domingo, 24 de abril de 2016

Triunfo sobre la muerte

La resurrección de Jesucristo lo cambia todo

¡Qué traumatizantes fueron esos tres días para los discípulos! El Jueves Santo, en la Última Cena, oyeron que Jesús predecía su muerte.
Luego, en el Jardín de Getsemaní, cuando vieron que arrestaban a Jesús, huyeron de miedo. Más tarde, esa misma noche, Pedro negó tres veces incluso conocer a Cristo y terminó sollozando amargamente al reconocer su cobardía. Por último, el Viernes Santo, presenciaron con impotencia el trauma de ver cómo los romanos flagelaban a su Señor, lo torturaban y lo crucificaban.
¿Qué significaba todo este horror? Que todo lo que se habían imaginado conseguir por ser seguidores de Cristo se desmoronaba ante sus propios ojos y el “Reino de Dios” que Jesús les había anunciado no parecía más que un sueño ilusorio que se esfumaba entre los azotes y los martillazos de los soldados. Luego, llegado el sábado, no atinaron a nada sino a esconderse, con la incierta esperanza de que las autoridades no vinieran a buscarlos a ellos también.
La hora de la muerte. ¿Cómo era posible que todo haya sucedido así? Todo lo que habían visto y oído les aseguraba en forma patente que Dios estaba con Jesús, porque él había realizado su ministerio con pleno éxito durante mucho tiempo: la predicación sobre el amor de Dios y la salvación, los múltiples milagros y la misericordia con que trataba a cuantos acudían a él pidiendo ayuda o sanación. Entonces, ¿por qué Dios le había abandonado en su hora de más extrema necesidad? Desde el primer día en que ellos habían conocido a Jesús, él había dado muestras de poder controlar todas las circunstancias; pero ahora aparentemente “no había podido” evitar la tragedia. Tal vez Jesús no era en realidad aquel que él había dicho ser.
No es difícil imaginar que los discípulos, al ver lo que ahora veían, pensaran que al parecer Jesús no había sido más que un supuesto salvador equivocado o desorientado. En esa época, el pueblo de Israel vivía en un país ocupado por los romanos, sometido a una tiranía corrupta y sofocante, y cuando se dan estas situaciones de presión extrema no es raro que aparezcan supuestos caudillos y “mesías” que prometen un futuro más luminoso. Así sucedió, por ejemplo, como leemos en el Libro de los Hechos, que antes de Jesús había surgido un tal Teudas, autoproclamado profeta, que logró reunir un grupo de unos 400 seguidores, pero cuando lo mataron, todos sus seguidores se dispersaron y el movimiento desapareció. Otro tanto había ocurrido con un tal “Judas, el galileo,” que también reunió un grupo de seguidores, pero éste también falleció y todos sus seguidores se dispersaron (v. Hechos 5, 36. 37).
¿No era acaso posible que los discípulos pensaran que les había sucedido a ellos lo mismo que a los seguidores de esos dos falsos mesías? ¿No era posible que se habían dejado ilusionar por los sueños imposibles de otro hombre, y ahora se esfumaban todas sus esperanzas? A todas vistas, parecía que el pecado y la muerte siempre se imponían sobre la bondad y la pureza, y quién sabe si en realidad encontraban algo de razón en lo que decían aquellos que se mofaban de Cristo en el Calvario: “Salvó a otros y no puede salvarse él mismo” (Mateo 27, 42).
Jesús: liberado de muerte. Pero luego llegó el Domingo de la Resurrección, cuando de repente Jesús se hizo presente glorioso en medio de la pesada penumbra y la decepción de los discípulos. ¡Cristo estaba vivo! Había vuelto a la vida y no sólo la vida anterior: ¡Estaba transformado! ¡Era tanto que no podían creer lo que veían sus ojos! Cristo llevaba aún las marcas de la crucifixión, pero estaba milagrosamente libre de todas aquellas ataduras de la muerte que sofocan la vida, y era capaz de realizar nuevas maravillas, como la pesca milagrosa junto al mar e impartir la misericordia de Dios como lo hizo con Pedro a orillas del Mar de Galilea; podía hacerse presente como lo hizo para los discípulos en Emaús. En realidad, ¡la muerte no tenía la última palabra! ¡Jesús había resucitado a una vida nueva y gloriosa!
