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viernes, 7 de abril de 2017

El CRECIMIENTO de un grupo de oración


CRECIMIENTO de un GRUPO
 P. Alejandro BALBÁS SINOBAS

De los grupos de oración surgen igualmente células y grupos de profundización de personas con una mayor exigencia espiritual y de vida cristiana, pero con una realidad entroncada dentro de la Renovación Carismática Católica". (R.C.C. en España 27.4).
Comencemos recordando el texto de San Lucas respecto de Jesús: "Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres". (Lc 2,52). El crecimiento es síntoma de vitalidad y necesita un alimento y unos cauces que favorezcan su desarrollo y su maduración, merecedora de toda atención. Todo ello exige un querer, que a su vez lleva consigo una actitud, una disponibilidad firme para recorrer el camino ya emprendido o para vivir una vida, cuya novedad ha podido comenzar a inquietar.

  EXPERIENCIA DEL ESPÍRITU SANTO

  La experiencia de haber recibido el Espíritu Santo, es decir, el bautismo o la efusión del Espíritu Santo ha de ser el punto de partida para cada hermano ya estable en el grupo. El Amor de Dios fue derramado sobre él y se atreve a gritar con toda verdad y conciencia "Abba", Padre. Consecuentemente suscita en él un amor filial que le produce una sensación tan llena de gozo que le hace estallar en una alegría permanente.  
  Jesús, el Cristo, ha sido también el fruto que le ha sido revelado por el mismo Espíritu, haciéndole sentir la necesidad de conocerle más y de imitarle. Ha comenzado una vida nueva con exigencias de más y de un crecimiento, aunque no sepa expresarse con claridad.
  En contacto con algunos hermanos del grupo se comunican sus inquietudes y ven que individualmente no pueden lo necesario y echan en falta algo más en común además de la reunión semanal. Necesitan más frecuentemente ponerse a los pies del Señor, escucharle y así poder adelantar más en sus vidas.

  EN CÉLULA DE INICIACIÓN
¿Cómo comenzar? No necesariamente tiene que surgir un grupo de profundización llevados de la buena voluntad y menos cuando el grupo no es numeroso. Pudiera ser muy conveniente dar algunos pasos antes. El alma que se ha encontrado con el Señor y siente el gozo de habérsele manifestado gratuitamente desea comunicarse con alguien. No me refiero ahora a un alguien nuevo sino a otro hermano del grupo y que fácilmente está viviendo la misma experiencia del Señor.
  Comunicarse es una necesidad. Son dos o tres hermanos que de una manera informal, es decir, sin programar y casi casualmente, con espontaneidad, se van haciendo partícipes de sus cosas espirituales. El amor fraterno va apareciendo entre ellos, sintiéndose más que a gusto con cierta exigencia normal.
  Se va rompiendo el cerco de su yo encerrado en sí mismo, se rompe el silencio interior y se abre a un tú que a su vez abunda en los mismos sentimientos y deseos. La vergüenza y los miedos van desapareciendo ante la experiencia nueva de relacionarse. Por el contrario, la sinceridad y la libertad interior van proporcionando una satisfacción humana y espiritual manifiesta.
  El Espíritu Santo está trabajando en cada uno de ellos que, aparte del gozo, va dándoles una fidelidad y un ver con claridad que se sienten llamados de manera especial por el Señor.
  Es un entrenamiento del que irán saliendo airosos y fortalecidos en su fe y entrega a Cristo. Simplemente como un entrenamiento práctico que, sin darse cuenta, les sitúa en una antesala de algo más que progresivamente irán sintiendo
  Naturalmente que no estarán exentos de dificultades que, en realidad, habrán de considerarse como pruebas para su asentamiento personal y su ilusión. El tiempo de duración no tiene un límite determinado sino que dependerá de su progreso y exigencias internas. Lo que sí es cierto es que durante esta etapa se producirá una mayor conversión y una decisión más firme de seguir a Cristo con tina apertura al Espíritu Santo y a los demás.

  EN GRUPO DE PROFUNDIZACIÓN

  Los que han vivido provechosamente esta etapa, diríamos, celular o germinal, estarán ahora no solamente en deseos sino también en disposición y capacitación de vida para pasar a formar seriamente un grupo de profundización. Ya puede constar de ocho a diez personas, hermanos, bien definidos personalmente según su ritmo de crecimiento y sabiendo lo que quieren. Así lo irán demostrando en su vivir y en sus actuaciones.
  Este grupo ha de ser limitado a los hermanos que se hayan comprometido y han de sentirse impulsados por la llamada interior del Espíritu Santo que les está susurrando interiormente y que les lleva a responder con generosidad. Todo es porque el Señor lo quiere, nada se han de atribuir a sí mismos y, por tanto, les lleva a andar en humildad y responsabilidad. Se reunirán una vez por semana, aparte de la del grupo general, sin que nada obstaculice las luces y la acción del Espíritu Santo, sin caer en las técnicas o dinámicas de grupo que le desfiguren y desnaturalicen. Es un grupo carismático de profundización dentro del grupo de Renovación Carismática.

