sábado, 5 de diciembre de 2015

El amor engendra el amor

¿Por qué “la Palabra” se hizo hombre?


Si usted es padre o madre de familia, cuando nació su primer hijo o hija se llenó de tanto amor que soportó cualquier sacrificio e hizo todo lo que fue necesario para proteger y nutrir a esta tierna personita que Dios le había confiado. Sólo contemplando al bebé que dormía plácidamente sentía usted una enorme oleada de amor.

Esta criaturita era su hijito o hijita y lo que más usted quería era amarle y sentir el amor que él o ella tenía para usted. Y si tuvo más hijos, esto mismo se repitió cada vez.

Pero con lo profundo y fuerte que es el amor de los padres por sus hijos, ese amor es apenas una tenue sombra del amor que Dios, nuestro Padre celestial nos tiene a todos sus hijos. Él nos creó de la nada y formó todo un mundo para que floreciéramos y viviéramos felices, un mundo lleno de belleza y diversidad, que es un reflejo de su gloria y su amor. Nos dio los unos a los otros para que todos desarrolláramos amistades plenas y sinceras, que también reflejaran su amor, su misericordia, su compasión y su justicia. Y nos prometió que estaría con nosotros siempre, hasta el fin de los tiempos.

Día a día, nuestro Dios derrama bendiciones innumerables en sus fieles a través de la belleza de este mundo y por medio de la gracia de los amigos y familiares. Lo hace todo porque nos ama y porque quiere que nosotros le amemos a él también.

Un paso gigantésco. Esta interacción entre el amor de Dios y su deseo de que los seres humanos correspondamos sinceramente a su amor se aprecia en toda la Sagrada Escritura. Dios llamó a Abraham para que fuera el padre de toda una nación que viviera en virtud de una relación de alianza con él. En la historia del Éxodo, vemos que Dios liberó a su pueblo de la esclavitud, a fin de que ellos lo amaran y lo adoraran libremente. Por medio de los profetas, el Señor reveló que estaba decidido a traer de regreso a su lado a sus hijos descarriados. Dios demostró repetidas veces lo mucho que deseaba traer a su pueblo a su lado. Valiéndose de señales y maravillas, de sacerdotes y profetas, de reyes y pastores, Dios fue revelando su compasión y su amor.

Luego, para asombro de todo el mundo, Dios dio un gigantesco paso hacia adelante. No sólo realizó milagros y habló por boca de profetas, sino que decidió asumir un cuerpo humano como el nuestro y se hizo uno de nosotros; igual en todo, salvo en el pecado. Jesucristo, la Palabra eterna de Dios, se hizo hombre y habitó entre nosotros. Por medio del milagroso nacimiento de este maravilloso Bebé en un establo, Dios le decía al mundo entero: “No dejo nada sin hacer, no les niego nada, ni siquiera a mi propio Hijo, para traerlos a una relación de amor conmigo.”

De modo que, cuando usted contemple con ternura al Niño Jesús en el establo en esta Navidad, recuerde que este indefenso bebé es el regalo más espléndido y magnífico que jamás haya recibido la humanidad. Luego, muéstrele al Señor Jesucristo su gratitud adorándolo y ofreciéndole el amor más sincero y profundo de su corazón.

Alegría y sacrificio. Cada vez que celebramos la santa Misa, “anunciamos” la muerte de Jesús, “proclamamos” su resurrección y le pedimos “¡Ven, Señor Jesús! (Aclamación Memorial), así le decimos a Dios lo sumamente agradecidos que estamos de que Jesús haya venido a morir para salvarnos del pecado. Pero el milagro de la Pascua de Resurrección nunca puede separarse del milagro de la Navidad, cuando Jesús “por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre” (Credo Niceno).

El tema central de la Pascua es la muerte sacrificial de Jesús y el júbilo de su resurrección. Pero la Navidad también tiene sus partes de sacrificio y júbilo. Sabemos cuál es la alegría: ¡Cristo ha nacido! Pero este alegre y portentoso acontecimiento se produjo a un gran costo: el Hijo de Dios dejó atrás la gloria de la divinidad de la que gozaba en el cielo para entrar en un mundo entenebrecido de maldad e injusticia, de pecado y muerte. En cierto sentido, el nacimiento de Jesús fue un sacrificio tan grande como lo fue el de su muerte. Veamos a algunos elementos de este sacrificio.

Un cuerpo humano. El Señor tomó un cuerpo humano tal como el nuestro. Nació como un niño indefenso y totalmente dependiente de María y José. Con el paso del tiempo, su cuerpo fue experimentando todos los cambios naturales que toda persona siente, incluso hambre, dolor, sed y cansancio. Es decir, se sometió a la debilidad física y las limitaciones naturales de un cuerpo mortal. Todo esto queda claramente en evidencia cuando, después de la agonía de la flagelación y la crucifixión, su cuerpo finalmente cedió al sufrimiento y murió.

