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lunes, 26 de marzo de 2018

GLORIÉMONOS TAMBIÉN NOSOTROS EN LA CRUZ DEL SEÑOR

De los Sermones de san Agustín, obispo
(Sermón Güelferbitano 3: PLS 2, 545-546)
GLORIÉMONOS TAMBIÉN NOSOTROS EN LA CRUZ DEL SEÑOR

La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es origen de nuestra esperanza en la gloria y nos enseña a sufrir. En efecto, ¿qué hay que no puedan esperar de la bondad divina los corazones de los fieles, si por ellos el Hijo único de Dios, eterno como el Padre, tuvo en poco el hacerse hombre, naciendo del linaje humano, y quiso además morir de manos de los hombres, que él había creado?

Mucho es lo que Dios nos promete; pero es mucho más lo que recordamos que ha hecho ya por nosotros. ¿Dónde estábamos o qué éramos, cuando Cristo murió por nosotros, pecadores? ¿Quién dudará que el Señor ha de dar la vida a sus santos, siendo así que les dio su misma muerte? ¿Por qué vacila la fragilidad humana en creer que los hombres vivirán con Dios en el futuro?

Mucho más increíble es lo que ha sido ya realizado: que Dios ha muerto por los hombres.
¿Quién es, en efecto, Cristo, sino aquella Palabra que existía al comienzo de las cosas, que estaba con Dios y que era Dios? Esta Palabra de Dios se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Es que, si no hubiese tomado de nosotros carne mortal, no hubiera podido morir por nosotros. De este modo el que era inmortal pudo morir, de este modo quiso darnos la vida a nosotros, los mortales; y ello para hacernos partícipes de su ser, después de haberse hecho él partícipe del nuestro. Pues, del mismo modo que no había en nosotros principio de vida, así no había en él principio de muerte. Admirable intercambio, pues, el que realizó con esta recíproca participación: de nosotros asumió la mortalidad, de él recibimos la vida.

Por tanto, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte del Señor, nuestro Dios, sino, al contrario, debemos poner en ella toda nuestra confianza y toda nuestra gloria, ya que al tomar de nosotros la mortalidad, cual la encontró en nosotros, nos ofreció la máxima garantía de que nos daría la vida, que no podemos tener por nosotros mismos. Pues quien tanto nos amó, hasta el grado de sufrir el castigo que merecían nuestros pecados, siendo él mismo inocente, ¿cómo va ahora a negarnos, él, que nos ha justificado, lo que con esa justificación nos ha merecido? ¿Cómo no va a dar el que es veraz en sus promesas el premio a sus santos, él, que, sin culpa alguna, soportó el castigo de los pecadores?

Así pues, hermanos, reconozcamos animosamente, mejor aún, proclamemos que Cristo fue crucificado por nosotros; digámoslo no con temor sino con gozo, no con vergüenza sino con orgullo.

El apóstol Pablo se dio cuenta de este título de gloria y lo hizo prevalecer. Él, que podía mencionar muchas cosas grandes y divinas de Cristo, no dijo que se gloriaba en estas grandezas de Cristo -por ejemplo, en que es Dios junto con el Padre, en que creó el mundo, en que, incluso siendo hombre como nosotros, manifestó su dominio sobre el mundo-, sino: En cuanto a mí -dice-, líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Cuaresma 2018

«¿Qué formas asumen los falsos profetas? Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad. Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar»
Francisco
mensaje para la cuaresma 2018
viñeta del Papa: Leonan Faro


lunes, 10 de abril de 2017

ORANDO EL CAMINO DE LA CRUZ

Señor Jesús,
has sido despojado de tus vestiduras,
expuesto a la deshonra, expulsado de la sociedad.
Has cargado de la deshonra de Adán, sanándolo.
Has cargado con los sufrimientos y necesidades de los pobres,
aquellos que están excluidos del mundo.
En los niños de Siria,
en los migrantes del Oriente,
en las mujeres víctimas de violencia sin fin,
en los cristianos de Egipto... sigues siendo despojado.
Pero es exactamente así como cumples la palabra de los profetas.
Es así como das significado a lo que aparece privado de significado.
Es así como nos haces reconocer que tu Padre te tiene en sus manos,
a ti, a nosotros y al mundo.
Concédenos un profundo respeto hacia el hombre en todas las fases de su existencia y en todas las situaciones en las cuales lo encontramos.
Danos el traje de la luz de tu Gracia.


domingo, 9 de abril de 2017

ORANDO EL CAMINO DE LA CRUZ

Señor,
frecuentemente tu Iglesia se parece a una barca a punto de hundirse,
una barca que hace aguas por todas partes.
En el campo la cizaña parecería haberle robado todo el terreno al trigo.
En tu camino te vuelves a caer nuevamente,
Nos abruma tu desprotección, tu rostro...
Rostro que nosotros mismos nos encargamos en ensuciar, de empañar.
No mires para otro lado, somos nosotros quienes te traicionamos,
aunque nuestros gestos y nuestras palabras procuren decir otra cosa.
Ten piedad de tu Iglesia, Señor.
Te piedad de nosotros.
Aquí esta Adán, Señor, en nosotros, hombres que caemos una y otra vez.
Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra,
el espera que ya nunca podamos levantarnos;
El también espera que Tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia,
quedes abatido, desilusionado de nosotros para siempre.
Pero Tú te levantarás.
Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos.
Salva y santifica a tu Iglesia, Señor.
 Sálvanos y santifícanos a todos.


NOVENA ESTACIÓN. Jesús cae bajo el peso de la cruz

Texto profético
“En ti, Señor, espero, | y tú me escucharás, Señor, Dios mío; esto pido: que no se alegren por mi causa; |
que, cuando resbale mi pie, | no canten triunfo. Porque yo estoy a punto de caer, | y mi pena no se aparta de mí” (Sal 38, 16-18).

Texto evangélico“Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te cuiden”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece contra ninguna piedra”». Respondiendo Jesús, le dijo: «Está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”» (Lc 4, 9-12).

Texto patrístico“Nos acaban de leer que Jesucristo nuestro Señor se dejó tentar por el demonio. ¡Nada menos que Cristo tentado por el demonio! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria” (San Agustín).

Texto místico“Pues, buen Maestro nuestro, dadnos algún remedio cómo vivir sin mucho sobresalto en guerra tan peligrosa. El que podemos tener, hijas, y nos dio Su Majestad es «amor y temor»; que el amor nos hará apresurar los pasos; el temor nos hará ir mirando adónde ponemos los pies para no caer por camino adonde hay tanto en que tropezar como caminamos todos los que vivimos. Y con esto a buen seguro que no seamos engañadas” (Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección 40, 1).

