¿Te has puesto a pensar cuánto tiempo gastamos pensando en cómo escuchar mejor? Saber escuchar requiere un oficio, una disposición que no siempre tenemos. En medio de los ruidos que hoy nos aturden —la notificación constante de las redes, las prisas que no dan tregua y las ansiedades por el futuro—, nos enredamos en dudas, en lo que hacemos mal, en lo que no logramos captar. Y sin embargo, la Escritura nos regala un referente que ilumina este arte: Elías en el monte Horeb.
Elías era un hombre cansado, desanimado, escondido en una cueva. Él esperaba a Dios en lo grandioso: el viento impetuoso, el terremoto, el fuego. Pero el relato nos viene a decir algo que no es fácil de digerir:
“Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto” (1 Reyes 19,12-13).
Ese gesto nos habla de una escucha distinta: no la del oído externo, sino la escucha del corazón entero. Aquí existe una conexión implícita y brillante con nuestra misión de ser “piedras vivas”. Al cubrirse el rostro, Elías renuncia a poseer o controlar la imagen de Dios y transforma su cueva de desánimo en un “monumentum”, un lugar de memoria donde Dios pasa. Este gesto nos invita a cada uno de nosotros a convertir nuestra propia “cueva” —nuestras ruinas personales y fragilidades— en un espacio sagrado de encuentro. Elías descubre que Dios se manifiesta en lo discreto, en lo que apenas se percibe, en lo que exige silencio interior.
Los Padres de la Iglesia lo entendieron así. San Juan Crisóstomo decía que Dios se revela “no en lo que aturde, sino en lo que dispone el corazón” y anteriormente Orígenes ya había expresado que “tener oídos” era estar preparados para la enseñanza divina, con vigilancia y apertura.
El profeta Elías nos enseña que escuchar es abrir la vida completa: mente, sentidos, emociones, memoria. Es dejar que todo se convierta en oído interior. Y es entonces, cuando el hombre descubre su unidad, cuando logra integrar todo lo que es y posee, que lo que parecía silencio se vuelve Palabra viva, palabra que sostiene, guía y consuela.
Hoy, en medio del ruido, Elías es una invitación a esa escucha atenta. A reconocer que Dios pasa en lo pequeño, en lo suave, en lo casi imperceptible. Y que cuando nos disponemos así, no solo oímos… nos dejamos transformar.
®piedrasvivas

No hay comentarios:
Publicar un comentario