Existen momentos, días, a veces meses en que la oración se vuelve un gran desierto. La sequedad envuelve nuestra existencia. Las palabras no salen, o brotan vacías. Aquella experiencia de encuentro que antes nos desbordaba, los cantos que antes nos movían, la vida fraterna, todo se vuelve distante, como distante parece el corazón de la vida sacramental. Y en el fondo del pecho hay algo parecido al frío.
Estamos inmersos en esa realidad, pero no estamos solos, ni tampoco estamos rotos.
Grandes hombres y mujeres de fe pasaron por esos mismos lugares. San Juan de la Cruz lo llamó "noche oscura". La madre Teresa lo vivió durante décadas en silencio. El salmista lo gritó sin vergüenza: "¿Hasta cuándo, Señor, me olvidarás del todo?" (Sal 13,2). No lo preguntó desde la incredulidad. Lo preguntó desde adentro de la fe, desde el amor que duele cuando no siente respuesta.
La desolación no es señal de Dios ausente. Es, muchas veces, la señal de que algo en nosotros está siendo purificado, ensanchado, preparado para recibir más. El desierto no es el final del camino. Es parte del camino.
La desolación no está pidiéndonos sentir más, sino permanecer. Sí, perseverar, insistir, resistir, e incluso afirmarnos. No tomar decisiones importantes desde ese lugar de sequedad. Se trata de continuar orando aún cuando la oración parezca rebotar en el techo. Aprender el arte de saber apoyarnos en los hermanos cuando se vuelve imposible sostenernos solos.
Y en ese lento proceso veremos caer el velo y podremos reconocer que Job nunca fue abandonado. Ni lo fue Elías bajo el árbol o los discípulos en el Getsemaní, aunque ellos sí se durmieron.
Y ningún abandono nos alcanzará porque nuestro Dios es Fiel.
¡Permanezcamos!
La noche tiene sus horas contadas. Y el alba, cuando llega, llega de verdad.
"Aunque pase por quebradas oscuras,
no temo ningún mal, porque tú estás conmigo." (Sal 23,4)

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