Consideración

  • Jesús, ¿por qué aguantas tanto?
  • Tres veces fue tentado y las tres veces venció. Tres veces fue negado, y tres veces confesó al discípulo el amor.
  • Nunca dejará Jesús de ofrecernos su mano, pues Él sabe de qué barro hemos sido hechos. Siempre nos dará la fuerza suficiente para levantarnos.

domingo, 2 de abril de 2017

Segunda Estación: Jesús carga la Cruz

Texto profético:
“Abrahán tomó la leña para el holocausto, se la cargó a su hijo Isaac” (Gén 22, 6).
Textos Evangélico
Tomaron a Jesús, 17 y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota) (Jn 19, 16-17).
Texto patrístico:
“Estemos dispuestos a todo por causa del Verbo; imitemos su Pasión con nuestros padecimientos, honremos su sangre con nuestra sangre, subamos decididamente a su cruz” (San Gregorio Nanciaceno).
texto místico:
“Pues tornando a lo que decía, gran fundamento es (…) el comenzar con determinación de llevar camino de cruz desde el principio y no los desear, pues el mismo Señor mostró ese camino de perfección diciendo: Toma tu cruz y sígueme” (Santa Teresa de Jesús, Vida 15, 13).
Consideración:
  • Jesús, ¿por qué tienes que cargar con la Cruz? ¿No hay otra forma menos dolorosa para demostrarnos el amor que nos tienes?
  • “Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos”. “El quiera ser discípulo mío que tome su cruz y me siga”.
Y comprendo que en vez de pronunciarnos un discurso compasivo, ante nuestro dolor te haces Tú mismo nuestro sufrimiento. En tu Cruz va la nuestra

sábado, 1 de abril de 2017

Primera Estación: Jesús es condenado a muerte


Texto profético:
“Oía la acusación de la gente: «“Pavor-en-torno”, delatadlo, vamos a delatarlo».” (Jr 20, 10)
Texto evangélico:
Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!». Todo el pueblo contestó: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. (Mt 27, 24-25)
Texto patrístico
“… Aquel que era el más bello de los hombres, entregó su atractivo rostro a las afrentas de los impíos, y sometió sus ojos, cuya mirada rige todas las cosas, a ser velados por los inicuos; aquella paciencia con la que presentó su espalda a la flagelación, y su cabeza, temible para los principados y potestades, a la aspereza de las espinas; aquella paciencia con la que se sometió a los oprobios y malos tratos; con la que, en fin, admitió pacientemente la cruz” (Beato Elredo)
Texto místico:
“No me ha venido trabajo que, mirándoos a Vos cuál estuvisteis delante de los jueces, no se me haga bueno de sufrir.” (Santa Teresa de Jesús, Vida 22, 6)
Consideración
  • Jesús ¿por qué callas ante la injusticia que te hacen? ¿Acaso es mejor el silencio que la protesta?
  • “El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”
Y comprendo que del hombre es la venganza, el odio, la violencia, la reacción defensiva. De Dios es el perdón, la humildad, la ultimidad, el despojo.

viernes, 31 de marzo de 2017

4 PREDICA DE CUARESMA

31 de marzo de 2017.
El predicador de la Casa Pontificia, el sacerdote capuchino Raniero Cantalamessa realizó este viernes en el Vaticano, la IV predicación de cuaresma sobre el tema ‘El Espíritu Santo nos introduce en el misterio de la resurrección de Cristo’.En predicación realizada en la capilla Redemptoris Mater en el Palacio Apostólico del Vaticano, estaba presente el santo padre Francisco. El texto completo de la predicación es el siguiente

El Espíritu Santo nos introduce en el misterio de la resurrección de Cristo

En las primeras dos meditaciones de Cuaresma Hemos reflexionado sobre el Espíritu Santo que nos introduce en la verdad plena sobre la persona de Cristo, proclamándolo Señor y Dios verdadero. En la última meditación hemos pasado del ser al obrar de Cristo, de su persona a su obrar, y en particular sobre el misterio de su muerte redentora. Hoy nos proponemos meditar sobre el misterio de su resurrección y la nuestra.

San Pablo atribuye abiertamente la resurrección de Jesús de la muerte a la obra del Espíritu Santo. Dice que Cristo «fue constituido Hijo de Dios con potencia, según el Espíritu de santidad, en virtud de la resurrección de los muertos» (Rom 1,4). En Cristo se ha hecho realidad la gran profecía de Ezequiel sobre el Espíritu que entra en huesos secos, los resucita de sus tumbas y hace de una multitud de muertos «un ejército grande, exterminado» de resucitados a la vida y a la esperanza (cf. Ez 37,1-14).

Pero no querría proseguir mi meditación por esta línea. Hacer del Espíritu Santo el principio inspirador de toda la teología (¡la intención de la llamada teología del tercer artículo!) no significa hacer entrar a la fuerza el Espíritu Santo en toda afirmación, mencionándolo cada dos por tres. No sería de la naturaleza del Paráclito, que, como la luz, es iluminar todo quedando él mismo, por así decirlo, en la sombra, como entre bastidores. Más que hablar «del» Espíritu Santo, la teología del tercer artículo consiste en hablar «en» el Espíritu Santo, con todo lo que comporta este simple cambio de preposición.

1. La resurrección de Cristo: enfoque histórico
Digamos primero algo sobre la resurrección de Cristo como hecho «histórico». ¿Podemos definir la resurrección como un acontecimiento histórico, en el sentido común de este término, es decir, ocurrido realmente, es decir, en el sentido en que histórico se opone a mítico y legendario? Para expresarnos en los términos del debate reciente: ¿Resucitó Jesús sólo en el kerigma, es decir, en el anuncio de la Iglesia (como alguien ha afirmado siguiendo a Rudolf Bultmann), o, por el contrario, resucitó también en la realidad y en la historia? O también: ¿resucitó él, la persona de Jesús, o resucitó sólo su causa, en el sentido metafórico en el que resucitar significa sobrevivir, o el resurgimiento victorioso de una idea, tras la muerte de quien la ha propuesto?

Veamos, pues, en qué sentido se da un enfoque también histórico a la resurrección de Cristo. No porque alguien de nosotros aquí necesite ser convencido de esto, sino, como dice Lucas en el comienzo de su evangelio, «para que podamos darnos cuenta de la solidez de las enseñanzas que hemos recibido» (cf. Lc 1,4) y que transmitimos a los demás.

La fe de los discípulos, salvo alguna excepción (Juan, las piadosas mujeres), no resistió la prueba de su trágico final. Con la pasión y la muerte, la oscuridad envuelve todo. Su estado de ánimo se trasluce en las palabras de los dos discípulos de Emaús: «Nosotros esperábamos que fuese él… pero ya han pasado tres días» (Lc 24,21). Estamos en un punto muerto de la fe. El caso de Jesús se considera cerrado.

Ahora —siempre en calidad de historiadores— vayamos a algún año, incluso a alguna semana después. ¿Que encontramos? Un grupo de hombres, lo mismo que estuvo junto a Jesús, el cual va repitiendo, en voz alta, que Jesús de Nazaret es él el Mesías, el Señor, el Hijo de Dios; que está vivo y que vendrá a juzgar el mundo. El caso de Jesús no sólo se reabre, sino que es llevado en corto tiempo a una dimensión absoluta y universal. Aquel hombre no sólo interesa al pueblo de Israel, sino a todos los hombres de todos los tiempos. «La piedra que desecharon los constructores —dice san Pedro— se ha convertido en piedra angular» (1 Pe 2,4), es decir, principio de una nueva humanidad. De ahora en adelante, se sepa o no, no hay ningún otro nombre dado a los hombres bajo el cielo, en el cual uno se pueda salvar, sino el de Jesús de Nazaret (cf. Hch 4,12).