El pecado tampoco tenía la última palabra. Cuando vivió en este mundo, a ningún otro hombre lo ofendieron o maltrataron tanto como Jesús, pero aun cuando sufrió lo indecible a manos de sus muchos enemigos y detractores, jamás pidió venganza ni represalia; jamás salió una maldición de sus labios y nunca demostró el más mínimo indicio de resentimiento contra quienes le odiaban o conspiraban para matarlo. Pero tampoco dejó jamás que las amenazas de sus enemigos lo disuadieran de seguir adelante hasta cumplir su misión, ni que las disensiones o la falta de fe de sus discípulos lo desanimaran ni le hicieran lamentar haberlos escogido. Clavado en la cruz, lo único que pidió fue el perdón para quienes le habían crucificado. Ni siquiera la traición de Judas ni la negación de Pedro pudieron enturbiar ni su mente ni su corazón.
El Viernes Santo parecía que el pecado y la muerte habían triunfado, pero esa idea errónea no duró mucho. Apenas tres días más tarde, Jesús resucitado, triunfante y glorioso se presentaba a sus discípulos y sólo tuvo para ellos palabras de perdón, misión y amor: “La paz esté con ustedes…. Como el Padre me ha enviado, así los envío yo” (Juan 20, 19. 21).
Los apóstoles: Transformados por la Resurrección. Este es el mensaje de la Pascua de Resurrección: ¡Cristo ha resucitado y hoy está vivo! Ha derrotado a la muerte y a todas las fuerzas que llevan a la muerte y nos mantienen oprimidos por el miedo a la muerte. Ahora, habiendo resucitado a una vida nueva y gloriosa, Cristo demostraba que la misericordia, la fidelidad y el amor eran las que tenían la última palabra, no la violencia, ni el odio ni la envidia que llevaron a sus enemigos a darle muerte.
Por eso, cuando celebramos la Pascua de la Resurrección, celebramos algo mucho más trascendental que el regreso de Jesús a la vida: ¡Celebramos el hecho cierto de que la muerte ha sido derrotada de una vez por todas y para siempre para todos los que quieran creer en Cristo Jesús, nuestro Señor!
En muchas partes del Libro de los Hechos vemos que los discípulos experimentaron la misma vida victoriosa que Jesús había tenido. Por ejemplo, los vemos anunciando que la resurrección es una promesa para todo el que cree; los vemos saliendo al mundo llenos de confianza y valentía, compartiendo el Evangelio con cuantos iban encontrando por el camino. Incluso cuando las autoridades los arrestaban, los azotaban y los encarcelaban, ellos seguían predicando la buena noticia, pero… ¿Por qué? Porque ya no tenían miedo a la muerte.
Del mismo modo, se ve claramente que las garras del pecado empezaban a perder fuerza en la vida de los discípulos. Cuando eran perseguidos y tratados cruelmente, ellos no cedían al impulso de la venganza. Por el contrario, se esforzaban por librarse del círculo vicioso de la ofensa y venganza que predomina en casi todos los que sufren el daño de otros. En lugar de eso, trataban de perdonar, se reanimaban y mantenían la mirada fija en la misión de construir la Iglesia (Hechos 14, 19-20). Incluso cuando el peligro de la división empezó a cernirse sobre ellos, se cuidaron de no dejarse polarizar en bandos opositores; más bien, se congregaron y oraron juntos, se escucharon unos a otros con respeto y humildad, y le pidieron al Señor que les concediera guía y protección (15, 1-2). En efecto, en lugar de dejar que el orgullo o la preocupación por su propia reputación los llevara a pecar, procuraron tratarse mutuamente con el mismo amor con que Jesús los había tratado a ellos.
