el modo humano y divinamente fiel a la intención del Espíritu. 

Lo importante es evitar el extremo opuesto, la "carisma- nía" o deseo inmoderado de carismas. Ambos son igualmente reprobables. Si debemos desechar toda ambición, eliminar todo uso indiscreto, es también inadmisible dejarse "traumatizar" por el temor o ser inhibidos por el miedo de un empleo dañino y destructor de nuestra vida espiritual y de la ajena. 

Es preciso contar con nuestra sana comprensión de los "carismas", con la propia "discreción" y la de nuestros hermanos, con la ayuda, que llegará si somos fieles al espíritu, de quien es el Dador. 

—La cuarta consecuencia, demasiado simple, pero fundamental: se impone antes de todo, un juicio. Conocer con cierta profundidad, si es posible, qué son las carismas y las particularidades de cada uno. 

Por citar un ejemplo: son no pocos los incrédulos, los que "minusvaloran", hasta desprecian el controvertido "don de lenguas". 

Cuando se les invita a explicar qué entienden por tal don, llega uno a asombrase de la ignorancia, de la ligereza con que hablan de una realidad hoy tan estudiada, desde todos los ángulos posibles, por especialistas, y tan frecuente entre los carismáticos. ¿No sería más prudente dejarse instruir, sin prejuicios, por personas competentes en la materia, antes de emitir un juicio que puede descubrir reparos, mala o deficiente formación? 

Si los carismas, en frase de K. Rahner, pertenecen a la esencia de la Iglesia, no tenemos que maravillarnos de que en nuestros días también se den. El mismo Vaticano II ha tomado posición respecto de ellos y no es, por cierto, negativa. 

Se impone, por lo tanto, que los pastores y los fieles conozcan en profundidad este acontecimiento moderno, mejor dicho, tan antiguo como la misma Iglesia, pero hoy afortunadamente reencontrado. Se debe conocer el pensamiento de Juan XXIII que tan sincera e intensamente pedía un nuevo Pentecostés con todas sus felices consecuencias; enterarse del modo, como "automáticamente", puede crecerse en ellos; saber los criterios de discernimiento de los dones y el uso "discreto" de los mismos. 

Ni juicios preconcebidos, ni ilusionados; ni "todo lo bueno", ni "todo está erizado de peligros y por lo tanto, debe ser evitado"; ni vivir en angustia, ni infantilismos de que siempre acertaremos en el uso debido; ni cerrazón, ni apertura indiscriminada a cuanto parezca ser del Espíritu, sin previo discernimiento. Hemos de caminar hacia el equilibrio en el conocimiento, en el juicio, en el uso. Podemos faltar tanto por el ansia de dones o búsqueda desmedida de los carismas, como por "no favorecer suficientemente la espontaneidad de los dones del Espíritu". 

—La quinta consecuencia tiene una gran importancia: los carismas, en un grupo maduro de oración, que cuenta con una dirección experta, han de convertirse en elementos normales del grupo. 

Si el círculo de oración ha madurado en la alabanza y los carismas no aparecen suficientemente, habría que indagar los obstáculos que impiden una sana y frecuente manifestación. 

Parece bastante garantizada esta afirmación: no todos los carismas se dan en la misma abundancia. El de lenguas suele ser prodigado por el Espíritu si las personas no ponen obstáculo. Hay quienes positivamente lo rechazan por diversas razones. Pero, aún en la hipótesis de no existir tal impedimento, es discutible si todos serían agraciados con él. El carisma de profecía no es, ni mucho menos, tan frecuente. 

Otra pedagogía y normas hay que tener con los grupos incipientes. Deben aprender a poner las cosas en su sitio; a conocer cuál es lo insustituible; qué puesto tiene la acción de Espíritu y qué cooperación pide de nosotros. Tener prisa por tocar el tema, más aún, presionar para que se manifiesten es una dañina pedagogía. 

Pero en los grupos de oración ya maduros, debemos ser discretamente atrevidos en nuestra fe para que el Señor se prodigue de modos diversos, por el nombre de Jesús. San Pablo nos anima a ello, con tal de que en todo se guarden el decoro y el orden y, añadiríamos, se posea el don precioso del discernimiento (1 Cor Ce. 12-14) 

Sexta consecuencia favorecer la espontaneidad y las manifestaciones de los carismas, indudablemente, es tarea delicada. Aunque sea el Espíritu Santo quien los concede, los desarrolla y suscita su uso, hemos de saber colaborar con El; ni obstaculizar su obra en cualquiera de los tres aspectos, ni mostrarnos tibios sino favorecerla. ¿Cómo podemos hacerlo? 

Queremos añadir que esta colaboración debe ser en un triple nivel: a) nivel individual, b) nivel de todo el grupo de oración, c) nivel de los líderes o servidores. Cada uno de estos diversos colaboradores del Espíritu desempeña su propio papel. Deben, por lo tanto, conocer los medios y el modo de realizarlo con la discreción humana, la humildad y la confianza en el Señor sin las cuales toda actividad del hombre queda estéril.

Respecto a los dirigentes, es necesario insistir en que una de sus tareas fundamentales es, precisamente, ésa: no debe permitirse ignorar cuanto los capacita humana y divinamente para colaborar en el Espíritu en una misión que redundará en bien o en mal de los sujetos particulares, del grupo como tal, de la Iglesia para cuya edificación se nos otorgan. Si los caris- mas se dan para "construir" la comunidad, su ausencia conducirá al estancamiento y al paulatino empobrecimiento del grupo. 

Dar normas concretas no resulta fácil. Lo más útil es consignar orientaciones que puedan abarcar las diversas situaciones de las personas y de los grupos. Es, pues, muy importante echar mano de una prudente flexibilidad en su empleo, del conocimiento de lo que parezcan permitir las personas concretas y los grupos; sobre todo, hallarse sumergidos en la unión del Espíritu para saber discernir el tiempo, la oportunidad, el modo..., no apresurarse ni retrasarse; no insistir imprudentemente ni, por el contrario, descuidarse; no contentarse con poco, ni ambicionar lo más y lo mejor ya desde los mismos comienzos. El mismo San Pablo, en los capítulos 12 al 14 de la Primera Carta a los Corintios, nos da las normas sabias, válidas para nuestros grupos; veámoslas en comentarios de toda garantía para una interpretación orientadora. 