¿Qué ha determinado un cambio tal que los mismos hombres que antes habían negado a Jesús o habían huido, ahora dicen en público estas cosas, fundan Iglesias y se dejan incluso encarcelar, flagelar, matar por él? Ellos nos dan, coralmente, esta respuesta: «¡Ha resucitado! ¡Le hemos visto!». El último acto que puede realizar el historiador, antes de ceder la palabra a la fe, es comprobar esa respuesta.

La resurrección es un acontecimiento histórico, en un sentido especialísimo. Está en el límite de la historia, como ese hilo que separa el mar de la tierra firme. Está dentro y fuera al mismo tiempo. Con ella, la historia se abre a lo que está más allá de la historia, a la escatología. Es, pues, en cierto sentido, la ruptura de la historia y su superación, así como la creación es su comienzo. Esto hace que la resurrección sea un acontecimiento en sí mismo incapaz de ser testimoniado ni asido con nuestras categorías mentales, que están todas vinculadas a la experiencia del tiempo y del espacio. Y, de hecho, nadie asiste al instante en el que resucita Jesús. Nadie puede decir que ha visto resucitar a Jesús, sino que sólo lo ha visto resucitado. 

La resurrección, pues, se conoce a posteriori, a continuación. Igual que la presencia física del Verbo en María demuestra el hecho de que se ha encarnado; así, la presencia espiritual de Cristo en la comunidad, atestiguada por las apariciones, demuestra que ha resucitado. Esto explica el hecho de que ningún historiador profano da a conocer la resurrección. Tácito, que también recuerda la muerte de «un cierto Cristo» en tiempo de Poncio Pilato1, calla sobre la resurrección. Ese acontecimiento no tenía relevancia y sentido más que para quién experimentaba sus consecuencias, en el seno de la comunidad.

¿En qué sentido, entonces, hablamos de un acercamiento histórico a la resurrección? Lo que se ofrece a la consideración del historiador y le permite hablar de la resurrección, son dos hechos: primero, la repentina e inexplicable fe de los discípulos, una fe tan tenaz que resiste incluso la prueba del martirio; segundo, la explicación que de esta fe nos han dejado los interesados. Ha escrito un eminente exégeta: «En el momento decisivo, cuando Jesús fue capturado y ejecutado, los discípulos no esperaban ninguna resurrección. Ellos huyeron y dieron por terminado el caso de Jesús. Tuvo que intervenir algo que en poco tiempo, no sólo provocó el cambio radical de su estado de ánimo, sino que les llevó también a una actividad completamente nueva y a la fundación de la Iglesia. Este “algo” es el núcleo histórico de la fe de Pascua»2.

Se ha observado justamente que, si se niega el carácter histórico y objetivo de la resurrección, el nacimiento de la fe y de la Iglesia se convertiría en un misterio aún más inexplicable que la resurrección misma: «La idea de que el imponente edificio de la historia del cristianismo sea como una enorme pirámide puesta en equilibrio inestable sobre un hecho insignificante es ciertamente menos creíble que la afirmación de que todo el acontecimiento —es decir, el dato de hecho, más el significado inherente a él— haya ocupado realmente un lugar en la historia comparable al que le atribuye el Nuevo Testamento»3.

¿Cuál es, entonces, el punto de llegada de la investigación histórica a propósito de la resurrección? Podemos captarlo en las palabras de los discípulos de Emaús. En la mañana de Pascua algunos discípulos fueron al sepulcro de Jesús y encontraron que las cosas estaban como habían referido las mujeres, que fueron antes que ellos, «pero a él no le vieron» (cf. Lc 24,24). También la historia se acerca al sepulcro de Jesús y debe constatar que las cosas están tal como los testigos han dicho. Pero a él, al Resucitado, no lo ve. No basta con constatar históricamente los hechos, hay que ver al Resucitado y esto no lo puede dar la historia, sino sólo la fe4. Quien llega corriendo desde tierra firme a la orilla del mar debe frenar de golpe; puede ir más allá con la mirada, pero no con los pies.
2. Significado apologético de la resurrección
Pasando de la historia a la fe, también cambia el modo de hablar de la resurrección. El lenguaje del Nuevo Testamento y de la liturgia de la Iglesia es asertivo, apodíctico, que no se basa en demostraciones dialécticas. «Ahora, en cambio, Cristo ha resucitado de entre los muertos» (1 Cor 15,20), dice san Pablo. Punto y basta. Estamos aquí ahora en el plano de la fe, no ya en el de la demostración. Es lo que llamamos el kerigma. «Scimus Christum surrexisse a mortuis vere», canta la liturgia el día de Pascua: «Nosotros sabemos que Cristo ha resucitado verdaderamente». No sólo creemos, sino que, habiendo creído, sabemos que es así, estamos seguros de ello. La prueba más segura de la resurrección se tiene después, no antes, de haber creído, porque entonces se experimenta que Jesús está vivo.

Pero, ¿qué es la resurrección considerada desde el punto de vista de la fe? Es el testimonio de Dios en Jesucristo. Dios Padre que, en vida, ya había acreditado a Jesús de Nazaret con prodigios y signos, ahora ha puesto un sello definitivo a su reconocimiento, resucitándolo de la muerte. En el discurso de Atenas, san Pablo fórmula así la cosa: «Dios lo resucitó de entre los muertos, dando así a todos los hombres una prueba segura sobre él» (Hch 17,31). La resurrección es el potente «Sí» de Dios, su «Amén» pronunciado sobre la vida de su Hijo Jesús.

La muerte de Cristo no era, por sí misma, suficiente para testimoniar la verdad de su causa. Muchos hombres —tenemos una trágica prueba de ello en nuestros días— mueren por causas equivocadas, incluso por causas inicuas. Su muerte no ha hecho verdadera su causa; sólo ha testimoniado que ellos creían en la verdad de ella. La muerte de Cristo no es la garantía de su verdad, sino de su amor, ya que «nadie tiene amor más grande que quien da la vida por la persona amada» (Jn 15,13).

Sólo la resurrección constituye el sello de la autenticidad divina de Cristo. Por eso, a quien le pedía un signo, Jesús respondió: «Destruid este templo, y yo en tres días lo levantaré» (Jn 2,18s) y en otro lugar dice: «No se le dará a esta generación ninguna señal más que el signo de Jonás» que después de tres días en el vientre del cetáceo volvió a ver la luz (Mt 16,4). Pablo tiene razón al edificar sobre la resurrección, como sobre su fundamento, todo el edificio de la fe: «Si Cristo no hubiera resucitado, sería vana nuestra fe. Nosotros seríamos falsos testigos de Dios… seríamos los más desgraciados de todos los hombres» (1 Cor 15,14-15.19). Se entiende por qué san Agustín puede decir que «la fe de los cristianos es la resurrección de Cristo». Que Cristo haya muerto lo creen todos, incluso los paganos, pero que hay resucitado, sólo lo creen los cristianos, y no es cristiano quien no lo cree5.
3. Significado mistérico de la resurrección

Hasta aquí el significado apologético de la resurrección de Cristo, es decir, que tiende a determinar la autenticidad de la misión de Cristo y la legitimidad de su pretensión divina. A ello hay que añadir un significado muy distinto que podríamos llamar mistérico o salvífico, en lo que respecta a nosotros que creemos. La resurrección de Cristo nos afecta y es un misterio «para nosotros», porque basa la esperanza de nuestra propia resurrección de la muerte: 

«Si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en vosotros, aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros» (Rom 8,11).