Es claro que no siempre lograban resolver sus diferencias con la facilidad o la prontitud que habrían deseado, porque a veces demoraban en encontrar soluciones, pero no cejaban en el esfuerzo de subsanar las dificultades. Muchas veces la persecución y el maltrato con que tropezaban en su apostolado eran sumamente violentos, pero nunca se desanimaron y Dios continuó bendiciendo su abnegado y fiel trabajo.
La promesa es para usted. ¡Qué buen testimonio es para nosotros el de los discípulos! Lo más común es que nosotros valoremos nuestra condición espiritual según lo que hagamos o no hagamos. Si hemos cumplido los mandamientos, nos sentimos satisfechos; si hemos fallado, probablemente nos ponemos a la defensiva y nos disculpamos o nos hundimos en el sentido de culpa. También pensamos de esta manera respecto de quienes hay cerca de nosotros, y tendemos a catalogarlos en grupos de “pecadores” o “justos”. Pero esta forma de pensar no nos lleva más cerca al Señor; por el contrario, con más frecuencia nos aparta de él y del amor que él quiere darnos.
Por supuesto, debemos hacer todo lo posible por cumplir los mandamientos y hacernos un examen de conciencia, y claramente discernir la conducta de otras personas, pero también tenemos que recordar que Jesús lo ha renovado todo y ya nada es igual que antes. El Señor nos ofrece a todos, incluso a nuestros enemigos, una segunda, una tercera y una cuarta oportunidad. Cristo no condena; él salva, y esta ha de ser también nuestra actitud. Tenemos que pedir la gracia y el poder de saber perdonar y no guardar resentimiento, para resolver las diferencias y buscar la paz con todos los demás, aun con aquellos que no nos aprecian.
En cualquier situación de inseguridad o angustia —una enfermedad grave en casa, un fracaso en el trabajo, el desdén o insulto de un vecino— nos parece a veces que sufrimos “una pequeña muerte” que puede quitarnos la paz, aunque todo lo demás vaya bien. Pero cuando nos hemos convencido cada vez más de que Jesús ha triunfado sobre la muerte, todas estas “pequeñas muertes” pierden “el aguijón”, crece nuestra confianza en Cristo y esa confianza nos enseña a caminar confiados, afrontando cada situación con paz, con el rostro en alto y con la idea clara en la mente y el corazón: “¡Soy hijo de la resurrección! ¡La muerte no tiene fuerza contra mí!”
Cuando llegó el Domingo de Pentecostés, Pedro dijo a la muchedumbre: “Esta promesa es para ustedes y para sus hijos, y también para todos los que están lejos; es decir, para todos aquellos a quienes el Señor nuestro Dios quiera llamar” (Hechos 2, 39). La promesa de la libertad a través del Espíritu Santo es un generoso don que Dios nos concede. El Espíritu Santo quiere ayudarnos de muchas maneras para que entremos en la luz de la libertad que se hace presente cuando la muerte, con todos sus tenebrosos “aliados” y trampas engañosas, quedan completamente desarmados por la acción poderosa de Jesucristo resucitado.
Compartamos la victoria. Esta es la magnífica noticia de la Pascua de la Resurrección: que Jesucristo, nuestro Señor, ha derrotado la muerte. Es cierto que todos tendremos pruebas que pasar y no hay garantía alguna de que siempre saldremos airosos del todo. Pero Dios nunca nos prometió que siempre tendríamos finales felices; nos prometió darnos la gracia y la fuerza necesarias para afrontar cada desafío con paz y confianza en su protección y su generosidad.
Así pues, tenga usted esta promesa siempre presente en su pensamiento. Durante toda la temporada de Pascua reafirme la verdad de que Jesús ha conquistado el pecado y la muerte en favor suyo. Recuerde que el Señor ha despojado a la muerte de todo el poder que tenía sobre usted. Eleve su mirada al Señor resucitado y dígale con plena convicción que usted cree firmemente en su victoria. Si lo hace, verá que surge en su corazón y su mente una alegría más profunda y estable de lo que usted se habría imaginado.
fuente DEVOCIONARIO CATÓLICO LA PALABRA CON NOSOTROS

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