martes, 3 de marzo de 2026

Cuando la memoria se convierte en profecía: escuchar a los ancianos


Un tema recurrente en el papa Francisco era el lugar de los ancianos: la capacidad de acogida, el respeto a los años vividos y el modo en que nos relacionamos con ellos. En muchas culturas orientales, como la japonesa, los mayores ocupan un sitio de honor en la sociedad. En cambio, en nuestras comunidades, a menudo luchamos por recuperar ese reconocimiento.

El padre Henri Nouwen solía repetir esta leyenda balinesa, que puede ser un disparador para revisar cómo estamos viviendo la relación con nuestros adultos mayores:

“Se cuenta que, en una aldea montañesa distante, los habitantes acostumbraban sacrificar y devorar a sus ancianos. Llegó el día en que ya no quedaba un solo anciano vivo y se habían perdido todas las tradiciones y leyendas. En un momento dado, los pobladores quisieron construir un gran edificio para las reuniones del consejo pero, al echar un vistazo a los troncos que se habían hachado con tal propósito, no pudieron determinar cuál era la parte inferior y cuál la superior. Si colocaban las vigas al revés, las consecuencias serían nefastas. Un hombre joven les anunció que podía hallar una solución, siempre que prometiesen que dejarían de devorar a sus ancianos. Ellos lo prometieron. Entonces el joven trajo consigo a su abuelo, que había mantenido oculto, y éste supo decir a la gente cómo se distinguen los extremos superiores de los inferiores”.

Este relato encierra una gran actualidad. Hoy también corremos el riesgo de “devorar” a nuestros ancianos, no con violencia explícita, sino con la indiferencia que los aísla y excluye. Aislar es excluir. Cuando los más viejos son arrinconados, cuando bajo el mismo techo se promueve la falta de relación y diálogo entre abuelos y nietos, toda la familia se sumerge en la cultura del descarte.

Sin discursos, estamos transmitiendo un mensaje claro: los ancianos son una carga. La leyenda ilustra lo que vemos a nuestro alrededor: si seguimos por este camino, pronto dejaremos de contar con “viejos sabios” capaces de mostrarnos lo que es arriba y lo que es abajo.

La Escritura nos recuerda: “Pregunta a tu padre, y él te lo hará saber; a tus ancianos, y ellos te lo dirán” (Dt 32,7). Necesitamos recuperar su voz. Ellos cargan una sabiduría que nos ayuda a discernir los signos de los tiempos, a ensamblar lo que está fragmentado, a construir sólidamente nuestras casas, nuestra sociedad y nuestra comunidad.

El papa Francisco lo expresó con fuerza: “La sociedad necesita a sus ancianos. No olvidemos que ellos son la memoria viva, y sin memoria no hay futuro”.

La leyenda es una ventana que nos recuerda: el anciano sabe cuál es la parte superior y cuál la inferior, el modo correcto de edificar sin peligro de derrumbe, la medida justa de las cosas. Su presencia es indispensable para que nuestra vida y nuestra comunidad tengan fundamento.

domingo, 1 de marzo de 2026

FIDELIDAD, EL GRAN DESAFÍO EN TIEMPOS DIFÍCILES


Mons. Jonas Abib, fundador de Canção Nova, en su libro “Miren como crecen los lirios” comparte cómo ha sido, en los primeros tiempos de la comunidad, vivir confiando en la providencia divina. “Cuando empezamos a vivir en comunidad, no tenía nada que poner en la mesa para que los jóvenes comieran”, escribía. Y claramente esta realidad no es difícil encontrarla repetida en las pequeñas comunidades domésticas que son nuestros hogares. En algunas ocasiones no se trata sólo de falta de alimentos, a veces se trata de no poder responder honradamente a los compromisos asumidos, a no disponer de dinero para cuestiones elementales que son necesarias para el estudio de los hijos, o el alquiler de la vivienda.

Monseñor narra que “en varias ocasiones, después de misa, al ir a casa a ver qué almorzar, encontrábamos en la mesa de la cocina la comida necesaria para ese día. Dios proveyó. —sostiene Monseñor Jonas—, ¡Y ni siquiera sabíamos quién la había puesto! No solo encontrábamos carne, verduras y hortalizas, sino que a menudo la comida ya estaba preparada.”

En el primer libro de los Reyes, en el capítulo 17 encontramos un texto que encierra en sí mismo un par de claves interesantes para todo creyente. Elías, profeta del Señor, se alza en medio de un pueblo que ha olvidado a su Dios y anuncia una sequía que marcará la tierra. En medio de esa aridez, Dios no abandona a su servidor: lo conduce a un torrente, donde los cuervos, mensajeros insólitos, le llevan pan y carne cada día. Cuando el arroyo se seca, el Señor lo envía aún más lejos, a Sarepta, donde una viuda pobre apenas tiene un puñado de harina y unas gotas de aceite. Allí, en la confianza de una mujer que se atreve a compartir lo último que posee, Dios multiplica lo poco y lo convierte en abundancia. Y cuando la tragedia golpea su casa con la muerte de su hijo, Elías clama al Señor, y la vida vuelve a aquel niño. La viuda, testigo de la providencia, no solo reconoce que la palabra del profeta es verdadera sino también que Dios se hace presente en su historia.

Sí, la providencia divina se manifiesta en lo inesperado. En cuervos que alimentan, en una viuda extranjera que comparte lo poco; en un niño que revive. Claramente la confianza abre camino a la acción de Dios, que transforma la escasez en abundancia y la muerte en vida.

Sabemos que ya estamos transitando un tiempo de batalla espiritual. No sabemos cuándo, pero el anticristo vendrá, y será un tiempo donde claramente viviremos presionados por todos lados. Ya experimentamos presiones por todos los flancos.

A Elías Dios le proveyó mediante cuervos y una viuda. Le proveyó lo necesario para cada día. ¿Cuál ha sido el secreto en la vida de Elías y la viuda de Sarepta? La confianza sin límites.

Confiar.
Confiar y sentirnos plenamente dependientes del Señor como un niño pequeño en los brazos de su papá es lo que se presenta ante nuestros ojos. Confianza y fidelidad son llaves que están en nuestras manos. La confianza despierta el corazón misericordioso de Dios Padre. La fidelidad ahonda aún más ese amor sin límites por nuestro bien. Si aprendemos a ser fieles en lo poco, Él nos confiará más y más y será entonces que resonará en nuestro derredor: “¡Vengan benditos! ¡Tomen su herencia! ¡Aquí está el reino preparado para ustedes desde todos los tiempos!” (cfr. Mt 25,34b).

Cuando una persona se está ahogando y permite que la desesperación le gobierne, más fácilmente se hunde. No podemos dar lugar a la desesperación y la angustia. Mons. Jonas bien lo escribe: “El Dios de Elías es el Dios de Jesucristo y nuestro Dios. ¡Él no ha cambiado!”

Su Amor por nosotros no ha cambiado ni cambiará. Sus promesas tampoco. Porque Él es Fiel. Aprendamos a confiar y a no quejarnos. Transitemos, en tiempos duros, el camino de la obediencia y sobre todo aprendamos a renunciar a lo superfluo mientras haya tiempo; de lo contrario, nos será mucho más difícil.