martes, 8 de diciembre de 2015

Tiempo de consolación



Angel Moreno - Lunes, 7 de diciembre de 2015
II Martes de Adviento. La Inmaculada Concepción
(Is 40, 1-11; Sal 95; Mt 18, 12-14)


Hoy coincide la solemnidad de la Inmaculada Concepción con el segundo martes de Adviento, y sobre todo, con la apertura del Año de la Misericordia, que será momento en el que el papa Francisco abra la puerta santa en la basílica vaticana de San Pedro.

Si unimos las tres referencias, la fiesta de la Inmaculada, el martes de Adviento y la apertura del Año de la Misericordia, descubrimos la providencia de las lecturas del leccionario de Adviento.

Hay palabras que se reciben siempre con agradecimiento: las que muestran compasión, consuelo, cercanía. Así dice el profeta: «Consolad, consolad a mi pueblo -dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén”. Ninguna palabra de mayor consuelo que la celebración del día en que en la Historia de Salvación, Dios quiso actuar disponiendo a una criatura para ser su Madre.

También hay otros términos bíblicos que podemos interpretar desde nuestra experiencia, y errar en su interpretación: “Nuestro Dios llega con poder”. Aquí se puede pensar que el poder de Dios se manifestará a la manera del poder humano, y en este caso, hasta se puede sentir miedo ante el anuncio de la llegada del Todopoderoso.

Pero el poder divino se nos revela en figura de ternura, compasión, entrañas de misericordia: “Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres”. Y el poder divino actúa en la discreción, sin alharacas, ni protagonismos, como fue la acción divina en el momento de la concepción de una criatura sin mancha de pecado, la que iba a ser escogida para dar al Hijo de Dios la naturaleza humana.

¡Cómo necesitamos purificar la imagen que podemos tener de Dios! Es Jesucristo quien nos revela el rostro de la misericordia divina, según afirma el papa Francisco en la Bula “Rostro de Misericordia”. El Evangelio asegura: “Vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”.

En el corazón del Adviento, la presencia de la Virgen Inmaculada nos demuestra hasta dónde llega el poder divino y la manera de actuar del Todopoderoso en la historia.

Si de Jesús se dice que tomó la condición de esclavo, como un hombre cualquiera, María seguro que creció en casa de sus padres como una niña semejante a todas las demás, y a la que poco a poco se le iría revelando el misterio que guardaba.

Abrámonos al poder del Señor, que hace en sus fieles maravillas, más aún si sabemos acoger la gracia que nos ofrece gratuitamente.


fuente Portal Ciudad Redonda - Diciembre 2015

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