Sí, claro que Jesús se transfiguró, y claro que caminó sobre el agua y es cierto que resucitó; es decir, se ve claramente que, en ciertas ocasiones, traspasaba los límites de sus limitaciones humanas y corporales. Pero su experiencia normal y cotidiana fue, en su mayor parte, muy similar a la que vivimos todos nosotros.

Emociones humanas. En lo que se refiere a las emociones, Jesús reveló su divinidad y su humanidad de un modo singular e impresionante, porque nos mostró lo que Dios realmente piensa sobre ciertas cosas, pero lo mostró como hombre. “Se compadeció” de un leproso (Marcos 1, 41), de una viuda acongojada (Lucas 7, 13), de dos ciegos (Mateo 20, 34) y de una muchedumbre hambrienta (Marcos 8, 2). Miró “con ira y tristeza” a unos jefes religiosos de Israel (Marcos 3, 5) y “se disgustó” con sus apóstoles (Marcos 10, 14). Sintió “una tristeza de muerte” pensado su propia pasión (Mateo 26, 38). Se conmovió mucho y “se puso a llorar” por la muerte de su amigo Lázaro (Juan 11, 33-35). Y por encima de todo, Jesús amaba a todos sin discriminación ni prejuicios (Marcos 10, 21).

Un intelecto humano. La escritura dice que Jesús “iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres” (Lucas 2, 52). Aquí entramos en el gran misterio de su plena humanidad. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que Jesús tendría que “adquirir aquello que en la condición humana se adquiere de manera experimental” (CIC 472). Ciertamente estaba sujeto a las limitaciones que implica el nacer con un cuerpo humano, en un lugar particular y en una cierta época. En su humanidad, el Señor no tenía el conocimiento completo de todas las cosas y esto lo vemos más claramente cuando pensamos en cómo sería Jesús cuando pequeño; pero al mismo tiempo, por ser el Hijo eterno de Dios, Jesús sabía todo lo que necesitaba saber a fin de llevar a cabo su misión divina.

Una voluntad humana. La Escritura nos señala otra paradoja. Por una parte, Jesús dice: “He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6, 38), y también le dijo a su Padre: “Que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mateo 26, 39). Jesús siempre estaba en perfecta armonía con la voluntad de Dios, pero al mismo tiempo, tuvo que someter su voluntad humana a su Padre y a veces esa era una decisión difícil y dolorosa.

Todo ha sido salvado. Entonces, ¿por qué vale la pena dedicar tiempo a pensar en que Jesús era totalmente humano y totalmente divino? Porque en lo más recóndito del corazón todos queremos estar cerca de Dios, y cada vez que contemplamos a Jesús, nos sentimos atraídos más cerca de él; porque captamos un sentido más profundo del sacrificio que él hizo y eso nos llega al corazón. Cuando vemos lo mucho que él nos ama, podemos corresponderle mejor ese amor y seguirle con una mayor entrega.

Jesús dejó su lugar en el cielo y asumió un cuerpo humano, precisamente para venir a salvarnos a nosotros, seres caídos, rebeldes y mortales. Adoptó las emociones humanas para así redimir nuestras emociones defectuosas y enseñarnos a amar. Tomó una voluntad humana para poder levantar nuestra voluntad egoísta y darnos fuerzas para preferir la vida antes que la muerte. En efecto, Jesús se hizo plenamente humano de modo que él pudiera redimir cada parte de nuestra persona humana. Como lo dijo una vez San Gregorio Nacianceno: “Todo lo que él ha asumido, lo ha sanado.”

Si Jesús no hubiera sido hombre en plenitud, sino sólo Dios habitando un cuerpo humano, no habría conocido las alegrías, temores, debilidades, tentaciones, luchas y victorias de la vida humana. No habría tenido que sopesar las opciones y repensar las decisiones, porque siempre habría sabido exactamente qué hacer o qué decir en cada situación. No habría sabido lo mucho que cuesta resistir las tentaciones o consolarse por la pérdida de un ser amado. Su flagelación y su crucifixión habrían significado poco. Pero lo cierto es que él realmente asumió nuestra humanidad completa en su dolorosa pasión. Y precisamente por haberlo hecho, fue capaz de salvarnos cabalmente, en cada aspecto de nuestra humanidad, en cuerpo y alma.

El amor engendra el amor. En la Misa de esta Navidad escucharemos el conocido pasaje del Evangelio de San Juan: “La Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros” (Juan 1, 14). Pero no dejemos que estas palabras nos pasen por encima y se pierdan en el olvido. Dediquemos esta temporada del Adviento a reflexionar en todo lo que significó que Jesús asumiera nuestra humanidad, en cuerpo y alma, y así descubriremos que del corazón nos brotará la alabanza y gratitud por todo aquello a lo que Jesús renunció en su gloria celestial para venir a salvarnos. También descubriremos que nos llenamos de amor a nuestro Padre celestial, que nos creó y nos sostiene y cuyo amor por nosotros no tiene límites ni condiciones.

fuente Devocionario Católico La Palabra con nosotros

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