Entre las disposiciones envidiables del líder se destaca la de hallarse "sensibilizado" a la acción del Espíritu Santo de modo que, percibidas sus iluminaciones y mociones, una su actividad a la del que actúa principalmente. 

3. Apreciación personal 

Terminamos este apartado con una observación que puede prevenir desvíos o ayudar a eliminar desorientaciones y usos indebidos de los carismas. No olvidemos -y lo decimos sin asomo de alarmismo- que se trata de una realidad eclesial maravillosa pero igualmente seria. Comprometerá o beneficiará al pueblo de Dios y, consiguientemente, a la Renovación, nacida en la Iglesia y para la Iglesia. 

Estamos siendo protagonistas de una imprevisible renovación en lo más profundo de ella. No es otra cosa, en expresión del Vaticano II, que "la fidelidad a su ser y a su vida". 

Pues bien, la información y experiencia dicen que la mayor parte de los grupos carismáticos de oración maduran progresivamente en el uso correcto de los carismas. Las faltas de tino y de equilibrio van desapareciendo a medida que se instruyen convenientemente y el Espíritu Santo tiene campo abierto para actuar. No olvidemos esta verdad cuando de algún modo tenemos la responsabilidad de cooperar a que los carismas se susciten: ni debemos ni está en nuestra mano señalar la hora al Espíritu; ni retrasar o adelantar su aparición; ni designar a éste o aquél como los más indicados para ser depositarios de sus dones y más equilibrados para usarlos. 

Nos parece, como feliz progreso, que la búsqueda ansiosa de carismas y la experiencia de lo "maravilloso" van cediendo terreno al deseo de encontrarse con el Señor, a un sincero y profundo anhelo de conformar la vida con la de Cristo y de entregarse en humildad y sacrificio a los demás. El Espíritu Santo y la docilidad a su acción, el seguimiento de Jesús, la instauración de una comunidad de amor, preocupan, serena pero seriamente, a la inmensa mayoría de los carismáticos. Y, afortunadamente, en muchos grupos de oración ha pasado a ser más que una sana y profunda preocupación. Comienza a ser una viva realidad que no pocos, cuando ven con ojos claros desde fuera, comienzan a envidiar. Empieza a repetirse, en expresión exacta, delicada y varonil a la vez, la exclamación asombrada de los primeros tiempos de la Iglesia: "Mirad cómo se aman entre sí y con qué solicitud y sacrificio se ayudan". Hemos vivido, y pensamos que cada día será una realidad más rica, lo que en nuestro mundo minado por el odio y la indiferencia parecía imposible. Es un indicio de que 

la gracia del Señor puede abrirse paso a través de la selva más tupida de maldad y obrar maravillas por su Espíritu. 

Ante hechos innegables, podemos afirmar que la Renovación, fundamentalmente, camina bien orientada hacia el Señor, hacia la vivencia del cristianismo auténtico. Los caris- mas, sin dejar de ser estimados, pedidos y usados, pasan a ocupar el sitio que les corresponde: "signos de la presencia del Espíritu de Cristo, signos manifestativos del amor de Dios, manifestaciones de amor misionero y salvífico' de Dios y los hombres". 

Por lo tanto, aun en toda su excelencia y necesidad, no pueden suplantar el Don supremo, es decir, el Espíritu en su más genuina manifestación: la caridad (1 Cor c. 13). Más aún, los carismas se ordenan fundamentalmente a la caridad, y en un sincero y denso clima de amor cristiano es donde se han de usar discretamente, con miras a la "edificación del Cuerpo de Cristo". 

4. Desvelando y previniendo abusos 

A pesar de esta visión, sanamente optimista y real, hallaremos, más de una vez, personas que dicen pertenecer a la Renovación; dotadas quizás de auténticos carismas, pero actuando fuera de toda norma y medida. Les parece tener "hilo directo" con el Espíritu y verse privilegiadas constantemente, aun en las más insignificantes particularidades de la vida ordinaria, con claras y profundas iluminaciones del Señor. 

Impulsadas por esta persuasión, llenas a veces de buena voluntad se lanzan, por su cuenta y riesgo, a hacer uso de ellos, sin pensar que puedan estar equivocadas o ser juguetes de sus deseos y aun de la astucia del espíritu del mal. 

No se les ocurre consultar, con total disponibilidad y pureza de intención. Si lo hacen, recurren a quienes pudiesen que darán un sí redondo a sus pretensiones o ponen en actividad sus cualidades para persuadir al consultado de sus ideas y de sus planes. Hay una búsqueda exacerbada y enfermiza de sí mismo; no un serio intento de dar con la verdad de Dios y de amoldarse a su voluntad. 

Resulta lamentable presenciar ciertas actuaciones: presión abierta o veladamente, para hacerlos beneficiarios de sus carismas; imponen las manos y oran "por sanación" a quien se les ponga a tiro; "evangelizan", autónomos, sin contar para nada con la anuencia, menos aún con el permiso, del párroco; van de grupo en grupo mostrando que ellos sí tienen los dones del Señor, usando y abusando de los mismos, caso de que llegaran a ser verdaderos. La autoridad, aun del obispo, queda al margen porque son conducidos directamente por el Espíritu. No resulta fácil ni cómodo derribarlos, como a Saulo del caballo. Se hacen impermeables a los consejos sensatos y aun a la gracia. No caen en cuenta de que lo primero que el Espíritu Santo crea en nosotros, si realmente actúa, es la humildad y la obediencia en amor. Con tales personas que -afortunadamente no abundan en la Renovación y terminan por alejarse de ella- se necesita mucho tacto, mucha paciencia y oración para saber actuar sin hacer daño alguno a otros que, demasiado crédulos o influenciables, han caído en la órbita de tales personas. El perjuicio, y aun el escándalo, se acrecientan cuando ocurre con algunos de los servidores. El puesto que ocupan los hace blanco especialmente vulnerable a las miradas de los demás. 