La fe en una vida ultraterrena aparece, de manera clara y explícita, sólo hacia el final del Antiguo Testamento. El segundo libro de los Macabeos constituye su testimonio más avanzado: «Después de que muramos —exclama uno de los siete hermanos asesinado bajo Antíoco— (Dios) nos resucitará a una vida nueva y eterna» (cf. 2 Mac 7,1-14). Pero esta fe no nace de repente, de la nada; se enraíza vitalmente en toda la revelación bíblica precedente, de la que representa la conclusión esperada y, por así decirlo, el fruto más maduro.

Sobre todo dos certezas empujaron a esta conclusión: la certeza de la omnipotencia de Dios y la de la insuficiencia e injusticia de la retribución terrena. Parecía cada vez más evidente —especialmente tras la experiencia del exilio— que la suerte de los buenos en este mundo es tal que, sin la esperanza de una retribución distinta de los justos después de la muerte, sería imposible no caer en la desesperación. Efectivamente, en esta vida todo ocurre del mismo modo al justo y al impío, tanto la felicidad como la desventura. El libro del Qohelet representa la expresión más lúcida de esta amarga conclusión (cf. Qo 7,15). 

El pensamiento de Jesús sobre el tema está expresado en la discusión con los saduceos sobre el caso de la mujer que había tenido siete maridos (Lc 20,27-38). Ateniéndose a la revelación bíblica más antigua, la mosaica, ellos no habían aceptado la doctrina de la resurrección de los muertos que consideraban una novedad. Refiriéndose a la ley del levirato (Deut 25: la mujer que se quedó viuda, sin hijos varones, es expuesta por el cuñado), ellos hipnotizan el caso límite de una mujer que pasó, de este modo, a través de siete maridos y al final, seguros de haber demostrado lo absurdo de la resurrección, preguntan: «Esta mujer, en la resurrección, ¿de quién va a ser mujer»?

Sin apartarse del terreno elegido por los adversarios, con pocas palabras, Jesús desvela primero dónde está el error de los saduceos y lo corrige, luego da a la fe en la resurrección su fundamentación más profunda y más convincente. Jesús se pronuncia sobre dos cosas: sobre la forma y sobre el hecho de la resurrección. En cuanto al hecho de que habrá una resurrección de los muertos, Jesús recuerda el episodio de la zarza ardiente donde Dios se proclama «Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob». Si Dios se proclama «Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob», cuando Abraham, Isaac y Jacob están muertos desde hace generaciones, y si, por otra parte, «Dios es Dios de vivos y no de los muertos», entonces quiere decir que ¡Abraham, Isaac y Jacob están vivos en alguna parte! 

Más que sobre la respuesta de Jesús a los saduceos, la fe en la resurrección se basa en el hecho de su resurrección de la muerte. «Si se predica que Cristo resucitó de entre los muertos, —exclama Pablo—, ¿cómo pueden decir algunos de entre vosotros que no hay resurrección de entre los muertos? ¡Si no existe la resurrección de entre los muertos, tampoco Cristo ha resucitado! (1 Cor 15,12-13). Es absurdo pensar en un cuerpo cuya cabeza reina gloriosa en el cielo y cuyo cuerpo se marchita eternamente sobre la tierra o acabe en la nada. 

La fe cristiana en la resurrección de entre los muertos responde, por lo demás, al deseo más instintivo del corazón humano. Nosotros —dice Pablo— no queremos ser despojados de nuestro cuerpo, sino revestidos, es decir, no queremos sobrevivir sólo con una parte de nuestro ser —el alma—, sino con todo nuestro yo, alma y cuerpo; por tanto, no queremos que nuestro cuerpo mortal sea destruido, sino que «sea absorbido por la vida» y se revista, él mismo, de inmortalidad (cf. 2 Cor 5,1-5; 1 Cor 15,51-53). 

Nosotros, en esta vida, no tenemos de la vida eterna sólo una promesa: también también «sus primicias» y «arras». Nunca habría que traducir el término griego arrabôn utilizado por san Pablo a propósito del Espíritu (2 Cor 1,22; 5,5; Ef 1,14) con «prenda» (pignus), sino sólo con arras (arra). San Agustín explicó bien la diferencia. La prenda, dice, no es el inicio del pago, sino algo que viene dado en espera del pago; una vez efectuado el pago, la prenda será reembolsada. No así las arras. No se restituyen en el momento del pago, sino que se completan. Forma parte ya del pago. «Si Dios, a través de su Espíritu, nos ha dado como arras el amor, cuando nos dé toda la realidad, ¿acaso se nos quitarán las arras? Ciertamente no, sino que completará lo que ya ha dado»6. 

Como «las primicias» anuncian la cosecha plena y son parte de ella, así las arras son parte de la plena posesión del Espíritu. Es el «Espíritu que habita en nosotros» (cf. Rom 8,11), más que la inmortalidad del alma, quien asegura, como se ve, la continuidad entre nuestra vida presente y futura. 

Sobre el modo de la resurrección, Jesús afirma, en esa misma ocasión, la condición espiritual de los resucitados: «Los que son juzgados dignos del otro mundo y de la resurrección de los muertos, no toman mujer ni marido; y tampoco pueden ya morir, porque son iguales a los ángeles y, al ser hijos de la resurrección, son hijos de Dios». 

Se ha intentado explicar el tránsito de la condición terrestre a la de resucitados con ejemplos sacados de la naturaleza: la semilla de la que brota el árbol, la naturaleza muerta en invierno y que resucita en primavera, la oruga que se transforma en mariposa. Pablo se limita a decir: «Se siembra en corrupción, resucita en la incorruptibilidad; se siembra en la miseria, resucita en la gloria; se siembra en la debilidad, resucita en potencia; se siembra cuerpo animal, resucita cuerpo espiritual» (1 Cor 15,42-44).

La verdad es que todo lo que respecta a nuestra condición en el más allá sigue siendo un misterio impenetrable; no porque Dios haya querido tenérnoslo escondido, sino porque, obligados como estamos, a pensar cada cosa dentro de las categorías del tiempo y del espacio, nos faltan los instrumentos para representárnoslo. La eternidad no es una entidad que existe separadamente y que se puede definir en sí misma, como si fuese un tiempo prolongado hasta el infinito. Ella es el modo de ser de Dios. ¡La eternidad es Dios! Entrar en la vida eterna significa simplemente ser admitidos, por gracia, a compartir el modo de ser de Dios. 

