viernes, 29 de abril de 2016

Experiencia de Avivamiento - Día 34


Comencemos nuestra experiencia...

+ En el Nombre del Padre,
+ del Hijo
+ y del Espíritu Santo. Amén.

Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de Tus fieles y enciende en ellos el Fuego de Tu Amor.
Envía, Señor Tu Espíritu,
todo será creado y renovarás la faz de la tierra.

Oremos:
Oh Dios, que instruiste los corazones de Tus fieles con la luz del Espíritu Santo,
haz que apreciemos rectamente todas las cosas,
según Tu Santo Espíritu
y gocemos de Sus consuelos,
Por Cristo Nuestro Señor.
¡Amén!

Te pedimos, Señor, que esta Palabra se vuelva viva y eficaz
en nuestra vida y no vuelva a Tí, Señor sin producir en nosotros el efecto esperado.

Eclesiàstico 35, 17-18
"La súplica del humilde atraviesa las nubes y mientras no llega a su destino, él no se consuela: no desiste hasta que el Altísimo interviene, para juzgar a los justos y hacerles justicia.".
La humildad toca el corazón de Dios, conquista aquello que está siendo presentado en oración, según el libro del Eclesiástico que estamos meditando. Tenemos que buscar esta humildad no solo en la oración, sino en todo comportamiento, en el trato con las personas, en nuestro día a día. No podemos ser humildes solamente cuando estamos interesados en algo, necesitamos vivir una vida de humildad, y la respuesta de la oración será apenas una consecuencia de nuestra vida. Vale la pena recordar cuando Naaman, el Sirio, fue a visitar al profeta Eliseo -hecho narrado en el segundo libro de los Reyes-, y Eliseo ni lo recibió pero le mandó bañarse en el Río Jordán siete veces para quedar curado de la lepra.
El quedó irritado diciendo que los ríos de su tierra natal eran mejores que el río Jordán. Una criada humilde le dijo que si el profeta le hubiese pedido algo mucho más difícil, ¿el lo haría? Y le convenció a hacer aquel gesto tan humilde, pero de mucha confianza en Dios y no en el profeta, y la lepra desapareció.
De esta forma somos llamados a vivir en constante estado de humildad, a colocar toda esta humildad en la oración y en todo lo que hiciéramos, y así atraeremos los ojos de Dios para nuestra vida y para nuestro clamor. La Virgen María va a decir: "Miró la humildad de su sierva".
Es cierto que los ojos del Señor se vuelven a los humildes, y los oídos de Dios están atentos a sus clamores. Creo que necesitamos renunciar al orgullo, a la vanidad y a la soberbia, que, muchas veces se revelan en el trato con las personas, inclusive dentro de la Iglesia. 
En nuestra experiencia espiritual, muchas veces, nos juzgamos mejores que las otras personas, por muchos motivos, entre ellos el tiempo de caminar, lo que vivimos en la iglesia, conocimiento adquirido, y acabamos despreciando las personas y cerrándonos a la gracia de Dios. 
Como es difícil convivir con "los sabelotodo", con los que se colocan encima de todos y, hasta aún de Dios!
En ese sentido, creo que la dificultad que tenemos es la misma de Dios, pues la acción de Él en la vida del orgulloso es bloqueada.
Con María, necesitamos dar el paso de la humildad y afirmar siempre: "El poderoso hizo en mi grandes cosas, Su nombre es Santo (...) Lc 1, 49, pues El miró la humildad de Su sierva (...) Lc 1,48.
Ten la valentía de dar ese paso, y verás la oración que hace penetrar las nubes y tocar en el corazón de Dios.

Mortificación
Opta por las cosas más simples en el día de hoy, colócate a disposición de los hermanos y expone delante de Dios, tus necesidades.

Oración de clamor
Señor, reconozco mi fragilidad y mi pequeñez delante de Tu grandiosidad, de Tu poder y de Tu fuerza.
Muchas veces, el orgullo, la vanidad y el espíritu de grandeza se apoderaron de mi corazón, y en tantos momentos me juzgué mejor que mis hermanos: más santo, orante, fiel, y en verdad, eso era una gran investida de la tentación en mi vida, para desviarme de Tu voluntad y para bloquear la acción de Tu Espíritu en mi.
Necesito reconocer que soy pequeño, frágil, incapaz.
Jesús, Tú eres mi todo, mi fortaleza, mi sustento.
No quiero alimentar la vanidad y el orgullo en mi corazón.
En verdad quiero estar, en Tu presencia, rendido y humillado, como Juan Bautista, quiero decirte: "Que Tú crezcas, Señor, y yo disminuya".
Renuncio aquí a toda necesidad que tengo de aparecer, de ser reconocido y elogiado.
Cambia mi vida, Señor, cambia mi comportamiento y las decisiones de mi corazón, quiero ser modelado por Ti, como barro en las manos del alfarero.
Deseo abrir mi corazón a uno nuevo y a todo aquello que quieres realizar en mi vida.
Sé que tienes mucho más para mi, y todavía no experimenté casi nada de Tu presencia, mi conocimiento de la Palabra, de la doctrina, de Ti todavía es muy limitado; en muchos momentos, pensé que Te conocía, que sabía mucho y que ya había experimentado todo lo que tenías para mi.
Hoy, estoy obligado a reconocer, mi Señor y mi Dios, que yo te conocía solamente de palabra, no había experimentado verdaderamente Tu gracia.
Sé que una auténtica experiencia Contigo produce humildad, reconocimiento de todo lo que es y de la nada que soy.
Quiero caminar de esa manera a partir de ahora,  quiero ser transformado por Tu amor, por Tu santa presencia.
Que a partir de ahora mi oración penetre en las nubes y toque Tu corazón, y estaré postrado en adoración esperando Tu respuesta a mis clamores.
Gracias, mi Señor, alabado y adorado seas por siempre, gracias por derramar sobre mi vida el poder de Tu Espíritu Santo, que genera en mi la disposición de vivir la humildad en Tu Santa presencia.
Amén.
Aleluia!
Gloria a Dios!

Deja al Espíritu Santo llevarte a la experiencia de un gran clamor para,
entonces, poder revelar lo que el tiene para tu vida.
Ora todo lo que puedas en lenguas.

Sobre la base de "Profecia do Avivamento"
p. Roger Luis - Canção Nova.
Adaptación de textos originales en português.

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