lunes, 23 de marzo de 2026

Devociones perfectas. Corazón frío.

Hay una pregunta que incomoda y que vale la pena hacerse con honestidad.
¿Nuestra relación con Dios es una relación, o es una colección de prácticas?
No es lo mismo. Y la diferencia importa más de lo que parece.
















Podemos rezar el rosario todos los días, ir a misa los domingos, tener estampitas en la billetera, seguir cuentas católicas en las redes, conocer de memoria los misterios del rosario y los días de ayuno. Todo eso puede estar perfectamente en orden. Y sin embargo, puede que nunca hayamos tenido un encuentro real con Jesucristo. Un encuentro que ponga en jaque todo lo que pensamos, sentimos, creemos y vivimos.

Esto no es una acusación. Es una pregunta necesaria.

El Papa Francisco lo dijo sin anestesia, dirigiéndose directamente a la Renovación Carismática Católica en 2023: «No debe darse por supuesto que una vez que se ha recibido este bautismo en el Espíritu, ya se es plenamente cristiano. El camino de la santidad es siempre progresivo, en la conversión personal y en la donación generosa de sí mismo a Cristo y a los demás, y no solo en el "bienestar espiritual".»
(Discurso a CHARIS, 4 de noviembre de 2023, vatican.va)

Prestemos atención a la frase: no solo en el bienestar espiritual.
Hay una espiritualidad que busca sentirse bien. Que acumula experiencias de consolación, que va de retiro en retiro buscando el próximo golpe emocional, que mide la calidad de la oración por cuánto lloramos o sentimos. Y cuando no siente nada, concluimos que Dios no está.
Claramente no es fe. Es consumo espiritual con etiqueta religiosa.

Existe también otra trampa, menos emotiva y más antigua. Es la de quien cumple con todo sin que nada le cueste nada. Que sabe de memoria los mandamientos pero no recuerda cuándo fue la última vez que se sentó en silencio delante de Dios sin pedirle nada. Que conoce el catecismo pero no conoce a Cristo.

«Sólo gracias a ese encuentro —o reencuentro— con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad.» (Francisco, Evangelii Gaudium, n. 8, vatican.va)

Ese encuentro no es un sentimiento. Es una Persona. Y las personas no se coleccionan. Se encuentran, se buscan, se ama a ellas.

La pregunta que el Evangelio hace no es ¿cuántas devociones tenemos? Es la misma que Jesús le hizo a Pedro después de la Resurrección, tres veces, sin cansarse: ¿Me amás?
No fue: ¿rezás? No cuestionó: ¿cumplís? No insinuó: ¿sabés el catecismo?
Fue directa, clara, y personal: ¿Me amás?

Se trata de la pregunta que distingue una espiritualidad de devociones de una espiritualidad del encuentro.
La primera responde con prácticas. La segunda responde con el corazón.

Las devociones no son malas. Son malas cuando reemplazan lo que deberían servir. Cuando el rosario se convierte en una obligación cumplida sin corazón. Cuando la misa dominical es un trámite. Cuando la oración es una lista de pedidos sin relación real con Quien los recibe.

«Ayudar al pueblo de Dios en el encuentro personal con Jesucristo, que nos cambia en hombres y mujeres nuevos» -eso es lo que Francisco le pide a la RCC como su servicio más importante. (Discurso al Movimiento de Renovación en el Espíritu Santo, 3 de julio de 2015, vatican.va)

No acumular devotos. Generar encuentros.

Esta semana, antes de rezar cualquier devoción, enfrentémonos con una sola pregunta: ¿Estoy haciendo esto para encontrarme con Él, o para cumplir con algo?

La respuesta honesta dice más sobre el estado de nuestra fe que cualquier práctica que podamos acumular. Y si esa respuesta incomoda, es una buena señal: significa que el Espíritu todavía está llamando.

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