Todo esto no habría sido posible si la eternidad no hubiera entrado antes en el tiempo. En Cristo resucitado, y gracias a él, podemos revestirnos del modo de ser de Dios. San Pablo se representa lo que le espera después de la muerte como un «ir a estar con Cristo» (Flp 1,23). Lo mismo se deduce de la palabra de Jesús al buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). El paraíso es un estar «con Cristo», como sus «coherederos». La vida eterna es una reunificación de los miembros con la cabeza, un hacerse «masa» con él en la gloria, después de estar unidos con él en el sufrimiento (Rom 8,17).

Una simpática historia narrada por un escritor alemán moderno nos ayuda a tener un sentido de la vida eterna más que todos los intentos de explicación racional. En un monasterio medieval vivían dos monjes unidos entre sí por una profunda amistad espiritual. Uno se llamaba Rufus y el otro Rufinus. En todo su tiempo libre no hacían otra cosa que tratar de imaginar y describir cómo sería la vida eterna en la Jerusalén celestial. Rufus, que era capataz, se la imaginaba como una ciudad con puertas de oro, constelada de piedras preciosas; Rufinus que era organista, como toda resonando melodías celestes.

Al final hicieron un pacto: el que de ellos muriera primero volvería la noche siguiente, para garantizar al amigo que las cosas eran precisamente como las habían imaginado. Habría bastado una palabra. Si era como habían pensado, diría simplemente: taliter!, es decir, precisamente así; si —pero la cosa era totalmente imposible— fuera otra cosa, diría: aliter, distinto!

Una tarde, mientras estaba al órgano, el corazón de Rufino se paró. El amigo veló tembloroso toda la noche, pero nada; esperó con vigilias y ayunos durante semanas y meses, y nada. Finalmente, en el aniversario de la muerte, de noche, en un halo de luz, el amigo entra en su celda. Viendo que calla, es él quien le pregunta, seguro de la respuesta afirmativa: taliter? Es así ¿verdad? Pero el amigo sacude la cabeza en signo negativo. Desesperado, grita: aliter? ¿Es diferente? De nuevo un signo negativo con la cabeza. Y finalmente de los labios cerrados del amigo salen, como en un soplo, dos palabras: Totaliter aliter: ¡Totalmente distinto! ¡Es algo muy diverso! Rufus entiende volando que el cielo es infinitamente más de lo que habían imaginado, que no se puede describir, y poco después muere también él, por el deseo de alcanzarlo7. 

El hecho, naturalmente, es una leyenda, pero su contenido es al menos bíblico. «El ojo no vio ni oído oyó, ni nunca entró en el corazón de hombre lo que Dios ha preparado para aquellos que lo aman» (cf. 1 Cor 2,9). San Simeón, el Nuevo Teólogo, uno de los santos más queridos en la Iglesia Ortodoxa, tuvo un día una visión; estaba seguro de que había contemplado a Dios en persona y, seguro de que no podía haber nada más grande y radiante de lo que había visto, dijo: «¡Si el cielo no es más que esto, me basta!» El Señor le respondió: «Verdaderamente eres muy mezquino, si te contentas con estos bienes, porque, en relación con los bienes futuros, ellos son como un cielo pintado en papel, en comparación con el cielo verdadero»8. 

Cuando se quiere atravesar un estrecho, decía san Agustín, lo más importante no es quedarse en la orilla y aguzar la vista para ver qué hay en la orilla opuesta, sino subir a la barca que lleva a la orilla. Y también para nosotros lo más importante no es especular sobre cómo será nuestra vida eterna, sino hacer lo que sabemos que nos conduce a ella. Que nuestra jornada de hoy sea un pequeño paso hacia ella9.
Raniero Cantalamessa, ofmcap

© De la traducción Pablo Cervera Barranco

1 Tácito, Anales 25.
2 Martin Dibelius, Iesus (Berlín 1966) 117.
3 Charles H. Dodd, History and the Gospel (Londres 1964) 76.
4 Cf. Søren Kierkegaard, Diario, X, 4, A, 523.
5 Cf. San Agustín, Enarr. in Psalmos, 120, 6: CCL 40,1791.
6 San Agustín, Sermones, 23, 9: CCL 41, 314.
7 H. Franck, Der Regenbogen. Siebenmalsieben Geschichten (Leipzig 1927).
8 San Simeón Nuevo Teólogo, Segunda oración de agradecimiento: SCh 113, 350.
9 San Agustín, La Trinidad IV,15,30; Confesiones, VII, 21.

Revestidos del modo de ser de Dios.

 “La verdad es que todo lo que respecta a nuestra condición en el más allá sigue siendo un misterio impenetrable; no porque Dios haya querido tenérnoslo escondido, sino porque, obligados como estamos, a pensar cada cosa dentro de las categorías del tiempo y del espacio, nos faltan los instrumentos para representárnoslo. La eternidad no es una entidad que existe separadamente y que se puede definir en sí misma, como si fuese un tiempo prolongado hasta el infinito. Ella es el modo de ser de Dios. ¡La eternidad es Dios! Entrar en la vida eterna significa simplemente ser admitidos, por gracia, a compartir el modo de ser de Dios. Todo esto no habría sido posible si la eternidad no hubiera entrado antes en el tiempo. En Cristo resucitado, y gracias a él, podemos revestirnos del modo de ser de Dios. San Pablo se representa lo que le espera después de la muerte como un «ir a estar con Cristo» (Flp 1,23). Lo mismo se deduce de la palabra de Jesús al buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). El paraíso es un estar «con Cristo», como sus «coherederos»

P. Raniero Cantalamessa
4ta. predicación de Cuaresma - marzo 2017

PASION

Angel Moreno
Cada viernes de Cuaresma, la Iglesia nos invita de manera especial a contemplar los padecimientos de Jesús durante los días de su Pasión. La Liturgia de este día nos ofrece las imágenes proféticas de los sufrimientos del justo, acechado por aquellos a los que incomoda su vida honesta.
Si el término “pasión” se utiliza para referirnos a los acontecimientos dolorosos que vivió Jesús en los últimos días de su vida terrena, asociados a esos mismos momentos terribles, se pueden contemplar también, no sin estremecimiento, los martirios que siguen padeciendo tantos cristianos en razón de su fe.
Más allá de la valoración artística y técnica, más allá del juicio moral favorable o adverso, que algunos han declarado acerca de los protagonistas de la película “Silencio”, sobrecoge la radicalidad y el testimonio de fe de las comunidades cristianas contemporáneas a los primeros mártires de Japón. Pero sabemos que la persecución no solo aconteció en tiempos lejanos; en nuestros días llegan noticias permanentes de deportaciones, encarcelamientos, vejaciones, y hasta martirios por profesar la fe cristiana.
Hay, además, otras formas más sutiles de infligir persecución, padecimientos, torturas, desde la segregación y discriminación laboral, en las relaciones sociales, con los vetos ideológicos, por razón religiosa. Con ello también se provocan situaciones límite.
Si fortalece la fe del testimonio de los cristianos perseguidos, debería también inyectar o trasfundir radicalidad evangélica en quienes vivimos nuestra pertenencia cristiana con libertad y con posibilidad pública y social de celebrarla.
Hace bien contemplar el rostro del Señor. Santa Teresa, maestra espiritual, nos enseña a fijar los ojos en Él, en sus padecimientos. Ella es testigo privilegiado del bien que le hizo mirar la imagen de un Cristo muy llagado y de cómo esa mirada cambió su vida. Si las llagas del Señor, representadas en las diferentes formas icónicas, producen efectos tan transformadores, ¡qué no deberían producirnos los padecimientos de tantos contemporáneos que prolongan la Pasión de Cristo!
Sorprende que en el lenguaje se utilice la misma palabra para decir de lo que más destruye a las personas, el seguimiento de sus pasiones, y lo que más plenifica, el darse enteramente, a costa incluso de la propia vida, de manera apasionada, por amor a Dios y a los hermanos. Que por la contemplación de la Pasión de Cristo se nos conceda el dominio de nuestras pasiones, y el don de vivir totalmente entregados y solidarios con los que más sufren.
fuente CIUDAD REDOND

