Hay dos formas de creer que parecen iguales pero no lo son.
La primera es creer algo. Creer que Dios existe, que Jesús resucitó, que la Iglesia es santa. Es adhesión intelectual. Puede hacerse quieto, sentado, sin moverse. No compromete el cuerpo, no altera los planes, no incomoda la agenda.
La segunda es creer en alguien. Y eso es completamente diferente. Creer en alguien implica confianza. Y la confianza tiene siempre consecuencias físicas: te lleva a hacer cosas que no harías si no confiaras. Te mueve. Te saca de donde estás. Te pone en camino hacia algo que todavía no podés ver.
El funcionario del Evangelio de Juan no creyó una doctrina sobre Jesús. Creyó en Jesús. Y esa diferencia lo puso literalmente en movimiento: dejó Cafarnaún, caminó treinta kilómetros, y emprendió el regreso con una sola palabra como garantía.
La fe que no mueve nada no es todavía fe plena.
Es su antesala.
«La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad»
(Francisco, Evangelii Gaudium, n. 10)

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