  Algunas orientaciones de cómo puede desarrollarse la reunión:
  a.‑ La oración, en cuyo ambiente han de situarse, ha de exigir silencio e intimidad donde escuchen al Señor y le alaban.
  b.‑ La Palabra de Dios habrá de ser su alimento favorito e imprescindible. Podrán orar con ella, podrán tener sus comentarios y se abrirán a ella para su interiorización y personalización. Toda la Biblia es Palabra de Dios, pero los evangelios serán la proyección de Jesús en la realidad y santidad de sus vidas.
  c.‑ Apertura a los carismas. El Espíritu Santo se irá manifestando a cada uno en orden a identificarse carismáticamente a sí mismo para ayudar y servir a sus hermanos tanto, del grupo de profundización como, de todo el grupo.
  d.‑ El amor sea el mayor y mejor carisma al que aspiren todos de manera especial y en cuya atmósfera se desenvuelvan.
  e.‑ El compromiso les tiene que ir cogiendo, cada vez más fuertemente, en generosidad de entrega a Dios en su vida personal y en servicio a los demás. No se trata de algo obligatorio o impositivo sino que ha de fluir lógica y alegremente de su vida interior y del Espíritu Santo. Cristo es el camino a seguir.
  f.- Con toda esta experiencia se irán convirtiendo en testigos de un mensaje nuevo para lo que no les faltará oportunidad.
g.‑ La formación se irá haciendo cada vez más necesaria en aras de dar razón de su fe en toda su amplitud, acomodada a su maduración, en asegurarse en el camino emprendido, en prepararse bien para la realización de su vocación carismática.
  h.‑ El compartir sus experiencias y testimonios en este grupo reducido habrá de ser imprescindible, y será un dar gracias interminable a Dios, acarreará sus bendiciones, y constituirá un enriquecimiento mutuo. Se irá transparentando la criatura nueva engendrada por el Espíritu Santo y cuyos frutos irán apareciendo con gran contento de todos.
  i.-  Es muy consecuente que, quien trate de llevar una vida de estas características y generosidad de entrega, necesite de un acompañamiento espiritual. Este servirá para discernir la marcha de su vida, si realmente va siendo ajustada a la voluntad de Dios y se corresponde con su llamada y sus propias exigencias. Es necesario escuchar la voz del Espíritu y secundarla.

  PARA UN CRECIMIENTO

  Ni la célula ni el grupo de profundización son una meta sino más bien unos cauces de maduración y crecimiento y no pueden quedarse en sí mismos. En la medida en que los hermanos se vean transformados y vayan encontrándose a sí mismos en su vida real, irán creciendo y adentrándose con seguridad y conocimiento de la naturaleza y fines de la Renovación Carismática.
  Estas formas de crecimiento necesitan un pastoreo que se traduce en el alimento espiritual adecuado y en buen discernimiento que abarca desde su iniciación y profundización, siguiendo con su afianzamiento y maduración que siempre será relativa.
  Por último no sería necesario, pero por si acaso, decir que ni las células ni los grupos de profundización suplen, ni tampoco sustituyen, el grupo en sí, ni su asamblea de oración semanal, antes al contrario, y sin ningún orgullo ni vanagloria, han de servir de fermento y enriquecimiento para todos. Todos están bautizados en un solo y mismo Espíritu y no forman sino un solo cuerpo.
Un grupo de profundización ha de verse en un constante devenir, que va dejando un substrato de vida con una capacidad insospechable como es la acción del Espíritu Santo en muchos casos. Es necesario ver y constatar el ritmo y el nivel de vida.
 Viene a la mente la parábola del sembrador. El final de la primera parte termina diciendo: “Otras (semillas) cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta” (Mt 13,8). Los frutos son proporcionados a la calidad de tierra (ya la semilla es en sí buena), que quiere decir en nuestro caso que la vida carismática puede discurrir por niveles de más o menos profundidad. No obstante, el ideal de lo perfecto, la utopía de lo lejano y sobre todo las exigencias inagotables de vida pueden coincidir con la llamada permanente del Espíritu Santo.
Corresponde esta ley interna de crecimiento a los deseos de Jesús, hablando de "sus ovejas": "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia"(Jn 10,10). Esta vida como el amor no tienen límites, pueden rebosarlos todos y se entenderá mucho mejor al considerar la vida movida por el Espíritu Santo.
La experiencia que se va adquiriendo según el grado de madurez la podemos clasificar, todo es relativo, en tres categorías fundamentales y que pueden quedar poco más que consignadas de esta manera.

