Existe una tentación espiritual que no parece tentación porque se reviste de aparente prudencia, dilata decisiones, dice esperar el momento adecuado. Pero en el fondo es otra cosa: es miedo a dejar la orilla segura.
La orilla segura es el lugar donde todo es conocido. Donde la fe no cuesta nada porque no exige nada. Donde se ora, se escucha, se participa, pero sin que ninguna de ellas modifique realmente la vida, las decisiones, la dirección.
El Evangelio no presenta a ningún discípulo que haya encontrado a Jesús quedándose quieto. Pedro dejó las redes. Zaqueo bajó del árbol. La mujer samaritana dejó el cántaro. Hay siempre un objeto que se suelta, un lugar que se abandona, un paso que se da hacia lo desconocido.
El Papa Francisco lo dijo sin anestesia:«Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades»(Evangelii Gaudium, n. 49)
La orilla segura no es el destino. Es el punto de partida.

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