jueves, 30 de marzo de 2017

PECADO

Angel Moreno
En el Tiempo de Cuaresma es constante la llamada a la conversión y a la reconciliación. Amabas actitudes significan abandonar el pecado.
Convertirse es dejarse mirar por Dios y saberse bajo su mirada. Cuando esto sucede, el alma se ilumina, y en el espacio interior, a la vez que se siente la atracción de la luz, se descubre la propia pobreza, debilidad y pecado, y surge la reacción humilde de la súplica del perdón.
El pecado es la obstinación de vivir ignorando a Dios, por no querer, de una u otra manera, reconocer que Él es el único Señor. Por el pecado se da la espalda al amor divino y entra en el corazón la oscuridad que produce el egoísmo, toda idolatría, bien sea del poder, del tener o del placer.
El pecado hace encerrarse en el narcisismo egolátrico por el yo que se yergue ostentoso, ensimismado, cerrándose a la misericordia, e insensible a la belleza, a la bondad y a la verdad reveladas en la creación, en el rostro del prójimo y en la profundidad del ser.
El pecado rompe la relación trascendente, encierra en la desesperanza, impide contemplar el rostro divino que habita el interior del ser, esclaviza, exilia, secuestra, hunde y deprime, entristece, endurece el corazón. Sin embargo, el pecador sigue siendo amado por Dios, quien le invita permanentemente al retorno, a levantarse de la postración deshumanizadora.
Dios tiene poder para perdonar, y nada es más que Dios. Cabe incluso que el pecado se convierta en ocasión de gracia y de misericordia, de reencuentro con el abrazo entrañable del perdón.
Ha habido personas que, una vez probado el mayor exilio, como le ocurrió al hijo pródigo, en el momento de su mayor distancia de Dios, reconocieron su pecado, y convertidos, llegaron a ser testigos del perdón. San Agustín confesó: “Feliz culpa que nos mereció tal Redentor”. Santa Micaela exclamó: “Dichosos pecados que me merecen de Dios tanta paciencia”. 
Gracias al Espíritu Santo que nos habita, la voz interior subyace en la conciencia y no cesa de sugerir el retorno. Nunca podremos decir que no tenemos remedio, ni argumentar que Dios no nos puede perdonar. Jesús ha venido al mundo precisamente para ofrecer el perdón a los pecadores y la salud a los enfermos.

LUZ

Angel Moreno
Si hay una imagen relacionada con la Pascua del Señor, solemnidad para la que nos prepara el Tiempo de Cuaresma, es la luz. En la noche santa, el fuego, el cirio encendido, las velas prendidas en las manos de los fieles abren la Gran Liturgia de la Pascua.
A lo largo de los días cuaresmales, en varios momentos se nos ofrecen lecturas relacionadas con la luz, especialmente cuando Jesús se encuentra con algún ciego y lo cura.
Para quien padece falta de visión, ver significa luz, y a la vez, en el Evangelio, luz significa ver con fe. La curación de invidentes es que vean como Dios ve, con ojos iluminados por la fe, y la fe es al mismo tiempo la condición para ver.
La luz, la visión y la fe se aúnan y se relacionan entre sí. Es importante descubrir que ver no solo significa la percepción física de la realidad con los ojos corporales, sino que también cabe aplicar la misma percepción cuando se comprende el mensaje, pues hay quien tiene ojos y no ve, oídos y no oye.
Cuando se tienen los ojos abiertos y no se percibe la realidad sobrenatural que encierra la historia se vive como ciego, mientras que cuando alguien, independientemente del grado de visión física, está abierto a la presencia divina en todo, se puede decir de él que tiene el don de ver, de creer.
Únicamente los que dan fe al Misterio que contiene la realidad son capaces, por gracia, de contemplar el horizonte de la vida con esperanza. Y cuando se cae en la cuenta de quién es el Señor que concede esta luz, surge el deseo del seguimiento.
Cabe también la experiencia mística que narra San Juan de la Cruz en su poema sobre la Noche Oscura: “En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo miraba cosa, sin otra luz ni guía sino la que en el corazón ardía”. O la que expresa el poeta: “De noche iremos, de noche, que para encontrar la fuente solo la sed nos alumbra” (L Rosales).  
Pidamos ver, pidamos creer. Solo los que creen acogen el Misterio Pascual: el discípulo amado “vio y creyó”.
“¡Señor, que vea!”

domingo, 26 de marzo de 2017

Retiro de Cuaresma


“A los fieles de Tesalónica, afligidos por la muerte de algunos de ellos, san Pablo les escribía: «Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los que mueren, para que no estéis tristes como los otros que no tienen esperanza. En efecto, si creemos que Jesús murió y resucitó, creemos también que Dios, por medio de Jesús, llevará de nuevo con él a los que han muerto» (1 Tes 4,13-14). No les pide que no estén afligidos por la muerte, sino que no lo estén «como los demás», como los no creyentes. La muerte no es para el creyente el final de la vida, sino el comienzo de la verdadera; no es un salto en el vacío, sino un salto a la eternidad. Es un nacimiento y es un bautismo. Es un nacimiento, porque sólo entonces comienza la vida verdadera, la que no va hacia la muerte, sino que dura para siempre”