EXPERIENCIA DE DIOS

Ha de ser ya constatable que la experiencia de Dios ha tomado cuerpo y lugar experimental carismático en la persona. Sin abandonar, por supuesto, la parte religiosa externa, que podríamos llamar más institucional, ahora se experimenta más el fondo que ocupa Dios en un encuentro de verdadero amor.
El alma ha entrado en una relación muy directa con el amor de Dios, la salvación y estilo de vida de Jesucristo y la santificación y guía del Espíritu Santo. Cuanta más experiencia haya del Espíritu Santo, tanta más habrá del Padre y de Cristo y consecuentemente de una vida mística y cristiana. La oración, los sacramentos y la Biblia serán su alimento imprescindible.
El que así viva será capaz de exclamar "Abbá", Padre, con un amor filial connatural y consciente, de vivir enamorado de Cristo y de sentir el gozo exuberante del Espíritu Santo. Como un caudal incontenible sus actos religiosos serán manifestación y celebración de su fe y a la vez medios de un mayor crecimiento interior.
La persona de Cristo ocupará el centro de la vida, se convertirá en verdadero "Camino,
Verdad y Vida" hasta verse cautivado y asociado como cierto y evidente discípulo suyo. Estará en actitud de apropiarse las palabras de San Pablo: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó"(Rm 8,35‑37). Y termina diciendo que nada, absolutamente nada, “podrá separamos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro”(v 39).
Como puede verse, es toda una experiencia de amor íntimo y profundo donde el alma se encuentra con Dios de una manera personal, abierta y decidida. Es un Dios uno y trino y la persona será real y con todas sus circunstancias.

EXPERIENCIA DE HERMANOS

Las reuniones y las celebraciones van adquiriendo un carácter comunitario no corriente y de un amor tal que les hace exclamar: ”¡Oh, qué bueno y qué dulce habitar los hermanos todos juntos!(Sal 133). La vida misma se ve entretejida de un amor fraternal en la que los lazos de la fe superan incluso a los humanos.
Cuando uno se encuentra verdaderamente con Dios, se encuentra necesariamente con el hermano ya que los que son hijos de un mismo Padre son hermanos entre sí, respondiendo de esta manera a la pregunta no solamente por qué los tengo que amar sino por qué no he de amarlos. Es lo que dice San Juan: "Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios porque Dios es Amor"(1 Jn 4, 7‑8).
La experiencia de hermanos se manifiesta, además de la exultación celebrativa de la fe juntos con gran efusión de amor del Espíritu Santo, en la mutua ayuda y cooperación tanto en las necesidades espirituales como en las materiales. "Ante todo, tened entre vosotros intenso amor, pues el amor cubre multitud de pecados. Sed hospitalarios unos con otros sin murmurar. Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las gracias de Dios"( 1 P 4,8-10). Se hace norma de su comportamiento.
Principalmente, la experiencia fraternal llega a conjuntar sus esfuerzos y aunar su dedicación en las mismas tareas del Evangelio por el Reino de Dios. Más, "pues, a vosotros se os ha concedido la gracia de que por Cristo... no sólo que creáis en él, sino que también padezcáis por él" (Flp 1,29). El espíritu comunitario debe subsistir y aflorar constantemente, "siendo todos del mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos"(Flp 2,2).La unidad entre los hermanos es un presupuesto necesario para vivir en cristiano, con mucha más exigencia en renovación, para emprender cualquier tarea hacia dentro o hacia fuera del grupo y para secundar toda inspiración del Espíritu Santo. La unidad es la prueba de fuego de todo grupo para su crecimiento y posibilidad de dar frutos.
Y además el amor traducido en caridad va muy lejos y al que no se le van poniendo límites ni respecto a personas ni a cosas, tiempos ni lugares.

EXPERIENCIA DE VIDA CARISMÁTICA

De la experiencia de Dios bien entendida se deduce la gratuidad de la vida nueva, ya que no es sino la autocomunicación y manifestación absolutamente libre de Dios. Se revela en su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo y es acogida por el sí, también libre y generoso, por la criatura creyente, que es hijo de Dios, por el cristiano ungido por el Espíritu Santo. Es la vida carismática.  
Magnífico ejemplo el de San Pablo que atribuye toda su vida a la gracia de Dios tanto en lo que era como en lo que hacía. Para él, pero con él, todo era gratuidad y poder de Dios. "Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo"(1 Cor 15, 10). Como engendrado por Dios, a él atribuye también su obra de apóstol.
La vida carismática, don y gracia de Dios, es y va siendo protagonizada por el Espíritu de Dios, dado en los sacramentos de iniciación, notándose más su presencia y actuación, llegando a mayor relevancia por la experiencia y la madurez de las personas en nuestro caso. El “carismático” es el sujeto paciente de toda esa vida y a su vez colaborador dócil y entregado.
Hay efectos o manifestaciones del Espíritu Santo totalmente gratuitos que escapan al querer de las personas, a cualquier instancia, incluso eclesial, y que tampoco se dan necesariamente con los sacramentos. Son los carismas. Los da el Espíritu Santo, “distribuyéndoles a cada uno en particular según su voluntad” (1 Cor 12,1 l). El mismo Espíritu Santo es quien ha querido que en estos tiempos se manifiesten los carismas de manera especial y nosotros somos testigos y nadie puede excluirse sino abrirse a ellos. Aun dependiendo libremente del Espíritu Santo, quienes vayan viviendo la vida carismática con apertura, agradecimiento y generosidad, podrán ser sujetos de ellos y sentirán además la necesidad de ser útiles a los demás y su inclinación vocacional según el mismo Espíritu. Así se irá demostrando el crecimiento real y verdadero de quienes vivan en grupo carismático de profundización.