Hemos exagerado de intento, para poner de relieve una realidad que podemos vivir. Nadie debe escandalizarse de que también en la Renovación se encuentren personas que actúen con un evangelio propio. Es fruto de todos los tiempos y climas. Pero una cosa es cierta en esta situación: que la Renovación toma muy en serio no dar lugar a tales espectáculos; que procura remediarlos, lo mejor que puede y que vive el Espíritu y pide ser librada de caer en errores y exageraciones individuales y masivas. Habrá grupos -los menos- que, temporalmente, traspasarán la línea de lo "discreto"; habrá también "carismáticos" aislados que serán un dolor para la Renovación como los hubo en las primitivas comunidades cristianas. No debemos juzgar la Renovación por estos hechos que se esfuman ante la fuerza y la verdad de la obra del Señor en la Iglesia por su medio. Lo sano, lo equilibrado, lo santo es mucho más que lo defectuoso. Y aun esto, tiende a desaparecer, sobre todo, cuando se cuenta con sacerdotes y obispos que animan, alientan, enseñan, guían, amonestan fraternalmente. Y entendemos que debe ser así, no sólo por razón de los dones, sino también por la Renovación como tal y por su importancia para la Iglesia: "El crecimiento de la Renovación a nivel internacional, el incesante compromiso y la participación, cada día mayor, de obispos, muestra que la Renovación no es algo marginal y periférico a la vida de la Iglesia en sentido psicológico. Teológicamente, toca lo que hay de más central en el Evangelio y en el misterio de Cristo". Es el más importante movimiento de renovación (si por tal se ha de tener y no más bien como un "acontecimiento espiritual") en la Iglesia contemporánea. 

Testimonio 

Hacía meses que había recibido el llamado Bautismo en el Espíritu Santo. Me sentía una nueva "criatura". Pero tenía la impresión de que no toda mi persona estaba disponible a la acción del Espíritu. Había oído hablar del "don de lenguas". Le tenía sencillamente pánico. 

Temblaba de que al Señor se le ocurriera fijarse en mí y concedérmelo. Cualquier cosa menos eso. Me parecía ridículo. Y no me encontraba dispuesta a hacerlo delante de los demás, si se hacía presente en una comunidad de oración. Por eso, me inquietaba y vivía un poco de zozobra. Lo rehusaba abiertamente. Y, afortunadamente en mi caso, sucedió algo inusitado. Estaba en oración y de improviso sentí como un apremio a mover mi lengua, el cual fue aumentando y comprendí que el Señor me invitaba a alabarlo en lenguas. Me aterré. Mi primera reacción fue morderme hasta casi sangrar. Salí del apuro por aquella vez, violentamente. Pero Dios no se dio por vencido; una y otra vez, se dejó sentir con los mismos síntomas. Esto me creaba una intranquilidad de conciencia. Me parecía estar segura de que no era cosa mía pero interiormente deseaba alabar al Señor intensamente. Resolví consultar. 

Se me dijo que no opusiera resistencia: ¿Quién era yo para luchar en contra del Señor? Que tomara la actitud de un niño y que me dispusiera a aparecer ante mí como un poco "tonta". Será una impresión pasajera. Obedecí. El don tan tercamente rechazado vino a mí; hoy pienso en mi actitud y casi me avergüenzo. Lo uso con frecuencia, privadamente. Mi alma se enciende en el amor del Señor y aun siento que me ayuda a ser liberada de ciertos complejos. ¡Gloria al Señor!  Teresa, Bolivia.

Del Libro: Las 11 tentaciones del Servidor, p. Benigno Juanes sj

viernes, 7 de julio de 2017

La práctica de la "Oración de Jesús" no puede hacerse fuera de la Iglesia

Fuera de la Iglesia y de la lucha con las pasiones, esta oración carece de toda fuerza y utilidad.


La práctica de la "Oración de Jesús" no puede hacerse fuera de la Iglesia, porque es la Iglesia la que le da sentido y significado. No puede separársele, porque requiere luchar contra los vicios y pasiones, y esta lucha sólo puede realizarse en el seno de la Iglesia, con el poder de la Gracia recibida con los Sacramentos. Fuera de la Iglesia y de la lucha con las pasiones, esta oración carece de toda fuerza y utilidad.

La “Oración de Jesús” demanda también alcanzar las virtudes, especialmente la humildad. Requiere, además, de un corazón compungido y doloroso; exige, también, un corazón puro. Sin pureza, el corazón se mantiene lleno de confusión e intranquilidad, que impiden que nuestra oración sea escuchada.

(Traducido de: Jean-Claude Larchet, Ține candela inimii aprinsă. Învățătura părintelui Serghie, Editura Sophia, București, 2007, p. 124) fuente Doxología

Deseo inmoderado de Carismas



El gusto por lo maravilloso y el deseo inmoderado de carismas (carismanía).
Es, sin duda, una preciosa realidad en la Renovación Carismática: la motivación fundamental de la mayor parte de las personas que acuden, semana tras semana, a los grupos de oración, es sincera, despojada de la búsqueda de sí. Van tras el Señor: su adoración, su alabanza, la acción de gracias, unidos a sus hermanos que se acercan con el mismo corazón abierto al Señor.

Esta es la realidad que hace a los grupos de oración lugares privilegiados para la acción del Espíritu. Ofrece oportunidades que El aprovecha para actuar poderosamente en el interior de las personas, convertirlas, purificarlas, perfeccionarlas, hacerlas cada vez más semejantes a Cristo.