fray Raniero Cantalamessa


EL ACEITE

Angel Moreno
La presencia del aceite es muy rica en la Biblia, y su significado se puede considerar desde sus diferentes utilidades. El aceite es curativo, perfuma, unge, consagra, alimenta y sirve para iluminar.
El Domingo de Ramos se evoca la entrada de Jesús en Jerusalén desde el Monte de los Olivos. El olivo es signo de paz y de bendición,  recuerda el lugar donde Jesús se retiraba a orar. Junto al huerto de olivos estaba la almazara, el molino de aceite.
El Hosanna es el cántico en honor del que viene en el nombre del Señor y con él se recibe al Ungido, al Mesías, al Cristo, a Aquel que es esperado como Rey y Señor. Históricamente, la entrada triunfal se  escolta con ramos de olivo, árbol de cuyo fruto se obtiene el precioso líquido que sirve para fortalecer y para ungir.
El aceite sostendrá las lámparas encendidas de las vírgenes sensatas, y será el ungüento que el buen samaritano empleará para curar las heridas del que yace lastimado al borde del camino.
El aceite es la base de los perfumes. A Jesús le unge la mujer pecadora antes de padecer, y las santas mujeres también lo harán a la hora de sepultura del Señor, cuando llevan la mirra y el áloe.
A nosotros se nos unge con el óleo santo en el bautismo, y se nos derrama sobre el pecho y sobre la cabeza el aceite sagrado, por el que quedamos unidos a Cristo sacerdote, profeta y rey. En el sacramento de la confirmación y en la ordenación sacerdotal, se nos unge con el sagrado crisma; en la unción de enfermos, en los momentos más débiles se nos ayuda con el óleo santo.
En tiempo de Cuaresma se suelen encender lámparas votivas, elevar preces humildes, participar en los misterios de la Pasión del Señor y se hacen actos de contemplación y homenaje a Nuestro Señor y a su Santísima Madre. En muchas ocasiones se expresan con ofrendas de aceite para mantener la lámpara del Sacramento. También se nos invita a practicar la caridad.
Al llevar el ramo de olivo en la mano y  al hacernos conscientes de nuestra identidad de cristianos, que significa crismados, reavivemos la gracia por la que hemos sido consagrados y seamos signos luminosos para que quien nos observe sienta el atractivo de la fe.
fuente CIUDAD REDONDA

sábado, 25 de marzo de 2017

IMÁGEN (La Encarnación)

Ángel Moreno

Dentro de la Cuaresma, si la Pascua viene un poco tardía, se celebra la gran fiesta de la Encarnación del Señor, comienzo de los Misterios que conmemoramos en los días santos del Triduo Pascual.
Durante muchos siglos, incluso dentro de la Iglesia católica, hubo luchas y enfrentamientos sobre si era lícito representar a Jesucristo en imagen. Unos lo negaban, los iconoclastas, porque decían que no se podía materializar la divinidad de Cristo. Otros en cambio, los iconodulos, se mostraban a favor de la representación icónica de los misterios sagrados, basándose en el hecho de la Encarnación.
Si Dios se ha querido hacer hombre en su Hijo y ha nacido de mujer, tomando nuestra naturaleza, la materia adquiere un valor sacramental del Misterio del Verbo Encarnado, como dice san Máximo el Confesor.
Por la opción de Dios de hacerse hombre, lo humano se diviniza. Representar lo divino no es intento de poseerlo ni de abarcarlo, sino que remite al prototipo, que es a quien se desea venerar.
En Cuaresma, y especialmente en los días de la Semana Santa, muchas comunidades veneran imágenes que representan distintas escenas de la Pasión del Señor, y los padecimientos de su santísima Madre. Como en los primeros siglos del cristianismo, cabe que también haya sensibilidades encontradas entre los fieles, y a unos les parezca exagerado el culto que se da a las imágenes, mientras otros sienten ante ellas una emoción especial y expresan un trato obsequioso y generoso ante el Señor llagado, o flagelado, o con la cruz a cuestas, o Crucificado; y también ante la Virgen María en su mayor dolor y soledad, en su angustia y llanto.
Puede parecer de menor calidad la espiritualidad que se expresa en la religiosidad popular, mientras que si se celebran los días santos en los monasterios y en retiro se considere que es propio de los más iniciados en la fe. La hondura del sentimiento no se puede juzgar, y se comprueba que son muchos los que gracias a la mediación de la imagen acceden a un trato de amor con el Señor y con su Santísima Madre.
Un argumento que nos ayuda a valorar la religiosidad popular es precisamente la devoción a las imágenes de Santa Teresa de Jesús, maestra espiritual, doctora de la Iglesia, iniciada en las más altas experiencia místicas. Era amiga de imágenes. Siempre llevaba en su carreta alguna representación del Señor, y en el libro de Vida cuenta que su conversión ulterior aconteció al contemplar la imagen de un Cristo muy llagado.
Desde el Misterio de la Encarnación, lo corpóreo y la mediación de los sentidos son necesarios para una espiritualidad cristiana.
Fuente Ciudad Redonda

viernes, 24 de marzo de 2017

PENITENCIA

Ángel Moreno

Cuaresma y penitencia se corresponden, y sin embargo, cada vez más la penitencia se debe iluminar con la luz de la Pascua, si no se quiere incurrir en un ascetismo un tanto pretencioso que busca el protagonismo.
Si es verdad que la penitencia se refiere sobre todo al dominio del cuerpo, para obtener mayor libertad de la mente y del corazón, y en el camino espiritual es importante la etapa ascética o purgativa, la penitencia cristiana sin embargo debe tener siempre presente a Aquel que se desea seguir por el camino de la Cruz.
Jesús dice cuando invita al discipulado: “El que quiera ser discípulo mío que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga”. Y a su vez la Sagrada Escritura advierte de no sobrecargarse injustamente, asumiendo fardos pesados, sobre todo adelantando acontecimientos. “A cada día le es suficiente con su disgusto”. En este sentido, la penitencia más agradable para Dios es la de abrazar humildemente, como historia de salvación, los acontecimientos que se presentan.
Al someter nuestro cuerpo a la ascesis, la penitencia nos despierta la memoria del sufrimiento de Jesús y brota, por amor, la compasión. También cabe la penitencia solidaria, la que se hace como gesto de respeto, entrega y generosidad en favor de los que pueden necesitar nuestra ayuda o sufren circunstancias muy dolorossas.
En diferentes religiones aparecen los códigos ascéticos para ascender en los posibles grados de iniciación. El Evangelio no plantea la penitencia como carrera de obstáculos que se deben superar, sino como gestos emulativos, mirando siempre  los padecimientos de Jesús. De aquí que, cuando nos disponemos a celebrar los misterios de la Pasión, muerte y Resurrección de Cristo, surja en muchos fieles el deseo de acompañar al Señor, compadeciendo con Él con obras de penitencia corporales.
Según una tradición franciscana, el Hermano Francisco, contemplando la imagen de Cristo en la Cruz, pidió al Señor que le dejara llevar sus sufrimientos, y Él le concedió la gracia de configurarse con las llagas de la Pasión. Y San Juan de la Cruz, delante de un cuadro del Nazareno ante el que tuvo una experiencia de locución mística, le pidió a Jesús padecer y ser despreciado.
La penitencia cristiana puede tener un sentido expiatorio, pero sobre todo debiera ser un movimiento configurador con Cristo. San Pablo así lo entendió, cuando dice: “Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 19-20).
fuente Ciudad Redonda

jueves, 23 de marzo de 2017

ALIANZA

Angel Moreno
Jueves, 23 de marzo de 2017


La alianza tiene las características de un pacto en el que se conciertan las estipulaciones y se elevan a rango de contrato vinculante. En la Biblia se describe la relación de Dios con su pueblo en clave de alianza, y en un principio las estipulaciones con las que se determina la vinculación entre ellos, tienen el estilo de los pactos hititas, prebíblicos, como cuando un rey gana la batalla y a la hora de someter a los nuevos súbditos les ofrece elevar a rango de ley las mutuas relaciones. Si el pueblo vencido cumple lo pactado, el rey lo protegerá, pero si no lo hace, puede ser sometido violentamente, e incluso aniquilado.