PROYECCIÓN DE VIDA

Quienes vayan viviendo su vida en profundidad irán sintiendo , además de todo lo dicho como vida, la necesidad de un futuro nuevo, el deseo y la inclinación hacia otras experiencias. No se trataría de la aspiración a nuevos sentimientos ni de novedades superficiales veleidosas. Veamos algunos síntomas o experiencia de realidades concretas.

LIBRES, DISPONIBLES Y CORRESPONSABLES

Se entiende que a estas alturas de vivir en profundización los verdaderamente interesados han llegado a una liberación suficiente tanto en su interior como en su libertad personal. Pueden aplicarse lo que dice San Pablo: “Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud”. "Comenzasteis bien vuestra carrera, ¿quién os puso obstáculo para no seguir la verdad"? "Porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad" (Gál 5,1.7.13).
Siendo así, ser libres equivale a estar libres, es decir, disponibles para vivir de una manera concreta, para llevar a cabo una tarea, para secundar unas iniciativas o para seguir los impulsos del Espíritu Santo. Es vivir en la actitud de "aquí estoy", "he aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra" (Lc 1,3-8).
De este modo se sentirá responsable y corresponsable. La vida y los compromisos que correspondan a cada uno él lo tendrá que hacer por su parte. Lo que le haya encomendado el Señor y lo que los demás puedan exigirle él lo tendrá que hacer. Tiene que convivir, tiene que colaborar, tiene que corresponsabilizarse con los demás. En solitario nada y siempre estar dispuestos a la corrección y a la ayuda. "Hermanos, aun cuando alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado. Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo" (Gál 6,1‑2).

SEGUIR LOS IMPULSOS DEL ESPÍRITU SANTO

Siendo el centro de toda su vida Cristo, su Espíritu, el Espíritu Santo, es quien ha de iluminarles todo y guiarlos a todos. Estar ungidos es no solamente estar habitados sino impulsados por el Espíritu según su disponibilidad generosa. Él "habla" y él "manda" y a él se le responde con prontitud y alegría. He aquí un texto: "El Espíritu dijo a Felipe: "Acércate y ponte junto a ese carro." Felipe corrió hasta él". "El Espíritu del Señor arrebató a Felipe"(Hch 8,29.30.39). La unción del Espíritu es para una misión, lo cual quiere decir que el agente principal es el Espíritu Santo a quien hay que obedecer y seguir.
Dios puede hablar y manifestarse por su Espíritu de muchas maneras y otras tantas oír su voz. La Biblia es la Palabra de Dios abierta permanentemente. El magisterio y los acontecimientos de la Iglesia son expresión del Espíritu Santo que la conduce. Los signos de los tiempos, las personas, ciertos hechos, etc. pueden convertirse con recta interpretación y significado en otras tantas voces a escuchar y secundar.
Es muy frecuente también que ciertos hechos o cosas se vayan sucediendo conforme a la voluntad de Dios, determinando así los pasos a dar por quien se deja llevar por el Espíritu Santo y que va implicando su nueva vida. De esta manera y como sin una búsqueda expresa el Espíritu de Dios se va manifestando y marcando nuevos rumbos.

FORMACIÓN

La formación ha de ser permanente y por eso se ha de reiterar en todas las edades y etapas. En una vida de entrega a Cristo y de va ciertos compromisos la formación viene exigida por la misma experiencia que se está viviendo. Es más que conveniente seguir respondiendo al por qué se cree y al por qué se vive de esta manera. El sentido de la vida personal y en común quedará aclarada y justificada.

No se han de escatimar sino buscar y poner todos los medios que conduzcan a este fin. Al interior del mismo grupo pueden darse lecturas estudiadas y comentadas de libros, revistas, artículos. Se pueden escuchar cintas, ver y comentar vídeos, aprender en informática y aprovechar cuantas iniciativas sean posibles.
Se pueden también beneficiar de enseñanzas de otras instituciones, p.e. diocesanas, congregacionales o a cualquier otro nivel. Incluso se pueden servir de cursos a distancia en distintas materias cuyos resultados pueden ser muy útiles y provechosos. Así mismo, podrían crearse, para ser utilizados, otros medios de formación a distintos niveles.

EVANGELIZACIÓN

Si en algo se tienen que especializar, y dedicarse ya, salvo que se dé una vocación muy especial y personal, es en la evangelización. Ante todo no pueden por menos dejar de hablar de aquello que han visto y oído, es decir, de su experiencia, como Pedro y Juan, aun cuando les habían prohibido hablar y enseñar acerca de Jesús: “No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20).
Naturalmente que pueden organizarse con el debido orden eficaz y testimonial. Las catequesis de las 7 Semanas o seminarios de la vida en el Espíritu son un medio muy propio y con excelentes resultados para evangelizar, cuando se imparten adecuadamente, como estamos palpando. El Espíritu ha de seguir hablando a las Iglesias con buenos y escogidos portavoces.
La evangelización cada vez más necesaria y urgente presupone unas exigencias de vida tanto a nivel personal como comunitario. Es lo que queda consignado. Pero también todo ello ha de desembocar lógicamente en la evangelización.

martes, 18 de octubre de 2016

CONTAR CON LOS DEMÁS

Interdependencia personal

Todos hemos venido al mundo como niños totalmente dependientes de otros. Hemos sido dirigidos, educados y sustentados por otros durante bastante tiempo, y está claro que si no hubiera sido así no habríamos vivido más que unas pocas horas, o a lo sumo unos pocos días. Después, nos fuimos haciendo cada vez más independientes. Se podría decir que nos fuimos haciendo cargo gradualmente de nosotros mismos.