Pero no todos acuden, sobre todo al comienzo, con una intención tan pura y con una motivación tan centrada en el Señor. No hay por qué extrañarse de ello, aunque desearíamos que todos siempre estuvieran revestidos de estos sentimientos que reproducen, de algún modo, los de Cristo cuando se acercaba a orar a su Padre Celestial.
En todo grupo de oración hay que contar con alguna o algunas personas que, en sus primeras visitas, van llevadas por el gusto de lo maravilloso: han oído hablar de carismas. Quizás Dios, a través de sus hijos, se ha manifestado con la gracia de sanaciones físicas, sobre todo, y el gusto innato por lo que sale de lo ordinario, por lo "maravilloso" las incita a tomar parte en el grupo. No pocas veces es un cebo que, providencialmente, utiliza el Señor para comenzar a realizar su obra de atracción y de conversión. Cuando los servidores están bien instruidos, saben aprovechar maravillosamente esta atracción para catequizar progresivamente a las personas.

Ciertamente, en los grupos de oración que funcionan bien y se abren a la acción de Dios se operan curaciones, sobre todo interiores, que no pueden menos de elevar nuestro corazón en agradecimiento y alabanza.

Cuando hablamos aquí del obstáculo que crea el gusto de lo maravilloso, no nos referimos a quienes están lejos de los extremos en los que solemos incurrir: la actitud del que se cierra sistemáticamente a lo sobrenatural y toma una "pose" negativa y la del que "colecciona lo maravilloso", dejándose guiar por ello y reduciendo, lamentablemente, la vida espiritual a hechos real o pretendidamente sobrenaturales. En la Renovación Carismática existe un sano equilibrio, cada vez más afirmado, en el aprecio y el uso de los carismas y ojalá que se llegara a tener siempre el verdadero sentido eclesial en el uso y visión de los dones del Señor.

Nos referimos aquí a los que se pudieran llamar los "aficionados" a lo maravilloso: éstos son los que realmente representan un verdadero obstáculo para el desarrollo y crecimiento del grupo de oración, a los que hay que tratar de ayudar a superar su situación.

Tales personas no se avienen fácilmente a oír, y menos a tratar de asimilar, la doctrina de la cruz. Para ellos cuenta más el poder de Dios que se manifiesta en las sanaciones, que su misericordia y su compasión que perdona, purifica a sus hijos. La doctrina y la práctica del perdón no les parecen tan importantes y los frutos del Espíritu no están puestos en el lugar primordial que deben tener como floración preciosa de la acción del Espíritu en el alma.

Es una labor de tacto y de fortaleza, de perseverancia y de paciencia la que ha de ejercitarse con ellos para que vayan desprendiéndose de su mentalidad "mágica" e ir equilibrándose en sus juicios y sentimientos respecto de lo "maravilloso". Negarlo todo, sería cerrar los canales de la gracia que, ordinariamente, quiere comunicarse a través de signos sensibles. Aprobar todo (tener ansia de lo maravilloso) sería ir contra las reglas de la prudencia y la dolorosa experiencia de siglos, y convertir la sana, fuerte y exigente espiritualidad del Evangelio en una realidad confortable, fascinadora, sin los sobresaltos que impone la marcha tras Cristo.

p.Benigno Juanes sj

Carismanía - Tratamiento


Como toda enfermedad la "carismanía" lo es en sentido espiritual- requiere un tratamiento adecuado. Nos contentamos con insinuar algunos medios. Sería muy laudable que las personas con síntomas de contagio, estuvieran dispuestas, con humildad, a descubrir su situación a una persona experimentada y aplicar los remedios que se le indicaren.
Pero aquí está, precisamente, la dificultad: caer en cuenta, admitir hallarse dentro de un campo espiritualmente peligroso. Es realmente difícil que uno, por sí mismo, si no es fuertemente iluminado por el Espíritu de Jesús, se dé cuenta de la situación interna en que se encuentra. La enfermedad se agrava por la actitud que, frecuentemente, crea a nivel intelectual y emocional: una "dureza de juicio" contra la que pueden estrellarse las más prudentes indicaciones y aun la actitud del Señor.

Este, pues, sería el primer medio: la ayuda fraternal, no dada en plan de imposición, sino de un diálogo en el que participa la persona afectada, que va descubriendo su propia situación, llevada de la mano por un maestro espiritual de cálido sentido humano y por acción interna del Señor.
A veces, puede ser suplida por el acto comprensivo de una persona, quizá menos experta en cosas del espíritu, pero de plena confianza para el sujeto, y entregada, en su propia vida, a la acción del Espíritu.

Es igualmente necesario indagar, hasta donde se pueda, el origen de la situación concreta. Aquí se hace imprescindible no sólo tacto exquisito sino un conocimiento, al menos suficiente, para saber penetrar en la intimidad de la persona, sin herirla ni empeorar la situación. Si no se tiene cierta seguridad de éxito, por la experiencia en manejar casos semejantes, o se siente auténticamente movida por el Señor para intervenir, no fácilmente presumible, lo aconsejable es renunciar a intervenir. No todos son aptos ni están preparados para misión tan delicada. Meterse a ayudar por propia iniciativa, cuando el caso es difícil, es arriesgarse a profundizar el mal, por más competente que pueda uno ser en espiritualidad y teología. La psicología tiene su propio valor y su misión. También aquí, no hay por qué dejar a un lado, sino utilizarla y vivificar la oración intensa al Señor. Todo esto ayudará a ir llevando al sujeto a la persuasión de que no todo es obra extraordinaria del Espíritu. Sería negarse a sí mismo el conceder al hombre cualidades para después dejarlas arrumbadas. Como hemos subrayado suficientemente, son necesarias la oración, tanto personal del propio sujeto, como la de sus hermanos y la súplica comunitaria.

Podemos aplicar a nuestro caso lo que F. McNutt dice tan persuasivamente: "En los pasados diez años mi comprensión del poder de Jesucristo para transformar las personas en sus vidas ha cambiado gradual, pero radicalmente. Jamás dudé de que El vino a cambiar nuestras vidas, pero creía, sobre todo, a través de sus enseñanzas, que El nos haría instrumentos útiles".
Lo que E. D. O'Connor afirma debe ser consignado: "Tres son las fuentes de energía y actividad en la vida cristiana: la natural, que comprende todo lo que emana o procede de la naturaleza humana. La Eclesiástica, que comprende todo lo que procede de la institución hecha por Jesucristo. La Carismática, que abarca todo lo que emana de la libre inspiración del Espíritu Santo. Ninguna de ellas reemplaza las otras; cada una tiene su propia función".
El último aspecto, el carismático, necesita ser discernido; sometido a los criterios que garantizan su procedencia del Espíritu de Cristo y no de nuestros deseos o de la acción subterránea del subconsciente o del "maligno".