Aunque la alianza bíblica tiene semejanza con el pacto pagano, Dios sin embargo siempre da la posibilidad de renovar y de restaurar la quiebra del contrato. Este es el caso que denuncia el profeta Jeremías: ‘Escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo. Seguid el camino que os señalo, y todo os irá bien’. Pero el pueblo se obstinó en su mal camino y desobedeció.

Cabría sospechar, ante la infidelidad y prevaricación de Israel, que Dios abandona a los suyos y que los deja a la deriva. Sin embargo, lo que en verdad acontece es la reiteración de la propuesta, que al final llega a ser una alianza nueva y eterna consumada por Jesucristo en favor de toda la humanidad, de manera irrevocable.

Si el sentido de una alianza tiene dimensiones jurídicas, también significa un pacto de amor, como se simboliza en el sacramento del matrimonio con los anillos que se entregan los esposos. Dios, en la revelación progresiva de su identidad, si en un principio se muestra más próximo a la relación legal, en la plenitud del tiempo se desborda en referencias amorosas, y el culmen de su ofrecimiento nos lo demuestra con el envío de su propio Hijo, quien por amor sella con su sangre la alianza nueva y eterna.

El salmista, teniendo en cuenta la historia del pueblo, advierte a los creyentes del riesgo de comportarse como lo hicieron los antiguos en Meribá, cuando pusieron a prueba la fidelidad divina, y les exhorta: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor. No endurezcáis vuestro corazón”.

Si por lo que Dios ha hecho en la Antigua Alianza se nos pide fidelidad y reconocimiento, ¡con cuánta mayor fidelidad deberemos responder, ante la oblación de Jesucristo, quien se entrega para que jamás dudemos del amor de su Padre, y del suyo, pues Él mismo dice: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos”! “Vosotros sois mis amigos”; y así es con tal que nos abramos a su ofrecimiento.

fuente Ciudad Redonda

SACRIFICIO

Ángel Moreno
Martes, 21 de marzo de 2017


Nuestra interpretación natural de lo que significa sacrificio nos lleva a los padecimientos dolorosos, a las ofrendas penitenciales, a la abstinencia de lo que nos gusta, a ofrendas que nos cuestan.

Sin quitar el valor que puedan tener las acciones generosas, el texto sagrado nos abre a una dimensión más amplia de sacrificio cuando dice: “Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados. Que este sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados” (Dn 3, 39-40). Es posible que nos planteemos los sacrificios como ofrenda para obtener algún beneficio, que hagamos nuestras promesas en cierto trato con Dios, si nos concede lo que le pedimos o para que nos conceda aquello que creemos que necesitamos. Y si no sucede aquello por lo que nos esforzamos y sacrificamos entramos en frustración, en desesperanza, y hasta en crisis de fe.

El salmista llega a reconocer en su oración: “Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú, oh Dios, tú no lo desprecias” (Sal 50, 18-20).

Solo el amor purifica la ofrenda de toda especulación egoísta. El camino del seguimiento significa, sin duda, ir detrás de Jesús, que lleva el peso de nuestras culpas; ir cargados con nuestra propia cruz, pero puestos los ojos en Él. Como diría Santa Teresa de Jesús: “Con tan buen Capitán, que se puso el primero en el padecer, todo se puede sufrir, es amigo verdadero”.

Una madre no suma los desvelos que le causa su hijo por la noche. El que ama espera, aguarda, confía, saber ser gratuito, no lleva cuentas del bien hecho, por muchos sacrificios que le suponga. Por el contrario, en el momento de la prueba es donde se le da la oportunidad de demostrar mayor amor. Así lo comprobamos en los santos.

Cuentan que san Francisco de Asís le pidió a Jesús que le concediera llevar en su cuerpo las llagas de su Pasión, y que el Señor le respondió: “¡Qué loco estás, Francisco!” A lo que respondió el de Asís, “No tanto como Tú, Señor”.

En el camino hacia la Pascua, conscientes del sacrificio de Jesús en favor nuestro, ofrezcamos el sacrificio que le agrada a Dios, que no es otro que el corazón humilde,

misericordioso, capaz de perdonar y de confiar en el Señor. Y surge la plegaria: “ Te ofreceré un sacrificio voluntario, | dando gracias a tu nombre, que es bueno; porque me libraste del peligro, y he visto la derrota de mis enemigos” (Sal 53, 8-9).

Publicado por CIUDAD REDONDA

miércoles, 22 de marzo de 2017

MANDAMIENTOS

Angel Moreno
Miércoles, 22 de marzo de 2017


Siempre nos surgen resistencias cuando alguien nos manda algo, incluso si los mandamientos son divinos, pero quizá es por falta de comprensión de la sabiduría que contienen y de la plenitud que aportan.

Dice Moisés: “Mirad: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella. Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: “Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación” (Dt 4, 5-6).

Sin embargo, la cultura actual nos presenta un nuevo becerro de oro al que dar culto, que es el individualismo, la realización personal, lo que llama Francisco la autorrreferencialidad. Leo: “El lugar ocupado anteriormente por la Ley pasó a ocuparlo otro ídolo: la subjetividad humana” (J. A García).

La voz de Dios en el Sinaí revela el camino más expedito para la humanización de la sociedad, mientras que el egocentrismo destruye. El ser personal se realiza por la relación con el tú – “Solo un tú es capaz de descubrir verdaderamente quién soy yo” (M. Buber)- y si cabe un tú personalizador máximo es el Tú divino. Él se nos ha manifestado positivamente en la Palabra y en su Hijo, de tal forma que la relación con Jesucristo es la mayor posibilidad de plenitud humana. He llegado a afirmar que no hay forma más plena de ser humanos que la de seguir a este Hombre”.

Precisamente Jesucristo nos enseña el secreto de su plenitud: “Yo no he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado”. “Yo no hago nada por cuenta propia, mi comida es hacer la voluntad de mi Padre”. Y también a rezar con la súplica: “Padre Nuestro, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. En el momento supremo de la vida de Jesús, le oímos dirigirse a su Padre con expresiones de la mayor intimidad: “¡Abbá! Que no se haga lo que yo quiero, sino lo quieras Tú”.

La Ley positiva, revelada por Dios y manifestada en su plenitud en su Hijo Jesucristo, nos libera de todo ensimismamiento destructivo. Como dice J. A García: “Solamente un Tú profundamente amado y admirado desvela la verdad del yo y su vocación más profunda. Esa es la razón de que seguir la voluntad de Dios no equivalga a alienación, sino a todo lo contario”.

Con la perspectiva plenificadora de mirar al Tú que más realiza nuestra persona, es bueno seguir el consejo de Santa Teresa de Jesús, que dice refiriéndose al rostro de Cristo: “Poned los ojos en Él”. “No os pido más que le miréis. Si podemos mirar cosas tan feas, por qué no mirar esta tan hermosa”.

fuente Ciudad Redonda