Una persona con una dependencia física (un paralítico o un enfermo de Alzheimer, por ejemplo), necesita ayuda de los demás. Una persona que sea muy dependiente emocionalmente, tomará sus decisiones y se sentirá segura muy en función de la opinión de los demás, de lo que otros piensen de él. Una persona que sea muy dependiente intelectualmente, cuenta con que otros piensen y decidan por él ante los principales problemas de su vida.

En cambio, una persona independiente se desenvuelve por sus propios medios, tiene su propia opinión sobre las cosas y sus propias pautas para la construcción de su vida.

Sin embargo, esa independencia personal, que es un logro decisivo en la vida, ha de tener también su justa medida. Porque ser absolutamente independiente no parece que sea el gran paradigma de la existencia. Entre otras cosas, porque los más altos logros de nuestra naturaleza tienen siempre que ver con nuestra relación con los demás. La vida humana lograda es de por sí —por llamarlo de alguna manera— interdependiente.

La sensibilidad de este final de siglo ha entronizado a veces de modo exagerado la independencia, como si fuera la más grande meta humana y una garantía segura de felicidad. Sin embargo, un mal entendido afán de independencia puede en muchos casos acabar en dependencias mucho más amargas.

Por ejemplo, la que se ve en esas personas que abandonan su matrimonio y sus hijos en nombre del amor y la independencia, aunque en el fondo lo hacen por razones egoístas bastante fáciles de suponer. O en la de aquellos que desatienden a su familia, o traicionan a sus amigos, o renuncian a sus principios, en razón de un desmedido afán de afirmación personal en su trabajo, de ganar más dinero o de alcanzar mayores cotas de poder. O la que se ve en aquellos otros que hablan de romper las cadenas, liberarse, vivir la propia vida..., y en realidad están con ello sujetándose a otras cadenas que suponen dependencias mucho más fuertes, porque son dependencias que están en su interior: en una búsqueda egoísta de placer o comodidad, en una renuncia a enfrentarse a la propia responsabilidad, o en echar la culpa a los demás de todo lo que les resulta difícil en sus vidas.

La independencia personal nos hace actuar por cuenta propia, en vez de entregar a otros el control de nuestra vida, y eso es un logro muy importante. Pero no es suficiente como meta final de una vida. Parece claro que conviene siempre añadir a la independencia una buena dosis de sensatez y buen criterio, para no caer en la idiotez independiente, que no por independiente deja de ser idiota.

La vida, por naturaleza, es interdependiente. El hombre no puede buscar la felicidad poniendo la independencia como valor central de su vida. De entrada, porque cualquier logro en la vida afectiva de una persona pasa necesariamente por depender en cierta manera de su mujer, su marido, sus hijos, sus amigos, su proyecto profesional, etc. Por otra parte, todos necesitamos depender también de unos principios, ideales y valores personales acertados.

En definitiva, se puede ser independiente y comprender que se avanza más trabajando en equipo, que necesitamos enriquecer nuestro pensamiento con los de otras personas, que hay que ser fiel a unos valores seguros, o que todo hombre necesita dar y recibir afecto. La vida ha de plantearse buscando compartirla profunda y significativamente con otros, y esto siempre supone un contrapunto a un afán de independencia mal entendido.

Jugar en equipo

Si a cualquiera nos preguntaran cuáles han sido las experiencias más enriquecedoras de nuestra vida, las que mejor conservamos en la memoria y recordamos con mayor satisfacción, casi siempre nos referiremos a vivencias personales dentro de un conjunto de personas a las que apreciamos. Quizá sea la familia, o un equipo de trabajo, o un grupo de personas dentro de un determinado ámbito cultural, o de un deporte, o de lo que sea.

Saber compartir, hacer equipo, sentirse unido a otras personas, es siempre gratificante, y también de ordinario un buen acicate para esforzarse, para mejorar. La presencia de otros nos inspira y estimula a un nivel quizá difícilmente accesible para nosotros yendo en solitario. De los demás aprendemos muchas cosas que nos enriquecen enormemente, y por ayudarles a veces nos sorprendemos haciendo cosas que quizá incluso no haríamos ni por nosotros mismos.

Los demás son un elemento decisivo en nuestra mejora personal. Es cierto que la fuerza para cambiar depende en gran parte de uno mismo. Pero también sabemos que las personas que nos rodean pueden ayudarnos o estorbarnos mucho en ese camino. La capacidad para cambiar se ve reforzada cuando sabemos convivir con los demás, cuando sabemos trabajar en equipo, cuando logramos estar cercanos a las personas que componen nuestro entorno.

