Dentro de la vida católica coexisten dos formas de vivir la fe que no siempre se distinguen con claridad. Una se construye sobre prácticas: devociones, ritos, costumbres heredadas, observancias que estructuran el tiempo y la conducta. La otra se construye sobre una relación personal con Cristo vivo que, desde adentro, transforma todo lo demás.
Las dos pueden convivir. Pero cuando se separan, cada una revela sus límites.
Primera tensión: la devoción que se vacía
La devoción tiene una historia larga y hermosa en la Iglesia. El rosario, las novenas, las procesiones, los escapularios, el Vía Crucis: son caminos probados por siglos de fe popular que han sostenido a pueblos enteros en momentos de oscuridad. No hay nada malo en ellas, por el contrario.
El problema aparece cuando la devoción se convierte en fin en sí misma. Cuando lo que importa es cumplir con la práctica, no encontrarse con la Persona a quien la práctica señala. Cuando el rosario se reza sin que ninguna de sus palabras llegue al corazón. Cuando a la Eucaristía se asiste sin participar.
El Papa Francisco nombró este riesgo con precisión en Evangelii Gaudium: «un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en las necesidades de la gente». (EG, n. 95) Es posible tener todo en orden en la superficie y tener el corazón vacío en el centro.
Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, señala que la RCC nació precisamente como respuesta a esta situación: para hacer pasar las verdades de la fe desde lo pensado hasta lo vivido, desde la doctrina hasta la experiencia personal del Espíritu. No para reemplazar las devociones. Para devolverles su alma.
Segunda tensión: el encuentro que se cierra sobre sí mismo
El riesgo opuesto también existe, y es propio de ambientes carismáticos mal encauzados. Es la espiritualidad que absolutiza la experiencia emocional: que mide la calidad de la oración por la intensidad del sentimiento, que busca de retiro en retiro la próxima consolación, que confunde el bienestar espiritual con la santidad.
Francisco lo advirtió directamente a la RCC: «el camino de la santidad es siempre progresivo, en la conversión personal y en la donación generosa de sí mismo a Cristo y a los demás, y no solo en el "bienestar espiritual".» (Discurso a CHARIS, 4 de noviembre de 2023, vatican.va)
Una espiritualidad del encuentro que no desemboca en conversión, en caridad concreta, en servicio a los pobres, en unidad eclesial, ha perdido su dirección. El Espíritu Santo no actúa para producir experiencias agradables. Actúa para transformar personas y comunidades.
Tercera tensión: el ideal y el camino
Lo propio de la espiritualidad carismática católica —bien comprendida— no es elegir entre devociones y encuentro. Es que el encuentro personal con Cristo vivo transforma desde adentro las prácticas devotas y les devuelve su densidad original.
«Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso.» (Francisco, Evangelii Gaudium, n. 3, vatican.va)
Ese dejarse encontrar es el movimiento que lo cambia todo. No es abolir el rosario. Es rezarlo sabiendo que hay una Persona al otro lado. No es abandonar la Eucaristía. Es participar de ella como quien se sienta a la mesa con alguien que lo conoce por su nombre.
El desafío no es elegir entre tradición y experiencia. Es que la experiencia viva haga vivir la tradición.
Una pregunta para el camino
¿Cuál es la devoción que más practicás? ¿Qué encuentro personal con Cristo sostiene esa práctica?
Si las dos respuestas están conectadas, la fe está viva. Si la segunda respuesta cuesta encontrarla, quizás vale la pena detenerse antes de seguir acumulando prácticas.
La Renovación Carismática no existe para añadir más devociones a las existentes. Existe, como le dijo Francisco en 2015, para ofrecer «el encuentro personal con Jesucristo, que nos cambia en hombres y mujeres nuevos.» (Discurso al Movimiento de Renovación en el Espíritu Santo, 3 de julio de 2015, vatican.va)
Ese cambio es la señal de que el encuentro fue real.
Fuentes:
Francisco, Evangelii Gaudium, nn. 3, 8 y 95 (2013, vatican.va); Francisco, Discurso a CHARIS, 4 de noviembre de 2023 (vatican.va); Francisco, Discurso al Movimiento de Renovación en el Espíritu Santo, 3 de julio de 2015 (vatican.va); Cantalamessa, R., referencia general a su obra sobre la RCC

No hay comentarios:
Publicar un comentario