domingo, 15 de marzo de 2026

Una fe en modo "Instagram"

Existe una tentación muy concreta en este tiempo, y vale la pena nombrarla sin rodeos: la de vivir la fe para que se vea.










No es una tentación nueva. Jesús ya la conocía. En el capítulo 6 del Evangelio de Mateo, les habló directamente a quienes hacían sonar trompetas antes de dar limosna, a quienes elegían las esquinas más concurridas para orar, y a quienes desfiguraban su rostro para que nadie ignorara que estaban ayunando. Lo que Jesús describía no era fe. Era performance. Era la religión convertida en escaparate.

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial» (Mt 6,1).

Hoy las esquinas concurridas tienen otro nombre. Se llaman Instagram, TikTok, YouTube. Y la tentación es exactamente la misma, con mejor iluminación y más seguidores.

El problema no es la red. El problema es el corazón.

Antes de ser injustos, hay que decirlo: las redes sociales no son el enemigo. El Evangelio siempre buscó nuevos lenguajes, y el mundo digital es uno de ellos. El cardenal Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, lo dijo con precisión en una reflexión difundida por Vatican News: «Hay en el mundo pocas palabras capaces de decir en un minuto lo suficiente para llenar un día y, de hecho, una vida: las que salen de la boca de Jesús». Las redes pueden ser un canal. El problema es cuando se convierten en el fin.

El problema es cuando el "like" empieza a medir la fe.

Cuando la oración vale si lleva foto. Cuando el testimonio se construye para el feed y no para la vida real. Cuando lo que se publica hacia afuera tiene poco que ver con lo que ocurre adentro. Eso no es evangelización. Es, para usar la palabra del Evangelio, hipocresía. La palabra griega original —hypokritḗs— significa precisamente eso: actor. Alguien que representa un papel.

Una fe que se filtra no es fe. Es imagen.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «la fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él» (CIC 153). No es un contenido. No es una estética. No es una identidad que se construye hacia afuera para ser reconocida. Es algo que ocurre en el interior, en la relación directa con Dios, y que luego —sí, luego— desborda hacia el mundo. Pero el orden importa.

Una fe que comienza por la imagen y termina en Dios está invertida. Y lo que está invertido, tarde o temprano, se cae.

Existe el riesgo de que las conexiones en línea se convierten en transacciones superficiales, comprometiendo la profundidad e intimidad de las relaciones espirituales. Eso lo señalan quienes estudian la espiritualidad juvenil en el contexto digital. No es un juicio moralista. Es una observación sobre lo que ocurre cuando la experiencia espiritual se vive de cara al público y no de cara a Dios.

La pregunta que incomoda

¿Orarías igual si nadie pudiera verlo? ¿Servirías igual si no pudieras contarlo? ¿Tu fe existe cuando la pantalla está apagada?

Jesús no preguntó eso con crueldad. Lo preguntó porque sabe dónde vive la fe real: en el cuarto cerrado, en lo secreto, en el vínculo íntimo entre el alma y su Padre. «Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará»  (Mt 6,6).

El Padre que ve en lo secreto no necesita notificaciones. No requiere etiquetas. No mide el alcance del posteo. Ve el corazón.

Esto no es un llamado a desconectarse

Es un llamado a revisarse. A preguntarse con honestidad qué mueve la fe que se muestra. Si la respuesta es genuina —si lo que se comparte nace de un encuentro real con Dios y busca conducir a otros a ese mismo encuentro—, entonces las redes pueden ser un instrumento legítimo de testimonio.

Pero si la fe se vive para ser vista, si la espiritualidad se construye como marca personal, si Dios es el contenido y no el centro, entonces no hay filtro que alcance para cubrir el vacío.

El camino espiritual se puede resumir en caminar desde lo exterior a lo interior, y después, de lo interior a lo superior, a lo trascendente. No busquemos fuera lo que solo florece en la intimidad del alma tocada por la Gracia.

Una fe en modo Instagram puede tener muchos seguidores. Pero el único que importa no tiene cuenta.

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