El que se esfuerza dentro de un ámbito de confianza e ilusión, bien integrado entre personas a las que aprecia, normalmente se esfuerza más y mejor. Y eso suele producir un benéfico efecto feedback. Cuanto más das, más recibes, y mejor clima de colaboración y apoyo logras, lo cual siempre refuerza la satisfacción de todos.

Se trata de saber integrarse lo mejor posible en los ámbitos de relación en los que participemos. Como ha escrito Anthony Robbins, todos jugamos en varios equipos: la familia, nuestro entorno profesional, nuestra ciudad, nuestra cultura, nuestro país, la humanidad entera. Puede uno quedarse sentado en el banquillo y mirar, o bien levantarse y jugar. Y es mucho mejor jugar. Compartir nuestro mundo con otros. Cuanto más demos, más nos será dado. Cuanto más participemos, más daremos y más recibiremos.

Y también hay que saber elegir equipo. Como recuerda el dicho popular, la ley más universal es la ley de la gravedad, que tiende a llevarnos hacia abajo, y nos hace abandonar muchos retos que deberíamos plantearnos. Si sabemos rodearnos de personas positivas, con deseos de mejorar, con ilusión por hacer rendir sus talentos en servicio a los demás, entonces nos veremos nosotros mismos mucho más estimulados. Si logramos jugar en un equipo así, eso es extremadamente valioso. Por eso es vital rodearse de personas que nos lleven a ser una persona mejor cada día.

La felicidad y el acierto en el vivir no depende de lo que tenemos, sino más bien de lo que somos, de cómo vivimos. Y lo que hacemos con lo que tenemos determina en gran medida cómo vivimos, hasta en detalles mínimos. Por ejemplo, si somos generosos con una persona que ha hecho bien su trabajo, y le tratamos como merece, eso nos hace mejores a nosotros y a él. Y esto es aplicable a casi todo. Deberíamos hacer una reflexión personal sobre esto. ¿Y si hiciera el propósito agradecer siempre con calor cualquier favor que recibo, o cualquier servicio que me hagan, por pequeño que sea? ¿Y si dedicara más tiempo a hacer la vida agradable a quienes me rodean? ¿Y si llamara de vez en cuando a mis amigos y familiares, sin necesidad grandes motivos, aunque sólo sea para interesarme por ellos? ¿Y si hiciera el propósito de hacer un donativo, aunque sea modesto, a la medida de mis posibilidades, cuando tenga noticia de un proyecto interesante? Es un estilo de vida. No es cuestión de tener mucho tiempo ni mucho dinero. Es cuestión de cómo administro lo que tengo, sea poco o mucho. De decidir con acierto a qué dedico mi tiempo y mis recursos. De no dejarme llevar por la rutina, sino procurar poner en mi vida un poco más de ingenio y de reflexión.

Todo esto puede parecer poca cosa, pero es más importante de lo que parece. Cualquier pequeño detalle tiene un efecto positivo sobre nosotros mismos y los demás. Y un conjunto de pequeños detalles puede cambiar por completo el ambiente de una familia, una oficina, un lugar de descanso, un grupo de amigos, un noviazgo o un proyecto cultural. Proponerse ese reto con ilusión es algo que siempre vale la pena.

La soledad moral

«Aquel chico —contaba el profesor Robert Coles— tenía quince años, le iban muy mal los estudios, y solía pasar horas y horas en su habitación escuchando música con la puerta cerrada.

»Un día le pregunté por su vida y sus problemas, y se negó a hablar de ellos, con un gesto de desdén. "¿A qué se debe ese gesto?", le pregunté. "A nada", contestó. "¿Y no será quizá a ti mismo?", aventuré yo. Al oír eso, se volvió, me miró con atención, y esperó unos segundos antes de musitar: "¿Por qué dice usted eso?".

»Sentí entonces que me había acercado a un punto importante, y que quizá ese chico estaba bastante cerca de abrir su corazón y dejarse ayudar, pero que también podía de pronto replegarse. Preferí no responder directamente a su pregunta y, con cierta incomodidad, después de haber sufrido su desplante, pero con afecto, le dije: "Me parece que comprendo lo que sientes, y sé que en esos momentos parece que uno no le puede contar nada a nadie, porque uno no sabe bien lo que le pasa, ni qué hacer consigo mismo, ni qué decirse." El joven se quedó mirando, no dijo nada, pero cuando sacó su pañuelo me di cuenta de que sus ojos habían empezado a humedecerse.

»Hablamos varias veces, y aquel chico fue saliendo poco a poco de su abismo de desesperación, de su aparente soledad impenetrable. Le resultaba extraordinariamente costoso analizar esa mezcla de sentimientos, dudas, anhelos y heridas interiores, y sobre todo expresarlas en palabras ante otra persona. Poco a poco fue mostrándose como un joven lleno de rencores, muy reservado, desdeñoso de cualquier pauta moral, hipercrítico. Era un brillante observador que detectaba con gran intuición los errores y las falsedades de todo el mundo, pero no podía quedarse ahí y dirigía después su atención sobre sí mismo y se juzgaba también con extremada dureza.