En todos los enumerados debe entrar la oración como elemento vivificador que purifica motivaciones y se acoge al poder y al amor del Señor.
Otro recurso que en modo alguno deber ser omitido es el siempre mencionado, que Jesús es el profeta y el maestro que nos señala el camino que nosotros debemos seguir. Y no solamente es quien nos enseña y muestra por dónde caminar, es también nuestro modelo: el camino, la verdad y la vida.
Todo es verdad, naturalmente, pero hemos de caer en la cuenta de que nosotros necesitamos poder para transformarnos; que no podemos enseñar y predicar y entonces esperar que la gente cambie sus vidas. Este puede ser también nuestro caso: una comprensión limitada, incompleta de la realidad espiritual. La oración, que pone a nuestra disposición el poder de Jesús, actuante por su Espíritu, se hace imprescindible cuando se trata de volvernos hacia el Señor, convertirnos, entregarnos en mayor profundidad a su acción.

En el problema que enfrentamos, la gracia de Cristo se hará sentir para iluminar, mover al sujeto y agilizar el proceso de vuelta a la normalidad espiritual y aún psicológica. Este poder, que el Espíritu Santo pone en movimiento, es el objeto de una oración humilde, confiada, repetida en clima de fe y de amor.
Dentro del medio citado puede entrar la oración de curación interior. Hecha oportuna y discretamente, en espíritu de fe profunda y de amor comprensivo hacia el hermano, será una ayuda inapreciable.


Quizás -y hay casos que lo avalan- lo que no se ha podido conseguir por otros medios, se alcance por éste. Pero como en todo actuar del carismático, deben, también aquí, estar muy presentes la prudencia y la caridad. 

p. Benigno Juanes sj

Búsqueda desmedida de dones - Algunas causas


Nos hallamos frente a un engaño que pretende sorprendernos y enredarnos con cierta facilidad. Se inquietan si no tienen o les parece no poseer ciertos dones. Todos estamos bien equipados de ellos.
Quizás echamos de menos los que desearíamos y hacemos muy poco caso de los que realmente tenemos. Inconscientemente, podemos aspirar a los que se clasifican como "extraordinarios" por parecemos que son una recompensa del Señor a nuestra obra o fidelidad. Ellos, en el juicio de muchas personas, demuestran la santidad de la vida o el valor que merecemos ante Dios. Nada más equivocado.

Cierto, el cambio moral, la orientación de todo nuestro ser hacia el Señor es uno de los signos de la "autenticidad" de los carismas de una persona.
Pero esto no equivale al juicio de Dios sobre nosotros. Tal persuasión y, sobre todo, la actuación a que conduce, puede ocultar una tentación sutil. El deseo inmoderado de carismas no se orienta precisamente a la gloria de Dios, a ayudar en la edificación, por la unidad y el amor de la Iglesia; sino a "edificarse a sí mismo": el deseo oculto de prestigio, de ser considerado en un nivel superior de santidad; el larvado exhibicionismo. Resulta muy halagador verse traído y llevado en boca de admiradores; que corran tras de uno demandándole oraciones, imposición de manos... Nada de esto hemos notado en aquellos a quienes auténticamente el Señor ha favorecido gratuitamente con sus dones, por más extraordinarios que sean. La sencillez, la humildad y un discreto no hacer caso de las manifestaciones admirativas de los demás. Aceptar cortésmente sus palabras de alabanza, pero su corazón está puesto firmemente en el Señor de quien proceden y en sus hermanos a quienes sirven.

Insistimos en la descripción, un tanto exagerada, para poner más de relieve la peligrosidad de la tentación de la "carismanía".
Tampoco hemos de olvidar el trabajo de zapa que pueden ejercer nuestros profundos deseos subconscientes: es todo un mundo completo que actúa, desde la oscuridad, activamente en nosotros. Indagar las causas más hondas y exponerlas, aun brevemente, rebasa el ámbito de nuestra obra. No está demás saber que existe tal sector misterioso y que podemos ser víctimas de su actividad.

Por eso, hay que repetir una vez más: es necesario someter a discernimiento las mociones del Espíritu y lo que aparece como carismas, para averiguar, al menos con certeza moral, su calidad verdadera o falsa.
Nada de lo expuesto debe arrastrarnos a la intranquilidad y desasosiego; menos a un temor enfermizo. Al contrario, se trata de un medio prudente de cerciorarnos sobre actividades internas que, no pocas veces, aparecen ambiguas. Es descubrirlas para entregarnos de lleno a la acción del Espíritu si realmente provienen de Él, o para orillarlas si son un fruto de nuestros deseos, o de la obra del "maligno" en nosotros.
No olvidemos: el discernimiento realizado por uno mismo en cosas de cierta importancia y cuando personalmente nos afectan, no da excesivas garantías de objetividad. Por eso San Ignacio de Loyola, eminente en el discernimiento espiritual, encarece el valor de un maestro espiritual que ayude a discernir.

Notemos de paso algo que está cada vez más claro en la Renovación: ésta necesita contar con santos y sabios maestros del Espíritu. La "dirección espiritual" tiene una importancia especial dentro de ella. Refugiarse en "ya me guía el Espíritu; no necesito de ninguna ayuda ajena" es desconocer peligrosamente los pasos difíciles de la vida espiritual y los peculiares de la Renovación. Es preciso caer en cuenta de que, a partir de la Encarnación del Hijo de Dios, e inaugurada por El en profunda humildad (Fil 2,5), se da en el orden sobrenatural una mediación querida y bendecida por el Señor. Sigue el modo ya antes comenzado en el orden natural. En esta mediación intervienen los hombres como cooperadores, respecto de sus hermanos.


