San Juan Crisóstomo, en sus homilías, subraya y acentúa la dimensión de la atención. Para él, los “oídos” no son meros órganos físicos, sino más bien la disposición interior de una voluntad que busca la verdad. Su reflexión nos advierte que Cristo no habla a todos del mismo modo; por eso nos invitó, y nos sigue invitando hoy, a una escucha vigilante, una escucha capaz de abrir el corazón a la gracia. El énfasis de Crisóstomo está en la seriedad del acto: no basta con oír, hay que acoger con fe.
Anteriormente Orígenes, un gran teólogo que vivió en tiempos de persecución, interpretaba esta frase como una advertencia más bien pedagógica. “Tener oídos” significaba estar preparado para recibir la enseñanza divina. Él veía en la parábola la fragilidad de la semilla ante las distracciones; por eso, decía que la exhortación exige la purificación del "oído espiritual". La escucha auténtica es, entonces, un llamado a la conversión continua y a la apertura a la acción del Espíritu.
San Agustín, en sus sermones, llevó la reflexión hacia la obediencia práctica. Para él, escuchar era sinónimo de obedecer, recordando que la raíz de la obediencia es, precisamente, la escucha intensa (ob-audire). La semilla es la Palabra y los terrenos son las almas: unos la acogen y otros la dejan perderse. “El que tenga oídos” es una invitación a ser hacedores de la Palabra y no solo oyentes olvidadizos. El acento de Agustín está en la responsabilidad de que lo oído dé frutos en la vida.
En conjunto, estas tres miradas revelan un arco espiritual: Crisóstomo llama a la atención, Orígenes a la preparación interior y Agustín a la obediencia. La expresión de Jesús se convierte así en un imperativo que atraviesa los siglos: escuchar con el corazón, convertir la vida y obedecer. La semilla de la Palabra no germina sin esta triple actitud, que los Padres de la Iglesia nos transmiten como herencia viva para la Iglesia de todos los tiempos.
®piedrasvivas

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