»Sólo con el tiempo, y necesité bastante, empecé a darme cuenta de que en el fondo buscaba ayuda para evaluar su vida con criterios morales.»

Aquel chico adoptaba una actitud de escepticismo vital, con la que intentaba ocultar que habitualmente se sentía solo, raro, triste y bastante irritado. Mentía, despreciaba a los demás, vivía en medio de una sexualidad precoz y de un abuso del alcohol que le habían llevado a una soledad persistente. Una soledad que no era sólo emocional, sino también moral. Su vida había roto con los valores morales aprendidos en su infancia, y estaba pagando por ello un precio muy alto.

El abandono moral tiene consecuencias muy dolorosas, y eso es así tanto para los que acuden a un colegio de élite como para los que viven en las callejuelas de un suburbio. La ansiedad que acompaña a la falta de sentido, y a la que con frecuencia se añade el abuso del alcohol, o del sexo, o de otras cosas que intentan ocultar esa ansiedad, producen con facilidad situaciones como la que hemos descrito. ¿Y qué se puede hacer? Hay que entenderles, en primer lugar. Y luego hay que ofrecerles algo en lo que creer, algo que les ayude a controlar el impulso, la amargura, el abatimiento y la sensación de inutilidad angustiosa que acosa a todos aquellos que no cuentan con una brújula ética que les oriente en el fondo de sí mismos.

La educación moral es más importante de lo que muchos creen. Es algo de lo que tiene hambre y sed la gente joven, y que intenta denodadamente encontrar. La enseñanza moral más persuasiva es la que se transmite con el testimonio de la propia vida, con nuestra forma de estar con los demás, de hablarles y de relacionarnos con ellos. ¿Cuándo? Cuando damos las gracias a la persona que nos sirve en la cafetería, y procuramos no tratarla con la indiferencia habitual en todos. O cuando procuramos utilizar más las palabras "gracias" y "por favor", y no de una forma mecánica, superficial y autosuficiente, sino por un deseo auténtico de aprender a romper ese apego a nuestro individualismo, para dirigirnos más a los demás y tratarles con consideración, ser importantes unos para otros, interesarse por sus cosas con tacto y sensibilidad, y expresarles su gratitud por cualquier cosa, aunque sea pequeña. O cuando perdemos el miedo a reconocer que eso que hacemos está mal, y aunque parezca no hacer ningún mal a nadie al menos nos daña a nosotros mismos. O cuando nos esforzamos en hacer más espacio en nuestro interior para los demás, y ofrecer así un pequeño acomodo para los otros, para no vivir absorbidos por nuestra propia importancia. Todo esto crea un estilo de vida, una actitud que facilita el descubrimiento de la verdad moral, y que cala de forma lenta pero efectiva en nosotros y en quienes nos rodean.

Superar el egoísmo

Cualquier persona, cuando bucea en su interior y busca en lo mejor de sí misma, encuentra bien nítida esa llamada humana a la entrega desinteresada, a darse a los demás. Educar o educarse en ese impulso generoso de servir a los demás sin esperar nada a cambio, es a todas luces decisivo para llevar una vida verdaderamente humana.

Aunque por fortuna son pocos quienes reivindican el egoísmo como elemento de la propia tabla de valores, no por eso sus efectos dejan de estar presentes de modo constante en la vida de todo hombre: se trata de una pugna que durará toda la vida, y puede decirse que quien no lucha decididamente contra sus tendencias egoístas, se encamina hacia una auténtica quiebra personal.

Igual que una persona generosa encuentra la felicidad haciendo felices a los demás, el egoísta pasa su vida quejándose de que el resto del mundo no se consagra a hacerle feliz a él.

La generosidad y el egoísmo pugnan por lograr el dominio de cada persona, y parece como si esa dominación cristalizara ya desde muy temprana edad. Un niño o una niña con muy pocos años de edad ya distingue bastante bien la generosidad del egoísmo, y hace opciones morales bien concretas. Son decisiones en las que influye mucho el ejemplo que reciben, pues en la educación de los hijos, como en cualquier proceso de formación, los gestos son más importantes de lo que parece: las conductas o actitudes egoístas engendran a su vez otras similares en quienes las observan, pues su capacidad de imitación es grande y los modelos vivos son los que tienen mayor capacidad de persuasión; los comportamientos, las palabras, los gestos, los modos de reaccionar ante sucesos concretos son imitados con rapidez y trasladados a la vida, y así se crea una dinámica que no siempre luego es fácil reconducir.

Por fortuna, sucede lo mismo en sentido positivo. Y por eso es importante que las personas descubran pronto la satisfacción personal que brota de la generosidad, del servicio, del hecho de ayudar a otros. Incluso el trabajo nos satisface verdaderamente sólo cuando vemos que aporta algo, que está contribuyendo a hacer algo positivo para otros.

