LA FE COMO ARMADURA
Hoy cruzamos la Puerta de la Gracia, el umbral de una jornada de cuarenta días bajo la protección de San Miguel Arcángel. Al iniciar este camino, nuestros corazones buscarán algo que el mundo no puede darnos: el don de fortaleza. Pero no debemos equivocarnos: la verdadera fortaleza no es la ausencia de miedo, ni es es rigidez humana que intenta resolverlo todo a puñetazos con la vida. La fortaleza que hoy pedimos es una participación en la propia omnipotencia de Dios a través de una fe viva.
La Fe es descrita como una armadura, ¿conocemos el motivo profundo de esta imagen? El mal no es una idea abstracta; es un enemigo real que intenta robarnos la paz, la salud y la esperanza. Cuando un hombre camina revestido de fe, el mal no lo alcanza. La fe es ese escudo poderoso que el Espíritu Santo pone en nuestras manos para apagar todos los dardos inflamados del maligno. Esos dardos son el desánimo, la duda sobre el amor de Dios y la tentación de tirar la toalla cuando las cosas se ponen difíciles.
Existe un secreto profético que debemos grabar en nuestras almas: para recibir la fuerza de Dios, primero debemos abrazar nuestra propia fragilidad. San Pablo lo decía con claridad: "cuando soy débil, entonces soy fuerte". Al clamar hoy: "Señor, ayúdame", estaremos abriendo la puerta para que el Espíritu Santo nos sustente y nos llene de ánimo. La fortaleza sobrenatural nace de reconocer que solos no podemos, pero que con nuestro Dios podremos saltar murallas.
En este combate espiritual, San Miguel se levanta como el gran General que nos enseña a empuñar las armas de la luz. No estamos luchando contra personas de carne y hueso, sino contra fuerzas que quieren oscurecer nuestra visión espiritual. Por eso, en esta primera jornada de Cuaresma, se nos pide decisión. Abrir la "Puerta de la Gracia" implica decidir que las cosas no seguirán igual. Es la fortaleza para intentar una vez más donde antes habíamos desistido, confiando en que el auxilio de Dios es una ayuda oportuna que nunca falla.
Tengamos coraje! No permitamos que el orgullo nos haga creer que somos fuertes por nosotros mismos, ni que el miedo nos haga creer que estamos derrotados.
La victoria que vence al mundo es nuestra fe. Hoy, al pedir el don de fortaleza, San Miguel Arcángel nos reviste con la armadura de Dios para que permanezcamos firmes en el día malo.
A lo largo de la jornada recordemos: la mano que Dios extiende para tocarnos es el Espíritu Santo; la mano que nosotros extendemos para tocar a Dios es nuestra fe. ¡Extendamos nuestras manos y atravesemos esa puerta! Lo que Dios ha preparado para cada uno de nosotros en este tiempo de oración es algo que nuestros ojos aún no han visto, pero que nuestra fe ya empieza a conquistar.
San Miguel Arcángel, ¡defiéndenos en el combate!

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