Terminamos este apartado: debemos estar dispuestos a aceptar cuanto el Señor nos regala, y atrevernos, humildemente, a pedir en abundancia los carismas del Espíritu, dentro del plan salvador del Señor para nosotros. Pero aguardémonos de medir nuestro aprecio de la virtud, el amor de Dios por la manifestación de los carismas. Todos somos entrañables, infinitamente queridos por el Señor, porque somos sus hijos, no porque poseamos uno o varios carismas. 

p. Benigno Juanes sj

La CARISMANÍA y sus efectos



Estemos serenamente alerta; seremos tentados en lo que algunos, acertadamente, designan con el nombre de "carismanía": deseo desordenado de carismas. Es un peligro que entorpece la verdadera efusión del Espíritu Santo; predispone para las "falsas" iluminaciones y puede llegar hasta la soberbia.

Nada más temible que el sujeto tercamente persuadido de haber sido agraciado con los dones de profecía, de interpretación, de conocimiento... Ellos se dan efectivamente, pero están sujetos al discernimiento para que conste su autenticidad.
Cuando una persona por sí y ante sí, decide sobre los dones supuestos, nos hallamos frente ante una situación difícil. Sólo la prudencia, el tacto y, sobre todo, la oración, puede resolver un problema arduo y doloroso.

El peligro para la Renovación, para el grupo al que pertenezca y para el propio sujeto es manifiesto: "Evaluar los círculos de oración por la cantidad de actividad carismática"; supervisar, discernir, dirigir a esos mismos favorecidos por el Espíritu? El celo mal orientado, la envidia oculta, el deseo de ser considerado y admirado... pueden hacer presa en nosotros. El espíritu del mal no nos tentará abiertamente; lo hará, como a Cristo en las tentaciones del comienzo de su vida pública, a partir de un bien real o aparente. Es preciso que los líderes no se consideren inmunes a estos ataques sutiles. Persuadidos de esta realidad, han de saber conservar la serenidad interior, ser capaces de examinar, discernir en sí mismos las raíces ocultas de lo que aparece, en la superficie, como irreprochable. Sin alteraciones ni congojas, es importante conservar la humildad, la capacidad de ser ayudados, para mantenerse en ese difícil equilibrio que huye de los extremos, en la apreciación, deseo y uso de los carismas en sí y en los demás. Lo que hemos dicho es aplicable al líder en relación con su grupo.

El peligro para la Renovación, para el grupo al que pertenezca y para el propio sujeto es manifiesto: "Evaluar los círculos de oración por la cantidad de actividad carismática"; juzgar la calidad de su vida espiritual por la abundancia presumida de los carismas y de las manifestaciones sensibles del Espíritu; alejarse de una dirección sana; resistirse a reconocer el valor de los grandes maestros de la vida espiritual, siempre actual, y de la tradición inmensamente rica de la Iglesia, son riesgos demasiado serios y devastadores. Tales personas y el Espíritu se bastan. No parecen darse cabalmente cuenta de la aventura que corren al achacarle al Espíritu cosas que solamente existen, respecto de ellos, en su fantasía exacerbada por el deseo inmoderado de los dones del Señor.

Olvidan que sólo el amor es la medida de la espiritualidad cristiana. Desconocen lo relativo a esa vida que "se esconde con Cristo en Dios (Col 3,3), por medio de la humildad y la mansedumbre aprendidas del Salvador" (Mt 11,29).

Entra, igualmente, en la "carismanía" un error que indica desconocer la Renovación y no haber dado con la pedagogía más elemental de la espiritualidad cristiana: esperar que las vidas sean guiadas, siempre y constantemente, por mensajes y revelaciones sobrenaturales; de otro modo, "esperar que Dios intervenga de un modo carismático cuando los poderes naturales son suficientes para resolver el problema ". Formulando de un modo negativo, "rehusar la obra que debemos hacer, por ejemplo, el estudio,... con la idea de que el Señor proveerá a través de sus dones".

Esta actitud implica una falsa persuasión: "Ver la actitud carismática como un fin en sí, más bien que como un medio para el crecimiento personal y comunitario

De aquí se sigue el abandono de toda planificación, discreta cooperación del hombre a la obra del Señor. Resulta hasta ridículo o tentador respecto de la acción del Espíritu Santo, la pretensión que, prácticamente al menos, se puede dar: querer sustituir la reflexión, la instrucción, la demanda de consejo, "por un "querigma " de neta inspiración carismática ". 

p. Benigno Juanes sj

Búsqueda desmedida de dones





La Renovación es "carismática" principalmente por la docilidad y disponibilidad a la acción del Espíritu Santo en cada uno y en la comunidad orante. Pero lo es también por la donación, el uso y el crecimiento de los carismas. Más exactamente, "porque pretende vivir la plena vida en el Espíritu que significa el ejercicio de todos los dones en la comunidad".
Estos, por el Dador, por su sentido y finalidad, son en sí algo bueno y deseable. La misma Iglesia, en el concilio Vaticano II, los ha puesto en el lugar eminente que les corresponde. Son nada menos que el modo habitual de que se vale el Espíritu Santo para "edificar" su Iglesia. Por eso deben ser estimados debidamente; los fieles han de pedirlos con humildad y usarlos discretamente, dentro del orden, cuando se sientan "agraciados" con ellos.
Pero, aun supuesta su bondad y eficacia, en la construcción de la comunidad del Señor no deben pasar a ocupar, ni en nuestro deseo ni en el uso, el puesto indiscutible que le corresponde a su Dador. Se trata, por lo tanto, de lograr ese justo equilibrio que nos impida corrernos a los extremos: un deseo y búsqueda impaciente y morbosa, un temor más allá de lo discreto, una congoja que nos hace vivir en tormento exagerando el peligro y cerrándonos al Espíritu y dificultándonos la disponibilidad a su uso.
Uno de los criterios de discernimiento que nos puede guiar en este mundo de los carismas respecto de su auténtica posesión y práctica, es si aumentan la humildad sincera. Aunque los carismas son, primariamente, para bien de la Iglesia de Cristo, también los agraciados con ellos se benefician en su vida y en toda actitud de amor y de entrega.
No es raro que, sobre todo en los comienzos de la nueva vida en la Renovación, se busquen con afán desmedido, como si el mero hecho de tenerlos significara haber sido elevados a un grado especial de virtud. No es tampoco infrecuente asistir a las reuniones de oración con el oculto deseo de ver algo espectacular. Todo ello delata una inmadurez espiritual contra la que se lucha tenazmente en la Renovación. El tiempo, la debida instrucción y la obra a fondo del Señor en nosotros, se encargarán de irnos sacando de nuestros sueños y devolvernos a la realidad: existen los dones, no son una ficción; hay no pocas personas agraciadas con ellos y, quizás nosotros mismos lo seremos en la hora de Dios. Todos, por el mero hecho de ser cristianos somos fundamentalmente carismáticos. No son tantos los tocados de "carismanía".