"La mejor forma de conseguir la realización personal —asegura Víctor Frankl— es dedicarse a metas desinteresadas". La búsqueda egoísta de la felicidad constituye una contradicción en sí misma, puesto que el egoísmo obstruye el camino de la felicidad. Cuando el placer o la comodidad se deben a intereses egoístas, se produce una curiosa paradoja: cuanto más se buscan, tanto más se diluyen; cuanto más se persiguen, tanto más se apartan de nosotros. Querer a los otros es el mejor regalo que podemos hacernos a nosotros mismos, porque ese cariño que damos a los demás revierte en nuestro propio enriquecimiento haciéndonos mejores.

¿Y ser generoso para alcanzar una satisfacción interior no es, en el fondo, una forma solapada de egoísmo? Existe ese riesgo, sin duda, aunque no me parece muy peligroso, puesto que la propia dinámica de la generosidad va mejorando a la persona y purificando su intención y sus intereses.

Ponerse en su lugar

Recuerdo el caso de otro alumno que desde el comienzo del curso me produjo bastante mala impresión. Su actitud era habitualmente negativa, incluso un tanto desafiante. Parecía como si a cada momento tuviera que comprobar hasta dónde estaba dispuesto el profesor a permitir sus pequeñas provocaciones. También tenía dificultades con sus compañeros, entre los que era bastante impopular.

Su talante y su comportamiento en clase llegaron a producirme cierta irritación. A los pocos días de curso, decidí variar el orden que seguía en mis entrevistas con los alumnos nuevos para hablar con él cuanto antes. A la primera ocasión, le llamé. Nos sentamos, y le pregunté cómo se encontraba en su nueva clase.

Los primeros diez minutos fueron por su parte de un mutismo completo, sólo interrumpido por algunos parcos monosílabos. Aunque me esforcé por mostrar confianza, buscando el motivo de su desinterés y sus dificultades de relación con sus compañeros, apenas encontraba respuesta por su parte.

Pasé a preguntarle por cosas más personales, por sus padres, por el ambiente de su casa. Poco a poco, dejaba notar que en realidad sí quería hablar, pero encontraba dentro de sí una barrera.

Finalmente, y sin abandonar ese tono altivo que parecía tan propio suyo, me contestó: «¿Qué cómo van las cosas en mi casa? Pues eso. Fatal. Que se te quitan las ganas de todo. Usted lo ve todo muy fácil, claro. ¿Pero cómo estaría usted si su madre estuviera en cama desde hace dos años, y su padre volviera a casa bebido la mitad de los días? Estaría muy entero, supongo. Pero, lo siento, yo no lo consigo.»

Siguió hablando, al principio con cierto temple, pero a las pocas frases se vino abajo, se le quebró la voz y se echó a llorar.

Una vez roto el hielo, aquel chico abandonó esa actitud postiza de orgullo y de distancia que solía usar como defensa, y se desahogó por completo. Poco a poco fue contando el drama familiar en que estaba inmerso y que le hacía vivir en ese estado de angustia y de crispación. La enfermedad, el alcohol y las dificultades económicas habían enrarecido el ambiente de su casa hasta extremos difíciles de imaginar. A sus catorce años llevaba ya sobre sus espaldas una desgraciada carga de experiencias personales enormemente frustrantes.

No es difícil imaginar lo que sentí en aquel momento. Mi visión de ese chico había cambiado por completo en sólo unos segundos. De pronto, vi las cosas de otra manera, pensé en él de otra manera, y en adelante le traté de otra manera. No tuve que hacer ningún esfuerzo para dar ese cambio, no tuve que forzar en lo más mínimo mi actitud ni mi conducta: simplemente mi corazón se había visto invadido por su dolor, y sin esfuerzo fluían sentimientos de simpatía y afecto. Todo había cambiado en un instante.

Me recordó aquella frase de Graham Greene: Si conociéramos el verdadero fondo de todo tendríamos compasión hasta de las estrellas. Y pensé que muchos de los problemas que tenemos a lo largo de la vida, que suelen ser problemas de entendimiento y relación con los demás, con frecuencia tienen su raíz en que no nos esforzamos lo suficiente por comprenderles.

Cuando oigo decir que los jóvenes no tienen corazón, o que no tienen ya el respeto que tenían antes, siempre pienso que —como ha escrito Susanna Tamaro— el corazón sigue siendo el mismo de siempre, sólo que quizá ahora hay un poco menos de hipocresía. Los jóvenes no son egoístas por naturaleza, de la misma manera que los viejos no son naturalmente sabios. Comprensión y superficialidad no son cuestión simplemente de años, sino del camino que cada uno recorre en su vida.

Hay un adagio indio que dice así: Antes de juzgar a una persona, camina durante tres lunas en sus zapatos. Vistas desde fuera, muchas existencias parecen equivocadas, irracionales, locas. Mientras nos mantenemos fuera, es fácil entender mal a las personas.

Solamente estando dentro, solamente caminando tres lunas en sus zapatos pueden entenderse sus motivaciones, sus sentimientos, aquello que hace que una persona actúe de una manera en vez de hacerlo de otra. La comprensión nace de la humildad, no del orgullo del saber.