sábado, 7 de marzo de 2026

Vivir distraídos, la peor catástrofe

La peor catástrofe no siempre se ve en los noticieros. No es un terremoto ni una guerra. Es más silenciosa, pero igual de devastadora: vivir distraídos, con el corazón disperso, incapaz de detenerse en lo esencial.



La dispersión constante, nos alertan diversas corrientes de la psicología, genera ansiedad, fatiga, incapacidad de disfrutar lo que tenemos delante. Y en lo espiritual, -de una manera especial-, esa dispersión nos roba la capacidad de escuchar a Dios. El corazón distraído nunca está del todo presente: hablamos con nuestros hijos pensando en el trabajo, rezamos pensando en las cuentas, amamos pensando en nosotros mismos. Vivimos divididos, fragmentados, incapaces de entregarnos plenamente.

Jesús nos lo advirtió: “Velen y oren” (Mt 26,41). Velar es estar despiertos, atentos, con el corazón vigilante. Pero ¿cuántas veces vivimos como Marta, corriendo de un lado a otro, inquietos por mil cosas, mientras olvidamos la única necesaria (cf. Lc 10,38-42)?

El p. Henri Nouwen lo sabía por experiencia. Profesor en Harvard y Yale, rodeado de prestigio académico, descubrió que el ruido intelectual y social lo alejaba de la intimidad con Dios. Por eso dejó la universidad y se fue a vivir con personas con discapacidad en la comunidad L’Arche. Allí comprendió que la dispersión no era solo mental, sino afectiva: estar en mil cosas, pero no estar presente en lo esencial. Su experiencia le hizo escribir que “la mayor amenaza para la vida espiritual es la distracción constante que nos impide escuchar la voz de Dios”. No era teoría: era su propia confesión de vida.

En sus homilías hemos escuchado al papa Francisco insistir en que “la peor esclavitud es perder la capacidad de contemplar”. Lo decía mirando la realidad de comunidades religiosas que cumplen rutinas sin corazón, familias que ya no se miran a los ojos porque la mesa está ocupada por pantallas, sacerdotes que se desgastan en tareas administrativas y pierden la frescura de la oración. Su advertencia era pastoral: la distracción no es solo individual, es comunitaria. Una Iglesia que se dispersa en actividades y pierde la centralidad de Cristo se vuelve estéril.

En una reciente entrevista hemos escuchado al p. Fábio de Melo expresar con sencillez: “El ruido exterior termina reproduciendo el ruido interior”. Y Mons. Jonas Abib repetía: “El Espíritu Santo habla en lo íntimo, pero necesitamos estar atentos”. Comprobamos que “La distracción es el arma, sí verdaderamente un arma del enemigo, para que no tengamos tiempo de amar”. No es extraño percibir que distintas voces apunten a lo mismo: la dispersión es un drama que nos roba la vida plena.

La peor catástrofe, entonces, no es la que destruye casas, sino la que destruye la capacidad de escuchar y amar. Pero hay esperanza. El Señor nos ofrece un camino: detenernos, guardar silencio, recuperar la contemplación. La dispersión no se vence con más actividad, sino con más presencia. Con un corazón que se atreve a estar entero en cada momento, permanecer entero en cada oración, entero en cada gesto de amor.

Hoy les invitamos a mirar sus vidas: ¿dónde están sus corazones? ¿En qué cosas se dispersan sus mentes? ¿Qué sentimientos se fragmentan dentro de ustedes? No tengan miedo de reconocerlo. La buena noticia es que Jesús puede reunir lo que está disperso, puede devolver unidad a sus corazones. Él es capaz de transformar la peor catástrofe en la mayor bendición: un corazón atento, vigilante, lleno de amor.


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