Seríamos injustos si tildáramos con tal defecto a la inmensa mayoría de cuantos asisten a los grupos de oración y llevan algún tiempo en ella. Ni siquiera todos los principiantes caen en ese defecto que, por lo demás, no es un hecho aislado ni singular.
La verdadera motivación que debe primar en nuestra asistencia a los círculos de oración es la de alabar al Padre en Espíritu y verdad; la de vernos transformados, por su acción, en la totalidad de nuestras vidas y orientados, cada vez más profundamente, hacia el Señor.
Se impone un examen tranquilo sobre nosotros: los deseos desmedidos de ser objeto de los dones del Señor o de presenciar "cosas llamativas", no dejan en buen lugar a la Renovación; arguyen una inmadurez que hemos de tratar seriamente de superar.

Es no sólo natural, sino necesario, que el Espíritu del Señor suscite carismas en su Iglesia, en particular y como lugar especialmente adecuado, en los círculos de oración, donde se le ofrece una oportunidad especial para actuar. Pero nuestra actitud es colocarnos sencillamente como personas disponibles a ser usados por El, cuando quiera y donde quiera, aun en lo más extraordinario. No nos asuste esta expresión. Estábamos demasiado desacostumbrados para asimilarla fácilmente.

El deseo desmedido de los carismas cierra la mano del Señor. No quiere ser forzado. El es libre, y la actitud humilde de disponibilidad es la mejor preparación para que, si entra en sus planes, llegue hasta nosotros la gracia de sus dones.
No hagamos infructuosa la oración de alabanza por tener clavado el corazón en los dones, hermosos en sí y en los fines a que los orienta el Señor, sino en el Dador por excelencia: el Espíritu Santo.

Esta tentación, más perceptible y manifiesta en los comienzos de nuestra entrada en la Renovación, puede asaltarnos también cuando estamos comprometidos en el liderazgo. El hecho de vernos investidos con una misión de gran importancia en la Iglesia: tener que dirigir un grupo de oración, donde normalmente se desarrollan los carismas; ser instrumentos del Señor para ayudar a crecer en Cristo al grupo encomendado; discernir la autenticidad y el buen uso de los dones, etc., es un terreno apto para que el maligno nos asalte.


Necesitamos estar bien equipados para dirigir, ayudar, pastorear a nuestros hermanos. Parece que debiéramos tener en abundancia los carismas para "construir" la comunidad de la que somos responsables. Si otros menos instruidos, menos conocedores de la Renovación, quizá menos entregados al Señor, tienen uno o varios dones, ¿por qué no quienes han de supervisar, discernir, dirigir a esos mismos favorecidos por el Espíritu? El celo mal orientado, la envidia oculta, el deseo de ser considerado y admirado... pueden hacer presa en nosotros. El espíritu del mal no nos tentará abiertamente; lo hará, como a Cristo en las tentaciones del comienzo de su vida pública, a partir de un bien real o aparente. Es preciso que los líderes no se consideren inmunes a estos ataques sutiles. Persuadidos de esta realidad, han de saber conservar la serenidad interior, ser capaces de examinar, discernir en sí mismos las raíces ocultas de lo que aparece, en la superficie, como irreprochable. Sin alteraciones ni congojas, es importante conservar la humildad, la capacidad de ser ayudados, para mantenerse en ese difícil equilibrio que huye de los extremos, en la apreciación, deseo y uso de los carismas en sí y en los demás. Lo que hemos dicho es aplicable al líder en relación con su grupo. 

P. Benigno Juanes sj

miércoles, 28 de junio de 2017

Las tentaciones de JESÚS


San Ignacio de Loyola descubre, con manifiesta pericia, la estrategia del "mal espíritu" en sus tentaciones cuando se trata de obstaculizar la obra del Señor en quienes buscan seguirlo sinceramente.
Esta fue la táctica que empleó también con Jesús. Las tentaciones que el Hijo de Dios sufrió durante su ayuno van marcadas profundamente con esta misma característica de presentarse "a partir de un bien" (Mat 4,1-11 y paralelos). Mas, en su entraña, iban dirigidas, diabólicamente, a un fin que hubiera dado al traste con la misión salvífica de Jesús. Pretendían, nada menos, que apartarlo de la voluntad del Padre; en definitiva, volverlo hacia un mesianismo material y político. Satanás se esfuerza en separar a Jesús de la intimidad con Dios, que señala necesariamente dicho nombre, sugiriéndole un mesianismo que sabe perfectamente no estar conforme con la misión de siervo recibida por Cristo en el Bautismo.

Se trata de tentaciones mesiánicas. Jesús tiene aún la posibilidad de orientar ese mesianismo en un sentido contrario a la voluntad de Dios. Como en los orígenes del mundo, la obra de Dios quedará destruida por una elección que no tenga el apoyo divino.
Las tentaciones de Jesús "nacen de su condición de siervo". Van dirigidas sutilmente al corazón mismo de su confianza incondicional en el Padre. Satanás pretende abrir a Jesús los ojos, como a Adán, para que vea lo incongruente que es su manera de actuar con los hombres y se desentienda del Padre, constituyéndose en Mesías propio e independiente. Satanás se encierra en el mismo círculo que lo perdió: la soberbia, la autosuficiencia hasta el desprecio de Dios; construir su mundo aparte, por sí y para sí.
La lección de Jesús es admirable y sumamente práctica: no es Dios el que tienta, pero permite situaciones en las que realmente seamos probados. De esas tentaciones, por su peligrosidad sacada de la experiencia, es de las que los cristianos, siguiendo las enseñanzas de Cristo en el Padrenuestro, piden ser librados. La tentación de Cristo resulta tan cruel y peligrosa que El mismo quiere que oremos para semejantes situaciones se le ahorren a la Iglesia y a los Cristianos.
El cristiano tiene asignada una impresionante tarea, nacida de la trascendencia de su realidad bautismal: reproducir en sí la imagen del Primogénito entre muchos hermanos, Cristo Jesús (Rom 8, 27-29).
Desde aquí hay que tratar de ver la tentación: La esencia de ésta ha de entenderse partiendo de que el hombre, como ser deficiente, está ordenado a una perfección, que lo trasciende. El impulso a la perfección personal y, por lo tanto, moral, es su orientación hacia su prójimo y hacia Dios. Tal impulso o tendencia sólo se realiza en la medida de la apertura a la trascendencia, al misterio de Dios experimentado, pero incomprensible.
Aquí es donde comienza nuestro drama. Palabra exacta, no porque la tentación haya de consumarse ciegamente en un fracaso humano-divino, sino por el peligro manifiesto de no realizar nuestro gran destino y porque la perfección a la que decimos estar ordenados se ha de realizar muchas veces en el dolor, aunque de él, como de la muerte de Cristo, surja pujante la glorificación.

Repitámoslo para no ser infantilmente sorprendidos: la tentación de Cristo es modélica. Esto quiere decir, entre otras cosas, que si el Padre permitió que su Hijo fuera tentado sutil y duramente, permitirá circunstancias en la que seremos presa codiciada de los ataques del mal. También aquí es oportuna la advertencia de un teólogo en su informe al episcopado de su nación: "Algo importante esta sucediendo: es como un despertar del Espíritu. La necesidad de discernimiento es urgente; debemos caer en cuenta de que las fuerzas del mal intervienen más cuando algo de importancia se produce".
Como cristianos y dirigentes de la renovación, debemos recordar una verdad que, vivida y experimentada en propia carne, es necesario repetir: Las raíces del mal se hunden en nosotros profundamente. Los impulsos espontáneos del hombre en cuanto "carnal", es decir no animado por el Espíritu, están potencialmente en nosotros, dispuestos a asaltarnos. Aun cuando hayamos sido "injertados" en Cristo, hemos de seguir luchando continuamente para mantener nuestra auténtica libertad (Rom 6,12; Col 3,5). La tentación dramática entre el impulso al bien y el impulso al mal, pone al hombre en una situación desgraciada de la que es liberado solamente por Cristo (cfr. Rom c.7). El líder (o servidor) de la Renovación Carismática que se ha entregado seriamente al Señor para hacer de Él, el centro de toda su vida, y se ha responsabilizado con una misión tan importante en la Iglesia, se verá expuesto a una persecución enconada del enemigo de Jesús.
Por su condición de cristiano que aspira a vivir su bautismo y por el bien que el Señor puede hacer por su medio en los demás, se convierte en un bocado exquisito para Satanás. Dios, en sus designios de salvación, permitirá que sea tentado. El maligno pretenderá apartarlo del Señor, hacer infructuosa su obra y querrá llegar lo más lejos posible. Las tentaciones vendrán de diversos campos: de nosotros mismos, en nuestra condición carnal de hombres no dominados por el espíritu del enemigo de Dios que también juega su influjo sobre nosotros.
El dirigente de la Renovación no escapará a esta realidad. Tendrá que recorrer el mismo camino de Cristo.
Pero también, como el Señor, cuenta con la fuerza del Espíritu de Jesús. No hay por qué turbarse. Existen un poder y un amor que el Padre Celestial ha puesto a su disposición en la persona del Espíritu Santo. Ha de confiar y aprender a utilizar lo que está siempre a su alcance.

Notas del autor:
1. La tentación es una realidad espiritual tan común que excusa toda legitimación. La experiencia cotidiana nos habla demasiado elocuentemente de este acontecimiento que enrola a todos, buenos y malos.
Si en algún capítulo se podrían aducir citas que avalaran lo que en el cuerpo de la instrucción se dice, es en éste, precisamente, en que cabria mas abundancia, y excelencia de nombres y de obras.
Por esto, porque en todo manual de alguna solvencia se encentra tratado con relativa abundancia, no hemos querido hacer uso de citar lo que el lector puede hallar fácilmente. Las obras clásicas tanto antiguas como modernas no olvidan este aspecto fundamental y hasta se prodigan en su trato. Igualmente se puede afirmar de los diccionarios de espiritualidad. Sobre todo los más recientes; por citar uno, el Nuevo Diccionario de Espiritualidad: le dedica páginas densas que es preciso leer con detenimiento para extraer el rico contenido que allí se atesora.

2. Queremos, no obstante lo dicho, hacer algunas excepciones:

- San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús -piensan muchos maestros de la vida espiritual- señalan las dos grandes cimas de lo que inspiradamente se ha escrito sobre el tema.
- San Alfonso María de Ligorio y San Francisco de Sales han pasado a ser autores tan leídos como amados por el pueblo cristiano.
- San Bernardo y el P. Alonso Rodríguez en su camino de perfección (suprimidas o pasadas por alto algunas páginas ingenuas del segundo), siguen siendo maestros mayores de la vida espiritual.
- R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior. Buenos Aires, 1944.
- K. Rahner, en la multiplicidad de sus escritorios también aborda felizmente este campo y, específicamente, en "Sobre el problema del camino gradual hacia la perfección cristiana", Estudios de Teología, Taurus, Madrid, 1961, 13-33.
- S.G. Arzubialde, Teología spiritualis (El camino espiritual del seguimiento de Cristo), Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, 1989-
- (Varios) Sabiduría de la Cruz, Madrid, 1981.

- G. Thils, Existencia y santidad en Jesucristo, Sígueme. 1987.